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martes, 26 de junio de 2018

I Tenorio en la calle en la ciudad de Valladolid

La escena de la Hostería del Laurel, con la fachada del Colegio de San Gregorio.
La asociación Amigos del Teatro de Valladolid perseguía un sueño desde hace una década: montar el drama Don Juan Tenorio de José Zorrilla en las calles vallisoletanas y ha encontrado este año el apoyo decidido en el Ayuntamiento de Valladolid, con el corazón de la actividad puesto en la Casa Zorrilla. La feliz unión que se produjo en el montaje del pasado sábado 23 de junio hay que celebrarla. Esta compañía, además, puede lucir los galones de ser la decana en España a la hora de llevar a escena la obra de Zorrilla puesto que lleva setenta y cinco años haciéndolo siempre con éxito de público y, en las últimas temporadas, con indiscutible éxito de crítica (como Amigos del Teatro cuarenta años pero hay que sumarle su origen como compañía de Ángel Velasco). Desde hace años monta este drama todos los meses de noviembre en el teatro Zorrilla de Valladolid a la altura de cualquier compañía profesional española. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que en estos momentos, si alguien quiere ver en España un Don Juan Tenorio clásico de gran calidad no tiene mejor oferta que acudir a sus montajes. Por otra parte, no hay ninguna compañía profesional en España que tenga esta obra en su repertorio anual, como sucedía antes, y las que se deciden a montarla se forman especialmente para la ocasión o lo hacen esporádicamente.

Inevitablemente surgirá la comparación con la propuesta de Don Juan en Alcalá, que desde 1984 congrega a miles de visitantes en una fiesta declarada de interés turístico regional, también con algún otro proyecto fallido o montajes ocasionales fuera de locales teatrales (hablo solo de España, claro, porque hay experiencias en el extranjero singularmente atractivas, como las escenificaciones del Tenorio que acomete anualmente con gran éxito la Compañía Nacional de Teatro Clásico Fénix Novohispano de México, que ha llegado a representarlo en el metro).

Esta propuesta del Tenorio en la calle de Amigos del Teatro de Valladolid tiene su personalidad, que la aleja del Don Juan en Alcalá: el respeto al texto y a la mejor tradición escénica del Tenorio, fuera de todo tipo de lucimientos de directores de escena, actores, adaptadores o empresarios; la coherencia del cuerpo de actores y todos los responsables, desde el director hasta el último de los miembros de la compañía, que llevan muchos años integrados en una misma forma de entender la obra y representarla, nada vulgar ni antigua; la huida de todo efecto mediático que propicia la contratación de actores populares con dinero público mirando más el logro publicitario que el espectáculo teatral, etc. Este proyecto, además, tiene otra singularidad: cada año se montará en un barrio de la ciudad, porque persigue el acercamiento de la obra y del teatro a todos. Busca también por lo tanto, formar espectadores. No solo es un Don Juan Tenorio en Valladolid sino que es un verdadero Don Juan itinerante. De todas las formas, no es cuestión de rivalizar ni de comparar, sino de celebrar que el drama se represente en la calle, que el teatro salga a buscar a los espectadores y que todo ello contribuya a acercarlo al público. Todo suma en beneficio de la cultura y del teatro.

En esta ocasión se ha contado con cuatro tablados en lugares absolutamente emblemáticos, muy próximos y que Zorrilla conoció en vida. En ellos, pues, no hay que inventarse una relación con el autor del drama, que era otro de los alicientes de esta primera vez. El primero se instaló en la fachada del Colegio de San Gregorio (Museo Nacional de escultura) para las escenas de la Hostería del Laurel y de la calle; el segundo, en el lateral del Palacio de Pimentel en la plaza de San Pablo, para las escenas del convento y de la quinta de don Juan; el tercero y cuarto, para la segunda parte de la obra, en los jardines de la Casa de Zorrilla, museo instalado en la casa natal del autor romántico que se ha convertido en referencia cultural de la ciudad. Ha de recordarse, para los que no lo conozcan, que desde hace años se representan las escenas del panteón en ese mismo lugar, en el mes de noviembre y que allí se crea una situación muy especial para la ocasión y que, por lo tanto, parte de la experiencia no es nueva ni se ha diseñado para esta ocasión.

