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domingo, 29 de enero de 2017

No hay muro que nos proteja de nuestra estupidez


La historia enseña que cuando desacreditamos a las instituciones todo queda en manos de la barbarie. A veces para bien, cuando las instituciones son despóticas, anticuadas o inservibles y merecen ser derrumbadas. En otras ocasiones es peligroso, sobre todo cuando esas instituciones lo que necesitan es ser reformadas, como cuando un viejo edificio necesita obras para que pueda ser habitable. En todo caso, en los momentos de crisis siempre hay quienes sufren las consecuencias de la trasformación más que otros. En la época contemporánea, desde que se constituyeron como principios del progreso humano la libertad, la igualdad y la solidaridad, hubo trasformaciones dolorosas pero necesarias: aquellas que extendieron esos conceptos. Muchos de los antiguos súbditos se negaban a ser ciudadanos y se aferraban a un mundo que se deshacía, un mundo injusto pero que les daba seguridad. Y la conquista de los derechos para todos costó sangre y dolor. Es el caso también de todas las dictaduras modernas. En cuanto estas duran lo suficiente en el tiempo, se establecen equilibrios de poder y la mayoría de las personas se acomodan y suelen temer los cambios que echen abajo el régimen. Incluso años después de que desaparezcan los dictadores hay nostálgicos de unos tiempos cuya definición es la desigualdad y la falta de libertades porque todo dictador que se precie habla a las emociones antes que a la inteligencia de las personas. Ningún pueblo sometido a una dictadura se gobierna por la ilustración sino por el miedo, el tejido de intereses y el fomento de unas emociones básicas que suelen referirse a las creencias y las banderas. Toda estrategia autoritaria pasa, además, por extender la desagregación social y hacer pensar que a uno no le va a ocurrir nada malo -o pero de lo que le ocurre hasta ese momento- porque pertenece a uno de los sectores protegidos por la idea que la sostiene. Esta falsa seguridad hace que la mayoría de las personas no vean lo que sucede a su alrededor o se desentiendan porque no va con ellos (los vecinos de los campos de concentración nazis, por ejemplo; pero también los que tienen trabajo en una época en la que se extiende el desempleo; los que tienen la seguridad de una casa en un momento en el que muchas personas pierden este derecho básico del ser humano, etc.).

Hace tiempo, en este blog, medité sobre nuestro tiempo en una serie que titulé Pensar el mundo a principios de siglo. No quería demostrar nada, solo reflexionar sobre lo que observaba. De vez en cuando he retomado la serie (puede leerse en este enlace: las entrada se recuperan en orden inverso a su escritura) por alguna circunstancia concreta. En este domingo de invierno tengo claro que la ilustración, la razón, va perdiendo el juego de la historia presente y que las circunstancias más negativas de mis análisis se han agravado. El mundo se ha encogido físicamente, casi como una reacción epidérmica, a consecuencia de algunas de las derivaciones de la globalización. En esta triunfa la ruptura de las fronteras para las finanzas pero se han agudizado los temores en amplios sectores de la población occidental a consecuencia de las crisis económicas que ha provocado, la pérdida de control sobre las propias decisiones de los gobiernos nacionales y el fenómeno atroz del terrorismo en su nueva cara internacional. Las consecuencias en Occidente son evidentes: la brecha social se amplia, el trabajo deja de ser un valor de dignidad personal y no otorga estabilidad, el futuro próximo para amplios sectores de la población se presenta más incierto que nunca. En Occidente, insisto, porque la cuestión es bien diferente si la observamos desde otros puntos del planeta que jamás han disfrutado lo que por aquí hemos llamado sociedad del bienestar o de una verdadera democracia. Esto es otra de las cuestiones sobre las que debemos pensar más a menudo ahora que hemos visto cómo se rompía la burbuja protectora con la que contábamos los occidentales.

Hemos participado durante algo más de una década en una campaña de descrédito de las instituciones que nos mantenían: los parlamentos, los partidos políticos, los sindicatos, la sanidad y la educación públicas, el funcionariado, la prensa, el sistema bancario, etc. En vez de reforzarlas o repensarlas como era necesario, corrigiendo lo que hubiera que corregir y sustituyendo a quienes las corrompían, nuestra sociedad occidental se ha instalado en una espiral destructiva de todo lo que debería proteger mejorándolo. Por supuesto que muchos de los que han ejercido cargos de responsabilidad en todas ellas han sido sinvergüenzas, corruptos y cínicos. Pero la extensión de la campaña a todo lo que nos constituye como sociedad que debe aspirar a la libertad, a la igualdad y a la solidaridad nos ha llevado al descrédito general de todo. No somos conscientes de que los principales beneficiaros de ese descrédito general son, precisamente, aquellos a los que deberíamos combatir, los que se han aprovechado de las debilidades del sistema para saltarse las leyes, enriquecerse y corromperlo. Los abundantes casos de mal funcionamiento nos han llevado a intervenir en la campaña como comentaristas de barra de bar o patio de vecinos, no como ciudadanos conscientes de nuestros deberes tanto como de nuestros derechos, salvo en algunos momentos concretos que no han conseguido una rentabilidad inmediata porque ni se han sostenido en el tiempo ni han sido apoyados por todos. Y hoy tenemos unas instituciones que deberían protegernos de todos estos casos pero en las que no creemos. Tampoco se trata de mantenerlas esclerotizadas porque su propia rigidez conservándolas con unos principios diseñados hace décadas podría partirlas.

Una jueza de Brooklyn ha bloqueado el decreto de Donald Trump que prohibía la entrada de inmigrantes. Es decir, una persona que representa a una institución. Ejerciendo su cargo como debe hacerlo ha conseguido más que todos los manifestantes que se han personado en los aeropuertos norteamericanos contra la medida del recientemente elegido presidente. En eso se basa la verdadera democracia, que debe respetar siempre la independencia de los poderes públicos, además de la libertad de expresión de la opinión de los ciudadanos. Pero llevamos más de una década socavando esa independencia actuando como chismosos y reidores, repitiendo sin más los argumentos de quienes quieren desacreditar las instituciones, creyendo cualquier bulo que circula por internet, echándonos en las manos de los nacionalistas, de populistas, de gurús espirituales, de campañas publicitarias pseudocientíficas, etc. Si un político al que votamos porque es de los nuestros nos dice que nuestros profesores son unos vagos porque tienen muchas vacaciones, asentimos indignados por lo vagos que son nuestros profesores o nuestros médicos o el personal de jardines o los barrenderos y los insultamos al pasar junto a ellos o permitimos que se les insulte a diario en los medios de comunicación o en las redes sociales. Si el partido político al que votamos se ve inmerso en la corrupción y se defiende atacando a los jueces reaccionamos apoyándolo, difundiendo todo tipo de calumnias contra los magistrados y aplaudiendo a los encausados cuando acuden a los tribunales o a las puertas de las cárceles en las que van a cumplir sus condenas.

En vez de exigir más ilustración, más cultura, más razón, más inteligencia, más ciencia, hemos aceptado como sociedad comprar emociones básicas que cualquier demagogo puede usar en su propio beneficio para vendernos cualquier producto comercial o político. La población de las sociedades occidentales se han roto en dos grandes bloques. Quizá siempre lo ha estado y ahora se manifiesta claramente porque se ha roto el crédito de las instituciones que deben amparar nuestros progresos. Pero cuando las emociones  o los temores llevan a la indignación y la movilización suelen ser más eficaces a corto plazo, más contundentes que la inteligencia indignada. Y sus consecuencias contrarias a las que deberían imperar en un mundo civilizado que es consciente de la historia.

Desde hace unos años observo cómo la mayor parte de la población se indigna demasiado fácilmente con las emociones pero no con la inteligencia. Es la ilustración lo que debería guiarnos, la razón, la defensa de los conceptos básicos de un mundo que debería progresar hacia la democracia y la solidaridad. No los nacionalismos, los victimismos, el temor, el rencor, las pseudociencias. La historia enseña dónde conducen los períodos de proteccionismo, de cierre de fronteras y de recelos. La historia muestra dónde nos lleva ver a los otros como enemigos potenciales de nuestro bienestar, los períodos basados en las creencias y no en la ilustración. Curiosamente, a lo que se apela ahora cada vez más es a destruir esos conceptos que deberían guiarnos más que nunca: libertad, igualdad, fraternidad. No hay muro que nos proteja de nuestra propia estupidez si nos retiramos del camino del progreso.

martes, 3 de enero de 2017

Vivimos en un mundo cínico


Fragmento de un óleo de Aaron Rueda Benito inspirado en la novela Triunfo de la muerte, del italiano D`Annunzio, correspondiente a una de las piezas que exhibe en su exposición  Los juegos de Eros y Thanatos (Bizarte, Béjar, hasta el 11 de enero). Este joven pintor es un ejemplo del buen camino, muy contrario al que menciono en esta entrada.

Vivimos en un mundo cínico. La posverdad no es otra cosa. Las emociones han ocupado el lugar que debería llenar la razón y, además, lo hacen con ostentación. En todo. En política, comenzaron los nacionalismos a jugar con los sentimientos y a interpretar los datos a conveniencia. Después llegaron los populismos y finalmente ganó Trump. Pero Trump es la cadena final de unas décadas en las que la ilustración y la razón se han desacreditado. La sociedad occidental se ha infantilizado. Se busca obtener de forma rápida y sin ningún tipo de esfuerzo lo que debe costar tiempo y preparación. La educación es así hoy, un pasar los años para obtener un título. Como la cultura, que ha devenido en entretenimiento pasajero. Los autores más populares apenas escriben emociones adolescentes y lo hacen sin ninguna elaboración técnica. Aquellos que asisten a un recital de poesía esperan del poeta el chiste fácil y la gracia ya manida. Los poetas se han convertido en monologuistas del club de la comedia. La novela navega decididamente por lo argumental. Nada impulsa a la profundidad en el conocimiento humanístico, al esfuerzo personal que nos lleva a los siglos que nos precedieron. Cada vez es más fácil escuchar de alguien que no ha leído las obras clásicas y presumir de ello. Y todo ello es cínico: esta ignorancia nuestra como sociedad nos deja en manos de quienes nos venden las cosas como adormidera o para mover nuestras tripas. Aunque no te lo parezca, si para ti la cultura es mera evasión o entretenimiento o sentimiento, sostienes sin más un mundo cínico en el que eres mero cliente. Y ya no hay forma de esconderse: el peso de la historia te debería abrir los ojos.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Una cierta sensación de interregno


Metidos en el ruido cotidiano uno va a lo suyo, a sus cosas, compromisos y quehaceres. Al pasar de la zona de despachos a la zona de aulas de mi Facultad, he visto una piña en el suelo. No es extraño, hay pinos en el espacio ajardinado del antiguo Hospital Militar ahora reconvertido para usos académicos y algunas partes del jardín tienen el suelo arenoso propicio para estos árboles. No es extraño pero me he quedado mirando esa piña abierta, sin piñones, en el suelo. Lo extraño es que aún esté allí esa piña abierta o que ya esté allí porque no es la época. Es como si todo estuviera ligeramente trastornado, como el calor intenso que se ha prolongado tanto incluso en Burgos. De pronto he recordado haber visto calima en Béjar a finales de agosto o insectos que yo no recordaba. La piña ha roto mi meditación sobre cómo enfocar la explicación de la literatura española de finales del siglo XIX a mis estudianes para no caer en la trampa de la Generación del 98.

