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sábado, 9 de marzo de 2013

Salamanca


De todas las ciudades que no existen, esta es, sin duda alguna, mi favorita. Y esta es la calle que no me canso de recorrer en ella, parte de mi caminar diario hacia la ribera del Tormes. Cada uno debería interrogarse sobre la suya para comprender mejor qué ha hecho de su vida.

martes, 5 de febrero de 2013

El ritmo del café


Ya no se lee a Torrente Ballester. Y es una lástima, porque todavía nos espera en el Novelty. Quizá no se le lea porque sus novelas tienen un ritmo incompatible con las urgencias de quien lee para no comprender lo leído. A estas horas, en Salamanca, el café hay que tomarlo lento y echando una mirada para ver quien pasea por la plaza.

domingo, 28 de febrero de 2010

Salamanca y libertad.


Siempre que vuelvo a Salamanca -y lo hago con relativa frecuencia- recuerdo las sensaciones de mis primeros viajes a esta ciudad. Salamanca, para mí, tiene mucho que ver con la libertad individual. Supongo que habrá muchos a los que Salamanca los ahogue: como todas las ciudades, hay varias formas de vivirla. Para mí siempre viene asociada a lo que yo sentía cuando llegué a ella por primera vez.

Cuando eres adolescente, explorar solo una ciudad que no es la tuya y sobre la que tanto has leído hace que creas descubrirla y mirarla como piensas que otros no pueden hacerlo. Supongo que si viviera en la ciudad acabaría pasando por su centro histórico con la rutinaria atención de los recados diarios: es asombroso como el ojo humano deja de ver lo cotidiano.

Me gusta imaginar que mis sensaciones tenían algo que ver con lo que sucedía en aquella España que acababa de salir de la dictadura franquista y se echaba al futuro con energía: no he vuelto a percibir tantas ganas de vivir como las que teníamos en aquellos años, a pesar de las dificultades económicas y los sobresaltos políticos. El país y yo mismo nos hemos hecho más descreídos, como si la realidad nos hubiera cortado las alas de los sueños. Es triste, porque sin el impulso de aquellos tiempos España da miedo a veces: tan plagada de gente que grita y mira al otro como rival en un país al que parece gustarle vivir crispado desde el desayuno. La política se ha vuelto muy chata y desde hace unos años parece imposible todo consenso. Hoy está de moda criticar la Transición española hacia la democracia, cuando la Transición es una construcción política que se estudia como ejemplo de un modelo positivo en las mejores universidades del mundo y en la que pactaron partidos políticos de un amplio espectro ideológico en un esfuerzo que jamás se había realizado en este país. Los defectos de la Transición no son de la Transición, sino de nuestro presente: somos nosotros los que debemos erradicar los últimos posos de las actitudes franquistas -que, curiosamente, han infectado también a la izquierda-, los que debemos promover una legislación que permita cerrar dignamente la ignominia de las muchas fosas de los represaliados durante la dictadura, constituir las bases de una democracia representativa del país, erradicar la corrupción económica, política y moral, etc. En los años setenta no hubiera sido posible -aunque a toro pasado es muy fácil torear- sin un costo social brutal. Pero cada vez más, en las actitudes y en las expresiones de muchos veo manifestaciones ideológicas propias de un tiempo que debería ya ser pasado, en el que nunca se reconocen en uno mismo los defectos que se señalan en el contrario; en el que la consigna está por encima del pensamiento; en el que parece haberse declarado la guerra al sentido común y al diálogo.

El viernes dediqué varias horas a pasear Salamanca, en un día con sol en medio de este invierno tan lluvioso. Hacía tiempo que no perdía el tiempo así para ganarlo.

