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martes, 4 de diciembre de 2018

Un poema de amor o cómo hoy me reencuentro con Ildefonso Manuel Gil

 

Hoy, un impulso me ha llevado a la estantería en donde conservo, como un secreto placer, los libros de Halcón, la colección de poesía del Valladolid de la postguerra que compré en la venerable librería Relieve, con sacrificio económico, en mi época de estudiante universitario. Halcón nació como revista en la tertulia que sostenían Luis López Anglada y Manuel Alonso Alcalde en el desaparecido Café Bar y Restaurante Cantábrico (calle Santiago, esquina Plaza Mayor), a los que se sumó pronto Arcadio Pardo por iniciativa de Narciso Alonso Cortés, catedrático de lengua y literatura del Instituto Zorrilla en el que estudiaba. Cuatro nombres que asombran vistos dese hoy, a los que se incorporaron otro catedrático de literatura, Fernando González, purgado por el régimen de Franco por ser republicano, y Miguel Delibes, que se limitó a poner a disposición de la revista lanzada por sus amigos el recién obtenido carnet de prensa, precepto legal para que se pudiera publicar. Los trece números de la revista vieron la luz desde 1945 hasta 1949. Antonio Merino fue el autor del extraordinario dibujo del halcón que figuraba al frente de cada número. Este halcón se encontraba también en la portada de la colección de libros de poesía, que se publicó desde 1946 hasta 1950. Fueron un total de dieciocho títulos, todos ellos memorables, de autores como Rafael Montesinos, Luis López Anglada, Rafael Morales, Arcadio Pardo, Gabriel Celaya, Manuel Alonso Alcalde, Victoriano Crémer, etc. Solo la desidia que impera en las cuestiones culturales de este país puede haber hecho que muchos de ellos hayan caído en el olvido en las últimas décadas y que sean absolutos desconocidos para tantos poetas jóvenes actuales (tan viejos ya) que deberían sentirlos como afines en tantos sentidos. Muchos deberían hablar y escribir menos -o hacerlo con más humildad- y leer más: se sorprenderían de lo que es compromiso en tiempos difíciles y encontrarían en aquellos versos cosas cuyo hallazgo se adjudican por ignorancia. Incluso por las mismas calles que conocieron los promotores de Halcón. Cuánta soberbia hay en la ignorancia.

La mano me llevó hacia el número 9 de la colección, El corazón en los labios (1947), del zaragozano Ildefonso Manuel Gil (1912-2003), también represaliado por la dictadura franquista. Tuvo que marchar al exilio en 1960 y no regresó definitivamente hasta 1983. El libro se estructura en seis partes: Homenaje a los románticos (este largo poema ya había sido publicado en la revista Literatura, que dirigiera el propio poeta y al reproducirlo en el libro vuelve a dedicarlo, significativamente, "al gran poeta ausente", Juan Ramón Jiménez), Cinco poemas de amor (dedicados a su esposa, Pilar Carasol), Juegos (sobre la necesidad del juego en el ser humano y la retórica como juego poético), Presencia (a su madre muerta), La soledad esperanzada (dedicado a su amigo, Ricardo Gullón) y Silbo en silvas del terror (esta última compuesta por un solo poema, dedicado al poeta Fernando González, en el que recuerda la experiencia trágica de la prisión en el Seminario de Teruel y la muerte de los compañeros, del que hablaré otro día puesto que es uno de los poemas más valientes publicados en la primera postguerra: buscábamos la suerte / de retrasar un día nuestra muerte). 

La mano es sabia, claro, y me llevó hasta un poema de amor de los cinco que dedica a su esposa. ¿Cuánto hacía que no leía este poema?  ¿Veinte años? Qué sorpresa encontrarlo hoy, tan recién hecho. Qué hermosura más sencilla la de la pareja de amantes paseando en el pinar:

Caminaré a tu lado por la verde
vereda del deseo, entre los pinos
recién mojados por la suave lluvia
que cuelga de la tarde sus tapices
sutilmente tejidos de alegría.

   El monte nos dará sus claridades
bajo cuya verdad las cosas tienen
el gozo de sentirse entre sus límites
exactos y seguros.
                              Hondo aliento
de la vieja ternura de la sangre,
latiendo sobre un mundo sólo de ella,
que es todo para ella, razón última
de su existir sereno y luminoso.

Para después sorprender la armonía entre el ser humano y el paisaje:

   En el paisaje que la lluvia afina
hay un candor humano, una pureza
desprendida del hombre, abandonada,
sin que ellos lo supieran, por algunos
que durmieron su sueño sobre el césped
dejándose caer hacia la tierra,
cansados de sí mismos, traspasados
de un amor repentino por las cosas,
por el mundo de afuera, tan preciso.

Y la reacción de los amantes ante tanta belleza sencilla (Nuestros dedos / quieren coger un pájaro / una nube, responder al latido de una piedra, / descifrar el mensaje de la brisa.), para comprender que es imposible atraparla pero queda la llamada del deseo, el impulso para nuevas cosas:

Pájaro, piedra, nube, césped, brisa,
todo eso vive aparte de nosotros,
pero nos llama a abrirnos al deseo
con la misma pureza que la tierra
abre su entraña al beso de la lluvia.

El amor como salvación, como unión con la naturaleza del mundo abierto en herida trágica. Me quedaré un rato más entre las páginas de este libro, que hay que leer entero para comprender bien su ritmo y cada poema. Que venga la noche, mientras tanto.

viernes, 23 de junio de 2017

Como si el pardal mismo no existiera


Discurso pronunciado como padrino en la ceremonia de graduación de la V promoción del  Grado en español: Lengua y literatura, de la Universidad de Burgos (22 de junio de 2017)


Sr. Vicerrector de Cultura, Deporte y Relaciones Institucionales, Sr. Decano de la Facultad de Humanidades y Comunicación, Sr. Coordinador del Grado de español, Sra. Directora del área de Literatura española, queridos alumnos graduados, compañeros, amigos y familiares:


Recuerdo el árbol del amor en el pasado mes de septiembre, agostado tras el verano. Cuando fuimos a visitarlo al inicio del presente curso, en una de nuestras clases, dudé si ya estaba muerto o si aún quedaba la esperanza de que floreciera de nuevo, como el viejo olmo de Antonio Machado. Como él, lo anoté en mi cartera y os pedí que lo recordarais.

Su apariencia era la de un árbol enfermo, en la parte final de su vida. Nos acabábamos de trasladar a las nuevas dependencias de la Facultad y aquellos días lentos con un sol todavía intenso invitaban a dar clase fuera del aula y yo no podía resistirme a vuestras ansias de luz. ¿Os acordáis del humilde árbol del amor, detrás de la antigua capilla, en el jardín trasero de este espacio que fue en su día Hospital Militar y que por fortuna podemos disfrutar nosotros ahora? Floreció en abril, al inicio de la primavera. Sus flores, de un intenso rosa, brotan antes que las hojas y marcan un fuerte contraste con el marrón oscuro y envejecido de los frutos, las legumbres que permanecen en el árbol desde la temporada anterior. La explosión sorprendente del color sabe al renuevo de la luz, a una juventud que exige ser mirada reivindicándose frente al tiempo de invierno. Lo nuevo junto a lo viejo, el color del fruto ya oxidado por el frío y la lluvia y la sonrisa fresca de los racimos de flor. Todo un símbolo de la Universidad. Pero los árboles no saben de metáforas: la naturaleza cumple sus ciclos con feraz perseverancia.

