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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Sky. Juan Ramón Jiménez y el cielo en inglés.


¿Es el mismo cielo, sky? ¡Cuántas cosas comienzan en el Diario de un poeta reciencasado (1916) de Juan Ramón Jiménez! Todo nuevo, como si se estrenara. En 1917 se publicaron dos libros fundacionales para la poesía en España: la primera edición de las Poesías completas de Antonio Machado y este Diario de un poeta reciencasado (1916).  Año fecundo donde los haya: desde ese momento la poesía española se preparaba para una época de esplendor. Mucho de lo que hoy pasa por innovador, por riesgo formal y por rupturista no llega ni de lejos a lo que supuso aquel año. Por eso me sonrío cuando leo o escucho estas afirmaciones entre poetas de hoy que ni siquiera conocen que hace cien años alguien se les adelantó y ellos no van más que al rebufo pero las usan alocadamente para refutarse unos a otros -es tanta la ignorancia soberbia- como los que se agreden con las palabras democracia o libertad en política. De estos dos libros derivan las mejores cotas de la poesía española hasta el presente.



¿Es el mismo cielo, sky? Juan Ramón Jiménez se había embarcado en un viaje físico para encontrarse con su esposa, Zenobia Camprubí, que se encontraba en los EE.UU., pero también -y sobre todo- en un viaje artístico. Dispuesto a profundizar en los elementos de la poesía de vanguardia busca su nueva voz poética y la halla precisamente en la misma búsqueda. Y llega a América y encuentra que el cielo ya no es cielo, sino sky. Los textos del Diario en los que juega con las palabras inglesas entre divertido y satírico, con los diferentes hábitos y paisajes -sobre todo con el urbano- son sustanciales para comprenderlo. Despojado del idioma, debe reiniciar la búsqueda porque es consciente de que es el lenguaje el que propicia el poema. A esta cuestión dedica el poema LX:

Como tu nombre es otro,
cielo, y su sentimiento
no es mío aún, aún no eres cielo.

El lenguaje y el sentimiento van unidos en el quehacer poético y arrastran al mismo objeto. Hasta el punto de que debe hacerse de nuevo el poema:

pues estoy aprendiendo
tu nombre, todavía...

Somos lenguaje. El idioma en el que hablamos configura nuestro pensamiento. No solo la manera de decirlo o de expresar nuestro sentimiento, sino el mismo pensamiento o lo que sentimos. Mayor labor aún para el poeta al que le costó hacerse con el cielo y ahora debe llegar a sky. El poema no es la poesía, sino su expresión o, mejor, la forma en la que la cercamos, sin llegar nunca a vencerla. De ahí que Bécquer hablará del lenguaje insuficiente o que Juan Ramón concibiera su obra como Obra en marcha.

martes, 25 de octubre de 2016

Dando patadas a las castañas locas


Para hacer esta fotografía pisé un montón de hojas. Al salir de clase me fijé en la tapia del Parral. Sobre ella caía esa rama como un flequillo despeinado. El otoño se ha quedado calmo. Camino del restaurante donde suelo comer, pisaba yo las hojas caídas. De vez en cuando daba patadas a las castañas locas. Hoy vamos a disfrutar, les he dicho a mis alumnos, vamos a asistir al nacimiento de la modernidad poética en la literatura española, así, como quien no quiere la cosa. Tocaba comenzar con Diario de un poeta recién casado (1916). Ya estaba todo: Rubén Darío había releído a Bécquer y entreveraba la tradición española, la clásica y lo francés con gotas americanas. Antonio Machado había entrado en juego y llegaba Juan Ramón Jiménez a buena hora con este diario poético que no me canso de releer cada año para preparar mis clases. Qué año 1917: Antonio Machado publica sus Poesías completas y Juan Ramón Jiménez el Diario de un poeta recién casado. Me hubiera gustado ser un joven poeta en ese año y abrir esos dos libros por vez primera, con su olor a papel y tinta. Estaba ya todo y estaba también este otoño, limpio después de las lluvias de los últimos días. Caminaba yo junto a la tapia del Parral, pisando las hojas caídas, dando patadas a las castañas locas. Había dejado unos minutos antes a Juan Ramón preparando el viaje a América -qué meter en esos baúles, qué libros- tras hablar por teléfono con Zenobia, entusiasmado ante el viaje en el que hallaría su voz lírica, a punto de regalarnos el broche de la modernidad. Y yo con las manos en los bolsillos, mirando el espectáculo de los árboles y los colores -verdes, marrones oscuros, marrones claros- de las hojas caídas en el suelo y el azul nítido del cielo. Dando, de vez en cuando, patadas a los frutos de los erizos abiertos de los castaños de indias. Como si el mundo acabara de limpiarse con las lluvias.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Siempre nos quedará la belleza de una rosa o cómo hablar de literatura en un jardín


Siempre nos quedará la belleza de una rosa. Sé que muchos no estarán de acuerdo, pero la belleza siempre salva y la belleza puede hallarse en cualquier lugar y en cualquier tiempo, en los lugares más pequeños, en los diminutos giros de los pétalos de una flor, por ejemplo. La belleza inesperada de una rosa.

