En Uncastillo, cuando el cólera de los siglos XVIII y XIX, los habitantes encalaban los marcos de los vanos de las casas para evitar que la enfermedad entrara en ellas. Aparecen así los edificios con los ojos y las bocas pintadas mirándonos asombrados, mientras unos topes de madera, artesanales pero eficaces, impiden que la fábrica se venga abajo. En un ingenioso alarde de burla a la ley, que imponía impuestos por superficie medida al nivel del suelo y que obligaba a una distancia mínima en las calles que permitiera el paso a los carros de ruedas grandes, las fachadas se ensanchan en el primer piso y sobresalen de la planta baja en una arriesgada curvatura. Esa prominente barriga, que tira el peso hacia afuera, se contrarresta con el sistema de vigas que se ve en la imagen. Como si al coser, la costurera se hubiera dejado olvidada la aguja en la última puntada.
El inventor del sistema no ganó nunca un premio de arquitectura, pero solucionó un problema, a diferencia de nuestros premiados arquitectos de hoy, que los crean. La sabiduría popular que encaló puertas y ventanas sólo calmó la ansiedad y el miedo. ¿Qué encalamos hoy nosotros en nuestros miedos?
Arriba, en el voladizo, anidan los ruidosos vencejos y las golondrinas, como en la época del cólera. Igual que cuando el miedo hacía rostros de asombro en estas casas.