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jueves, 7 de diciembre de 2017

De la épica a la realidad en La sirena de Gibraltar y noticias de nuestras lecturas y anuncio de la próxima.


Una de las cosas más difíciles cuando se comenta una novela negra o cualquiera de las que contienen un misterio es analizarla sin desvelar el desenlace. No sé si podré cumplirlo del todo en esta entrada, lo que advierto para aquellos que lean una historia solo por el argumento. Aquí he dado ya otras razones para leer La sirena de Gibraltar: está inusualmente bien escrita (lo que no suele ser muy habitual en este tipo de libros), de forma verosímil, con un protagonista que es un descubrimiento y que se ajusta con precisión a un nuevo tipo de aventurero español, con personajes secundarios que completan una gama que va desde lo costumbrista hasta la modernidad, que mantiene bien la tensión y está estructurada con acierto. Sin embargo, no puedo dejar de comentar, sin dar demasiados detalles por la razón dicha, una de las claves más acertadas de la novela.

Algunos novelistas que practican este género incurren en un error: pensar que las cosas grandes que nos amenazan a todos son épicas y tienen una dimensión de grandeza conspiranoica. La realidad nos desengaña, como vemos en cualquiera de los informativos que tratan de corrupción, crímenes y delincuencia. Hasta los mayores delincuentes son seres como nosotros. Cuando un político corrupto deja de ser intocable observamos en él las miserias más humanas y la prensa nos regala sus fotografías en actitudes cotidianas o participando en horteras fiestas de pijama o en orgías en calzoncillos. La épica es cosa de distancia y arte, no de la realidad. Por eso, algunas novelas del género negro nos parecen falsas o pretenciosas. Si algunas de las que toman este camino se salvan es porque son decididamente literarias, con todas las consecuencias.

Leandro Pérez no incurre en ese error tan habitual, sino que maneja sabiamente las claves de la realidad. Inicialmente, el caso de La sirena de Gibraltar parece enraizarse en las grandes palabras que nos han ocupado en la época de la corrupción política y económica que gobernó España -si es que esto es pasado- y las investigaciones llevan al protagonista por ese lado. Alfred Hitchcock fue un maestro en el manejo de ese suspense que comenzaba con una amenaza para el mundo que conocemos y terminaba en una interesante trama de pasiones humanas, muy humanas. Es lo mismo que hace Leandro Pérez con éxito. Son las pasiones más humanas las que explican La sirena de Gibraltar, como todas las cosas que nos ocurren en el mundo por mucha épica que luego le pongamos. De ahí que esta novela nos lleve con el MacGuffin hitchcocktiano hasta la raíz de nuestros comportamientos, que explica por qué puede aparecer una joven muerta en el Manzanares y por qué ninguno de nosotros estamos libres de parecernos a cualquiera de los personajes de la trama.

Noticias de nuestras lecturas


Mª Ángeles Merino ha publicado la segunda parte de su crónica del viaje a Valladolid realizado por el club de lectura con motivo del homenaje a José Zorrilla por el bicentenario de su nacimiento. Aquí la parte correspondiente a la exposición del Archivo municipal, una detallada descripción del recorrido que puede hacerse por la muestra. Y aquí, la tercera, en la que recoge la sesión académica en la que comentamos el drama Don Juan Tenorio. Y la cuarta, con la visita a la Casa Museo Zorrilla... con fantasma y todo, para no perdérsela.

De la cárcel al convento nos lleva Pancho siguiendo el rastro de don Juan en una entrada que termina y bien terminada con Bambino.  En la siguiente comenta el cuarto acto, pura acción... hasta Elton John (nos lleva hasta aquí seducidos como doña Inés). Con todo el acierto ve como dramatización del tiempo la segunda parte del drama. Y hacia el final llega con una magistral manera de percibir la actitud de don Juan ante lo que le sucede.

Anuncio de la próxima lectura



Laura Castañón es una de las escritoras que repiten en este Club de lectura. Ya nos acompañó con su anterior novela, Dejar las cosas en su día, incluso se reunió con los lectores en febrero de 2014. Ahora regresa con La noche que no paró de llover (Planeta, 2017), que nos ocupará todo el mes de diciembre. En enero tendremos un encuentro con la autora en Burgos para comentar la novela.


Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos.
Entrada del Club de lectura cada jueves, en este blog, aunque en las últimas semanas no haya podido cumplir esta promesa por diferentes cuestiones que espero se vayan remansando en las próximas.
Información sobre el presente curso en el club en este enlace.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Que ya no valemos para nada o cómo Juan Torca comprende la realidad, homenaje del Club de lectura a José Zorrilla y noticias de nuestras lecturas.


Juan Torca, el protagonista de La sirena de Gibraltar de Leandro Pérez es un hombre maduro que está a un paso de dejar de serlo. Todavía puede correr por el Retiro como entrenamiento físico, se encuentra en una forma aceptable y resulta atractivo para las mujeres. Pero es un hombre que ya ha dejado de ser joven y que no tiene la agilidad ni la energía de unos años antes. Sucede lo mismo en todos los aspectos psicológicos, morales y de juicio sobre el mundo. Tanto él como su grupo de camaradas pertenece a un tiempo que ya comienza a no ser el presente. Nunca fueron protagonistas de la historia, tampoco. Todos ellos son secundarios que a veces estuvieron en los grandes campos de acción que relatan los libros históricos pero que tuvieron que protegerse en grupo más como camaradas que como héroes. Esta perspectiva es frecuente en la novela negra (solo hay que recordar a Pepe Carvalho) y Leandro Pérez sabe explotarla con inteligencia y eficacia como recurso. A diferencia de Rodrigo, su hijo policía, honesto y cumplidor, Juan Torca ve el mundo como quien sabe que tiene poco arreglo en general y cada uno debe actuar como puede en las circunstancias que le rodean. Como dice Jandro resumiendo las razones para que su amigo se encuentre recuperándose en la cama tras haber sido herido y perder a la mujer a la que custodiaba: Que a Juan le cayeron tres tiros y que se llevaron a la chica. Que ya no valemos para nada.

Este es un aspecto de la novela que me interesa mucho. Este cruce de tiempos y de mundos que se expresa incluso en la necesidad de correr cuatro o cinco días a la semana (Correr no era sólo correr. (...) Olvidarse, a veces, de uno mismo. Y, en otras ocasiones, en cambio, viajar al pasado y revivir desde los sucesos más nimios hasta los más extraordinarios.), explica en buena manera los relatos publicados de Torca. La sirena de Gibraltar -como antes Las cuatro torres (2014)- nos sitúan ante un mundo que cambia y que debemos comprender. Torca ya no es joven pero puede ayudarnos porque conoce la verdadera forma de actuar de quienes controlan de verdad la vida de la gente. Viene de un pasado reciente -no necesariamente mejor- y puede comprender que debajo de todas las novedades rigen las grandes pasiones de siempre. Se encuentra con personas honestas y criminales -en potencia o no- en un tiempo que ya comienza a no ser el suyo y su carga de experiencia ante las actitudes humanas le ayudan a resolver sus casos pero también a aceptar que nunca se alcanza ni la felicidad completa ni una sociedad perfecta. Lo importante, en todo caso, es darse cuenta y comenzar a actuar en consecuencia con el resto de moralidad que a uno le quede tras el paso del tiempo.

(El jueves de la semana que viene terminamos con la serie de comentarios sobre La sirena de Gibraltar.)