Pues eso, que uno va a lo suyo y de pronto algo lo detiene y percibe una extraña sensación de tiempo sin normas, de interregno. Y no lo digo porque literalmente España no tenga gobierno definitivo o porque haya un decidido choque de intereses entre el gobierno provisional y el Congreso de diputados ni porque un parlamento autonómico esté decidido a no cumplir la ley, en una huida hacia adelante que no dejará más que fracturas de imposible cicatrización ni porque por aquí tengamos la sensación de que nunca se cierran los juicios por corrupción abiertos, como si todos fueran el mismo y los viviéramos en bucle sin solución de continuidad. Lo digo metafóricamente.

España, Europa, me temo que el mundo, vive una situación de paréntesis entre lo que no fue y lo que aún no es. No hay nada que impulse el mundo más allá de la fabricación de tecnología que se aplica a soluciones concretas, aspectos de la vida prácticos pero para cuya aplicación decide el dinero requerido en la investigación y desarrollo. El ser humano cada vez es más eso, un pseudoandroide. Pero no sabe dónde quiere ir.

Después de pararme delante de la piña les he hablado a mis estudiantes de la indefinición de nuestro tiempo incluso en la terminología para definirlo. Para unos vivimos una post-postmodernidad o ultramodernidad, para otros una neomodernidad. Supongo que estos últimos quieren impulsar la construcción de una especie de nuevo pacto entre los seres humanos a partir de aquellas grandes ideas que nos hicieron salir del servilismo del Antiguo Régimen pero sin llegar a caer en el dogmatismo de las ideas de la modernidad que nos condujeron a los desastres de las guerras mundiales, la división en bloques del mundo y la devastación del planeta. Pero esto aún no ha calado ni entre la población mundial ni entre los dirigentes, que se mueven ante la urgencia del corto plazo. De ahí la falta de urgencia para solucionar el interregno español o lo que sucede ante las próximas elecciones norteamericanas, pero también -y eso es lo peor-, la escalada de ideas ultraconservadoras, radicales o extremistas que ven en el otro el enemigo y no un igual. Y que ante la falta de impulso y buen gobierno todo quede al estricto manejo del mundo financiero. Pues eso, una piña. Me he encontrado una piña en el jardín que separa la zona de despachos de mi Facultad de la zona de aulas. También me he encontrado rosas y una fuente sin agua, pero de eso hablaré otro día.

lunes, 18 de julio de 2016

A veces el mundo nos parece oxidado y viejo


A veces el mundo nos parece oxidado y viejo, como si nunca hubiera cambiado en lo sustancial. Soy de los que piensan que el mundo es mejor que hace un siglo o dos o tres mil años, que la justicia es más igualitaria, que la cultura se ha extendido como nunca, que las posibilidades de mejorar de vida son muy superiores a lo que ocurría en otras épocas, que hay más libertad y más posibilidades de que cada individuo tome sus decisiones. A veces puede no parecernos esto porque estamos más informados que nunca, porque las posibilidades de intervenir para evitar desigualdades o guerras nos resultan tan evidentes que nos desilusiona como nunca que no se logre, también porque somos más conscientes de los peligros que nos acechan y de las intenciones de quienes quieren que no sea así. Vemos con más claridad que nunca la actuación de los poderosos y los comportamientos que nos llevan a actitudes serviles o de neoesclavitud. Pero todo ello es porque desde hace siglos hemos construido unos conceptos en los que creemos y que han empujado el mundo hacia el lado correcto de las cosas, el de la tolerancia, la igualdad y la justicia social. Pero este camino es lento dado que los intereses que controlan el mundo financiero y los poderes políticos locales siguen llenándolo de trampas en las que muchas veces caemos porque se ha generado dentro de nosotros el egoísmo o un estado confortable de vida que confundimos con la libertad. Casi siempre prevalece ese egoísmo que convierte nuestro dolor por el sufrimiento ajeno o la desigualdad en un estéril gesto frente al televisor o en la barra de la cafetería. Como somos más conscientes de nuestra propia hipocresía nos duelen más las desigualdades y las muertes violentas pero casi nunca actuamos. A veces consideramos que el mundo debería cambiar bruscamente, de la noche a la mañana, en el sentido que vemos tan claramente y cuando no sucede nos decepcionamos hasta la rabia. Este desequilibrio es antiguo pero deberíamos volver siempre al camino lento, al ejercicio constante pero no bronco ni sectario, que ha conducido al mundo a la posibilidad de extender como nunca los mejores valores del ser humano. Pero siempre con el ojo alerta porque frente a nosotros siempre encontraremos a quienes quieran controlar al resto e imponerle su forma de pensar o su mercancía. El mundo globalizado ha traído formas muy sutiles de dominio sin la necesidad de enseñar las armas pero también la forma de combatirlas.

martes, 14 de junio de 2016

Saber dónde están nuestros pies


El cambio es una constante en la historia del ser humano. Lo que sucede es que a veces ese cambio es lento, pequeñas alteraciones en el paisaje, objetos o modas que aparecen en nuestras vidas sin darnos cuenta y se quedan como si siempre hubieran estado aquí. Sucede que casi nunca somos protagonistas de los cambios: de una manera o de otra se nos introducen en nuestra biografía y nos alteran nuestra percepción o la manera en la que nos relacionamos con el mundo. La mayor parte de nosotros, simplemente, nos acomodamos a las novedades y sobrevivimos. A veces sobrevivimos en el significado más exacto de este concepto.

Los cambios que se nos han introducido en nuestras vidas proceden del aceleramiento histórico que vive el mundo desde el siglo XIX. Eran verdad los pronósticos y esta velocidad ha crecido progresivamente, en especial desde la aparición de la tecnología digital en nuestra existencia. Es tan profundo este cambio que en solo una vida hemos podido apreciarlo porque, además, es global y no deja sosiego. Ante él, apocalípticos e integrados.

El gran problema de un cambio tan violento en nuestras vidas es que está, como nunca, en manos de los poderes financieros, que ha conseguido romper con todo sin contrapeso. Tardaremos algunas décadas en conseguir el equilibrio de la balanza, si es que lo conseguimos y el trascurso de la historia no ha roto definitivamente todos los contrapesos para la mayoría de los seres humanos. Lo que está claro es que sin hacer algo estamos en manos del vértigo. Y hacer algo es eso, comenzar por saber dónde están nuestros pies en los centímetros cuadrados de la baldosa que nos ha tocado en suerte. Ser consciente de nuestro propio equilibro cada día, aunque cueste.

viernes, 19 de febrero de 2016

Un país no se gobierna con dinero


Hay momentos en la historia en los que las sociedades se expanden, impera el racionalismo y un cierto sentido de optimismo ante el futuro, se aumentan las seguridades jurídicas, se reducen las desigualdades y se asegurarn los derechos de todos los individuos en su condición de ciudadanos y seres humanos, independientemente del lugar en el que hayan nacido. Quizá a muchos les vaya mal en esas épocas pero la simple formulación de determinadas ideas y derechos acaban generalizándolos en la práctica. Son épocas en las que todo el mundo cree que el futuro será mejor que el presente porque en el presente el esfuerzo individual y colectivo tiene su recompensa. En esas mismas épocas, las comunidades comienzan a mirar a su alrededor y buscan generar igualdad también más allá de sus fronteras y a fomentar el respeto por el medio ambiente y los animales que comparten el planeta con el ser humano. Hay otros momentos en la historia en los que las sociedades se colapsan, no encuentran un verdadero motor para progresar y se encogen, a la defensiva.

En estos momentos decididimos qué sociedad queremos pero todo parece decantarse hacia el encogimiento, la pérdida de derechos, el imperio de los fuertes y el cierre de fronteras. El reto de la globalización se ha saldado inicialmente, como muchos nos temíamos, a favor de la desestructuración de las ideas de solidaridad y progreso colectivo y humano porque la época había comenzado basada en un desenfreno consumista insostenible para un mundo globalizado y su fracaso nos ha echado en manos de la desorganización y del gobierno exclusivo de los que detentan los poderes económicos. Son momentos para aplicar el viejo refrán castellano a río revuelto ganacia de pescadores...

Tras la caída del muro de Berlín no ha existido un verdadero contrapeso al capitalismo salvaje más allá del trampantojo de parque temático en el que algunos países occidentales vivíamos. Europa entró en un alucinatorio espejismo y los países emergentes asiáticos no crearon estructuras democráticas y solidarias. La idea de Europa se descompone estos días porque los países se han encogido a consecuencia de la crisis económica, de la demagógica actuación de los grandes medios de comunicación al servicio de intereses económicos y no responden a la opinión pública sino que la crean de una forma tan burda que sorprende cómo tantos caen en sus implicaciones sin darse cuenta. Pero, sobre todo,  estamos en manos de la mediocridad de los políticos que gobiernan, que no miran fórmulas de construcción a medio plazo sino meros rendimientos de cuenta a diario según las encuestas. Ni siquiera son buenos gestores de la cosa pública como presumen cuando se pretende que la ideología no es importante. Sin ideas, están en manos de los que controlan el mundo financiero.