Los expertos hablan del Trastorno por déficit de naturaleza, un término definido por el periodista y escritor norteamericano Richard Louv en su libro El último niño en el bosque, publicado en 2005, en el que denunciaba uno de los males de nuestra sociedad, que tiene varios retos de primer orden que resolver. Entre ellos este, uno de los más graves. Mucho antes, en su Discurso de ingreso en la Real Academia, titulado El sentido del progreso desde mi obra, Miguel Delibes clamaba “contra la brutal agresión a la Naturaleza que las sociedades llamadas civilizadas vienen perpetrando mediante una tecnología desbridada”. Aquel discurso se pronunció en 1975 y desde entonces las cosas no han mejorado.

Nos hemos arrancado de la naturaleza y vivimos en un entorno cada vez más artificial. En España, en nuestra comunidad, el mundo rural se ha despoblado. Las cifras nos hablan de niveles demográficos propios de una zona desértica. Ya ni siquiera se vuelve al pueblo en verano como antes porque aquellos pueblos han sucumbido al abandono, a la desidia y no ofrecen las comodidades que exigimos. Una de las novedades editoriales de mayor éxito del año pasado fue La España vacía, del escritor Sergio del Molino. Aunque no estemos de acuerdo con algunos puntos de su análisis, el término que acuña brillantemente en el título nos define con exactitud el país. En efecto, hemos vaciado España abandonando el mundo rural al no saberlo apoyar en infraestructuras y servicios adecuados, convirtiéndolo solo en lugar de esparcimiento para seres urbanos que piensan que una excursión de fin de semana por el campo es lo mismo que pasear por un parque temático. Parece imposible un progreso que sea respetuoso con nuestros pueblos y que evite la desertificación de nuestras zonas de interior promoviendo su desarrollo y conservando la naturaleza de su entorno.

No sabemos cómo se llaman los árboles que nos encontramos ni las aves que vemos ni las flores silvestres que llevan todas las sorpresas de color mucho antes de que definieran los matices los sistemas universales de identificación y clasificación de los colores. No he visto rosas, morados, azules, amarillos o blancos mejores que en mis paseos por el campo.

No es solo que ignoremos los nombres. Como estudiantes de filología sabemos lo grave que es no saber nombrar algo, decir, por ejemplo, pardal y no saber que hablamos de un gorrión común. Es como si el pardal mismo no existiera. O ver un gordolobo en el yerbal que encontramos al salir de clase y no saber que se llama así al verbasco, esa planta con roseta basal de tacto de terciopelo a la que cada dos años le crece un largo tallo que se llena de un racimo de flores amarillas, como me enseñó a apreciarlo el naturalista Raúl Alcanduerca en una dehesa salmantina, entre zarzales llenos de moras, pozas de agua y encinas centenarias.

No es solo que ignoremos los nombres de la Naturaleza, es que tenemos con ella una relación problemática que viene de viejos conceptos ya superados como el conflicto entre civilización y barbarie o la expansión de un progreso basado casi siempre en la voracidad de los imperios y de las naciones y en las presiones financieras, que no suelen pararse a comprobar las consecuencias que tendrá para las generaciones posteriores la agresión a la naturaleza, de la que nos solemos creer dueños en nuestra soberbia. La literatura universal está llena de ejemplos que intentan justificar la destrucción de los entornos naturales para la consolidación de una forma de vida centrada en el desarrollo industrial y tecnológico, en la expansión de un modo de vida urbano y consumista.

En las ciudades nació la democracia y la libertad del ser humano como individuo, pero solo cuando estas eran refugio y sabían convivir con el entorno natural. En las últimas décadas hemos urbanizado los bosques, las playas, las sierras y por ello nos hemos creído legitimados para destruir otros bosques, otras playas, otras sierras. No miremos lejos: hace pocos años, en España, un gobierno declaró urbanizable todo el territorio, se cambió la ley de costas para que el cemento llegara a pocos metros del mar y todavía hay que explicar que una depuradora de aguas residuales no es un gasto sino una inversión necesaria para evitar la contaminación de los ríos. Aún encontramos voces que no ven problemas en continuar esta destrucción, que no creen alarmantes los síntomas del cambio climático definidos ya en un consenso científico, con el que se bromea fácilmente. Fuera del respeto a la naturaleza y con el tipo de vida que hemos aceptado, nuestras ciudades no serán más el refugio del ser humano frente a las arbitrariedades del poder sino exclusivas colmenas tecnológicas en el medio de un territorio cada vez menos natural, con todas las consecuencias que esto conlleva.

Desde hace unos años, Fermín Herrero, Premio de las Letras de Castilla y León 2014, ha girado su obra poética para asentarla en su pueblo soriano, Ausejo de la Sierra. Sus mejores poemarios nacen allí: Tempero, La gratitud, Sin ir más lejos. Singularmente, La gratitud, una obra maestra de la poesía contemporánea española. Cuando se abren sus páginas, los versos saben a tierra y cierzo. No solo porque hable de una geografía reconocible, de la naturaleza soriana marcada por las estaciones del año, sino sobre todo porque utiliza las palabras apropiadas para hacerlo, las que las gentes usan para nombrar su entorno:

El sol, el acebal, el ventarrón, la bardera
de nubes, los barbechos abajo, los rebollares
de la dehesa, chaparrales, el sotillo junto
al río, las cañadas, los tesos, barranqueras
y roturos, risqueras, herbazales y el tolmo
de la cuesta, sobre el jaral currucas
y tordillos, un aguilucho y un torzuelo arriba
y a mis pies uñagatas y mielgas, entre
aliagas, tobas y romero.

En Fermín Herrero hay todo un pensamiento sobre la naturaleza y la insignificancia verdadera del ser humano, cosa que se echa en falta en la mayoría de los escritores jóvenes españoles, a los que parecen haberles amputado el paisaje natural. Se aleja Fermín Herrero de la soberbia porque es la única forma de salvar el desapego que hemos marcado con nuestro entorno:

Ignoro por completo la naturaleza
de la savia, su pálpito, su sustancia. Cómo
he podido conjeturar tanto de los árboles
sin haberme jamás avecinado a sus entrañas
y aun sin sentir el pulso, la pujanza
o el letargo. Cómo he podido conmoverme
sin averiguar si en el fondo había algo
o sólo en la corteza lo ilusorio, un espejismo
donde regodear mi pensamiento, la torpeza
y el mismo chopo. El mismo chopo. Que es álamo.

Así, hasta integrarse en la naturaleza como un ser que observa de verdad, que observa para comprender de la única forma posible:

Ha caído una helada sorda, con niebla. Entro
en los barbechos. Soy. Los pardales están
contando su manera de vivir la luz. Poder
respirar, mi fortuna, ver cuajar mi aliento. Las manos
enganchadas de frío mientras busco en el invierno
la lucidez. Buscarla y no encontrarla. La dicha
de estar despierto y pleno porque la tierra
no se olvida. Un gorrión en el campo. Así
de sencillo, de neutro, ser. Los álamos junto
a la reguera, cómo han crecido desde entonces.

Hasta el cardo florece, dice en otro verso memorable. Y más allá, nos explica el mejor triunfo del ser humano:

Sé que la fuente está ahí, en el lugar
donde los berros se arraciman, porque procede
de la pureza su vigor. Que no se esconde de noche
ni en lo profundo, que si estuviese limpia se vería
manar el agua hacia la superficie, moviendo
en espiral el limo. Sé que podría quitar
los berros fácilmente y al aclararse el fango
mi vista gozaría a borbotones, al cumplirse
el deseo de posesión. Y de dominio. Sé también
que el cambio, destruye. Que lo que puedes
rechazar, eres.

