Mostrando entradas con la etiqueta Ventura García Escobar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ventura García Escobar. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de diciembre de 2008

Los hilos del Diario. Sobre Razón y desencanto de Diego Fernández Magdaleno


Ayer sábado, a las siete de la tarde, tuvo lugar el acto de presentación del nuevo libro de Diego Fernández Magdaleno en el Patio Herreriano de Valladolid. Además del autor, hablamos Amador Sánchez y yo mismo.

Os copio aquí el texto que leí, para que sirva de carta de presentación de Razón y desencanto, el segundo diario publicado por el autor, tras El tiempo incinerado (2004), del que también hablé aquí en su día.

Diego Fernández Magdaleno es un gran músico y escritor (podéis verlo en su blog, Las palabras del agua) y cualquier cosa que hace la lleva a cabo con honestidad, calidad y bonhomía.

--


PRESENTACIÓN DE RAZÓN Y DESENCANTO, DE DIEGO FERNÁNDEZ MAGDALENO


Un diario es un hilo que, desde el presente, tiramos hacia el pasado reciente, tan reciente que aún podemos pulsarlo, con la intención de explicárnoslo y de que nos explique. Este hilo parte de un yo narrador íntimo que se busca como primer interlocutor: en el diario, el que lo escribe asiste, sorprendido, a la primera recepción de su propia vida. Cuando ve la luz, impreso, resulta curioso comprobar cómo ese hilo se cruza con el del lector y depara sorpresas.

Por ejemplo, como autor de mi propio diario, yo no sabía, cuando a mediados de los años ochenta tomaba el coche de línea para investigar la vida del escritor riosecano Ventura García Escobar que, años después, el padre de Diego Fernández Magdaleno se encargaría de restaurar el panteón en el que el romántico está enterrado. No sabía que su padre se iba a convertir en la esencia de la memoria reciente de su hijo ni que provocaría páginas que yo devoraría como lector apasionado años después.

Yo no sabía, cuando recibí el encargo del Ayuntamiento de Valladolid de seleccionar fragmentos del Romancero de Cristóbal Colón, de García Escobar, con destino a un oratorio profano del maestro Blas Emilio Atehortúa (estrenado en la Plaza Mayor de Valladolid el 20 de mayo de 2006), que el actor que se iba a encargar de declamarlos, Emilio Gutiérrez Caba, terminaría ensayándolos con el acompañamiento y asesoramiento musical de Diego Fernández Magdaleno.

Yo no sabía, cuando conocí a su hermano Pablo, que se había matriculado en un Curso Superior de Filología Hispánica que organicé, junto a la profesora Irene Vallejo, para la Universidad de Valladolid, que años después lo reencontraría de la mano de Diego.

Yo no sabía que iba a volver a tener noticias de un amigo perdido en el tiempo, Luis Ángel Lobato, compañero de estudios universitarios, poeta excepcional y casi inédito, gracias a las páginas escritas por Diego.

Yo no sabía, cuando tomé el coche de línea en compañía de mi amigo y artista Javier García Riobó para conocer en persona a Luis Felipe Comendador, al que tanto había leído y con el que ya mantenía cierta correspondencia virtual, que Luis Felipe terminaría siendo el editor de este libro de Diego que hoy presentamos.

Yo no sabía, cuando puse nombre a mi blog cultural, La Acequia, que, en Medina de Rioseco, Diego meditaba bautizar el suyo como Las palabras del agua y que el agua, llena de emociones y palabras y pensamientos, nos iba a unir a partir de que él dejara su primer comentario en el mío.

No lo sabía, como mi hija, aquí presente, ignoraba todo esto cuando se sentó junto a mí en el estreno del oratorio sobre Colón y vino conmigo a un concierto de Diego y desconoce hoy, entre el público, a sus once años, que comienza a escribir las líneas de su propio diario, en el que estamos nosotros pero también todos aquellos que en el futuro crucen los hilos de su vida con ella y que deberá ser ella quien los ordene.

No lo sabía pero hoy todo se ha aclarado gracias a este volumen de Diego Fernández Magdaleno, Razón y desencanto, que ha ordenado el mundo, le ha dado sentido de forma esencial, descubriendo la raíz de todo, condensándolo en palabras.

Un diario es una gran mentira que se transforma, precisamente por eso mismo, en la única verdad posible: el diario nos explica la vida, nos construye por dentro para que podamos apuntalar la débil existencia de nuestro presente. Rasguñar con palabras la vida propia para dotarla de sentido o para indagar si lo hay o todo es incierto. Por eso, cada diario refleja a su autor y es único.