Aunque una sociedad moderna necesite la alianza con el dinero, nunca es el dinero quien debe dirigir un país. Un país no se gobierna con dinero sino con ideas de progreso que lo generen, universalización del estado de bienestar y de los derechos y buscando consensos para aplicarlas a partir del debate racional y no del conflicto visceral. El dinero se administra o se procura según las ideas en las que basamos nuestro mundo. Como ejemplo, España ha alcanzado en los últimos años un nivel de endeudamiento insostenible porque las medidas aplicadas han sido las propias de un mal gestor incapaz de buscar nuevas fórmulas que lo evitaran y que se ha limitado a aplicar contabilidad del debe/haber y no proyectos económicos de futuro. Deberíamos haber aprendido que los mismos que administraron el falso crecimiento que nos llevó a la crisis no sirven para administrar cómo salir de ella porque sus hábitos están viciados por las costumbres de un país corrompido moral y políticamente.

En contra de lo que nos pueda parecer hoy, todas las sociedades encogidas terminan buscando a la larga ideas de expasión y un vitalismo optimista cuando todo parece caerse. El problema es, como nos explica la historia, que a veces se tarda algún siglo en ponerlas en marcha: lo que se tarda en comprender eficazmente las claves de la nueva situación. Mientras tanto se camina por el lado oscuro de la civilización, instalando vallas, restando derechos sociales y haciendo concesiones a los que controlan el dinero. Si queremos acelerar este proceso para evitar el encogimiento hay que ponerse ya en marcha.

viernes, 23 de mayo de 2014

La crisis del modelo europeo y las elecciones de este próximo domingo


Europa se ha quedado sin proyecto. La última década -parte del final de la opulencia y lo que llevamos de crisis financiera porque esto no es consecuencia de la crisis sino al revés- ha supuesto el final de la hegemonía de las ideas europeas en el mundo. La trasformación última del liberalismo ha supuesto el salto de la última zanja. La intensificación del proceso de globalización por el lado financiero y de un perverso entendimiento de la productividad sin el necesario contrapeso de un concepto humanista del mercado ha desbordado algunos de los conceptos que Europa fabricó definitivamente para el mundo en la modernidad: los derechos del ciudadano, el pacto social, la democracia liberal, la búsqueda de un estado del bienestar generalizado basado en la educación y la sanidad universales, la cohesión social, etc. Evidentemente, nunca se llegó a la meta puesto que el camino era largo pero se habían obtenido ya unos significativos logros aunque con desigual reparto entre países. Pero la mera formulación de un proyecto plasmado en un cuerpo de leyes y pensamientos era una energía que impulsaba la historia europea.

No es solo Europa lo que está sin proyecto sino el modelo del mundo occidental nacido de ese concepto de modernidad. Es cierto que el modelo tuvo su lado perverso hasta la parte final del siglo XX: se basaba en el neocolonialismo y durante décadas dificultó intencionadamente el desarrollo del llamado Tercer Mundo, convirtiéndolo en un suministrador de mano de obra barata, abastecedor de materias primas y espacios de comercialización de los productos. Pero a partir de los años ochenta esto se había trasformado rápidamente. De hecho, gran parte de la tecnología, la ciencia y las ideas del mundo ya no son europeas. Tampoco la producción ni el control del mundo financiero.

En el momento de la crisis económica última, el mundo se encontraba en una situación interesante: había que decidir si las bondades del modelo europeo eran ampliables al resto de la humanidad con las necesarias adaptaciones locales o si este modelo era insostenible al globalizarse. Es decir, si todo el mundo podía tener un sistema político basado en la democracia, la cohesión social, la igualdad de derechos y la seguridad jurídica o esto era una quimera imposible de lograr.

Curiosamente, la crisis parece haber dado respuesta a esta cuestión: no solo parece que no es posible la ampliación del modelo a todos el mundo sino que en la misma Europa se ha producido un notable retroceso y cada vez es mayor la brecha social, la pérdida de derechos adquiridos y la aparición de grietas en el modelo común y nadie espera que esto se corrija sustancialmente en las próximas décadas.

Pero no deberíamos dejarnos engañar por las apariencias. En primer lugar, uno de los efectos inmediatos de toda crisis es el desánimo de la población y, como consecuencia, el fortalecimiento de estrategias defensivas -nacionalismos, discursos xenófobos, defensa de posiciones e intereses de grupos y sectores frente al bien común, etc.-, es decir, en los últimos años el desmoronamiento del modelo europeo se ha acelerado por el mismo efecto de su propia crisis, como cuando un edificio comienza a caer despacio tras ser dinamitado y acelera segundo a segundo su caída. Pero esto terminará frenándose. De hecho, alguna de las bases del modelo han permanecido a pesar de que ha sido duramente criticadas. Entre ellas, el euro. Sería curioso que, finalmente, el euro fuera el reducto desde el que volver a construir una identidad europea. Deberíamos pensarnos dos veces la crítica a la moneda única. Yo mismo he caído en la queja fácil en las barras de los bares sobre los efectos negativos del euro sin darme cuenta en los notables aspectos positivos. Entre ellos, que, en estos momentos, en nuestros bolsillos todos los europeos llevamos una demostración práctica de lo que nos une. Los efectos negativos del euro deben ser corregidos en otros niveles, no pidiendo su desaparición ni su conversión en una moneda bancaria y no efectiva.

En segundo lugar, la crisis del modelo europeo no es una consecuencia de la crisis económica, sino al contrario. Hay muchos estudiosos que encuentran la verdadera raíz de la crisis financiera en la toma de decisiones para acabar con el modelo europeo y su extensión a otras partes del mundo y en la desastrosa forma de gestionar la defensa de Europa por parte de sus políticos del momento, absolutamente mediocres y mediatizados por el mundo financiero y con escasa visión de estadistas hacia el futuro. A esto hay que sumar una población mayoritariamente anestesiada por los logros conseguidos y un desarrollo económico que creía imparable y que, por sí mismo y sin la toma de verdaderas decisiones personales y colectivas sería aplicable en Europa y fuera de ella.

Un ejemplo: todos deberíamos recordar cómo se frenó la posibilidad de establecer una verdadera Constitución que aplicara los fundamentos del modelo europeo y que fortaleciera sus valores más positivos en un mundo que tiende cada vez más a la globalización invasiva. No sabemos cómo hubiera navegado la crisis Europa con una Constitución fuerte, pero sí está demostrado cómo la está navegando sin ella.

Este escrito no es un canto ingenuo y buenista del modelo europeo. Soy consciente de sus lados perversos y los he criticado. Pero en esta época que nos toca vivir solo veo salidas hacia un futuro mejor en la profundización de las ideas que vertebraron el mejor pensamiento occidental: democracia, igualdad de derechos, seguridad jurídica, cohesión social y el establecimiento de un modelo de servicios universales. Nunca se llegó a alcanzar plenamente, pero la mera existencia de ese modelo era un impulso, un objetivo por el que luchar a diario incluso con procesos revolucionarios como los de los siglos XVIII y XIX. Curiosamente, el mayor ataque a ese modelo no ha venido de aquel bloque comunista que tanto atemorizaba a las democracias occidentales a mediados del siglo XX, ni siquiera de China -que ha logrado una singular síntesis entre comunismo y capitalismo- sino del otro lado del espectro ideológico. Quizá quienes están más interesados en la desaparición del modelo europeo de mundo son los grandes intereses financieros que agrupamos en ese fantasma que recorre el mundo bajo la denominación de neoliberalismo y que parecen ser los únicos que han ganado con la crisis del modelo.

Gran parte de esto es lo que tenemos que votar este domingo los europeos. Iré a votar, como siempre, pero con el gran dolor de comprobar que de Europa, en realidad, se ha hablado muy poco durante la campaña electoral. Pero en mi voto estará toda la herencia de las luchas por establecer en Europa y en el mundo la democracia, la igualdad y la cohesión social.

sábado, 10 de mayo de 2014

Doscientas niñas han sido secuestradas por ir a la escuela


Doscientas niñas han sido secuestradas por ir a la escuela. Todos los días una mujer, en alguna parte del mundo, es atacada con ácido en venganza por haber querido ser libre. Miles de mujeres son sometidas a condiciones de esclavitud y prostituidas por asociaciones criminales y sirven de objeto sexual a los apetitos de quienes pagan por usar sus cuerpos contra su voluntad: a veces, el vecino tuyo con el que te saludas al entrar y salir del ascensor. En el primer mundo, los salarios medios de una mujer son inferiores a los de un hombre en igualdad de condiciones laborales. En el resto del mundo, la mujer ni siquiera puede aspirar a alcanzar un salario digno. En lo que va de año, en España treinta mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. Nadie ha computado el número de lapidaciones de mujeres ni de niñas que son sometidas a la ablación de clítoris.

Por suerte, todo esto se sabe. No hay lugar en el mundo que pueda esconder estas noticias y cada vez es más difícil justificarlas por tradición, costumbres locales o creencias. Desde finales del siglo XIX, la lucha por la liberación e igualdad de la mujer es una de las banderas que más orgullosamente levanta el ser humano. Una tarea lenta, continua, necesaria. La educación tiene la llave para solucionar este cuestión social. También la sensibilidad social, la denuncia, la implicación de los medios de comunicación y de todas las instituciones, la presión social. Que todo esto sea noticia es uno de los logros más importantes. Antes, ni siquiera se sabía y los dramas se vivían en silencio, haciendo sentir culpables a las víctimas. Es una lucha individual y colectiva, local y global. El siglo XXI tiene tres retos igual de importantes y con la misma escala mundial: la igualdad de la mujer, el medioambiente y la coherencia social. Tres combates relacionados entre sí en los que no se puede dar ni un solo paso atrás.

viernes, 31 de enero de 2014

El cliente y el ciudadano



Recuerdo perfectamente cómo, de pronto, en España se comenzó a llamar cliente al ciudadano. Fue en los años noventa. No nos dábamos cuenta, pero aquel cambio en la denominación, que venía de fuera, era uno de los síntomas más evidentes del neoliberalismo que rampaba triunfante como pensamiento único tras la caída del muro de Berlín. No me refiero a la condición de cliente que todos tenemos cuando entramos a comprar un abrigo en una tienda de ropa, sino a la esencia misma de nuestra relación con la administración pública y con los políticos que nos gobiernan porque en ellos delegamos esta función.

La moda -que aún colea- consistía en que, para mejorar la relación con el administrado, la administración debía considerarlo como cliente. En principio todo era positivo: si miramos al usuario de los servicios públicos como cliente estos deben atenderlo correcta y eficazmente porque el cliente es el que los paga -bien a través de las tasas bien a través de los impuestos- y quien puede exigir su perfecto funcionamiento. Se escribieron libros y artículos elogiando este cambio de denominación. Los modernos españoles, incluso los que procedían de las filas de la izquierda, lo acogieron con entusiasmo, como si se hubiera descubierto la piedra filosofal de la eficacia.