Homenaje del Club de lectura a José Zorrilla 
con motivo de su bicentenario


El pasado sábado, día 18 de noviembre, los miembros del Club de lectura que pudieron acercarse, nos vimos en Valladolid con motivo de homenajear la memoria de José Zorrilla cuando se conmemora el bicentenario de su nacimiento en esa ciudad. Los actos fueron sencillos pero emotivos y para nosotros fue un honor contar con la presencia de la responsable de la Casa de Zorrilla, Paz Altés, y de  Arsenio Tejedor Nieto, el concejal de cultura de Torquemada, pueblo natal del padre de Zorrilla y en donde el escritor aspirara un día a tener casa solariega en donde retirarse. Quiero agradecer el cariño y las facilidades dadas y a los guías del Archivo Municipal y de la Casa de Zorrilla. Especialmente a Javier Calaveras, que nos acompañó también en la comida.

Los actos comenzaron a primera hora de la mañana ante la tumba de José Zorrilla en el Panteón de Vallisoletanos ilustres del Cementerio del Carmen, con la lectura del poema que compusiera para el entierro de Larra. Intervino también Luz del Olmo leyendo un poema original en homenaje a la memoria del romántico. Después, se celebró la visita a la exposición conmemorativa que se muestra en el Archivo municipal gracias a las gestiones de su director, Eduardo Pedruelo, mi exclusivo nombre de poeta. El título es un verso del autor y alude a a lo que siempre quiso considerarse. La muestra presenta un sustancioso recorrido por la biografía y la obra de Zorrilla a través de la exposición de paneles y objetos, así como una colección de las ediciones de sus textos. Como hablaré de ella en otro momento, me limitaré aquí a recomendar la visita. Hubo también, como es lógico, visita a la estatua de Zorrilla en la plaza que lleva su nombre y un breve recorrido por Valladolid, seguido de comida necesaria y festiva.

Por la tarde, visitamos la Casa Museo Zorrilla. Además de su mucho interés como museo, pudimos disfrutar de la muestra temporal de moda romántica, de la diseñadora Inmaculada Cedeño, que sirve como excelente contextualización a lo que pudo ocurrir en aquellas dependencias en vida de Zorrilla. Y en la sala Narciso Alonso Cortés de la Casa celebramos la sesión académica con el comentario de la lectura del drama Don Juan Tenorio que nos ha ocupado los pasados días.

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Una jornada para el recuerdo. Podéis ver la crónica y las fotografías en la entrada que ha publicado María Ángeles Merino con todo ello y que me ahorra una descripción más detallada.

Paco Cuesta echa su cuarto a espadas sobre el aparente conflicto entre teología y teatralidad del Tenorio. Y bien echado, claro.

Pancho sigue con el Tenorio y en esta entrada da cuenta de las claves esenciales del éxito en la recepción del drama.


Otras lecturas



Como sabéis, hace tiempo leímos La saga / fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester y Pancho decidió bebérsela a buchitos. Aquí va desde los que mean en los muros hasta don Asterisco, alborotador nocturno... no digo más.


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jueves, 16 de noviembre de 2017

Ya es todo carnaval en la Hostería del Laurel y noticias de nuestras lecturas. Continuamos con La sirena de Gibraltar.


He escrito varias entradas sobre José Zorrilla y Don Juan Tenorio. En este espacio, suelo escribir una entrada llegado el día de los Fieles Difuntos (el Don Juan no es para Todos los Santos sino para los Fieles Difuntos, pero no nos pongamos quisquillosos). Pueden consultarse en este enlace (se recuperan en orden inverso), lo que me evita repetirme aquí.

Siempre me ha gustado el Tenorio de Zorrilla. Su condición de fiesta teatral me atrae. Muchos miran el drama de forma ceñuda. El mismo autor lo hizo, despellejándola -tanto al texto como a la forma en la que se representaba- pero no consintiendo en que nadie lo hiciera. El problema es que muchos no soportan su popularidad, su éxito, su condición de engranaje perfecto para la escena, su potencial arrollador. Estos prejuicios les impide disfrutar de la obra como lo que es, puro teatro que puede tomarse en serio, en sentido paródico o en cualquiera de los muchos matices que permite el texto. Esto es lo que está detrás de su enorme éxito. El drama nos puede hacer pensar sobre la condición humana, sobre la sociedad, sobre la transgresión a las normas y sus consecuencias, pero sobre todo nos arrastra al juego. Esto es lo que se ha comprendido generación tras generación, lo que comprendieron los jóvenes del 27 cuando lo representaban todos los años en la Residencia de Estudiantes (qué inteligencia la de Federico García Lorca escogiendo para sí el papel del Escultor).

Siento pena por aquellos que no se dejan arrastrar por la fiesta teatral, la pura esencia de juego dramático que contiene Don Juan Tenorio. Allá ellos, me digo, nada más comenzar la obra de forma tan extraña para un drama decimonónico -hasta en eso se mostró osado Zorrilla-, con el protagonista en escena sin que el espectador sepa nada él, ofendido:

¡Cuál gritan esos malditos!

Y ya todo es carnaval en la Hostería del laurel de Sevilla. Incluso lo es en el panteón que Don Diego ha pagado para las víctimas de Don Juan. Porque, en el fondo, toda la vida humana es carnaval.


Noticias de nuestras lecturas

Este sábado día 18, el Club de lectura rendirá homenaje a José Zorrilla. Visitaremos su tumba en el Cementerio del Carmen de Valladolid, la Casa Museo que lleva su nombre y la exposición que con motivo del bicentenario se muestra en el Archivo Municipal de esa ciudad. Las plazas de las visitas son limitadas pero si estás interesado en el acto en el cementerio o asistir a la reunión presencial del club de lectura para comentar Don Juan Tenorio (abierta al público hasta completar el aforo), escríbeme un correo o un mensaje privado en Facebook.

Mientras se pide el papel de Brígida, Mª del Carmen Ugarte García recuerda sus Tenorios y comenta alguna de las cosas esenciales del drama y su recepción por el público.  No te lo pierdas.

Pancho nos presenta la biografía intensa de Zorrilla para que podamos comprender su obra: un bala perdida que se convierte en el autor más popular de su tiempo. Y termina con la M.O.D.A., no se puede pedir más de su entrada.

Mª Ángeles Merino recuerda su primer Don Juan, televisivo -qué añoranza de aquellos programas de Estudio1-, y define al Tenorio hoy como un yonqui del amor...

Paco Cuesta lee con finura ejemplar El burlador de Sevilla y el Don Juan Tenorio: de la teología del castigo a la del amor. Una entrada para enmarcar.

Y aquí podéis leer el poema que Luz del Olmo ha escrito para leer el sábado 18 ante la tumba de Zorrilla, en el homenaje al poeta que celebraremos todos los lectores que os queráis acercar por allí.

Continuamos con La sirena de Gibraltar


Tras el paréntesis en su lectura para acercanos a la figura de José Zorrilla a través de su Don Juan Tenorio, regresamos a La sirena de Gibraltar, la novela de Leandro Pérez que nos ocupará hasta el jueves 30 de noviembre.

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jueves, 9 de noviembre de 2017

Presentamos a Juan Torca y noticias de nuestras lecturas, con aviso de un paréntesis.


Torca no era un obseso del orden, pero se había pasado años comprimiendo sus pertenencias en petates, mochilas y maletas. Llega un momento, tras ver al protagonista en acción y charlando con su hijo Rodrigo, policía honesto y con principios, en el que la acción se detiene de forma oportuna para presentarnos a Torca. Es algo necesario, en especial para aquellos que no hayan leído la primera novela que protagonizó. Previamente lo ha caracterizado a pinceladas, en especial en la conversación con su hijo: La mayoría de los asesinos son gente corriente, como tú y como yo, le dice. Cuando su hijo se marcha del piso -excelente el detalle de la gorra-, se queda solo: A seguir cayendo.  Apenas un cajón con algunos recuerdos en el antiguo mueble bar, sobre todo los que le ataban con Raquel, su mujer. Un álbum de fotos en el que está todo lo que debe estar en una vida corriente excepto una cosa, él: El militar, el infiltrado, el mercenario, el tipo siempre dispuesto a enfrentarse a casi todo, pero incapaz de mantener un hogar. En estas tres citas se cifra el carácter de Torca, un personaje que guarda todas las historias dentro: las de su pasado, en el que hay pasajes los suficientemente oscuros como para no contarlos; las de su presente, en el que solo un puñado de personas y de cosas firmes le sostienen; las de su futuro, en el que unas pocas certezas le guiarán pero siempre en los márgenes de las vivencias más tremendas.

