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lunes, 19 de noviembre de 2018

Señor Ruiseñor. Els Joglars, fiel a sí mismo


Desde su inicio, la compañía teatral Els Joglars se ha caracterizado por desenmascarar todos los tipos de dictaduras e ideologías excluyentes: políticas, religiosas, artísticas, culturales. Son bien conocidos los problemas que ello les ha traído: condenas, juicios, exilios, denuncias, amenazas, boicots, vetos y un largo muestrario. También éxito de público, parte del cual ha sido fiel a su propuesta desde el inicio, mientras que otra parte iba o venía según quiénes fueran los satirizados. Siguen fieles a sí mismos, sin duda.

La compañía nació en 1962, en tiempos de renovación del teatro europeo y bajo la dictadura de Francisco Franco. En España, fueron pioneros de las nuevas formas, que pedían un trabajo colectivo y una mayor importancia del teatro físico sobre el predominio casi exclusivo de la palabra. De aquellos tiempos son de los pocos grupos que siguen en activo. Ya en los primeros montajes pusieron de manifiesto su actitud crítica frente a todos los poderes, pero, especialmente, contra los que impedían la libertad de expresión. Fueron implacables contra el franquismo y el postfranquismo, pero también contra la unión de la iglesia católica y el estado, el férreo control de los gurús culturales y de los medios de comunicación, etc. Elaboraron para ello obras con sátira directa, explícita, en la que volcaban elementos teatrales diversos que se sumaban para denunciar los abusos de los poderosos, fácilmente reconocibles siempre. Desde los años noventa comenzaron a denunciar el nacionalismo catalán excluyente que derivaba hacia el control de la vida en Cataluña, la manipulación educativa y de los medios de comunicación, así como a la construcción de una realidad identitaria basada en la mistificación de la historia. Fueron de los primeros en hacerlo, implacablemente, hasta el punto de que quienes les aplaudían solo unos años antes, cuando atacaban el postfranquismo, comenzaron a vetarlos al sufrir las sátiras en propia carne. Quizá sea la mejor demostración del éxito y la eficacia de su denuncia, así como la demostración de que si en su día fueron valientes en el combate contra el franquismo, lo siguen siendo contra los gobernantes de la comunidad autónoma de la que proceden y en la que tantas dificultades tienen para representar sus obras. Lejos de una dictadura militar del carácter de la franquista, hoy no corren el riesgo de ser encarcelados o multados pero sí el de no poder representar en Cataluña, ser apartados de cualquier apoyo institucional, ninguneados en los medios de comunicación y señalados, viviendo en un cierto ostracismo. También han corrido otro riesgo: que aquellos que antes se sentían atacados o que no comprendían o aceptaban sus propuestas escénicas, ahora los acojan con entusiasmo solo porque señalan hacia otro lado.

Señor Ruiseñor, dirigida por Ramón Fontserè, profundiza en su sátira implacable del nacionalismo catalán excluyente y separatista. Estrenada el pasado viernes en el Teatro Calderón de Valladolid, yo pude asistir a la representación del domingo. El teatro se llenó en todas las funciones.

Un antiguo jardinero con reuma trabaja ahora en un museo dedicado a la figura del artista catalán Santiago Rusiñol (1861-1931), conocido como Ruiseñor, encarnando al pintor en las visitas guiadas, cuando los responsables quieren trasformarlo en un nuevo espacio como museo de la identidad catalana. Ese es el punto de partida para satirizar la sinrazón del nacionalismo catalán independentista, su carácter excluyente y los mensajes racistas y supremacistas de algunos de sus dirigentes. En la caracterización de los personajes son fácilmente reconocibles los políticos actuales más famosos de Cataluña, aquellos que salen todos los días en la televisión, o el abad del monasterio de Santa María de Montserrat (de nuevo la unión de intereses entre la iglesia y el poder político), como parte de la sátira directa que practica El Joglars: tanto los nombres como su aspecto físico, las actitudes y las frases que dicen nos los recuerdan. La imitación se lleva frecuentemente a la farsa, como herramienta de denuncia. Desde ese punto de partida la obra camina a la caricatura de los argumentos independentistas para hacer más evidente su falsedad, incluso los más enraizados en la mentalidad colectiva, o la instrumentalización de los medios de comunicación que tienen a su disposición. Frente a ellos, el jardinero/Rusiñol/Ruiseñor propone una mirada al arte como punto de encuentro. Se provoca así un conflicto entre lo burdo de los argumentos independentistas y la belleza, del que nacen las mejores escenas de la obra, así como el mensaje final.

El joglars no escatima nada para hacer eficaz la sátira, mezclando todo tipo de estrategias y procedimientos teatrales, lo que contribuye a dar variedad a la obra a la que quizá le sobran algunos minutos: caricatura de los personajes, escenarios simbólicos, saltos en el tiempo, lirismo, canciones, sombras chinescas, mezcla de humor y drama, medios tecnológicos, incluso recursos fáciles para provocar la risa, todo sirve para conseguir apelar a la mente y a los sentimientos de los espectadores. Quizá en las próximas funciones se mejoren algunas de las desconexiones entre las escenas o el ritmo de las iniciales. Los actores demuestran, una vez más, su competencia en este género, resaltando por encima de todos Fontserè, eficaz y propio como siempre. Un actor que es capaz de encarnar los personajes de tal manera que nos olvidemos de que es él quien los representa.

