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miércoles, 5 de septiembre de 2012

This is Pop Art!


Algunos de los mejores exponentes del Pop art son recogidos en esta exposición (Sala Municipal de exposiciones del Museo de la Pasión de Valladolid, hasta el 19 de septiembre), correcta pero en la que se echa de menos una mayor y necesaria atención a producciones no pictóricas de este movimiento que ayudarían a completar el panorama de sus aportaciones. Salvo esto (que es una laguna considerable), es una buena introducción al Pop art, aunque al conocedor de este movimiento poco le aportará puesto que la exposición no pretende profundizar en su legado ni en su evolución ni en la necesaria revisión de una propuesta artística que define gran parte de la segunda mitad del siglo XX y está en los genes de muchas de las formas artísticas que hoy se nos ofrecen como novedosa vanguardia. En el fondo, el uso que se hace hoy en día de las propuestas del Pop art -especialmente en el ámbito de la tecnología más puntera- es similar a la que este movimiento hizo de la vanguardía de las primeras décadas del siglo -en las que están las verdaderas líneas de renovación del arte-. Hay una significativa fotografía en la exposición en la que se miran Salvador Dalí y Andy Warhol: ambos sabían que Dalí era el puente entre aquella ya lejana vanguardia y la renovación del arte a mediados del siglo que protagonizó -pero no inició- Warhol. Hasta la vanguardia más renovadora tiene su raíz en movimientos anteriores. Lo nuevo es la mirada y la adaptación a los tiempos, más el uso de las herramientas tecnológicas más punteras del momento. Warhol supo, como nadie, combinarlo todo y encontrar la clave de un movimiento artístico de masas que fuera, a la vez, vanguardista y que fomentara la posibilidad de que todos pudiéramos ser artistas con la concepción del arte como un bien más de consumo (contradicción que hubiera producido un interesante dolor de cabeza a Ortega y Gasset puesto que venía a negar sus tesis de partida de la Deshumanización del arte), lo que no deja de ser una parte del proceso de la democratización de la cultura: hasta ese momento pocos podían adquirir un objeto artístico. De la misma manera, el arte salía de las salas de los museos para hacerse diseño.

Es curioso cómo, cuanto más avanzamos en esta nueva época que aun no tiene denominación y cuyo hito de partida muchos sitúan en los atentados del 11 de septiembre de 2001, más necesitamos revisitar el origen de la postmodernidad. Ahora que pocos son los que lo defienden, quizá sea el momento de rescatar algunos de los mejores valores que de dieron principio: entre ellos, la libertad creativa, el optimismo vital y la lucha contra los cánones establecidos tanto en al arte como en las ideologías. Revisando dónde perdió la batalla este movimiento que nació a mediados del siglo pasado posiblemente encontremos las claves para dar una nueva que, quizá, estemos en condiciones de ganar ante lo que nos está pasando.

sábado, 2 de mayo de 2009

Veinte años después de Dalí


La exposición Salvador Dalí: Veinte años después, nos sitúa ante la encrucijada entre modernidad y postmodernidad. Ésta, ya lo sabemos, nace como superación de las tensiones que se manifestaban en la primera, pero recoge gran parte de la perspectiva de las vanguardias de principios del siglo XX para interactuar con ellas. En el fondo, para los jóvenes que en los años 50 iniciaron el pensamiento y el arte que constituirán la base de lo postmoderno, los autores de vanguardia eran sus clásicos. Este concepto de clasicismo es una contradicción sustancial con el mismo planteamiento de la vanguardia de los años 20, pero explica gran parte de la mirada de la primera etapa de la postmodernidad y, a la vez, el asentamiento de aquella vanguardia. En efecto, tras las corrientes que conocemos bajo ese nombre, el retorno a la llamada rehumanización del arte y del pensamiento, ya no podía plantear nada en los mismos términos que en el siglo XIX. De hecho, el realismo, en el arte, ya no es el decimonónico: no puede serlo.

Algunos de los autores de vanguardia más importantes estaban en plena producción cuando aparecieron aquellas primeras manifestaciones del postmodernismo. Y jugaron, desde el otro lado, con sus premisas porque muchas de ellas eran reconocibles en su propia obra.

El caso más singular, en este sentido, fue Salvador Dalí. Desde la Guerra Civil y durante la Guerra Mundial, su producción no encontraba el hueco adecuado. Se observa en su obra de estos años una cierta desorientación: el mundo de este período no es propio para la mirada daliniana. Por eso, para él debió resultar extraordinariamente sugerente percibir las primeras manifestaciones de los nuevos tiempos: veía una segunda oportunidad o, mejor, la gran oportunidad de su carrera artística puesto que gran parte de sus compañeros de vanguardia o habían muerto o no tuvieron la frescura suficiente para adaptarse a los tiempos. En contra de los que algunos piensan, Dalí no estaba encerrado en sí mismo, al menos en cuanto a materia artística: conocía muy bien las novedades y había desarrollado un gran instinto para percibir las posibilidades de mercantilización del arte. En esto, por supuesto, intervenía también la personalidad de Gala y la corte de marchantes y secretarios que le rodeaban. No olvidemos que esta mercantilización del arte de vanguardia es una buena parte de lo que nutre la postmodernidad.

