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sábado, 2 de junio de 2007

Llegar a Ítaca (Kavafis cumplido).

Anoche, no sé si durante mi habitual insomnio o ya dormido, soñé vivir en un edificio vacío y en ruinas. Ante la rotundidad del silencio, me levanté de la cama y anduve por extrañas habitaciones a oscuras en las que destelleaban diminutas luces como insectos, incapaz de encontrar una puerta a la calle o unas escaleras que pudieran orientarme. Tuve la impresión de estar caminando durante días o años, abriendo cajones con restos de vidas y cruzando pasillos infinitos. A veces, encontraba galerías interiores tapiadas toscamente con ladrillos de un rojizo casi marrón que no permitían mirar al exterior. Todo era polvo y abandono, las puertas de los armarios estaban desencajadas y de las perchas colgaban jirones de trapos que alguna vez fueron suntuosos vestidos. En una de aquellas estancias la contraventana no cerraba del todo y una indecisa luz iluminaba una silla de paja sobre la que había un viejo cuaderno. En su tapa pude leer, anotado con tinta azul: Diario de un viaje. Mi regreso a Ítaca con Kavafis al fondo. Tras decenas de hojas en blanco pude leer garabateado con caligrafía obsesiva y redonda el siguiente texto:
Supe, por un poeta al que leí en los primeros tiempos de todo, que no debía apresurarme a volver al destino que fue mi origen. Por el camino conquisté ciudades que debí abandonar con la cabeza erguida del héroe derrotado por su destino, asumiendo aquel revés de la misma forma que el triunfo previo. Y seguí viajando sin rumbo, recogiendo lo mejor de todo lo que hallaba, guiado por una extraña sensación que invadía todo mi espíritu e impulsaba mi cuerpo. Al pasar junto a los puestos de los mercados en los que se exponían las mejores frutas doradas por el sol del Mediterráneo, compré los objetos más finos y, cuando no tenía dinero, los troqué por la conversación sin prisa ante un hospitalario té de menta. Hoy, en mi bolsa los llevo y a veces introduzco en ella mi mano tan solo para rozarlos levemente con mis dedos y sentir el material de que están hechos: madreperla, coral, ámbar, ébano. Al redactar estas líneas veo la costa añorada y dudo si me he dado el suficiente tiempo para el regreso, frente a estos vientos que desean tan pronto mi arribada. Pero sé que por este regreso comencé el viaje y que vuelvo trasformado por el tiempo a buscar el hogar de mis mayores.

En el aire de lo que fue un día el salón de una humilde morada de este edificio arruinado, se respiró, por un momento, la idea de una dirección que podría conducirme a mi vuelta a casa y a un despertar acogedor y tibio. Abrí los ojos con un extraño sabor en la boca, quizá a fracaso por no haber arriesgado lo suficiente en mi propio viaje.

viernes, 1 de junio de 2007

Inicio de Kavafis.

Hoy, querido J.R. Justo, le tocaba el turno a Kavafis, no sólo por la promesa. Pero estoy tremendamente cansado, e Ítaca aun está muy lejana de tan próxima y las calles de esta ciudad destruida que va dentro de mí, me persiguen con ferocidad. Mañana, quizá, conquiste las palabras para coronar al poeta como se merece.