
Ayer sábado, a las siete de la tarde, tuvo lugar el acto de presentación del nuevo libro de Diego Fernández Magdaleno en el Patio Herreriano de Valladolid. Además del autor, hablamos Amador Sánchez y yo mismo.
Os copio aquí el texto que leí, para que sirva de carta de presentación de Razón y desencanto, el segundo diario publicado por el autor, tras El tiempo incinerado (2004), del que también hablé aquí en su día.
Diego Fernández Magdaleno es un gran músico y escritor (podéis verlo en su blog, Las palabras del agua) y cualquier cosa que hace la lleva a cabo con honestidad, calidad y bonhomía.
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PRESENTACIÓN DE RAZÓN Y DESENCANTO, DE DIEGO FERNÁNDEZ MAGDALENO
Un diario es un hilo que, desde el presente, tiramos hacia el pasado reciente, tan reciente que aún podemos pulsarlo, con la intención de explicárnoslo y de que nos explique. Este hilo parte de un yo narrador íntimo que se busca como primer interlocutor: en el diario, el que lo escribe asiste, sorprendido, a la primera recepción de su propia vida. Cuando ve la luz, impreso, resulta curioso comprobar cómo ese hilo se cruza con el del lector y depara sorpresas.
Por ejemplo, como autor de mi propio diario, yo no sabía, cuando a mediados de los años ochenta tomaba el coche de línea para investigar la vida del escritor riosecano Ventura García Escobar que, años después, el padre de Diego Fernández Magdaleno se encargaría de restaurar el panteón en el que el romántico está enterrado. No sabía que su padre se iba a convertir en la esencia de la memoria reciente de su hijo ni que provocaría páginas que yo devoraría como lector apasionado años después.
Yo no sabía, cuando recibí el encargo del Ayuntamiento de Valladolid de seleccionar fragmentos del Romancero de Cristóbal Colón, de García Escobar, con destino a un oratorio profano del maestro Blas Emilio Atehortúa (estrenado en la Plaza Mayor de Valladolid el 20 de mayo de 2006), que el actor que se iba a encargar de declamarlos, Emilio Gutiérrez Caba, terminaría ensayándolos con el acompañamiento y asesoramiento musical de Diego Fernández Magdaleno.
Yo no sabía, cuando conocí a su hermano Pablo, que se había matriculado en un Curso Superior de Filología Hispánica que organicé, junto a la profesora Irene Vallejo, para la Universidad de Valladolid, que años después lo reencontraría de la mano de Diego.
Yo no sabía que iba a volver a tener noticias de un amigo perdido en el tiempo, Luis Ángel Lobato, compañero de estudios universitarios, poeta excepcional y casi inédito, gracias a las páginas escritas por Diego.
Yo no sabía, cuando tomé el coche de línea en compañía de mi amigo y artista Javier García Riobó para conocer en persona a Luis Felipe Comendador, al que tanto había leído y con el que ya mantenía cierta correspondencia virtual, que Luis Felipe terminaría siendo el editor de este libro de Diego que hoy presentamos.
Yo no sabía, cuando puse nombre a mi blog cultural, La Acequia, que, en Medina de Rioseco, Diego meditaba bautizar el suyo como Las palabras del agua y que el agua, llena de emociones y palabras y pensamientos, nos iba a unir a partir de que él dejara su primer comentario en el mío.
No lo sabía, como mi hija, aquí presente, ignoraba todo esto cuando se sentó junto a mí en el estreno del oratorio sobre Colón y vino conmigo a un concierto de Diego y desconoce hoy, entre el público, a sus once años, que comienza a escribir las líneas de su propio diario, en el que estamos nosotros pero también todos aquellos que en el futuro crucen los hilos de su vida con ella y que deberá ser ella quien los ordene.
No lo sabía pero hoy todo se ha aclarado gracias a este volumen de Diego Fernández Magdaleno, Razón y desencanto, que ha ordenado el mundo, le ha dado sentido de forma esencial, descubriendo la raíz de todo, condensándolo en palabras.
Un diario es una gran mentira que se transforma, precisamente por eso mismo, en la única verdad posible: el diario nos explica la vida, nos construye por dentro para que podamos apuntalar la débil existencia de nuestro presente. Rasguñar con palabras la vida propia para dotarla de sentido o para indagar si lo hay o todo es incierto. Por eso, cada diario refleja a su autor y es único.
Diego Fernández Magdaleno, en este segundo diario, selecciona su vida de los años 2005 y 2006 para explicársela y nos deja su yo literario abierto para que todos podamos verlo. Su calidad literaria es tal que aquellos que lo lean sin saber quién es Diego, dónde está Rioseco o Valladolid, encontrarán en sus páginas hilos que ayuden a explicarse su propia vida, a pesar de que todos los aquí presentes ya estemos muertos desde hace años.
Hay muchas formas posibles de recepción de un texto como éste. Aquellos que conocemos a Diego vemos, en primer lugar, los avatares de su vida y sus ideas y sus emociones. En el futuro, los investigadores que indaguen en la vida de Diego como músico y escritor buscarán a quién conoce, con quién se hablaba, dónde estaba en determinados momentos de su existencia y cómo pensaba o por qué se relacionó con Alfonso Guerra. El lector general se empapará de palabras que le ayuden a comprender su propia vida.
