Mostrando entradas con la etiqueta retrato de interior. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta retrato de interior. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Leonard Cohen en el Puerto de Honduras

 


Subiendo al Puerto de Honduras aún se aprecian las huellas del incendio de agosto de 2025. La dirección del viento y el fuego retorció los árboles y el matorral, creando esculturas carbonizadas, que aún permanecen como testigos de lo ocurrido. A veces, en la revuelta de un camino, un árbol intacto. Poco a poco reverdece, pero aún tardará mucho esta tierra en ser lo que fue.

Subimos desde Hervás, hacia Cabezuela del Valle, en donde reservamos mesa para comer, recordando que hace años hicimos el camino en sentido contrario. Yo tenía una cicatriz en el labio y en el automóvil sonaba Bob Dylan. Nos pareció exótico: Bob Dylan en el Puerto de Honduras.

Camino del Ambroz 
me decía Bob Dylan.
Todos los vientos llevan horizonte. 

Hoy suena Leonard Cohen y también hace viento. Arriba, buscando el horizonte de la sierra, ya ni Dylan ni Cohen nos parecen exóticos. Nos besamos recordando otro beso que era búsqueda de otro anterior.

martes, 22 de septiembre de 2026

Cantos rodados

 


Salí a recoger unos cantos rodados para poner en el fondo de las macetas nuevas. Aunque ahora ya no se lleva y hay quien dice que puede ser malo, yo lo sigo haciendo como me enseñaron porque me ha dado buen resultado. Hago unos pequeños agujeros en el fondo del tiesto, pongo un puñadito de cantos y echo un buen sustrato antes de colocar el cepellón. He tenido que cambiar algunas plantas que han sufrido en exceso el calor de este verano y que no he podido salvar (aún estoy preocupado por el durillo). Hay todo tipo de consejos: apretar la tierra o dejarla respirar, regar nada más replantar o no hacerlo, no plantar inmediatamente y dejar que la planta se acostumbre unos días a la luz del lugar, en el tiesto del vivero. A veces, una planta es como un buen cuadro. Un cuadro debemos dejarlo unos días apoyado en la pared en la que queremos colgarlo, o en una estantería, como si necesitara comprender su lugar. Aclimatarse.

Los cantos rodados están por todas partes, no dejo de vivir en un valle, pero a mí me gusta cogerlos más allá del límite de la ciudad, como si estuvieran menos contaminados por el asfalto y el tránsito de vehículos y personas. Cantos de las afueras, como yo no he dejado de serlo. En la Cañada las bandadas de niños utilizaban los cantos para practicar la puntería y derribar objetos o romper cristales en los edificios abandonados, para apedrearse, para cazar pajarillos o ratas, para espantar a los muchos perros callejeros de entonces. Había cantos por todas partes, no hacía falta buscarlos, solo agacharse a recogerlos. Debajo del asfalto, la tierra de esta ciudad está llena de cantos, por aquí no hay playas que podamos encontrar bajo de los adoquines. A veces, se encuentra un canto perfecto, liso y equilibrado, para arrojarlo al agua del río y que salte. Un canto que se ajusta exactamente a la palma de la mano y que da gusto acariciar, comprobar su lisura, tan pulido por el tiempo, porque en realidad no es el agua quien lo alisa, sino el tiempo. Como a nosotros.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Ahora que ya es otoño

 


Ahora que parece que todo se derrumba, más que nunca la búsqueda de los otros. Pronunciemos de nuevo justicia social, libertad, convivencia, fraternidad. Aquel que es usado como carne de cañón no es nuestro enemigo, sino quien lo utiliza. Ante la vida con temor, la alegría consciente, la firmeza de quien sabe que enfrente siempre deben estar los que buscan su propia riqueza en exclusiva y nos tratan solo como parte del engranaje de producción; ante los que nos quieren súbditos, reclamemos la condición de ciudadanos. Busquemos de nuevo la esencia primera del amor.