Saber quedarse solo con lo justo, dice el poeta, que avisa contra la euforia humana:

De qué
le sirve si al salir de casa estuvo a punto
de pisar tres gurriatos caídos del tejado, todavía
en chichotas, latiendo, despanzurrados contra
el suelo. Y oye el canto de la perdiz. Y se pregunta.

Sabemos que la respuesta a esta pregunta es un trabajo más lento, pero llega más lejos, más profundo:

No me verá el plantón de encinas que están
poniendo en la ladera de la loma, pero será
su sombra tan discreta como acogedora, estoy
seguro, y tal vez llegue el día en que guarezca
a mi hijo, o al hijo de mi hijo. Se plantan para
ser amparo, no importa cuándo sino cómo, no importa
el qué, sino hacia dónde. Así mis padres
sembraron cada año, así mis abuelo, y antes
y después. Nadie es más que nadie. Frente al viento
perseverar: la rama. No hay ni aquí ni allá, pasamos.

Ahora comprendemos la razón de ser del árbol del amor. No de cualquiera sino del nuestro, el que se encuentra en el jardín, humilde y casi escondido. Perseverar. Renacer –rosa y marrón, joven y viejo- cada año. Seremos medidos por nuestro respeto hacia este ciclo que nos debería mejorar cada año, una conciencia ética que debería importarnos más que cualquier otro conocimiento, ostentación o medro. 

Habéis estudiado filología, uno de los campos sustanciales de las humanidades y os habéis acercado a la literatura como manifestación artística de las inquietudes del ser humano, a la lengua como vehículo de lo que llevamos dentro y de la comunicación entre los seres humanos. Dentro de unos minutos seréis llamados para imponeros las becas en esta ceremonia de graduación. No tenéis fácil misión a partir de ahora: perseverar, sembrar para que los que vengan detrás siembren frente a los que destruyen las cosechas, perfeccionar la sociedad comprendiendo que el planeta es parte de vosotros mismos, designar las cosas con sus nombres, buscar las palabras que nos ayuden a comprendernos y explicar cómo otros han usado esas palabras denunciando los casos en los que con ellas han querido comunicarnos para apartarnos de la naturaleza del ser humano, dejar que el árbol del amor –qué maravilloso nombre para un árbol- pueda florecer cuando le corresponde, sumando lo mejor de lo antiguo y lo mejor de lo nuevo. Vosotros sois lo mejor de lo nuevo, hacednos mejores a los antiguos.

Gracias.

domingo, 22 de enero de 2017

Miguel Delibes, Cinco horas con Mario. Cincuenta años de historia


Se cumplen cincuenta años de la publicación de Cinco horas con Mario, una de las novelas más conocidas de Miguel Delibes y uno de los títulos más importanes de la narrativa española de postguerra. Este diálogo interior supuso una profundización en la mentalidad de las mujeres de un tipo de burguesía acomodada de la época, llena de contradicciones, presa de una moral y una sociedad que sus integrantes habían provocado y que era, a la vez, su forma de controlar el país pero también una condena a la mediocridad, la insatisfacción y la hipocresía. Delibes contó que después de redactar cien cuartillas de la novela con el personaje de Mario vivo se detuvo y encontró la clave narrativa de la obra: contar la historia desde un largo monólogo de Menchu con Mario muerto, profundizando en la psicología de su protagonista y mostrando con el afán documentalista que le caracterizaba la forma de hablar y pensar de una mujer de ese tipo de burguesía en los años sesenta del pasado siglo.

Esa voz de la viuda es toda una lección técnica que le permitió, además, solventar una de las grandes preocupaciones del autor, la censura. En contra de la opinión de su editor, Delibes temía una paralización de la comercialización de la novela si en ella se hallaba algo opuesto a la opinión de los censores y por eso remitió un ejemplar al censor a pesar de que en esos años ya no fuera necesario. Contando la historia desde la visión más conservadora de Carmen, la viuda, las opiniones que en vida sostuviera el difunto quedaban amortiguadas y a salvo del lápiz del censor. Hasta ese punto tenían que hilar los autores que escribían bajo el franquismo, incluso alguien de la trayectoria de Delibes. Con esta estrategia pudo abordar algo que le preocupaba mucho: la tensión evidente en aquel momento entre un catolicismo conservador aún anclado en el conflicto de la guerra civil y en el afán de controlar la moral social aliándose con el poder político que procedía de la dictadura militar de Franco y otro más tolerante y abierto. El primero lo representaba el personaje de Carmen, el segundo el de Mario. Este, según testimonio del propio Delibes, se basaba en gran medida en el pensamiento de su amigo, el también escritor y periodista José Jiménez Lozano, al que dedicó la obra.

Con este motivo, la Fundación Miguel Delibes y el Ayuntamiento de Valladolid, con la colaboración de la Biblioteca Nacional, han organizado la exposición Miguel Delibes, Cinco horas con Mario. Cincuenta años de historia, comisariada por Amparo Medina-Bocos, que se clausuraba hoy en la Sala municipal de exposiciones de la Casa Revilla de Valladolid pero que podrá verse a partir del 7 de febrero en la Sala de las Musas del Museo de la Biblioteca Nacional. Una exposición honesta, sin más pretensiones que la de homenajear y documentar lo mostrado, pero necesaria e interesante tanto para los lectores de Delibes como para los que quieran conocer una de las páginas más sólidas de la narrativa española del siglo XX. En ella se muestran facsímiles con fragmentos de la correspondencia entre Delibes y su editor, Josep Vergés que ayudan a documentar todo el proceso de edición (es conocido que Delibes guardaba con celo todo lo que se refería a su carrera literaria), junto al contrato con la editorial y al manuscrito de la novela y las ediciones y traducciones que constatan su éxito nacional e internacional, así como las noticias aparecidas en la prensa. Como necesario complemento, se dedica una sección muy completa a la versión teatral de la obra (el monólogo interpretado por Lola Herrera que se ha convertido en un referente del teatro español de la segunda mitad del siglo XX y que está en el corazón de la película Función de noche, la excelente película documental de Josefina Molina estrenada en 1981), y la versión operística de Jorge Grundman.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El viaje de los libros prohibidos. Miguel Delibes: El Hereje


Hasta el día 27 de octubre puede contemplarse en la Sala municipal de exposiciones de la Iglesia de las Francesas de Valladolid la exposición que la Fundación Miguel Delibes ha organizado para conmemorar los quince años de la publicación de El Hereje, del autor vallisoletano: El viaje de los libros prohibidos. Esta fue también la causa de la inclusión de este título en nuestro Club de lectura al final del curso pasado y de la visita que realizamos a esa ciudad en julio.

La exposición cuenta con un centenar de piezas más un audiovisual que recrea el Auto de fe relatado en el libro y está a la altura requerida de lo que conmemora. Contribuye a ello, sin duda alguna, el espacio elegido. La antigua iglesia del convento de Las Francesas es un lugar más que apropiado para subrayar y debatir mucho de lo que se expone y mucho de lo que se puede leer en las páginas de la novela de Delibes.

La muestra está organizada en cinco secciones: El viaje de los libros prohibidos (que ilustra el viaje que Cipriano Salcedo hace a Europa para entrar en contacto con los círculos luteranos y, sobre todo, para hacerse con libros que están prohibidos en España), El Valladolid de El hereje (que nos ayuda a comprender el espacio en el que se desarrolla la acción de la novela), El conventículo de los iluminados (una excelente selección que nos pone delante de la realidad antes que de la ficción narrativa), El Auto de fe (piezas que nos sitúan con crudeza pero sin tonos morbosos en la actuación inquisitorial) y El hereje, de Miguel Delibes (sección que parte de los archivos de Delibes, con una muestra de las ediciones de la novela, libros que le sirvieron de documentación y manuscritos del autor con anotaciones para preparar su obra y páginas de la novela).

