Vivimos en una época tan banal que lo evidente tiene un éxito enorme. No me refiero a aquello que no sabíamos ver o expresar y que alguien nos hace ver o nos expresa, desvelándolo, como si acabara de crearse, sino a otro concepto de lo evidente, más de andar por casa. Por supuesto, este uso de lo evidente nada tiene que ver con la verdad y con lo comprobable, puesto que nace de la creencia.
Sucede en política: es la base de la propaganda de plastiquillo malo y redes sociales. Los políticos de hoy en día dicen lo evidente, lo que todo el sector de posibles votantes suyos ya piensa y habla, bien porque es lo que siempre han pensado y sentido -creído, mejor-, bien porque se lo han escuchado durante años a las personalidades del medio de comunicación que siguen preferentemente. Estos votantes se sienten reconfortados porque un político les da la razón y estrechan con él un compromiso de fidelidad porque él repite lo que ya tienen dentro de la cabeza. Hasta tal punto sucede, que políticos de diferentes posiciones ideológicas llegan a decir lo mismo y con las mismas palabras intentando pescar votos en un mismo caladero. Bastaría con que un político mandara hacer un extracto de lo que dice un comunicador estrella y lo repitiera para ganar, automáticamente decenas de miles de votos, si no lo hacen ya.
Pero no solo en la política o en la publicidad, en donde lo evidente reina. También en la cultura. Gran parte de la literatura actual se especializa en lo evidente, sobre todo en la poesía a la moda. A los poetas de éxito popular les basta con decir lo mismo que sus lectores potenciales ya dicen, piensan y sienten y podrían escribir por ellos mismos a poco que se esforzaran. Estos se convierten en sus seguidores no porque el escritor les haya descubierto un mundo, una nueva sentimentalidad o una nueva forma de escribir, puesto que lo que suelen decir y la manera en la que escriben son viejas, muy viejas. Se convierten en sus seguidores porque no les hace pensar ni les cuestiona nada ni les plantea ninguna dificultad, sino por lo dicho, porque sus poemas son evidentes, previsibles y cómodos tanto en lo que se dice como en la manera de decirlo. Lo evidente se convierte así en lo fácil: una literatura en la que no hay que esforzarse para nada, como en un restaurante de comida basura. Curiosamente, esto se da en los dos tipos de poesía más alejados entre sí.
Mientras tanto, el otoño ha llegado, como debe ser. Está ahí. Esto sí merece la pena de ser disfrutado. Lo digo por si alguien no lo ha percibido todavía. Evidente.
Sucede en política: es la base de la propaganda de plastiquillo malo y redes sociales. Los políticos de hoy en día dicen lo evidente, lo que todo el sector de posibles votantes suyos ya piensa y habla, bien porque es lo que siempre han pensado y sentido -creído, mejor-, bien porque se lo han escuchado durante años a las personalidades del medio de comunicación que siguen preferentemente. Estos votantes se sienten reconfortados porque un político les da la razón y estrechan con él un compromiso de fidelidad porque él repite lo que ya tienen dentro de la cabeza. Hasta tal punto sucede, que políticos de diferentes posiciones ideológicas llegan a decir lo mismo y con las mismas palabras intentando pescar votos en un mismo caladero. Bastaría con que un político mandara hacer un extracto de lo que dice un comunicador estrella y lo repitiera para ganar, automáticamente decenas de miles de votos, si no lo hacen ya.
Pero no solo en la política o en la publicidad, en donde lo evidente reina. También en la cultura. Gran parte de la literatura actual se especializa en lo evidente, sobre todo en la poesía a la moda. A los poetas de éxito popular les basta con decir lo mismo que sus lectores potenciales ya dicen, piensan y sienten y podrían escribir por ellos mismos a poco que se esforzaran. Estos se convierten en sus seguidores no porque el escritor les haya descubierto un mundo, una nueva sentimentalidad o una nueva forma de escribir, puesto que lo que suelen decir y la manera en la que escriben son viejas, muy viejas. Se convierten en sus seguidores porque no les hace pensar ni les cuestiona nada ni les plantea ninguna dificultad, sino por lo dicho, porque sus poemas son evidentes, previsibles y cómodos tanto en lo que se dice como en la manera de decirlo. Lo evidente se convierte así en lo fácil: una literatura en la que no hay que esforzarse para nada, como en un restaurante de comida basura. Curiosamente, esto se da en los dos tipos de poesía más alejados entre sí.
Mientras tanto, el otoño ha llegado, como debe ser. Está ahí. Esto sí merece la pena de ser disfrutado. Lo digo por si alguien no lo ha percibido todavía. Evidente.




