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miércoles, 4 de septiembre de 2013

La fuerza del humor. Revistas satíricas del siglo XIX


Esta excelente exposición organizada por la Fundación Joaquín Díaz para la Fundación Municipal de Cultura de Valladolid (La fuerza del humor. Revistas satíricas del siglo XIX. Sala Municipal de Exposiciones de la Casa Revilla, hasta el 4 de noviembre), con oportunos textos coordinados por el profesor Salvador García Castañeda que ayudan a contextualizar las imágenes, montada a partir de la Colección Martínez-Leis, muestra una selección de grabados de algunas de las revistas satíricas españolas más importantes de la segunda mitad del siglo XIX.

La prensa satírica española de aquel siglo tuvo una gran fuerza e impacto social y con su producción podrían  -deberían- organizarse decenas de exposiciones como esta, temática y generales, todas ellas interesantes y con más actualidad de lo que podría parecer. Era una forma de expresión más de los conflictos políticos y no paraba en nada a la hora del ataque al contrario, al que se caricaturizaba para resaltar todos los defectos y al que se presenataba en situaciones que lo rebajaban, animalizaban o degradaba. La mayoría de los grabados expuestos aquí son parte de la conflictividad desatada por el desastroso final del reinado de Isabel II, la Revolución de 1868, la I República y su final que daría paso a la Restauración. En ellos vemos a los políticos -y a la misma Reina- disputándose las prebendas, a los candidatos al trono de España presentando groseramente sus candidaturas, a todos olvidando los principios ideológicos y trapicheando dejando a un lado los intereses nacionales. Las caricaturas nos los presentan como seres ambiciosos, egoístas, corruptos y con comportamientos ridículamente infantiles. Las personalidades más atacadas son la Reina y su hijo, el futuro Alfonso XII, el componedor Sagasta y el general Serrano, hábil estratega de sí mismo.

Hoy no está bien vista la sátira. Hay quien piensa que es propia de países poco refinados y alaban, en su lugar, el humor inteligente, el humor blando o el humor que permite evadirse de la realidad. Es tanta la evasión de la realidad que busca el público que acude al humor -o al cine o al teatro o a la literatura- que el país entero se ha ido de la realidad y permite que sus políticos sean los únicos que están bien instalados en ella y no la suelten. De hecho, una de las especialidades en crecimiento continuo son los monólogos en los que los cómicos de pie o de taburete hablan en exclusiva de relaciones personales siempre derivadas en nuevas revisiones de los viejos enfrentamientos entre hombres y mujeres, de problemas generacionales o de las tribus urbanas. En España también se ha puesto de moda un tipo de humor que juega con el absurdo mezclado con expresiones locales, como el humor manchego. Cada tipo de humor tiene su momento, por supuesto, pero llama poderosamente la atención la práctica desaparición del humor satírico -dejado casi en exclusiva para El Jueves- y que cuando alguien amaga con él, se le vea como algo impropio y censurable. El humor satírico se caracteriza por el ataque personal a las grandes figuras políticas del momento para dejar en evidencia, entre otras cosas, que el rey está desnudo. Y uno, en estos momentos, lo echa de menos. Por lo menos en unas pocas dosis.

martes, 17 de abril de 2012

Los gobernantes cutres

Uno de los problemas que tienen los gobernantes actuales es la publicidad de sus comportamientos personales. Cuando no existe la información, predomina la propaganda: todos los gobernantes del pasado han usado el perverso juego de crear una imagen de sí mismos que casi nunca correspondía a la realidad. Dictadores que se enriquecían en el gobierno dotaban a sus gestos la falsa apariencia de la bondad y entrega a sus pueblos, con los que practicaban la caridad en el reparto de las migajas; otros que apenas trabajaban por el bien común propagaban a los cuatro vientos la imagen de la luz del despacho siempre encendida y visible desde la calle. Los ha habido que cuidaban una imagen pública de moralidad y severidad mientras en su vida privada eran todo lo contrario; quienes en sus discursos insistían en la rectitud mientras caían en el nepotismo y la corrupción. La información siempre es uno de los barómetros más importantes de la democracia. Es un derecho del ciudadano, que debe sospechar de aquellos que no practican la saludable costumbre de la trasparencia.

Los gobernantes, incluso aquellos que más han deseado pasar a la historia como líderes ejemplares de sus naciones, vistos de cerca son tan humanos como el resto de los mortales. Precisamente, vistos de cerca resaltan en ellos los comportamientos más cutres del ser humano por su afán de grandilocuencia, aquellos que más hipócritas nos los presentan a los gobernados. Suele ocurrir que los que se nos muestran en pose de estatua son aquellos que más han metido la mano en la caja común y que más han dictado leyes en beneficio propio o de los intereses que les sostienen en el poder o que con mano más despiadada han firmado condenas de muerte. Basta con que pensemos que el rey está desnudo. Porque lo está. Pero para ello debemos aprender a distinguir entre la propaganda los hilos de la verdadera información y apostar por los medios de comunicación que nos los hacen llegar. De ahí la relevancia del ejercicio del periodismo en el mundo actual y de que los que los consumen lo hagan de forma crítica, como verdaderos ciudadanos y no como súbditos.

domingo, 1 de abril de 2012

Einstein tenía razón


Ha dimitido el responsable de OPERA que anunció los resultados de un experimento que demostraba que los neutrinos viajaban a mayor velocidad que la luz, lo que, de haber resultado cierto, hubiera echado abajo la teoría de la relatividad de Einstein. Eso es lo que hemos leído en los mismos periódicos que hace unos meses daban todo el crédito a los resultados de dicho experimento. En realidad, todo es menos contundente: cuando se dieron a conocer los resultados ya se avisó de que tenían que contrastarse. Además, fueron recibidos con mucho escepticismo por la comunidad científica más relevante como, por otra parte, es obligación de la comunidad científica más relevante.

Los medios de comunicación necesitan noticias sensacionalistas. Muchos científicos lo saben y, a la hora de dar a conocer los resultados de sus investigaciones o el mero proyecto, procuran dar margen al espectáculo para poder llegar a las ansiadas primeras páginas que les garanticen la financiación de los años siguientes. Yo he oído a algunos compañeros de área -la historia de la literatura tiene la ventaja de que a pocas personas interesa de verdad y que de sus mentiras parece que no se muere nadie- decir auténticas majaderías para poder salir, al día siguiente, en la prensa. Algunos no saben controlar el ruido mediático, no están preparados para ello: más en materias muy sensibles. Y aunque no afirmen lo que los medios de comunicación dicen que afirmaron, ya no son dueños de las palabras que dijeron en la rueda de prensa. Todo es espéctaculo.

Aunque parece ser que no es el caso -puesto que aquí se inició inmediatamente una comprobación interna que ha demostrado los fallos técnicos del experimento inicial-, algunos científicos se han visto atrapados en una espiral de mentiras: la primera, que les condujo a cobrar cierto renombre y conseguir una financiación a sus proyectos, les llevó a la segunda y esta a las siguientes, hasta que alguien, de su equipo o de otros, les desmonta todo el tinglado y el edificio se viene abajo con una facilidad que sorprende dado el vigor de algunas construcciones. Hay en juego vanidad y dinero. En otros casos no ocurre esto. En los medios de comunicación faltan verdaderos periodistas especializados en la ciencia -o en el teatro, la música, la medicina, etc.-, faltaban en los tiempos en los que el dinero sobraba, faltan más en los que el dinero escasea. Y casi siempre prima la rutina o la línea editorial que exige que la realidad no estrope un buen titular.

A todos los que hemos estado delante de un grupo de periodistas nos ha pasado, en mayor o menor medida, con más o menos incidencia, lo mismo: la afirmación más chusca, emitida como broma para hacernos más próxima, acaba siendo el titular de una conferencia que iba de otra cosa o con otros matices. Aun recuerdo el pánico de algunos responsables politicos de segundo o tercer orden que, ante la ausencia de sus jefes directos, se vieron en la circunstancia de hablar ante un auditorio en el que se encontraban periodistas para dar cuenta de la inauguración de un acto científico que incluía rueda de prensa. Sabían que cualquier desliz les podía costar un disgusto. No siempre, por suerte: aun quedan periodistas serios y medios de comunicación con la suficiente ética como para no jugar con las palabras en cuestiones alejadas de la política. Lo difícil es que se den las dos cosas a la vez.

Así que ahora Einstein ha resucitado. En ciencia, el vigor de una teoría como la de la relatividad durante más de cien años es algo maravilloso. Quizá llegue el momento de superarla, porque en la ciencia pocas teorías duran para siempre, pero por ahora no. Einstein tenía razón. Lo han dicho los periódicos, los mismos que hoy pueden sesgar la información de cualquier avance científico que se haya dado de verdad. Pero a quién le importa.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Abercrombie & Fitch o cómo ha cambiado todo.

