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martes, 24 de enero de 2017

Desde el tren, las ciudades son polígonos


Desde el tren, las ciudades son polígonos
y tierras devastadas, horizontes
vallados, autovías y rotondas.
El cielo se hace gris
y el humo de las fábricas
escribe nuestro error
con letra bastardilla.

Páramos enteros sepultados de balasto.

En todos los andenes hace frío
como si fuera siempre el mes de enero.

© Pedro Ojeda Escudero, 2017

martes, 17 de enero de 2017

Ribera del Arlanza


Para Paco Ventura y Juan Carlos Gallego.
La Presa. Lerma.

Hoy son los chopos tristes, la ribera
del Arlanza, el invierno, recordar
los intrépidos baños, la merienda
de pan y chocolate, generosos
días de agosto, largos e inocentes,
las botellas de coca cola frías
compradas en el bar, la voz del padre
reclamando silencio, el transistor,
las horas acolchadas de la siesta.

Los árboles retienen
las risas y los besos
lejos del abrasado
palacio de los duques.

Para espejar la playa,
el río pasa, cómplice, la presa
en este atardecer,
por los lentos domingos de la infancia.
Estos chopos sombrean los secretos
del agua y si cerraras
ahora mismo los ojos
el viento contaría cada gesto
mostrando las palabras
heridas por los tiempos.

Te acercas a los árboles,
uno a uno, conoces
todas las cicatrices
que ocultan cada pliegue de su vida
y la corteza, piel
de tu propia historia,
las ramas al alcance de la mano,
el viento entre las hojas,
su luz, siempre cambiante y repetida.
Tus ojos,
como si despidieras el paisaje,
el rumor de los chopos.

Hace frío este mes,
el Arlanza recorre
la vega hermosa y fértil,
enfrente de la casa.
La línea de los árboles
que tus ojos recuerdan,
más profundos al fin en su futuro,
es tu vida y memoria para siempre.

© Pedro Ojeda Escudero, 2017

(Quizá alguno de vosotros quiera conocer la historia que existe detrás de este texto. Paco Ventura y Juan Carlos Gallego viven en La Presa, cerca de Lerma. El lugar era una antigua playa artificial del río Arlanza. Los árboles que están a la orilla del río se encuentran enfermos y van a ser talados dentro de unos días. Paco y Juan Carlos se despiden de ellos.)

sábado, 7 de enero de 2017

Todos los ríos buscan siempre el mar


Todos los ríos buscan siempre el mar
con la tenacidad de los ahogados
que llevan en sus aguas. Los he visto
arracimados, junto al puente viejo,
enredándose a veces en los juncos,
antes de la pesquera y los cimientos
del antiguo molino. Me acerqué
a acariciar sus rostros en la hora
a la que se remansa la jornada,
y se enfría la tarde. Los conté,
uno a uno, durante largos días,
para anotar sus nombres y su oficio,
la historia de sus vidas, levantar
acta formal del peso de la piedra
atada a los tobillos
unos minutos antes de arrojarlos
al río, desde el puente.

© Pedro Ojeda Escudero, 2017

martes, 13 de diciembre de 2016

Para mi madre, cruzar el puente era el Pisuerga helado


Para mi madre,
cruzar el puente
era el Pisuerga helado
hacia la textil
con el frío en las manos:
el viento de diciembre y las nieblas
densas, húmedas, muros
que separaban
la infancia;
salir del barrio
era romper el hielo de las fuentes
con las manos de niña
para coger el agua y limpiar suelos;
tener libre una tarde
a la semana
y comprar unas pipas con mi padre
y sentarse en un banco
del Campo Grande
a contar palomas
y reír esperanzas.

© Pedro Ojeda Escudero, 2016

martes, 6 de diciembre de 2016

Luis Felipe Comendador en los cerros del Alto Trujillo


Actualizo esta entrada al día siguiente de su publicación para advertir que desde Facebook no se puede acceder a ella. Alguien ha decidido denunciarla y se ha bloqueado su contenido, acceso y difusión en esa red social. No logro entenderlo. Juzguen ustedes por su cuenta.

A Luis Felipe Comendador


A veces, la fatiga de las cosas.
Nada sirve de nada, seguirán
muriendo a centenares en los cerros
sin nombres registrados, como pájaros
que no pueden saltar en los jardines.
Pero hay que estar,
hay que estar siempre
para levantar acta
de los que no figuran en los libros
ni como números
porque nadie anotó sus nombres
y dar fe de su vida
antes de que los mate
la burlona sonrisa de la historia.
Se te acercan los niños a las manos
con todo lo que tienen: nada y ojos,
unos ojos enormes que te miran
con su inocencia antigua. Estos niños
solo tienen presente
y un carro,
un carro enorme,
que empujan
ladera arriba.
A media cuesta
hacen un alto,
se secan el sudor
y siguen.