En este I Tenorio en la calle todo resultó muy bien. Los cambios de tablado fueron resueltos con rapidez y eficacia por los actores y el personal técnico. El público se mostró respetuoso, soportó el calor, los cambios de lugar y estar varias horas de pie y asistió muy interesado a la representación. Los jardines de la Casa de Zorrilla se llenaron, hasta un punto en el que no hubiera sido conveniente más espectadores.

Lo que es más importante, la representación fue brillante, en especial las escenas de la quinta de don Juan, con Vidal Rodríguez (don Juan), Jesús Cirbián (don Luis) y Pedro Martín (don Gonzalo), excepcionales cuando se encontraron juntos en la escena. El diálogo entre don Juan y el Escultor (Joaquín Yllera) ha sido siempre resuelto con gran solvencia por esta compañía, así como los diálogos en la quinta y el panteón entre don Juan y doña Inés (Laura Peláez). Del resto del cuerpo de actores se puede decir que están a la altura que se requiere en todo momento, aunque quiero destacar  en esta ocasión a Adela Valentín como Brígida y Jesús López (Avellaneda), quien da el carácter perfecto para su personaje. Como he dicho antes, la ventaja de esta compañía es que saben que la importancia de su propuesta es la coherencia del conjunto, la unidad en la representación y la forma de actuar y la manera cohesionada de decir el verso, lo que permite ver el Don Juan Tenorio y no a uno u otro actor o el montaje particular del director. Tiempo y ocasión hay para ver otras propuestas a partir del drama de Zorrilla, por supuesto, pero yo siempre invito a entrar en la obra por la fiesta teatral que es esta obra en su montaje clásico, que demuestra, cuando se hace con la pasión de los Amigos del Teatro de Valladolid, que sigue siendo actual y entretenido.

Este año, además, sucedía algo especial. Después de dieciséis años, se despedían de sus papeles Vidal Rodríguez y Jesús Cirbián. De hecho, cuando se daban la réplica estuvieron a la altura de sus mejores funciones y se despidieron con una honestidad y humildad que avala su trabajo durante estos años para que haya lucido la compañía entera. Es un difícil reto para quienes los reemplazarán en la próxima temporada pero conociéndolos perfectamente, estoy seguro de que estarán a la altura del mejor montaje clásico del drama de Zorrilla que puede verse en la actualidad.




Vidal Rodríguez (Don Juan Tenorio) y Jesús Cirbián (Don Luis Mejía)
 se despedían de sus papeles respectivos con esta función después de 16 años interpretándolos.
Las escenas de la quinta de Don Juan se representaron en el lateral del Palacio de Pimentel.



El escenario para la cena, preparado en los jardines de la Casa Zorrilla.
Vídeos de mi presentación de la función junto a Félix Hernández,
 presidente de la Asociación de Amigos del Teatro de Valladolid.




Reseña en El Norte de Castilla, aquí.
Excelente galería de fotografías de El Norte de Castilla, aquí.

lunes, 30 de mayo de 2016

Regresos, de Laura Parellada Salinas, y Bautismo de recuerdo de la autora en la Casa Zorrilla de Valladolid


De izquierda a derecha, José Luis Chacel, Laura Parellada y el que esto escribe. (Ignoro el autor de la foto.)