La apertura en Madrid de una de las tiendas de la cadena norteamericana Abercrombie & Fitch ha desencadenado la esperada polémica -fomentada por la empresa por razones publicitarias- sobre la poca ropa de los dependientes que atienden a los compradores, pero también una queja de los periodistas especializados de los grandes medios de comunicación puesto que no se les ha dejado acceder de forma prioritaria al local. Su queja aumenta cuando critican que sí se haya permitido la entrada previa a los autores de blogs más importantes sobre moda en España. Todavía recuerdo -no fue hace tanto tiempo- cuando la situación era la inversa: en ningún acto -cultural, político, social- se permitía la entrada a los autores de blogs, por muy importantes que fueran y los organizadores buscaban, con ridícula ansiedad, la presencia de los fotógrafos y las cámaras de los medios de comunicación tradicionales: nada mejor que el acto fuera recogido el domingo por el periódico local. Han cambiado tanto los tiempos que aquellos editores de periódicos que negaban cualquier interés a la red ahora se afanan en corregir su ceguera de estos años. Algunos, me temo, llegan demasiado tarde puesto que su espacio en Internet ha sido ya ocupado. De que los dependientes sean modelos con poca ropa hablaremos otro día, que este no es un espacio financiado por esta empresa de ropa.

domingo, 17 de julio de 2011

Murdoch y la punta del iceberg


El escándalo de las escuchas ilegales de News of the World ha puesto en serios problemas a Murdoch, dueño de uno de los imperios de medios de comunicación más extensos e influyentes del mundo, que se gestó en la prensa diaria -sobre todo en el formato de los tabloides británicos en los que se buscaba el sensacionalismo antes que la veracidad para conseguir lectores- y saltó después a canales de televisión. Murdoch pensó, en un primer momento, que podía solventar el asunto con una petición de perdón un tanto cínica y el cierre del semanario, pero parece ser que le saldrá algo más caro.

Sin embargo, el escándalo no parece afectar a su negocio: sigue vendiendo periódicos similares a News of the World por millones de ejemplares y sus canales de televisión continúan con grandes audiencias. Hay una perversión en el mundo moderno, por la cual un tanto por ciento muy elevado de la población, seguirá consumiendo información de calidad ínfima y dudosa credibilidad sin tomar la distancia mental suficiente para cuestionarla. Quizá todo merezca un estudio sociológico que intente responder por qué estas personas recurren a estos medios de comunicación como si fuera una necesidad vital en su dieta diaria.

Mientras tanto, Murdoch, si cae, será sustituido por otro. Lo que él ha hecho no es nuevo en la historia de los medios de información pública, aunque parece haber perfeccionado el sistema: siempre habrá un Murdoch dispuesto a dar alimento a los estómagos que exigen fácil digestión, personas que, en un momento determinado de su vida, decidieron sin más que vivían mejor dejándose manipular: ni siquiera exigen que la manipulación se haga con arte y elegancia. Para qué.

domingo, 23 de enero de 2011

Asco


Una menor ha sido asesinada en España esta semana. Tenía 13 años. Los informativos de las emisoras de radio y televisión aun dedican a su caso minutos interminables en los que, con un despliegue de medios que se echa de menos para otras noticias, vulneran la intimidad de la familia, facilitan detalles morbosos sobre el caso, entrevistan a vecinos, familiares y amigos que dicen cosas que a nadie debería importar y que a nadie importarán dentro de unos días y dan imágenes de los últimos lugares en los que estuvo:  la puerta de la casa familiar, una panadería, un bar, el descampado en el que se halla la caseta en la que apareció el cadáver. En cuanto la policía lo permita, veremos a un corresponsal informando, de pie, desde el mismo lugar en el que halló la muerte, mostrando a la cámara el rastro de sangre. Harán una cobertura informativa similar cuando se detenga a los primeros sospechosos. Saldrá un vecino en zapatillas de estar en casa diciendo que nunca sospechó nada o que lo sospechó todo, una vecina con el mandil de cocinar diciendo que la culpa la tiene la madre o que qué pena con lo buena que era la abuela. Ambos preguntarán al periodista que cuándo salen y en qué cadena.

En España, desde el caso de los crímenes de Alcácer (1993), los sucesos de este tipo han entrado en los informativos y ocupan más tiempo que la información política, económica y, por supuesto, que la cultural. El enfoque casi siempre es el mismo: morboso e innecesario. Aquellos crímenes dieron lugar a una reflexión sobre la maldad humana y la sociedad del espectáculo en Plenilunio (1997), la novela de Antonio Muñoz Molina.

Además, en la televisión española proliferan los programas en los que se amplía la noticia con más detalles escabrosos y debates extravagantes y vociferantes que nada aportan y, como en los próximos días no habrá noticias nuevas se las inventarán a partir de rumores porque seguro que un vecino vio a la niña en compañía de alguien a una hora en la que la niña se encontraba en otro sitio. Por desgracia, tienen una gran audiencia. Suele ocurrir, además, que acuden a ellos familiares directos de las víctimas y de los criminales, en busca de su cuarto de hora de fama y el dinero que cobran por participar en ellos, como carroñeros. Volveremos al viejo debate de la pena de muerte o el aumento de la condena por estos crímenes. Nadie hará una reflexión sensata y volveremos a olvidarnos hasta el siguiente caso, en el que se aumentará el morbo, se darán más imágenes innecesarias y puede que hasta se proclame la culpabilidad de algún inocente, como ha sucedido tantas veces, creando otra víctima.

Cuando en un informativo no se sabe distinguir entre la información y el morbo y se llenan los minutos con noticias de sucesos desde este enfoque, una sociedad entera queda retratada.

Asco. Me da asco todo esto.

lunes, 17 de enero de 2011

20 de 400 páginas impresas de prensa dominical.


Ayer domingo compré cuatro periódicos en el quiosco habitual. Dejé los suplementos (en los que cada vez pesa más la publicidad) para leerlos a lo largo de la semana. Hice una primera lectura de las casi 400 páginas que me llevé a mi casa y deshojé las noticias de las que ya me había enterado el día antes por la televisión, la radio e internet, la publicidad (incluidas las noticias corporativas disfrazadas de noticias), los anuncios por palabras, los artículos de opinión y los editoriales que no pasaban de media idea en los dos primeros párrafos (Umbral siempre dijo que en un artículo de opinión no cabía más que una idea, pero últimamente parece que no cabe en ellos media o un cuarto) o que se limitaban a consignas de grupos de comunicación al margen de que se aproximaran o no  a lo que yo pienso y que incidían en lo mismo dicho hasta al aburrimiento por las tertulias de los canales de televisión o las emisoras de radio en las horas previas por personajes que son capaces de decir lo contrario de lo que expresaron tan solo una semana antes si cambian los vientos de quien les paga, las crónicas y entrevistas que no iban a ningún sitio y carecían de argumento o incluso de sintaxis. También deseché algunos artículos bien escritos pero con evidentes errores que sólo justifica la penosa situación  en la que trabajan los miembros de las redacciones de los medios de comunicación actuales que no son capaces de detectarlos, además de la soberbia con la que escriben algunos pensando que lo saben todo o que sus lectores no saben nada.

Tras el penoso trabajo, aparté del montón 20 páginas, que son las que leí con calma. Curiosamente, algunas de las más atractivas, hacían referencia a la importancia de las redes sociales y otras herramientas de internet en la apasionante revolución de Túnez, que parece haber sorprendido a todos los sesudos analistas políticos, como casi siempre les ocurre, y al crecimiento, gracias a las mismas herramientas electrónicas de internet, de una contestación  anónima (¡como si esto fuera verdaderamente posible!) a los grandes intereses económicos o de política internacional. A los sectarios he de aclararles que en las 20 páginas seleccionadas hay un porcentaje muy alto que procede de gente que no piensa como yo sobre muchas cuestiones, pero sabe argumentar más allá de las notas de prensa de los partidos políticos y la voz de los amos del negocio.

También puede ser que me esté volviendo un cascarrabias.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Fábrica de opiniones


Desconfía de los poderosos que fabrican hoy tu opinión de mañana: tapan sus vergüenzas con ideas de cartón piedra.

martes, 16 de noviembre de 2010

La libertad de prensa en la actual situación del conflicto saharaui.


Un gobierno, cualquier gobierno, pierde todo credibilidad cuando al estallar un conflicto impide el trabajo de la prensa y filtra el contenido de la información: es decir, cuando convierte la información en propaganda. A pesar de que el ejercicio periodístico en la actualidad está seriamente cuestionado puesto que todos los grupos empresariales dedicados a la comunicación tienen intereses que van mucho más allá de lo confesado en la línea editorial, impedir desde el poder el libre ejercicio profesional del trabajo periodístico y atacar a los medios de comunicación que resulten contrarios a la versión oficial es un insulto a la inteligencia, una censura intolerable y una irresponsabilidad que se termina volviendo contra los mismos que la cometen. Es la diferencia fundamental entre un régimen democrático y uno autoritario. En esas circunstancias, que el mismo gobierno que impide la libertad de información cuestione la versión de la otra parte en conflicto es una muestra de hipocresía. Que la otra parte, sea cual sea, manipule la información, no autoriza a ningún gobierno a hacer lo mismo, salvo que pretenda anular los últimos siglos de progreso social.

Una de las cosas que nos enseña la historia contemporánea es que todos los gobernantes que abusan del control de la información acaban provocando más conflictos y terminan por hacerse inviables, no sin provocar largas situaciones de dolor a la sociedad que gobiernan.