El martes, cuando llegué a clase, les pedí a mis alumnos que se pusieran los abrigos. Salimos a pasear -a explorar, casi- el jardín central del antiguo Hospital Militar convertido ahora en Facultad universitaria. Tras unos años de cierto abandono, han comenzado algunas intervenciones para mejorarlo, pero no sé si eso le vendrá bien a este espacio. A mí me gusta esa sensación de jardín casi olvidado en el que los rosales crecen más allá de lo que suelen dejarlos las tijeras de podar, se encuentran piñas caídas en la pasada temporada, la fuente seca y algo desvencijada, la tierra de pinar en algunas zonas y las acículas que cubren una parte del césped: las agujas espirituales de los pinos.

Dimos un paseo y fui contándoles la historia del lugar y las diferentes especies que en él se hallan (castaños de indias, pinos, cedros, acacias, sauces, rosales...) y alguna más singular y extraña por estas tierras como el árbol del amor que en estas fechas parece haber sufrido una ruptura sentimental y está lánguido y macilento. Les hice reparar en los muchos gordolobos de las zonas no ajardinadas, algo tan frecuente que suele pasar desapercibido y que tiene toda la paciencia para ir ganando esbeltez desde la roseta basal inicial hasta las delicadas y maravillosas flores amarillas de su tallo, les hablé también de todos los usos que las personas han dado a esta planta tan común en nuestras tierras y tan hermosa. Ante el lauro recordé la costumbre de coronar de laurel a los poetas como si fueran antiguos héroes de las Olimpiadas y un humilde rosal silvestre me sirvió para hablarles del escaramujo y sus propiedades.

Como no podemos juzgar los espacios ni la historia solo por nuestro presente, comenté que espacios como ese supusieron un salto cualitativo en la medicina militar y en la atención a los enfermos, cosas que luego se aplicarían a la medicina civil. La misma concepción de un hospital como aquel hablaba de un tiempo en el que los arquitectos quisieron dotar de un espacio amable, natural, al complejo hospitalario. Tan diferente a lo que ocurrió con los hospitales de los años sesenta, torres con escasa calidad humana, o con los más modernos y eficaces actuales que se inventan ridículos jardines zen como mera decoración que nunca son pisados por los enfermos. Como si a los arquitectos -mejor, a los políticos que los contratan-, se les hubiera olvidado que el ser humano debe estar siempre en contacto con la naturaleza.

Cuando los pinos del jardín fueron plantados eran jóvenes los escritores modernistas, con los que hemos comenzado el curso y España andaba con esa cosa que nos llevó a una guerra con los Estados Unidos de América. Quizá algunos de los enfermos o los médicos, en sus ratos de ocio, leyeron a Antonio Machado sentados en los bancos del parque. O eso quiero yo imaginar. Ya eran un poco más grandes cuando Juan Ramón Jiménez modificó para siempre la poesía contemporánea española tras su viaje de recién casado. Y mucho más -aunque no tanto como ahora- cuando todo cambió hacia la sublevación militar y la guerra civil española, testimoniada en el jardín por la lápida de piedra a un soldado alemán fallecido en un accidente aéreo en los años de conflicto. ¿Llegaron hasta allí los ecos del último gesto de libertad de don Miguel de Unamuno, cuando pronunció, hace hoy ochenta años su famosa frase ante el alarde de violencia y sinrazón de los fascitas que ocupaban el claustro de la Universidad de Salamanca? Venceréis, pero no convenceréis.

Este curso que imparto arranca con los modernistas, con el impulso creciente hacia una nueva España más moderna, más abierta hacia el mundo, mejor, en definitiva. Pasa por las tensiones políticas y sociales que recorrieron toda Europa. Y termina con aquel espantoso baño de sangre que cerró de un portazo el mejor período de la moderna historia española. Por eso mismo, ahí están las rosas, la belleza de las rosas que siempre salva. Como cantaba Rubén Darío, botón de pensamiento que quiere ser la rosa. Haber tocado el poema hasta la rosa, decía Juan Ramón para explicar su no le toques ya más, que así es la rosa. La belleza insospechada de la rosa, buscada pero insospechada siempre cuando aparece, porque no por perseguirla se consigue. Como en estos días de octubre, en los que ha cambiado el tiempo y ya hace frío y hay que buscar el sol en las horas centrales del día pero ahí están los rosales llenos de botones, de rosas que se abren, de rosas ya deshojándose. Pero siempre bellas.

Volvimos al aula y allí, en vez de encender el ordenador y conectarlo a internet, como suelo, tomé un libro de una alumna y comentamos juntos la Sonata de otoño de Valle Inclán, esa sonata que ya vimos aquí hace tiempo y en la que Valle se juega el tipo con un magistral uso del lenguaje, parodiando inteligentemente la novela galante, la novela histórica, el género de las memorias y construye un monumento literario como hay pocos en nuestra literatura, en el que somos capaces de quedar atrapados por una persona tan poco recomendable como su protagonista. Qué grande Valle jugando con las palabras y resolviendo el complicado reto de que el protagonista diga una cosa y sus acciones vayan por otro sentido bien diferente y el lector asista a todo ello paladeando cada palabra.

lunes, 19 de octubre de 2015

Una rosa


Que una rosa es una rosa ya lo sabemos: lo dice hasta alguna canción pop. Que las rosas han tenido muchos significados gnósticos también y que los poetas la han cantado para simbolizar la belleza. Cansado de dar vueltas al poema de forma obsesiva, Juan Ramón Jiménez llegó a escribir como resumen de su concepto de la obra en marcha:

¡No le toques ya más,
que así es la rosa!