Diego Fernández Magdaleno, en este segundo diario, selecciona su vida de los años 2005 y 2006 para explicársela y nos deja su yo literario abierto para que todos podamos verlo. Su calidad literaria es tal que aquellos que lo lean sin saber quién es Diego, dónde está Rioseco o Valladolid, encontrarán en sus páginas hilos que ayuden a explicarse su propia vida, a pesar de que todos los aquí presentes ya estemos muertos desde hace años.

Hay muchas formas posibles de recepción de un texto como éste. Aquellos que conocemos a Diego vemos, en primer lugar, los avatares de su vida y sus ideas y sus emociones. En el futuro, los investigadores que indaguen en la vida de Diego como músico y escritor buscarán a quién conoce, con quién se hablaba, dónde estaba en determinados momentos de su existencia y cómo pensaba o por qué se relacionó con Alfonso Guerra. El lector general se empapará de palabras que le ayuden a comprender su propia vida.

De 2005 a 2006, la vida de Diego se ordena desde poco antes de la muerte de su padre hasta poco después del nacimiento de su hijo. El Diario, que es la vida condensada, esencial y sin adjetivos, se hace en este volumen luz en el ciclo de la vida, la continua sucesión callada e inevitable de la muerte y de la vida. Ambas no existen si no hay alguien para recordarlas, para contarlas y transmitirlas. Nada somos sin una voz narradora y lo somos todos según nos quiera narrar esa voz.

Y la de Diego es excepcional. Lo primero que llama la atención es su mirada y su expresión: es una voz pausada, reflexiva que, hasta en las cosas que le molestan o le duelen muy adentro o le entusiasman, guarda el tono que la construye en una voz que nos habla al oído sosegadamente, como esas conversaciones que echamos de menos, ante un café, sin prisas, para que todo vuelva a tener sentido en esta locura de vida. Diego, en estas páginas, conversa consigo mismo frente al papel, y conversa con nosotros, lectores, convertido en yo narrador.

Y esta voz transita por los días de estos años condensando las preocupaciones de cada día y sacando las conclusiones a veces en una página, a veces en una línea densa y con alta reflexión filosófica. Y todo comienza, como debe ser, con el paso artificial del tiempo:

Sábado, 1 de enero de 2005: Iniciado el ritual del calendario: las promesas dispuestas a dar sentido a un número y hacerlo perdurable o pasajero.

Por eso, hay días llenos de preocupación por la salud de su padre o de otros familiares o amigos, días en los que una llamada de teléfono lo llena todo, días en los que todo se explica por la lectura de un libro:

Lunes, 3 de enero de 2005: La noche en unas páginas de Marguerite Duras. Descender hasta allí para salvarse.

o la lectura del periódico, o por una escena o un tipo vistos en una cafetería, mientras se espera a un amigo, días en los que ha dolido tanto la ausencia del padre que la mente no ha podido ver más cosas. Días en los que la espera del hijo augura el futuro.

Todo esto se vuelve en reflexiones sobre la política, sobre la música (desde entradas extensas hasta condensación de la greguería ramoniana: Tentación de la música: su materia de olvido, Lunes 28 de febrero de 2005; El dolor de la música que he tocado esta tarde: un espejo en la soledad del escenario, Martes, 24 de mayo de 2005), sobre su propia condición de escritor:

Domingo, 6 de marzo de 2005: No muestro mis poemas ni a las personas más cercanas. ¿Por qué ocultar lo que llevo haciendo desde siempre?

o reflexión de alta intención metaliteraria sobre el género:

Lunes, 21 de marzo de 2005: La mayoría de las anotaciones de mi agenda se refieren a lo menos importante de la vida: pequeñas señales de compromisos incómodos y reuniones inútiles. Las horas memorables, los instantes más nuestros, aparecen en blanco.

la sociedad, la vida, su vida (como cuando nos cuenta que acepta ser presidente en España de la Asociación Europea de Maestros de Piano, EPTA, o cuando anota: La enfermedad de mi padre parecía darnos una tregua, pero sólo ha durado un mes: nuevos medicamentos para aplacar el dolor y más visitas al hospital, Sábado 12 de marzo; Un silencio nuevo se extiende por la casa, Viernes, 1 de abril de 2005). A veces, se gira hacia el microrrelato –pero no lo es, en virtud del pacto de lo autobiográfico, el relato se hace huella de vida:

Lunes, 29 de agosto de 2005: Me despierto a las cuatro de la madrugada con náuseas, dolor de cabeza y una intensa sensación de cansancio en todo el cuerpo. La primera imagen: mi padre y su vitalidad después de cada sesión de quimioterapia, su arrojo y determinación frente al cáncer. Por eso, cuando voy a quejarme en un primer impulso, me calmo y recuerdo sus manos porque tengo frío.