Comienza el otoño y el mundo se ha puesto muy extraño, como si se negara a sí mismo, como si desconociera a dónde nos llevan estos caminos. De pronto, la desmemoria, se nos ha olvidado ya lo que es una guerra porque nos la sirven todos los días a través de los medios de comunicación y las redes sociales. La cuestión no es si llegará a nuestras calles, sino cuándo.

Porque parece que se nos ha olvidado el lado de la luz que ha dado lo mejor que tiene el ser humano. No la guerra, no el conflicto, no el miedo, no el rechazo al diferente.

Por ahora, el otoño. Un otoño complejo. Por la ventana abierta al parque entra el ladrido de un perro y el rumor constante de una fábrica, el ruido del tráfico amortiguado por los árboles que aún no han perdido las hojas. Hará calor hoy, aún, pero ya son menos las horas de luz. Ayer trasplanté una sansevieria y coloqué la maceta en un rincón del salón. Dicen que por la noche libera oxígeno.

martes, 1 de septiembre de 2026

Llega ya septiembre

 


El campo necesita ya adentrarse en el otoño después de un verano tan caluroso. Queda aún: cada vez los calores son más duros y largos. Desde donde estoy, por mucho que me empine, todo es horizonte. Están las tierras pardas y amarillas, tonos ocres hasta el azul escolar del cielo, interrumpidos por algún regadío, algo de cereal tardío, manchas verdes en un inmenso cuadro de una belleza violenta. He dejado atrás la viñas (cada vez los viñedos más extensos por el negocio del vino). Más allá me esperan las dehesas salmantinas. En cualquier lugar que te pares es el centro. A mediodía, la luz cae sobre los rastrojos y los baldíos, la sombra se pega al suelo, abrasada. Cuánta meseta dentro de mí, vaya donde vaya.

Llega ya septiembre con la urgencia de comenzar: retomar el trabajo, las obligaciones, las aficiones. Hacer pequeño balance de las provisiones para terminar el año de la mejor manera posible, agotados las esperanzas.

viernes, 21 de agosto de 2026

Gorriones

 


Esta asombrosa temeridad de los gorriones que se acercan a comer las migas de tu mesa. Uno, dos, tres cuatro, en confiada alegría. Recuerdo cuántos en mi infancia de las afueras, como si escoltaran la memoria. Los de la barriada los cazaban con tirachinas, con carabinas de aire comprimido y en los bares de aquel barrio de aluvión los servían fritos, como tapas, con un clarete de cigales. Ponme unos pajaritos, decían los hombres, para que no cayera el vino en vacío. También torreznos y unas aceitunas. Tapas de los lugares de antes, de mostrador alto y suelo lleno de envoltorios de los terrones de azúcar y cáscaras de gambas en domingo. Yo conocí el último bar de la ciudad por la Cañada Real, en una esquina de la hilera de casas molineras, junto a la vaquería del barrio. A principios de octubre, los rebaños de ovejas pasaban hacia el sur. Ya habían recogido el circo y los carruseles de la Feria, como pasaba antes, cuando las cosas sucedían la una a la otra.

Passer domesticus, en latín. De donde passar en latín vulgar y de ahí al medieval pássaro y pájaro. Todos los pájaros llevan dentro un alma de gorrión, entonces. Sin el gorrión, los pájaros andarían por ahí, sin que supiéramos cómo llamarlos. Suele ocurrir que en lo que menos nos llama la atención está la llave para comprender las cosas.

Este de hoy se detiene un rato sobre la mesa, me mira, quizá me interroga sobre la soledad de este café, de tantos. Apenas 30 gramos, 15 centímetros. Cuánta energía en él, brincando de a poquitos, hasta que se aburre de mí y se marcha. Termino el café, echo un vistazo al reloj del móvil. Yo también me marcho, aburrido de mí.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Tu gesto

 


Cuando acabe el verano
-este, por no ir más lejos-
cuánto otoño futuro
para que yo te mire
descorrer las cortinas
y ventilar la casa
-la tibia luz que besa,
que se posa en los muebles
y limpia los espejos-
con ese gesto tuyo.