Es imposible competir con la belleza de una rosa, incluso aquella más salvaje y menos cultivada. Pero su belleza se debe a quien la mira. ¿O no? ¿Es parte del juego de atracción de los insectos polinizadores la belleza de la flor? Quizá los seres humanos solo sublimamos lo que ya está antes de que miremos la rosa. Nosotros mismos somos víctimas de ese cortejo que nos hace la  naturaleza. A lo mejor no somos tan interesantes como nos creemos y nos debemos limitar a contemplar lo que se nos regala. ¿Seríamos más felices?


sábado, 29 de noviembre de 2014

Como el mar en teléfono. Sobre lo no poético en la poesía y Juan Ramón Jiménez, con un suelto para los admiradores de Bukowski


Hoy a nadie sorprende la introducción en un poema de palabras tradicionalmente tenidas por no poéticas. Desde Charles Bukowski (tenido como el máximo poeta maldito del siglo XX y una especie de guía para muchos faltos de inspiración propia) hay una línea de la poesía que lo practica como norma. Hay tantos pequeños Bukowski hoy en día que en algunos círculos poéticos tienen consideración de plaga. Pero claro, Bukowski solo hubo uno y vivió cuando vivió, cuando sí era no convencional lo que él practicaba. Bukowski se estudia ya en todas las escuelas de escritura del mundo y en las Universidades anglosajonas y solo sorprende a aquel que no suele leer poesía contemporánea. A mí, cuando veo otro fiel practicante de su religión, que se fundó hace unas décadas, me produce aburrimiento. El original sigue soprendiendo más que cualquiera de ellos y a mí lo que me admira es la sorpresa de muchos a los que yo tenía por informados ante este tipo de obras. Es lo que suele ocurrir en el arte con tanta frecuencia: como aquellos que quieren vender como nuevo el enésimo cuadro rojo. Siempre habrá un museo de arte contemporáneo de provincias dispuesto a tener uno aunque sea una copia de una copia. Siempre habrá un círculo literario local que descubra a Bukowski como si sus libros se acabaran de editar cuando ya es un clásico. Como dijo Machado, deberíamos aprender a distinguir las voces de los ecos. Pero como nadie se preocupa de saber nada, hay demasiadas víctimas del postureo. Que eso es, al fin y al cabo, escribir un poema de esta manera y endosárnoslo como nuevo. Eso sí, a estas alturas que cada uno haga con su capa un sayo al escribir o al dejarse vender de matute como nuevo lo que ya es viejo.

Hasta el siglo XIX, palabras y conceptos no poéticos se prohibían en la poesía generalmente aceptada: quedaban reducidas a juegos de salón (eso eran, por ejemplo, las serranillas del marqués de Santillana que se recitaban entre amigotes aficionados a las letras en palacios y castillos del siglo XV) o taberna o a modalidades como la de escarnio, burla o sátira o que corrían en secreto como la poesía pornográfica, que siempre se ha practicado. El romanticismo comenzó a construir la figura del poeta maldito, que culminó a finales del siglo XIX. Y una de las condiciones de maldito era la de usar palabras o temas no poéticos en las poesías. No solo en la poesía: Dumas padre da entrada en la novela popular a las drogas, por ejemplo, con lo que un tema mal visto por la sociedad se introducía en las casas de la burguesía acomodada o era leído por cualquiera en el folletín del periódico del día. Está en los genes mismos de su origen: el movimiento tuvo carta de naturaleza con el suicidio de Werther en la obra de Goethe, no condenado moralmente. Hasta aquel momento, los suicidas estaban proscritos no solo de la vida moral sino también de la literatura. En La Celestina, el suicidio se Melibea solo es posible como ejemplo del mal amor. En el Quijote se nos enseña de medio lado el del pastor Grisóstomo en uno de los capítulos más sutilmente escritos por Cervantes.

El romántico trata de no ser convencional, de luchar contra una moralidad oficial heredada que no le gustan. Y lo hace, en la literatura, de este modo. Y esto ya no para.

Para aquellos que admiran a Bukowski precisamente por esto antes que por otras cosas que son más de admirar en él habría que recetar una lectura intensiva de la obra de muchos autores anteriores que hacen lo mismo: románticos, simbolistas, modernistas, vanguardistas, etc. Todavía hoy hay quien se sorprende al leer la modernidad de Lorca cuando introduce el tema de la droga, el de la homosexualidad y la violencia contracultural en Poeta en Nueva York, por ejemplo. Y ya le hubiera gustado a Bukowski firmar el guion de La edad de oro de Buñuel. No quito ni un ápice de su calidad a Bukowski con esto, solo les pido a sus seguidores que lean más antes de consagrarlo como el primero y el único. Bueno, que lean más en general.

La modernidad literaria en la poesía española nace definitivamente en Diario de un poeta reciéncasado (1916) de Juan Ramón Jiménez (tejido de todo lo que se gestaba desde Bécquer). Evidentemente, a JRJ no le atrae lo soez pero sí lo no poético. Es interesante confeccionar un listado de palabras no poéticas hasta ese momento que introduce JRJ en este poemario que todo aquel que quiera ser poeta debe leer para no descubrir América a estas alturas. No en vano se convirtió en el libro de cabecera de todos los jóvenes del futuro Grupo del 27.

Ya en el primer poema:

Madrid, 17 de enero de 1916.

   ¡Qué cerca ya del alma
lo que está tan inmensamente lejos
de las manos aún!

                                               Como una luz de estrella,
como una voz sin nombre
traída por el sueño, como el paso
de algún corcel remoto
que oímos, anhelantes,
el oído en la tierra;
como el mar en teléfono…

   Y se hace la vida
por dentro, con una luz inextinguible
de un día deleitoso
que brilla en otra parte.

