Ahora sí estamos ciegos. Y mudos. Deberemos rescatarnos nosotros mismos para no desmerecer su legado.
Hoy ha muerto José Saramago a la edad de 87 años, en su residencia de Tías (Lanzarote). Que la tierra le sea leve.
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viernes, 18 de junio de 2010
jueves, 27 de septiembre de 2007
Vertebración de la fachada.
España nació como concepto geográfico y administrativo. España, como idea, se edificó en los voluntariosos proyectos de unos pensadores visionarios que, con unos u otros fines, pusieron las bases ideológicas que empujaron finalmente a los Reyes a un mundo de alianzas y matrimonios que estabilizaran sus dinastías y su poder, en especial, para no desangrarse en guerras continuas y obtener las fuerzas suficientes para empresas mayores. Muchos de los humanistas vieron en ese concepto de España la oportunidad de construir un estado que evitara las miserias de lo que enseñaban las crónicas y se propulsara hacia la modernidad, la racionalidad y el fundamento legal. El último de esos sueños de modernidad fue el iberismo del siglo XIX, que continúa hasta hoy, como ha demostrado Saramago hace poco y en otras ocasiones. Los pueblos se sumaban a aquellas nuevas entidades a veces convencidos, a veces de perfil. Pero toda la construcción, tan frágil como nuestra historia plagada de guerras civiles y de banderías, sólo se sostiene con empeños comunes. La dificultad radica en que, en las escasas épocas en las que España ha vivido en democracia, se deben sanar las viejas heridas y al calor de los sentimientos más sencillos nacen políticos populistas que buscan, a través de discursos eficaces pero generalmente mentirosos, el beneficio electoral. La historia, que no es más que una narración de los hechos pasados, se reinventa: lo hizo Franco, que era un nacionalista; lo hacen los nacionalismos regionales y locales. Se cuenta, por ejemplo, que León está en la misma comunidad que Castilla porque nadie se ponía de acuerdo en el reparto de lo que se llamó Castilla la Vieja. El Bierzo reclama su identidad, con lógica también en este tipo de discurso. Y en los últimos días, en Barcelona, se ha aumentado el sentimiento de abandono del gobierno central porque no han funcionado los servicios públicos y al calor del discurso fácil el presidente del Barcelona quiere que su equipo siga jugando en la liga española pero exista una selección catalana puesto que sólo está dispuesto a asumir una parte del nacionalismo del que hace gala. Así, cada vez, el mapa es más pequeño siendo el mundo tan grande. Sin embargo, también la Historia nos enseña de estas tendencias que van y vienen y se mezclan con inereses económicos, fanatismos religiosos y ambiciones personales. Y de lo que cuesta restañar las heridas. ¿Pero dónde encontramos ahora un discurso superador de estas barreras que no caiga en el españolismo fácil y en la queja instrumentada o en el rechazo irracional de los sentimentos del otro? ¿Lo hay?
España, por su mismo origen y composición, es un país que para existir debe repensarse cada cierto tiempo. Debemos asumirnos en esta mezcla. Y eso no es malo. Sólo continuará adelante si encontramos un impulso que supere las inercias de disgregación y los intereses de los grupos políticos que quieren imponer las diferencias o que quieren anularlas a la fuerza.
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