De 2005 a 2006, la vida de Diego se ordena desde poco antes de la muerte de su padre hasta poco después del nacimiento de su hijo. El Diario, que es la vida condensada, esencial y sin adjetivos, se hace en este volumen luz en el ciclo de la vida, la continua sucesión callada e inevitable de la muerte y de la vida. Ambas no existen si no hay alguien para recordarlas, para contarlas y transmitirlas. Nada somos sin una voz narradora y lo somos todos según nos quiera narrar esa voz.
Y la de Diego es excepcional. Lo primero que llama la atención es su mirada y su expresión: es una voz pausada, reflexiva que, hasta en las cosas que le molestan o le duelen muy adentro o le entusiasman, guarda el tono que la construye en una voz que nos habla al oído sosegadamente, como esas conversaciones que echamos de menos, ante un café, sin prisas, para que todo vuelva a tener sentido en esta locura de vida. Diego, en estas páginas, conversa consigo mismo frente al papel, y conversa con nosotros, lectores, convertido en yo narrador.
Y esta voz transita por los días de estos años condensando las preocupaciones de cada día y sacando las conclusiones a veces en una página, a veces en una línea densa y con alta reflexión filosófica. Y todo comienza, como debe ser, con el paso artificial del tiempo:
Sábado, 1 de enero de 2005: Iniciado el ritual del calendario: las promesas dispuestas a dar sentido a un número y hacerlo perdurable o pasajero.
Por eso, hay días llenos de preocupación por la salud de su padre o de otros familiares o amigos, días en los que una llamada de teléfono lo llena todo, días en los que todo se explica por la lectura de un libro:
Lunes, 3 de enero de 2005: La noche en unas páginas de Marguerite Duras. Descender hasta allí para salvarse.
o la lectura del periódico, o por una escena o un tipo vistos en una cafetería, mientras se espera a un amigo, días en los que ha dolido tanto la ausencia del padre que la mente no ha podido ver más cosas. Días en los que la espera del hijo augura el futuro.
Todo esto se vuelve en reflexiones sobre la política, sobre la música (desde entradas extensas hasta condensación de la greguería ramoniana: Tentación de la música: su materia de olvido, Lunes 28 de febrero de 2005; El dolor de la música que he tocado esta tarde: un espejo en la soledad del escenario, Martes, 24 de mayo de 2005), sobre su propia condición de escritor:
Domingo, 6 de marzo de 2005: No muestro mis poemas ni a las personas más cercanas. ¿Por qué ocultar lo que llevo haciendo desde siempre?
o reflexión de alta intención metaliteraria sobre el género:
Lunes, 21 de marzo de 2005: La mayoría de las anotaciones de mi agenda se refieren a lo menos importante de la vida: pequeñas señales de compromisos incómodos y reuniones inútiles. Las horas memorables, los instantes más nuestros, aparecen en blanco.
la sociedad, la vida, su vida (como cuando nos cuenta que acepta ser presidente en España de la Asociación Europea de Maestros de Piano, EPTA, o cuando anota: La enfermedad de mi padre parecía darnos una tregua, pero sólo ha durado un mes: nuevos medicamentos para aplacar el dolor y más visitas al hospital, Sábado 12 de marzo; Un silencio nuevo se extiende por la casa, Viernes, 1 de abril de 2005). A veces, se gira hacia el microrrelato –pero no lo es, en virtud del pacto de lo autobiográfico, el relato se hace huella de vida:
Lunes, 29 de agosto de 2005: Me despierto a las cuatro de la madrugada con náuseas, dolor de cabeza y una intensa sensación de cansancio en todo el cuerpo. La primera imagen: mi padre y su vitalidad después de cada sesión de quimioterapia, su arrojo y determinación frente al cáncer. Por eso, cuando voy a quejarme en un primer impulso, me calmo y recuerdo sus manos porque tengo frío.
Sábado, 17 de diciembre de 2005: Las cinco de la madrugada. Tere tampoco duerme. Se levanta a calentar leche. Pienso en mi padre. Cómo estará su cuerpo. Junto a la cama tengo tres libros a punto de terminar. Son los diarios de José-Carlos Llop, Andrés Sánchyez Robayna y Luis-Javier Moreno. La lectura es un lugar sin geografía, pero ninguno de estos textos me lleva hasta allí. Es demasiado tarde para el viaje.
A veces, hacia la condensación de vida en una sola línea, o de una emoción (Sé que mi padre ha muerto. Pero esta certeza, tan profundamente física, aún no forma parte de mi vida, Domingo, 31 de julio).
Un diario es una aventura frágil para el que lo lee porque todo depende de que la voz narradora logre que el hilo de lo contado se cruce con el suyo propio para que sea algo más que cosas que le pasan al autor. El Diario, como género, es la condensación de la dificultad artística en su más alto nivel porque todo, lo lírico, lo descriptivo, lo narrativo, debe ser aceptado por el que lo lee como vida. Incluso aunque el lector sea sólo el propio autor.
Por suerte, este volumen nos llega porque tiene altura de emoción y grandeza literaria, se nos cruza con los hilos de nuestras vidas y nos ayuda a explicárnosla con sus reflexiones, con sus anécdotas, con sus lecturas, nos emociona, reconocemos esa vida en la nuestra: es la textura que cada día percibimos muy dentro de nosotros al cepillarnos los dientes para irnos a la cama, al dar un beso a nuestro hijo antes de apagar la luz de su habitación, al abrazar el cuerpo de nuestra pareja, si la tenemos y nos puede salvar del abismo de la soledad, antes de sumirnos en la noche y esperar que el hilo de nuestra vida siga tejiéndose con el de otros al día siguiente.