   ¡Oh, qué dulce, qué dulce
verdad sin realidad aún, qué dulce!


Hoy no sorprende al lector encontrarse en el centro del poema la palabra teléfono, pero póngase en 1916. El teléfono era una palabra -y un objeto- no poético pero de radical modernidad. Se había inventado décadas antes pero aún no era de uso habitual ni mucho menos. Y Juan Ramón Jiménez la trae como núcleo de su poema. No solo para provocar una reacción en el lector tradicional al que le rechinaría esta palabra como la mezcla de notas no convencionales en la obra de Debussy. Evidentemente todos los lectores, en 1917 -cuando se editó el poemario-, se sorprendieron con esta palabra y la osadía de JRJ. A unos les provocaría rechazo a otros la admiración por un camino que se abría. Pero JRJ quiere hacer algo más con esta palabra no usual y radicalmente moderna. Da tanta importancia a la palabra que en ella hace recaer toda la clave del poema. Con Diario de un poeta reciencasado (1916), JRJ inaugura la modernidad descrita por Ortega y Gasset en La deshumanización del arte. Esta palabra, teléfono, contiene lo que Ortega llamaba el punto vital imprescindible que nos sirve para comprender humanamente el poema. JRJ acaba de hablar con Zenobia Camprubí para concretar los últimos detalles de su boda. Zenobia se encontraba en los Estados Unidos y Juan Ramón iniciaba su viaje para encontrarse con ella. Acababa de hablar por teléfono y un mar los separaba: como el mar en teléfono. De ahí el entusiasmo del poema: todo está próximo pero a la vez lejos, se adivina con certeza ilusionada pero aún no se tiene. Sabemos que JRJ usa este viaje para encontrar su voz poética basada en la depuración, en las tendencias deshumanizadoras y abstractas, en la eliminación de la anécdota, pero hasta él era humano y nos deja ese rastro de la conversación telefónica con la que se inicia el Diario.

Hoy ya no nos sorprende encontrar la palabra teléfono en un poema, como no nos sorprende hallar la palabra taxi desde que Luis García Montero escribiera aquel brillante endecasílabo: Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi. Como ya no es anticonvencional escribir el poema mil a lo Bukowski. No, búsquense nuevas maneras como ellos lo hicieron. Mientras tanto, distingamos las voces de los ecos y no nos dejemos vender materiales viejos como si fueran nuevos. Eso no es revolucionario ni anticonvencional, solo diversión entre amigotes.

viernes, 28 de octubre de 2011

El vídeo de Juan Ramón Jiménez.

Ha corrido la noticia del hallazgo de la única -hasta ahora- película en la que podemos ver, en movimiento, a Juan Ramón Jiménez, uno de los escritores más importantes en lengua española y que tanto influyó en la creación del lenguaje de la modernidad. Se ha desatado un júbilo enorme por la noticia.

A mí me ha llenado de tristeza pensar en lo poco que se cuida el patrimonio cultural español: han sido necesarios más de ochenta años para el rescate. Solo un consuelo: al menos, en este caso, el documento (interesante para documentar no solo al personaje sino también la época) no se ha perdido para siempre.


(Por cierto, ayer, día 28 de octubre fue el aniversario del nacimiento de Valle-Inclán.
Buen motivo para sumarte a la lectura de sus Sonatas que hacemos en este blog los jueves.)

martes, 22 de marzo de 2011

Puro mar


En el camino al descubrimiento poético, llega el momento de la esencia. Juan Ramón Jiménez ha conseguido su voz propia en este viaje iniciático poetizado en Diario de un poeta reciencasado (1916): el camino es la depuración de la poesía hasta dejarla en los elementos imprescindibles. No hay anéctoda que nos pueda apartar del goce estético: ya no es necesaria, aunque no se prescinda de lo vivido (se dejan las huellas justas que nos permiten reconstruirla, sobre todo por la condición de diario).

En el poemario hay una marina -explícitamente relacionada con la pintura como corresponde a este componente de la literatura moderna en la que se rompen las fronteras entre las artes- que lo anuncia:

CLVIII
8 de junio.
               
MAR DE PINTOR
(Al encausto y en dos mitades.)

Cuatro de la madrugada: Mar azul Prusia.
Cielo verde malaquita. –Emociones.-
   Seis de la mañana: Mar morado. Cielo gris.
-Sports.-
   Nueve de la mañana: -Lectura.-
   Una de la tarde: Mar de plata. Cielo rosa.
-Nostalgia.-
   Ocho de la tarde: Mar de hierro. Cielo gris.
-Pensamientos.-

Es un cuadro propio del impresionismo pero en el que se añaden gotas estilísticas de la época de Juan Ramón no exentas de humor (¡ese sports!), con las que se consigue dar un nuevo sentido a esa influencia.

Pero llega el momento de arrojar todo lo que sobra y quedarse tan solo con el mar como esencia, puro mar desnudo. El poeta puede ver al fin lo que ya estaba pero se le ocultaba:

CLIX
8 de junio.

                                ¡DESNUDO!

¡Desnudo ya, sin nada
más que su agua sin nada!
¡Nada ya más!

                               Éste es el mar.
¡Éste era el mar, oh amor desnudo!

