De pronto, una fila de seis cerezos japoneses en flor embellecen una calle anodina llena de automóviles aparcados y contenedores de residuos. El asombro en lo cotidiano, un leve rastro de belleza durante unos días en los que todo son historias tristes. Sakura, prunus serrulata, una variedad que viene del Japón y se planta especialmente como ornamental en las ciudades. Aunque no tuviera otra función, la floración de estas semanas vale una vida. Los japoneses tienen una palabra para explicarlo, hanami, literalmente, la contemplación de la flor de los cerezos. Las de estos árboles son de un rosa elegante, limpio de todo el ruido y el polvo de la ciudad. A veces es solo eso, pero hay que levantar la cabeza del suelo y dejarse sorprender. El cerezo está, pero no basta: hay que mirarlo y dejarse llenar por dentro de su belleza. El necesario pulso de las cosas.
Hablamos por teléfono. Estás ahora en paisajes que tanto hemos disfrutado juntos y puedo seguir tu paseo mientras conversamos: la mimosa derribada por una borrasca hace años que sigue viva y floreciendo, las matas de romero, el acebuche de la puesta de sol, las chumberas. Un poco más abajo, la marisma, Portugal tan cerca. Aquí aún es de día, me dices; aquí ya atardece.
Y este atardecer de hoy anaranjado de calima. Lento y preciso, como si no pudiera hacerse otra cosa ahora mismo que no fuera atardecer.

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