© Pedro Ojeda Escudero, Del desconsuelo, 2025

jueves, 6 de agosto de 2026

Papar moscas

 


Hay en Antonio Machado un puñado de poemas dedicados a lo cotidiano, aparentemente poemas a lo que salga, que son de una enorme contribución a la poesía en español. Su primera función, claro, es la de descargar de retórica decimonónica al poema, de quitarle esa tendencia a la grandiosidad. No suele explicarse que muchas de las cosas que pasaron luego en la poesía parten de este camino. Machado toma una vieja tradición de poemas menores que otros poetas tenían como entretenimiento, pero él los publica codeándose con los otros, con los que todos pensamos que son poesía mayor, dándoles la misma importancia y es en esa posición cuando construye una nueva forma de decir. El mejor de esos poemas es "Poema de un día. Meditaciones rurales", publicado en la segunda edición de Campos de Castilla insertada en la primera de sus Poesía Completas (1917). Es una deliciosa lección poética ver cómo juega con el ritmo y la expresión y se atreve incluso con la rima facilona para alejar el poema de la expresión hueca (Libros nuevos. Abro uno / de Unamuno.). Recuerdo ahora "Las moscas" de la sección Humorismos, fantasías, apuntes de Soledades, galerías y otros poemas. Esas moscas de antes, de las que se quedaba uno mirando y perdía el hilo de la conversación, papando moscas. A Machado le sirven para unir la infancia con la madurez en un vuelo y, de paso, rasear el poema para que hable de nuestras cosas en palabras cotidianas.

En las ciudades ya no hay moscas como antes. Sí unas más pequeñas, que dan vueltas embobadas a la luz de la ventana abierta cuando comienza el calor y que aparecen muertas a la mañana siguiente en los perfiles de los marcos. De vez en cuando, algún moscón entra en la casa y se pasea, desorientado. Hace unos días vi un sírfido -reconozco que tuve que buscarlo en internet-, una graciosa mosca volucella zonaria. Este tipo de moscas, imita al avispón o a las avispas sin serlo para engañar a los depredadores. También vi una luciérnaga. Quiero decir, que hace mucho que no me quedo papando moscas y ni siquiera sé si se usa ya esta expresión. Que no sigo el vuelo de una mosca y quizá esto es preocupante. O bien he perdido la capacidad de aburrirme o la de no pensar en nada. No pensar en nada es la mejor forma de estar en el presente absoluto de las cosas durante unos minutos, mientras una mosca va y viene. Como aquellos veranos en los que daba tiempo a aburrirse porque nadie intentaba convencerte de nada porque lo que sobraba era tiempo.

martes, 4 de agosto de 2026

Verbenas

 


Como cuando los veranos eran verbenas y refrescaba por la noche y unas cervezas invitaban a buscar besos desordenados y bailes lentos. Las peñas olían a retama y resina de pino y en un cubo flotaban limones y naranjas sobre el vino. Una mano torpe retiraba la melena del cuello.

Recuerdo aquellos veranos en los que se vivía un amor entero.

Mi padre abriendo el melón y disfrutando porque no había salido pepino, las primera sandías.

El camino a casa borrado por tantos inviernos.

lunes, 3 de agosto de 2026

Mañana será otro día

 


Hierbabuena y rosales en flor recién regados. No lo intentes ya más: se ha suspendido el tiempo. Mañana - bien lo sabes- será otro día.


jueves, 2 de julio de 2026

Una hormiga alada entre las sábanas

 


Dicen que antiguamente los hombres despechados regalaban ramos de hortensias a las mujeres que los rechazaban como símbolo de que les faltaba corazón por muy hermosas que fueran. Es lo que tiene pensar que a uno le deben hacer caso porque sí.