Obsérvese el escaso número de palabras que necesita para contárnoslo y la importancia de ese radical presente absoluto que nos marca el adverbio ya. Palabras, además, tan cotidianas. Nada sobra en este poema. Nada falta.

lunes, 21 de marzo de 2011

Venus y la Trasatlántica


Parecería Juan Ramón Jiménez un poeta que huye del humor, tan habitual en la vanguardia. Pero no, aunque no lo frecuente como otros. En Diario de un poeta reciencasado (1916), del que ya hemos hablado, hay un texto que cumple con creces, aunque, claro está, aplicado al tema central del poemario, el de la relación del poeta con la creación poética y el hallazgo de la voz propia. Aquí se frustra por la inesperada y fea intervención del propio barco en el que va el poeta camino de Estados Unidos:

XXI
1 de febrero.
                              
VENUS
                                               A Alejandro Plana

   ¡Va a nacer también aquí y ahora! Vedlo. Nácares líquidos. Las sedas, las caricias, las gracias todas, hechas ola de espuma. ¡Ya!... ¡Allí… ¿no? ¿Será culpa del fraile?
   ¡Da ganas de llorar que el barco, ¡el oso este!, pese así, negro y sucio, sobre el agua, esa espalda de ternura! ¡A ver! ¡Que quiten de aquí el barco, que va a nacer Venus! -¿Y dónde lo ponemos? ¿Y dónde lo ponemos?-
   ¡Apolo, amigo sólo de la diosa, que vas mientras tocan aquí al rosario, con tu ramo grana –blanco en la aurora, de oro al mediodía-, a tu casa del poniente! ¡Apolo, amigo sólo mío; Venus murió sin nacer, por culpa de la Trasatlántica!

Basta la mención del nacimiento de Venus (obsérvese que en el texto se nos presenta como inminente en el tiempo y no como relatado y aplicado al género diarístico en el que se inserta el libro), tema tan frecuente en la literatura y en el arte, para que comprendamos todo el juego intertextual de estas líneas y la intención de Juan Ramón de superar todo lo dicho sobre el asunto antes con un recurso propio de la vanguardia. Usa, para ello, dos motivos centrales: el contraste de la belleza de la primera descripción con la fealdad del elemento inarmónico que imposibilita el encuentro con la belleza (en un divertido desdoblamiento entre la monstruosidad estética  y mecánica del barco-oso negro y sucio y  la moral tradicional que impide la desnudez de la diosa, con el fraile que reza el rosario -así no hay forma de nacer de la espuma del mar, por supuesto).

Apolo -dios protector de los poetas- se queda sin su diosa. Lo malo es que Juan Ramón no tenía forma, en ese viaje, de quitar de en medio el barco y sus rutinas que, seguro, le desasosegaban. Una forma divertida de contar la frustración del poeta.

miércoles, 16 de marzo de 2011

La oportunidad de un verso par



El Diario de un poeta recién casado (1916) de Juan Ramón Jiménez es un poemario central en la poesía española del siglo XX al que hay que volver para comprender gran parte de lo que pasó después. Como sabemos, tuvo un impacto decisivo  en la poesía española de vanguardia -especialmente en los por entonces jovencísimos miembros del grupo del 27, a los que tanto les costó superar su influjo-. El lector actual quizá no lo perciba, pero en este poemario está la consagración moderna de las lecciones que Juan Ramón aprendiera en Bécquer y Rubén Darío. Y su superación.

Diario artístico, férrea cohesión poética del conjunto, fragmentarismo, depuración, viaje simbólico en el que se poetiza el proceso del encuentro con una nueva voz poética, etc. Pero hoy, en clase, me ha llamado la atención la oportunidad de un verso de cuatro sílabas en uno de los poemas más certeros del poemario.  No fue un descubrimiento de Juan Ramón la introducción del ritmo par en una estrofa de ritmo impar. En esta silva evolucionada, de pronto, el lector halla un verso, cual mi frente. Hoy se nos ha endurecido el oído para la poesía, pero quien escuche de verdad el ritmo del poema percibirá que algo no encaja, que se salta de los versos impares (11, 7, 9 sílabas) a uno par (de 4). La advertencia del ritmo que desestabiliza el recitado esconde el secreto: a partir de él se aclara la comparación entre el mar y el poeta y el proceso de descubrimiento de la esencia poética. A Juan Ramón le han bastado cuatro sílabas para provocar el interés de quien sabe escuchar la música del poema:

XXIX
1 de febrero.

   En ti estás todo, mar, y sin embargo,
¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!

   Abierto en mil heridas, cada instante,
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.

   Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late y no lo siente…
¡Qué plenitud de soledad, mar solo!

Hay más juegos fonéticos en este poema que delatan su modernidad: la reproducción del ritmo del oleaje (paralelo al del proceso poético), el uso de palabras sencillas y cotidianas para expresar conceptos elevados y la suma de dos gerundios en un solo verso. Como sabemos, el gerundio es una forma verbal de la que huían los poetas por su cacofonía y por la dificultad en el empleo de su temporalidad (es una de las formas verbales que los hablantes usan con mayores problemas hoy en día). Dos, ni siquiera uno: bastaría ese verso  (besándose, apartándose) para definir gran parte del propósito de Juan Ramón en este poema.

lunes, 16 de febrero de 2009

Ramón y el microrrelato, con disolución de vanguardia


Ramón Gómez de la Serna es uno de esos autores que se han ido sin irse, que ya no están presentes en las lecturas habituales, de los que nadie compra en las librerías y de los que los jóvenes apenas conocen más que su nombre e ignoran la extensión y diversidad de su producción. A pesar de eso y de que aun hay cierto pudor a confesar que a uno le gusta su obra y la aprecia, Ramón ha ejercido una gran influencia en la literatura en español.