En esta exposición, junto a unas pocas muestras de su primera etapa, sobre todo se hallará bien expresada la parte final de su biografía, las tendencias al juego con su propia producción anterior y a la transformación definitiva de la personalidad del artista en marca comercial. A algunos les entusiasmará y a otros les provocará rechazo, pero es una exposición imprescindible. Además, está correctamente montada tanto en su propuesta inicial como en las cuestiones técnicas. Quizá se eche de menos algo más de espacio.

Si alguien quiere comprender cómo Warhol y Dalí se dan la mano, no debe perderse esta exposición.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

La venta de lo falso nuevo


Los lectores más antiguos de La Acequia sabéis que me gusta el llamado arte contemporáneo y de vanguardia. Sabéis que analizo esas manifestaciones del siglo XX que a muchos les provocan aun rechazos e incomprensión y que os he animado a visitar exposiciones y conocer artistas de este tipo. Entre otras cosas, porque son la demostración más exacta de nuestra época y porque merece la pena el esfuerzo de comprensión para poder gozar de él como hacemos con otros tipos de arte.

Hoy os traigo un ejemplo de lo que debe hacerse, uno de lo que debe hacerse pero no se ha hecho del todo bien y otro que, directamente, es una cara tomadura de pelo.

El ejemplo de lo que debe hacerse es la cabeza de acero inoxidable de Jaume Plensa que se expone en el patio central de la Casa del Cordón -modelo de buena restauración de un edificio histórico para un uso moderno como el de oficina central de una entidad bancaria- hasta el 18 de enero, como complemento y reclamo de la exposición del CAB. En sí misma, la obra tiene una entidad asombrosa: vacía el espacio interior de la cabeza y establece un diálogo con todo el entorno a través de su construcción en red y volumen. Situada donde está, la obra adquiere un pleno significado: ese diálogo se abre a un gran espacio vacío, con un magnífico contraste e integración entre el acero de la cabeza y la piedra del patio, entre la postmodernidad reflexiva de la cabeza y el gótico final de las arquerías. Tal es su adecuación, que el visitante piensa que deberían dejarla allí para siempre aunque este tipo de arte debe verse en diferentes lugares para valorar sus nuevos matices.

El ejemplo de lo que debe hacerse pero no se ha hecho bien es la exposición, que anuncié aquí, de Warhol en Burgos. No responde a las expectativas ni está a la altura de lo requerido. Es, apenas, la muestra de unas series de serigrafías mal explicadas y expuestas (por eso, es mejor el catálogo): como podría hacerse con cualquier joven artista que comenzara su carrera. Todo colgado, como se hace ahora, con un cristal para cubrir las obras y una iluminación tan mal diseñada, que hacen que el espectador se vea a sí mismo más que a la obra (es mal común, no sólo de esta exposición). Lo que no deja de ser toda una interesante reflexión sobre el arte: somos arte pop reflejado en arte pop. Pienso que no era el propósito ni de Warhol ni del comisario de la exposición.

Se completa la muestra, con películas del artista, que fue uno de los que mejor participaron en la experimentación en este arte en los años sesenta. Es cierto que son, posiblemente, sus mejores obras cinematográficas. Una de ellas, Empire (1964), aunque sólo se exponga un fragmento de 45 minutos de las más de 8 horas de metraje, correcta pero insulsamente mostrada en un monitor plano, colgado en la pared -lo que está muy bien, pues puede ser tomada como una parte más de su obra total-. Dos, The Chelsea Girls (1966) y The Velvet Underground and Nico (1966), proyectadas a través de cañones en una superficie rugosa y cierto efecto reflectante, que provoca que veamos, en ocasiones -dado que las películas son en blanco y negro-, más la pantalla que la película. La opción, además, de mostrarlas sin sillas en donde pueda sentarse el público no animan a la contemplación detenida de obras que influyeron decisivamente en el cine independiente y de autor de los años posteriores -Pedro Almodóvar ha aludido, en reiteradas ocasiones, al impacto que supusieron en sus comienzos- supongo que, el comisario, tuvo miedo de que alguien pretendiera ver todo el metraje de ambas (210 minutos la primera, 66 la segunda).

Por último, el juego de espejos que Leandro Erlich muestra ahora en el Reina Sofía, tan aplaudido por los medios de comunicación, es el ejemplo perfecto de cómo no deben hacerse las cosas. Y no me refiero a la calidad del producto, que técnicamente es impecable, sino al intento de vendérnoslo como vanguardia del arte contemporáneo. A nadie debería sorprender ya la mezcla de elementos propios de lo que se llamaba subcultura -aquí, las atracciones de feria-, con el arte más innovador: llevamos más de cien años haciéndolo.

Cuando los juegos de espejos saltaron en las décadas finales del siglo XIX de la atracción de feria al teatro y a museos, sí se hacía algo nuevo. Cuando todo ello se implicó con el precine y, más tarde, con las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX, sí se hacía algo nuevo: la propuesta era rompedora, atrevida y tenía toda una carga de pensamiento cultural e ideología artística detrás.

