A veces nos empeñamos en que el mar tenga nuestras emociones. Es herencia de la sentimentalidad romántica. Pero no, ahí está el mar, esencia primera y última. Me senté a mirarlo mientras atardecía en la ría Formosa, en Fábrica. El día entero merecía ser recordado -¡Cacela Velha, blanca y sobria como un tesoro de luz!-, pero atardecía y el mar reclama siempre atención plena. Volvían de la playa, más allá de la laguna interior, unos jóvenes con tablas de surf enfundados en sus trajes de neopreno; se cruzaron con dos marineros que salían de pesca en una pequeña barca y dos linternas frontales. El mar se fue haciendo presencia nocturna mientras seguía con la mirada la luz de las dos linternas, luciérnaga vaga y lejana.
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lunes, 18 de septiembre de 2017
viernes, 25 de abril de 2014
Jurei ter por companheira. No están los claveles en estos túneles
¡Afuera, a la calle, a la sombra de las encinas!
A pasear las calles que nos han arrebatado, a buscar tu abrazo y aliento.
Que ya es primavera.
Grita, a pleno pulmón, junto a otras bocas: no, no, no.
No.
En estos túneles no hay claveles,
no está tu sonrisa,
no está tu vida,
no está el sol,
no está la vida.
No, no, no.
Así la vida se nos ha hecho vieja y nos mira con ojos feroces
porque nos la han ocultado en laberintos oscuros
y el sudor es nuestro y no lo regalamos.
No, no, no.
Al sol, al sol, al viento que ondea tu cabello,
a la vida.
Que ya es primavera.
Quiero envejecer junto a tu hombro,
al sol, siempre joven,
porque en estos túneles no hay claveles
y juré tener para siempre tu voluntad como compañera,
tu rostro como el de un hermano,
tus labios de novia amada,
tus manos de madre,
tus abrazos de padre,
tu mirada de hijo,
a la sombra de los árboles centenarios.
¡Afuera, a la calle, a la sombra de las encinas, que ya es primavera!
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Dos países de espaldas. Notas a partir de un verano portugués y la exposición Primitivos. El siglo dorado de la pintura portuguesa (1450-1550)
Aunque conozca las razones que se suelen dar, no deja de sorprenderme lo lejos que viven, en el día a día, Portugal y España, dos países que comparten tantas cosas en la historia y que deberían compartir mas aun en los proyectos de presente y futuro. El iberismo, como proyecto cultural y económico, debería ser una de las bazas de juego constante en ambos países, pero no lo es. Entiéndase, por supuesto, un iberismo moderno y encajado en el ámbito mayor de Europa (otro proyecto también en horas bajas en el sentir colectivo) y no tanto en la utopía decimonónica de la unión política de los dos estados.
Por eso mismo, cualquier iniciativa que conduzca al mejor conocimiento entre ambos países debe ser aplaudida con entusiasmo. Más aun si tiene la calidad del Verano portugués que se ha organizado en el Museo San Gregorio. El punto central de las actividades organizadas es una extraordinaria exposición: Primitivos. El siglo dorado de la pintura portuguesa (1450-1550), mostrada ya con éxito en el Museo de Arte Antiguo de Lisboa. Su montaje en el Museo San Gregorio la realza, puesto que permite confrontar las piezas portuguesas con algunas de las españolas que se exhiben en él y que son contemporáneas. Ambos países reciben las mismas influencias: impacto directo de las manifestaciones pictóricas de Flandes, huellas evidentes de la Edad Media, manifestaciones primeras de un humanismo en el que el peso de la religión católica es predominante, etc.
En estos tiempos, en los que nadie parece querer ser portugués o griego, hay que recordar cuánto se debe a estos países en la construcción del concepto de Europa. Y actividades como estas deberían darse más a menudo.
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