¿Estamos en condiciones de recuperar a Ramón? Recuperar es palabra que, en este caso, sobra. Sus textos están disponibles en papel, en ediciones críticas y populares, en Internet. No hace falta recuperar a Ramón sobre todo porque hay un tipo de autores que han entrado a saco en él desde siempre y en él se han inspirado, aunque no lo digan: Ramón es actual sobre todo en la obra de muchos que, sabiéndolo o no, lo imitan. Francisco Umbral, por ejemplo, lo reconocía, pero no otros, que prefieren adjudicar a autores ingleses o franceses lo que ven en Gómez de la Serna. Es un mal muy español éste, sobre todo si no nos quitamos los anteojos de mirar a los autores por su leyenda.

¿Podemos echar en cara a Ramón que no comprometiera su obra? Si lo hacemos (y tendríamos que matizar algunas cosas al respecto), que cada uno es libre de preferir un tipo de literatura u otra, que sea sin privarnos de la profundidad rebelde de su trabajo sobre la lengua poética.

El caso es que hoy, en clase, tocaba Ramón. Y les he avisado a mis alumnos de que quizá una sola greguería, su máxima creación pero no la única, podría explicar la esencia de la vanguardia como arte puro y deshumanizado: abstracción, juego, depuración, humor y metáfora.

Y luego me he detenido en varias, porque las hay de diferentes tipos. Algunas no pasan del chiste -Ramón hoy sería un humorista brillante en el monólogo- (Aquel tipo tenía un tic, pero le faltaba un tac: por eso no era reloj); otras son esencia lírica y nos dan, en una línea, más poesía que en libros completos de otros autores (El beso es hambre de inmortalidad) o condensación inteligente de una reflexión poética (Los haikai son telegramas poéticos); las hay que juegan con la fonética (Roncar es tomar ruidosamente sopa de sueño), con la etimología falsa y soñada de la palabra, descoyuntada y trasformada en otra cosa (Tragaldabas: parece un tragón de aldabones); en ocasiones, el guiño se establece con la forma de una letra (La B es el ama de cría del alfabeto) o proviene de la sinestesia (Las flores que no huelen son flores mudas) o la imagen plástica, porque también sería un bloguero excelente (La morcilla es un chorizo lúgubre).

Pero quizá sea bueno recordar, ahora que tan de moda están los microrrelatos, que la reinvención del género (que no su invención, que viene de mucho antes) se encuentra en varios autores contemporáneos y, en especial, en dos: Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna, pero que éste superó, con creces, al primero e influyó decisivamente en la formulación definitiva en el ámbito hispánico de la modalidad en Bioy Casares y Borges. Veamos dos, que podrían figurar en las mejores antologías:


Me comenzó a coser botones grandes para ojales chicos. Tuve que echarla.

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Se miraron de ventanilla a ventanilla en dos trenes que iban en dirección contraria, pero la fuerza del amor es tanta que de pronto los dos trenes comenzaron a correr en el mismo sentido.


De vez en cuando es bueno recordar que no hemos inventado la pólvora.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Los roles del deseo


Decía Gustavo Adolfo Bécquer que no importaba el deseo de la amada. Él, como casi todos los poetas hasta el siglo XX, buscaban la acción del que desea en el yo poético y no importaba la acción del que es deseado, porque así veían el impulso de la poesía: un camino hacia la creación que pocas veces llegaba con bien a término y, cuando lo hacía, era imposible de expresar.

En realidad, cuando hablaban de deseo o de amor, por mucho argumento sentimental que pusieran al asunto, reflexionaban sobre la creación poética y el poema: lo inasible de aquella y lo imperfecto de éste. En algunos, como el mismo Bécquer, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez, esta imperfección se convirtió en obsesión y reescribían esa reflexión en uno y otro poema, en casi todos sus poemarios. Es una de las líneas esenciales de la poesía.

Como debían expresarlo con historias -la abstracción comenzó a trabajarla Juan Ramón y facilitó a los poetas la posibilidad de hablar de la creación poética sin la metáfora amorosa que desviaba la lectura de muchos hacia la anécdota sentimental- muchos releen ahora sus poemas y los critican por no ser ideológicamente correctos para nuestro presente. Es cierto, pero esta carencia está más en el que lee que en el leído: es decir, en el deseo del lector presente de que todo se ajuste a sus principios ideológicos, lo que le frustra el placer de la recepción. Suele pasarnos en casi todos los aspectos de la vida si vamos con el deseo como dogma y prejuicio.

Ahora bien, dicen los psicólogos que solemos adoptar esos roles en el deseo: deseante y deseado. Aunque tendemos más a uno que a otro, a lo largo de la vida, cambiamos o deberíamos cambiar. Suele pasar que, cuando un deseante recalcitrante se encuentra con un no menos recalcitrante deseado, la pareja funciona para siempre, sea o no sano para ellos y para los que los rodean.

Lo malo (o lo bueno) es cuando la costumbre o la comodidad nos impiden el cambio y sólo uno de los dos evoluciona. Y, por ejemplo, el deseante se cansa de su rol, se lo quita, como se quita una chaqueta, y espera convertirse en deseado. Es como si se hubiera roto un contrato: tú estás obligado a ser deseante siempre, se le recrimina, ya no me quieres como antes. Ese día se vuelve hacia lo que tanto deseaba y lo ve pasivo. Quizá, entonces, debe cambiar de estética: pasar del neoplatonismo a la poesía de la experiencia o la conversacional, que le permiten tratar las cosas a pie de calle y con un distanciamiento irónico.