Las hortensias, este año, vienen grandes y bellas en todas sus tonalidades. He fotografíado un gran ramo de flores de hortensia en Puerto de Béjar. Duran poco en un jarrón, pero en la planta parecen inmortales. Me pierdo entre las variedades de la hydrangea, pero todas ellas llevan en su nombre el secreto del agua y de la tierra. Muchos buscan cambiar el ph de la tierra para obtener variedades de color diferentes añadiendo sulfato de aluminio o puntas antiguas y oxidadas de hierro.

Esos días ando recogiendo el curso. Busco lugar para los libros amontonados en el suelo, en las mesas, en los sofás, tengo que sacar tiempo para romper papeles, para buscar el paseo solitario por el campo. ¿Les falta mucho a las ciruelas silvestres? Aún no estarán las moras de zarzas. Ayer, al recoger la ropa tendida, una hormiga alada entre las sábanas. 

Y qué hacer cuando hay que seguir para que caminen otros.

miércoles, 1 de julio de 2026

La dicha de un niño de puntillas

 


El mundo era tan pequeño que cabía en la palma de la mano. Más allá, la mirada de un niño de puntillas. Dichoso aquel que pueda mantener siempre ese estado.

viernes, 26 de junio de 2026

Nunca nos vamos del todo

 


(Fotografía de Jonathan Tajes para El Día de Valladolid. A Jonathan le debo alguna de las mejores fotografías que me han hecho nunca.)


Este verano,
en la sombra tupida,
cantan los gorriones.

No nos queda mucho tiempo, pero nunca nos vamos del todo.

viernes, 1 de mayo de 2026

El campo, verde y azul

 


El prodigio de este valle lo han hecho las aguas que nutren los arroyuelos que nacen por fuentecillas naturales y escorrentías de los cerros calcáreos del páramo: Prado (que viene de Baltanás), Tojanco (que nace en el paraje de Carrodueñas), Valdemadera, Boquillas... Todos ellos se rinden en el padre Pisuerga, que está ya muy cerca. Es curioso cómo llenan la boca estos términos. Tojanco, que parece venir de las tojas, como se dicen por aquí o decían a las charcas, abundantes en tiempos de lluvia en la zona por las características del terreno, que retiene el agua hasta que se desborda y mana de forma natural en las fuentes o escurre por la pendiente del terreno o hasta que el verano las seca. Me dicen que tojanco en el Cerrato puede significar tozudo. No sé si es cierto, pero algo de obstinados sí tienen estos arroyos que rebajan la tierra para hacerla fértil en la tablada del valle. 

Miro el campo, miro los tonos de verde: hojas de los árboles, cereal, hierbas. Arriba, azul, un azul escolar, como el de aquellas pinturas de madera que llevaba en el estuche. Qué torpe fui siempre para pintar, qué torpe para hacer los caminos, los árboles, las casas, el cielo, la vida.

lunes, 27 de abril de 2026

Llueve sobre todos, pero no de la misma manera

 


Ya están los almendrucos muy avanzados. Juegan a esconderse entre las hojas, a punto de que los niños se suban a los árboles impacientes. Hace calor estos días, un calor inusual y anticipado que sabe a vacaciones escolares. Debajo de un almendro en flor me besaron. Desde la cuneta, apoyado en el árbol, veo unos corzos saltar entre el cereal aún creciente. Quizá una madre y una cría, que han bajado a beber al arroyo del Prado a pesar de que ya va avanzada la mañana. Desde el valle, el páramo, arriba, aparenta cerros. Toda esta tierra es yeso y brilla como si en la tormenta de ayer hubiera llovido esquirlas de espejos. En las laderas descarnadas brillan a cientos. Puñados de cristales de yeso aventados. Por uno de los caminos de concentración de la Tablada, un jinete trae al trote ligero un hermoso caballo tordo de raza española de gran alzada. Cuando ve venir un automóvil en sentido contrario (una nube de polvo lo anticipa), salta al campo de cereal y lo lleva un rato al galope. Debajo de un almendro en flor me besaron por primera vez. Volaban las hormigas aladas. Al llegar al puentecillo del arroyo, el jinete detiene el caballo y se queda un rato así, mirando hacia mí sin verme.

