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lunes, 18 de septiembre de 2017

Fábrica


A veces nos empeñamos en que el mar tenga nuestras emociones. Es herencia de la sentimentalidad romántica. Pero no, ahí está el mar, esencia primera y última. Me senté a mirarlo mientras atardecía en la ría Formosa, en Fábrica. El día entero merecía ser recordado -¡Cacela Velha, blanca y sobria como un tesoro de luz!-, pero atardecía y el mar reclama siempre atención plena. Volvían de la playa, más allá de la laguna interior, unos jóvenes con tablas de surf enfundados en sus trajes de neopreno; se cruzaron con dos marineros que salían de pesca en una pequeña barca y dos linternas frontales. El mar se fue haciendo presencia nocturna mientras seguía con la mirada la luz de las dos linternas, luciérnaga vaga y lejana.