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martes, 21 de julio de 2009

Lazo indisoluble


- Escribió un cuento sobre esto, si no recuerdo mal, Rosa. Lo leí en un libro suyo, Icada, Nevda, Diada. Me lo regaló José María Luelmo cuando yo era un adolescente. Recuerdo que era un texto en el que trabajaba muy bien la depuración de emociones y el ritmo narrativo.

- Sí, Lazo indisoluble.

-Mal título: correspondería mejor a una novela popular.

-Eso me dijo el editor, pero una ya no hacía caso a los editores: además, yo parodiaba el género. Y eso que aun no estaba muerta, fíjate ahora si me importará lo que digan mis editores. Sobre todo los que quieren vender libros. Me sucedió lo mismo con Memorias de Leticia Valle. El relato del que hablas procede de Ofrenda a una virgen loca. Dos amantes, Aurora y Arturo, deciden que no quieren vivir la decadencia de su amor: esa etapa en la que uno se encuentra sin saber cómo ha llegado a ella, pero que se ha instalado en la convivencia y se nutre de quejas y críticas y amargura. Cuando creen alcanzada la cima de su sentimiento, se arrojan a un río atados y abrazados. Pero en los minutos que tardan en morir condensan años de desamor: luchan para salvarse, pero el nudo de la cuerda no cede. Él comprende que debe librarse del cuerpo de ella para alcanzar la orilla; ella se aferra a él para que la salve y lo hunde más.

-Recuerdo una de las imágenes finales, cuando ya no pueden más, tras caer por una cascada, y penetra el agua fría en sus pulmones y dejan de luchar y se serenan. Supongo que en ese momento se dan cuenta de que no han podido vencer la fase de decadencia del amor que tanto temían, sólo la han condensado. El suicidio, en este sentido, ha sido inútil: no por una cuestión moral, sino porque no ha servido para lo que lo proyectaron. ¿Es siempre así, el amor inevitablemente ha de ir perdiéndose a jirones hasta ese punto en el que ya ni se reconoce?

-Hijo, las respuestas ha de buscarlas uno mismo. Acércame la rebeca, que se ha levantado algo de fresco.

viernes, 5 de octubre de 2007

Amor, literatura y agua.



Crono cortó los genitales a su padre Urano y los arrojó al mar. La cultura mediterránea, hasta nuestros días, ha girado siempre sobre las conflictivas relaciones paternofiliales. Matar al padre, se dice. Parece un rito de paso o de dominación y procreación, como dijo Freud en Totem y tabú. En el mundo académico es casi costumbrismo galdosiano. Urano despreció a sus propios hijos. A Crono, que se comió a los suyos para que no le destronaran, le apartaría del poder su hijo Zeus. En ambos casos, Gea y Rea, esposas y madres, tuvieron mucho que ver en la suerte final de estos padres problemáticos al ayudar a la revuelta de los hijos. Creo que todavía andamos en estos jaleos de padres, madres e hijos. Esas cosas tiene la mitología.

Crono terminaría arrojando los genitales de Urano al mar. Mecidos por el oleaje, de su deriva surgió una espuma blanca de la que nació Afrodita, doncella en su espléndida madurez, diosa del amor conocida por los romanos como Venus. El amor brota así, según el mito, de la mutilación del padre en un acto violento de venganza y reparación. Sobre el leve ondular que mece el agua del mar en las costas de Chipre. Qué violencia esconde el amor: juego de fauces y caricias.

¿Cómo contar la navegación del despojo de Urano sobre las aguas, inicio de todo?

El Centro de Mayores de Miranda de Ebro me ha pedido que, este año, mis expedicionarios, ya no tanto alumnos como amigos, les hablen de la presencia del agua en la literatura. Qué iniciativa tan buena es esta para todos y cómo ha quedado ya para nosotros unida al recuerdo de Carmen.

El agua es fuente en los rumores leves y simbólicos del modernismo primero de Antonio Machado pero también guarda, en la Laguna Negra, el sueño del padre y la tortura de los parricidas-de nuevo el padre y los hijos-. También fue símbolo sexual en las canciones que advertían a la doncella del peligro de acercarse a la ribera de un arroyo y rumor del misterio en la literatura popular. En Federico García Lorca ese peligro del amor se plasma en la gitana hilada de plata sobre el rostro del aljibe en el Romance sonámbulo. Los hombres, en tantos poemas y dramas, observaban ocultos y temblorosos de deseo y pecado el baño de la mujer. El agua simbolizó la muerte en los ríos con los que Jorge Manrique grabó una metáfora eterna en las Coplas a la muerte de su padre (nuevamente el hijo y el padre). A un río se arrojaron, atados voluntariamente, los amantes de un cuento de Rosa Chacel, para destrozarse mutuamente cuando llegó el ansia de aire, en un magnífico símbolo de la relación amorosa. El agua, tan presente en Claudio Rodríguez, era lluvia purificadora. El agua restalla en Juan Ramón Jiménez cuando descubre definitivamente su voz poética.

Agua lleva esta pequeña acequia que me vertebra en la incertidumbre y en el recuerdo desde hace casi un año.

Al final, como siempre, cenaremos en el barrio de las Huelgas.