Estos días de abril hace mucho calor y, por la tarde, se forman tormentas, como antes ocurría en verano. Si ahora mismo levanto la mirada del ordenador, veo por la ventana abierta una nube negra que se avecina sobre la ciudad silenciada. Truena a lo lejos. Cuando comienza a llover, llueve sobre todos sin preguntarnos de dónde hemos venido. Un perro ladra en el parque, se escucha una sirena de bomberos. Llueve sobre todos, pero no de la misma manera. Llueve más sobre el que nada tiene, sobre el que camina por el mundo echado de su tierra.

sábado, 25 de abril de 2026

El mundo, vidrio quebrado

 


Y ahora es la malva la que embellece las cunetas y los solares. Cinco pétalos abiertos al sol y al mundo, asilvestrados y orgullosos. Crecen sobre el olvido, sobre la tierra entera, en los lugares más humildes y abandonados. A un lado y otro del camino, sin preguntarnos de dónde venimos ni adónde vamos.

Ningún muro protege, todos encierran.

Con una ramita seca de una mata de tomillo, por el parque, apresuro el paso porque amenaza tormenta. Esta mañana el sol picaba como en esos veranos en los que el calor chupa la humedad de la tierra. No tardan en aparecer algunos relámpagos y unos truenos, poca agua, pero me pongo a resguardo debajo de una cornisa, junto a un grupo de jóvenes. Dicen que hay tardeo en Poniente. Se van abriendo las nubes. ¿Entonces?

¿De dónde venía yo antes de atajar por el parque? De mis soledades, me respondo, y no puedo dejar de sonreírme al citar a Lope de Vega. No me gusta especialmente este poema suyo, que me parece, como mucho de lo suyo, magníficamente escrito, pero escrito por alguien muy pagado de sí mismo, pero en él una gran verdad: No puede durar el mundo, / porque dicen, y lo creo, que suena a vidrio quebrado y que ha de romperse presto. El poema parece escrito a lo que saliere, pero cuando retomo el paso hacia mi casa, con la rama de tomillo en la mano, cada paso suena a vidrio quebrado. Esquinitas de cristales que hieren solo de verlas.

Es curioso cómo insisten los medios de comunicación en ese vidrio quebrado. La manera ya no es información, es provocar la alarma. Vivir en un estado de alarma continuo nos lleva al miedo, un temor constante de que ya nada tiene arreglo y el cielo se nos caerá encima, un miedo que no nos deja ver la belleza de la malva.

sábado, 18 de abril de 2026

Los racimos de flores de las falsas acacias de Medina del Campo y un atardecer de regreso

 


En en la avenida de la Estación de Medina del Campo comenzaban a florecer las falsas acacias. Percibí su olor antes de ver los racimos de las flores y no pude resistir la tentación de comer algunas mientras caminaba hacia la plaza Mayor. Aquellas cuatro acacias del camino al colegio en mi infancia que anunciaban ya el final del curso y abrían los minutos de aroma a verano...

También trajinaban ya las hormigas abriendo la boca de los hormigueros entre las baldosas. Este calor tan repentino de abril se ha saltado la primavera. Me quedé embobado un rato, mirándolas, como de niño, antes de seguir camino.