El pasado jueves 26 de mayo, fui padrino (junto a José Luis Chacel) del acto de bautismo poético de Laura Parellada Salinas en la Casa de Zorrilla de Valladolid. A punto de conmemorarse el bicentenario del nacimiento de este poeta romántico (que tuvo lugar en esa misma casa en 1817), es un buen motivo para regresar a un lugar en el que he pasado muchas horas investigando sobre la literatura y la sociedad del siglo XIX para mis trabajos académicos. La sala en la que se desarrolló el acto fue arreglada hace décadas para que sirviera de biblioteca en la que acoger la generosa donación de Narciso Alonso Cortés (1875-1972). Su biblioteca personal estaba a la altura de las mejores españolas de su época y a mí me facilitó mucho el trabajo en tiempos en los que no existía internet. Hoy el lugar es un salón de actos presidido por un retrato de Alonso Cortés.

La Casa Museo de Zorrilla es un lugar de interés para cualquier turista que llegue a Valladolid y desde hace años programa actividades culturales de todo tipo, algunas en el jardín romántico. Entre ellas, estos Bautismos de Recuerdo, buena idea con la que se integra en esta institución a artistas relacionados con Valladolid de una u otra manera. En la lista figuran ya Fermín Herrero, Carlos Aganzo, Diego Fernández Magdaleno, Ángela Hernández, Luis Ángel Lobato, Eduardo Fraile, José Manuel de la Huerga, etc.

Conocí a Laura Parellada en nuestros tiempos de estudiantes de bachillerato. Después la vida nos ha llevado por caminos diversos y procurado algún encuentro, siempre grato. Conocía desde entonces su gusto por la poesía y algunos de sus poemas se han publicado en revistas. Por eso, cuando el año pasado publicó su primer poemario, Regresos (Valladolid, Fuente de la Fama, 2015), no fue tanto una sorpresa como una celebración. Se adentraba en él por terrenos más libres de los que eran habituales en sus poemas.

En Regresos predominan las formas derivadas de la silva, que lleva Laura Parellada hasta el verso libre y consigue un poemario con voz propia, unidad en tono y línea temática. La voz poética nos acompaña siempre sin imponernos nada y se pone a nuestro lado para hablarnos casi en susurro de una sensación del tiempo entre melancólica y reflexiva que tiene como raíz más cierta las Soledades de Machado y toda la línea poética nacida en España a partir de ese libro iniciático de la poesía contemporánea de nuestra lengua. Hay una aguda sensación del tiempo vivido en su lentitud, que se condensa:

Con un susurro lacerante
dice otro día, otro día,
que ya se ha consumido
y no lo has hecho.

Esta sensación se objetiviza con metáforas muy plásticas -casi pictóricas- en las que se consigue marcar dos tiempos -el de lo permanente, ese tiempo que regresa, y el del momento, que pasa y casi no importa más que como elemento que permite la meditación profunda- y que surgen de ese paseo en soledad y del susurro de la voz poética al contárnoslo como si del encuentro naciera el tiempo auténtico de la poesía. Así en uno de los mejores poemas del volumen:

Hay troncos en el fondo del canal
que la trasparencia inesperada del agua
     en la gélida mañana de noviembre
evidencia
como cadáveres antiguos
visibles de nuevo
dormidos en limo
en el fondo gris sedimentado
pudriéndonse en el incesante roce del agua
que los satura, los llena
y los aturde
en un sueño interminable
acariciado de filamentos vegetales
y de la sombra diminuta y breve de los patos
que nadan
  distraídos e indolentes
en la superficie
rizada por el viento del norte.

Aunque sin duda, el que condensa todo el poemario es el más breve, que contiene un giro final sorprendente que consigue herir al lector y dejarlo durante un momento suspendido en ese tiempo que tan bien trabaja la autora en este libro:

Una casa pequeña sin jardines
junto a la vía del tren
mirando pasar algo apresurado y turbulento
tan cerca tan inasible
tan diverso
y repetido.
Creo que ya no vive nadie
que ya me he ido.

