Mañana 23 de abril, la Comunidad autónoma española de Castilla y León celebra su festividad en conmemoración y homenaje de
los comuneros ajusticiados por orden del emperador Carlos V tras ser derrotados en la
batalla de Villalar, que tuvo lugar el 23 de abril de 1521 en las proximades de este pueblo vallisoletano.La decapitación de los principales cabecillas de la revuelta de las comunidades se produjo al día siguiente pero no supuso el final definitivo de la revolución, que aún duró varios meses más y no se zanjó hasta el
Perdón que el emperador decretó en 1522.
La revolución dejó una profunda huella en las generaciones siguientes y no se puede explicar la historia de mediados del siglo XVI español sin sus efectos. Por una parte, una capa de silencio y temor cayó sobre las principales localidades y familias sumadas al movimiento, entre las que se encontraban algunas de las más significadas tanto en la nobleza como en la fuerte burguesía urbana castellana -este espeso ambiente es palpable incluso en el
Lazarillo de Tormes, esa novelita en la que se crea la narración moderna y que trascurre por tierras comuneras y uno de cuyos posibles autores,
Diego Hurtado de Mendoza -amigo íntimo de una de las más profundas reformadoras del espíritu religioso católico oficial de aquellos tiempos,
Santa Teresa de Jesús, cuyo legado fue luego amansado por siglos de ortodoxia-, es hermano de
María de Pacheco, mujer de uno de los cabecillas comuneros,
Juan de Padilla, y rebelde ella misma al ponerse al frente del movimiento en Toledo tras la muerte de su esposo.
Por otra, el emperador hubo de recapacitar sobre su forma de actuar en Castilla. La revuelta de los comuneros se extendió gravemente y amenazó seriamente su reinado, cargada de reivindicaciones razonables en un contexto histórico en el que se ponía en juego la forma en la que se construiría el futuro de la modernidad y, como todo, muy compleja. Aunque hay opiniones contradictorias, no se puede negar que en las reivindicaciones comuneras se encuentran ya principios constitucionalistas propios de una reforma estructural del sistema de gobierno que lo avanzan hacia una carta otorgada al estilo de las que se darán muchos años después. Es algo lógico: el nivel intelectual de Castilla desde mediados del siglo XV hasta mediados del siglo XVI es algo que aún debemos revalorizar. Sea comos sea, el emperador cambió radicalmente su forma de enfrentar el gobierno de Castilla, corrigiendo gran parte de las circunstancias que sublevaron a los comuneros y aceptando un puñado de sus reivindicaciones.
Castilla y León, entidad que cuenta con la suficiente historia detrás como para no necesitar justificación alguna, ha sido siempre una región cuestionada dentro y fuera de sus límites. Casi más dentro que fuera. Es parte de la forma de ser de esta tierra, tan dada a la división y bandería, que se hizo en la frontera y en la frontera se deshizo. Quizá por eso sea lógico que celebremos más una derrota que una victoria: nos da excusa para seguir practicando el victimismo, deporte nacional del territorio.