Torca habla poco, ha sobrevivido a su pasado y ha pactado consigo mismo. De joven, fue militar con gran ilusión y prestó servicios en la guerra sucia contra ETA y algún otro que también lo llevó a las cloacas del sistema; fue mercenario con sus compadres -antiguos compañeros de armas- hasta que regresó de Afganistán y se dedicó a la seguridad privada. Finalmente, se dedica a trabajar por libre. No lo necesita económicamente, pero acepta casos que le sitúan en la frontera del abismo. Es aficionado al fútbol y sale a correr por el Retiro. Viudo, solo tiene como familia a su hijo Rodrigo. Y unos pocos amigos y colaboradores. De amores, los justos.

Es un personaje sólido, creíble y moderno, bien justificado su paso por algunas de las situaciones más complicadas del ejército español de las últimas décadas, también las que le llevan como mercenario a un escenario de guerras contemporáneas y de regreso a una España inmersa en la corrupción. Con un personaje como Torca se puede recorrer un escenario lleno de incidencias desde lo local hasta lo global. Este es uno de los grandes atractivos de estas novelas de Leandro Pérez, que las hace distintas a las novelas negras convencionales.

Noticias de nuestras lecturas

Pancho entra en el comentario de la novela desde la portada, por derecho y al grano. Nos deja la faena de introducción completamente expedita y bien asentada. Una invitación a seguir leyendo. Pasa después a analizar con brillantez el estilo narrativo y la caracterización del personaje principal. No te pierdas esta entrada tampoco.


Mª Ángeles Merino escribe una entrada emotiva para abordar los personajes femeninos de las novelas de Mª de Zayas que comentamos el pasado mes. En ella da voz a su madre para asociar inteligentemente las novelas de la Zayas con un drama de Lope, El acero de Madrid. Y es cierto todo lo que dice y digo más: en las novelas de Zayas hay, prosificadas, varias comedias de capa y espada... No os perdáis esta entrada.

Don Juan Tenorio de José Zorrilla




Con motivo del bicentenario del nacimiento de José Zorrilla que se conmemora en el presente año, hacemos una pausa en nuestra lectura de La sirena de Gibraltar la próxima semana para leer y comentar la obra más popular del poeta romántico, sin duda la pieza teatral más representada en los escenarios españoles, el drama Don Juan Tenorio. Aunque en este blog ya he comentado varias cuestiones sustanciales de este drama, el hecho de ser el asesor de los actos del bicentenario organizados por la Casa de Zorrilla de Valladolid y participar directamente en alguno de los eventos y publicaciones que con este motivo se han programado, me han llevado a proponer a los que siguen este club de lectura revisitarla. De esta forma, el jueves que viene publicaré mi entrada dedicada al drama y os propongo que elijáis un tema, una escena, un motivo o un recuerdo personal y escribáis sobre él bien en vuestros blogs, bien en Facebook o con comentarios a la entrada que publique la próxima semana.

Con este motivo, el sábado 18 de noviembre los seguidores del Club de lectura realizaremos un sencillo homenaje a Zorrilla en su ciudad natal, Valladolid. Aquellos que queráis sumaros, escribidme un correo electrónico o un mensaje privado en Facebook.

En este enlace tenéis una más que correcta edición de la obra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, aquí podéis ver la obra en una versión para Estudio 1 de TVE (con Francisco Rabal y Concha Velasco en sus principales papeles), aquí la versión itinerante del Tenorio de Alcalá de Henares de 2005 y aquí la que se hizo en 1988.

Después volveremos a La Sirena de Gibrarltar para cerrar con ella el mes de noviembre. De todas las formas, en estas noticias seguiré recogiendo las entradas y comentarios que hagáis indistintamente de una u otra obra.

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Paco Cuesta comenta las claves esenciales del drama de Zorrilla y de su éxito: el juego del puro teatro. Qué acierto de entrada, no os la perdáis.

Recojo en estas noticias las entradas que hasta el miércoles han publicado los blogs amigos.
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lunes, 6 de noviembre de 2017

Devolución de la visita. Actividades del bicentenario de José Zorrilla en Valladolid.


En el marco del convenio firmado entre la Casa de Zorrilla de Valladolid y el Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla para conmemorar el Bicentenario de José Zorrilla, del que he informado en otras ocasiones en este blog, este fin de semana ha tenido lugar la devolución de la visita de la delegación sevillana a la ciudad castellana.

La Casa de Zorrilla, anfitriona en esta ocasión, es un moderno museo con un programa de actividades culturales amplio y constante. Se ha convertido en uno de los lugares de referencia de la cultura de Valladolid. Se encuentra en la que fuera casa natal del poeta romántico (antigua calle de la Ceniza, acutal Fray Luis de Granada). Fue adquirida por el Ayuntamiento de la ciudad en 1917-1918 -con motivo del primer centenario del nacimiento de Zorrilla- y en las décadas finales del siglo XX se abrió al público. En ella se guardan diferentes recuerdos y muebles relacionados con el poeta donados por su viuda y otras personas. El impulso inicial del proyecto fue Narciso Alonso Cortés, a quien la memoria de Zorrilla en Valladolid debe un gran tributo. Tras la remodelación sufrida, su reapertura en 2007 la ha convertido en un ejemplo nacional de Casa Museo. Tanto su anterior responsable, Ángela Hernández como la actual, Paz Altés, han hecho una labor inmensa en este terreno. A la última se debe la organización de un programa amplio y variado de actividades para conmemorar el bicentenario, incluido el convenio entre estas instituciones de Valladolid y Sevilla que coordino.



Si el fin de semana pasado tuvo lugar la visita de la delegación vallisoletana a Sevilla, en este ha ocurrido al contrario. La parte central de esta visita era el intercambio de Tenorios aficionados: montajes de Don Juan por compañías no profesionales. En el teatro de Capitanía General se vio el de Amigos de Teatro de Valladolid, el pasado sábado pudimos disfrutar de Sevilla no existe en el teatro Zorrilla de Valladolidla personal versión de Pepe Gómez del drama romántico. El montaje del Grupo La Platea contiene una hábil versión en hora y media y tanto el público como los propios actores tuvieron una experiencia inolvidable. Hubo algo más emotivo. Recientemente, la compañía sevillana ha cambiado su nombre al de Grupo de Teatro Luisa Valles, que fue su directora, recientemente fallecida. Luisa Valles estuvo en la fase inicial del proyecto pero su muerte le ha impedido verlo culminado. Sirva esta representación como homenaje. En todo momento fueron acompañados y apoyados por los miembros de Amigos del Teatro y el personal del teatro Zorrilla, a los que hay que agradecer las atenciones y la entrega amistosa y generosa al proyecto.

Durante la visita de la delegación del Mercantil, presidida por los Vicepresidentes de la institución, Ángela Balbuena Caravaca y Fernando Rodríguez Galisteo y el Bibliotecario del mismo, Francisco Cárcamo Balboa, se celebraron varios actos protocolarios y de esparcimiento. El viernes se recorrió la ruta Ríos de luz y el sábado se visitaron el Museo de Escultura y la Casa de Zorrilla, en donde se realizó una sencillo acto de acogida lleno de cariño. Por la tarde tuvo lugar la recepción de las autoridades por parte de la Diputación -propietaria del teatro Zorrilla- y del Ayuntamiento y la representación en el teatro Zorrilla y por la noche una cena en el Círculo de Recreo, institución vallisoletana nacida en 1844 y consolidada en 1847, aunque hasta 1902 no ocupó el edificio en el que tiene su sede actual.