Si hay una escena que puede resumir el punto álgido de la sátira, se trata, sin duda, de la canción en la que se ensartan las propuestas del independentismo catalán en la música del himno fascista Faccetta Nera. El resultado es brillante y brutal. Si alguien puede pensar que es exagerada o injusta, basta con leer alguno de los escritos o declaraciones de los políticos a los que se alude o la base ideológica construida desde finales del siglo XIX, para comprender que la realidad está a un pequeño paso de cumplir lo denunciado en la farsa.

Quizá algunos echen de menos en la obra la sátira de los políticos españoles que han contribuido eficazmente a lo que ocurre hoy en Cataluña por ceguera, incompetencia o intereses electoralistas. Yo mismo, como espectador, estuve pensando en esta cuestión durante toda la función: ¿dónde están los que desde la política nacional han conseguido que la cuestión catalana se encuentre hoy como se encuentra? (También pensaba en cuántos de los espectadores allí presentes rechazaban a El joglars cuando satirizaban otras actitudes). Concluí que lo que yo echaba de menos rompería la unidad de la sátira directa tal y como se nos presenta en Señor Ruiseñor y que representar tanta estulticia como se ha dado en estos últimos años da para para varias obras de teatro.

La actualidad de la sátira política en el teatro pone en evidencia las carencias y peligros manifiestos de nuestra sistema, sobre todo en tiempos en los que los populismos, nacionalismos y otros procesos ideológicos similares mueven tan fácilmente las emociones más primarias y pueden conducirnos a situaciones dolorosas y a retrocesos en la democracia. También la necesidad de que los bufones, farsantes, juglares y comediantes sigan en activo. Algunas de esas cuestiones ya han sido puestas en escena por esta compañía con anterioridad. Me temo que la realidad política de este país da para un género teatral entero.

martes, 11 de septiembre de 2018

Imperio. Monólogo teatral


El sábado 26 de agosto asistí a la representación de Imperio, un monólogo basado en la novela homónima de Héctor Zagal adaptado y dirigido por Rodrigo González e interpretado por Ricardo Kleinbaum. No se trata de un montaje nuevo, puesto que se representa desde hace unos años y prolongará su presencia escénica, al menos, en el mes de octubre próximo. Para el espectador cuenta con una aliciente previo puesto que el escenario es el castillo de Chapultepec, que fuera habitado por el protagonista de la obra. En la ciudad de México tienen costumbre arraigada de representaciones en los edificios más nobles de su historia. Quiero recordar aquí la labor intensa, exitosa y de largo recorrido que lleva a cabo Juan Francisco Hernández Ramos al frente de la Compañía Nacional de Teatro Fénix Novohispano, que durante casi dos décadas ha propuesto varios montajes en el centro de la ciudad, especialmente en diferentes espacios y edificios del Zócalo y lugares cercanos.

Imperio aborda los últimos días de vida de Maximiliano I de México quien, desde su prisión en Querétaro, recuerda sus años como emperador. La aventura mexicana de Maximiliano es, de por sí, una historia apasionante y ha dado lugar a varias obras literarias, películas, esculturas y pinturas. Rodrigo González ha conseguido un montaje que mantiene la tensión y la atención del espectador en todo momento a partir de un escenario mínimo y una estructura del texto sabiamente conseguida y modulada que se desenvuelve con claridad. La obra expresa el conflicto interior de Maximiliano (hombre débil que debe asumir el peso de la historia que le corresponde como Habsburgo). En la caracterización del personaje, interpretado a gran altura por Ricardo Kleinbaum, se encarna un emperador que pasa por todos los registros, desde las dudas más profundas y los reproches a quienes le engañaron o a su madre y su mujer, hasta la forma final de asumir su destino trágico ante el pelotón de fusilamiento con un grito de amor a México.

La propuesta tiene un añadido más que interesante puesto que enfrenta a los espectadores, mayoritariamente mexicanos por el lugar de representación, con algunas de las circunstancias más conflictivas de su historia como país: la desunión constante, la trama de traiciones continuas, la cuestión social, la posición histórica de los pueblos indígenas, el cuestionamiento de alguno de sus símbolos más importantes, etc. El monólogo es muy valiente a la hora de profundizar en todo esto y lanzarlo como preguntas constantes al público que asiste, sumando el conflicto interior del personaje al de la construcción como país de México. Obras de este tipo son muy necesarias en todas las naciones puesto que las enfrenta con las circunstancias de su constitución.