Aquello fue especialmente irrisorio cuando se impuso la toma de medidas para mejorar la calidad -es otra palabra asociada inevitablemtente a la introducción del término de cliente- de los servicios prestados por la adminsitración pública española, que resultó finalmente inútil y burocrática. Como Director del Departamento universitario al que pertenezco me tocó participar en varias comisiones encargadas de redactar informes, rellenar formularios y elaborar procedimientos. Participé, al mismo tiempo, en tres: en la de mi Departamento, mi Facultad y la titulación en la que daba clases. Dediqué un número de horas que soy incapaz de cuantificar por lo excesivas. De aquellos informes salieron aceptables propuestas de mejora que deberían haber tenido un seguimiento posterior. Digo deberían porque de todo aquello no se volvió a saber nada. Aparte de la reflexión personal o colectiva que se hizo -que tampoco sirvió para mucho porque luego cambiaron las leyes, las estructuras y hasta el formato mismo de las titulaciones universitarias-, nada. Nadie retomó todo aquello y los informes han caído en el más absoluto de los olvidos, así como las propuestas de mejora y las fortalezas y debilidades señaladas, casi siempre a partir de un corta-pega de informes elaborados en otros lugares.

Pero de aquellos días sí me queda un recuerdo: la insistencia en los modelos teóricos y en las charlas de formación y en las reuniones, de que debíamos llamar clientes a los alumnos. Pero no quiero centarme en la Universidad, porque paralelos procesos se vivieron en todas las instituciones y cuando un ciudadano entraba en su ayuntamiento o en un hospital público dejaba de ser ciudadano para adquirir la condición de cliente.

Mirado todo desde hoy me doy cuenta de la perversidad de aquel cambio terminológico que se nos vendió como positivo en los años noventa, como algo que iba a mejorar la prestación de servicios en favor de aquellos clientes. A mí todo aquello me producía irritación ideológica y filológica y así lo expresé en todos los foros en los que pude, pero no comprendí el alcance del cambio hasta hace unos años, cuando el siguiente paso fue la privatización de los servicios públicos aludiendo a una mayor eficacia en la gestión privada que beneficiaría más, si cabe, a esos clientes. La realidad ya la hemos visto: un saqueo indiscriminado del sector público español y un empeoramiento -certificado por estudios e informes- de las prestaciones que, además, se han encarecido. No solo el ciudadano, también el cliente ha salido perdiendo.

Cuando a un ciudadano que entra en un ayuntamiento para presentar una queja o pagar una tasa, que pisa las oficinas de la empresa pública que gestiona el agua en su municipio para darse de alta o de baja, que se matricula en una Universidad pública para estudiar una carrera o que ingresa en un hospital público para ser operado de apendicitis, etc. se le pasa a considerar antes como cliente que como ciudadano, hemos perdido, nos hemos dejado derrotar por aquellos que no cejan en implantar el neoliberalismo como forma social única y que comienzan por jugar con las palabras para cambiar conceptos básicos en una democracia. El concepto de ciudadanía es uno de los bienes que nos legó la Revolución francesa y al que no deberíamos jamás renunciar.

miércoles, 29 de enero de 2014

El ciudadano frente a la mayoría absoluta


En España se plantea un falso debate sobre la conveniencia de que un gobernante con mayoría absoluta obtenida en las últimas elecciones deba ceder a la presión que en la calle ejercen los ciudadanos. Hasta hace relativamente poco esto era impensable. A más de un alcalde se le ha oído argumentar que él tenía más votos que los organizadores de las manifestaciones o las asociaciones de vecinos que se le enfrentaban. O a más de un ministro o líder político se le ha escuchado hablar de la mayoría silenciosa -los ciudadanos que no salen a protestar a la calle- frente a la ruidosa minoría que protesta. Evidentemente, para ellos, la mayoría silenciosa está siempre de su parte por el simple hecho de que no salen a las plazas. En las semanas pasadas, en España, lo hemos vivido con los hechos de Gamonal, aquí comentados, que consiguieron la paralización de las obras del bulevar y se mantiene con la tensión provocada por el aumento del sentimiento independentista catalán, que reclama el derecho a decidir sobre la salida de Cataluña de España.

Sucede también que cada vez son más los casos en los que iniciativas ciudadanas -de individuos concretos a través de denuncias particulares o de plataformas y organizaciones cívicas con denuncias colectivas- consiguen, en los tribunales de justicia, enmendar la plana a estos gobernantes con mayoría absoluta y frenar determinadas acciones suyas. Hay ayuntamientos y otras instituciones de España que pierden todos los pleitos de interés planteados contra ellos por estas iniciativas ciudadanas que frenan aparcamientos, modificaciones urbanísticas, uso de suelo no urbanizable para proyectos faraónicos e innecesarios, etc. El último caso ha sido la forzada renuncia del gobierno autonómico madrileño a su proyecto de privatización de la sanidad pública. La reacción de los que defienden, sin más, la mayoría absoluta, es confusa argumentalmente porque vienen a negar un principio democrático básico, el de la separación de poderes, como si por el mero hecho de gobernar uno pudiera saltarse las leyes o la jurisprudencia.

El obtener mayoría absoluta para gobernar una institución no da derecho de pernada ni carta blanca hasta la siguiente cita electoral. En primer lugar, deben respetarse las leyes y la jurisprudencia. En segundo lugar, el político debe tener en cuenta siempre la sensibilidad social de los sectores afectados. Gobernar no es imponer la fuerza de los votos obtenidos sino ser capaz, a partir de ellos y el programa por el que se resultó elegido, de establecer los acuerdos necesarios entre todos los implicados. Entre los ciudadanos que participaron en los hechos de Gamonal o en las movilizaciones de la marea blanca madrileña en defensa de la sanida pública había votantes de los políticos contra los que se manifestaban.

Si en democracia siempre ha sido así, en los momentos actuales en los que hay una mayor sensibilidad social y los ciudadanos tienen más posibilidades que nunca para informarse y agruparse, más. Un ciudadano, uno solo, es tan importante como una mayoría absoluta y le asiste la misma razón que a esta, es decir, la legalidad y la trascendencia de su condición de ciudadano. Todos podemos entender que hay un cierto nivel de interés general, que hay medidas que deben tomarse por el bien de la colectividad, pero estas medidas deberán tomarse siempre a partir de la legalidad, la trasparencia absoluta -algo que no se da en España- y la explicación exahustiva de las medidas tomadas. Incluso aunque quien esté enfrente del político que gobierna con mayoría absoluta sea un único ciudadano. Más aún si este ciudadano consigue asociarse y plantear sus reivindicaciones a través de los cauces legales -desde las alegaciones administrativas a la manifestación en la vía pública-.

Es una de las lecciones de democracia que parecen ignorar los políticos a la antigua a los que les está desbordando la situación actual. Uno de los problemas que tienen es que el llamado síndrome de la Moncloa -es decir, la pérdida de la realidad que sufren los políticos en el ejercicio del poder- se ha generalizado incluso en los ayuntamientos más pequeños de este país y lo sufre cualquier consejero autonómico o un concejal de urbanismo de una ciudad pequeña. Esta pérdida de la realidad les ha sumido en un marasmo burocrático, partidista y electoralista y no les deja ver la evolución de la sociedad hacia una mayor conciencia ciudadana.

martes, 14 de enero de 2014

Fractura social y malestar ciudadano.


Una de las más graves consecuencias de la crisis actual en España es la fractura social. Las diferencias según las rentas familiares han crecido a niveles preocupantes, como hace tiempo que no se conocía en España. Y lo han hecho tan rápidamente que da la impresión de que la situación anterior era solo un espejismo. Todo lo que ha ocurrido desde el comienzo de la crisis es una enmienda a la totalidad de la forma en la que se había basado el crecimiento español desde los años noventa. Sus fundamentos eran la mera especulación basada en un urbanismo desaforado que provocó la corrupción y la mentalidad de fiesta permanente en la que nada importaba de verdad y se olvidaron valores como la moralidad pública, el esfuerzo individual, el control de los gastos de las administraciones y de las familias, etc. Aquellos que vieron mejorar su situación económica en apenas una década no quisieron ser conscientes de la fragilidad del sistema económico. El crecimiento fue tan rápido como ahora la caída, pero las consecuencias de esta son, por supuesto, mucho más dramáticas. Pero no para todos. Cuando se insiste en la consigna de que todos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades no se corrige esta expresión con otra que es mucho más cierta. no todos lo hemos pagado de la misma manera.

Los ricos incrementaron su patrimonio en tiempos de bonanza y, según las estadísticas, lo han incrementado también en tiempos de crisis, como sucede siempre en estos casos, por dos razones: por comparación con el resto de la población y porque su posición de partida era más favorable no solo para resistir sino para crecer cuando todo comenzó a tambalearse y resultaba más barato adquirir una propiedad o comprar un negocio aunque fuera para cerrarlom o subirse los sueldos como consejeros porque la población estaba preocupada en otras cosas. Las estadísticas no mienten: los ricos, en España, son más ricos que hace una década tanto por la diferencia con los demás como por su patrimonio actual.

La verdadera castigada por la crisis ha sido la clase media española: desde pequeños empresarios y autónomos hasta obreros por cuenta ajena especializados o no. Todos los índices publicados alertan de la preocupante situación por la que atraviesa y, sobre todo, de su situación de desánimo ante el futuro. Las políticas neoliberales aplicadas por el gobierno han trasformado las pautas de juego tradicionales en apenas un par de años y este sector de la población es el más castigado por ellas, provocando un empobrecimiento alarmante.

Por otra parte, la exclusión social ha aumentado también notablemente. Son cada vez  más los hogares en los que no entra ningún sueldo, las personas abocadas a aceptar cualquier trabajo en cualquier situación, aunque sea en la economía sumergida con todas las consecuencias individuales y generales que tiene esto sin que se les pueda culpar a ellos de esta situación, los jóvenes sin esperanza de contrato estable o de jubilación futura y los mayores de cincuenta años con un paro largo. En España, hoy, por mucho que algunos políticos se empeñen en negarlo, se pasa hambre como no ocurría estadísticamente desde los años cincuenta: niños que acuden sin  unos niveles de nutrición óptimos al colegio, decenas de miles de personas saturando los comedores sociales, número creciente de hogares en los que no se puede encender la calefacción en invierno porque no hay dinero, enfermos que tienen que elegir qué medicamento pagarán y cuales no podrán comprar, familias que vuelven a agruparse en el hogar del abuelo. En mi barrio, los comerciantes me han comentado que han vuelto las viejas libretas en las que se apuntaban las compras fiadas de un cliente a la espera de que puedan pagar con el primer ingreso. Todo sistema social tiene siempre unos márgenes, pero estos márgenes, si crecen, pueden hacer peligrar la estabilidad del sistema completo, sobre todo si el cuerpo medio de la población sufre tan duro castigo como el actual.