Sábado, 17 de diciembre de 2005: Las cinco de la madrugada. Tere tampoco duerme. Se levanta a calentar leche. Pienso en mi padre. Cómo estará su cuerpo. Junto a la cama tengo tres libros a punto de terminar. Son los diarios de José-Carlos Llop, Andrés Sánchyez Robayna y Luis-Javier Moreno. La lectura es un lugar sin geografía, pero ninguno de estos textos me lleva hasta allí. Es demasiado tarde para el viaje.

A veces, hacia la condensación de vida en una sola línea, o de una emoción (Sé que mi padre ha muerto. Pero esta certeza, tan profundamente física, aún no forma parte de mi vida, Domingo, 31 de julio).

Un diario es una aventura frágil para el que lo lee porque todo depende de que la voz narradora logre que el hilo de lo contado se cruce con el suyo propio para que sea algo más que cosas que le pasan al autor. El Diario, como género, es la condensación de la dificultad artística en su más alto nivel porque todo, lo lírico, lo descriptivo, lo narrativo, debe ser aceptado por el que lo lee como vida. Incluso aunque el lector sea sólo el propio autor.

Por suerte, este volumen nos llega porque tiene altura de emoción y grandeza literaria, se nos cruza con los hilos de nuestras vidas y nos ayuda a explicárnosla con sus reflexiones, con sus anécdotas, con sus lecturas, nos emociona, reconocemos esa vida en la nuestra: es la textura que cada día percibimos muy dentro de nosotros al cepillarnos los dientes para irnos a la cama, al dar un beso a nuestro hijo antes de apagar la luz de su habitación, al abrazar el cuerpo de nuestra pareja, si la tenemos y nos puede salvar del abismo de la soledad, antes de sumirnos en la noche y esperar que el hilo de nuestra vida siga tejiéndose con el de otros al día siguiente.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Los difuntos.


A la familia Fernández Magdaleno, con mi abrazo.


En realidad, la festividad católica que conmemora nuestros muertos no es la de Todos los Santos sino la de los Fieles Difuntos, que se celebra hoy día 2, pero eso es lo de menos. La pérdida de uno de nuestros seres queridos nos deja perplejos ante la ausencia, cuando no una enorme herida. Pocas culturas, pocas épocas, han podido mirar esto con alegría. Ni siquiera el catolicismo, que siempre vio la vida como un tránsito hacia Dios, ha conseguido evitar el duelo por la muerte y la pregunta por la ausencia.

Levantamos, desde la prehistoria, túmulos para recordar a nuestros muertos. La leyenda de Don Juan, explicación antropológica de muchos de nuestros miedos y de nuestras ansias, ha dado obras para representar hoy que se centran, en gran medida, en las tumbas. A pesar de todos sus defectos el Don Juan Tenorio de Zorrilla, es un virtuoso ejemplo de engranaje teatral que siempre funciona. En la obra, Don Juan vuelve a Sevilla tras una larga ausencia. Sus muertos le esperan en lo que fue Palacio familiar y ahora es cementerio y jardín. Pocos reparan en el diálogo de este don Juan ya maduro y reflexivo con el escultor que ha labrado las figuras de los muertos del antiguo galán, con el que arranca la segunda parte del drama y la posterior meditación del burlador. La acción transcurre, señala Zorrilla, en una noche tranquila de verano y con la luz de una inmensa luna. El escultor, que desconoce la identidad de don Juan, le cuenta su propia historia llamándole "aborto del abismo". Todavía le queda mucho de su antigua altanería y, como el cementerio se ha construido con su herencia, dice aquello de:

No os podréis quejar de mí,
vosotros a quien maté;
si buena vida os quité
buena sepultura os di.

Pero ya no es el mismo, la huella del amor de Inés es profunda y en el silencio y la soledad del lugar siente esa trasformación interna y llora ante la tumba de la joven:

En ti nada más pensó
desde que se fue de ti;
y desde que huyó de aquí,
sólo en volver meditó.
Don Juan tan sólo esperó
de doña Inés su ventura,
y hoy que en pos de su hermosura
vuelve el infeliz don Juan,
mira cuál será su afán
al dar con tu sepultura.


¿Es tarde para don Juan? Luego sabremos que Zorrilla quiere que no, que tiene un punto de contrición y una oportunidad recién muerto para salvarse tras hablar con Inés y don Gonzalo.
Pero nosotros, que no somos don Juan, ¿tenemos una oportunidad última para hablar con nuestros muertos? Estas tumbas que hoy visitamos, ¿son pequeños receptáculos de las frases que nunca dijimos y que ahora venimos a exclamar para tranquilidad de nuestra conciencia?
Qué poco somos y cómo necesitamos consuelo.

domingo, 21 de octubre de 2007

Meditatio mortis

Bajada del cementerio municipal de Medina de Rioseco.