© Pedro Ojeda Escudero, 2016

lunes, 21 de julio de 2014

Un día te dirán que salgas


- Un día, sin saber cómo, te dirán que salgas. Que solo puedes llevarte aquello que puedas cargar, lo que puedan soportar tus fuerzas. Primero darás vueltas a la manzana en la que se halla la que era tu casa pero las miradas de tus vecinos te echarán de allí. Buscarás refugio en los rincones recordados de tu ciudad, en donde viste otros como tú pero será tu propia mirada reflejada en el espejo de un escaparate la que te expulse y tomarás un tren hacia cualquier parte. La pobreza huele, pero tú ya no lo adviertes. Hubo un momento en el que pudiste coger una antorcha pero te dieron un pedazo de pan y comiste. Hubo un momento en el que pudiste increpar al alcalde pero un escolta te apartó y otros te empujaron haciéndote a un lado y la megafonía no dejaba escuchar tu voz. Un día encontraste una hoja suelta de una revista y leíste que tú tenías la culpa porque no habías sabido ser individuo y cambiar tu situación. Otro día hallaste un paraguas roto en un día de sol y lo pusiste entre las más preciadas pertenencias. Hiciste balance y allí ya no se hallaba ni una sola de las cosas que recogiste en tu casa antes de abandonarla.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Los invisibles


Lo peor que le puede suceder a un ser humano es que no lo vean aquellos que no están en su misma situación. O que solo se acerquen a él para un safari fotográfico. No hay expresión más humillante que la de la pobreza digna, que se decía antes y que no tardaremos en volver a usar: pobre pero honrado, la limpieza de las casas pobres. Son expresiones que proponían como modelos a los pobres sumisos y personas de bien en toda la literatura y que se oponían a la algarabía de los revolucionarios. El pobre honrado era un modelo cívico mucho mejor que el burgués rico pero inmoral según las comedias de nuestro teatro del siglo XIX que pronto fueron imitadas por el cine popular. Y el burgués rico pero inmoral terminaba diciendo que sí, que el pobre era el ejemplo y se arrepentía y volvía a ser un hombre de bien como lo era aquel pobre honrado. Los catecismos cívicos mostraban a la mujer pobre el comportamiento que debía tener en casa y la sonrisa que debía exhibir siempre en su cara. La felicidad de los pobres, siempre se ha dicho: el dinero no da la felicidad. Será por eso que los ricos siempre están amargados y se muestran infelices. En una sutil ironía, Luis Buñuel hacía que los niños que asistían a la escuela rural en Las Hurdes. Tierra sin pan, escribieran al dictado del maestro Respetad lo bienes ajenos. Aquellos niños no tenían nada, varios acudían a clase descalzos, pero la educación les enseñaba que había que respetar los bienes que nunca serían suyos por mucho que se esforzaran en la vida. La estructura social que construye el neolilberalismo actual se parece a un sistema de castas porque hace de aquellos desfavorecidos una legión de invisibles que ni siquiera sirven ya a las élites extractivas. Si tienes la fortuna de nacer en las familias de clases dirigentes difícilmente te mezclarás con los invisibles porque no los verás o solo percibirás su presencia como molestia. Las señoras de postín tenían sus mercadillos o ponían un pobre en su mesa en Navidad porque era moda, siempre que el pobre no molestara, como en Plácido de Berlanga. En Metrópolis, de Fritz Lang así son presentados los invisibles en medio del paraíso incontaminado de la casta dirigente: como irrupción intranquilizadora.

A los invisibles solo los ven los invisibles o aquellos que están muy próximos a ellos porque les separa poca distancia y los temen o porque pueden caer y ser uno de ellos. También algunos individuos caritativos y otros que los usan como fuerza de choque ideológica. Pero para el resto de la población son invisibles: no pensamos en ellos y cuando pasamos junto a ellos los ignoramos. No vemos los cartones apilados en las esquinas o en los bancos de los parques con los que van a dormir esta noche; no los vemos hurgar en los contenedores de basura; no pasamos por los barrios en los que viven; no queremos saber nada de sus problemas salvo que nos afecten porque han decidido amotinarse.