De esta fractura social surge el descontento actual, la crispación y el descrédito de los políticos. En España no es tiempo de revoluciones ni épocas de golpismo o de fascismos o populismos, pero será inevitable el creciente número de estallidos sociales por causas aparentemente menores que no podrán frenar medidas policiales o judiciales. En estos momentos, lo que se juega en España es no solo cuánto tiempo tardaremos en salir de la crisis sino cómo y a qué coste. Habrá, como poco, un par de generaciones que jamás puedan recuperarse de lo que está ocurriendo.

El problema es que nadie piensa que los mismos políticos que fueron responsables de la crisis -la mayoría de los nombres de los políticos españoles actuales han tenido responsabilidad en el diseño del despilfarro y la corrupción- sean capaces de sacarnos de ella con eficacia y estableciendo un sistema en el que la fractura social no sea la definición más evidente. Y aunque fueran capaces, no cuentan con credibilidad, siempre tendrán encima la sombra de la duda por su comportamiento pasado. Se necesitan, urgentemente, nombres que tuvieran en la época de corrupción un discurso limpio y una valiente actuación contra ella tanto en el seno interno de los partidos como en la administración o nombres nuevos que no hayan sido concejales de urbanismo proclives a las obras deficitarias  ni alcaldes despilfarradores ni consejeros sospechosos ni presidentes de comunidad que viajaban al extranjero para salir en el periódico del pueblo ni diputados que se limitaran a votar en silencio y a no moverse para salir en la foto. Y se necesita, también, que el malestar ciudadano actual se convierta en conciencia democrática, en participación activa en las organizaciones vecinales, en plataformas con objetivos concretos, en presión continua sobre los políticos para que estos se sientan controlados por sus votantes y no al revés.

lunes, 13 de enero de 2014

Vieja política y ciudadanía nueva


Una de las consecuencias de los tiempos de crisis como los actuales es que llega un momento en el que las formas de comportamiento tradicionales en la política, las que han conducido la situación hasta el momento crítico, se hacen insoportables para la ciudadanía. El político entrenado en la vieja escuela -aunque sea aún joven- no comprende que las cosas han cambiado y piensa que todavía cabe estirar más el tiempo pasado, en el que forjó su carrera y ganó posiciones en el partido, seguir con los modos y maneras que le hicieron llegar a tener éxito y ocupar un puesto cada vez más alto en las listas electorales. Quizá, incluso, ha tenido antes responsabilidades de gestión y es, por lo tanto, uno de los causantes del estado de deterioro. Cuenta, además, con la pasividad tradicional de la mayor parte de la población que ha aguantado los primeros tiempos de la crisis pensando que las cosas mejorarían pronto para volver a la situación anterior y, después, actuando con cierto temor a perder lo poco o mucho obtenido antes de la crisis. Hay estrategias diseñadas por los asesores de los políticos que contemplan estas situaciones. Pero cuando la crisis se prolonga en el tiempo y no se ve la luz al final del túnel, cuando el número de afectados por la crisis aumenta y los sectores implicados son cada vez más, surge el problema.

Lo que se vive estos días en el barrio de Gamonal de Burgos no es más que una manifestación de ese problema. El viernes también hubo un estallido de malestar social en Melilla y no sería de extrañar que a lo largo de los próximos meses surgieran otros en diferentes localidades españolas. El detonante será siempre algo local: un bulevar con una fuerte contestación vecinal, el reparto de doscientos puestos de empleo, un desalojo provocado por un desahucio, etc. En España, además, hay dos contextos muy delicados en los que todo lo comentado se puede mezclar con combinaciones nacionalistas: el independentismo en Cataluña y en el País Vasco, en donde la situación puede llegar a sobrepasar incluso a los que lideran estas posiciones desde partidos de ideología conservadora.

España lleva demasiado tiempo metida en la bronca política, incluso en épocas de bonanza. Esta crispación que han usado como estrategia los partidos políticos para desacreditar al contrario cala fácilmente en la sociedad y se vuelve ahora contra ellos. Y la sociedad española está crispada porque ve que no se reduce eficazmente el paro, que los puestos de trabajo que se crean son muy frágiles, que lo salarios han caído y todo es más caro. Los políticos -y con ellos la mayoría de los medios de comunicación con ganas de ganar cuotas de audiencia- no han sabido dar ejemplo de diálogo y de gestión eficaz y rápida para solucionar los problemas y se han dedicado a prolongar una situación que es la culpable de la crisis. De hecho, la mayoría de nuestras instituciones están regidas hoy por políticos que tuvieron responsabilidades y ocuparon cargos en la época del despilfarro, la corrupción y los enormes problemas de déficit. No son, por lo tanto, creíbles para una ciudadanía que ya los mira con escepticismo y cuestiona cada una de sus decisiones, incluso las más inocentes y voluntariosas. Más aún si estas decisiones son torpes y no encuentran el consenso adecuado.

El descrédito de las instituciones públicas -Monarquía, Parlamento, Comunidades autónomas, ayuntamientos, partidos políticos, sindicatos, agrupaciones empresariales, etc.- es alarmente en España y no se puede prolongar más sin causar una profundización en el malestar ciudadano y un deterioro en la situación que provoque un mayor sufrimiento social.

El 23 de marzo de 1914, en el teatro de la Comedia, Ortega y Gasset pronunció una de sus conferencias más conocidas, Vieja y nueva política. En ella advertía de lo que ocurría en aquellos tiempos de crisis y formulaba una dualidad que es válida hoy: la España oficial y la España vital. Ortega, liberal y no muy dado a acciones revolucionarias, buscaba impulsar un cambio en la política de su tiempo porque percibía lo que ocurría a su alrededor. La situación es comparable, aunque las fórmulas pensadas por Ortega, un siglo después, no lo sean.

Una de las consecuencias del Movimiento del 15 de Mayo, que algunos se dedicaron a desprestigiar con faciles tópicos, tildar de infructuoso y dar por muerto rápidamente, fue la evidencia de que los ciudadanos podían organizarse eficazmente al margen de las organizaciones tradicionales. Aquel movimiento ha supuesto un impulso al movimiento vecinal y un salto gracias a Internet. Han surgido plataformas cívicas -antidesahucio, de afectados por la estafa de las preferentes, contra el bulevar de la calle de Vitoria de Burgos, etc.-, asociaciones de parados en movimiento, se han impulsado medidas legislativas a partir de la recogida de firmas, se han organizado grupos de apoyo en barrios marginales, etc. Basta con repasar la prensa española de los últimos meses para recoger decenas de ejemplos. No estamos ya ante la algarada o la acción espontánea tradicional, sino ante un frente de acción ciudadana creciente en el que se incluyen personas con apenas formación pero mucha vocación junto a titulados universitarios y profesionales con altos conocimientos de informática o idiomas.

El político tradicional, aunque sea joven, tiende a despreciar estos movimientos, a no verlos, a no tenerlos en cuenta. En el peor de los casos porque no los comprende, porque no los considera parte de la democracia institucionalizada en los partidos políticos y el asociacionismo clásico. Suele usar argumentos falsos democráticamente como aducir que él tiene más votos, que él ganó las últimas elecciones y está legitimado para llevar a cabo su acción de gobierno sean cuales sean las circunstancias. En el caso necesario, utiliza la fuerza policial para imponerla y también usa la vieja retórica de que la violencia la causan agentes externos infiltrados venidos de fuera de la localidad. El político viejo, aunque sea joven, no entiende que los ciudadanos quieran participar en la vida política y busquen cauces para hacerlo y no acepten que no se les deje participar en algo que es parte esencial de su vida. Por desgracia, la violencia -condenable siempre y más cuando se individualiza contra otros ciudadanos- suele aparecer con demasiada frecuencia cuando a un colectivo no se le escucha ni se le dan soluciones a sus demandas.

En las democracias anglosajonas, que tanto solemos despreciar los latinos, hay cauces eficaces para que estas iniciativas ciudadanas expresen su malestar: sus propuestas son tenidas en cuenta a la hora de legislar, pueden visitar a su diputado, que está obligado a mantener un despacho electoral, son recibidas como un lobby más, se convocan referendos con frecuencia en los que los ciudadanos expresan su opinión sobre la construcción de un centro comercial o sobre una iniciativa legislativa de calado.

El eficaz uso de las herramientas tecnológias por parte de estas agrupaciones de ciudadanos hace cada vez más difícil la tarea de un político viejo, aunque sea joven. Más aún en tiempos de crisis como los actuales. La información y la opinión se canaliza eficazmente, así como las convocatorias de acciones concretas.