Celebro este Regresos de Laura Parellada como la sabia forma en la que la autora ha hallado definitivamente su voz poética.



miércoles, 18 de mayo de 2016

Un leve toque de color



En enero de 2009 publiqué una foto de este mismo lugar para una entrada, Decorado de cartón piedra. Me preocupaban mucho las ciudades como espacio de nuestras biografías por entonces. Esa tapia -que oculta las vías de la ciudad de Valladolid- estaba muy deteriorada y dejaba a la vista los materiales con los que está hecha. Su único elemento decorativo era y es una figura romboidal que se repite a lo largo de toda la tapia. Con treinta y ocho de estos rombos -contados desde el inicio de la tapia y que incluyen el de esa fuente que se ve en la imagen, en su origen una las arcas que marcaban la traída de aguas de las Arcas Reales- publiqué al año siguiente otra entrada, un poema visual, Nacidos iguales. Motivos para una decoración de interior en treinta y ocho versos (octubre de 2010), en el que meditaba sobre cómo lo que parece ser igual en el momento del nacimiento va diferenciándose por el trascurrir del tiempo. Parece ser igual, pero no lo es, porque a cada uno de esos rombos le afecta el sol, el viento y la lluvia de modo diferente, como también han sufrido de manera distinta las agresiones de los seres humanos y posiblemente unos tuvieran más cemento que otros o éste cuajara mejor o peor según la hora en la que fueron construidos. Desde entonces, la tapia ha sufrido una intervención provisional para evitar su deterioro, a la espera del plan que quizá algún día soterre las vías a su paso por la ciudad.

Traigo esta noticia aquí porque gracias a una nota de la Sra. Pingos en Facebook me enteré de que alguien había intervenido sobre este rombo -solo sobre este rombo- pintándolo de azul. Quizá su intención haya sido convertirlo en marco de otras intervenciones sobre el espacio interior, pero a veces un marco ya es, en sí mismo, la expresión de una intención. En cuanto pude, fui a sacar una serie de fotografías que completaran las que he hecho a esta tapia durante años. En estas fotografías veo el tiempo, el paso de lo antiguo a lo viejo, pero también veo el comportamiento de una ciudad con sus espacios: abandono y desidia, adecentamiento sin más. Finalmente, el color que alguien ha querido dejar como nota transgrerosa -el que lo haya realizado se arriesga a ser multado-. Basta un leve toque de color y la tapia entera ha cambiado.

sábado, 22 de noviembre de 2014

La importancia del patrimonio civil. El viaje de las aguas de las Arcas Reales de Valladolid

Arca número 1, levantada en 1589. Los escudos son de la Corona y de la ciudad de Valladolid. La leyenda de la parte superior dice: "REINANDO LA MAGESTAD DEL REI DON PHILLIPE II NUESTRO SEÑOR ACABO ESTA ARCA. VALLADOLID SIENDO CORREGIDOR DELLA DON GARCIA BUSTO. AÑO DE 1589". El deterioro de la escalinata es evidente.

Estos días documento algunos lugares que me interesan por varias razones y salgo casi siempre preocupado del estado en el que se conserva nuestro patrimonio. No es solo que la crisis económica haya paralizado proyectos o que la gran variedad, calidad y cantidad de nuestro patrimonio haga difícil su consolidación, mantenimiento y puesta en valor. Es algo más puesto que muchos de los males que afectan a esta cuestión ocurrían también en la época de bonanza, cuando se derrochaba dinero en cualquier cosa, cuando todo merecía el calificativo de cultura -hasta las fiestas cuya principal actividad era el botellón- y se gastaban fortunas en obras de arquitectos que han terminado arruinando a instituciones públicas, ciudades y comunidades enteras. Y hoy, en crisis económica, se sigue apostando por otras cuestiones antes que por esta. Y no me refiero, como se puede entender, a las necesidades básicas de los menos favorecidos ni los servicios sociales.

En primer lugar, siempre ha sido difícil convencer a un concejal o a un alcalde para que invierta en patrimonio antes que en festejos o actividades promocionales. Sorprendería ver las cifras destinadas a ferias de pinchos o gastronómicas comparándolas con las destinadas al cuidado de nuestro pasado. El patrimonio nunca ha dado tantos votos como una buena jarana pública con decibelios, parrillas grasientas y vino en vasos de plástico.