Entonces, donde vio un hermoso desmayo ve sólo comodidad y flojera. También puede suceder al contrario: el deseado se quita su hábito inmóvil y estira sus músculos. No te reconozco, me descolocas, ya no eres la misma persona, no me dejas quererte. Todo eso parte del dogmatismo y prejuicio con el que miramos, casi siempre, al otro, al que hemos etiquetado para aceptarlo. Es difícil encontrarse en el mismo nivel de deseo porque solemos afrontarlo con inmadurez, como casi todo lo de puertas a dentro.

Hablo de poesía, por supuesto.
.
[A todo esto, la foto está tomada en un escaparate con la imagen promocional del perfume Jasmin Noir. Lo más gracioso es que la imagen original es en blanco y negro y a mí me salió en azul: el color no fue buscado, el reflejo que lo atenúa, sí. Será cosa del deseo.]

miércoles, 30 de abril de 2008

La generosidad (Miguel Vivanco).

Todos los blogs de temática burgalesa que llevan unos meses de circulación han recibido la generosa aportación de Miguel Vivanco en sus comentarios. A mí, además, me ha querido hacer un regalo que, supongo, por mis compromisos de estos días, no he podido recibir en mano. Así que, en uno de los sobres plastificados y reciclables de correo interno de mi Universidad, me he encontrado ayer, martes, el folleto de la exposición colectiva Paisajes Políglotas, que estos días se organiza en el burgalés Consulado del Mar y en la que participa. Como ya se ha informado de esta exposición en Blogochentaburgos y Burgostecarios, sólo me queda animar a todos los que pasen por esta ciudad hasta el 7 de mayo, que acudan a verla.

Yo tengo que agradecerle otro gesto generoso: en el mismo sobre encontraba una nota de su puño y letra en la que afirmaba: "El día del libro es cualquier día", en lo que tiene toda la razón. Y, para demostrarlo, la acompañaba de dos regalos que hablan de su agudeza: dos volúmenes cuya elección es soprendente y acertada. Se trata de Tertulia de Madrid, del mexicano Alfonso Reyes, en edición de la Espasa-Calpe Argentina (Buenos Aires, 1949). Y Lecturas españolas, de Azorín, en edición de Thomas Nelson and Sons (Edimburgo, s.a.).

Digo sorprendente porque ya no se leen, lamentablemente, estas obras. En la primera, Reyes colecciona trabajos suyos sobre Azorín, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Galdós y Rubén Darío. Son artículos vividos, en los que se suma la experiencia personal con la finura en el análisis de la obra y estilo de estos autores. No es la filología que se hace ahora, pero quizá la que debamos hacer en el futuro.

En la segunda, que Azorín dedica a Larra, el escritor reúne artículos que reflexionan sobre el concepto de España (y de Castilla), el problema de España, como se decía, desde el siglo XVI hasta finales del XIX, porque estaba ya embarcado en la construcción de su concepto noventayochista de la historia cultural de su época. En este libro está el mejor Azorín. El final de su Epílogo en Castilla, fechado en Nebreda en marzo de 1912, le define (y nos define):

No saldrá España de su marasmo secular mientras no haya millares y millares de hombres ávidos de conocer y comprender.

Siento que el alicantino acertara.
Vivanco ha demostrado finura y olfato en el regalo. Me gustaría corresponderle. Vaya, desde aquí, hasta que pueda, mi abrazo.

lunes, 17 de marzo de 2008

El taller del artista

Un comentario de Bipolar a mi entrada de ayer, me ha hecho reflexionar sobre la importancia que damos al resultado último de las cosas. Ante un cuadro, una película, la interpretación magistral de una pieza al piano, nos emocionamos en exceso con el resultado final de la obra y debatimos a partir de ella. Es muy interesante constatar el camino que ha llevado a ese término: las horas delante del lienzo, la frustración de los fracasos, los dedos cansados de pulsar las teclas en búsqueda del ritmo adecuado, los tiempos muertos, la monotonía. El ejercicio. El esfuerzo: razón que hace a muchos abandonar estos caminos que pensaban fáciles.
El arte moderno, a partir de finales del siglo XIX, buscó en ese trabajo la propia obra. Hay autores en los que el proceso construye la clave de su poética, como Juan Ramón Jiménez, que la llamó obra en marcha y no la daba por terminada nunca, trabajando infatigable sobre todo lo escrito para ajustarlo nuevamente. Había precedentes, como los pintores barrocos que se retrataban en el proceso del trabajo (Velázquez, en Las Meninas) o el metateatro de muchas obras dramáticas, incluso Cervantes personaje dentro de El Quijote -en el prólogo al lector o en busca de la continuación del manuscrito en el mercado de Toledo- pero, a partir de las estéticas nuevas del siglo XX cada uno de los pasos en la construcción del arte se constituían en objetos artísticos: la improvisación, el fragmentarismo, la intertextualidad, la obra inacabada, todo el proceso (como en El sol del mebrillo de Víctor Erice). En muchas ocasiones, esta nueva mirada explicaba mejor la obra que el momento de poner el punto y final. Y era tan artística como ella. De eso saben mucho los mercaderes del arte, que ahora subastan a buen precio, los apuntes, los primeros manuscritos, la ropa sucia que el escultor usaba en su taller. En algunos casos se trata de arte, en otras es fetichismo puro. Perversiones, en ambos casos, diría un amigo mío.