Al éxito del monólogo contribuye, sin duda, la música compuesta e interpretada en directo al piano por Alonso J. Burgos, que interviene en la acción constantemente para subrayar los estados psicológicos del protagonista. No es de extrañar el éxito de público del montaje y su prolongada vida.


martes, 26 de junio de 2018

I Tenorio en la calle en la ciudad de Valladolid

La escena de la Hostería del Laurel, con la fachada del Colegio de San Gregorio.
La asociación Amigos del Teatro de Valladolid perseguía un sueño desde hace una década: montar el drama Don Juan Tenorio de José Zorrilla en las calles vallisoletanas y ha encontrado este año el apoyo decidido en el Ayuntamiento de Valladolid, con el corazón de la actividad puesto en la Casa Zorrilla. La feliz unión que se produjo en el montaje del pasado sábado 23 de junio hay que celebrarla. Esta compañía, además, puede lucir los galones de ser la decana en España a la hora de llevar a escena la obra de Zorrilla puesto que lleva setenta y cinco años haciéndolo siempre con éxito de público y, en las últimas temporadas, con indiscutible éxito de crítica (como Amigos del Teatro cuarenta años pero hay que sumarle su origen como compañía de Ángel Velasco). Desde hace años monta este drama todos los meses de noviembre en el teatro Zorrilla de Valladolid a la altura de cualquier compañía profesional española. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que en estos momentos, si alguien quiere ver en España un Don Juan Tenorio clásico de gran calidad no tiene mejor oferta que acudir a sus montajes. Por otra parte, no hay ninguna compañía profesional en España que tenga esta obra en su repertorio anual, como sucedía antes, y las que se deciden a montarla se forman especialmente para la ocasión o lo hacen esporádicamente.

Inevitablemente surgirá la comparación con la propuesta de Don Juan en Alcalá, que desde 1984 congrega a miles de visitantes en una fiesta declarada de interés turístico regional, también con algún otro proyecto fallido o montajes ocasionales fuera de locales teatrales (hablo solo de España, claro, porque hay experiencias en el extranjero singularmente atractivas, como las escenificaciones del Tenorio que acomete anualmente con gran éxito la Compañía Nacional de Teatro Clásico Fénix Novohispano de México, que ha llegado a representarlo en el metro).

Esta propuesta del Tenorio en la calle de Amigos del Teatro de Valladolid tiene su personalidad, que la aleja del Don Juan en Alcalá: el respeto al texto y a la mejor tradición escénica del Tenorio, fuera de todo tipo de lucimientos de directores de escena, actores, adaptadores o empresarios; la coherencia del cuerpo de actores y todos los responsables, desde el director hasta el último de los miembros de la compañía, que llevan muchos años integrados en una misma forma de entender la obra y representarla, nada vulgar ni antigua; la huida de todo efecto mediático que propicia la contratación de actores populares con dinero público mirando más el logro publicitario que el espectáculo teatral, etc. Este proyecto, además, tiene otra singularidad: cada año se montará en un barrio de la ciudad, porque persigue el acercamiento de la obra y del teatro a todos. Busca también por lo tanto, formar espectadores. No solo es un Don Juan Tenorio en Valladolid sino que es un verdadero Don Juan itinerante. De todas las formas, no es cuestión de rivalizar ni de comparar, sino de celebrar que el drama se represente en la calle, que el teatro salga a buscar a los espectadores y que todo ello contribuya a acercarlo al público. Todo suma en beneficio de la cultura y del teatro.

En esta ocasión se ha contado con cuatro tablados en lugares absolutamente emblemáticos, muy próximos y que Zorrilla conoció en vida. En ellos, pues, no hay que inventarse una relación con el autor del drama, que era otro de los alicientes de esta primera vez. El primero se instaló en la fachada del Colegio de San Gregorio (Museo Nacional de escultura) para las escenas de la Hostería del Laurel y de la calle; el segundo, en el lateral del Palacio de Pimentel en la plaza de San Pablo, para las escenas del convento y de la quinta de don Juan; el tercero y cuarto, para la segunda parte de la obra, en los jardines de la Casa de Zorrilla, museo instalado en la casa natal del autor romántico que se ha convertido en referencia cultural de la ciudad. Ha de recordarse, para los que no lo conozcan, que desde hace años se representan las escenas del panteón en ese mismo lugar, en el mes de noviembre y que allí se crea una situación muy especial para la ocasión y que, por lo tanto, parte de la experiencia no es nueva ni se ha diseñado para esta ocasión.

En este I Tenorio en la calle todo resultó muy bien. Los cambios de tablado fueron resueltos con rapidez y eficacia por los actores y el personal técnico. El público se mostró respetuoso, soportó el calor, los cambios de lugar y estar varias horas de pie y asistió muy interesado a la representación. Los jardines de la Casa de Zorrilla se llenaron, hasta un punto en el que no hubiera sido conveniente más espectadores.

