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viernes, 11 de mayo de 2018

Una reseña secreta: De nómadas y guerreros de Elías Moro.



Con las obras de Elías Moro (Madrid, 1959) tengo el mismo problema que cuando descubro un paisaje que me conmociona, un restaurante en el que se come bien y a buen precio en un ambiente confortable o un hotel con encanto de verdad más allá de la mera publicidad. Tengo la sensación de que aquello lo conoce menos gente de lo que merece y el pensamiento de guardarme para mí ese descubrimiento, no contarlo para que no se contamine o se distorsione, pero finalmente cedo a la tentación de decírselo en voz baja a los amigos: te aconsejo que vayas, pero no se lo digas a nadie, no se nos vaya a echar a perder.

Elías Moro, del que ya hemos hablado en este blog, aún en las obras que muchos podrían considerar menores tiene más literatura y poesía de la que les parecería a primera vista a los que no solo leen por la apariencia y siempre más calidad que la mayor parte de los que hacen ruido y ocupan los espacios culturales en internet y en los medios de comunicación tradicionales. No es solo que sepa llevar el sombrero como ningún otro escritor en España hoy sino que debajo de ese sombro hay un poeta pleno y lo demuestra continuamente en poemas, microrrelatos, pensamientos y aforismos. Parece que publica poco pero uno mira la lista bibliográfica de su obra y se da cuenta de la extensión y coherencia de toda ella. Lo que está claro es que Elías Moro no publica por publicar.

Siempre me ha pasado todo lo dicho con sus libros pero ha sido más intenso con De nómadas y guerreros (Le Tour, 2018) y solo cedo a la tentación de la reseña por cariño a Mario Quintana, su editor, que poco a poco va levantando un catálogo envidiable y que se acaba de meter a librero abriendo La selva dentro en Mérida, que ya es locura en los tiempos que corren.

El autor ha confesado las fuentes de partida de De nómadas y guerreros que, según parece, llevaba unos años en el cajón sin dar el salto al papel: Estampas de ultramar de Aníbal Núñez y la Antología de poesía primitiva de Ernesto Cardenal. Al primero había dedicado una serie de doce entradas en su blog, lo que permite al lector curioso seguir un rastro literario siempre de interés. Se entenderá mejor si se presta atención a la primera, publicada el 14 de enero de 2012. Ambas fuentes aclaran mucho de la propuesta que hallamos en el poemario.

En este libro, Elías escribe como si el mundo estuviera por descubrir, por trazar los mapas y los estudios antropológicos necesarios para comprender especialmente a aquellos individuos que se enfrentaron con el tipo de riesgos que esperan a quien vive en contacto permanente con la naturaleza. Estas voces y estos seres poetizados son parte de una comunidad pero se nos presentan en su calidad de individuos, personas que resumen la vida de esas comunidades a las que pertenecen pero que están en la primera línea, casi siempre solos, y solos deben afrontar el mundo a partir de las experiencias colectivas que han llegado hasta ellos: hay un masai, un papú, un samurai, un tártaro, un tuareg, un indígena americano, un pirata, etc. Son seres en continuo movimiento, que habitan la débil línea que hubo siempre entre la civilización y la naturaleza, el choque entre culturas y el riesgo físico y moral, que sobrellevan con la dignidad de quien no espera más ayuda que la propia. No siempre son ejemplo de lo que nuestra civilización entiende como moral, por supuesto: su vida es otra y su comportamiento no se ajusta a nuestras reglas:

Aunque ella lo ignora todavía,
navego, firme el timón,
a destruir Maracaibo.

Por eso mismo, cuando el mongol se sienta ante la televisión traiciona todo lo que le ha traído hasta el presente:

Ahora la televisión le confunde
y ha olvidado su memoria.

El estilo de este libro se aproxima a esos cantos primitivos que se decían ante la hoguera, al terminar el día celebrando estar vivos aún, el ritmo es propio de esos cantos.

Solo hay un texto que contradice y suspende lo anterior, precisamente por el carácter de quien lo protagoniza, Roles del cobarde, que no sale bien parado en su actitud ante la vida, en la que ni siquiera arriesga nada:

El que merienda café con bollos mientras firma sentencias de muerte y acaricia después el rostro de su nieta.