Finalmente, el domingo se visitó Medina de Rioseco. Aparte del interés de esta localidad, la excursión tuvo varios motivos. En Guadalcanal (Sevilla) había nacido el primer señor de Rioseco y Almirante de Castilla, Alfonso Enríquez; en esta ciudad castellana se vendía al mundo la plata de América que entraba por Sevilla; tanto en Sevilla como en Medina de Rioseco la Semana Santa es parte central del calendario anual; y el que fuera arzobispo de Sevilla, el cardenal Carlos Amigo, es natural de Rioseco. Motivos más que suficientes.




Este fin de semana ha resultado intenso, lleno de emoción y complicidad. Aún faltan actos importantes en el convenio, como el traslado de la exposición Mi exclusivo nombre de Zorrilla a las instalaciones del Mercantil en la calle Sierpes de Sevilla y alguna sorpresa más que anunciaré en próximas fechas.

lunes, 30 de octubre de 2017

Actividades del Bicentenario de José Zorrilla en Sevilla



Este pasado fin de semana se ha celebrado en Sevilla parte de los actos organizados con motivo del Bicentenario del escritor José Zorrilla. Como saben los lectores habituales de este espacio, soy asesor del extenso programa de actividades puesto en marcha con este motivo por la Casa de Zorrilla de Valladolid bajo la dirección de Paz Altés. También soy coordinador del convenio que se firmó entre el Ayuntamiento de Valladolid y la Casa de Zorrilla y el Círculo Mercantil e Industrial de Sevilla, con la intervención de la concejala de cultura del Ayuntamiento de Valladolid, Ana Redondo, y el Presidente del Círculo Mercantil e Industrial, Práxedes Sánchez Vicente. De la parte vallisoletana del convenio es responsable Paz Altés y de la parte sevillana Fernando Rodríguez Galisteo. Y nada de ello hubiera sido posible sin el impulso de Mayca Martínez Peña.

El Mercantil, como se conoce a esta institución, cumple 150 años. No conozco muchas instituciones en España que tengan esa historia y sigan en pleno vigor, con todo el impulso del proyecto inicial ampliado a las necesidades actuales de la sociedad. Su actividad es elogiable desde todos los puntos de vista. En lo que interesa para esta crónica, la organización de actividades culturales y la colaboración con asociaciones y artistas sevillanos es fecunda y redunda en un beneficio social impagable. El Mercantil es un pilar de la cultura sevillana, sin duda alguna, y he de agradecer la acogida calurosa que he tenido siempre en sus instalaciones y el entusiasmo que han mostrado en este proyecto.

El 23 de marzo pasado tuvo lugar la apertura de los actos en el Mercantil, con un magnífico concierto de la Orquesta de Cámara de Sevilla, que interpretó música del período romántico. Y este fin de semana se ha celebrado la primera parte de las actividades contempladas en el convenio. El viernes 27, en las instalaciones deportivas del Mercantil tuvieron lugar un taller infantil y uno familiar, El teatrillo del traidor y Yo, José Zorrilla, en los que los más jóvenes pudieron acercarse a la obra y la personalidad del escritor romántico gracias a Paz Altés, Javier Calaveras y Charo Vergaz con la inestimable ayuda de Diego Irimia y del personal del Mercantil y recibir como regalo un teatrillo recordable y un libro con la biografía del autor escrito para niños por Ramón García. Asistieron más de 50 niños. También se inauguró la exposición de cuadros y poemas Zorrilla, mitos poéticos, del grupo vallisoletano Guardar como, con la presencia y guía de la escritora Inmaculada Calvo.




El sábado por la tarde tuvo lugar la representación del drama Don Juan Tenorio de José Zorrilla por la Asociación de Amigos del Teatro de Valladolid, que fue un éxito absoluto. La compañía recibió la ovación de un público puesto en pie, entregado y agradecido. Los Amigos del Teatro acometen un montaje de la obra muy respetuoso tanto con el texto como con la tradición de su representación anual en los primeros días de noviembre. Desde hace cuarenta años han llenado los diferentes locales en los que lo han interpretado y construido un personal acercamiento al drama de Zorrilla que se ha convertido ya en una referencia hasta el punto de que no parecen una compañía de aficionados y pueden presentarse ante cualquier tipo de público. No es este lugar para una reseña, pero mucho de lo que proponen la dirección y la intervención de los actores es una lección para aquellos críticos con la obra romántica y un montaje base sobre el que deberían partir las compañías profesionales que se aproximen al drama con rigor según la tradición teatral o para apartarse de ella.

La representación del sábado, a teatro lleno, guardaba otro motivo de interés. Tuvo lugar en el teatro de Capitanía General de Sevilla, una de las joyas ocultas de la ciudad. Obra del arquitecto Aníbal González, es una parte de todo el complejo arquitectónico levantado en la Plaza de España con motivo de la Exposición de 1929. Hay que agradecer al Cuartel General de las Fuerza Terrestre que cediera generosamente este maravilloso espacio con este motivo y a sus responsables, por facilitar todo lo necesario para el desarrollo del acto.



Como prólogo a la representación, Ángela Balbuena Caravaca y Fernando Rodríguez Galisteo, Vicepresidentes del Mercantil, hicieron entrega de un cuadro con el cartel conmemorativo del 150 aniversario de la institución, en mención y agradecimiento por su colaboración, a Félix Hernández, director de la asociación Amigos del Teatro y a Carlos Palacio, jefe del Estado Mayor de la Fuerza Terrestre.




Las actividades se completaron con el encuentro amistoso entre la delegación vallisoletana y la sevillana. Horas de visitas culturales (el sábado se recorrió el centro de la ciudad en busca de las huellas del Tenorio por el barrio de Santa Cruz) y confraternización compartiendo conversación y sobremesa. He de agradecer cómo se volcó la Junta Directiva del Mercantil pero también su personal, con mención especial de Ana Ávila y Pilar Picchi, que se entregaron a la organización y solucionaron todas las cuestiones que deben ponerse a punto en unas actividades de esta envergadura. Y, desde luego, capítulo aparte para Antonio Ocaña, que acompañó a la delegación vallisoletana en todo momento.

El próximo fin de semana las actividades del convenio se celebrarán en Valladolid, con la devolución de la visita por parte de los miembros del Mercantil. Su compañía de teatro, La Platea, representará Sevilla no existe, una personal versión del Don Juan Tenorio obra de Pepe Gómezcuyo texto sirve para plantearse la ciudad y el drama de Zorrilla como un sueño. Es parte de este intercambio de Tenorios aficionados que demuestran la actualidad de la obra y que se conserva la tradición de reponerla todos los años por esta fecha en los escenarios españoles. Tendrá lugar el sábado 4 de noviembre en el teatro Zorrilla de Valladolid.



Con posterioridad, del 2 al 16 de febrero, la gran exposición del Bicentenario, Mi exclusivo nombre de Zorrilla -que se muestra en el Archivo Municipal de Valladolid- se montará en las instalaciones del Mercantil en la calle Sierpes de Sevilla para que pueda ser contemplada por el público interesado de aquella ciudad. También impartiré una conferencia sobre el autor en las mismas fechas.


(La fotografía que encabeza esta entrada se ha tomado del cartel de la exposición Mi exclusivo nombre de poeta, que figura en la parte inferior; el resto las he tomado prestadas de la página de noticias del Círculo Mercantil e Industrial; por último, el cartel de la obra Sevilla no existe, de la página del teatro Zorrilla.)

domingo, 25 de junio de 2017

La sombra del Tenorio de José Luis Alonso de Santos por El Duende de Lerma


La sombra del Tenorio es un monólogo escrito por José Luis Alonso de Santos y estrenado por Rafael Álvarez, el Brujo, en 1994. No es una novedad, por lo tanto, pero su pervivencia en los escenarios habla del acierto de la obra. De la mano de Rafael Álvarez tuvo una exitosa vida. La crítica, desde su estreno, siempre la vinculó con el actor, como si no pudiera tener otra vida más allá que de la mano del extraordinario y personal que la pusiera sobre la escena. Es difícil tarea la de recoger un título tan popular, representado por uno de los actores españoles que ha creado una forma propia de estar sobre la escena. Yo vi la obra en la temporada de estreno y pensé esto mismo ya entonces.