Lo que es más importante, la representación fue brillante, en especial las escenas de la quinta de don Juan, con Vidal Rodríguez (don Juan), Jesús Cirbián (don Luis) y Pedro Martín (don Gonzalo), excepcionales cuando se encontraron juntos en la escena. El diálogo entre don Juan y el Escultor (Joaquín Yllera) ha sido siempre resuelto con gran solvencia por esta compañía, así como los diálogos en la quinta y el panteón entre don Juan y doña Inés (Laura Peláez). Del resto del cuerpo de actores se puede decir que están a la altura que se requiere en todo momento, aunque quiero destacar  en esta ocasión a Adela Valentín como Brígida y Jesús López (Avellaneda), quien da el carácter perfecto para su personaje. Como he dicho antes, la ventaja de esta compañía es que saben que la importancia de su propuesta es la coherencia del conjunto, la unidad en la representación y la forma de actuar y la manera cohesionada de decir el verso, lo que permite ver el Don Juan Tenorio y no a uno u otro actor o el montaje particular del director. Tiempo y ocasión hay para ver otras propuestas a partir del drama de Zorrilla, por supuesto, pero yo siempre invito a entrar en la obra por la fiesta teatral que es esta obra en su montaje clásico, que demuestra, cuando se hace con la pasión de los Amigos del Teatro de Valladolid, que sigue siendo actual y entretenido.

Este año, además, sucedía algo especial. Después de dieciséis años, se despedían de sus papeles Vidal Rodríguez y Jesús Cirbián. De hecho, cuando se daban la réplica estuvieron a la altura de sus mejores funciones y se despidieron con una honestidad y humildad que avala su trabajo durante estos años para que haya lucido la compañía entera. Es un difícil reto para quienes los reemplazarán en la próxima temporada pero conociéndolos perfectamente, estoy seguro de que estarán a la altura del mejor montaje clásico del drama de Zorrilla que puede verse en la actualidad.




Vidal Rodríguez (Don Juan Tenorio) y Jesús Cirbián (Don Luis Mejía)
 se despedían de sus papeles respectivos con esta función después de 16 años interpretándolos.
Las escenas de la quinta de Don Juan se representaron en el lateral del Palacio de Pimentel.



El escenario para la cena, preparado en los jardines de la Casa Zorrilla.
Vídeos de mi presentación de la función junto a Félix Hernández,
 presidente de la Asociación de Amigos del Teatro de Valladolid.




Reseña en El Norte de Castilla, aquí.
Excelente galería de fotografías de El Norte de Castilla, aquí.

domingo, 25 de junio de 2017

La sombra del Tenorio de José Luis Alonso de Santos por El Duende de Lerma


La sombra del Tenorio es un monólogo escrito por José Luis Alonso de Santos y estrenado por Rafael Álvarez, el Brujo, en 1994. No es una novedad, por lo tanto, pero su pervivencia en los escenarios habla del acierto de la obra. De la mano de Rafael Álvarez tuvo una exitosa vida. La crítica, desde su estreno, siempre la vinculó con el actor, como si no pudiera tener otra vida más allá que de la mano del extraordinario y personal que la pusiera sobre la escena. Es difícil tarea la de recoger un título tan popular, representado por uno de los actores españoles que ha creado una forma propia de estar sobre la escena. Yo vi la obra en la temporada de estreno y pensé esto mismo ya entonces.

Por otra parte, la obra es un reto para cualquier actor. José Luis Alonso de Santos escribió un monólogo de perfecta factura y eficacia -hay que decirlo: una obra maestra del teatro español contemporáneo en su género-, muy exigente para quien la interprete en la hora y media que dura. Cambia continua y endiabladamente de registro, de tono, de género incluso. Pasa de la comedia al drama, de la parodia al costumbrismo, del realismo a lo fantástico, del relato de anécdotas a las preguntas más graves sobre la identidad y las emociones humanas. Hay un momento, que toda compañía teatral teme, en el que se rompe la ilusión escénica para luego volver a levantar la famosa cuarta pared y en ese giro debe acompañarte el público.

La obra cuenta la historia de un viejo actor, Saturnino Morales, al que el azar llevó a interpretar, nada más ingresar en una compañía, el papel de Ciutti en la representación anual del Don Juan Tenorio de José Zorrilla, como era costumbre en toda España y gran parte de Hispanoamericana hasta hace unas décadas. Este azar condicionó toda su vida profesional. Ambientada en los años cincuenta, Saturnino Morales está a punto de morir y en su última noche confiesa, en un falso diálogo con la monja que lo cuida, que siempre quiso interpretar el papel del burlador protagonista y se propone realizar ese sueño. Las cuatro escenas de la obra juegan siempre con lo metateatral, la contravisión del mundo a partir de los que nunca ocupan en la historia el primer plano (una característica permanente de la obra de Alonso de Santos) y la propia biografía del personaje de Saturnino Morales, que atraviesa la primera mitad del siglo XX y la geografía española desde su condición de cómico de una compañía secundaria.