Las piezas tienen diversas procedencias (Archivo histórico provincial de Valladolid, Fundación Eugenio Fontaneda, Museo Nacional de Escultura, etc.) pero todas ellas son excepcionales. Hay un Caín y Abel en madera policromada que merece una contemplación minuciosa, como la Degollación de San Pablo o el Cristo crucificado de Alonso Berrugete, todo de mediados del siglo XVI. Pero no deben pasar desapercibidos los documentos originales que testimonian lo que sucedió, como el inventario de la casa de Leonor de Vivero, ni los objetos cotidianos como los limosneros de latón, la maleta de la época o el tintero y la escribanía de la Inquisición.

Una exposición que merece ser visitada en su ubicación actual, a pocos metros de los hechos históricos y de los espacios en los que trascurre la acción de la novela, y que ojalá pueda tener continuidad en otras ciudades.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Anuncio del Club de Lectura de La Acequia del presente curso y noticias de nuestras lecturas.

En octubre comenzará el nuevo curso del Club de lectura de La Acequia.  En la entrada correspondiente al 25 de julio pasado facilité los títulos del primer trimestre y completo finalmente la lista ahora. Puedo equivocarme en la propuesta, pero lo bueno que tiene un club de lectura es que no es obligatorio y que, a lo largo del tiempo, pueden entrar los títulos que echéis en falta, por lo que os agradezco a lo largo del año todas las sugerencias para otras ocasiones. Es difícil elaborar una lista de lecturas. Incluso estoy dispuesto a cambiar alguno de los títulos por otro si hay una sublevación de lectores...

Octubre: Intemperie, de Jesús Carrasco (Barcelona, Seix Barral, 2013). Ha sido la gran revelación del año en la narrativa española.
Noviembre: La estafeta romántica, de Benito Pérez Galdós (es el nº 26 de los Episodios Nacionales, Tercera Serie; además de en las ediciones completas de los Episodios, podéis hallarlo en Madrid, Alianza Editorial y, en versión digital, aquí). Tenía ganas de volver a leer alguno de los Episodios Nacionales de Galdós que devoré cuando era joven. Y he elegido uno de los menos conocidos precisamente por ser tan diferente al resto de ellos.
Diciembre: Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina (Barcelona, Seix Barral, 2013). El último libro de uno de los autores imprescindibles de la literatura española de las últimas decadas. Lo elijo por tratarse de un ensayo, género que hasta ahora no habíamos introducido en el club de lectura, pero un ensayo que no consiste en una abrumadora indagación erudita sino una profunda introspección sobre lo que ha pasado en España en los últimos años. Ha generado alguna polémica y, aunque no estoy de acuerdo con todas sus conclusiones, me gusta cómo suena y el juego al que puede dar lugar. Un experimento para los que sigan estas lecturas.
Enero. Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda (la última edición en papel que conozco es la de Seix Barral, 2010, pero hay varias ediciones disponibles en el mercado; también en Internet podéis hallar los textos con fiabilidad). Aún recuerdo la imperesión que me causó al leerlo por primera vez y quiero comprobar si este primer libro de Neruda sigue vivo

Febrero. Dejar las cosas en sus días, de Laura Castañón (Alfaguara, 2013). Toda una agradable sorpresa y un éxito editorial de las última semanas. Además, la autora es vieja amiga de este espacio, tiene abierto su perfil de Facebook para los lectores y una página oficial que puede facilitarnos la lectura.

Marzo. La saga/fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester (la última edición que conozco de esta novela es de Castalia, 2010). Torrente Ballester fue una propuesta de una de las participantes en el Club de lectura, que me atrapó. Pensé en Los gozos y las sombras o en Don Juan, pero quiero releer la que muchos consideran su obra maestra.

Abril. Rosa-Fría, patinadora de la Luna (la última edición que conozco es de Espasa, en la colección Austral, pero también tenéis disponible una excelente edición en libro electrónico). Porque en todo Club de lectura, antes o después hay que leer un libro de cuentos infantiles que sorprende a los adultos. Terminaréis recomendándolo a los niños que conozcáis para que puedan ir más allá de los títulos convencionales.

Mayo. El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín (hay muchas y buenas ediciones en el mercado y también muy fiables en Internet). Aunque muchos de los participantes en el club me manifiestan que no les gusta leer teatro, insisto, ahora con un clásico...

Junio. El río que nos lleva, de José Luis Sampedro (la mejor edición de esta novela es la de Cátedra, 2012, pero podéis acceder a ella a través de varias editoriales). Un homenaje a un autor siempre interesante que se convirtió, en los últimos años de su vida, en una referencia moral para el país. La propuesta viene de Paco Cuesta y sus deseos son órdenes.

Como sabéis, el Club de lectura tiene dos versiones. En su faceta presencial, en la Universidad de Burgos, nos reunimos una vez al mes para comentar los libros correspondientes según una convocatoria que se renueva al inicio de cada  curso. En su faceta virtual, a través de entradas semanales que publico en este blog (casi siempre, los jueves) y en las que resumo las colaboraciones de aquellos que siguen la lectura y publican entradas con sus comentarios en sus propios espacios. Por supuesto que no hay que tener blog para seguir las lecturas: podéis comentar en las entradas de los blogs participantes o seguir en silencio las lecturas, hasta que tengáis la suficiente confianza como para aportar vuestras opiniones en cualquiera de las formas posibles. Solo os pido una cosa a aquellos que sigáis la lectura y publiquéis vuestros comentarios en los blogs propios: que me lo hagáis saber y que publiquéis la entrada semanal antes del jueves, para que me dé tiempo a reseñarla.

Noticias de nuestras lecturas



Mª Ángeles Merino completó su comentario de El Hereje, con lo relativo a la parte final de la novela, siguiendo su carta al protagonista, Cipriano Salcedo. El título de su penúltima entrada, bien elegido, lo dice todo, Y así llega al momento final de su vida.

Por lo extenso de esta entrada, dejo para el jueves próximo mi reseña de la exposición que, con motivo de celebrarse lo quince años de la publicación de El hereje, ha organizado la Fundación Miguel Delibes. Me limito hoy a recomendaros visitarla en la Sala Municipal de Exposiciones de la Iglesia de las Francesas de Valladolid hasta el 27 de octubre.

jueves, 18 de julio de 2013

La historia desde la biografía de un hombre cualquiera en El Hereje de Miguel Delibes y noticias de nuestras lecturas

De las varias formas en las que se puede abordar la escritura de una novela histórica, Delibes elige la profundización en la historia de lo ocurrido con el círculo luterano de Valladolid a finales del siglo XVI a partir de la invención de un personaje secundario desde la realidad de su vida cotidiana. Cipriano Salcedo es un personaje perteneciente a la burguesía comercial y urbana -en clave de época debe entenderse la compra de la higaldía para aúparse socialmente-. Delibes huye de los nombres históricos más insignes relacionados con los hechos. Es parte de su estilo y en esto es coherente con el resto de su producción narrativa. Cipriano es -entiéndase el juego conceptual- un burgués dedicado a los negocios, al que le gusta la libertad en su vida y, sobre todo, en su pensamiento. Un hombre emprendedor, lleno de inseguridades personales pero dotado de una fe en el progreso que debe basarse en la separación entre lo que debe darse a la intimidad y lo propio del comportamiento social. Es decir, un hombre de bien, con sus cosas malas y sus cosas buenas. De ahí la necesaria explicación de su biografía: en ella está la clave de su comportamiento posterior y por eso el lector actual puede empatizar mejor con él. Magistralmente construida su biografía y sus condicionantes psicológicos, entendermos mejor su fe luterana, su compromiso ético -religioso, de grupo y social- y, por supuesto, la forma en la que es víctima de una historia cuyo motor no entende de individualidades. La historia destruye la vida de aquellos que no siguen las grandes directrices marcadas por las creencias y las ideologías dominantes. Cipriano Salcedo, desde el mismo momento de su concepción, está condenado a ser víctima y no verdugo.

