lunes, 6 de abril de 2026

Lo de siempre

 


Esta mañana me he cortado, al fin, el pelo. Sigo la costumbre, adquirida de niño, de ir al peluquero de vacaciones en vacaciones, ajustándome al ritmo escolar. Las consecuencias, claro, no son las mismas que cuando era joven porque ya no tengo la misma cantidad de pelo ni su fortaleza es igual, pero hay algo en mí que se resiste a cambiar la costumbre. Recuerdo todos los peluqueros que he tenido y su carácter, tan distintos unos de otros. Algunos me duraron poco porque no me convencían, a otros los tuve que cambiar por cuestiones prácticas al mudarme de casa. A veces me he resistido tanto al cambio que ir al peluquero suponía perder la mañana o la tarde en el desplazamiento.

Ahora voy a una barbería a unos minutos de casa y mi peluquero es un joven que corta el pelo como siempre, sin excentricidades, en un local pequeño, pero suficiente y muy ordenado y limpio. Es un maestro en las citas porque los clientes casi nunca tenemos que esperar y nos saludamos unos a otros mientras abonamos la cuenta. Alberto me había citado a primera hora y llegué cuando aún no había abierto el negocio. No me importó, me apoyé en la barandilla de la esquina de la calle, aprovechando el sol de primera mañana, mirando pasar la gente. Delicias es un barrio populoso y siempre ha sido un barrio obrero. En su día se fundó para dar cabida a los obreros del ferrocarril, como en otras ciudades existen barrios del mismo nombre por ese motivo, a imitación del primero de ellos, en Madrid. Creció para dar cabida a los muchos trabajadores que necesitaba la industrialización de la ciudad a partir de los años cincuenta del pasado siglo, pensando más en la necesidad de construir casas para todos que en el calidad de vida, que entonces no se mencionaba. Como barrio obrero, siempre fue muy reivindicativo. Aún recuerdo cómo ganó para el barrio unos solares en los que los militares del cuartel cercano acampaban tanques. Ese espacio ahora se llama Parque de la Paz y lo preside una escultura de Gandhi.

Hoy el barrio es una mezcla de aquellos habitantes con otros que proceden de las diferentes etapas de la emigración llegada en las últimas décadas. Muchos de sus habitantes lo consideran un lugar de paso, hasta que sus condiciones económicas mejoren o la vida decida. Como todos estos barrios, necesita una mayor atención de las administraciones y más dotación de servicios. A pesar de los muchos pequeños negocios cerrados que recuerdan la vida populosa de estos barrios, conserva aún una vida comercial muy rica y variada en la que no se echa de menos nada, salvo la abundancia de quioscos de prensa, que están desapareciendo de todas las ciudades. 

En la esquina contraria, apoyados también en la barandilla, dos hombres mayores me hacen pensar en que ellos ven otra persona mayor en la mía, esperando al peluquero. Se ve complicidad entre ellos, quizá sean amigos del barrio de toda la vida que, ya jubilados, siguen quedando a tomar el café de media mañana o comentar sus cosas. Uno de ellos lleva el pelo largo, una hermosa cabellera gris que daría para una coleta y tiene una muleta apoyada en la barandilla. Fuman, miran pasar a la gente y, de vez en cuando, se intercambian unas palabras, pocas. No tienen prisa. Aún es día de vacaciones y de algunas ventanas se escapan risas de niños y voces de madres. Cuando abre el bar cercano, los que esperan se acercan y saludan a la camarera. Lo de siempre.

De regreso a casa, me tomó un café y compro el pan. Busco la acera soleada, junto a las paredes del antiguo cuartel abandonado. Da gusto esta mañana de abril.

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