La compañía de aficionados El Duende de Lerma asumió hace unos años el reto de incorporar en su repertorio La sombra del Tenorio y ha contado para ello con el asesoramiento del autor y la dirección de Ernesto Pérez Calvo. No he podido ver su montaje hasta ayer, cuando se programó en un escenario más que apropiado, levantado en los jardines de la Casa Museo Zorrilla de Valladolid. Luis Orcajo tiene una gran experiencia como actor y ha trabajado el difícil personaje desde sus propias condiciones actorales, dotando a la obra de una profunda condición dramática. Aunque estén presentes los momentos cómicos, que funcionan como el primer día, Orcajo sitúa su registro actoral sobre todo en la persona de Saturnino Morales y en sus conflictos interiores y desde esa perspectiva propone la obra, reduciendo también el relato de anécdotas sobre el Don Juan. Vemos, pues, a Saturnino Morales antes que a un juego metateatral, lo que es un acierto para separar su propuesta de la del Brujo. Una distancia inteligente, justa y acertada puesto que Orcajo no debe ser la sombra de Rafael Álvarez. Me ha gustado este montaje, que supera con mucho la condición de aficionados de la compañía y permite demostrar que la obra de Alonso de Santos tiene vida mucho más allá de la genialidad del actor que la estrenara y puede ser encarnada por actores de la solvencia y respeto por el mundo del teatro de Luis Orcajo. No me extraña la cosecha de premios que ha recibido El Duende de Lerma con ella. Merecidos, sin duda.

sábado, 24 de junio de 2017

La influencia de la estética del videoclip en las artes escénicas


Ayer viernes fui parte del Tribunal que juzgó la Tesis Doctoral presentada por Diego Palacio Enríquez en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid bajo la dirección de Eduardo Blázquez Mateos. Como saben los más antiguos lectores de este blog, llevo años en la batalla de contribuir a renovar los estudios de las artes escénicas en España, fomentando la entrada en el mundo académico de perspectivas de investigación que hasta hace tan solo una década eran tenidas como extrañas. En los estudios de artes escénicas pesaba demasiado la sacralización del texto y la visión del teatro como algo más histórico que actual, más literario que total. Por otra parte, había un prejuicio incomprensible hacia el estudio de cuestiones contemporáneas. Salvo loables excepciones, auténticos pioneros en el camino correcto, había un vacío que perjudicaba a la Universidad española puesto que se veía ajena al complejo mundo de las artes escénicas, pero también perjudicaba notablemente al campo propio del mundo teatral puesto que no tenía recursos académicos o debía recurrir siempre a los que se escribían en otros países en los que se veía esta cuestión de manera diferente. Por suerte, la última década ha abierto las puertas universitarias a este tipo de estudios, aunque todavía queda mucho camino que recorrer tanto en regulación normativa -es injustificable el lamentable estado de la legislación ministerial  y autonómica sobre estos estudios-, la aceptación plena de un campo de trabajo interdisciplinar y vivo y la propia reflexión dentro del mundo de las artes escénicas para construir un discurso de investigación académico que eleve los resultados más allá de la mera práctica.

Los resultados son evidentes y van consolidando un cuerpo de monografías propio, escrito por investigadores españoles dentro del ámbito académico nacional, de gran altura científica. Por fortuna, me he visto relacionado con varias de ellas, presentadas con éxito como Tesis Doctoral.

La Tesis Doctoral de Diego Palacio Enríquez sobre La influencia de la estética del videoclip en las artes escénicas: Tomaz Pandur, Thomas Ostermeier y Falk Richter llena una carencia en la investigación dentro de este mundo y lo hace de forma brillante, construyendo un método de análisis que se convertirá en herramienta metodológica para los futuros estudiosos de este campo pero también para aquellos que quieran usar de este recurso en montajes escénicos. Lo hace, además, abordando la obra de tres directores de escena punteros en Europa: Pandur, Ostermeier y Richter han creado una marca propia, reconocible en sus montajes y se han convertido en referentes de la escena contemporánea. Su trabajo, además, es claro, fácil de manejar y muy útil. Mi felicitación al director del trabajo y al ya Doctor, que recibió la máxima calificación.

El tribunal con el ya doctor (segundo por la izquierda).


domingo, 8 de enero de 2017

¿Dónde compré ese libro?


¿Dónde compré ese ejemplar del libro de Antonio Espina, Romea o el comediante, la biografía sobre el actor español del siglo XIX nacido en Murcia? Está publicado en Madrid por Espasa-Calpe en 1935. Estos días ando redactando un trabajo y he necesitado poner algo de orden en la parte de mi biblioteca en la que almaceno los libros que tratan del teatro del siglo XIX. Me he hallado sorpresas, libros que creía perdidos, duplicados, ausencias. Y agradables reencuentros, como este. Los libros trazan mi línea biográfica. Algunos me han acompañado en las seis mudanzas que he debido hacer en los últimos años y saben de mis esperanzas y mis fracasos, de mis alegrías y de mis tristezas.
El viaje de un libro es algo en lo que me pongo a pensar de vez en cuando. Me refiero a esos libros antiguos, no a las novedades que adquirimos al poco tiempo de ser publicados y que ya no han salido de nuestro poder. Este Romea vivió en las manos de alguien y atravesó la guerra civil española y una durísima postguerra, una dictadura miserable y una convulsa transición. Quizá yo me hiciera con él a finales del siglo pasado, ya derribado el muro de Berlín. Tenía la costumbre, ya perdida, de firmar los libros con el año en el que los compraba, pero este no, este Romea pudo rehuir ese hábito mío, no sé cómo. Lo abro al azar y me salta a la vista el párrafo inicial de la página 81:

Alrededor del trono pululaban los chanchullos y los chanchulleros.