En segundo lugar, nunca se han preocupado de verdad nuestros responsables políticos en lanzar una campaña de educación ciudadana que extienda el valor de la conservación del patrimonio heredado. En España se han hecho barbaridades, auténticos delitos patrimoniales, pagadas por las instituciones públicas. Y casi nunca es posible la marcha atrás en estas cuestiones. La falta de una educación extensa en estas materias trae como consecuencia que la mayoría de las personas no valoren los monumentos del pasado. Quizá sí las grandes obras, esas que no necesitan la evidencia de su importancia: una Catedral, un puente romano en uso todavía, el Acueducto de Segovia. A veces solo porque son notables las repercusiones económicas a través del turismo.

Pero en España contamos con miles de monumentos abandonados a su suerte: ermitas, monumentos megalíticos... Y el abandono es llamativo no tanto en el patrimonio religioso como en el patrimonio civil. Se han dejado caer o derribar antiguas lonjas, mercados, fábricas de todo tipo, ingenios industriales que recuerdan que España también tuvo un pasado de innovaciones en este sentido.

He paseado uno de estos lugares que deberían figurar en todas las guías turísticas de interés. El viaje de las aguas desde el pago de Argales hasta la ciudad de Valladolid fue uno de los proyectos de ingeniera hidráulica más importantes concebidos en Europa en el siglo XVI. Se iniciaron las obras en 1586 pero los problemas de financiación y las dificultades técnicas impidieron que se terminara hasta 1622, aunque con posterioridad fue ampliándose la red, que estuvo en servicio hasta el siglo XX (en 1974 se declararon las aguas no potables).

Valladolid, a pesar de tener dos ríos que la atravesaban (el Pisuerga y el Esgueva, este con varios ramales en su trayecto final) y multitud de pozos y manantiales, tenía serios problemas para el abastecimiento de aguas de calidad. El Esgueva, con sus inundaciones, su fuerte período de estiaje en verano y la costumbre de servir de lugar para el vertido de todas las basuras urbanas, pronto demostró ser insalubre y causa de malos olores y enfermedades. El rey Juan II de Castilla, muy vinculado a la ciudad, donó en 1440 a los monjes del monasterio de San Benito el pago de Argales, en donde se encontraban varios manantiales famosos por la pureza de sus aguas (las Marinas y Argales). Los monjes construyeron una primitiva tubería de barro cocido que recorría los seis quilómetros desde el manantial hasta su monasterio, uno de los más importantes de la Corte. La conducción, terminada en 1443, demostró ser insuficiente -no elevaron las aguas como se conseguiría con las arcas y el caudal era muy irregular- y necesitaba continuas y costosas obras de mantemiento a las que no podían hacer frente. Esto, sumado a las necesidad de agua potable de la ciudad, llevó en 1586 a un acuerdo de cesión al Ayuntamiento de la traída de las aguas desde Argales hasta el centro de la ciudad, con la condición de que también se abasteciera al monasterio.

El proyecto presentaba una gran dificultad no tanto por la longitud como por el mínimo desnivel que existe entre los manantiales y la ciudad. Lo acometió Juan de Herrera, el gran arquitecto del momento, que contaba con la protección de Felipe II, quien amparó e impulsó la obra. Por aquellos tiempos, Herrera había comenzado los trabajos de la Catedral de la ciudad. Llamado por Felipe II para levantar El Escorial, las obras las ejecutaron inicialmente Juan de Nates y Diego de Praves: 32 arcas que servían para recoger el agua de los manantiales y canalizarla de tal manera que la filtraban y controlaban su caudal, salvando el desnivel del terreno (de todas ellas solo se conservan 9 reconocibles y restos de otras cinco), el acueducto (en su primer tramo aéreo, luego enterrado) y ocho fuentes de las que se abastecerían los aguadores, que tenían licencia municipal para venderla trasportándola en carros, mulas o burros por las calles.

