- Escribió un cuento sobre esto, si no recuerdo mal, Rosa. Lo leí en un libro suyo, Icada, Nevda, Diada. Me lo regaló José María Luelmo cuando yo era un adolescente. Recuerdo que era un texto en el que trabajaba muy bien la depuración de emociones y el ritmo narrativo.
- Sí, Lazo indisoluble.
-Mal título: correspondería mejor a una novela popular.
-Eso me dijo el editor, pero una ya no hacía caso a los editores: además, yo parodiaba el género. Y eso que aun no estaba muerta, fíjate ahora si me importará lo que digan mis editores. Sobre todo los que quieren vender libros. Me sucedió lo mismo con Memorias de Leticia Valle. El relato del que hablas procede de Ofrenda a una virgen loca. Dos amantes, Aurora y Arturo, deciden que no quieren vivir la decadencia de su amor: esa etapa en la que uno se encuentra sin saber cómo ha llegado a ella, pero que se ha instalado en la convivencia y se nutre de quejas y críticas y amargura. Cuando creen alcanzada la cima de su sentimiento, se arrojan a un río atados y abrazados. Pero en los minutos que tardan en morir condensan años de desamor: luchan para salvarse, pero el nudo de la cuerda no cede. Él comprende que debe librarse del cuerpo de ella para alcanzar la orilla; ella se aferra a él para que la salve y lo hunde más.
-Recuerdo una de las imágenes finales, cuando ya no pueden más, tras caer por una cascada, y penetra el agua fría en sus pulmones y dejan de luchar y se serenan. Supongo que en ese momento se dan cuenta de que no han podido vencer la fase de decadencia del amor que tanto temían, sólo la han condensado. El suicidio, en este sentido, ha sido inútil: no por una cuestión moral, sino porque no ha servido para lo que lo proyectaron. ¿Es siempre así, el amor inevitablemente ha de ir perdiéndose a jirones hasta ese punto en el que ya ni se reconoce?
-Hijo, las respuestas ha de buscarlas uno mismo. Acércame la rebeca, que se ha levantado algo de fresco.