O los políticos comprenden que hay que abandonar la política vieja, sus maneras, sus discursos y sus costumbres o serán sobrepasados por las circunstancias. Y con ellos quién sabe cuántas instituciones, partidos y organismos que hoy parecen muy asentadas en España. O eso o se da un rápido desarrollo económico que haga que los ciudadanos olviden esta crisis y vuelven a adormecerse.

lunes, 16 de diciembre de 2013

La tarea pendiente del ciudadano


Visto lo que va de siglo, la gran tarea pendiente de los ciudadanos es volver a implicarse en la política. Curiosamente, la época de bonanza produjo un desinterés parecido a una anestesia local: estábamos conscientes pero no nos dolía mientras otros se aplicaban a la rapiña. La primera reacción en la época de crisis es sociológicamente lógica: del desinterés hemos pasado al desentendimiento. La indignación fue solo un síntoma de fiebre gaseosa. Cuando todo era un parque temático en occidente pensamos que los políticos que elegíamos eran meros gestores a los que contratábamos para ser eficaces. Demasiado tarde hemos descubierto por un lado su mediocridad y por otro su condición de peones de los poderes financieros y su avaricia corrupta. Los políticos de las últimas décadas han tendido a permanecer en el cargo y para ello sabían que no podían enfrentarse a los grandes poderes globales ni contrarrestar su imparable crecimiento porque eso supondría su final de forma mucho más rápida que la pérdida de confianza del electorado. Cundió interesadamente la idea de un pensamiento único financiero y de gestión económica de la bonanza simplemente porque nuestros políticos no estaban capacitados para el pensamiento a largo plazo y solo planificaban los meses que faltaban para las elecciones siguientes y las medidas propagandísticas que podían llevarles a obtener votos. Y los ciudadanos, delegando la responsabilidad política como quien contrata a un jardinero, nos apartamos de la esforzada consciencia que supone la verdadera democracia y dejamos que el jardinero decidiera por nosotros las flores que debíamos plantar. La riqueza sobrevenida y aparente es lo que tiene, la pereza. Por eso, no hay nada que moleste más a un gobernante actual que las reclamaciones de los ciudadanos, es decir, que los ciudadanos ejerzan como ciudadanos. No están acostumbrados y quizá sea la mayor revolución pendiente..

lunes, 4 de noviembre de 2013

Quizá sea la ingenuidad la salida


A efectos creativos, el conocimiento tiene dos efectos: el impulso o la parálisis. Conocer, dominar el hilo narrativo que nos ha traído hasta aquí puede hacernos afirmar: todo está dicho, todo está hecho. Solo queda, por lo tanto, repetirnos. No se ven más opciones y cuando se da una crisis, sea del tipo que sea, la mayor parte de las soluciones son las mismas que la provocaron. Pero también cabe otra posbilidad: tirar del cabo y deshacer el ovillo. Dos jóvenes insolentes tiraron del hilo e hicieron poesía en el siglo XVI como si la inventaran. Se llamaron Garcilaso de la Vega y Juan Boscán. No la inventaron, por supuesto, pero el idioma español y la poesía a la italiana se volvió en ellos materia ingenua: como si Petarca no hubiera existido y el español fuera un idioma apto para el endecasílabo con acento en sexta. Los jóvenes liberales de fnales del siglo XVIII volvieron a mirar el mundo y encontraron ese hilo desde el que deshacerlo para reinventarlo. No lo hicieron, por supuesto, pero la emotividad de sus obras literarias y las piezas constitucionales que escribieron parecían haber hallado la forma ingenua de salvar el mundo de un colapso. A finales de los cincuenta del siglo XX, en todo occidente surgieron pensadores y artistas que vieron al mundo viejo y lo reinventaron ingenuo. De allí salió lo mejor de nuestra época. Pero esas fuerzas motoras se oxidan y se ensucian por repetición y, sobre todo, porque los grandes intereses económicos logran dominar la producción de ideas y de bienes de consumo. Hay que reconocer que al final de cada época son más los seres humanos que han tenido acceso a posiciones que antes estaban reservadas a capas sociales privilegiadas. El renacimiento incorporó a la burguesía. El siglo XIX a las clases populares. El siglo XX a países que antes no tenían la mínima estructura estatal que protegiera a la mayor parte de la población. Tiene su lado feroz: la globalización incluye a aquellas poblaciones que no tenían problemas y las somete al vértigo de la historia occidental.

El mundo se nos ha hecho viejo. Muy viejo. Una de las razones menos evidentes pero más hondas del desánimo actual es que hemos perdido la esperanza de poder encontrar el cabo del ovillo para reinventarlo y todas las soluciones aportadas proceden de las mismas ideas que nos han traído a la repetición de esctructuras y su colapso. Y que aquellas que parecían nuevas han sido fácilmente asimiladas.

domingo, 22 de septiembre de 2013

El final del Estado del bienestar



Al fin se ha puesto fecha a su clausura y nombre a la fase siguiente. Se ha declarado la muerte oficial del Estado del bienestar y su sustitución por una sociedad participativa. Ha sido en Holanda pero podría haber sido en cualquier otro lugar de la Europa occidental. El debate sobre la sostenibilidad del llamado Estado del bienestar es antiguo, tanto como la elaboración del concepto tras la Segunda Guerra Mundial, aunque se ha agudizado en los últimos años como una de las consecuencias de la actual crisis económica. Hay que decir, previamente, que el Estado del bienestar europeo no se había generalizado en todo el mundo y que hablar de él para defenderlo puede sonar a un cierto eurocentrismo, pero su mera existencia suponía un reto para los gobernantes de otros países.

La base fundamental del cuestionamiento del Estado del bienestar tiene dos puntos claves: en primer lugar, algunos analistas afirman que su extensión a toda la población es imposible por insostenible económicamente y dañaría la misma estabilidad del progreso tal y como se entiende en el capitalismo neoliberal; en segundo lugar, se afirma que su extensión crea grandes bolsas de población que se acomodan en una situación que les permite recibir una serie de ayudas y beneficios entendidos como derechos (relativos, fundamentalmente, a la educación y la sanidad pero también a otros ámbitos que garantizan una mínima calidad de vida, como la cultura), que les convierte para siempre en subsidiados que, sin ser productivos, pueden disfrutar de una vida que en otro tipo de sociedad sería impensable. Con la extensión de la Unión Europea y la globalización los argumentos se repetían no solo dentro de un mismo país -las acusaciones tomadas sin ningún tipo de matiz de que los andaluces viven a costa de los catalanes o de que el sur de Italia vive del norte industrial- sino en la misma Europa: los países del sur han vivido a costa de los países del norte. En el fondo, la crítical al Estado del bienestar actualiza viejas líneas de pensamiento decimonónico según la cual hay sectores de población, regiones, países o continentes enteros que aspiran a vivir como parásitos del resto porque les resulta más cómodo. De ahí al renacimiento de teorías racistas, xenófobas o clasistas hay una pequeña distancia. Como en el XIX se imponía la civilización europea en lugares que se consideraban salvajes ahora los neoliberales imponen su doctrina en todos los lugares del mundo para descubrirles las bonanzas del mercado. Curiosamente, al inicio de la crisis económica se hablaba de refundar el capitalismo, ahora se ha fortalecido de tal manera que se siente más fuerte que nunca para aplicar la misma medicina que nos ha traído hasta aquí sin admitir ninguna fórmula correctora. El neoliberalismo se ha converido en una especie de religión según la cual debemos creer que nos salvará de nuestra propia incompetencia a partir de la pérdida de derechos colectivos adquiridos en las últimas décadas, reformas brutales en el sistema de pensiones, privatización de los sectores públicos y regulaciones específicas para las que nadie ha dado su consentimiento expreso.Todo ello basado en un culto por lo individual que esconde, en el fondo, la destrucción de los tejidos asociativos, corporativos y colectivos que pueden poner freno a sus excesos.

En su lugar, los teóricos que afirman esto y los políticos que siguen sus directrices desde hace décadas pero, singularmente, en los últimos tiempos, han creado el concepto de Sociedad participativa por la cual toda ayuda es transitoria y finalista y las personas son responsables absolutas de su situación con una estructura estatal mínima que gestione solo los casos más urgentes o conduzca a la población hacia actuaciones productivas decididas por la clase dirigente. La Sociedad participativa, en el fondo, esconde una tecnocracia que vendría a reconducir a la democracia como aspiración: serán los técnicos los que decidan en qué debe especializarse la población de una ciudad, de una región o de un país, no los mismos ciudadanos. El problema es que los técnicos en el mundo actual trabajan para grandes corporaciones supranacionales que nada deben a las estructuras democráticas que deberían regirnos. Parece que no hay forma de oponerse con eficacia a este cambio de paradigma puesto que las decisiones fundamentales cada vez están más alejadas de los órganos elegidos democráticamente y el consumismo en el que se basa nuestra sociedad hace desear a las personas aquello que la esclaviza, que la despersonaliza y que le resta tiempo de vida. La Sociedad participativa, en el fondo, no es más que un eufemismo puesto que lo que de verdad importa es medir a los individuos por unos conceptos de productivad inmediata basados en lo exclusivamente material. Lo peor del asunto es que el engranaje propagandístico es de tal calibre que los neoesclavos aplauden con alegría el camino que les lleva a una vía única para entender al ser humano y, por lo tanto, empobrecedora.

En general, en el mundo actual, con el descrédito de la política, los técnicos deciden el futuro sin que los hayamos elegido en ninguna convocatoria electoral. O sí: que cada uno revise en quién ha depositado su confianza, con inocencia candorosa, con su último voto.

Seguiremos pensando en esto.

sábado, 20 de julio de 2013

Qué ha sido de nosotros. Ryszard Kapuscinski: El ocaso de un imperio


Tenía pendiente la visita a El ocaso de un imperio, la exposición montada a partir del hallazgo de unas fotografías del periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski (Sala Municipal de Exposiciones del Teatro Calderón de Valladolid, hasta el 21 de julio). Kapuscinski fue, sin duda, una de las grandes figuras del periodismo de la segunda mitad del siglo XX. Sus trabajos como reportero y sus ensayos lúcidos sobre la condición del periodista le aúpan a figura imprescindible y maestro de gran parte de los periodistas que han venido después.  Durante 1989-1991 viajó por los territorios de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ya en plena desintegración, con la idea de observar lo que allí ocurría. Sabemos que Kapuscinski siempre hizo fotografías en los viajes que motivaban sus reportajes, pero gran parte de ellas se han perdido o han sido destruidas. Estas que dan pie a la exposición se han conservado porque las agrupó para montar él mismo una exposición, pero su idea nunca se llevó a cabo. El tiempo las ha otorgado de  un valor añadido, sin duda. No buscaba imágenes hermosas, impactantes o morbosas, sino -al igual que en sus reportajes- retratar el aspecto más comprensible y humano de lo que ocurría a través de los gestos, las miradas y las situaciones no forzadas por el objetivo de la cámara.

En las últimas décadas hemos visto grandes cambios históricos locales y mundiales que han modificado sustancialmente nuestra vida. Uno de los más importantes fue el desmoronamiento de la Unión Soviética. Fue el último impulso optimista y vigoroso de la postmodernidad en el máximo grado de su apogeo, cuando toda la historia parecía poder moficarse para mejor en ambos lados de los bloques que habían protagonizado la guerra fría. El mundo se trasformó tanto que a partir de ese momento no pudieron regir esos mismos impulsos: la postmodernidad tuvo, en su éxito, la mayor causa de su fracaso. Suele ocurrir esto en la historia: los ideales que rigen una época histórica quedan mancos cuando el mundo cambia a consecuencia de la aplicación de esos mismos principios. El mundo se ha trasformado: globalización, reinado exclusivo de un tipo de economía basada en la especulación financiera y que no conoce ni patria ni fronteras ni da cuentas en elección democrática alguna sin contrapeso ideológico, extensión de las nuevas tecnologías, etc.