Todo aquello supuso un enorme esfuerzo de técnicos especializados en el tratamiento del agua, su captura y conducción y la inversión de fuertes sumas municipales para ejecutar unas obras necesarias para el abastecimiento urbano. Y el fruto fue un agua alabada por su calidad para el consumo desde el siglo XVI hasta el siglo XX.

Es fácil de seguir el viaje de las aguas: basta con tomar un plano de la ciudad y buscar la calle del Arca Real y seguir la línea que iba recogiendo las aguas de los manantiales hasta las fuentes urbanas para terminar en San Benito. La primera de las arcas, la más monumental, se levanta fuera del caso urbano, en un espacio que todos los que tenemos cierta edad recordamos como merendero y lugar de esparcimiento y que las familias maltrataban depositando desperdicios, lavando vehículos o dejando que los niños y jóvenes destrozaran las piedras del acueducto aéreo. En los años noventa del pasado siglo, tras su declaración como Monumento nacional histórico-artístico por Real Decreto del 2 de abril de 1982, el Ayuntamiento hizo un esfuerzo por la consolidación de todo el lugar. Fue, como muchos, un espejismo, un empujón circunstancial que no tuvo continuidad ni se puso en verdadero valor para que se apreciara como merece: es llamativo que no exista ni un solo cartel explicativo de lo que se puede apreciar, ni un solo mapa ni una sola indicación de su importancia histórica. Tras acabar la limpieza y consolidación, se abandonó y en pocos años el deterioro es evidente: la basura se almacena dentro de las arcas, la vegetación se come algunas de ellas, las pintadas ensucian las paredes, han desaparecido algunas piedras, de las primitivas fuentes apenas queda el recuerdo, etc. 

Es triste que no valoremos nuestro patrimonio. Sobre todo aquel por el que parece no velar nadie: el que nos habla de los esfuerzos técnicos de un país que nunca se han distinguido en promocionar el valor de sus científicos, ingenieros e industriales. Este patrimonio merece tanto esfuerzo como el artístico. Si no nos lo creemos, nos estamos definiendo como país. Un país que parece descubrir que existe la ciencia y la técnica una vez cada siglo. Así nos va.






Las diferentes fachadas del Arca 1 


Restos del acueducto aéreo que conducía las aguas entre las dos primeras arcas. 


Arqueta entre las dos primera arcas. 









Arcas conservadas. Faltan en el reportaje las que se encuentran en la zona de Zambrana, de acceso no muy seguro y en lamentable estado. En las fotografiadas puede observarse el preocupante estado del conjunto: vegetación que las cubre, techumbres caídas, abandono, suciedad y pintadas de todo tipo. 


Fuente de la calle de la Estación en la que se conservan trazas de la antigua Arca. 


Lugar en el que se levantaba una de las fuentes con las aguas de Argales en uno de los barrios populosos del casco antiguo de Valladolid, que dio nombre a la plaza: Plaza del Caño Argales.


Actual fuente  de la Plaza de la Fuente Dorada, uno de los principales lugares de abastecimiento de agua para los aguadores de la ciudad. El nombre primitivo de la plaza era el de Gallinería Vieja y era el centro comercial de Valladolid. Parece ser que la primitiva fuente estaba rematada con una bola dorada, que fue desmantelada en el siglo XVIII. A pesar de eso, el nombre permaneció en la memoria de los habitantes.


Actual fuente de la Plaza de la Rinconada, detrás del edificio del Ayuntamiento. En este lugar estaba una de las primeras fuentes construidas para las aguas de Argales. Al fondo, el antiguo monasterio de San Benito, final del trayecto de la canalización de las aguas de Argales.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Por la Acequia de Valladolid


- ¿Pescáis renacuajos?
- No, cangrejos.
- ¿Cangrejos?
- Sí, hemos cogido ya más de treinta. Mire. También hay peces muertos. Hemos visto un cangrejo enorme pero se nos ha escapado.
- Llevamos casi dos horas.
- Tened cuidado con el sifón.
- ¿Qué es eso?
- Lo tenéis delante: el agujero.