Se refiere, claro, a la reina Isabel II, la misma a la que Valle Inclán calificaba de oronda, redonda y... cachonda. Se escribía esto durante la II República. Antonio Espina era progresista y republicano. A raíz de una denuncia del cónsul alemán fue condenado por publicar en El liberal de Bilbao un artículo contra Hitler en el que atacaba los fascismos cuando pocos lo hacían, El caso Hitler. Se mostró firmemente comprometido con la causa republicana, pasó casi toda la guerra civil en prisión e intentó cortarse las venas para acabar con su situación. Condenado a muerte en aquellos simulacros de juicios del franquismo, la pena le fue conmutada y pudo escapar a México y exiliarse. Volvió cuando el régimen abrió un poco la mano para aparentar normalidad ante las potencias occidentales y aún así siguió teniendo problemas continuos por sus escritos. Falleció en Madrid en 1972. Fue escritor polifacético que merece ser recordado (en este enlace de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes puede accederse gratis a su poesía completa). En el libro, Espina no se muerde la lengua con la política y situación española, al hilo de la biografía de Julián Romea. Y lo hace con una prosa exquisita y accesible:

Aquel Madrid fernandido tenía sus encantos. Sobre todo visto a más de cien años fecha. Madrid, poblachón destartalado y feo, solía causar sopresa a los extranjeros que lo visitaban por su raro perfil de señoril empaque y su ruralismo desconsolador.

Al lado de los grandes palacios de línea sencilla y elegante, viejos caserones de los siglos XVII y XVIII, se veían miserables casas de vecinos desdibujadas y cochambrosas, indignas de la capital de España. Lóbregos patios, portales estrechos y profundos, sórdidas guardillas que se inclinaban sobre los tejados como cajones torcidos prontos a derrumbarse; especie de facuces monstruosas asomadas al alero, tristes de misera, mucas pedigüeñas de una piqueta redentora.

¿Cuál sería la razón por la que este libro acabó en la librería de viejo en la que yo debí comprarlo? Quizá una necesidad (la pobreza, la falta de espacio), quizá el poco aprecio a los libros de los herederos de su propietario. Por entonces no se estilaba liberar libros para darlos nueva vida a la manera de lo que ocurre hoy. Y aquí está, felizmente reencontrado en el fondo de la estantería y ahora en primera fila. Y yo lo estoy gozando de nuevo al leerlo, como en la descripción de una de las causas del fracaso inicial del Don Juan de Zorrilla en su estreno en 1844. Bárbara Lamadrid, que hacía de doña Inés no daba el físico:

La actriz, bajo los hábitos de la virgen y lírica Inés ocultaba a duras penas unas amplitudes anatómicas totalmente impropias de la caracterización del personaje.

Espina imagina, inmediatamente la sonrisa maligna de su rival, Matilde Díez. El autor no pretende una obra académica sino una seria divulgación del mundo teatral de la España del siglo XIX encuadrado en la sociedad de su tiempo. Y lo consigue. Ya tengo lectura para esta noche.

miércoles, 26 de octubre de 2016

La danza española y la narrativa escénica, de Inés Hellín Rubio


En los últimos años es notable -aunque todavía quede mucho por andar- el desarrollo de los estudios superiores de arte escénico en España. En la última década se han defendido tesis doctorales en muchas universidades españolas, desarrollado estudios de máster en estos campos y consolidado investigaciones de las que saldrán beneficiados los que lleguen a partir de ahora. De las escuelas superiores de arte dramático -con sus más y sus menos, pero de eso podemos hablar otro día- salen titulados con formación sólida y experiencia práctica o, al menos, con una formación equiparable en su campo a la que reciben los estudiantes de cualquier grado universitario español. Otra cosa es, claro, lo que ocurre a nivel político y administrativo. Aún hay muchos responsables que no creen que estos estudios deban desarrollarse en el ámbito universitario. Falta regulación clara, apoyo económico y una actitud que acabe de una vez con esta situación de atraso con respecto a los países de nuestro entorno, en los que estos títulos no solo son reconocidos en el ámbito superior como cualquier otro sino que tienen una gran demanda y ofrecen una alta formación en cada uno de los campos. En España todavía hay quien cree que estas cosas son solo cosas de cómicos y faranduleros, personas sin más formación que la experiencia o unas pocas lecturas, viajes y cursos. Bastaría solo con no poner trabas para que desaparecieran gran parte de los problemas. Pero no solo entre los responsables políticos, sino también entre los mismos profesionales, algunos de los cuales temen perder su posiciones de privilegios si se fomentaran de verdad los estudios de alto nivel en el que se conjugara la teoría y la práctica. He oído tantas simplezas al respecto entre algunos profesionales como entre los responsables políticos. Parecen darse la mano en contra del necesario fomento de estos estudios.