Nada de esto suponíamos cuando la Unión Soviética se desmoronaba y Kapuscinski retrataba ejemplos de cómo afectaba todo aquello al noventa y cinco por ciento de su población. El mundo ha cambiado mucho, pero los porcentajes no.

miércoles, 12 de junio de 2013

Los grupos de presión en el sistema democrático actual


Los lobbies -grupos de presión organizados para influir en la toma de decisiones de los políticos- son aceptados en las democracias modernas como parte del sistema. Desde el inicio mismo de las democracias parlamentarias, se constituyeron estos grupos cuya finalidad es que la toma de decisiones de la administración pública y las medidas legisladoras votadas en los Parlamentos favorezcan sus intereses. Estos, casi siempre son producto de la actividad económica de grandes sectores empresariales o financieros pero también pueden responder a parámetros ideológicos o de confesiones religiosas. En las democracias anglosajonas estos grupos no solo son legales sino que se presentan públicamente como tales. En las democracias latinas, aunque son también legales, su actividad ha sido menos pública y reconocida tanto por los mismos promotores como por los políticos. En ambos casos, su existencia es inevitable: toda actividad política genera unos intereses de grupo, sean los que sean: filantrópicos o interesadamente económicos; sectoriales o generales; de grandes empresas industriales o de equipos de fútbol; de empresarios de la comunicación o del sector ganadero. Una de las pruebas de la consistencia y modernidad de una democracia es, precisamente, la publicidad de la actividad de estos grupos de presión, que sus reuniones con los políticos sean conocidas y reconocidas y que se haya favorecido, incluso con ayudas públicas, la existencia de grupos de presión de intereses ciudadanos que no representen actividad económica alguna y que busquen su campo de acción en la ecología, la defensa del sector público o de los grandes asuntos integrados en el conocido como estado del bienestar. Esta es una de las carencias de la democracia actual. No es fácil que los grupos de ciudadanos con intereses no económicos puedan organizarse en una estructura de lobby. Se necesita tiempo y dinero para divulgar su actividad en la opinión pública y organizar reuniones con los políticos, además de articular toda una asesoría legal que esté en la base de sus propuestas. Esta función la cumplían los grandes sindicatos de clase, pero el descrédito en el que han caído por su propia burocratización interna, algunos errores cometidos al convertirse en grandes organizaciones sin controles internos y una interesada campaña de desprestigio organizada desde los sectores más conservadores que ha tenido indudable éxito, les ha restado fuerza, aunque todavía sean escuchados por los políticos -entre otras cosas porque es una condición exigida por la ley y la jurisprudencia al legislador- y tendrían mucho que decir si fueran capaces de salir de las inercias que les han conducido a la situación actual y adoptaran unas dinámicas apropiadas para los nuevos tiempos que se nos avecinan.

La mayoría de los políticos se sienten cómodos reuniéndose con los lobbies organizados de forma tradicional: banqueros, empresarios, sindicatos, representantes de la industria farmacéutica, etc. Pero son pocos los que se sienten igual ante los grupos de presión ciudadana, a los que rápidamente cuestionan su representatividad. Es frecuente que se les desprecie o incluso se les descalifique. Nuestros políticos deberían comenzar a tomar conciencia de que los ciudadanos, en estos inicios del siglo XXI, demandan cada vez más una mayor presencia en la toma de las decisiones y que han comenzado a articularse en grupos de presión (grupos de afectados por las hipotecas, por la venta de las preferentes, jubilados en acción, etc.) y no solo en las plazas públicas y que este fenómeno irá en aumento gracias a que la extensión de las nuevas herramientas de comunicación e información facilitan el contacto entre personas que, hasta ahora, estaban aisladas y no tenían más opción que la militancia en un partido político o en un sindicato. Estas nuevas formas de comunicación reúnen a los que antiguamente se podían adscribir a la figura de los intelectuales con profesionales cualificados, expertos en varios campos y ciudadanos anónimos.

Seguir despreciándolos como lo hacen es un error que pone a las democracias occidentales en una situación de ruptura de las normas de juego puesto que lo que se permite a los grandes intereses financieros o industriales no puede negarse a los ciudadanos. A costa, claro está, de echarles a las calles porque sus políticos no les hacen caso más que cuando se abren los períodos electorales.

domingo, 24 de marzo de 2013

La felicidad como método de control social

No hay nada más fácilmente controlable que un individuo y una sociedad que quiere ser feliz. Es inútil la disquisición terminológica: la mayoría de la gente asociará siempre la felicidad con la posesión de cosas y la posibilidad de desarrollar una vida de éxito, ocio y satisfacciones hedonistas, sin importarle nunca los efectos que provoca alcanzar este tipo de vida tanto para el resto de la humanidad como para el planeta. Incluso cuando el bienestar conseguido se viene abajo, aquellos que retroceden en la escala de la felicidad conservan durante mucho tiempo la memoria del bien tenido y no reclaman más que volverlo a disfrutar de la misma manera: su revolución no consistirá en la justicia social sino en alcanzar su parte del pastel de la felicidad aunque para ello tenga que aumentar su egoísmo. Especialmente si perciben, tras años de ceguera, que hay una capa de la sociedad que no se ha visto afectada por el retroceso como ellos. No olvidemos que durante muchos años la clase media occidental ha tenido la ilusión de vivir como ricos sin serlo de verdad. La mejor de las revoluciones posibles contra un sistema como el actual es apartarse voluntariamente del concepto general de felicidad. Pero eso nunca lo hará la mayoría de una población.

En el pasado, la felicidad de las capas dirigentes de la sociedad se ha basado en el control y en la explotación de la mayoría de la población. Los grandes hombres de la antigüedad podían ser felices porque sus sociedades esclavizaban a otros seres humanos; el éxito de difusión de algunas religiones o corrientes espirituales o de algunas ideologías políticas incluidos los nacionalismos, tanto en occidente como en oriente, en el pasado y en el presente, ha consistido en calmar el dolor de los esclavizados o de los marginados, prometiéndoles una justicia divina dado que la humana era imposible o una felicidad tras la muerte o en la anulación de los deseos que causa la conciencia de la desigualdad (es decir, una felicidad basada en la renuncia a ser felices, algo que se comprende en el sillón de un psiquiatra para tratar a un enfermo de ansiedad pero nunca se ha demostrado como solución para una sociedad); la cristianísima monarquía española traficaba sin pudor alguno con esclavos, lo mismo que la británica; los refinados hombres de negocio de Londres o de las finanzas de Wall Street trafican con el dolor humano para conseguir la felicidad de otros seres humanos. El neocapitalismo saqueó sin piedad continentes enteros para que una pequeña parte de la población mundial fuera feliz. En las últimas décadas, los movimientos migratorios masivos y las guerras regionales han marcado a fuego las cicatrices que han provocado los países occidentales en pos de su felicidad.

El sistema tiene un problema: para que las sociedades próximas a su origen soporten la intensidad de la tragedia, debe ampliar en progesión histórica la capa de población interna a la que se promete el bien de la felicidad. Y esta ampliación supone un mayor nivel de depredación fuera. Un coste cada vez más caro para otras poblaciones -a las que se promete también felicidad a partir de la civilización- y para el planeta -los recursos son limitados-. Solo otorgando acceso a la felicidad como trampantojo se consigue adormecer la conciencia que tiene, también, sutiles formas de ser acallada: la limosna a la puerta de la iglesia (pero hay que ver al mendigo, que nos alarga la mano) o apadrinar un niño del tercer mundo (limosna tan aséptica que se hace a través de la cuenta de una entidad financiera que suele tener acciones de las empresas que expolian los mismos lugares en los que vive ese niño).

Si se promete la felicidad -física o espiritual, presente o futura- a una sociedad y se le fabrican espejismos de ella, podemos conducirla ciégamente a cualquier lugar. Incluso al despeñadero si nadie controla que la fiesta puede acabarse. Antiguamente estos despeñaderos solían terminar en un conflicto bélico -y el siglo XX estuvo plagado de ellos, casi como su seña de identidad prioritaria-, hoy ese no parece el camino porque quienes fabrican la enfermedad de la felicidad no radican sus beneficios en un solo país y hacen cuentas en un mundo globalizado.

Cuando el sistema colapsa por una crisis como la actual, la cosa es más grave. Es una buena parte de la población interna la que se ve arrojada del bienestar y despierta del sueño, descubriendo la falsedad de la felicidad prometida, que no era más que la rueda que se pone al hámster en su jaula para que todo funcione sin sobresaltos. Pero hasta que aparece esa crisis, casi todos han vivido en ese espejismo de felicidad que permite acallar las conciencias ante las desigualdades, rebajar el nivel de conflictividad social, aumentar el consumismo y hacer partícipes silenciosos a esos ciudadanos felices de la depredación cometida en otros territorios.

Sin embargo, todo esto es finito. Un mundo globalizado en bien de las finanzas y del comercio especulador y consumista tiene más años de éxito que la explotación de una mina a cielo abierto, pero también cuenta con un límite. Durante un tiempo todo funciona porque los países que fabricaron el sistema, con sus crisis periódicas incluidas por la entrada de otros competidores en el afán de la felicidad, consiguen facilitarla a la mayoría de su población. Para ello, reciben cientos de miles de inmigrantes procedentes de otros países que han visto esa felicidad por la televisión o por internet y acuden buscándola independientemente de que sean recibidos con los brazos abiertos o con hostilidad por aquellos que parecen ser los propietarios de las claves para ser felices. Pero cuando el sistema colapsa, aquellos que veían mal que otros vinieran a sus barrios terminan emigrando a los nuevos paraísos y les cuesta reconocerse en el mismo papel de aquellos a los que rechazaban cuando estaban ebrios de felicidad.

Sin embargo, la globalización de los efectos perniciosos en el individuo y en la sociedad de la enfermedad de la felicidad trae consigo una esperanza: cada vez es mayor el número de gente que puede ver que el rey está desnudo y que puede gritarlo. Si la salvación siempre es individual, la conciencia social nunca lo es. No podemos basar nuestra felicidad como individuos o como sociedades en las cosas que enriquecen a unos y empobrecen a otros.

sábado, 23 de marzo de 2013

Contra la felicidad


Define la felicidad el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, en su primera acepción, como el estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien. No deben estar muy de acuerdo los académicos actuales con esta definición y proponen, para la vigésima tercera edición: Estado de grata satisfacción espiritual y física. Más interesante es la modificación de la tercera acepción, de suerte feliz a ausencia de inconvenientes o tropiezos, ambas entradas con el mismo ejemplo: Viajar con felicidad.