Las páginas finales de El Hereje son una documentada reconstrucción de la forma de actuar del Tribunal de la Inquisición. No es necesario que Delibes se invente situaciones truculentas: la realidad habla por sí misma a partir de la descripción de los hechos. Sin embargo, hay algo que añade Delibes en este contexto tan desesperanzador: la idea de que lentamente la semilla de la libertad de pensamiento podrá desarrollarse y lo que en un momento se aplaudía en la plaza pública sea motivo hoy de vergüenza. Delibes escribe esta idea desde su presente, desde el propio deseo que le movía a tener fe en que los esfuerzos individuales no pueden ser vanos hacia el futuro.

Quizá no lo hayamos logrado del todo, pero ese es el camino que debemos seguir, aunque nos toque el papel de víctimas.

Noticias de nuestras lecturas

Gelu publica su sexta acertada entrada con la selección de pasajes de El Hereje y una danza macabra que viene bien al caso.

Mª Ángeles Merino publica una emotiva y hermosa carta dedicada a Teo, la mujer de Cipriano Salcedo. Magníficamente ilustrada -¡cuánto trabajo acertado hay en esto!.

Paco Cuesta llega al final de la obra, con el comentario de los hechos que se desencadenan en la vida de Cipriano Salcedo tras quedarse viudo, hasta llegar a su muerte. Un acertado comentario.

El próximo jueves haré balance general del curso del Club de lectura y anunciaré las primeras lecturas del siguiente.

domingo, 14 de julio de 2013

La Rura de El Hereje. Encuentro de fin de curso del Club de lectura.

Inicio de la Ruta de El Hereje en el Palacio de Pimentel de Valladolid.
Sede actual de la Diputación Provincial y lugar de nacimiento de Felipe II
Foto cortesía de Miguel Martín Camarero.

Con motivo del fin de curso del Club de lectura nos encontramos ayer en Valladolid todos aquellos que pudimos hacer un hueco en nuestras agendas: participantes en el Club presencial de la Universidad de Burgos, otros miembros de la Asociación de Antiguos Alumnos de esta Universidad y amigos que han participado en las lecturas a través de La Acequia. Como sabéis, el próximo jueves cerraré mis comentarios de El Hereje y el último jueves del mes de julio haré balance del año y anunciaré las primeras lecturas del próximo curso.

El motivo que nos reunía en Valladolid era conocer los principales lugares en los que Miguel Delibes ambientó El Hereje, el último de los títulos del curso. La ruta recorre los espacios del Valladolid del siglo XVI por los que trascurre la acción de la novela. Es todo un ejemplo de puesta en valor -turístico y cultural- del patrimonio literario, arquitectónico y urbanístico, algo que debería ser norma habitual en las ciudades que han tenido la fortuna de servir de fuente de inspiración a una obra literaria de esta calidad. Tuvimos la suerte, además, de contar con una guía de excepción, Carmen Palomino, una de las personas que promovieron el establecimiento de la ruta y confeccionaron el excelente guion con el que cuenta. La Ruta también ha sido teatralizada de forma excelente (aquí, aquí y aquí).

Después de recorrer Valladolid desde la Plaza de San Pablo hasta el Campo Grande, pudimos disfrutar de una magnífica comida en el Restaurante Los Zagales. Allí recibí, como emocionante regalo de manos de Paloma (a la que tanto debemos los participantes en el club de lectura presencial) en nombre de todos, una reproducción de una escultura llena de acertado simbolismo de un monje lector que ya ocupa un lugar de honor en las estanterías de mi casa y que promete ser protagonista de alguna entrada en el blog.

Por la tarde, el camino nos llevó hacia la Plaza del Viejo Coso, el jardín romántico de la Casa de Zorrilla -que no tenía nada que ver con el Valladolid del siglo XVI, pero nos pillaba de paso- y la fachada del Colegio de San Gregorio. Incluso la tormenta que amenazaba con empaparnos aguantó hasta el final de una jornada de entrañable recuerdo.

Paloma y el que esto escribe como Don Juan y Doña Inés
 en el jardín romántico de la Casa de Zorrilla.

jueves, 11 de julio de 2013

La reforma religiosa y la modernización de España en El Hereje y noticias de nuestras lecturas.


La materia narrativa de El Hereje aborda una de las cuestiones esenciales de la historia de España, pocas veces hecha literatura a la manera en la que la trata Miguel Delibes. En el siglo XVI, la extensión del luteranismo y de la reforma protestante por toda Europa y la reacción de la Iglesia Católica y las monarquías que la apoyaban es, sin ningún género de duda, lo más importante que ocurre en el continente en el aspecto espiritual pero también en el político. La posición central de España en aquel siglo hacen del país un actor protagonista, como es bien sabido. En la novela, Delibes muestra todo esto más que como un mero marco histórico: son claves para comprender lo narrado el ambiente de opresión y miedo que va incrementándose con el paso de los años, la alianza ente el poder político y el religioso, etc. Pero hay algo más. Delibes insinúa hábilmente, en la novela, la perspectiva moderna según la cual gran parte del atraso de España en los siglos posteriores se debe al inmovilismo que provoca la pérdida de la modernidad que comienza, precisamente, con la derrota de los movimientos reformistas. Delibes se inclina, en esta perspectiva ideológica, por la línea de interpretación que alude al catolicismo cerrado nacido en Trento y a la presencia asfixiante del Santo Oficio como las razones de la decadencia española.

Cipriano Salcedo es un hombre inquieto. La causa de esta inquietud no es solo la difícil relación con su padre en la infancia y la ausencia de la figura materna -su madre muere a consecuencia del parto y el padre siempre le acusará por ello- sino algo que lleva impreso en su carácter y le lleva también a pretender mejorar la producción de sus negocios agrícolas y ganaderos y al establecimiento de una fábrica de paños. En toda la novela hay una sutil valoración de la iniciativa privada, del impulso emprendedor y del trabajo manual. Esta inquietud es la que lleva a Salcedo a cuestionarse la fe católica recibida y a buscar nuevas respuestas. La sinceridad de esta búsqueda es una de las claves de su drama interior, pero también su propia fortaleza. La contextualización de este proceso de búsqueda de Salcedo en los movimientos reformistas que se dieron en la España del siglo XVI es uno de los motivos mejor logrados por Delibes. El grupo luterano de Valladolid fue uno de los más importantes, pero focos y personalidades reformistas de gran relevancia se dieron en otras zonas y con variadas propuestas: erasmistas e iluministas o alumbrados los más importantes. Algunos llevaron al límite de lo permitido sus propuestas, otros lo traspasaron. A todos les afectó el progresivo cierre de filas de las posiciones dominantes de la Iglesia católica española y de la Monarquía.