De niño yo llevé también una hucha en el día del Dómund con la cara de un niño negro pero África era algo que estaba muy lejos. Ahora África salta las verjas erizadas de cuchillas que han puesto las autoridades españolas y vive en los barrios de mi ciudad. Pero no queremos verlo salvo que hable muy alto o juegue al baloncesto en la cancha del barrio y nos parezca que han echado de ellas a nuestros hijos. Antes nuestros pobres eran reconocibles: pobres de pedir. Recuerdo que a mi casa venía todos los meses un pobre con carnet de pobre expedido por el Ayuntamiento. Mi familia era humilde, pero no pobre: mi madre podía darle unas monedas o algo de comida. Ahora nuestros pobres se han vuelto invisibles: no queremos verlos, no están, no hablamos de ellos. Las escuelas de psicología barata insisten en que te ocupes de ti mismo y no quieras salvar al mundo. La solidaridad no debería confundirse nunca con la limosna. Echar una mano en el banco de alimentos te hace sentir útil pero no es justicia social. Por algo se empieza, en efecto, pero alguien debería dar dos pasos más allá.

La sociedad a la que vamos invisibiliza a aquellos que no tengan fortuna. No nos gusta hablar de esta realidad, no queremos que ocupe tiempo en los telediarios y preferimos convertirlo en un género televisivo de reportajes callejeros que los trasforma en tipos costumbristas y los despoja de su condición de individuos; no queremos que nadie nos recuerde que no vemos a esta gente porque queremos ser felices. Y su número será muy amplio. No es una hipótesis: en ese lugar ya se encuentran los países que nos han impuesto el modelo que tan fácilmente hemos comprado porque pensamos que siempre seríamos de aquellos seres humanos que tendrán de todo.

Pero aprende una ley básica de este modelo: si caes, serás invisible; si pierdes tu fortuna, serás invisible; si enfermas y debes hipotecarte para pagar las medicinas, serás invisible; si no consigues ser emprendedor y debes trabajar por cuenta ajena con salarios cada vez más bajos y sin convenios laborales que te amparen, serás invisible. Ocurrirá que te echarán la culpa: te dirán que eres responsable de tu situación a pesar de que trabajes y no llegues a fin de mes, de que no puedas pagar las facturas con tu salario, de que no tengas un seguro médico que complemente eficazmente una precaria sanidad pública, de que tus hijos no puedan aspirar a una educación que les saque de la invisibilidad. Porque los pobres de pedir no son invisibles: llaman a la puerta de tu casa para pedir comida, se agolpan en las puertas de las iglesias. Pero tú sí serás invisible. Y entonces te preguntarás cuándo alguien decretó que esta sociedad se basa en que un tanto por ciento de la población mundial o de tu país o de tu ciudad o de tu barrio sea invisible y deba sentirse culpable por ello porque el resto ha decidido que no es responsable de nada mientras pueda seguir lejos del margen. Porque aquí parece que sólo deben asumir su responsabilidad individual los invisibles.

viernes, 27 de noviembre de 2009

La luz que esconde (paradoja).


En la Historia del ser humano, las víctimas han sido arrojadas a las sombras: millones, más allá del círculo en el que miramos.

-Fuera.

Cuando se escribe con luz intensa, el color de la sangre se esconde en la ceguera. Por eso, a veces, conviene amortiguar la luz y buscar en la penumbra de los márgenes. Para hacer justicia.

viernes, 24 de octubre de 2008

El margen molesto.


Nos molesta aquel que está en el margen cuando interrumpe nuestro paso seguro en el centro mismo del mundo.

-Aparta.

Somos capaces de pisarlo. A veces, ni lo hemos visto.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Puertas clausuradas


A mi amigo Fran, que me pidió una entrada sobre la pobreza para este día.

La pobreza es una puerta clausurada.

-No serás de los nuestros.

En la Historia medida con nuestros valores, hemos juzgado que el pobre sólo era mano de obra barata o esclavo, una necesidad incómoda de ver o el testimonio de un fracaso: cuerpo para morir o matar por nosotros y nuestro capricho. Las religiones inventaron la acogida al desvalido y la limosna para aplacar la rebeldía de su hambre. Y la danza de la muerte, para igualarlo todo: esto es la única verdad, aun sin trascendencia, puesto que no somos más que pasto de gusanos. En el paternalismo decimonónico se formuló el concepto de la pobreza digna: soy pobre, pero honrado; asumo mi condición y no molesto. Si molestas y no puedo contenerte, arrojaré migajas sobre tu mesa para que te sacies con mis sobras y te daré los domingos de descanso.

La pobreza es una forma refinada de sojuzgar al otro y echarle la culpa, con la que cargará como cadena.

La pobreza del otro es el fracaso de mi historia como ser humano: no le puedo echar la culpa a ningún otro. Soy yo el que estoy detrás de esa puerta clausurada. Soy yo el equivocado.

martes, 7 de octubre de 2008

Despojos.