Por otra parte, la obra es un reto para cualquier actor. José Luis Alonso de Santos escribió un monólogo de perfecta factura y eficacia -hay que decirlo: una obra maestra del teatro español contemporáneo en su género-, muy exigente para quien la interprete en la hora y media que dura. Cambia continua y endiabladamente de registro, de tono, de género incluso. Pasa de la comedia al drama, de la parodia al costumbrismo, del realismo a lo fantástico, del relato de anécdotas a las preguntas más graves sobre la identidad y las emociones humanas. Hay un momento, que toda compañía teatral teme, en el que se rompe la ilusión escénica para luego volver a levantar la famosa cuarta pared y en ese giro debe acompañarte el público.

La obra cuenta la historia de un viejo actor, Saturnino Morales, al que el azar llevó a interpretar, nada más ingresar en una compañía, el papel de Ciutti en la representación anual del Don Juan Tenorio de José Zorrilla, como era costumbre en toda España y gran parte de Hispanoamericana hasta hace unas décadas. Este azar condicionó toda su vida profesional. Ambientada en los años cincuenta, Saturnino Morales está a punto de morir y en su última noche confiesa, en un falso diálogo con la monja que lo cuida, que siempre quiso interpretar el papel del burlador protagonista y se propone realizar ese sueño. Las cuatro escenas de la obra juegan siempre con lo metateatral, la contravisión del mundo a partir de los que nunca ocupan en la historia el primer plano (una característica permanente de la obra de Alonso de Santos) y la propia biografía del personaje de Saturnino Morales, que atraviesa la primera mitad del siglo XX y la geografía española desde su condición de cómico de una compañía secundaria.

La compañía de aficionados El Duende de Lerma asumió hace unos años el reto de incorporar en su repertorio La sombra del Tenorio y ha contado para ello con el asesoramiento del autor y la dirección de Ernesto Pérez Calvo. No he podido ver su montaje hasta ayer, cuando se programó en un escenario más que apropiado, levantado en los jardines de la Casa Museo Zorrilla de Valladolid. Luis Orcajo tiene una gran experiencia como actor y ha trabajado el difícil personaje desde sus propias condiciones actorales, dotando a la obra de una profunda condición dramática. Aunque estén presentes los momentos cómicos, que funcionan como el primer día, Orcajo sitúa su registro actoral sobre todo en la persona de Saturnino Morales y en sus conflictos interiores y desde esa perspectiva propone la obra, reduciendo también el relato de anécdotas sobre el Don Juan. Vemos, pues, a Saturnino Morales antes que a un juego metateatral, lo que es un acierto para separar su propuesta de la del Brujo. Una distancia inteligente, justa y acertada puesto que Orcajo no debe ser la sombra de Rafael Álvarez. Me ha gustado este montaje, que supera con mucho la condición de aficionados de la compañía y permite demostrar que la obra de Alonso de Santos tiene vida mucho más allá de la genialidad del actor que la estrenara y puede ser encarnada por actores de la solvencia y respeto por el mundo del teatro de Luis Orcajo. No me extraña la cosecha de premios que ha recibido El Duende de Lerma con ella. Merecidos, sin duda.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

¿Conoce don Juan a don Juan?


Don Juan Tenorio vuelve a Sevilla después de años fuera de España. Tuvo que huir de la justicia tras los crímenes cometidos en su quinta (el secuestro de doña Inés, robada del convento; las muertes de don Luis y don Gonzalo). En el antiguo palacio familiar se encuentra un panteón dedicado a guardar las sepulturas de alguna de las víctimas de sus desmanes. Las esculturas han sido terminadas tan solo un mes antes, excepto la suya, que no ha podido ser levantada por el escultor porque nadie le ha facilitado un retrato suyo.

ESCULTOR.- ¿También habéis conocido
                        a don Juan?
DON JUAN.-                     Mucho.

Y es cierto. Don Juan es quien mejor conoce a don Juan, quien mejor conoce su retrato a estas alturas del drama. Los demás solo saben de él por sus acciones y por lo que dice en ellas -sus palabras son acción, también- y porque o bien lo fijan en el tiempo sin dejarlo evolucionar porque pertenecen a una teología antigua (como hace don Gonzalo o su propio padre, don Diego, que levanta el panteón para lavar de alguna manera el honor familiar mancillado por aquel a quien desconociera en las primeras escena del drama) o bien porque, aunque pertenecen al mundo nuevo, fían en una vaga esperanza -incluso en contra de la opinión de Dios mismo- poder entrar en sus pensamientos y modificarlos (así, doña Inés). Su padre lo había negado como hijo en el primer acto, don Gonzalo vuelve al mundo como estatua para condenarlo porque no puede comprender que alguien sea capaz de cambiar; Inés se limita a esperar confiada en el amor. Pero todos lo desconocen. El mismo don Juan, cuando es un torbellino joven, pura acción, no se para a pensar en sí mismo y obedece al impulso de su personaje. Lo antiguo y lo nuevo se contraponen, dos formas de entender el mundo.

¿Qué ha pasado desde las famosas escenas de la quinta a las orillas del Guadalquivir con las que termina la primera parte del drama? Dos cosas: don Juan se ha enamorado y la edad. Don Juan se hace mayor en esos años en los que está fuera de Sevilla (eso es lo que facilitó a Gustavo Pérez Puig en el 2000 la dramaturgia que le llevara a proponer dos actores para don Juan: uno joven -Juan Carlos Naya-, otro mayor -Ramiro Oliveros-) y ese tiempo le ha permitido profundizar en sus cambios.

La suma de ambas cosas le provocan pensamientos extraños, como desvela el personaje en el eficaz monólogo que sigue al diálogo con el escultor. Don Juan ha cambiado y esto hace de la obra un drama más moderno que muchos de sus antecesores románticos, por mucho que pese a los que critican la obra.

El cambio se prepara en el diálogo con doña Inés en el que don Juan se enamora y sucede en la elipsis entre las dos partes pero aún el protagonista no es del todo consciente hasta este momento, cuando entra en el panteón familiar. A todo esto se refería el propio Zorrilla en la nota que acompañaba la versión para zarzuela de la obra con la que quería recuperar sus derechos -de autor y económicos- sobre la historia del Tenorio (de los ataques  de Zorrilla a su don Juan se ha escrito mucho y mal) cuando afirmaba que con su drama había despojado al Don Juan del absurdo y explicado el milagro sobrenatural con el que concluye de acuerdo a las exigencias realistas y filosóficas de su época. Es en virtud del amor como cambia don Juan. Del amor y del tiempo. Don Juan podrá fingir ser el mismo que era de joven pero en su pensamiento se ha instalado la culpa y la duda sobre sus acciones. El personaje se enriquece: la actitud social, la que debe ejercer ante los demás, es la misma pero por dentro piensa ya de otra manera. Esto es tan difícil de hacer en escena que casi todos los directores que se han enfrentado con el drama pasan de puntillas sobre esta parte, deseando que llegue pronto el final de la obra. El don Juan joven es mucho más ágil, popular y efectista. Más fácil de llevar con éxito a la escena, por lo tanto. Algo de eso es lo que dice Zorrilla en sus Cuatro palabras sobre mi Don Juan Tenorio, un texto lleno de zumbona gracia en el que critica con dureza la manera en la que se representa habitualmente su personaje. A él, además, le ocurre lo mismo que a don Juan: escribió la obra de joven, se fue de España, volvió y por todas partes fue perseguido por el éxito del drama:

En los años que han corrido
desde que yo le escribí,
mientras que yo envejecí
mi Don Juan no ha envejecido.

