He aquí acerolas. Un poco más tarde de lo habitual. Había un cierto temor, ¿si no las encuentro? ¿Si este año será el primero sin acerolas? Pero ahí están, frutos humildes, de niñez de antes, buscando la pared al sol para las mañanas frías: ácidas y frescas, abriendo la puerta al otoño. Compré dos, tres, cuatro, cinco puñados. Más sabrosas que el año pasado, de los mismos árboles -los antiguos, los de hace años, ya no dan frutos, quemados por la erwinia amylovora, la bacteria que los destuye, muerto ya su dueño también-. Poda poco, me dijo el año pasado el que ha tomado el relevo del puesto de la calle de la Mantería, poda poco, no hieras al árbol. Quién sabe si así. Un año más, ahí están, las acerolas. Un poco más tarde, pero ya han alegrado la mesa de la casa y quien entra en ella, sonríe: ¡acerolas, acerolas, como cuando niño y las tardes se acortaban!
Las manos son balanzas: puñados de acerolas. Hay otoño, este año también hay otoño.