Puede haber más aun.

Incluso cuando somos expulsados del margen y tenemos que abandonarlo todo: restos de nuestra vida acumulada. Habíamos conseguido vivir en los huecos invisibles, pero nos han perseguido, otros como nosotros o los que piensan estar a salvo.

Nos empujan: Vete.

Y dejamos atrás los despojos de la ficción en la que hemos vivido, para adentrarnos en una habitación aun más oscura. Quizá no haya tiempo ya para otra cosa.

martes, 30 de septiembre de 2008

Música en el margen.


Del margen, a veces, viene la música. Sorprende doblar una esquina y hallarse envuelto en una melodía. ¿A quién salva esta sorpresa? Quizá pensemos que al que está en el lado invisible: por bohemia, por aventura, por necesidad. Sin embargo, mientras nos alejamos tras arrojar una moneda, hay algo -un regalo- que viene desde ese lado y se queda con nosotros. Aunque sólo sea un instante.

martes, 23 de septiembre de 2008

El margen es una caja de cartón


El margen se convierte en caja de cartón, que alberga nuestro cuerpo en las noches del invierno o guarda la esperanza de comer una sopa caliente. Hay mil razones que nos han empujado hacia donde sólo unos pocos quieren estar, mil enfermedades, mil adicciones. El azar o la quiebra del ánimo. Qué más da cuando ya hemos llegado. Quizá la caja de cartón se convierta, entonces, en una cuna en la que queremos renacer; un hogar que decorar con nuestras utopías o rencores. O, simplemente, la mortaja anticipada de nuestro cuerpo. Los demás, no suelen verla, porque ya somos invisibles.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El esfuerzo por salir del margen.


Como sabemos, la vida puede empujarnos al margen de las cosas de muchas maneras. Suele hacerlo con los años o la enfermedad. De pronto, percibimos que el cuerpo parece no respondernos. Llega un momento en el que nuestros músculos y huesos no tienen la velocidad del pensamiento. Podemos disimular con cirugía tantas cosas, que nos hacemos inexpresivos para negar que el tiempo pasa cada día por delante de nuestra puerta. Pero esto no podemos disfrazarlo. Será decisión nuestra la actitud con la que afrontemos esa hora inevitable. Todas las opciones son respetables, por humanas.

lunes, 21 de julio de 2008

Cuore


Cuando el corazón se nos hace puerta de atrás y busca los márgenes del deseo, construye su propia destrucción. O recoge las hilachas de su supervivencia.

viernes, 4 de julio de 2008

La casa de la esquina


No juzgues. No juzgues y no serás juzgado. No mires. No te vuelvas a mirar, sigue adelante. Ella sabrá por qué está allí, en el suelo, descalza, exhibiendo su miseria en el centro de la ciudad. Ella sabrá por qué ha traído su margen hasta nuestro centro. Ella ha tenido su camino, nosotros el nuestro. Siempre estaremos a tiempo de quitarnos los zapatos y buscar nuestra propia esquina. Aunque ahora nos parezca el suelo demasiado lejano.

miércoles, 2 de julio de 2008

La casa a cuestas


Todo lo que necesitamos lo llevamos encima: lo demás nos sobrecarga de necesidades y recuerdos. Los objetos que acumulamos son fetiches de nuestra inseguridad, incluso la mayor parte de nuestra biografía, tan inútil y prescindible. De eso nos damos cuenta cuando la vorágine propia o ajena nos empuja al margen y aquello en lo que consiste nuestra existencia cabe en una pequeña bolsa sobre la que reposamos la cabeza, cansados, en cualquier lugar, en cualquier tiempo que nos lleva a otros iguales. Desde allí ya sólo miramos hacia dentro: tú soy yo. Ya nada sobra, sólo la vida. O ni eso.

martes, 1 de julio de 2008

La casa llagada


Los pies llagados descansan mejor desnudos, sobre el suelo frío de una estación de autobuses. Nos han llevado aquí, como a cualquier otro lugar. Y les damos un breve descanso antes de proseguir. La vida es eso: siempre un camino, aunque no veamos el horizonte.

viernes, 27 de junio de 2008

La casa de la calle


Habitamos los márgenes como si estuviéramos muertos en vida,
caminamos las calles con la densidad de los espacios que hemos hecho
inhabitables
y dejamos nuestros cuerpos, malheridos, sobre tanto asfalto,
arrojados al azar del tiempo, y sobre ellos se acumula el polvo,
hasta que los sepulta
y no los vemos.