viernes, 29 de febrero de 2008

De catarro, correo con aire gaditano y noticias de Salamanca


Tengo un monumental catarro. Desde hace unos días me duele todo, tengo la cabeza congestionada y me llora el ojo izquierdo (en efecto, el izquierdo, ¿premonición?). Como no me gusta parar, no paro y he seguido trabajando y cumpliendo con los compromisos. Pero estoy como si no estuviera: como si viera las cosas desde lejos. A lo mejor podría entenderse como distanciamiento brechtiano pero es algo más prosaico. Es curioso, en la Wikipedia hasta puede verse la definición del resfriado. He de anotar, por aquí, que algún día debo hablar de la Wikipedia. Ayer jueves era tan lamentable mi estado que uno de mis alumnos de la Universidad de la Experiencia se apiadó de mí y me recomendó una receta infalible: tomarme un vaso de leche caliente con una aspirina y beber copas de coñac hasta que dudara del número de dedos de la mano y meterme en la cama. Quizá debí hacerle caso.
Así, a media consciencia, hoy he estado en Salamanca, que aparecía luminosa, rodeada de niebla. Siempre me ha gustado esta ciudad, a la que escapo en cuanto tengo una excusa. Y sin tenerla. Me viene asociada a mi primer viaje con los compañeros del Instituto, pero también a muchos otros viajes para perderme por sus calles y ambiente, admirar el mucho arte que contiene o destapar la construcción del símbolo de esta ciudad o rastrear en local antiguo de la librería Cervantes a la caza de libros que no se podían encontrar en otros lugares.
Mi viaje de hoy se debía a que formo parte del Jurado del VI Premio de la Crítica de Castilla y León. Los nueve finalistas son textos recomendables y cuya lectura aconsejo desde aquí:
-Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol. Memorias de la prisión y la guerra. Un emocionado testimonio del luchador antifranquista que comienza a su salida de la cárcel en 1961. Texto que revisa una época y unas sensaciones desde el poso del tiempo, con ganas de mirar hacia el futuro. De obligada lectura para los que vivieron aquellos días y para los que no lo conocen más que por los libros de texto.
-Juan Manuel González, Tras la luz poniente. Poemario que recoge un viaje a Portugal lleno de amor, reflexión y literatura. Lleno de hallazgos.
-Juan Antonio González Iglesias, Eros es más. Poemario sobre el amor, escrito con una sencillez y entusiasmo que atrapa a pesar de contener toda la cultura amorosa.
-Jesús Hilario Tundidor, Fue. Libro de poemas en el que Tundidor profundiza, a partir de la enfermedad, en el lenguaje y el tiempo.
-Andrés Martínez Oria, Más allá del olvido. Novela de trabajado estilo que atrapa en la construcción de un mundo propio, lleno de sombras y nostalgias.
-Luis Mateo Diez, La gloria de los niños. Una de las mejores narraciones de los últimos años de este novelista, en el que se acerca a un tratamiento duro de la infancia con un formato de cuento.
-Juan Manuel de Prada, El séptimo velo. Novela que me ha reconciliado con este autor, del que me había alejado desde hace años. Resultó la obra ganadora en la votación final. Se trata de una narración ambientada en la Francia de finales de la II Guerra Mundial, con una búsqueda de la memoria personal y colectiva.
-Tomás Sánchez Santiago, Calle Feria. Soberbia colección de tipos e historias ambientadas en una calle, con tono costumbrista y deslumbrantes hallazgos.
-Francisco Solano, La trama de los desórdenes. Volumen de relatos breves sobre la existencia humana.
Y al volver a casa, enfebrecido y con la camisa empapada de sudor, me hallo con un libro que esperaba: Lecturas del Pensamiento Filosófico, Estético y Político. Se trata de las Actas del XIII Encuentro de la Ilustración al Romanticismo que con tanto esfuerzo y brillantes resultados sacan adelante todos los años mis amigos de la Universidad de Cádiz. Este Congreso tuvo lugar en noviembre del 2006 y releo aquí los textos que oí, entre los que se encuentra mi trabajo sobre Martínez de la Rosa (Revisión conservadora del siglo XVIII: los últimos años de Martínez de la Rosa). ¡Cádiz! Ya echo de menos esta ciudad y su gente.
Por hoy nada más, voy a sudar en la cama.

jueves, 4 de octubre de 2007

El creador de leyendas.



El mundo es tan frágil e incierto que, para sobrellevarlo, necesitamos apoyarnos en narraciones mágicas. Todas ellas fueron creadas por alguien aunque no conozcamos su nombre. Algunas nos manipulan para ponernos el bocado como a las caballerías: freno a la originalidad del pensamiento o cauce forzado de sentimientos colectivos. A veces el bocado lo aceptamos mansamente por nuestro miedo a ser libres. Pero no quiero hoy caer en lo teórico y llevar la argumentación a lo político, lo teológico ni lo histórico. He pasado mala noche y llevo un mal día, estoy cansado y con desgana. Qué se le va a hacer. Quizá necesite descansar la mirada.