Me sonreí. Les di las buenas tardes y les desee fortuna en la pesca. Estaba cansado después de veinte quilómetros de caminata, solo y pensativo. Mis padres no me dejaban acercar a la acequia cuando yo era un niño. Era un terreno prohibido por peligroso.

La acequia que da lugar al nombre de ese espacio (podéis leerlo en este enlace) no es esta pero se encontraba muy cerca porque nacía como hija menor de la Acequia de Valladolid, saltaba la carretera de Rueda, regaba la granja Minaya, pasaba por la Cañada Real y moría en Las Villas. El avance de la ciudad la hizo inútil porque sobre los campos que regaba creció el cemento sin piedad y sin memoria. De ella ya no queda nada.

Hoy decidí buscar el otoño siguiendo el curso de la Acequia de Valladolid. Con la construcción del Canal del Duero en 1880 la ciudad buscaba resolver sus viejos problemas de agua potable y de riego. Valladolid se hallaba en el delta del Esgueva, cuyos ramales la atrevasaban creando suciedad, malos olores y enfermedades. Es cierto que también era energía para molinos y fábricas y servía como cloaca. Pero en verano era insufrible y también cuando se desbordaba. En el siglo XIX los avances médicos en la higiene insistieron en lo negativo del curso del río por la ciudad. Sus aguas no eran potables y aumentaron la mortandad de varias epidemias de cólera que sufrió Valladolid. Se decidió, primero, soterrar el río y después desviarlo en un único ramal al norte de la ciudad. Pero la solución implicaba otro problema: la traída de aguas potables a Valladolid, poco abastecida con las fuentes de las Arcas Reales y los pozos de dudosa salubridad. Con tal motivo se construyó el Canal de Duero: un largo y caudaloso brazo que toma el agua del Duero para morir en el Pisuerga. Se aprovechó también para que sus aguas sirvieran para el riego de los campos y huertas próximos a la ciudad y se completó con acequias que nacían en varios puntos del canal. De hecho, el terreno hacia el sur de la ciudad, en el triángulo que va buscando el vértice de la desembocadura del Pisuerga en el Duero, fue fértil y productivo gracias a estas venas de agua. Muchas de ellas, como la mía, ya han desaparecido o se han cerrado y quedan como viejas huellas de lo que una vez fueron todas estas tierras: campos que vieron incrementar su valor por el secreto milagro del agua encauzado por la industria humana.

Desde el barrio de las Delicias hasta el Pisuerga, cerca de las Arcas Reales, la Cañada Real. Jugando siempre con los límites urbanos, en algún momento engullida por ellos, como en su inicio, por donde trascurre soterrada durante cientos de metros.

Acercarse a la acequia en otoño es dejarse atrapar la mirada por la línea de chopos: las hojas verdes, amarillas, marrones. Está hermoso el campo ahora y merece la pena salir a él como quien toma aire para sumergirse en el invierno. La acequia está seca estas semanas, en las que ya no es necesaria su agua por la pausa agrícola, y su cauce queda alfombrado de hojas. Todo es silencioso rumor de hojas: solo la pisada del paseante ve lo suficiente para despertar la infancia.

La ausencia de agua deja desnuda la acequia y nos muestra sus trucos sencillos y eficaces: los sifones con los que salva los caminos, las compuertas que distribuyen el agua en las acequias menores, en las tomas de riego.

Esta acequia muere de forma poco noble: entubada bajo el Camino Viejo de Simancas, como si la ciudad se arrepintiera de sus límites rurales y quisiera sepultarlos. Límites en los que huele a campo, en los que las hojas de los chopos -entremezclados con algunos pinos y sauces- nos recuerdan el canto amarillo del invierno.

He vuelto a casa fatigado del camino, con sensación de otoño y alegrándome por la risa feliz de aquellos niños que rompían sin saberlo la prohibición de todas las madres. Ya no está mi acequia, no sé lo que durará esta que he recorrido exaltado por los recuerdos y por el presente que me ha regalado un hermoso día de otoño. El tiempo, inexorable, gira ya hacia el invierno.