Los dos autos de fe celebrados en Valladolid en 1559 (el primero de los cuales, del 21 de mayo, es el que narra Delibes) no tienen solo la repercusión que perseguían aquellos que los impulsaron, sino que conducen a España por una senda histórica que la aparta de la modernidad. Delibes anuncia un tiempo futuro en el que todo esto se vea claro en las palabras del tío de Cipriano, don Ignacio Salcedo: 

-Algún día -musitó a su oído- estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo.

Esta libertad es, por supuesto, la de pensamiento -don Ignacio también expresa la condición íntima de la fe religiosa-, pero se extiende a los valores cívicos. Una no puede ir sin la otra: la moral social moderna y el respeto a las creencias personales.

Noticias de nuestras lecturas

Recordad que Pancho ya comentó El Hereje y que nos sirve de guía.

Gelu publica su quinta entrega sobre El Hereje, una magnífica selección de pasajes de la novela bien ilustrada.

Mª Ángeles Merino comenta e ilustra magníficamente el crecimiento de la fortuna de Cipriano Salcedo gracias a su labor emprendedora y la inquietud permanente de su espíritu.

Os recuerdo que este sábado tendremos la reunión para celebrar el final del curso del Club de lectura de La Acequia. El jueves 18 daré final a mi comentario de El Hereje y el 25 informaré de las lecturas del próximo curso para aquellos que queráis adelantarlas durante el verano.

jueves, 4 de julio de 2013

La historia irrumpe en la vida de los Salcedo en El Hereje de Delibes y noticias de nuestras lecturas.


Delibes cuida mucho dos cosas en esta novela histórica. En primer lugar, el estudio de la psicología de Cipriano Salcedo marcada por las relaciones con su padre en la infancia; en segundo lugar, la combinación de cuestiones domésticas y grandes asuntos históricos. El autor carga las tintas en estas cosas: ve la historia a través de Salcedo. Quizá por eso negara su condición de novela histórica, pero por eso mismo es más novela histórica. A la historia se le debe aproximar uno levantando las faldas de la mesa camilla para que podamos comprenderla mejor y nos sea más próxima. La distancia pertenece a otro género: la tragedia.

Cipriano Salcedo es como es por la difícil relación con su padre y todos los acontecimientos vividos en la infancia. De la misma manera, los grandes problemas históricos del momento -la reforma religiosa y la reacción de la Iglesia católica y la Monarquía española- se ven mejor desde los ángulos a través de los cuales nos los presenta Delibes: la forma en la que afectan a la gente normal. Así, la primera irrupción brusca de la historia en la vida doméstica de los Salcedo se produce con motivo de la Guerra de las Comunidades de 1521, mezclada aquí con los asuntos de cama de don Bernardo. Y la irrupción de las controversias que provocará la reforma luterana, a través de los ojos de un niño Cipriano. Este ambiente, que Delibes extrae de la Historia de los heterodoxos españoles de don Marcelino Menéndez y Pelayo (aquí, aquí y aquí) -si bien con un sentido ideológico contrario-, se nos cuela cuando más atentos estábamos a las circunstancias personales de Cipriano y su padre. Sabia forma de devolvernos al inicio de la novela, dosis de ida y vuelta manejada magistralmente por Delibes.

Noticias de nuestras lecturas

Pancho, cuyos comentarios de hace tiempo nos sirven de guía de lectura, publica una nueva vuelta de tuerca magistral a El Hereje: impagable esta sabia entrada que nos ayuda a llevar mejor el silencio del verano.

Gelu ambienta el lugar en el que Delibes sitúa el almacén al que acude Salcedo para depositar su lana, en Burgos.

Mª Ángeles Merino muestra oportunamente cómo Delibes va introduciendo el problema histórico en la vida de Salcedo.

Paco Cuesta, tras indicar los encuentros que cambian la vida de Cipriano Salcedo, reflexiona sobre el final de El Hereje y lo que significa, en especial, la posición del narrador ante los acontecimientos.

Myriam acomete una magnífica serie de entradas sobre las cuestiones psicológicas en El Hereje, que se convierten en una referencia indispensable en esta lectura:  las bases de los tipos de pareja según el comportamiento social, el desarrollo de los fracasos de las parejas y, finalmente, la fina conclusión a la que llega.

jueves, 27 de junio de 2013

De la tensión histórica al costumbrismo familiar en El Hereje y noticias de nuestras lecturas.


El cáracter se gesta en la infancia. Las condiciones familiares, las circunstancias en las que uno nace y las relaciones familiares son el caldo de cultivo de lo que seremos. En gran medida, Delibes ha trabajado con esta idea en gran parte de su obra: Las ratas o Los santos inocentes son la gran expresión de esta idea.

Delibes pasa de la tensión histórica del magnífico Preludio de El Hereje al tono costumbrista de los primeros capítulos. Se centra en la familia del protagonista Cipriano Salcedo y, sobre todo, en el carácter de su padre, comerciante vallisoletano de lanas, pasando a describir el difícil embarazo de la madre, el fallecimiento de esta tras el alumbramiento y las cambiantes y diferentes emociones que el padre experimenta en los meses siguientes. El contraste entre el Preludio y estas primeras páginas es brusco y alejan El Hereje de la narrativa histórica al uso. Sin duda es algo buscado por Delibes: sumerge primero al lector en el oscuro ambiente histórico de la época para llevarlo después a la intimidad del hogar de los Salcedo. No todos los lectores habituales de la novela histórica admitirán este contraste. Delibes ha roto la expectativa inicial: no estamos ante una novela histórica de misterio ni de investigación, sino ante una novela histórica realista, que busca desentrañar claves sociales e ideológicas. Por eso mismo cuestionó el autor en varias ocasiones que él hubiera escrito una novela histórica, porque sabía lo que le diferenciaba de las que habitualmente se encuentran en las librerías. Sin embargo, Delibes escribe un relato histórico, exactamente histórico, de la mejor manera y sin trucos: reconstruye con verosimilitud cómo debió ser la vida de alguien como Salcedo en aquella etapa de la historia de España.

Estos primeros capítulos sirven, además, para explicar el carácter del protagonista, formado en una ifancia que comienza por el parricidio de su madre -tal y como lo califica su padre- y la extraña relación que tiene con su progenitor. De ahí nacerá su evolución posterior.

Noticias de nuestras lecturas

Os recuerdo que Pancho dedicó a esta novela una serie de entradas que nos sirven de guía en esta lectura.


Mª Ángeles Merino recorre, con todo acierto, la etapa de formación de Cipriano Salcedo. En ella, además, se aprecia el diferente carácter del protagonista y su padre.

Paco Cuesta anota y comenta el trabajo con la lana de la familia de los Salcedo. Una buena contextualización para explicar la ambientación histórica de la novela de Delibes.

domingo, 23 de junio de 2013

El viaje de regreso de Cipriano Salcedo al inicio de El Hereje de Delibes y noticias de nuestras lecturas.



Las circunstancias que la vida nos depara mandan sobre nuestros planes inciales. Viene esto a cuento porque prometí que esta entrada, que debió publicarse el jueves, se publicaría ayer sábado. Finalmente lo hace hoy, domingo. Pero quien pone sacos terreros como dique de las emociones termina anegado. Por eso, hay que dejar pequeños canales de desagüe, aliviaderos como el que yo he dado a mis cosas en estos días pasados. Se debe tener buena cintura, como los delanteros hábiles de los equipos de fútbol, para dejar sentados a los defensores del equipo contrario.