Este reciente impulso ha dado buenos logros en casi todos los campos, pero se echaba de menos el trabajo actual adecuado sobre la Danza española. Durante demasiado tiempo, este campo artístico ha sido considerado menor. Salvo honrosas excepciones, no solo se ha ignorado sino que ha llegado a ser menospreciada. Aparte de la ignorancia, quizá tenga mucho que ver la imagen que durante el franquismo se dio de este tipo de espectáculos y que aún -tantos años después- pesa en la consideración de muchos intelectuales y críticos. No ha contribuido a mejorar esto que muchas veces el individualismo haya predominado entre los grandes profesionales que ha tenido la Danza española. Ni que el público no cultivado no tenga claros los límites entre la Danza española y el flamenco, el folklore u otras manifestaciones que pueden integrarla pero que no deberían confundirse con ella.

Sin embargo, esto no siempre ha sido así. En la época más brillante de la cultura española moderna, la que se desarrolló en las primeras tres décadas del siglo XX, la Danza española contó con el acercamiento, el interés y el impulso por parte de grandes artistas -María Lejárraga, Federico García Lorca, Falla, Albéniz, Granados, etc.-, que colaboraron con los bailarines más importantes de aquella época: Antonia Mercé, Encarnación López, Vicente Escudero... Un impulso del que fueron fecundos herederos Antonio Ruiz, Mariemma, etc. La vanguardia de los años veinte y treinta se acercó a esta manfestación artística sin prejuicios y consiguió formar sus bases técnicas fundacionales. Contibuyó la pintura, la fotografía, la escultura, etc. También la nueva consideración del cuerpo como integrante de cualquier espectáculo escénico y el desarrollo de las nuevas dramaturgias.

Por eso hay que celebrar la publicación de un libro como el de Inés Hellín Rubio, La Danza española y la narrativa escénica (Madrid, ADE, 2016). Bailarina solista del Ballet español de Murcia (Cia. Carmen y Matilde Rubio), con una sólida formación teórica y práctica, es persona adecuada para afrontar el reto de escribir un libro que permanecerá como material de referencia para la Danza española. Tras establecer las bases teóricas del método de análisis en los primeros capítulos a partir de la Semiótica teatral aplicada, en especial, a la traducción de códigos para llegar al ballet narrativo, redacta un calirificador panorama de la historia de la Danza española en el contexto de la Historia del teatro y de la Danza clásica. Estas partes aportan un buen guion de trabajo para quienes continúen estos estudios y sirven de punto de partida para un brillante cuarto capítulo, en el que analiza el ballet El sombrero de tres picos de Manuel de Falla, desde su origen literario (el cuento popular andaluz, la novela de Pedro Antonio de Alarcón y el libreto de María Lejárraga). La primera versión de este ballet fue la pantomima El corregidor y la molinera estrenada en Madrid en 1917. El interés de Diaghilev, el famoso empresario que a través de los Ballets Rusos trasformaría significativamente el mundo de la danza narrativa, promovió que se rehiciera como verdadero ballet con el título definitivo en Londres en 1919, con decorados y figurines de Pablo Picasso. La autora estudia también minuciosamente la versión de este ballet de Antonio Ruiz en 1981. Para sus análisis pone en juego de forma eficaz la metodología desarrollada previamente.

No rebaja la calidad, oportunidad y acierto de este libro el que hubiera sido deseable que en el estilo no se percibieran tanto los tics lingüísticos académicos (repeticiones, la autora habla de sí misma en tercera persona, anuncio continuo de lo que vendrá después, etc.). Estoy seguro de que este libro tendrá fortuna y en futuras reediciones se podrá mejorar este formulismo académico en el que suelen caer muchos investigadores al dar a conocer sus trabajos de investigación. El libro de Inés Hellín merece ser considerado, a partir de ahora, un punto de inflexión para inspirar futuras investigaciones y trabajos dramatúrgicos para la Danza española.

sábado, 21 de mayo de 2016

Misterios del Quijote, monólogo teatral de El Brujo


El pasado mes de marzo tuvo lugar en el Teatro Zorrilla de Valladolid el estreno absoluto de los Misterios del Quijote, el nuevo monólogo teatral de Rafael Álvarez, el Brujo. El estreno se dio el 5 y yo vi la función del día siguiente, así que no pude asistir al acto de homenaje al actor con el que el empresario Enrique Cornejo le dedicaba una de las butacas del local que llevará para siempre su nombre.

Con motivo del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, el Brujo estrenó el 15 de junio de 2005, en el Claustro de los Dominicos de Almagro, un monólogo en dos actos, El ingenioso caballero de la palabra, basado en un texto con el que Emilio Pascual adaptaba la obra cervantina, que ha tenido buen recorrido nacional  e internacional. el espectáculo que nos propone el Brujo ahora, con motivo del cuarto centenario de la segunda parte retoma mucho de aquel, al que se hace referencia en el texto nuevo.

