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sábado, 26 de septiembre de 2009

El muro del Atlántico. Fotografías de Juan Medina


Siempre me ha sorprendido una faceta del debate sobre los movimientos migratorios sostenido en las últimas décadas: la falta de memoria que nos lleva a mantener una apropiación del territorio como si nuestra sangre fuera la más antigua y pura de todas. Si alguna familia tiene raíz desde hace varias generaciones en el mismo lugar en el que vive, seguro que muchos de sus miembros se dispersaron por el mundo. Pero, ¿cuántos pueden contar varias generaciones de antepasados en el mismo lugar? ¿Y de qué sirve contarlas? Es cierto que todos somos emigrantes. Por eso me sorprende que se haya pretendido construir las fronteras como muros impermeables: no pueden serlo, nunca lo han sido, nunca lo serán. A lo largo de la Historia de la Humanidad, las grandes migraciones son un hecho: por cuestiones políticas, por necesidad económica, por huir de la enfermedad o de la guerra o de la sequía o el hambre. Dentro de unas pocas décadas, el cambio climático provocará el movimiento de millones de seres humanos. La ficción de estabilidad en la que Occidente ha vivido desde el siglo XX se derrumba.

Me soprende la hipocresía del llamado Primer Mundo, que intenta regular estos movimientos según sus necesidades. Acepta al emigrante sólo cuando lo necesita para engrasar la maquinaria del desarrollo económico, lo desprecia cuando una crisis frena el crecimiento. Se asombra con la emigración ilegal, causada por la voracidad con la que se ha destruido el mundo con el llamado neoimperialismo, causante de países entregados a Gobiernos corruptos, fácilmente manipulables. La política internacional es una farsa en la que las víctimas son gente como nosotros. Y cuando llegan a la puerta de nuestras casas les pedimos, sin más, que no hablen sus lenguas, que olviden sus creencias y que no se vistan como lo hacían sus padres. Y que si no lo hacen, sean invisibles.

Hay países que construyen muros para que no entren los otros, pero con las puertas suficientes para poder salir a dominarlos. Nunca se acepta que los otros seamos nosotros. Pero no quiero hablar hoy de las guerras.

No hay muros ni verjas lo suficientemente altos y permanentes para contener al otro lado a aquel que no viene a invadirnos sino a tener una oportunidad en la vida de alcanzar el bienestar de que gozan los países desarrollados. Siempre encontrarán la grieta: a veces, se la muestran los que quieren comerciar con su vida.

Desde hace unos años, la inmigración ilegal en Europa ha tomado el traicionero atajo del Estrecho de Gibraltar o la búsqueda de las Islas Canarias como promesa de un mundo mejor. No sabemos cuántos no lo han logrado: no hay estadísticas fiables que cuenten los cadáveres que han quedado flotando en el Océano Atlántico. Y estos muertos no tienen voz.

Pero cada año, unos cuantos miles de personas lo logran. Sus rostros, sus miradas, sus manos, nos hablan de un camino lleno de dolor y esperanza. El fotógrafo Juan Medina (Buenos Aires, 1963), de la Agencia Reuters, ha tomado algunas de las imágenes más conocidas de estos rostros, publicadas en periódicos y revistas de todo el mundo. Ahora las muestra en esta oportuna exposición: El Muro del Atlántico.

Las fotografías son de una calidad magnífica: técnica y mirada. Pero sobre todo, testimonio. Testimonio de algo que muchos quisieran ocultar bajo las mullidas alfombras de sus despachos.