Finalmente, el último poema del libro (Museo de cera), que podría entenderse inicialmente como la explicación del volumen entero en el sentido de que el poeta ha entrado en uno de esos museos en los que se reproduce con mejor o peor habilidad efigies costumbristas (nuestra época ha terminado ya con este tipo de comunidades y los muestra como curiosidad museística), nos pone ante un espejo moral en el que quizá seamos nosotros los que hemos sido modelados en cera y no los protagonistas de cada uno de los textos.

Siempre que vean un libro firmado por Elías Moro, léanlo. Pero, ya saben, no se lo cuenten a nadie, no se nos vaya a echar a perder.

lunes, 10 de octubre de 2016

hay un rastro. Elías Moro


La colección de poesía Luna de Poniente de la editorial extremeña de la luna libros llegó en el mes de marzo del año pasado a la Z, que marcaba el final del proyecto dirigido por Elías Moro y Marino González Montero. Veintisiete volúmenes, cada uno correspondiente a una letra del abecedario, repartidos entre autores extremeños o relacionados con Extremadura. Se equivocará quien piense que se trata de un proyecto local y basta la relación de autores y títulos para sacar de ese error a cualquiera.

Cierra la colección uno de sus directores, Elías Moro (Madrid, 1959), poeta de pocos pero sólidos títulos y de una prosa tan atractiva e ingeniosa como la que hallamos en El juego de la taba (título también del recomendable  blog que mantiene desde el 2010) y sus impagables morerías. Y es un broche de oro para un proyecto tan acertado como éste.

hay un rastro ha tenido menos eco del que se merecía, tras las reseñas publicadas las semanas siguientes a que viera la luz. Es un poemario directo, contundente y necesario en el que se canta el sufrimiento y la muerte de tantos ante la barbarie criminal de los totalitarismos y, sobre todo, una denuncia dolorida pero clara del injusto silencio que cae sobre las víctimas en una doble muerte a la que son condenados por los que se declaran vencedores de las guerras. Su tono tiene varios registros, lo que es un acierto, desde el lírico hasta el más seco de la denuncia, pero conserva una fuerte unidad en todo el poemario gracias a su estructura y algunos recursos como la falta de puntos en los poemas y el estilo.

Se divide el volumen en seis secciones. La primera, Hay un rastro, nos muestra a la naturaleza entera sobrecogida por el dolor causado por el acto criminal de los fusilamientos y los cuerpos arrojados en fosas comunes o abandonados a su suerte en el campo. Asistimos a la violencia a través de sus repercusiones en los animales o en las plantas, con lo que se crea un ambiente que altera el orden natural de las cosas y un desasosiego que será necesario remediar (Ahora todo está invadido/ por hondas pisadas/ de un dolor reciente, inédito,/ al pie de los árboles quebrados/ que lloran una savia atroz/ a causa de las detonaciones/ y los gritos) para corregir el olvido y el sucio silencio que cae sobre las cosas. En la segunda, Interludio animal, serán los cuervos, las moscardas o los gusanos los que definan los momentos siguientes a la conmoción.  En la tercera, Tiro de gracia, nos hallamos ante los que dieron fríamente las órdenes que llevaron a la muerte a miles de personas, sentados en sus despachos y contiene uno de los poemas más dolorosamente líricos (astillas ya tan solo/ del cuerpo/ en donde ardían). El poeta define el acto: ¿Qué épica, qué gloria hay/ en matar a un hombre indefenso?/ si cruzas esa línea/ no hay retorno. La cuarta sección se titula Derrota y hambre y cuenta las consecuencias de la derrota, sobre todo el imperio del miedo (el miedo se hizo presente/ y habitó ente nosotros) y las penurias (En el tiempo gris de las derrotas/ el hambre se siente como en casa).

La quinta selección, Trilogía de los trenes tristes, eleva el tono y universaliza el mensaje a través de los extraordinarios poemas -auténticas elegías a los perdedores de todas las guerras contra las ideologías totalitarias- dedicados a Bohumil Hrabal, Stefan Zweig y Primo Levi. Estos nombres -la biografía de los tres y lo que significan- se suman al ramillete de autores citados para componer un marco de referencia (Ángel Petisme, Franz Kafka o un verso de la canción popular mexicana La llorona).