A veces buceo en las ediciones históricas del Diccionario buscando estos cambios en las definiciones. De ellas se desprende el estado de una sociedad y los cánones ideológicos así como las creencias espirituales o los valores científicos. En contra de los que solemos pensar, el Diccionario no es un cementerio de palabras y el DRAE ha cambiado tanto como la sociedad, a pesar de la penuria económica que, en algunas épocas, ha sufrido la institución.

Pero volvamos a la felicidad. En la edición actual del Diccionario se manifiesta un concepto de la felicidad que depende de la posesión de algo que entendemos como positivo. En el avance de la próxima edición, se desvincula ese estado de ánimo -ahora visto como grata satisfacción que puede provenir de lo espiritual y de lo físico- de la posesión. Uno podrá estar feliz sin poseer nada. Sé que juego con las palabras. Los que redactaron la definición que ha llegado hasta nosotros no entendían ese bien como un objeto meramente externo: el bien que provoca nuestra felicidad puede estar dentro de nosotros mismos. Tampoco es una posesión material a la manera que se entiende en el capitalismo: yo no poseo un amanecer (por ahora, hasta que nuestros políticos sepan cómo cobrar impuestos por cada uno de ellos) pero un amanecer puede provocar en mí la felicidad. La verdadera clave de la modificación del significado de la palabra es que yo podré estar feliz sin el sentido de posesión.

En ambos casos el DRAE no tiene por qué alertar de un peligro. La felicidad se nos ha vendido -sobre todo en estos tiempos pasados- como un trampantojo. La felicidad ya no era solo una legítima aspiración sino una obligación. Conozco muchos enfemos de esa felicidad: personas que soltaban amarras con todo aquello que les impidiera ser felices y con todos aquellos que no les facilitaran ese estado de ánimo, ahora grata satisfacción, con la frialdad aséptica que preside los quirófanos. Conozco egoístas de la felicidad que la construían a partir de ser sordos, ciegos y mudos para el resto y de ejercer su felicidad sobre la infelicidad de otros o a partir de adormecer la conciencia. Suele ocurrir que aquellos que han construido la felicidad de este modo no comprenden que se les pague con la misma moneda cuando la vida -implacable siempre- derriba los muros de papel de esa felicidad.

La felicidad, entendida de esta manera, puede ser cruel con los demás. Los psicólogos y los psiquitras han diagnóstico varios tipos de patologías relacionadas con la felicidad. Hay quien es feliz inflingiendo daño a otros o a sí mismos. La mayoría de estas patologías, sin embargo, no son dañinas para los demás: proceden de enfermedades, algunas de ellas relacionadas con la genética; a veces el cerebro, sin más, se desconecta ante el sufrimiento o la degradación física o una situación que la mente no puede tolerar por la razón que sea. Bebo Valdés, el extraordinario músico cubano muerto ayer en Estocolmo, sufría Alzheimer. Cuando Fernando Trueba, que tanto hizo por rescatarlo del injusto olvido en el que estuvo durante años, lo visitaba, ya avanzada su enfermedad, en la casa que tenía en Benalmádena (Málaga), el músico era feliz poniéndose ante el piano y su felicidad llenaba la habitación entera. Dicen que la música es el último resto que le queda a la memoria de quienes fuimos y el mejor conductor de los estados de felicidad, sobre todo de aquellos asociados a la infancia, cuando la inconsciencia y la falta de madurez nos permite ser felices en las situaciones más atroces. Lo malo es prolongar este estado de inmadurez más allá de lo lógico, aunque el mal de nuestra sociedad occidental es construir la vida como un estado permanente de adolescencia y juventud que no nos permite encarar adecuadamente las experiencias biográficas. Quizá sea eso lo que nos haya convertido en seres tan manejables.

Cuando la felicidad se basa en la posesión o en la grata satisfacción alejada de todo sentido solidario, sin la capacidad de empatizar con el mundo que nos rodea y bloqueando toda corriente de sentimiento, cuando se muestra socialmente de forma indecorosa ante quienes sufren, cuando nace de nuestro egoísmo o de nuestra inconsciencia, es un tipo de felicidad que deberíamos rechazar. Permítete ser feliz, se nos ha dicho: y nos lo aplicamos sea cual sea nuestra situación o la de los demás. Qué mejor forma de control social que el autocontrol de unos ciudadanos que se creen felices. Siempre que pienso en esto me viene a la cabeza las secuencias de Metrópolis en la que se nos muestra a unos seres felices, jóvenes, atléticos y cultos que ignoran lo que hay en el subsuelo de sus ciudades o prefieren vivir en el desconocimiento de lo que sustenta su bienestar. No es cine: pocos años después muchos alemanes eran felices a pocos metros de los campos de concentración, como siglos antes lo fueron muchos castellanos ocupando los espacios arrebatados a los judíos expulsados del Reino de Castilla.

A pesar de eso, la pseudopsicología de los libros de autoayuda y de muchos charlatanes de feria, así como la publicidad que nos vende la necesidad de poseer algo, nos han construido la felicidad como un estado necesario e impúdico. La felicidad no era ya un derecho sino un deber y por eso el individuo debía afanarse en poseer cada vez más felicidad sin darse cuenta de que aquello no era más que un opiáceo que se nos administraba a costa de no ver las desigualdades del mundo que la permitían y lo insostenible de los fundamentos en los que se basaba. De ahí gran parte de la tristeza actual del mundo en crisis y la raíz de muchas depresiones y una de las razones de nuestra parálisis como sociedad: no aspiramos a la justicia social sino a la felicidad individual, que son cosas bien distintas. La felicidad es la zanahoria que nos ponían para que siguiéramos tirando del carro. Y éramos tan felices que no comprendíamos que el resto no lo fuera, puesto que tanta venta de felicidad procedía de un proselitismo que afeaba la conducta de aquellos que no corrían tras de la zanahoria. Como ahora, que los mismos que nos vendieron la felicidad de la posesión quieren vendernos la felicidad del conformismo.

sábado, 16 de marzo de 2013

Elogio del silencio


Este texto solo es comprensible porque entre las letras hay espacios en blanco y cada una de ellas ocupa su lugar en lo escrito.

Una de las estrategias de la desinformación es facilitar toda la información y hacerlo indiscriminadamente con lo sustancial y lo no sustancial. Los políticos, cuando son acusados de corrupción o autoritarismo suelen facilitar inmediatamente toda la información insustancial sobre los casos en los que se les implica. Recientemente, en España, para demostrar que no han participado en un escándalo que ha ocupado las primeras páginas de los periódicos, muchos políticos han hecho públicas sus declaraciones de la renta y del patrimonio de los últimos años: no es más que ruido. Estas declaraciones ya deberían ser públicas en su calidad de diputados y, además, en ellas, por lógica, jamás figurarán posibles ingresos irregulares, que era de lo que se trataba.

Es muy frecuente que en cualquier debate se argumente a partir de algo insustancial dicho por el otro: no se detiene el debate, pero se deriva hacia los matices más ínfimos hasta conseguir tal distancia con el tema inicial que nada importe más que el mero hecho de debatir.

Hay que tener mucha fuerza de voluntad para apagar la televisión o el ordenador o el teléfono móvil y apartarlo de nosotros para tener el tiempo suficiente para ordenar los pensamientos. Uno de los problemas del mundo actual es que debemos procesar más información para tomar cualquier decisión que nuestros antepasados cuando, en realidad, las decisiones esenciales son las mismas que debían tomar ellos. Y el porcentaje de la que es pertinente para tomarla es igual que hace mil años. Por eso, cada vez más, delegamos una buena puerta de nuestras decisiones en expertos: de la fiabilidad de estos técnicos en cada materia depende gran parte de nuestro éxito. En realidad, la mayor parte de nuestras buenas o malas decisiones diarias se corresponden con esta delegación en la toma de decisiones.

Hasta hace poco había silencio en los parques de nuestras ciudades. Cuando alguien salía al campo -que estaba a un paso de las ciudades-  a pasear o a hacer deporte no se podía conectar a un equipo digital con música o noticias que lo apartara del propio pensamiento o la contemplación del paisaje.

Es difícil escapar del ruido. En efecto, es un logro tecnológico de la humanidad poder acceder desde cualquier lugar del mundo a la información más completa, a la más general o a la más concreta de cualquier tema. Es entrañable hablar con los seres queridos que se encuentran a miles de quilómetros a cualquier hora del día o de la noche y poderlos ver a través de la cámara de nuestro móvil. A veces parece que no nos hemos separado de ellos, lo que es contradictorio con la misma condición de la distancia física.

Curiosamente, este acceso a la información, cuando no se controla, no nos hace ganar tiempo, sino no tenerlo. Cada vez es más frecuente ver personas trabajando en el ordenador o el teléfono en momentos y situaciones en las que antes se charlaba con los amigos o los compañeros o, simplemente, se daba una cabezada o se descansaba. De camino al trabajo, en el metro, trabajamos. En la piscina del hotel de vacaciones, trabajamos. En la cama, antes de apagar la luz, trabajamos. Aun recuerdo cuando nos decían que la informática nos iba regalar más tiempo libre. En estos momentos, el mismo aparato que nos facilita el ocio o la comunicación con los seres trabajos, nos lleva al mundo laboral o a una necesidad de información casi patológica.

La siguiente conquista, necesaria, será la de que todo esto nos permita hallar el silencio con la misma facilidad con la que podemos leer el periódico de nuestra localidad aunque estemos en otro continente. Sin ese silencio perderemos la condición más preciada de la individualidad, su misma raíz: entre dos individuos hay un espacio que los diferencia para que puedan tomar sus propias decisiones, cuanto más debe haberla entre un individuo y aquellos que dominan la información y la han mezclado con el ocio y con los ámbitos labores y personales. Pero esta conquista es más difícil porque va contra la corriente del mundo. Qué difícil resulta pulsar el botón de apagado y hallarse con uno mismo para poder ordenar los propios pensamientos tomando el tiempo necesario para ello. Deberíamos comprender que el mundo seguirá igual de ruidoso cuando volvamos a encender el aparato. Si es que volvemos a encenderlo. Siempre está la posibilidad de descubrir lo poco que necesitamos del ruido para nuestra vida cotidiana, aunque algunos deban pagar la factura de encontrarse consigo mismos en el espejo cada mañana y no con un holograma diseñado por alguno de los técnicos en los que delegamos las cosas que deberían importarnos más.