Y fama tal por él gozo
que se cree, a lo que parece,
porque Don Juan no envejece,
que yo he de ser siempre mozo.

Pero no, Zorrilla se había hecho mayor y se le nota muy harto de que todos se enriquezcan con una obra que a él no le reporta ni un centavo (mi drama D. Juan Tenorio es al mismo tiempo mi título de nobleza y mi patente de pobre de solemnidad). Que señale los defectos de su drama no significa que no lo considere y augure que viva diez mil soles. No es para menos: habla de la cuestión de la inmortalidad, del libre albedrío, del amor, de la rebelión ante todos y ante todo, de la oposición entre lo viejo y lo joven, de la aventura y de la tentación del abismo.

Y aquí estamos aún, como cada año, pese a quien pese, volviendo a Don Juan Tenorio. Ya me lo perdonaréis. Llevo unos cuantos años dedicándole entradas en este blog cada 2 de noviembre. Porque la obra aborda la tradicional fiesta del día 2 de noviembre y no la del 1, que siempre conviene recordar que no es lo mismo el día de Todos los Santos que el de los Fieles Difuntos. Para no mezclar churras con merinas, aunque a nadie le importen ya estas cosas.


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Otras entradas sobre el Don Juan de Zorrilla con motivo del Día de los fieles difuntos:
Los difuntos (2007) 
Un punto de contrición (2012)
¿Cómo se enamora Don Juan? (2013)
Por qué perdonamos a nuestros políticos o Don Juan Tenorio en el Día de los fieles difuntos (2014)
El conflicto del burlador (2015)
Y de propina, mi crítica sobre el Don Juan Tenorio de Blanca Portillo y Juan Mayorga.
Remito también a la Bibliografía que escribí con Irene Vallejo para el Ayuntamiento de Valladolid con motivo del centenario del autor (aquí).

lunes, 2 de noviembre de 2015

El conflicto del burlador


Como sabemos, el Don Juan Tenorio de José Zorrilla no es una obra para el día 1 de noviembre sino para el 2. No es para Todos los Santos sino para los Fieles Difuntos. No se comprende del todo si la cambiamos de tradición, aunque a nadie le importan ya estas cosas en una época en la que las tradiciones las llevamos a nuestro molino.

Los difuntos de don Juan le son fieles, a su manera, por supuesto. Entre otras cosas, porque se han llevado las deudas pendientes al más allá: Don Gonzalo lo espera para hacer justicia a la antigua y doña Inés a la moderna. Aquel no admite que nadie pueda cambiar de verdad mientras que doña Inés confía en que la virtud del amor trasforme a don Juan. Zorrilla escribe todo el conflicto a partir de una visión teológica que nada tiene que ver con el mundo barroco, aunque inicialmente pueda parecerlo. Dios accede a la petición de doña Inés para esperar a su amado en su propia tumba convertida así en purgatorio, aunque se muestra un tanto escéptico sobre el final:

y Dios, al ver la ternura
con que te amaba mi afán,
me dijo: "Espera a don Juan
en tu misma sepultura.
Y pues quieres ser tan fiel
a un amor de Satanás,
con don Juan te salvarás,
o te perderás con él.
Por él vela; mas si cruel
te desprecia tu ternura,
y en su torpeza y locura
sigue con bárbaro afán,
llévese tu alma don Juan
de tu misma sepultura".

Curiosa forma de aplicar el libre albedrío pero ciertamente moderna puesto que nos deja el final abierto. En la obra habla aquí Dios en boca de doña Inés, que no lo interpreta sino que lo cita. Doña Inés lo arriesga todo no por su acción sino por la acción de otro y espera que valga la pureza de su amor para hacerlo cambiar. Hasta hace poco parecía ser esta la misión más alta que a la mujer le otorgaba la sociedad.

Ambos representan los dos lados de los fieles difuntos de don Juan que lo esperan en el panteón familiar y a los que cumple visita el burlador en una noche clara de verano a su regreso a Sevilla.

Cada uno tenemos nuestros fieles difuntos. Las cuentas que tienen pendientes con nosotros son, en realidad, las de nuestra propia conciencia. Don Juan, en el fondo, regresa cambiado y con cargo de conciencia aunque su decoro como personaje lo empuja para no reconocerlo hasta casi al final de la obra. El mejor acierto de Zorrilla es expresar cómo le pesa este personaje donjuanesco al mismo Don Juan. Y qué mal se ha llevado casi siempre a la escena porque muchos directores que han montado la obra pasan de puntillas sobre este aspecto tan crucial para comprender lo que ocurre en el drama, es decir, el conflicto interno del personaje protagonista, que no es una marioneta acartonada como suele representarse. Un punto de contrición bastará para salvarlo cuando su alma ya ni siquiera está en su cuerpo. No deberíamos esperar tanto para zanjar los ajustes con nuestra conciencia, pero allá cada uno, que en eso también va el libre albedrío.

sábado, 7 de febrero de 2015

El Don Juan Tenorio de Blanca Portillo y Juan Mayorga


Continúa sus representaciones en el Teatro Pavón de Madrid la versión de Don Juan Tenorio de José Zorrilla realizada por Juan Mayorga y dirigida por Blanca Portillo que yo pude ver, en la semana de su estreno en el Teatro Calderón de Valladolid, el pasado 16 de noviembre.

Con el Don Juan de Zorrilla, la obra de mayor éxito de público de la historia del teatro español, suele ocurrir que aquellos que la desprecian no pueden evitar quedar cautivados por su gran efecto escénico a poco que relajen la guardia. La larga lista de ataques contra el drama tiene como uno de sus primeros baluartes las palabras del propio autor, que llegó a escribir una versión como zarzuela para refutarlo, con música de Nicolás Manent (1877), habló y escribió sobre esto en varias ocasiones (especialmente en sus Recuerdos del tiempo viejo, unas deliciosas memorias de recomendable lectura), amenazó con redactar un libro entero sobre la cuestión (Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor) y dejó esbozadas dos recreaciones más (fragmentos de una novela, El Tenorio bordelés, y el inconcluso poema La leyenda de Don Juan Tenorio). Todos estos desencuentros han generado una voluminosa y apasionada bibliografía que suele olvidar la razón primera por la que Zorrilla atacara su producción: no cobraba los derechos de autor, lo que era esencial para alguien como Zorrilla, acuciado por la falta de recursos económicos en sus últimas décadas de vida. Tras el éxito regular en su estreno (1844), el drama cobró verdadera relevancia años después hasta convertirse en una obra de obligada representación en el mes de noviembre en casi todos los teatros españoles y muchos hispanoamericanos. Verlo representado año tras año llenando los locales, popularizando cada uno de los versos hasta el punto de que se los sabían de memoria incluso los que no iban al teatro, haciendo ganar dinero al propietario de los derechos de autor (que no los había adquirido precisamente baratos en los márgenes de la época) y a las compañías que la representaban, desesperó siempre a Zorrilla. Fue él el primero en indicar cada uno de sus defectos. Pero no le sirvió de nada: durante siglo y medio, el Don Juan Tenorio ha sido una obra de repertorio que ha llenado los teatros. Y aún sigue haciéndolo aunque su reposición ya no sea tan regular como hasta hace unas décadas. De hecho, permanece en la memoria colectiva del español y esto provoca, de vez en cuando, parodias, excelentes juegos intertextuales como La sombra del Tenorio de José Luis Alonso de Santos (1994), interesantes como el de Albert Boadella en Ensayando Don Juan (estrenado en febrero del año pasado) o reacciones como la de Mayorga y Portillo.