Hoy sabemos que el proceso artístico es arte ya y cada una de sus fases importa. Por eso, cuando veo un cuadro en un caballete, también bajo la mirada para ver los trapos usados por el pintor.

viernes, 5 de octubre de 2007

Amor, literatura y agua.



Crono cortó los genitales a su padre Urano y los arrojó al mar. La cultura mediterránea, hasta nuestros días, ha girado siempre sobre las conflictivas relaciones paternofiliales. Matar al padre, se dice. Parece un rito de paso o de dominación y procreación, como dijo Freud en Totem y tabú. En el mundo académico es casi costumbrismo galdosiano. Urano despreció a sus propios hijos. A Crono, que se comió a los suyos para que no le destronaran, le apartaría del poder su hijo Zeus. En ambos casos, Gea y Rea, esposas y madres, tuvieron mucho que ver en la suerte final de estos padres problemáticos al ayudar a la revuelta de los hijos. Creo que todavía andamos en estos jaleos de padres, madres e hijos. Esas cosas tiene la mitología.

Crono terminaría arrojando los genitales de Urano al mar. Mecidos por el oleaje, de su deriva surgió una espuma blanca de la que nació Afrodita, doncella en su espléndida madurez, diosa del amor conocida por los romanos como Venus. El amor brota así, según el mito, de la mutilación del padre en un acto violento de venganza y reparación. Sobre el leve ondular que mece el agua del mar en las costas de Chipre. Qué violencia esconde el amor: juego de fauces y caricias.

¿Cómo contar la navegación del despojo de Urano sobre las aguas, inicio de todo?

El Centro de Mayores de Miranda de Ebro me ha pedido que, este año, mis expedicionarios, ya no tanto alumnos como amigos, les hablen de la presencia del agua en la literatura. Qué iniciativa tan buena es esta para todos y cómo ha quedado ya para nosotros unida al recuerdo de Carmen.

El agua es fuente en los rumores leves y simbólicos del modernismo primero de Antonio Machado pero también guarda, en la Laguna Negra, el sueño del padre y la tortura de los parricidas-de nuevo el padre y los hijos-. También fue símbolo sexual en las canciones que advertían a la doncella del peligro de acercarse a la ribera de un arroyo y rumor del misterio en la literatura popular. En Federico García Lorca ese peligro del amor se plasma en la gitana hilada de plata sobre el rostro del aljibe en el Romance sonámbulo. Los hombres, en tantos poemas y dramas, observaban ocultos y temblorosos de deseo y pecado el baño de la mujer. El agua simbolizó la muerte en los ríos con los que Jorge Manrique grabó una metáfora eterna en las Coplas a la muerte de su padre (nuevamente el hijo y el padre). A un río se arrojaron, atados voluntariamente, los amantes de un cuento de Rosa Chacel, para destrozarse mutuamente cuando llegó el ansia de aire, en un magnífico símbolo de la relación amorosa. El agua, tan presente en Claudio Rodríguez, era lluvia purificadora. El agua restalla en Juan Ramón Jiménez cuando descubre definitivamente su voz poética.

Agua lleva esta pequeña acequia que me vertebra en la incertidumbre y en el recuerdo desde hace casi un año.

Al final, como siempre, cenaremos en el barrio de las Huelgas.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

En el Delta del río Ebro. (Final.)

La vocación y destino del Ebro hace feraz esta plataforma que los siglos han construido para que nos asomemos al mar. Hay una explosión de muelle verdor en estas tierras que nos conducen al final del camino. Los hombres han aclimatado aquí el arroz y el limo acumulado premia el esfuerzo.


En Riumar casi se ha protegido la playa por entero de la colonización del ladrillo y por un momento creemos volver a décadas atrás, cuando todo era más asumible y la diversión no se había convertido en un parque temático organizado. Las duchas y los aseos están fuera, a más de cien metros de las dunas y las conchas se clavan en los pies acostumbrados a la arena limpiada por medios mecánicos de otros lugares. Aquí el viento ya no es de tierra sino de mar, de mar adentro, como corresponde a este pecho que nos regala el río sobre el agua.
Pero no es aquí donde me traía el viaje y por eso me embarco para navegar por los últimos quilómetros del Ebro y durante el breve viaje puedo ver las lagunas y los caprichos que por obra del tiempo, de la naturaleza y del hombre han ido cambiando este paraje vivo y en tránsito. El Delta, Deltebre, no es estático, sino mudable. Quizá mañana ya no lo encontremos y no podamos asistir a esta entrega del río en su final anunciado.
Allí, allí: aquellas olas y bancos de arena indican la auténtica desembocadura de esta lengua dulce sobre el colchón salado del mar.

Ése es el final de mi camino.

Juan Ramón Jiménez, en el Diario de un poeta reciencasado (1916) encontró el mar para descubrir su nueva voz poética y señalar el camino a una línea de la vanguardia lírica española que tanto personalizó en sí mismo.


Yo no aspiro a tanto: solo el mar, el mar solo. Y contemplarlo, en ese eterno conocerse y desconocerse que decía el poeta, para darme cuenta de por qué he llegado ante él, como el agua de este río que se entrega, pacífica y fértil, al mar. Pero yo, ¿desde dónde he venido y cuál ha sido mi caminar auténtico?