Descorchamos el benjamín de cava y lo repartimos en dos vasos. Manolo y yo brindamos por su cumpleaños mirando hacia el círculo de Hoya Moros. A nuestra espalda, La Ceja y delante el Paso del Diablo y los Dos Hermanitos, un poco a la derecha Peña Negra, jugando con el pantano. Habíamos acampado para comer en unas peñas libres de nieve en el suave descenso hacia Hoya Moros, tras llegar allí desde El Calvitero. Cumplimos todos los ritos, sobre todo el que manda brindar por nosotros, por los presentes, para celebrar la vida cuando se disfruta. Porque todo lo otro se quedó abajo, en los primeros pasos del ascenso.
Manolo abrió varias de las rutas de escalada en aquella zona hace años, con amigos suyos, y me fue desgranando los nombres de cada una de las peñas y accidentes y las anécdotas que vivió en esos lugares. No conozco más fiel memoria que las de los montañeros auténticos, que no suelen inventarse nada ni agrandar lo vivido. Todo lo contrario, suelen quitar importancia a sus logros, como haber sido los primeros en trepar por una de aquellas peñas que nos rodeaban cuando no había materiales de escalada como los que ahora usamos. Las montañas nos dan la dimensión exacta de lo que somos porque ellas seguirán cuando de nosotros no quede memoria.
- Por allí se baja a la Dehesa de Candelario. Aquellas últimas estribaciones del fondo ya son Portugal.
Pero Manolo, que me ha enseñado casi todo lo que sé de montaña, y yo comprendemos que a la sierra no le importa un pimiento que aquello sea Portugal ni esto España. Y que estará allí cuando no quede recuerdo de los nombres de estas fronteras.
Yo venía de la niebla. Mi ciudad llevaba varios días bajo ella y el humor se me había agriado. Pero ese día vi amanecer dos veces. Abajo, al salir al encuentro con Manolo, y cuando el sol se levantó por la peña del Travieso, rápido, como si le urgiera indicarnos el camino. Ya en la segunda plataforma se me había vuelto la sonrisa al rostro.
En Hoya Moros hubo un momento en el que el viento se paró y se impuso el silencio. Quien lo ha vivido sabe de lo que hablo. Son segundos en los que la extrañeza inicial da paso a una mirada recogida hacia adentro, hacia muy adentro: a la línea del horizonte en el que se juntan los territorios donde tú no estás ni podrás estar nunca aunque lo anheles y el campo en el que tú solo has podido entrar tras tirar abajo todos tus tabiques, a veces a patadas, a veces con ese dolor tan profundo que parece que va a matarte, a veces con la suavidad de una caricia. Cuando consigues salir del ensimismamiento, comprendes exactamente que todo se ha hecho presente y que allá arriba ya solo deben preocuparte tres cosas: no olvidar nada de lo que trajiste, no ser un lastre para tu compañero y no dejar nunca desamparado a quien subió contigo.
El sol, al ponerse, cerraba un día en el que nos había brindado algunos de los secretos más fáciles de comprender y que, precisamente por eso, a veces no vemos.
Estas cinco últimas fotos son de Manolo Casadiego.
Nadie mejor que él para fotografiar una puesta de sol en esas montañas.