La situación actual del conflicto saharaui pone de manifiesto que el gobierno de Marruecos usa medios no legítimos en el tratamiento de la información y esta actuación le resta toda credibilidad: mientras no deje manar la información libre y contrastable sobre los acontecimientos recientes, aun en el caso de que tuviera razón, su versión no sería aceptable ni siquiera respetando la peculiaridad marroquí como país. Marruecos no es un país cerrado al mundo -ni en ese caso sería tolerable-, sino un socio preferente de la Unión Europea y aliado estratégico de los Estados Unidos: por lo tanto, su actuación política necesita cierta homologación con las democracias occidentales.

Sólo una situación como la actual, presidida por un gran temor a la extensión del integrismo islámico en el norte de África, condicionada por la crisis económica y afectada por la progresiva pérdida de derechos y conquistas sociales de los ciudadanos incluso en los países más avanzados en estos campos, explica que los gobernantes marroquíes se hayan sentido con la fuerza suficiente para tomar las decisiones recientes y que la comunidad internacional tarde tanto como lo hace en dar una respuesta coherente.

La inestabilidad se ha asentado en la zona. Posiblemente, los gobernantes marroquíes piensen que pueden controlarla, pero hay impulsos que son difíciles de detener una vez iniciados con unos u otros fines. El conflicto irá en aumento en los próximos tiempos si no se busca una rápida y consensuada solución. Y lo peor que puede hacer el Gobierno marroquí es impedir la labor de los periodistas occidentales y arremeter contra el mensajero.

Mientras tanto, el pueblo saharaui, que ha mantenido una posición de pacífica exigencia desde hace años, puede tener la tentación de caminar de nuevo hacia un conflitcto bélico que tampoco le aportase soluciones reales y que le acarrearía, a medio plazo, la pérdida del apoyo de muchos sectores de la población occidental que admiran su férrea voluntad y afirmación como pueblo, especialmente en España. Pero en los campamentos de refugiados y en las mismas zonas urbanas del Sáhara, hay una nueva generación de jóvenes que no recuerdan los conflictos bélicos pasados, que se ven impotentes ante la falta de soluciones  y a los que se les antoja muy difícil su horizonte. Por lo tanto, pueden caer en una salida desesperada por las duras condiciones de su situación actual y la información manipulada y simplificadora puede provocar que sean  vistos como unos integristas islámicos violentos sin más a los que hay que combatir, lo que acarrearía su extinción en la práctica como nación.

Por eso mismo, es más necesaria que nunca la información libre, diversa y contrastada. Y eso no está en manos de los saharauis, sino de Marruecos: no es a un pueblo privado de su tierra a quien debemos exigir lo que corresponde a un país estructurado. Y está también en las manos de los países que son aliados preferentes suyos, claro.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

martes, 31 de agosto de 2010

De nuevo sobre periodismo e Internet


Este verano se ha reavivado el ya viejo debate sobre la posición del periodismo en la red.

Alguno de los grandes empresarios de la comunicación ha insistido en que el periodismo no es viable en Internet sin cobrar por acceder a los contenidos. Por una parte, planteando un serio conflicto con los buscadores y otras grandes plataformas para que no puedan redifundir lo publicado por sus medios de comunciación sin pagar por ello; por otra, reafirmándose en que los usuarios deben pagar por acceder a ellos tanto puntualmente como por medio de subscripciones. En contra de los datos, siguen pensando en que hay un suficiente sector de la población que prefiere pagar por recibir contenidos elaborados por esos medios de comunicación que se autodenominan de calidad.

Este segundo camino ya se intentó hace unos años, cuando casi todos los grandes medios de comunicación, recién llegados a Internet, cerraron sus contenidos al acceso gratuito y fracasaron: no sólo no rentabilizaron sus páginas sino que favorecieron las de los competidores que ofrecieron contenidos en abierto.

Este aspecto del problema es permanente: si no todos los medios de comunicación blindan los contenidos, siempre saldrá ganando aquel que ofrezca los suyos gratis. Incluso se crearán nuevos medios de comunicación electrónicos gratuitos que ocuparán los huecos dejados por los de pago. De hecho, los grandes empresarios del sector de la comunicación -especialmente los de ideología conservadora, pero también algunos progresistas- están detrás de las presiones que reciben los gobiernos para que promuevan leyes y normas que restrinjan la libertad en Internet.

En cuanto al primer aspecto, parece que sí se están logrando acuerdos con los grandes buscadores: ambas partes están interesadas y, a diferencia con lo que suecede con las pequeñas páginas con contenidos tomados de otras que surgen a cientos a diario en Internet, son fácilmente denunciables ante los tribunales.

Pero también, a raíz de la publicación de documentos sobre la guerra de Afganistán por Wikileaks se ha abierto un interesante debate sobre qué es o no periodismo, sobre el mismo concepto de periodista, y los límites éticos de la profesión.

El tema ha sido abordado desde diferentes ángulos, porque tiene en sí mismo una forma poliédrica. Pero lo que es innegable es que el acceso a las grandes fuentes de información y su divulgación ya no es un derecho corporativo de los medios de comunicación tradicionales -en papel, radio, televisión o Intenet-, si es que alguna vez lo fue tal y como lo manifiestan ahora los empresarios que suscitan un debate ético como si bajo las alfombras de cualquier empresario del sector no se encuentran tantos cadáveres profesionales asesinados en aras del interés empresarial o político -casi siempre es redundante lo emrpesarial y lo político- o como si los medios de comunicación no llevarán décadas jugando con el amarillismo, el sensacionalismo, la ruptura de todas las normas de la autorregulación o la defensa interesada de decisiones tomadas en los ámbitos del poder.

Por otra parte, lo que evidencia el debate es que una buena parte de ese periodismo tradicional ha dejado de hacer su trabajo y que, como ocurre con los huecos dejados en Internet por los medios que cierran el acceso gratuito a sus contenidos, la demanda de información que hay en la sociedad es alimentada por otros informadores sin que por ello se les pueda acusar de intrusismo ni de faltar a la ética de una profesión que hace mucho que la perdió, por mucho que algunos periodistas aun la mantengan y se enseñe en las Facultades de Ciencias de la Información. Los empresarios del sector deberían pensar que hoy hay mucha gente preparada para difundir información -algunos formados en las escuelas de periodismo pero otros fuera de ellas- y más gente todavía con ganas de ser informada de una forma inteligente y que no se conforma ni con el tipo ni con el modo de la información que se suministra a través de los canales tradicionales, cuya implicación en las guerras políticas locales o internacionales les está haciendo perder prestigio ante un sector de la opinión pública cada vez más amplio con la suficiente formación como para sacar sus propias conclusiones.

Un tema para seguir en sus múltiples facetas. Huid de las formulaciones fáciles para resolverlo.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Sobre la distribución gratuita de prensa


Desde hace un tiempo, en España se observa un fenómeno cuya extensión fuera del país ignoro. Se trata de que periódicos que uno puede comprar en el quiosco de la esquina se reparten de forma gratuita en los vestíbulos de instituciones académicas, bibliotecas, centros de salud, organismos oficiales, etc. No hablo, por lo tanto, de la prensa gratuita sino de miles de ejemplares de grandes periódicos nacionales que se ofrecen gratis o supuestamente gratis, porque muchas veces se regalan tras haber llegado a un acuerdo económico con la institución en la que se ofrecen. Esto último es especialmente sorprendente, porque todos sabemos que la mayor parte de los periódicos reciben subvenciones directas de la administración o publicidad insitucional para su supervivencia: es, por lo tanto, una especie de doble subvención.

Uno de los factores que empujaron a la prensa de pago a este tipo de reparto fue el éxito enorme que tuvo hace unos años la aparición de la prensa gratuita en España, aunque ahora se haya visto muy afectada por la crisis económica. Eso les hizo perder presencia pública de forma notable.

Por otra parte, la prensa nacional debe tener una presencia en toda España, aunque no se venda, entre otras cosas, por razones de contabilidad de la tirada y de acceso a subvenciones estatales: por supuesto, está también la razón de ser de cualquier periódico que aspire a la condición de nacional y todo lo que eso supone ante la opinión pública, los órganos de poder públicos y privados y los partidos políticos. Para ello, todas las grandes cabeceras tienen centros de impresión y distribución en diferentes lugares de la geografía nacional que, en algunos casos, aprovecharon para publicar periódicos locales o regionales que se distribuyen como cuadernillos dentro de la cabecera principal: con ello, además, contaban con el apoyo económico de la empresa local y, especialmente, con sus influencias cerca del poder autonómico o local de cada zona.

Pero estas ediciones impresas en provincias (con o sin edición local) no lograron vender toda la tirada mínima de una rotativa: cada vez que ésta se pone en marcha no puede bajar de un cierto número de miles de ejemplares por razones técnicas. ¿Qué hacer con los cientos o miles de ejemplares de periódicos que no se vendían en los quioscos? En principio, aunque ahora nos parezca sorprendente, se desechaban. Cuando la prensa gratuita y el descenso brusco en la venta normal amenazó a las grandes cabeceras, muchas de éstas optaron por el reparto gratuito o subvencionado. Tímidamente comenzaron a encontrarse en hoteles para luego ampliar el abanico de espacios exponencialmente.

Salvo el hecho que algunas instituciones pudieron caer en la trampa de subvencionar el reparto en sus instalaciones de un periódico ya subvencionado por otra administración, nada que objetar inicialmente.