Blanca Portillo, una de las mejores actrices del panorama teatral español actual, ha manifestado en varias entrevistas previas al estreno (y también en el texto del programa de mano) su rechazo total al personaje de Don Juan y lo que significa. Ve en él un ejemplo de machismo, de abuso de poder de la clase social dirigente y una muestra de casi todo lo abominable del comportamiento humano. Y tiene toda la razón pero no dice nada original que no se haya repetido mil veces antes: de hecho, esa es la clave de este personaje no solo en el planteamiento de Zorrilla sino en todas las versiones anteriores de la leyenda del burlador. Pero lo que le subleva ideológicamente a Portillo -tampoco es nada original en este planteamiento- es que Zorrilla salve a su personaje al final de la obra y le permita aspirar a una boda eterna con doña Inés, que le ha estado esperando al pie de la sepultura. Recordemos que Zorrilla puede salvar a su personaje -en contra del burlador barroco- porque le concede ese punto de contrición que señala la fe católica. Para ello, ha preparado el enamoramiento de don Juan y ese sentimiento le impulsa a arrepentirse: don Juan deja de ser don Juan. En otras palabras, pasa de un amor pasional a otro matrimonial que le permite reunirse con doña Inés tras su muerte. Algunos investigadores han visto en este gesto del personaje de Zorrilla el final del romanticismo teatral español.

Es lícito sentir esa aversión por el personaje del don Juan, por supuesto. De hecho, la lucha de sentimientos y pensamientos contrarios que provoca en el espectador es uno de sus mejores efectos dramáticos de la leyenda que cada época ha solucionado de una manera. En El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina (o de quien fuera, porque su autoría está seriamente cuestionada), Don Juan es condenado a los infiernos por el rechazo de sus acciones en una interpretación contrarreformista. Sin embargo, ya no es tan evidente que sea condenado en No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague o Convidado de piedra, la versión de la leyenda que escribiera en el siglo XVIII Antonio de Zamora y que tuvo un largo recorrido sobre los escenarios españoles. Y desde entonces el abanico de posibilidades está completamente abierto.

Pero en donde fallan Portillo y Mayorga es en la manera de enfrentarse con ese reto para demostrar que el personaje no les gusta. Quizá deberían haber escrito su versión de la leyenda en vez de someter a tensión el texto de Zorrilla. Eso fue lo que hizo el propio Zorrilla, al que le encargaron para el teatro de la Cruz de Madrid una nueva versión de la obra de Tirso porque la refundición de la comedia de Zamora que se escenificaba por aquellos tiempos, de marcado carácter neoclásico, ya no encajaba con la nueva sensibilidad. Y en vez de entregar un arreglo, entregó una obra nueva.

Mayorga y Portillo no han mejorado el texto de Zorrilla sino todo lo contrario. Consiguen, eso sí, fomentar los aspectos indeseables del personaje y no dejarle ni un rasgo positivo. Para ello, destruyen algunos de los hilos esenciales del drama, hasta con cierta saña. Pondré solo algunos ejemplos. 

El primero, la relación con su padre, esencial en el drama y planteada por eso mismo como punto de partida por Zorrilla. Don Diego nos aparece en esta versión de Mayorga y Portillo como un mafioso que somete a su hijo a maltrato físico y mental. Los golpes que le propina en escena son el ejemplo perfecto de cómo se ha obrado en esta versión: ni encajan en la obra de Zorrilla ni encajan, tal y como nos aparecen, en la propia esencia del conflicto de esta versión. Son, cuanto menos, innecesarios. Con ellos se destruye y hace inexplicable uno de los motores internos del personaje de Don Juan (las causas verdaderas e inmotivadas de la rebeldía frente a su padre y el dolor intenso de este ante el comportamiento malvado del hijo) y se destruye el personaje de Don Diego.

Para evitar darle la oportunidad de salvación desmontan también dos motivos del protagonista. El primero de ellos, el enamoramiento de doña Inés, que queda reducido a un mero apasionamiento físico por la belleza y pureza de la adolescente. El segundo de ellos, todo lo que sostiene la segunda parte -lo que ya es destruir-. A partir de la escena del panteón en la que un Don Juan maduro dialoga con el Escultor asistimos a una relectura completa de la leyenda, que pasa de ser teológico-fantástica a realista. Para ello recurren de forma excesivamente fácil a explicar todas las apariciones fantasmales por la borrachera de Don Juan. Todo sucede en la cabeza del protagonista, que está ebrio.

Hay cosas aprovechables de la propuesta de Mayorga que contienen relecturas interesantes de algunos momentos claves de la obra. Por ejemplo, es la primera vez que veo en escena una Doña Inés cuyo comportamiento inicial se ajusta a lo que es: una adolescente. También es interesante -aunque sea un recurso manido tomado de la influencia del cine en el teatro- el juego escénico de la lectura de la carta que el seductor dirige a la joven. Entre las cosas interesantes de este montaje se encuentra un juego escenográfico entre la monumentalidad y la funcionalidad de los escasos elementos escénicos, aunque no siempre está bien resuelto.

Pero son muchos más los defectos de este montaje que no solo van contra el texto de Zorrilla destruyendo su hilazón interna y afectando seriamente a la sonoridad de sus versos y el ritmo de toda la obra sino que tampoco consiguen hacer una propuesta sostenible. Por ejemplo, son innecesarios, inexplicables y malos los momentos musicales que sirven para distraer al espectador durante las mutaciones, también son irrelevantes los facilones gags de humor que se salpican a lo largo de la obra (la puerta de la celda de doña Inés que quiere señalar innecesariamente -porque tampoco resulta gracioso- la teatralidad de lo que se ve, como la ruptura de la ilusión escénica que lleva a cabo el personaje de Don Juan, etc.). Pero donde se llega a bajar la calidad de forma alarmante es en toda la segunda parte de la obra. Dada la intención de convertir en realista una obra fantástica, Portillo obliga a los actores que representan a los fantasmas de las víctimas de Don Juan a una actuación tan plana que resulta insoportable. Los movimientos en escena de estos fantasmas son impropios de una representación profesional. Los actores se resienten de ello. Los veteranos echan mano de oficio y salen como pueden del pozo en el que les ha metido la directora salvando los muebles (por ejemplo, Juan Manuel Lara, Don Gonzalo), pero Ariana Martínez (Doña Inés) queda en evidencia durante toda esta segunda parte y lo que parecía prometer como actriz en la primera se esfuma. José Luis García-Pérez (Don Juan) mantiene bien el personaje en la propuesta de este montaje, en algunos momentos con brillantez, pero la apuesta realista de la segunda parte también le pasa factura: son demasiados minutos borracho.

Algunos actores están siempre fuera de papel y uno de ellos (Buttarelli) es un ejemplo, en este montaje, de cómo no se encaja nunca en una representación profesional. Sin embargo, el montaje casi merece la pena para ver la excepcional actuación de Beatriz Argüello (Brígida), espléndida en todo momento sosteniendo una interesante mirada a su personaje que lo hace lleno de matices que lo enriquecen siempre.

En definitiva, un montaje contra Don Juan que consigue destruir la obra de Zorrilla sin construir una propuesta mejor en su lugar. Ha contado con una excelente taquilla tanto en Valladolid como en Madrid -casi lleno diario- y, curiosamente, lo que más gusta es lo que procede de la fuerza del texto original con una gota anecdótica sobre cómo nos cae mal un seductor que nos cae bien. Es decir, lo que ha estado siempre en la leyenda del burlador.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Por qué no perdonamos a nuestros políticos o Don Juan Tenorio en el día de los Fieles Difuntos


En contra de lo que muchos piensan, Don Juan Tenorio no es obra para el día 1º de noviembre sino para el 2. Un error muy extendido. Es decir, no es para el Día de Todos los Santos sino para el de los Fieles Difuntos. Parece una tontería, pero no lo es si supiéramos la diferencia entre ambos. En la tradición católica, el día para conmemorar a nuestros muertos ha sido hoy, no ayer, con todas las implicaciones. Poco a poco se nos ha introducido una tradición ajena -primero por la comodidad de visitar los cementerios en día festivo- y desde hace unos años es más importante la noche del 31 de octubre al 1º de noviembre: Halloween se ha instalado cubriéndolo todo sin resistencia. Es una parte más del dominio de lo anglosajón en nuestros días.