Algo así debía pensar Cipriano Salcedo, el protagonista de El Hereje de Miguel Delibes a su regreso a Valladolid. Su vida le había hecho un solitario, incluso su matrimonio había fracasado y de esa soledad le había salvado el grupo de partidarios de la Reforma religiosa que, en Valladolid, encabeza el Doctor Cazalla. Elige bien Delibes a su protagonista para ver desde un ángulo secundario el gran problema que nos plantea esta novela histórica -por mucho que el autor afirmara que él no había escrito una novela histórica, pero de esto hablaremos otro día-. Salcedo es alguien necesitado de un grupo que le respete como individuo y le haga crecer como persona, que acoja sus dudas y sus temores, y le ampare en los momentos más difíciles.

Encontramos a Salcedo embarcándose en la galeza Hamburg de regreso a Valladolid tras un viaje que le había llevado hasta el mismo núcleo de la Reforma. Delibes escribe un Preludio que es una lección magistral de tono narrativo: en pocas páginas centradas en un espacio de los pocos metros cuadrados que comrpende el barco y con el diálogo de tan solo tres personajes -Salcedo, el capitán del barco y otro enigmático pasajero- se nos presenta al personaje que nos guiará por el resto de la narración; los motivos de su viaje para cumplir un encargo secreto de Cazalla, la puesta en antecedentes de la situación en España y el problema religioso que está en la base del conflicto: la interpretación de los grandes asuntos espirituales que había provocado la reforma protestante. Es apasionante este inicio de la novela.

Salcedo se nos presenta como un hombre necesitado de amistad, lleno de temores pero leal a sus principios. La situación en España se dibuja a la perfección: un país sometido al control de la Inquisición, a la barbarie que ordena quemar libros, prohibir la divulgación de ideas y que dificulta la libre lectura de la Biblia. El miedo es la clave de control usada por el poder. Y una Europa inmersa en un debate ideológico del que nacerá la modernidad.

No necesita mucho espacio Delibes para llevanos a la esencia misma de los conflictos históricos y personales que se encuentra en El Hereje.

Noticias de nuestras lecturas


Recordad que Pancho ya comentó El Hereje y que nos sirve de guía.

Gelu publica su tercera selección de frases de la novela de Delibes. Y acompaña su entrada de un video que no podéis perder.

Mª Ángeles Merino enfoca a Cipriano Salcedo, el protagonista de la novela, desde un ángulo certero, enlazándolo con otros personajes del narrador.

Paco Cuesta comenta con aguda certeza la clave biográfica de la personalidad de Salcedo.

sábado, 15 de junio de 2013

El Hereje en la producción de Delibes y noticias de nuestras lecturas


El Hereje supuso el regreso a la escritura para Miguel Delibes y su despedida. En realidad, en los años noventa manifestó, en varias, ocasiones, su deseo de dejar de escribir. Pero no podía evitar que la literatura se le terminara imponiendo. Publicó Señora de rojo sobre fondo gris en 1991 y Diario de un jubilado en 1995. Ambas tenían su razón: la primera era la expresión literaria del largo luego personal por el que pasó tras la muerte de su esposa. La segunda supuso el regreso de Lorenzo, un personaje por el que Delibes sentía predilección y que ya había aparecido en Diario de un cazador (1955) y Diario de un emigrante (1958). Le debía un tomo más, para profundizar en su evolución y en su historia. Retornar a él cuarenta años después era cumplir con un deber que agradecieron los muchos lectores fieles que tenía Delibes. Andaba Delibes despidiéndose de la literatura, aunque la literatura no le dejaba. Por aquellos años hubo un intento de que alcanzara el Premio Nobel y se promovió su candidatura desde varias instituciones de su ciudad local, Valladolid, pero también regionales y nacionales. Delibes se lo merecía, sin duda, pero moriría, como tantos otros, sin el Premio.

Fueron los amigos que alentaron la campaña los que le animaron a escribir una novela más. Sabían que el Nobel solo se fija en escritores en activo, aunque reconozca toda la obra de un autor. Fue en ese momento en el que surgió la historia de Cipriano Salcedo y el grupo de heterodoxos que vivieron en Valladolid en el siglo XVI. La historia ya había sido tratada con anterioridad por la literatura, pero nunca de la manera en la que la abordó Delibes. Para ello contó con el asesoriamiento de varios expertos en la historia de Valladolid en el siglo XVI: no tuvo que ir muy lejos, alguno compartía con él tertulia semanal. Quizá esta parte perjudique un tanto la novela: hay un momento en el que uno asiste a clases de historia. Sorteando estas páginas que hasta el estilo del resto cambian y de las que se deberían haber prescindido en la redacción final, El Hereje es una gran novela.

Curiosamente, supone afrontar un reto para Delibes, la escritura de una novela histórica. Aunque de esto hablaremos en próximas entradas, el autor consigue salir con bien de esto reto porque escribe una novela histórica de verdad, no como las crónicas noveladas al uso que se limitan a dar unos pequeños rasgos de época. El Hereje es una novela histórica de verdad porque logra poner en pie uno de los debates sustanciales de lo que ocurrió en el siglo XVI español y que tanto lastró la historia del país posteriormente: la libertad de conciencia, que fue impedida en el país por una perversa alianza entre trono e Iglesia. Un debate abierto, mal resuelto y sobre el que aún cabe meditar para comprendernos mejor como país.

Noticias de nuestras lecturas


Os recuerdo que Pancho dedicó a esta novela una serie de entradas que nos sirven de guía en esta lectura.

Mª Ángeles Merino se introduce en El Hereje por donde debe: por su amor a los libros y a Delibes.

Paco Cuesta nos lleva a El Hereje por el núcleo de la propuesta de Delibes: la libertad de conciencia.

Gelu publica su segunda aportación a El Hereje, situándola en el debate -todavía muy actual- sobre la fe y la historia.



No os podéis perder la última entrada dedicada por Pancho a la lectura de la trilogía de Baroja. Imprescindible todo lo que se dice en ella.

sábado, 13 de marzo de 2010

Miguel Delibes. El paseante del Campo Grande.


En la amanecida de ayer en Valladolid hacía frío y quería nevar. Sobre la ciudad pesaba la falta de noticias de la primavera. Miguel Delibes (1920-2010) murió a primera hora de la mañana a la manera de los viejos castellanos de antaño: en su casa y rodeado de su familia.

Tenía miedo Delibes al tránsito de la muerte: ya lo escribió en su primera novela, La sombra del ciprés es alargada (1947). En buena parte de su obra hay una profunda meditación sobre la muerte y, en especial, sobre cómo afecta a los otros, a los que lo sobreviven a quien se muere. Incluso escribió una obra entera sobre eso, Cinco horas con Mario (1966). Pero no se engañaba Delibes: sabía que hay que morirse. Siempre decía que desde la muerte de su esposa, Ángeles de Castro, en 1974, la muerte se hizo un horizonte más cercano. Y de hecho, esa conciencia lúcida aunque temida de la muerte y del deterioro de los años y la enfermedad está detrás de su abandono de la escritura después de dejarnos una de las mejores reflexiones que se han escrito sobre la libertad de conciencia y el fanatismo de la sociedad, en la novela histórica El hereje (1998). Su retiro fue tan firme que la falta de actividad pública hizo imposible la obtención del Premio Nobel, que se ha quedado sin poder galardonar a uno de los mejores escritores de todos los tiempos.