Pero cuando encontramos un taco de periódicos no gratuitos de acceso libre al entrar en una Facultad universitaria, en un edificio de la administración pública o en un archivo, tenemos que ser conscientes de lo que significa y del truco que supone esta distribución de ejemplares que no se iban a vender de ninguna manera en un quiosco.

Nada se reparte gratis de verdad, así que no corramos a agradecer que nos regalen lo que se debería comprar: muchas cabeceras encuentran en esta forma de distribución una manera de visibilidad y de acceso a un público que jamás lo comprarían y que jamás lo comprarán (salvo quizá cuando ofrezcan productos promocionales como películas o aparatos de televisión). Consiguen así una visibilidad pública que no tienen cuando se pide al comprador un euro y veinte céntimos.

De paso, sus opiniones pueden tener mayor peso en la opinión pública, con lo que eso supone. En algunos casos, el reparto es favorecido por la proximidad ideológica con el partido que gestiona la administración en la que se ofrecen, lo que en sí mismo es muy poco ético cuando a su lado no se encuentran tacos similares de otros periódicos que puedan ampliar el abanico de opiniones: cualquier institución pública debe velar por la igualdad de oportunidades y, especialmente, en un campo tan sensible como el de la comunicación. Y si la carrera empuja a que cada vez más periódicos se repartan de esta manera, ¿terminará la prensa de pago siendo prensa gratuita si no lo es ya en realidad y sólo algunos ingenuos seguimos comprándola en los quioscos? ¿Cada institución permitirá el reparto gratuito sólo de las cabeceras que le interesan?

El reparto gratuito masivo de la prensa de pago traiciona su sentido y tiene muchos puntos oscuros tanto en su financiación como en la presencia en unas u otras instituciones de modo exclusivo sin la libre competencia que debieran fomentar las instituciones. Por de pronto, sospechemos de las razones por las que se nos ofrece gratis en un espacio institucional lo que se debe comprar en el quiosco de la esquina.

Y cuando leamos ese ejemplar de pago que nos han regalado, tengamos en cuenta que hay algunos factores de su distribución que necesitarían de una mayor aclaración tanto por el periódico que se acoge a esta forma de distribución como por la institución que lo permite para tranquilizarnos a los lectores.

sábado, 15 de mayo de 2010

Garzón, titulares manipuladores y clima social en España.


El Consejo General del Poder Judicial ha decidido, por unanimidad, suspender cautelarmente de sus funciones al juez Baltasar Garzón.

Tras el final de la instrucción del juez Luciano Varela, que en su auto del pasado 12 de mayo estimaba que procedía abrir juicio oral por delito de prevaricación, el Consejo tenía pocas posibilidades de dictaminar otra cosa en aplicación de la ley. Por otra parte, el Consejo aplaza hasta la recepción de varios informes la decisión sobre la petición de traslado como asesor de Garzón a la Corte Penal Internacional. Esta última medida ha sido fuertemente contestada en diferentes medios jurídicos puesto que podría haber dado una salida digna a Baltasar Garzón. De haberse tenido en cuenta previamente a la suspensión, hubiera impedido esta medida puesto que no puede suspenderse a un juez que ha causado baja temporal en sus funciones y se podría haber tomado la medida final dentro de unos meses, cuando las cosas hubieran estado más calmadas. y el resto de los procesos abiertos contra el juez más avanzados.

Una vez suspendido cautelarmente en sus funciones, es difícil de explicar administrativamente tanto el aplazamiento de la decisión sobre el traslado vinculándolo a la recepción de informes solicitados a organismos sobre los que el Consejo no tiene ningún poder como su posible aceptación. Aunque cosas más difíciles se han aceptado en todo este proceso, lo normal, por lo tanto, es que el traslado se niegue. Como había otras posibilidades que no frenaban el curso de la apertura del juicio oral, los compañeros de profesión del juez Garzón han optado por la medida más dura.

Según los rumores que han saltado a los medios de comunicación españoles, habría un pacto previo en el Consejo por el cual se le permitiría esta posibilidad de traslado como asesor a la Corte Penal Internacional a Garzón una vez conocido el acto del juez Varela. La lectura entre líneas de todo lo publicado señala a la progresista Margarita Robles, antigua Secretaria de Estado con uno de los gobiernos del PSOE presididos Felipe González, tanto como la que prometió los votos suficientes para dicho pacto como la causante final de que no se diera.

Las medidas tomadas en la instrucción del caso por Luciano Varela, también de ideología progresista y fundador de Jueces para la Democracia, pero conocido rival de Garzón desde hace años, con el que se enfrentaba en su forma de entender la profesión de juez según las noticias, dejaban muy claro, desde el principio, que el juez Varela veía indicios de delito en la instrucción de Garzón en el tema de las represalias del franquismo y las fosas comunes en las que fueron enterrados miles de asesinados cuyo único crimen fue su ideología de izquierdas y su republicanismo.

En cualquier momento de la instrucción, el juez Varela podría haberla detenido, puesto que, según muchos expertos, tantas razones había para proseguir el caso como para archivarlo. El punto más débil de la instrucción es que, mientras la Fiscalía pedía el archivo -de hecho, podría darse el caso que en el juicio oral la Fiscalía, al renunciar a acusar a Garzón, pase de su habitual papel de acusación al de defensa de Garzón-, el juez Varela seguía adelante, a pesar de que no había ninguna persona física personada en la causa como afectado -no puede haberla- gracias a las acusaciones mantenidas por dos organizaciones de ultraderecha: Falange Española -cuya acusación fue desechada finalmente al llegar fuera de plazo a una petición del juez- y Manos Limpias.

Esto es posible, en España, por la peculiar institución de la acusación popular, una tradición jurídica española incomprensible en otros sistemas judiciales y que actualmente causa más perjuicios que ventajas en los juzgados españoles, en especial en los casos de mayor resonancia, como se vio en el ejemplar juicio contra los terroristas causantes de los atentados del 11M en Madrid, en el que alguno de los que sostenían la acusación popular actuaron de tal manera que recibieron la reprimenda del tribunal; también se observa en alguno de los casos más polémicos actualmente, en los que la acusación popular parece más una defensa de los implicados. Como dice un buen amigo mío, quizá el mayor experto en la materia en España, la acusación popular se ha entendido equivocadamente como una institución progresista y democrática cuando se trata en realidad, de una peculiaridad extravagante de la legislación española que debería ser sometida de forma urgente a recortes o a su misma desaparición.

Tenemos, pues, a un juez progesista instruyendo un caso de prevaricación en contra de la opinión de la Fiscalía y sostenido únicamente por una acusación popular cargada ideológicamente en un sentido por una organización que, en otros países democráticos, estaría prohibida por defender la causa de una dictadura fascista. A esta acusación popular, el juez Varela le dio, hace pocas fechas , la posibilidad de rehacer su demanda puesto que tal y como se había presentado era insostenible para la apertura de un juicio oral. Este último fue un paso legal que dio el juez pero que también podía no haber dado con la misma legalidad: una opción del juez Varela que se atenía a las formas pero decidía un camino concreto entre los posibles. Es una peculiar alianza que, siendo irreprochable en las formas jurídicas, ha provocado tanto en los no expertos en los formalismos judiciales como en los que siéndolo saben que podrían haberse dado pasos en otro sentido igualmente irreprochables en las formas unas reacciones de sorpresa y de alarma. Las reacciones internacionales profundizan en esa sopresa y han vinculado la apertura del jucio oral, inevitablemente, con una incoherencia del sistema judicial español que permitiría la apertura de procesos contra Pinochet o los militares argentinos inplicados en los crímenes de la dictadura en aquel país, pero no contra el dictador español Francisco Franco.

Los medios de comunicación han alentado la polémica en un sentido o en otro. Todos ellos han cometido varias manipulaciones en su forma de explicar lo que estaba pasando. En la España de los últimos tiempos no hay pausa para la reflexión: el frentismo está instalado en los partidos políticos y en las empresas periodísticas. La labor diaria de cribar toda la información contaminada de intereses termina recayendo en la sociedad, que no tiene por qué saber de cuestiones formales y recibe la información última en titulares sensacionalistas que en otros países están reservados a la prensa amarilla y rara vez aparecen en la prensa seria, que suele distinguir entre lo que es información y opinión.

En España, hasta los dos últimos periódicos serios -en este sentido-, aunque ideológicamente contrarios, como El País y el Abc, han cometido manipulación en sus titulares. Traigo aquí a colación un titular de hoy de El País, que es el diario que prefiero leer cada mañana, que no es exacto: "Garzón cae por investigar el franquismo". Es una simplificación que no corresponde a la realidad, como se comprueba al leer la misma información que encabeza: Garzón no cae por investigar el franquismo sino por la forma en la que lo ha investigado.

Como dije en su día, contra Garzón se han aliado, ahora, en mi opinión, los defectos formales en su instrucción sobre el caso de las víctimas del franquismo -que no tienen por qué indicar prevaricación aunque el juez Varela vea indicios de ello- y los defectos que los expertos han señalado en otros muchos casos instruidos por él en el pasado; las envidias y/o recelos que ha causado siempre en en la profesión y que, según algunos de los que han opinado en estos momentos, han provocado una reacción que ha sumado las rivalidades con la defensa de una forma de entender la justicia diferente a la de Garzón; y la enemistad política de muchos sectores contrarios a las causas incoadas por el juez en el pasado. Hasta el punto de que da la impresión de que la excusa -el caso de las víctimas del franquismo- es lo de menos.

