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viernes, 7 de septiembre de 2012

Visiones del Amén para dos pianos


Olivier Messiaen (1908-1992) compuso sus Visiones del Amén para dos pianos en 1943. Sin duda, aun estaba bajo la impresión de la II Guerra Mundial y sus consecuencias. Apresado en Verdún, permaneció encarcelado en un campo para prisioneros de guerra cerca de Górlitz desde mayo de 1940 hasta marzo del año siguiente. La experiencia de la guerra acentuó en él su visión espiritual católica, que le llevó a componer su Cuarteto para el fin de los tiempos (estrenado durante su estancia en el campo de prisioneros) y estas Visiones del Amén. Si la influencia del catolicismo es palpable en casi toda su obra, en estas Visiones hay un evidente uso de lo espiritual como forma de aceptar y superar el conflicto pasado y conseguir una reconciliación de la historia con las creencias propias. Messiaen pertenece al género de artistas católicos que reflexionaron sobre la espiritualidad en el siglo XX (singularmente tras la II Guerra mundial, pero también antes, como George Bernanos) desde la vanguardia de la música, la poesía, la narrativa o el teatro, intentando sumar las propuestas más avanzadas técnicamente con la tradición espiritual para comprender lo que ocurría en tiempos tan convulsos o hallar consuelo del sufrimiento (recordemos como ejemplo que Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, se publicó en 1944 y El Poder y la Gloria de Graham Green lo había sido en 1940). Más allá de esta visión espiritual, varias de las obras para piano de Messiaen se pueden considerar como piezas maestras de las corrientes del siglo XX, dentro de las que fue un innovador que abrió caminos.

El trasfondo espiritual de las obras de Messiaen junto a sus propuestas rítmicas consigue provocar en las Visiones del Amén, un estado de sugestión en quien escucha estas siete piezas, más allá de su significado católico. El conjunto y su disposición y estructura consigue llevar de la mano a quien escucha esta música hacia el sosiego final. Tuve el privilegio de asistir ayer al conciero en el que el Sophia Hase y Eduardo Ponce (Atlantis Piano Dúo) interpretaron acertadamente la música de Messiaen en un lugar que contribuía mucho al éxito: el Patio de los Reyes del Museo Patio Herreriano de Valladolid, que lo había programado a precio verdaderamente asequible (5 euros, a lo que respondió el público, llenando el aforo) en los actos con los celebra el décimo aniversario de su irregular y, por momentos, decepcionante funcionamiento que le ha impedido ocupar el lugar que debería haber tenido en la ciudad y que ojalá ocupe en estos tiempos en los que tan necesitados estamos de proyectos culturales en unos momentos en los que parece que la cultura es la primera víctima de la crisis.

Hacia la mitad del concierto oscureció y una leve brisa hizo descender algunos grados la temperatura, unos pequeños murciélagos revoleteaban nerviosamente por encima del claustro y si la luz de la ciudad no lo hubiera impedido se hubiera podido apreciar el cielo estrellado. Parecía que el patio renacentista del Herreriano se había trasformado en gótico, mucho más acorde con la temática del concierto. No sé si esto había sido contemplado por los programadores, pero contribuyó al excelente efecto logrado y la sensación de haber asistido a un buen concierto.

miércoles, 18 de mayo de 2011

a través de mantas bien espesas


Cuando se vuelve a Mujer con alcuza, por entero a Hijos de la ira. Diario íntimo (1944) de Dámaso Alonso, la lectura va descascarillándonos, cada verso es un golpe que elimina la capa de pintura hermosa que hemos puesto a nuestra vida en las épocas de bonanza o con la felicidad propia de la inconsciencia. Por fin, en este retablo de la existencia humana se llega a la almendra y esta es amarga, necesariamente amarga: la vida no tiene sentido y el que nosotros le damos es solo un argumento mentiroso con el que explicamos nuestra biografía por su final. En el poema, la mujer camina en un espacio urbano que se trasforma alegóricamente en un cementerio. Acaba de apearse del tren en el que ha viajado por estaciones que ya no recuerda, porque, en el fondo, todo le ha llegado como las conversaciones que se perciben a través de mantas bien espesas.

El poemario es un retablo de quien se hace preguntas constantes. Dámaso acaba de cumplir 45 años en medio de una época en plena guerra sin fin (la Guerra civil española, la II Guerra Mundial) y se refugia, angustiado, en la necesidad de creer que la vida debe tener algún sentido y en la certeza de que no podrá hallarlo. Él es católico e interroga a Dios, pero Dios no responde porque la condición de los dioses de las religiones monoteístas es su silencio. Por eso, Dámaso acabará buscando consuelo en la figura católica de la Virgen María como intercesora. Pero eso no ha llegado aun en el discurso del volumen. Por ahora, solo hay angustia y desesperación. La esperanza es un añadido de la fe, no una certeza.