Que el Reina Sofía lo exponga ahora, no está mal, aunque es irrelevante para el arte actual. Pero que se nos venda como una nueva reflexión, como una nueva forma de hacer arte en el que se ha descubierto la síntesis de elementos, es, sencillamente, una cara tomadura de pelo. Eso sí, ésta gustará incluso a los que rechazan el arte contemporáneo porque dicen no comprenderlo: la instalación de Erlich es puro juego y técnica, artificio y superficialidad, magnífico ejemplo de un tipo de arte muy vivo hoy, demandado por los cientos de museos de arte contemporáneo que han proliferado y deben llenar sus salas como sea y disfrutados por un público que sabe poco ya de cualquier tipo de arte.

Los espectadores saldrán satisfechos y contarán la novedad de esta propuesta: simplemente, porque ignoran que es algo viejo vestido con calidad técnica nueva (el arte contemporáneo está en los últimos capítulos de los libros de texto). Como gran parte de las propuestas de ahora.

Curiosamente, el arte de vanguardia, que rompió con el canon tradicional, ha creado un nuevo tipo de canon. Eso no es incorrecto: en todos los estilos, en todas las épocas, hay iniciadores e imitadores con más o menos calidad. Pero el arte de vanguardia tenía una máxima, que definió bien Rubén Darío en sus Palabras liminares a Prosas profanas y otros poemas (1901):

Yo no tengo literatura «mía» [...] para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea

Y, sobre todo, que no nos vendan como nuevo lo que lleva tanto tiempo creado. Entre otras cosas, para eso sirve estudiar la historia de las manifestaciones artísticas, como les digo a mis alumnos muchas veces: para que no nos den gato por liebre ni los artistas redichos ni sus patrocinadores y los circuitos culturales.

Como las dos primeras exposiciones las vi con mi amigo Javier García Riobó, hicimos, por el camino, alguna foto. Dejo aquí constancia de una que debería publicar él en breve, para hablar de configuración creativa.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Andy Warhol en Burgos


Ahora que dedicamos la entrada del domingo a Pensar el mundo y que buena parte de ello lo haremos a partir de las manifestaciones artísticas -los productos culturales son el mejor reflejo de las ideas y circunstancias históricas-, Warhol viene a Burgos.

Andy Warhol fue el artista que consiguió aglutinar y expresar, mejor que ningún otro, parte del nuevo giro que se produjo a finales de la década de los cincuenta y que es un elemento más de la denominada época postmoderna.

Fue el principal exponente del pop art, movimiento artístico que consiguió el triunfo masivo de las vanguardias de unas décadas antes: su inevitable producto y su superación, al mismo tiempo. Su culminación y su traición.

A partir de él, el arte de vanguardia se convirtió en arte masivo: saltó de los museos al diseño de los productos más cotidianos e inundó todas las manifestaciones artísticas. Se creó una nueva manera de entender las formas, el dibujo y la combinación de colores. Giró con humor y la misma dinámica festiva de tantas otras manifestaciones culturales de los sesenta, una perspectiva artística dominada por el existencialismo y una visión pesimista del mundo, en la que se incluía el miedo como forma de relación. Warhol representó todo lo contrario: por eso no dudó, en muchos casos, en llegar a lo superficial como filosofía de mirada.

Para ello, Warhol y los otros artistas de este movimiento, usaron la ironía, la ruptura de las fronteras artísticas, la creación de iconos artísticos a partir de personajes populares del momento, la intertextualidad (se partía, en gran medida, de que todo estaba ya hecho y que ya no importaba dicha constatación), y el juego. En todo esto, coincidían con las vanguardias de los años 20. Les diferenció el hecho de que buscaron un artista no encastillado en el intelectualismo y la distancia sino presente en la vida social puesto que, en gran medida, el propio artista era un producto más de la sociedad de consumo de los nuevos tiempos y usaba todo lo que los medios de comunicación de masas le ponían a su servicio. Gracias a ellos y su uso de nuevas técnicas menos especializadas que antes, se asentó la idea de que cualquiera puede ser artista: el arte pop es, en gran medida, la democratización del arte.

Quitó dramatismo al arte y le restó la presencia de la ideología a la manera en la que se había dado en la época anterior. El artista que siguió esta tendencia, incluso el más rebelde, no se enfrentaba a ningún sistema, sino que lo burlaba: pactaba con él y sus técnicas de comercialización para sobrepasarlo. Para entender correctamente esto, debemos situarnos en aquel contexto de los años cincuenta, dominado por consignas artísticas que encerraban el arte en unos estrechos márgenes tanto técnicos como intelectuales.

En su haber se ha señalado que sacó el arte del estrecho círculo de artistas que hacían arte para entendidos. En su contra, que lo descargó de compromiso con las ideologías dominantes. Sí hay compromiso en Warhol, pero quizá con lo que menos nos gusta de la postmodernidad, pero más la explica. Su influencia hasta hoy es más que evidente.

Parte de todo esto se puede contemplar, a partir de hoy y hasta el 8 de diciembre, en la exposición sobre Warhol en Burgos. Incluso aquel a quien no le guste, tiene campo para reflexionar.