El problema -y es un grave problema, a la vez que un síntoma social- es que la alianza de motivos se ha venido a cristalizar en un proceso de tanta sensibilidad como el de las víctimas del franquismo. Como me dijo otro amigo jurista, con la cantidad de casos en los que podrían haber parado a Garzón, han venido a frenarlo en el menos defendible ante una sensibilidad democrática y ante la comunidad internacional, puesto que Garzón ha realizado muchos y buenos servicios a ambas: pueden acertar en las formas jurídicas pero fallan y mucho en el significado ideológico del caso escogido sostenido jurídicamente a partir del uso discutible -pero legal- por la ultraderecha de la institución de la acusación popular y cuya demanda en otro momento en el que no se hubieran concitado estas fuerzas contrarias a Garzón se hubiera desestimado.

Aunque sea irreprochable jurídicamente la actuación del juez Varela y el Consejo, se debería comprender que otras salidas también perfectamente jurídicas, en este caso concreto, hubieran permitido un menor deterioro de la imagen de la Justicia española: cuidar esta imagen es también parte de la responsabilidad de los actos de cualquier juez y de todos los organismos de este poder básico de cualquier sistema democrático.

Si tantas irregularidades se veían en las llamadas garzonadas por los juristas expertos, se podría haber elegido cualquier otro caso menos sensible, como los otros dos abiertos contra Garzón y en proceso de instrucción contra la posible prevaricación en favor del Banco Santander y las escuchas decretadas en el caso Gürtel. Ser tan diligente en el caso de las víctimas del franquismo para que éste y no otro sea el motivo de suspensión cautelar del juez Garzón puede ajustarse a derecho pero es poco o nada justificable ante la opinión pública y no puede evitar que la información profundice en el desprestigio de España y en las dudas sobre la realidad democrática del país. Cosa que, tal y como están los mercados bursátiles también pueden incidir en las Bolsas, lo que ya viene a complicar más la situación española actual.

El caso es que si los periódicos que tenían una trayectoria seria tradicionalmente han caído en el sensacionalismo en sus titulares, no menos ha sucedido con los que no han tenido nunca esa trayectoria. Traigo aquí un titular del pasado jueves de La Gaceta de los Negocios, perteneciente al grupo Intereconomía, conocido por su ideología muy conservadora, contrario al Gobierno del PSOE y que a diario titula de forma sensacionalista la práctica totalidad de sus noticias de contenido político, en contra incluso de la información redactada impecablemente por sus periodistas: "El Poder Judicial suspenderá mañana al juez por prevaricador". Es la imagen con la que encabezo esta entrada. Basta la lectura de la información que hay debajo de dicho titular para comprender que éste es falso y manipulador, no sólo simplificador de la realidad, como en el de El País: Garzón no puede ser prevaricador porque aun no hay sentencia y sólo se ha dado el paso para la apertura del juicio oral. El autor del titular confunde su deseo -o el de la empresa y el sector ideológico de los lectores al que se dirige- con la verdad de la información. Y empuja a quien lee el titular a pensar que ya hay sentencia y Garzón ha sido declarado culpable de prevaricación.

España vive de titulares. Poca gente lee el resto de la información. Es más, en todos los medios de comunicación hay secciones dedicadas a relatar los titulares de los periódicos: no se suele pasar de ahí, con lo que el que escucha o lee esta información recibe cosas que no son verdad en la mayoría de los casos, sino que buscan el sensacionalismo, es decir, el efecto emocional fácil de los sectores convencidos y la recepción ingenua por aquel que piensa que si lo dice un periódico por algo será.

El clima social español se está tensionando gravemente. El panorama es alarmante por la costumbre frentista que se ha generado en la política desde los años noventa, con la decadencia al frente del Gobierno de Felipe González y la aparición de José María Aznar con sus modos de hacer oposición; la participación en este clima de los medios de comunicación que son, no lo olvidemos, empresas con intereses en sectores económicos claves y cuya proximidad al Poder no se da sólo por razones ideológicas; la nula aceptación del Partido Popular por la forma en la que perdieron el Gobierno en 2004; la grave crisis económica del país ante la que el Gobierno del PSOE ha tardado en reaccionar eficazmente tras negarla durante demasiado tiempo; la proximidad de los comicios electorales de los dos próximos años, etc.

En medio, la mayor parte de los ciudadanos no son expertos en cuestiones jurídicas, ni en el campo de la comunicación, ni en la economía. Sólo reciben la información que se les facilita a través de los grandes medios de comunicación y mucha gente no pasa - no puede pasar porque no comprende mayores tecnicismos o, en algunos casos, porque su razón está dominada por el sectarismo ideológico- de los titulares. De ahí que debamos pedir sosiego a los grandes periódicos y los informativos de las grandes cadenas de radio y televisión, que deberían saber distinguir, en todo momento, información de opinión: una empresa periodística no debe renunciar a la opinión, pero debe saber separarla de la información. Más aun en situaciones complicadas. Lo contrario es amarillismo puro.

Por el camino, lamentablemente, quedan miles de víctimas del franquismo enterradas en cunetas y fosas comunes cuyos restos nos reclaman hoy, más que nunca, sensatez, justicia y dignidad. Exijamos a nuestros políticos que cumplan su función y promuevan que sean enterrados con el decoro que merecen.

domingo, 11 de abril de 2010

El robot periodista y el periodista robot


Hace unos días se informó de que se ha desarrollado un robot que puede redactar noticias y crónicas como cualquier periodista humano sin que el lector perciba las diferencias. Este robot periodista, desarrollado en la Universidad de Tokio pero con hermanos más o menos avanzados que él en otras partes del mundo, es capaz de percibir su entorno, buscar documentación sobre lo que sucede y redactar un texto (por ahora básico pero suficiente y no más necesitado de revisión posterior que lo que entrega cualquier periodista en la redacción) adoptando diferentes puntos de vista y estilos según las circunstancias y para lo que haya sido programado, adaptándose al tipo de publicación, público a la que va dirigida, ideología requerida, etc.

Es decir, en el caso de un partido de fútbol, el mismo robot podría redactar de forma simultánea dos crónicas: una apta para ser publicada en el periódico de la localidad en la que se celebra y otra para la de procedencia del equipo visitante. Y podría redactar una tercera, más aséptica, para un medio de comunicación de cobertura nacional. Es más, si en sus parámetros el robot percibiera que conviene despedir al entrenador del equipo perdedor, por los resultados últimos y la hostilidad manifestada por los aficionados, y ello entrase en los intereses de la empresa periodística a la que pertenece, redactaría un texto que se inclinara por esa decisión.

En el caso de tocarle redactar una información sobre un caso de corrupción política, el robot periodista sabría adoptar, de forma inmediata, la línea editorial del periódico. La ventaja es que, además, el robot periodista no tiene sentimiento de culpa ni escrúpulos profesionales ni familia a la que mantener ni toma cervezas con amigos que puedan recriminarle nada y, por lo tanto, la empresa propietaria del medio de comunicación podría prescindir de los controles intermedios que vigilan escrupulosamente el cumplimiento de la mencionada línea editorial y que suelen ser implacables con quien las incumple. Por otra parte, el robot periodista trae de serie la corrección ortográfica y un diccionario con diferentes niveles de acceso según convenga redactar la noticia con mayor o menor riqueza de vocabulario, todo ello muy superior al bagaje de un licenciado medio reciente en una Facultad de periodismo. Y accede con facilidad, rapidez y eficacia a las bases de datos fotográficos, sonoros y de texto.

La información ha sido tomada en parte a broma por los profesionales porque creen que jamás podrá pasarles como a los que trabajaban en las fábricas y fueron despedidos cuando se generalizó la automatización de los procesos, especialmente de los más complicados y sensibles a los errores: la ven como algo propio de la ciencia ficción cuando en la redacción de la empresa periodística para la que trabajan ya hay máquinas que anticipan ese futuro inmediato. La mayoría piensan que sólo la mirada del comunicador y su acento humano puede transmitir información y adaptarse a las circunstancias. Pero cada día los medios de comunicación vienen llenos de errores que una máquina correctamente programada jamás cometería. Por ejemplo, en la misma página de la versión impresa en papel del periódico El país (en la que lo más humano e imposible de sustituir por un robot -por ahora- es el magnífico chiste de Forges) en la que Margarita Rivière bromea y presume de generación al comentar la noticia del robot en un artículo muy endeble en la argumentación y escrito sin duda para amenizar un rato del domingo, la defensora del lector, Milagros Pérez Oliva, corrige una información publicada en el periódico en la que se le vuelve a adjudicar la frase "estoy en política para forrarme" a Zaplana, el dirigente político del partido popular que no la pronunció. Como la atribución no es correcta pero es verosímil (y más en estos días), la leyenda sobre el personaje se la ha pegado a la biografía de tal manera que jamás podrá desprenderse de ella. El redactor humano tira de memoria y leyenda y vuelve a reproducirla, supongo que sin mala intención o con mala intención pero con la seguridad de que Zaplana la pronunció y que él mismo la oyó. Un robot periodista detectaría la frase correcta en décimas de segundo, a través de su conexión a las bases de datos, y redactaría el texto de forma adecuada. A no ser, claro, que intervenga una mano humana en la programación previa de la máquina o en la revisión final del texto que torciera la redacción del robot. Cosa que ha sucedido a diario en las redacciones de todos los periódicos que han existido y existen sin necesidad de robots, por supuesto.