Me tomé un café en una terraza de la plaza Mayor de Medina del Campo, para ordenar un poco las ideas y descansar algo la fatiga que arrastro desde hace unos días. Vino a mi encuentro José Ignacio García, que dirige la Feria del Libro de Medina del Campo desde hace unos años. Mejor que dirigirla, se la ha inventado con esfuerzo y mucha generosidad, como suele. Los amigos, a su llamada, no podemos dejar de acudir. Ha tenido a bien invitarme al diálogo inicial con el pregonero de esta edición, Adolfo García Ortega, uno de los mejores novelistas españoles desde hace décadas. De los que ha labrado una trayectoria personal y sólida fuera del ruido comercial de las editoriales. Cuando uno se adentra en cualquiera de sus obras (novela, ensayo, poesía), sabe que ha entrado en el terreno de la gran literatura desde el primer párrafo. Sus novelas jamás pasarán de moda porque están escritas con el pulso auténtico de esa literatura que nos lleva a comprender al ser humano como si nos embarcáramos en un gran viaje del que nunca saldremos igual que entramos. De eso hablamos y del compromiso ético de su literatura, antes de abordar su última novela, Madre mujer muerta, una historia ambientada a finales del siglo XIX con alguna vinculación con su historia familiar, pero con el pulso narrativo de esas grandes historias de la literatura universal. Una excelente novela.

En el tren, de regreso a casa, anochecía en rojos y naranjas. Hacía calor, un calor desusado, pero al que parece que tendremos que acostumbrarnos.

martes, 14 de abril de 2026

14 de abril

 


El 14 de abril de 2011 falleció mi padre a los ochenta años. Son quince años ya sin él. Pertenecía a aquellas generaciones que atravesaron la guerra civil española y la postguerra y a los desheredados que no tenían más que sus manos y su voluntad de salir adelante. Se ennovió con mi madre de adolescente y toda su vida la entregó a la familia, a nosotros. A nosotros incluso antes de que naciéramos. Nunca lo vi pensar solo en él. Era educado por naturaleza y sonreía de forma sincera. Atravesó, junto a mi madre, tiempos muy duros y no pudieron tener casa propia hasta que, al final de su vida, lo despidieron de la empresa en la que había trabajado durante décadas para entregarle como indemnización por despido un tercer piso sin ascensor a las afueras de la ciudad, como acuerdo para contratarle después al servicio de los dueños de la empresa, ya como conductor particular. Aquella casa fue su única posesión de valor, ya en los años finales de su vida. Miento, la mejor de sus posesiones fue el amor por la familia, un gran sentido de la educación en el trato a los demás y la conciencia de que invertir en la formación de sus hijos era el principio de todas las cosas. Por esa razón, mis padres jamás se tomaron unas vacaciones antes de la jubilación, para poder cobrar ese mes extra renunciando a sus derechos. También poseía una gran elegancia que jamás perdió, ni cuando la enfermedad. Sabía estar, una virtud al alcance de muy pocos, pero nunca perdió la perspectiva exacta de su origen y de que el mundo es un lugar en el que más allá de donde llegan tus brazos mandan siempre los mismos. Hasta el final de su vida.

sábado, 11 de abril de 2026

Atardecer

 


De pronto, una fila de seis cerezos japoneses en flor embellecen una calle anodina llena de automóviles aparcados y contenedores de residuos. El asombro en lo cotidiano, un leve rastro de belleza durante unos días en los que todo son historias tristes. Sakura, prunus serrulata, una variedad que viene del Japón y se planta especialmente como ornamental en las ciudades. Aunque no tuviera otra función, la floración de estas semanas vale una vida. Los japoneses tienen una palabra para explicarlo, hanami, literalmente, la contemplación de la flor de los cerezos. Las de estos árboles son de un rosa elegante, limpio de todo el ruido y el polvo de la ciudad. A veces es solo eso, pero hay que levantar la cabeza del suelo y dejarse sorprender. El cerezo está, pero no basta: hay que mirarlo y dejarse llenar por dentro de su belleza. El necesario pulso de las cosas.

Hablamos por teléfono. Estás ahora en paisajes que tanto hemos disfrutado juntos y puedo seguir tu paseo mientras conversamos: la mimosa derribada por una borrasca hace años que sigue viva y floreciendo, las matas de romero, el acebuche de la puesta de sol, las chumberas. Un poco más abajo, la marisma, Portugal tan cerca. Aquí aún es de día, me dices; aquí ya atardece.

