En su última novela, Otras islas (RBA, 2009), en la que el conflicto personal se ambienta en la España de la corrupción de finales del siglo XX, se halla un excelente párrafo que conecta la infancia con el presente del protagonista y que resumen en pocas líneas toda su vida:
Al cabo de unos minutos el niño entró en el agua, presentando el pecho al mar. La violencia de la espuma le cegó los ojos. Los revolcones de la olas hicieron transcurrir los años. Sumergido en el fragor de la marea no vio pasar el torbellino del tiempo. Cuando salió del agua sus pies dejaron una huella de adolescente en la arena. Años después dejaron una huella de hombre adulto. Cambiaron muchas cosas. Sólo el mar no había cambiado.
Hay quien sostiene que sólo cambia lo superficial en nuestras vidas: las circunstancias. Pero que, en el fondo, seguimos siendo aquel niño. No sé si es así. No sé si es así en todos o sólo en los que poseen un alto grado de reflexión y memoria. Yo sólo sé que el tiempo ha pasado demasiado rápido, como le ha sucedido al niño de la novela de Manuel de Lope, para quien sus padres quedaron fijados en una estampa veraniega mientras él sufría los revolcones de las olas del mar. Quizá la vida sea sólo eso: una sucesión de olas golpeando nuestro cuerpo contra la arena de la playa en la que, de vez en cuando, dejamos una ligera huella. Cuando nos llega la hora de hacer balance, todo lo que hay en el medio puede difuminarse tanto que no sabemos cómo explicarlo.
Yo ni siquiera recuerdo el hilo de las cosas que explican cómo he llegado hasta aquí después de aquel día en el que soñaba goles imposibles con el equipo de mi barrio: quizá un puñado de fotografías que van quedando amarillas.