A nuestro alrededor, en cualquier momento del día, hay procesos automatizados que son realizados por máquinas con menor posibilidades de error que cuando eran acometidos por seres humanos: algunos robots, incluso, pueden adaptarse a circunstancias sobrevenidas y no anticipadas por su fabricante mejor y más rápidamente que cualquier humano. Por supuesto que estas máquinas han sido programadas por personas, que han tenido que introducir las variantes adecuadas para que funcionen correctamente, con lo que en ellas laten pulsos humanizados de comportamiento que orientan sus funciones para lo bueno y para lo malo, pulsos que, por otra parte, suelen ser los causantes -junto a la fatiga del material- de sus defectos y errores más habituales. Lo importante es que son capaces de realizar procesos que antes sólo llevaban a cabo seres humanos y de hacerlo a satisfacción de todos. Hay incluso experimentos muy interesantes de literatura electrónica creada en exclusiva por un programa de ordenador.

El dilema no es si rechazamos o no el robot periodista -o sus otras variantes como el locutor virtual en la televisión, la gestión diaria de la información adecuada para cada receptor individual sin intervención directa de una persona que decida qué remitirle en cada caso, etc.-, porque por una parte ya se usa en los medios de comunicación en versiones más primitivas y por otra parte sería una discusión estéril: está ahí y se utilizará.

Con todo, entre las aristas del debate que provocará la aparición de este robot y que deberemos ir analizando, me quedo con una: si a los periodistas se les ha robotizado desde hace décadas en los grandes medios de comunicación exigiéndoles que escriban al dictado de la línea editorial, qué más da ahora que estos grandes medios den el paso lógico hacia los robots periodistas puesto que les darán menos problemas y, a la larga, resultan más baratos y eficaces. Estoy por apostar que no distinguiremos el contenido pero mejorará la redacción y la capacidad de ilustrar lo que se dice de forma adecuada. Yo, cada vez más, confío menos en lo que leo y oigo en los medios de comunicación más importantes pero pido, al menos, que tenga calidad de estilo. Después, pienso.

martes, 1 de diciembre de 2009

La muerte de Aitana y los medios de comunicación.


Cuando esto escribo, las informaciones nos dicen que Diego no es el autor de la muerte de Aitana, una niña de tres años, hija de su novia.

Cuando Aitana llegó al hospital, el pasado martes, una cadena de graves errores médicos condujo a la redacción de un informe que decía que la niña había sufrido malos tratos y una posible violación. La policía detuvo a Diego como sospechoso. La forma en la que se difundió la noticia puso a este joven en la mira de la opinión pública: periodistas, contertulios, redes sociales, blogs, no dudaron en culpabilizarlo.

Aquellos que reaccionaron emocionalmente ante la noticia poca culpa tienen, pero los profesionales que trasmitieron una información de este tipo sin respetar la necesaria privacidad de la niña y de Diego y sin las adecuadas precauciones, son culpables de un error que en España tiene antecedentes lo suficientemente conocidos como para que no se repitiera. Desde el caso de las niñas de Alcàsser, los medios de comunicación se han lanzado a un vértigo que deja demasiada amargura a su paso. Aunque en un primer momento aquello sirvió para hacer autocrítica, nada ha cambiado. El espectáculo público en el que los medios de comunicación utilizan el morbo para sacar partido en el índice de audiencias no ha parado, a pesar de que fuera denunciado incluso por escritores como Muñoz Molina en su novela Plenilunio.

No son excusas la rapidez ni la urgencia en la comunicación de la información a la que están sometidos los periodistas desde la aparición de Internet: nuevas herramientas exigen nuevas soluciones. Esto no es un error de un periodista concreto: es el fallo en cadena de todos los procesos de control. En España, por desgracia, se confunde el periodismo serio con el sensacionalista en demasiadas ocasiones. Y no se respeta nada a su paso.

Por ahora, dejemos a la familia de Aitana que la llore y a Diego que pueda rehacer su vida mientras respetamos su derecho a la presunción de inocencia. Si finalmente se confirma que todo se ha debido a un accidente desgraciado, una cadena trágica de errores médicos y la precipitación de los medios de comunicación, ojalá que los afectados consigan perdonarnos a todos.

sábado, 4 de julio de 2009

Acuse de recibo: Las columnas de Hércules, de Luis Araquistain.


Existe la creencia generalizada de que la literatura española no ha tocado determinados temas. Así, se afirma, con demasiada ligereza, que no hay tradición en el tratamiento de las relaciones del poder político con el mundo empresarial y periodístico, que parece campo exclusivo de la literatura anglosajona y, en especial, de los autores del llamado Nuevo periodismo nacido a mediados del siglo XX.

Suele ocurrir que el que afirma estas cosas o es un ignorante o un snob que prefiere todo lo traducido a lo que está escrito en lengua propia. O ambas cosas. Gran parte de la responsabilidad de que haya pasado esto recae en el mundo académico, que ha establecido un canon en los manuales que repudia todo lo que no pertenece a la denominada gran literatura y sus autores consagrados. Además, el mundo editorial español tiene unas dinámicas perversas por las que prefiere apostar por cualquier valor económicamente seguro publicitado internacionalmente que por cuidar la historia literaria propia.

Algún día deberé abordar en La Acequia la desaparición del fondo editorial y cómo es imposible encontrar en las librerías determinadas obras y autores de nuestra literatura, a pesar de que su lectura documentaría que mucho de lo que admiramos en autores de otras lenguas ya estaba en la nuestra con igual o superior calidad artística. El problema es que, para reeditar estas obras hay que conocerlas y apreciar nuestra propia cultura. Gran problema en la España actual, sin duda alguna.

Se acaba de rescatar del olvido la novela de Luis Araquistain, Las columnas de Hércules, con un oportuno estudio preliminar de Jesús Rubio Jiménez (Madrid, Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena de España, 2009). Luis Araquistain (1886-1959) es uno de los nombres más significativos del socialismo español, muy cercano a Largo Caballero. Político, periodista, crítico teatral, escritor, gran conocedor de la España de su época, vivió en el exilio la parte final de su vida. Participó activamente en el debate público de las primeras décadas del siglo XX sobre la mejor forma de sacar a España de su situación de abatimiento tras el desastre de 1898.

Es en ese clima de análisis de los males nacionales cuando escribe Las columnas de Hércules, publicada en la editorial Mundo Latino en 1921. En España, en las tres primeras décadas del siglo XX hay una producción de novelas mucho más abundante de lo que una consulta a un manual de literatura nos presenta: novelas similares a las que hoy consumimos de forma masiva sin ningún pudor y que nos sorprenden cuando caen en nuestras manos.

Esta novela no tiene grandes pretensiones literarias, pero se deja leer y atrapa tanto en su argumento como en el retrato de la sociedad española del momento. El argumento, con toques de farsa política, nos presenta a un joven periodista, Modesto Escudero, que se levanta un día con el propósito de no dejar pasar más tiempo sin hacer algo en la vida. Con esa pretensión entra en contacto con un empresario que vende píldoras de composición secreta contra la impotencia y que necesita publicitarlas para aumentar sus ingresos. Tras escucharle, Escudero le propone fundar un periódico, El Orden, cuyo fin oculto será difundir las bondades del producto. A partir de ahí, comienza una revista social -que, en la literatura española, tenía tradición desde Quevedo hasta Valle Inclán- en la que se repasan todos los sectores sociales: la Banca y los banqueros, el Congreso de Diputados y los principales políticos, la Prensa y los periodistas, el público, etc. En todos ellos predomina la hipocresía, la picaresca y la falta de escrúpulos. El periódico fundado por Escudero tendrá tal éxito que el empresario, Herculano Cacodoro, ve recompensado su propósito y aumentado su fin inicial, porque conseguirá entrar en los círculos políticos y en una conspiración internacional que pretende alterar las dinámicas de poder geoestratégico. En este punto, se prepara toda una estrategia para inciar una guerra que consiga manipular a la opinión pública del país.

Como revista social, de la mano del narrador entraremos en los círculos de la bohemia literaria del Madrid de principios de siglo, el análisis de la literatura española contemporánea, el debate sobre el incipiente feminismo, la necesaria autorregulación de los medios de comunicación a partir de comportamientos éticos, etc.

La novela, escrita para denunciar la corrupción política y moral del sistema político de la Restauración y de la falta de escrúpulos del Poder, se convierte en toda una lectura sobre la función de la Prensa para alterar el estado de las cosas y crear falsedades que manipulen a la opinión pública. Esta reflexión, en 1921, era de una perspicacia asombrosa. Y no me digan que no es actual.