No solemos pensar en la muerte más que cuando nos roza suave o nos golpea inmisericorde, cuando nos acaricia el rostro o nos hurga en las entrañas con la dureza de un puño armado. Tengo algunos ritos que me relacionan con la muerte, ritos que nacen de mi propia perplejidad ante el hecho de estar vivo. Uno de ellos, el que puedo contar hoy, es acercarme a visitar la tumba de Ventura García Escobar siempre que voy, con tiempo, a Medina de Rioseco. Mi relación con este escritor riosecano del siglo XIX no es familiar. Realicé mi primer trabajo de investigación serio sobre él. He cumplido siempre esta visita. En la última, el panteón familiar olía a velón y flores que alguien había colocado en recuerdo de un descendiente suyo muerto hace poco.
En esta reciente visita, bajando la cuesta del cementerio de Rioseco, hacia el Sequillo, pensaba en lo poco que nos ocupa la muerte hoy en nuestro primer mundo a diferencia de lo que sucedía en tiempos de nuestros padres. Hace tan poco que parece sorprendente el cambio, España era un país enlutado: se vestía luto o alivio de luto (¿los jóvenes de menos de 20 años conocen el significado de esta expresión?), las novias se casaban de negro en demasiadas ocasiones por la muerte de un familiar, los hombres llevaban bandas negras en las americanas. Mucho de aquello era sólo por mera costumbre o evitarse comentarios, pero la muerte estaba presente de forma cotidiana en las reuniones de las familias y los muertos parecían tener siempre un plato en las mesas.
Hemos expulsado de nuestro entorno la muerte y pensamos poco en la única certeza del ser humano, como si nunca fuera a suceder. La muerte de uno, en sí mismo, no es buena ni es mala, sucede. De la muerte de los próximos hemos creado la religión consoladora y la fiesta superadora. De la muerte de los enemigos el canibalismo o la saña del vencedor. Algunos son capaces de la piedad y el perdón, otros guardarán siempre el rencor por el desaparecido. De la muerte del ser amado surge la locura o la negación. A veces, la aceptamos y somos sombras.
En el cementerio de Rioseco había cumplido mi visita y recitado un breve poema de don Buenaventura. Con respecto a mi última visita, alguien había mandado limpiar la piedra del panteón y adecentado su interior, quizá intuyendo su propia muerte.
Por la pequeña cuesta del cementerio, con las torres de las iglesias de Rioseco al fondo, iba pensando yo en la muerte y en lo extraña e incoherente que se me hacía la vida en aquel mediodía soleado de octubre. Ensimismado, solo y perplejo.

domingo, 14 de octubre de 2007

En Rioseco, con la familia Fernández Magdaleno.



Hoy he vuelto a Medina de Rioseco. Mi vinculación con esta villa tiene más de veinte años. Motivos personales me hicieron visitarla como turista asombrado cuando aun no se había puesto en marcha ningún plan de recuperación de los muchos monumentos de interés con los que cuenta. También el que, en aquella época, fuera lugar de fiesta de los jóvenes de los pueblos cercanos (y uno tenía veinte años menos). Después vino Ventura García Escobar, el autor romántico sobre el que escribí mi Memoria de Licenciatura y sobre una de cuyas obras colaboré recientemente en la composición de un Oratorio Profano que, con música del maestro Blas Emilio Atehortúa, se estrenó en la Plaza Mayor de Valladolid el 20 de mayo de 2006. Es como si Don Ventura, nacido y muerto en Rioseco, me llamara para preparar mi vuelta.


Cuando la vida te lleva por otros caminos, siempre hay asignaturas pendientes. Y Medina de Rioseco era una. La llamada emotiva explotó con mis contactos con una familia muy interesante: Diego, Pablo (que resultó haber participado en algún Curso Superior de Filología que yo organicé junto a Irene Vallejo) y Álvaro Fernández Magdaleno.


Diego es un gran pianista, cuyos conciertos se han contado por éxitos en toda España. También es un notable escritor y en breve daré cuenta aquí de dos magníficos libros suyos. Pablo es profesor en Andalucía. Álvaro va camino de un gran músico y es un joven inquieto e inteligente, como demuestra su blog. La conversación ha ido de García Escobar a viejos amigos comunes, de gestión de la política cultural a la música, los blogs y los medios de comunicación. Un tiempo magnífico.
Y gracias a ellos he vuelto a pasear por estas calles, visitar los viejos lugares del recuerdo y conocer las cosas nuevas de esta tierra de vacceos, pero esto es cosa de mi celtíbero predilecto.