Voy a contar un secreto. Uno, en su vida, ha hecho muchas cosas, como todos. De algunas no quiero acordarme, de otras voy haciéndolo por aquí. De joven trabajé como guía turístico una temporada. Hablo de hace más de veinte años. Ya contaré mis experiencias en el interior de la Catedral de Burgos que merecerían ser narradas por Esquivias no sé si en su purgatorio o en su infierno. Pero hoy toca esta fachada barroca, la de la Universidad de Valladolid.

Un verano, con un grupo al que había acompañado a Salamanca mostrándoles el manido tópico de la rana de la fachada de la portada de la Universidad, surgió la pregunta de si en la de Valladolid no había animal emblemático. No sé por qué les dije que no pero que, si tuvieran la osadía de contar el número de columnas de la fachada, corría la tradición de que no aprobarían jamás los estudios. Algunos, los menos supersticiosos, iniciaron la suma. Otros se taparon los oídos, alarmados. Reconozco haber pasado un rato divertido. Volví a contar la anécdota varias veces ese mismo año y en los siguientes, a grupos de visitantes pero también a amigos y compañeros. Lo gracioso del asunto es que, tiempo después, cuando yo mismo lo había olvidado, una persona me la contó como algo que se decía desde antiguo. Ya no sé bien si me inventé la historia o la había oído de niño y la rememoré de forma inconsciente.

Quizá ahora debería pensar algo para mis gárgolas del Hospital del Rey de Burgos para recibirlo cuando esté a punto de jubilarme y dude ya, definitivamente, de todo. Si me sobrevivo.

Todavía hoy no he sumado el número de columnas, pero sí que le he contado la leyenda a mi hija Elena.

miércoles, 11 de abril de 2007

Verdades

(Fotografía de Elena Ojeda.)

Unamuno, del que ya hablé aquí, no se inventó Salamanca, pero contribuyó en gran medida a construir su imagen actual. La ciudad le ha reconocido en varios homenajes. El de la fotografía es el víctor que se ha grabado en la que fue Casa Rectoral, que ocupó durante tanto tiempo. En él se ha utilizado uno de los muchos lemas de don Miguel: "Primero la verdad que la paz". No sé qué intención tenía quien decidió grabarlo, espero que no intentara apropiárselo para su propia verdad. La verdad antes que la paz. Quizá Unamuno no reivindicaba más guerra que la de uno consigo mismo.
En aquella época muchos estaban convencidos de la existencia de una verdad. Antonio Machado también la buscaba, aunque, a diferencia de Unamuno no invitaba al conflicto, sino a compartir la tarea -don Miguel y don Antonio eran muy diferentes-:
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
(LXXXV)
La mayoría la buscó en sus propios intereses y afirmó que no había más verdad que ésa, la suya. Llegó a radicalizarse la búsqueda, porque se hacía no tanto como camino que había que andar sino como negación del contrario. Así llegamos a una Guerra: por no buscarnos en los ojos de los demás. ¿Estamos ahora en la misma dirección?
Ninguno de ellos la encontró. ¿No existe? Dichosos aquellos que creen en una certeza. Pero más dichosos aquellos que toleran las certezas y dudas de los otros. Ellos no necesitan grabar ningún lema en una pared.

martes, 10 de abril de 2007

Nueva luz en Salamanca

(Fotografía de Elena Ojeda.)
El sábado pasado me escapé a Salamanca con mi hija. Ya he dicho aquí que es una de mis ciudades favoritas. Recorrimos las calles, visitamos con calma la Casa de las Conchas, la Universidad, las Escuelas menores, el puente romano. Por la tarde, la Catedral Nueva y la Vieja, la Casa Lis... Las hordas de turistas matutinos habían desaparecido ya y todo era más agradable. Le fui dando las explicaciones adecuadas para su edad -hasta fabriqué una versión infantil de El Lazarillo-. Si siempre me gustó Salamanca, adquirió, para mí, una nueva luz: la de los ojos de mi hija.
La revisito hoy con las fotografías que hizo ella, que era quien llevaba la máquina -los niños entienden mejor estos aparatos modernos- y que supo buscar enfoques adecuados. Hizo fotografías de todo lo que le llamaba la atención. Algunas me sorprenden, por los detalles.
Entre ellas, la que encabeza esta entrada. Es una gárgola del patio de la Casa de las Conchas en la que este monstruoso ser parece tomar una bocanada de luz antes de sumergirse de nuevo en las sombras.