Sin duda, una lectura entretenida, a la altura de cualquier best seller de la actualidad.

viernes, 8 de mayo de 2009

La prensa local


Hubo una época en España, no hace tanto como ahora nos parece, que la libertad de prensa no existía. En aquellos tiempos nos acostumbraron a leer entre líneas. Se desarrollaron técnicas para burlar la censura: insertar en las noticias algunos párrafos evidentemente destinados al lápiz rojo del censor para que pasaran desapercibidos otros (es proverbial la tosquedad de los censores); informar de los acontecimientos como si no tuvieran importancia e incluso con humor para que no merecería la pena tachar el texto o se dudara lo suficiente de su intencionalidad como para pensar que se estaba de parte del pensamiento oficial; y dar a conocer actos contrarios al Gobierno criticándolos como si el redactor se sumara incondicionalmente al régimen pero dando los suficientes datos como para que el lector advertido comprendiera lo acontecido. Los directores de los periódicos eran llamados al Ministerio de la Gobernación con harta frecuencia y tenían que debatir con censores de todo pelaje: desde aquellos que querían simpatizar con el periodista y se excusaban en el hecho de que cumplían un trabajo hasta los que se habían convertido en fanáticos perseguidores de todo lo que oliera a un ataque a las bases que constituían el régimen franquista, sobre todo en cuestiones políticas, religiosas y morales.

En aquellos tiempos yo era un niño que leía un gran periódico: en tamaño -aun recuerdo el formato y, si cierro los ojos, puedo pasar sus hojas, ver sus viñetas de gatos que se usaban para completar espacios, recorrer sus columnas y admirar la elegante tipografía- y en calidad. El Norte de Castilla (una de las cabeceras más veteranas de la prensa española puesto que fue fundado en 1854), dirigido directa o indirectamente por Miguel Delibes y que contó en su redacción con nombres como Umbral y Manu Leguineche. Por mi edad, no podía ser consciente, pero después he podido estudiar el combate de Delibes por ir ampliando el margen de libertad en la información del periódico. Está constatado, por ejemplo, cómo cultivó un cierto regionalismo castellanista que no era del agrado del régimen, empeñado en una foto fija y folklórica de lo que era Castilla y logró publicar información real sobre la situación del campo castellano. Esto mismo se puede encontrar en las novelas de Delibes de aquellos tiempos.

La prensa local de algunas localidades se permitía ciertas libertades que no eran posibles en la nacional. Establecieron una compleja red de intereses con grupos de empresarios locales que permitían ciertos riesgos. Como la venta de la prensa nacional en provincias no podía compararse, en aquellos años, con la de los periódicos locales, estos ejercían un papel de información, opinión y cierta presión al poder siempre y cuando, claro, no tocara de forma directa los temas que no debían abordarse y se acogiera en sus páginas la carta pastoral del obispo o ecos de sociedad de las familias de orden. No sucedía igual en todas las cabeceras, por supuesto.

Por eso, la evolución de la prensa local en los últimos años debe estudiarse con cuidado. La mayor parte de los periódicos de provincias pertenecen hoy a grupos con intereses nacionales que exceden, con mucho, lo local: las líneas empresariales se deciden fuera de la localidad en la que se publica. El Norte de Castilla de mi infancia, por ejemplo, fue comprado por el Grupo Correo y hoy está integrado en el Grupo Vocento. Algunas cabeceras locales no son más que una delegación de una nacional. Incluso los pocos periódicos locales en los que esto no ocurre, las empresas están ligadas a sectores financieros externos o son el núcleo de un grupo propio establecido en otras provincias y cuyos intereses, por lo tanto, ya no son exclusivamente locales.

Curiosamente, en un mundo globalizado como el nuestro nunca ha sido más importante el fortalecimiento de los medios de comunicación locales y la constitución de empresas dedicadas a la información cuya supervivencia no esté condicionada por las subvenciones de las administraciones ni por la publicidad institucional, que ayuda económicamente pero afecta a la independencia en la opinión. Pero esto, en España, por ahora, no se da en la medida en la que sería deseable.

Deberemos dedicar alguna entrada más de esta serie sobre la prensa a esta cuestión.

miércoles, 29 de abril de 2009

La prensa ya no es el cuarto poder


A fnales del siglo XVIII, se consolidó la idea de que la prensa escrita era uno más de los poderes de cualquier estado constitucional (junto al legislativo, el ejecutivo y el judicial): se la conoce, desde entonces, como el cuarto poder. La base de esta expresión hacía de la prensa libre -y de su receptor, la opinión pública, entendida como la sociedad informada, opinante y activa como sujeto activo social- un poder distinto a los otros tres y que servía como controlador de sus acciones a partir de la información libre y la voz crítica de los pensadores, que aportaban la luz suficiente a las cuestiones sociales para que la opinión pública pudiera tomar conciencia de las cosas y obrara en consecuencia. Todo aquel camino, ya lo sabemos, culminó en la construcción de la figura del intelectual en el famoso artículo Yo acuso, de Zola, sobre el affaire Dreyfus.

En la mentalidad colectiva, por lo tanto, se fijó la idea de que la prensa era garantía de libertad: era plural, independiente y participaba en el debate social con la información y la opinión de los mejores pensadores de cada época.

La consolidación de las empresas periodísticas tradicionales como parte de entidades mayores dedicadas a la comunicación en general, la necesidad de generar beneficios de una rentabilidad superior a las antiguas empresas que sólo se dedicaban al periódico en papel y su crecimiento como estructuras muy relacionadas con actividades no relacionadas con la información, siempre ha sido un peligro. En la historia del periodismo hay casos en los que determinados empresarios compraban periódicos para defender sus causas financieras, industriales o de cualquier otro tipo. Si conseguían éxito en la conquista de un espacio informativo, podían ejercer una presión en los partidos políticos. Este tira y afloja entre poderes no es necesariamente malo, a no ser que se haga mediante pactos soterrados y no públicos en los que la prensa pierde la independencia de la que presume en la cabecera y los políticos quedan atados a los grandes grupos de comunicación. Es curioso cómo muchos gobernantes manifiestan su ansiedad por tener grupos de comunicación afines y muchos empresarios del sector de la comunicación están deseosos por ser recibidos por los gobernantes de forma preferente.

Esta tendencia, presente desde el inicio de la prensa libre, ha ido aumentando con los años. La fuerza de las grandes empresas de comunicación actuales y sus vinculaciones con otros sectores económicos, es inmensa y llega a más sitios de los que un ciudadano medio puede imaginar.

En el fondo, la prensa, engullida por las empresas de comunicación, ha dejado de ser un cuarto poder porque es difícil ya establecer los límites de su frontera con el primero.

miércoles, 4 de febrero de 2009

La empresa periodística y el ingenuo entender de su independencia


Uno de los equívocos más frecuentes sobre la prensa es el que alude a su independencia. Incluso algunos manuales sobre periodismo confunden el término con una retórica engañosa.

En la cabecera de muchos periódicos se halla su definición como Diario independiente. Por un falso vestigio romántico sobre la figura del periodista, se ha interpretado esa independencia como sinónimo de objetividad.

Un periódico se denomina independiente cuando, según la vieja costumbre decimonónica, no es un órgano ministerial (por ejemplo, el Boletín Oficial del Estado) ni está directamente vinculado a un partido político o a una asociación, sea cuales sean sus fines. Es decir, cuando no es ni una gaceta oficial ni un órgano de expresión, sino una empresa particular que arriesga su dinero en el empeño de la publicación del periódico.

Pero esto no quiere decir que no tenga adscripción ideológica ninguna ni intención alguna de participar en la vida política, económica y social de su zona de influencia.

No sé por qué, está muy arraigado en la conciencia de mucha gente que un periódico, la empresa que lo sostiene y los periodistas que trabajan en él son (o deberían ser) gente espiritualmente inmaculada y sin tendencia alguna, sin propios fines y que, por lo tanto, trabajan con una alta conciencia de la objetividad como si ésta fuera aséptica, como un quirófano. Según esto, exigen del periodismo un deber cívico casi sagrado. En contra, la realidad indica que todo trabajo con la realidad sobre la que debe informarse conlleva una manipulación. Es más, tengo el convencimiento de que nadie leería un periódico objetivo, si pudiera hacerse.

Esto no quiere decir que no haya una frontera, dentro de la deontología profesional, entre informar de una manera u otra e inventarse una noticia o sesgarla de tal manera que dé un resultado completamente diferente a su naturaleza. Pero esto sólo es materia para discernir en los juzgados y en la elección del periódico que compramos cada día en el quiosco de prensa, puesto que, como sabemos, constituye la diferencia esencial entre el periodismo recomendable y el amarillismo.

Hay otra cuestión que importa en este aspecto: la prensa independiente se vincula a una línea editorial marcada por la empresa que la financia. No debería sorprendernos, incluso, que un empresario con una ideología determinada financie un periódico que pertenece a un sector político contrario si ve en ello una posibilidad de negocio o influencia. O, incluso, que detrás de la misma empresa, haya varias dependientes de ella y asociadas, a su vez, con otras, que tengan presencia en varios periódicos que compitan entre sí por el mismo espacio geográfico desde diferentes perspectivas.

Suele ocurrir que esa línea editorial es ancha en algunos aspectos y estrecha en otros y que cambia con el tiempo: la mayor parte de los periódicos no ponen problemas en la variedad de opiniones en aspectos como el deporte o la cultura (a veces, hasta en esto si hay intereses comerciales vinculados a una marca deportiva o a unos sellos editoriales), incluso admiten columnistas con ideología contraria para dar aspecto de objetividad y no resultar demasiado tendenciosos, pero suelen tener más miramientos en la información política, especialmente en épocas electorales, en las que el margen de maniobra de los redactores es menor. Incluso las fotografías publicadas por un periódico son miradas varias veces para ver si encajan o no en la línea editorial.