Y este atardecer de hoy anaranjado de calima. Lento y preciso, como si no pudiera hacerse otra cosa ahora mismo que no fuera atardecer.


lunes, 6 de abril de 2026

Lo de siempre

 


Esta mañana me he cortado, al fin, el pelo. Sigo la costumbre, adquirida de niño, de ir al peluquero de vacaciones en vacaciones, ajustándome al ritmo escolar. Las consecuencias, claro, no son las mismas que cuando era joven porque ya no tengo la misma cantidad de pelo ni su fortaleza es igual, pero hay algo en mí que se resiste a cambiar la costumbre. Recuerdo todos los peluqueros que he tenido y su carácter, tan distintos unos de otros. Algunos me duraron poco porque no me convencían, a otros los tuve que cambiar por cuestiones prácticas al mudarme de casa. A veces me he resistido tanto al cambio que ir al peluquero suponía perder la mañana o la tarde en el desplazamiento.

Ahora voy a una barbería a unos minutos de casa y mi peluquero es un joven que corta el pelo como siempre, sin excentricidades, en un local pequeño, pero suficiente y muy ordenado y limpio. Es un maestro en las citas porque los clientes casi nunca tenemos que esperar y nos saludamos unos a otros mientras abonamos la cuenta. Alberto me había citado a primera hora y llegué cuando aún no había abierto el negocio. No me importó, me apoyé en la barandilla de la esquina de la calle, aprovechando el sol de primera mañana, mirando pasar la gente. Delicias es un barrio populoso y siempre ha sido un barrio obrero. En su día se fundó para dar cabida a los obreros del ferrocarril, como en otras ciudades existen barrios del mismo nombre por ese motivo, a imitación del primero de ellos, en Madrid. Creció para dar cabida a los muchos trabajadores que necesitaba la industrialización de la ciudad a partir de los años cincuenta del pasado siglo, pensando más en la necesidad de construir casas para todos que en el calidad de vida, que entonces no se mencionaba. Como barrio obrero, siempre fue muy reivindicativo. Aún recuerdo cómo ganó para el barrio unos solares en los que los militares del cuartel cercano acampaban tanques. Ese espacio ahora se llama Parque de la Paz y lo preside una escultura de Gandhi.

Hoy el barrio es una mezcla de aquellos habitantes con otros que proceden de las diferentes etapas de la emigración llegada en las últimas décadas. Muchos de sus habitantes lo consideran un lugar de paso, hasta que sus condiciones económicas mejoren o la vida decida. Como todos estos barrios, necesita una mayor atención de las administraciones y más dotación de servicios. A pesar de los muchos pequeños negocios cerrados que recuerdan la vida populosa de estos barrios, conserva aún una vida comercial muy rica y variada en la que no se echa de menos nada, salvo la abundancia de quioscos de prensa, que están desapareciendo de todas las ciudades. 

En la esquina contraria, apoyados también en la barandilla, dos hombres mayores me hacen pensar en que ellos ven otra persona mayor en la mía, esperando al peluquero. Se ve complicidad entre ellos, quizá sean amigos del barrio de toda la vida que, ya jubilados, siguen quedando a tomar el café de media mañana o comentar sus cosas. Uno de ellos lleva el pelo largo, una hermosa cabellera gris que daría para una coleta y tiene una muleta apoyada en la barandilla. Fuman, miran pasar a la gente y, de vez en cuando, se intercambian unas palabras, pocas. No tienen prisa. Aún es día de vacaciones y de algunas ventanas se escapan risas de niños y voces de madres. Cuando abre el bar cercano, los que esperan se acercan y saludan a la camarera. Lo de siempre.

De regreso a casa, me tomó un café y compro el pan. Busco la acera soleada, junto a las paredes del antiguo cuartel abandonado. Da gusto esta mañana de abril.

sábado, 4 de abril de 2026

Ruiseñor y alondra

 


Por la noche, el silencio
en esa hora precisa:
el ruiseñor espera
una vez a la alondra
sobre el rosal.

© Pedro Ojeda Escudero, Del desconsuelo, 2025