 A la izquierda, nacimiento de la Acequia de Simancas.
 De frente, en un nivel más bajo, la Acequia de Valladolid.











 A la vista, el material y la forma de construir los sifones más antiguos conservados en esta acequia.

 Salto de nivel casi al final del recorrido.



domingo, 26 de octubre de 2014

Circunvalar tu ciudad para llegar a encontrarte






Las circunvalaciones modernas nos llevan de un lado a otro para no atravesar el núcleo urbano. Hay algunas que atraviesan cientos de quilómetros de páramos desiertos en los que podría ser posible grabar una película en la que imaginar que somos los únicos supervivientes de un planeta devastado: nuestro afán de llegar rápido nos hace cada vez más solitarios.

Yo he querido hoy circunvalar mi ciudad para llegar a lo más profundo de ella. Han sido horas de fatigosa marcha con la mochila a cuestas atravesando parques de nueva construcción aprovechando los desmontes de las nuevas carreteras, pasarelas sobre vías rápidas o tendidos del ferrocarril, urbanizaciones a medio construir como monumentos de la memoria de nuestra locura cuando éramos ricos, límites en los que confusamente se guardan las huellas de un entorno rural con casas molineras o pequeñas agrupaciones de viviendas antiguas en las que vivían los servidores del Canal. Me he sorprendido recordando una casa de adobe que antes tenía huerta y ahora se encuentra en ruinas acosada por el crecimiento industrial que dobló provisionalmente las rodillas junto a ella hasta el siguiente empujón de ilusoria prosperidad que terminará engulléndola. Los caminos que yo recordaba de tierra o pobremente asfaltados que nos llevaban al último merendero de la ciudad en la que pasábamos felices las tardes de los domingos se encuentran ahora urbanizados y no llevan a ningún sitio más que a unos edificios iguales a otros edificios.

Pasear los polígonos industriales un domingo nos presenta el reto de la soledad y la incógnita de la verdadera utilidad de todo esto. He visto cientos de naves cerradas que lucían en sus fachadas viejos carteles de alquiler o venta, decenas de enormes restaurantes que se abrieron para servir a los trabajadores de estos polígonos que anuncian menús ajados por el sol y la lluvia.

Pero mi meta era otra en esta circurvalación de la ciudad: hacia lo más profundo de mis recuerdos. Daba la vuelta para subir un cerro que veía desde la casa en donde trascurrió mi infancia, de la que ya no queda nada. Quería ver desde arriba si me encontraba abajo. No subí por la carretera que lo rodea y facilita la ascensión sino hacia arriba directamente, por su lado más empinado junto a La Cistérniga, arañándome el rostro y los brazos con las ramas bajas de los pinos y a punto de caer en varias ocasiones sobre latas de conservas oxidadas y arrojadas al azar sobre la ladera, algunas con huellas visibles de perdigones.

Cuando yo era niño, desde mi casa, el día de San Cristóbal, cada 10 de julio, veía los faros de los vehículos que subían a la cima del cerro para celebrar al santo católico patrón de los conductores. Los taxis, los autobuses urbanos y los camiones de reparto se adornaban con ramas de árboles. Al atardecer, los focos tenían el aspecto de una culebra luciente en movimiento.

He subido como meta final de mi mañana de domingo, fatigado de tanta fealdad como dejan las ciudades modernas en sus límites. Allá arriba tomé un café del termo, lentamente. En este día de calor inesperado en el que el veranillo del membrillo quería ser verano auténtico, el horizonte me llevaba hacia la meseta, más allá de los valles del Esgueva, del Pisuerga y del Duero que quedaban a mis pies. No hay abajo ya nada de lo que fui. No sé cómo expresarlo pero quizá me he dado cuenta de que, como nunca me había ocurrido antes, yo me acompañaba.