La última de las secciones, Los muertos hablan, contiene un giro en la voz poética: el poeta se la cede a los asesinados, a los que esperan en sus fosas dejar algún diá de ser huesos anónimos. Comienza con unos versos sobrecogedores en cómputo silábico creciente:

He aquí el pudridero de la piedad,
el ceniciento osario de la esperanza,
el túmulo cuyo nombre no se pronuncia.

El poeta recupera la voz en el poema final (o fragmento, porque, en realidad, excepto las secciones que sirven como paréntesis, el poemario es un largo y único poema fragmentado), en el que da las claves de su tono y su perspectiva:

Siento piedad por los perdidos

por los insepultos sin respeto
en el filo de la existencia
y los errantes sin rumbo,
por los muertos en vida
sin tener dónde caerse muertos,
por los desaparecidos una noche
en algún abismo de abandono,
por el desterrado sin misericordia
del paraíso de otro cuerpo

Elías Moro ha escrito uno de los mejores libros poéticos que yo haya leído sobre las víctimas de la violencia totalitaria, los muertos que sufren dos crímenes (la primera vez con la muerte física, la segunda con la desaparición de sus cuerpos y el decreto de su olvido). Y sería injusto que su eco no se prolongara más allá y permaneciera.

domingo, 15 de mayo de 2016

Elogio de la lectura de Elías Moro Cuéllar: ¡Desenfunda, forastero!


Con motivo de la celebración del Día Mundial del Libro, la Junta de Extremadura encargó el Elogio de la lectura de este año a Elías Moro Cuéllar dentro del Plan de Fomento de la Lectura. Quienes conocemos a Elías Moro alabamos su escritura (ha publicado poesía, relatos breves, diarios, misceláneas y aforismos y es autor de un más que recomendable blog, El juego de la taba) pero también su elegancia, su forma de ser y su actitud ante la vida. Estar junto a Elías Moro es sentirse bien, sobre todo. Me debo reseña de dos de sus últimos libros, hay un rastro y Morerías, ambos del 2015, pero no quería dejar pasar este elogio suyo a la lectura que me remitió tras pronunciarlo el pasado 23 de abril, ¡Desenfunda, forastero!

Me he sentido plenamente identificado con el autor en todo lo que dice cuando afirma que antes que reconocerse como escritor se reconoce como lector: fervoroso, impenitente, caprichoso, vago, pasional, infiel, desordenado... Ve la lectura como una forma de enfrentarse al mundo en las mejores condiciones y más:

La lectura es un hecho transgresor, rebelde, un acto, aparentemente pasivo, que sin embargo lleva implícito una gran valentía: la de la búsqueda en vez de la aceptación, la de osar antes que la de rendirse, la del querer saber frente a ese permanecer en la ignorancia que nos empobrece como personas. Leer, por tanto, no es sólo instrucción, conocimiento; también la otra cara de la realidad, esa que, tantas veces dura y terrible, se nos oculta por espurios intereses y a la que sólo se consigue acceder con la imaginación y el sueño. Y es que mientras se lee tenemos la aspiración de ser otro nuevo y distinto, acaso, y llevando al extremo tal anhelo, de ser uno mismo de otra manera.

Coincido con él en mi peripecia como lector (tebeos primero, luego novelas de quiosco, sobre todo del oeste -de ahí el título de su elogio- para pasar de forma desordenada a novelas de aventura y otras de mayor fuste). Nos habla Moro de su deslumbramiento ante la Ilíada y la Odisea de Homero y el descubrimiento de la poesía gracias a Machacho, Bécquer, Neruda... y termina, como no puede ser menos, con el elogio a quien decide salir al mundo a enmendarlo tras perder el seso por la lectura:

¡Bendita locura ésta de la lectura: nunca olvidéis que Don Quijote, aquel loco maravilloso, desfacedor de entuertos, paladín de damas en apuros, sostén del afligido, luchador incansable contra la injusticia y la crueldad, muere cuando recobra la razón y deja de serlo!

Hagamos caso a Elías Moro, leamos para salir al mundo mejor pertrechados y soñar que somos otros o los mismos, pero mejores. Yo no conozco otra forma para ser plenamente cada día.