La época romántica de las empresas periodísticas ha pasado, si alguna vez existió. Nadie quiere arruinarse con la publicación de un periódico sosteniendo, contracorriente, una idea. Y en momentos como los actuales, en los que editar un diario no es muy rentable económicamente, se busca un aprovechamiento de otro tipo de esta presencia pública que lo convierta en un déficit útil.

Por eso, la mayoría de las empresas periodísticas no renuncian a influir en la vida política y buscan afinidades ideológicas con un sector de la población no cubierto por otros medios de comunicación -las posibilidades de competir en el mismo espacio suelen ser mínimas y estar condenadas al fracaso- y, a veces, sólo buscan ocupar esa zona de la opinión pública aunque no coincida con su propia ideología: basta con que les haga visibles ante las administraciones y partidos políticos, anunciantes y otros sectores por su influencia.

Y, a partir de ahí, establecen unas curiosas relaciones con las instituciones y administraciones locales, regionales y nacionales de los países, en las que suele haber un interesante intercambio de beneficios entre ambas posiciones: en este tira y afloja, en el que se juega mucho dinero en subvenciones, publicidad y en cotas de presencia ante la opinión pública que hacen rentable la inversión aunque directamente no aporte ingresos, está una de las raíces de la situación actual de la mayor parte de las empresas periodísticas de cualquier país democrático. Recordemos que, desde hace mucho, se conoce a la prensa como el cuarto poder.

Todo tiene una justificación: la mayoría de las grandes empresas periodísticas actuales no son sólo editoras de prensa, sino que pertenecen a grupos empresariales de mayor calado, en los que, junto al periódico, hay televisiones, emisoras de radio, derechos para la emisión de eventos deportivos, de imagen y muchas otras cosas que no tienen nada que ver de forma directa con los medios de comunicación.

Debajo de esa estructura circulan, como lo han hecho siempre, la mayor parte de los profesionales que trabajan en los periódicos, en un camino en el que se les permite pocas desviaciones de la línea marcada por la empresa en los aspectos esenciales. Es una de las primeras lecciones que aprende cualquier licenciado en los estudios de lo que antiguamente se llamaba Ciencias de la Información.

domingo, 25 de enero de 2009

La prensa en estos tiempos


En España, pero no sólo aquí, el periódico en papel pasa por momentos difíciles desde hace unos años y tiene un futuro, a medio plazo, muy complicado. La generalización creciente de Internet, por un lado, y el reciente fenómeno de la prensa gratuita, por otro, han incrementado los problemas que ya existían.
Hay una nueva forma de acceder a la información que antes sólo transmitía la prensa: muchas páginas virtuales la ofrecen, desde las institucionales hasta las personales y permiten conocer, al mismo tiempo o antes que en la edición impresa, las decisiones municipales, las deliberaciones del Consejo de Ministros, la cartelera de cine o el tiempo que hará mañana. La difusión de Internet y las herramientas que seleccionan el exceso de información a demanda crecen exponencialmente y dentro de poco aquellos que no recurran a la red para informarse no se contarán tampoco entre los lectores de periódicos.
Por otra parte, el éxito de la prensa en papel de distribución gratuita (ahora afectada por la crisis económica, pero que ha venido para quedarse durante mucho tiempo), por su cercanía en temas y redacción a la mayor parte de la población, por poner en las manos de muchas personas un periódico con la suficiente información (entiéndase esto en un amplio abanico opinable pero cierto) y un estilo fácil de comprender por la mayoría, ha hecho daño a las cabeceras establecidas aunque no lo reconozcan. Especialmente a la prensa local. Evidentemente, la prensa gratuita tiene sus peculiaridades: busca un público de carácter general, no específico, pero no le puede facilitar, por su propio carácter, artículos extensos ni grandes reportajes ni su plantilla ni intención de partida le permite, salvo excepciones, hacer investigaciones de alto calado o cubrir todos los frentes informativos. La mejor forma de ver el efecto de esta prensa en la tradicional es percibir su influencia en la redacción y maquetación de las noticias de los periódicos asentados y en la aparición de algunos no gratuitos que parten de su esencia pero dan algo más tanto en extensión como en complejidad. No vaticino una vida muy larga a estos últimos, puesto que se quedan en tierra de nadie, a pesar de que algunas cabeceras tengan aciertos y partan con la simpatía inicial de un sector del público.

Las grandes empresas periodísticas de implantación nacional (habrá tiempo para hablar de la prensa llamada local, que ya no lo es tanto como antes) han diversificado su oferta, conectándose con emisoras de radio, de televisión y portales de Internet. Es más, los grupos más fuertes han comenzado a extender su red más allá del país que les vio nacer para implantarse en ámbitos internacionales de influencia. Muchas lo han hecho no tanto porque vean un rendimiento económico directo a las nuevas tecnologías -es decir, generar riqueza por el mero hecho de transmitir la información al público- sino porque la inercia les obligaba a ocupar un espacio que, si no, ocupaban otros. Y porque han detectado que tener una cuota fuerte del mercado virtual les garantiza una posición de ventaja frente a sus competidores, ante el público, ante el crecimiento futuro de esta herramienta, que ya intuimos, y, especialmente, ante los órganos de decisión política y económica nacionales e internacionales. De hecho, se percibe que algunos empresarios tienen un periódico no tanto para ganar dinero con él sino para aumentar su presencia pública, influir en la opinión general y poder intervenir en la vida política y social de un país, a partir de complejos grupos en los que hay periódicos en papel, portales digitales, cadenas de radio y televisión, etc. Es una forma de hacer rentable la cabecera de un periódico en papel que, por sí misma, no sería muy rentable como inversión. No hacen nada ilegal con ello y sólo los receptores tienen la decisión última sobre el éxito de su línea editorial.

De hecho, casi todas las grandes empresas periodísticas comenzaron ofreciendo sólo a suscriptores -de pago o gratuitos, pero con la obligación de identificarse a través de una clave- el acceso a la mayor parte de la información de sus portales. Hoy sucede lo contrario: casi todas las empresas dan la totalidad de su contenido gratis y sin necesidad de suscripción porque han visto cómo crecían los competidores que lo difundían libremente. Aun así, ni antes ni después los rendimientos económicos de los portales informativos de Internet son elevados ni comparables a los de la publicidad impresa en los años dorados en los que no había más que el periódico en papel. Una buena parte de los lectores de los periódicos digitales no es que no lean la publicidad: es que no la ven. A pesar de lo barato que resulta mantener la publicidad para una página virtual y de que es suficiente un tanto por ciento mínimo de personas que accedan de verdad a ella, no se ve clara la rentabilidad económica aunque es indiscutible la que tiene como forma de hacerse visible en un mundo en el que esta palabra es ya parte del credo de cualquier empresario.

Sin embargo, tampoco ha sucedido la catástrofe de las empresas periodísticas en su faceta tradicional que se pronosticaba con la difusión de Internet: ante la abundancia de contenido y portales, los lectores acceden a las cabeceras en la red que les dan más confianza en su versión en papel, en la radio o en la televisión. Curiosamente, por lo tanto, nos encontramos con una situación que plantea interesantes retos: los grandes medios de comunicación ven cómo sus formatos tradicionales de divulgación de noticias son cada vez menos consultados por los receptores (salvo en circunstancias excepcionales en las que, curiosamente, la atención se vuelve a los formatos conocidos antes de la era de Internet) y asisten al crecimiento paralelo del número de los que acceden a la información a través de sus versiones digitales. Pero no saben ni cómo mantener la publicación en papel, cada vez menos rentable en sí misma, ni cómo rentabilizar de verdad el producto digital.

Por ahora, se limitan a estar donde la situación les obliga a estar y tantear, tras años de recelo e incluso rechazo abierto, todas las posibilidades de la nueva herramienta: información actualizada permanentemente, enlaces a contenidos con información más abundante sobre cada tema, blogs, participación activa de los lectores, acceso completo a las hemerotecas, etc.

Ante esto, conozco muchos periodistas que mantienen todas las alertas contra el mundo virtual, que les genera desconfianza. También conozco otros que saben que es no tanto el futuro como el presente, que abre grandes posibilidades. Los que están perplejos son los empresarios, los dueños de las cabeceras en papel, que ven cómo deben diversificar el producto sin tener clara la ganancia económica. Por un lado, mantener el periódico en papel, buscando nuevas formas para que siga leyéndose y, sobre todo, para que la gente lo compre y pueda influir en la vida de una sociedad. Comprenden la necesidad de volcarse en la red para tener presencia en las nuevas tecnologías -hacerse visibles- y ofrecer unos servicios que sus usuarios demandan; pero deben buscar aun cómo rentabilizarlo más allá que como cuota de un mercado que consideran etéreo. Y todo ello, en medio de una crisis económica. ¿Llegará un momento en el que ni por una política de prestigio social sea rentable mantener la edición en papel?

Seguiremos hablando sobre la prensa en estos tiempos. El próximo día, sobre su independencia.