Por ahora solo queda esta mujer caminando envejecida ante la mirada del poeta, que da testimonio de su decrepitud y nos da posibilidades sin concluir ninguna:

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro

sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

¿Qué campos abonará nuestra putrefacción próxima y qué sentido queremos darle a lo que no tiene ningún sentido? Podemos vivir estas preguntas con ánimo carnavalesco o drámatico, que tampoco es preciso ir con cara doliente a diario, pero quien no se interroga pierde parte de su condición humana. Sea cual sea la respuesta que halle cada uno.

sábado, 22 de mayo de 2010

El valor de las palabras.


¿Cuántas palabras bastan para hacer un poema? Dámaso Alonso construye una obra maestra con cinco palabras, sólo cinco en realidad, que matiza enriqueciéndolas: manos (puñadito, dedos), coger (tener), tierra (arena, grano), soplar (volver, orerar, llevar), viento (siglos). Sustantivos y verbos sencillos y de uso habitual, acariciados lo suficiente por adjetivos que nacen de ellos y en ellos mueren (terrero, largo):

Entre mis manos cogí
un puñadito de tierra.
Soplaba el viento terrero.
La tierra volvió a la tierra.

Entre tus manos me tienes,
tierra soy. El viento orea
tus dedos, largos de siglos.

Y el puñadito de arena
-grano a grano, grano a grano-
el gran viento se lo lleva.

Vida es uno de los Poemas anexos a Oscura noticia. Como casi toda la poesía de Dámaso Alonso es una reflexión sobre la razón de la vida. Dámaso fue un poeta de una espiritualidad profunda: sus mejores versos los dedicó a preguntarse por la razón de la vida, de su vida y si ésta tenía algún significado no sólo colectivo sino fundamentalmente individual. La espiritualidad de Dámaso no era fácil de aceptar en los momentos en los que él escribía y resultaba inconcebible para la ortodoxia de aquella España gris de la postguerra: quizá por eso no se le ha leído como merece. En este poema la imagen inicial que después profundiza es impactante por lo común. y profunda. Solía Dámaso partir de algo concreto, reconocible por todos los lectores: aquí el simple hecho de tomar con la mano un puñado de tierra, gesto que todos tenemos grabados en la memoria desde niños.

¿Cuántas palabras bastan para hacer un poema? A veces cinco, unidas con una certera imagen que las dote de significado. Una vez que las hallamos sobra toda retórica pomposa. Cinco palabras y el silencio a todas las respuestas. La vida es eso, exactamente lo único que sabía Dámaso, una pregunta sencilla a la que jamás hallamos respuesta.

miércoles, 6 de mayo de 2009

A orillas de esta tristeza


Hoy debería haber comentado en clase el poema A un río le llaman Carlos, de Hombre y Dios (1955) de Dámaso Alonso. A veces pasa que la clase comienza desordenadamente: que se te escapa de las manos por la fatiga acumulada y debes rehacerla sobre la marcha: Os pido que olvidéis lo que lleváis oído y comencemos de nuevo la clase. Y vuelves a plantearla y de pronto encuentras que te crecen las palabras y te llevan a explicar el tratamiento artístico, en el siglo XX, de la identidad destruida, de la complicada trama de hilos evidentes y ocultos en los que se ha convertido la personalidad individual desde que los estudios psicológicos descubrieron que dentro de nosotros se encuentran varios nosotros, algunos desarrollados, otros en embrión, parte conscientes y otra parte latentes y que, en definitiva, éste que firma en el Documento de Identidad o en el Pasaporte no es más que una confusa amalgama de todos, un pacto de supervivencia para ir tirando y comprar el pan todos los días o tomar una cerveza mientras mira, como podría no hacerlo, los avisos puestos en la puerta del frigorífico por una mano que podría ser la suya propia, pero no reconoce en la caligrafía.

Y cuando tu voz profesional te devuelve al aula -Pedro, está llegando la hora de finalizar la clase- y te conmueven las miradas comprensivas de los que tienes delante y que te han acompañado en la aventura de sumergirte en la literatura desde el pasado mes de octubre y por eso ya te conocen y quizá te han cogido hasta un poco de cariño o al menos toleran esos momentos tuyos, miras el poema y reconoces en él el pulso de todo lo que has dicho porque, en el fondo, la biografía ha sido reventada porque, como a la voz poética, nos apetecería remontar el río contracorriente, a brazadas ansiosas para encontrar la fuente del propio nacimiento.

Sabes que Dámaso, en la misma inercia de Hijos de la ira, preguntaba por la razón de la propia existencia, pero tú quieres reconocerte en el personaje que ve fluir ese río y lo identifica con la propia ansiedad que se te ha anudado a la boca del estómago y te sientes en tierra que ya pisaste.

Irremediablemente, el comentario se te ha ido de las manos:

Y ahora me fluye dentro una tristeza,
un río de tristeza gris,
con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.
Tengo frío en el alma y en los pies.
Y el sol se pone.
Ha debido pasar mucho tiempo.
Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentísimo.
Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente.
Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo.
desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas de esa tristeza, de ese
río al que llamaban Dámaso, digo, Carlos
, digo Pedro.

Qué demonios, continuaremos en la clase del lunes que viene, y perdonadme.

martes, 10 de febrero de 2009