La obra de Delibes es la de un prosista que usaba el castellano con la precisión de quien lo ha sabido escuchar. Él decía que escribía de oídas y en gran medida es cierto. En ocasiones se tiene la impresión de que cuando se lee a Delibes se presencia el tesoro del testimonio de la palabra sin adornos de un idioma que viene de lejos sin dejar de ser moderno. Este rasgo salva incluso a sus obras menos logradas. Pero no hay que insistir sólo en la pulcritud de su estilo: la creación de personajes que se graban en la mente del lector y la temática en la que abordaba cuestiones esenciales y eternas del ser humano ambientadas en el territorio castellano para denunciar la situación de los desfavorecidos harán siempre atractiva su lectura. Bastarían dos títulos para hacerle un clásico: Las ratas (1962) y Los santos inocentes (1982). En su obra también hay mucho humor, aunque no suele hablarse de ello, el humor de la retranca castellana, entre tierna y ácida, a medias entre el recelo a los cambios y el realismo ganado con la experiencia de la vida propia y de los antepasados. De entre todos sus libros siempre habló con más cariño de dos: Señora de rojo sobre fondo gris (1991), que tanto tiene que ver con la evocación de su esposa muerta y una pequeña joya de la literatura española que no es de las que más se han leído de él aunque en ella está todo lo que representó, Viejas historias de Castilla la Vieja (1964).

Para mí, Delibes siempre será El Norte de Castilla que yo leía de niño. Un periódico que cuidaba el lenguaje y la precisión del dato. Era de gran formato, con un tipo de letra elegante y una tinta intensa, que yo abría sobre la mesa de la cocina para leer. Delibes, que no iba para periodista, se convirtió en uno de los mejores directores de periódico de aquellos tiempos y sostuvo una tensa relación con la censura franquista en especial al informar sobre la situación del campo castellano.

Delibes supo escuchar y mirar el paisaje y su gente. En él está el retato de una época en las ciudades de provincias y en los pueblos de Castilla quizá porque supo pasearlo con la zancada ágil que había perdido en los últimos años. A los que conocimos a Delibes cuando paseaba por su ciudad sabíamos cuánto le dolía no poder salir al campo o a dar su largo paseo diario por el Campo Grande.

Ayer, después de visitar la capilla ardiente junto a miles de sus vecinos que le dedicaron una expresión de admiración y respeto público como la que se concedía antiguamente a los escritores más queridos, decidí que el mejor de mis homenajes era pisar el albero de su parque, iniciar el recorrido en donde se hallaba el viejo quiosco de los helados y asistir allí al final de este invierno que ya comienza a ser muy largo. En las últimas horas de la mañana, aunque tímido, salió el sol.

viernes, 12 de marzo de 2010

Ha muerto Miguel Delibes

El Juan Gualberto empuja la media hoja de la puerta y ya en el oscuro zaguán se toca con un dedo el vuelo de la boina y dice formulariamente:
-Con Dios.

(De La caza de la perdiz roja.)

Esta mañana, en Valladolid, su ciudad natal, ha muerto Miguel Delibes. Que la tierra le sea leve.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Un gato entre líneas.


Cuando Miguel Delibes dirigía El Norte de Castilla, aparecían entre las columnas del periódico, sin un lugar fijo, pequeñas viñetas con fotografías de gatos. Acostumbrados los lectores de aquel tiempo a la lectura entre líneas, se corrió el rumor de que las viñetas contenían mensajes secretos que pretendían burlar la censura de la dictadura franquista y que transmitían textos cifrados a la oposición: un código felino. Hace tiempo, Delibes aclaró que los gatos eran sólo gatos y que fueron una ocurrencia para completar los espacios vacíos en la maquetación de las páginas. Aún así, algunos integrantes de aquella prodigiosa redacción recuerdan cómo tuvieron que echar mano de los gatos para suplir párrafos censurados y la creencia popular se niega a aceptar la versión más fácil.

Por eso mismo, ahí va un gato, capturado en las calles de Barcelona.

viernes, 8 de mayo de 2009

La prensa local


Hubo una época en España, no hace tanto como ahora nos parece, que la libertad de prensa no existía. En aquellos tiempos nos acostumbraron a leer entre líneas. Se desarrollaron técnicas para burlar la censura: insertar en las noticias algunos párrafos evidentemente destinados al lápiz rojo del censor para que pasaran desapercibidos otros (es proverbial la tosquedad de los censores); informar de los acontecimientos como si no tuvieran importancia e incluso con humor para que no merecería la pena tachar el texto o se dudara lo suficiente de su intencionalidad como para pensar que se estaba de parte del pensamiento oficial; y dar a conocer actos contrarios al Gobierno criticándolos como si el redactor se sumara incondicionalmente al régimen pero dando los suficientes datos como para que el lector advertido comprendiera lo acontecido. Los directores de los periódicos eran llamados al Ministerio de la Gobernación con harta frecuencia y tenían que debatir con censores de todo pelaje: desde aquellos que querían simpatizar con el periodista y se excusaban en el hecho de que cumplían un trabajo hasta los que se habían convertido en fanáticos perseguidores de todo lo que oliera a un ataque a las bases que constituían el régimen franquista, sobre todo en cuestiones políticas, religiosas y morales.

En aquellos tiempos yo era un niño que leía un gran periódico: en tamaño -aun recuerdo el formato y, si cierro los ojos, puedo pasar sus hojas, ver sus viñetas de gatos que se usaban para completar espacios, recorrer sus columnas y admirar la elegante tipografía- y en calidad. El Norte de Castilla (una de las cabeceras más veteranas de la prensa española puesto que fue fundado en 1854), dirigido directa o indirectamente por Miguel Delibes y que contó en su redacción con nombres como Umbral y Manu Leguineche. Por mi edad, no podía ser consciente, pero después he podido estudiar el combate de Delibes por ir ampliando el margen de libertad en la información del periódico. Está constatado, por ejemplo, cómo cultivó un cierto regionalismo castellanista que no era del agrado del régimen, empeñado en una foto fija y folklórica de lo que era Castilla y logró publicar información real sobre la situación del campo castellano. Esto mismo se puede encontrar en las novelas de Delibes de aquellos tiempos.

La prensa local de algunas localidades se permitía ciertas libertades que no eran posibles en la nacional. Establecieron una compleja red de intereses con grupos de empresarios locales que permitían ciertos riesgos. Como la venta de la prensa nacional en provincias no podía compararse, en aquellos años, con la de los periódicos locales, estos ejercían un papel de información, opinión y cierta presión al poder siempre y cuando, claro, no tocara de forma directa los temas que no debían abordarse y se acogiera en sus páginas la carta pastoral del obispo o ecos de sociedad de las familias de orden. No sucedía igual en todas las cabeceras, por supuesto.

Por eso, la evolución de la prensa local en los últimos años debe estudiarse con cuidado. La mayor parte de los periódicos de provincias pertenecen hoy a grupos con intereses nacionales que exceden, con mucho, lo local: las líneas empresariales se deciden fuera de la localidad en la que se publica. El Norte de Castilla de mi infancia, por ejemplo, fue comprado por el Grupo Correo y hoy está integrado en el Grupo Vocento. Algunas cabeceras locales no son más que una delegación de una nacional. Incluso los pocos periódicos locales en los que esto no ocurre, las empresas están ligadas a sectores financieros externos o son el núcleo de un grupo propio establecido en otras provincias y cuyos intereses, por lo tanto, ya no son exclusivamente locales.

Curiosamente, en un mundo globalizado como el nuestro nunca ha sido más importante el fortalecimiento de los medios de comunicación locales y la constitución de empresas dedicadas a la información cuya supervivencia no esté condicionada por las subvenciones de las administraciones ni por la publicidad institucional, que ayuda económicamente pero afecta a la independencia en la opinión. Pero esto, en España, por ahora, no se da en la medida en la que sería deseable.

Deberemos dedicar alguna entrada más de esta serie sobre la prensa a esta cuestión.