Al inicio de la parte II del Don Juan de Zorrilla llama la atención un personaje original del dramaturgo con respecto a la tradición del mito: el escultor. A Federico García Lorca le gustaba tanto este personaje que lo elegía en las representaciones que hacían en la Residencia de Estudiantes de la obra. El Escultor había rematado las estatuas encargadas por Don Diego Tenorio un mes antes pero no quiso abandonar el lugar hasta que este no estuviera enverjado para librarlo de asaltos y cuando se dispone a abandonar el panteón, entra Don Juan. Un Don Juan maduro, más lejos de quien fue siendo joven de lo que él mismo querría reconocerse. En el diálogo que mantienen, el escultor le pone al día de lo ocurrido tras su marcha. Es también quien le enfrenta con el retrato que tiene de él la sociedad. Sin saber a quién habla, el artista le echa en cara su pasado:

Tuvo un hijo este don Diego70
peor mil veces que el fuego,
un aborto del abismo.
   Un mozo sangriento y cruel,
que con tierra y cielo en guerra,
dicen que nada en la tierra75
fue respetado por él.
   Quimerista, seductor
y jugador con ventura,
no hubo para él segura
vida, ni hacienda, ni honor.

Este Escultor es quien realiza las esculturas que tomarán vida, el que pone las piezas en las que se desarrollará la parte final de la obra. No es otra cosa que un símbolo del propio artista. La presencia del Escultor dota de modernidad al drama y multiplica su efectivo juego metaliterario.

Sea como sea, toda la escena está ya preparada para que Don Juan se enfrente con su propio drama y decida si le merece salvarse o condenarse. Es inteligente Zorrilla: este don Juan ve una a una sus víctimas representadas en efigie y tiene que oír de labios de un extraño lo que no aguantaría de los de un conocido. Ya lo sabemos: Zorrilla opta por salvar a Don Juan. Un punto de contrición basta, según la ortodoxia católica. Y Don Juan deja de ser Don Juan: la salvación del personaje solo se logra anulándose a sí mismo. Algunos han visto defecto de verosimilitud en este cambio tan repentino. No lo es, está suficientemente preparado con estos años de ausencia de Sevilla y con la semilla del amor que se ha instalado en su corazón en las últimas escenas de la primera parte, pero otra cosa es que nos gustara más un Don Juan que no cediera a la ortodoxia católica y se condenara. Porque el punto de contrición debe ser sincero y no impuesto.

Quizá deberían aprender algo los políticos españoles que han perdido perdón por los escándalos últimos. En la tradición católica a la que pertenecen y a la que se acogen no hay perdón sin sincero arrepentimiento, propósito de enmienda y penitencia. Han pedido perdón en el último momento, cuando han sonado las campanas de las encuestas que anuncian su condena a los infiernos pero no se les nota enamorados de Doña Inés, como a Don Juan, sino con miedo a ser desalojados del poder voto a voto. Y a ninguno de ellos se les ve dispuesto a la penitencia lógica por haber permitido -por acción o inacción- tantos años de corrupción: la dimisión de sus cargos. Y el Escultor está terminando ya las estatuas de todas las víctimas de su proceder. Queda poco para que tome vida la de Don Gonzalo. A Doña Inés ni se la espera.

lunes, 11 de noviembre de 2013

¿Cómo se enamora Don Juan?

 
Ya lo he dicho: siempre que me aproximo al Don Juan Tenorio de José Zorrilla quedo atrapado. Ripioso, lleno de trucos escénicos, todo lo que se quiera, pero cómo arrastra este drama religioso-fantástico en dos partes que se estrenó en 1844 y que muchos consideran el final y la superación del romanticismo. Un artefacto escénico que sigue funcionando a estas alturas sobre todo porque tiene una vertiginosa acción tanto de palabra como de gesto y por la pasión desbordada. Pero también por pequeños detalles que, a veces, nos pasan desapercibidos por mucho que nos sepamos de memoria sus versos. Hoy, en clase, me ha vuelto a pasar, Zorrilla me ha atrapado.

Cuando recitaba en clase la famosa escena del sofá -que no tiene sofá originalmente y acontece en un balcón con el Guadalquivir al fondo-  de la escena III del acto final de la primera parte me he detenido en algo en lo que hasta hoy no había reparado suficientemente. Ya sabemos que es en este momento cuando don Juan se enamora, con lo que pone las bases para su salvación final y sabemos que se enamora de la pureza de doña Inés. Nunca antes don Juan se había enfrentado a la seducción de una inocente. Digamos que lo había tenido muy fácil: bien directamente con su nombre o sus acciones bien con el engaño, las mujeres se le habían mostrado muy accesibles. En esta ocasión es distinto. Doña Inés es la pureza absoluta y se enamora, como sabemos, de las palabras de don Juan, de ese torrente de palabras que le dejan sin capacidad de resistencia. Doña Inés no es una víctima de don Juan, no lo es, al menos, como otras porque su amor les salvará a los dos.

Ya lo sabemos: don Juan se enamora del amor puro de doña Inés. No hay nada que le impida tomarla: ella está sola y está enamorada y a su disposición. Pero el don Juan que acaba de regresar de Italia con una amplia lista de mujeres seducidas y hombres muertos, que ha burlado a su amigo don Luis engañando a la prometida de este, que unas horas antes ha raptado a doña Inés del convento en el que se encontraba, se frena:

Sí, iré mi orgullo a postrar
ante el buen Comendador,
y, o habra de darme tu amor,
o me tendrá que matar.

Ya sabemos de qué se enamora don Juan, pero ¿cómo le ocurre?, ¿cómo llega a darse cuenta de que se ha enamorado? He aquí el pulso teatral magnífico de Zorrilla, que hay que apreciarle en su justa medida. Don Juan se da cuenta del efecto que causan sus palabras en doña Inés como pocos personajes del teatro universal. Pocos versos después del arranque tan conocido (¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, / que en esta apartada orilla / más pura la luna brilla / y se respira mejor?) don Juan mira de frente a doña Inés y se da cuenta de lo que en ella sucede, como si fuera la primera vez que fuera consciente de lo que provoca en una mujer quizá porque es la primera vez que se halla ante una mujer inocente:

Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón, ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?

Pasa después a detenerse en las lágrimas que corren por el rostro de la mujer:

Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse a no verlas
de sí mismas al calor,
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?

Y después se arroja a los pies de doña Inés. Don Juan se ha visto en sus efectos por primera vez en su vida quizá porque por primera vez estos efectos son sinceros totalmente. Y cae arrebatado de amor. En contra de lo que se suele afirmar, don Juan no se enamora de golpe, de forma inverosímil, sino de una manera escénicamente bien potenciada por Zorrilla. Don Juan se ha visto en el reflejo del rostro de doña Inés y ha comprendido todo el poder de sus actos y sus palabras para provocar el afecto amoroso en alquien como doña Inés. Es la primera vez que no piensa en sí mismo. Y, por eso, se enamora y quiere cambiar su vida. Ya sabemos que la sociedad, representada en don Gonzalo, sorda e incapacitada para pedir perdón o perdonar de forma sincera, se lo impide. Por eso don Juan se salva al final y don Gonzalo se condena. Aquel ha descubierto el amor en su concepción moderna y amplia, este está incapacitado para sentirlo.