Misterios del Quijote, con texto del propio actor, mantiene el juego entre ficción y realidad en este espectáculo: juega el Brujo a ser él mismo -la historia de su padre, que contaba historias del Quijote, es de una emotividad profunda, aparte de un inteligente guiño metaliterario- y a ser los personajes en los que se desdobla sin dejar de ser siempre un actor, el actor, es decir, esencia teatral. Porque es desde ese lugar desde el que se construye este monólogo -más metateatral, si cabe, que los anteriores-, desde la esencia pura del actor que nos cuenta una historia y que nos engaña con la verdad o nos da la verdad con la mentira, teatro siempre. Así es, a la vez, un juglar primitivo, un narrador oral o un actor de método, todo sucesivamente, como si la forma de actuar se construyera con capas con las que juega entre divertido y serio el Brujo despojándose y vistiéndose magistralmente. Muchas de las situaciones son provocadas por ese juego actoral y pueden entenderse desde niveles muy diferentes: gustarán igual al que no sabe el trasfondo metateatral de lo que hace el Brujo como al que lo conoce perfectamente.

Es desde esa historia inicial desde donde debemos comprender la obra, su padre contando historias del Quijote a un niño que terminará representando el personaje contándonos las historias del Quijote para devolver toda la dignidad al padre y a su memoria, como si al final del viaje de la vida comprendiera que el padre tenía sus razones y todo fuera cuestión de perspectiva. Desde ese punto inicial se construye un texto guiado por la autoconciencia de los personajes de la novela cervantina (personajes que se saben personajes), el juego ficcional de la no autoría del propio Cervantes (el texto tendría origen en un manuscrito juglaresco), el difícil concepto de la libertad y el relato de alguno de los pasajes del Quijote, sin pretender agotar para nada el relato completo de la novela.

La obra se basa fundamentalmente en ese actor que encarna el Brujo y que ha construido -como hiciera el propio Cervantes- un personaje con una forma propia desde la que hacer teatro entre la comedia y el drama, entre el amaneramiento y la profundidad. Al Brujo se le ama o se le odia, pero no deja indiferente nunca. Su forma de actuar y construir a partir del cuerpo y la voz el escenario y la historia completa es ya sobradamente conocida y nadie es capaz de hacerlo hoy en día en el teatro español como lo hace él. Reconozco que no puedo ver muchas veces seguidas al Brujo pero ocasionalmente me admira, me seduce y me gana. En este montaje todo funciona y está medido en duración, alternancia de tonos y ritmos. Yo disfruté y el público del Teatro Zorrilla se apasionó.

lunes, 16 de mayo de 2016

Cervantina, de Ron Lalá. No dejen de verla


He aquí un espectáculo ejemplar en todo. El reto de la compañía Ron Lalá tras el merecido éxito de En un lugar del Quijote (2013) era difícil. Estrenada el pasado 14 de enero en el Teatro de la Comedia de Madrid, Cevantina. Versiones y diversiones sobre textos de Cervantes no solo iguala aquella obra sino que la supera. Yo he podido verla el pasado sábado 14 de mayo en el Teatro Calderón de Valladolid.

Bajo la dirección de Yayo Cáceres, este espectáculo musical nos propone un divertido, inteligente y crítico acercamiento a la figura y la obra de Cervantes, capaz de convencer y entretener tanto al mejor de los cervantistas como al público que jamás ha leído nada del mejor autor español de todos los tiempos ni está dispuesto a perder un minuto en ello (se juega en varios momentos con esta situación como agudo y ácido chiste).

No es un viaje al pasado sino hacer de Cervantes un clásico de nuestro tiempo y por eso la obra está llena de guiños actuales que encajan, a la perfección, con el pensamiento y los textos cervantinos. No sé cuántos de los espectadores se habrán visto impulsados a consultar las obras de Cervantes después de asistir a esta representación, pero sí que supongo que habrán tenido la impresión de que sus obras no son las aburridas páginas de un clásico de lectura obligatoria en los centros de enseñanza.

El espectáculo se propone como la evidencia de un virus, la cervantina: Si usted padece los síntomas (ataques de risa inteligente, lucidez lúcida, ironía aguda y defensa de la libertad) podría estar contagiado; sentimos comunicarle que no hay vacuna, así que póngase cómodo para viajar al mundo de Cervantes (texto extraído del folleto). Esos son los hilos conductores del montaje: risa inteligente, lucidez aguda y defensa de la libertad. Se construye con un elemento recurrente, la presencia de la Musa, un personaje divertidamente siniestro, que se aparece cada cierto tiempo a Miguel de Cervantes para contribuir a su condición de escritor y fama póstuma a cambio de dolor, sacrificios y renuncias (su manquedad, la imposibilidad de una vida confortable y familiar, el problema constante de la falta de dinero). A partir de ahí se escenifican textos extraídos de los prólogos cervantinos, Don Quijote, El celoso extremeño y El viejo celoso, El coloquio de los perros, El hospital de los podridos (entremés atribuido a Cervantes), El licenciado Vidriera, El retablo de las maravillas, La Galatea, La gitanilla, Persiles y Sigismunda, Rinconete y Cortadillo y Viaje del Parnaso. Uno de los efectos de esta obra es poner en evidencia algo ya sabido: Cervantes era un hombre de teatro y tanto sus versos como su prosa contienen un potencial escénico por la plasticidad de sus argumentos, la caracterización de sus personajes y el uso de la lengua.

Especialmente sugerente me ha parecido el acercamiento a los textos en los que Cervantes habla de sí mismo (los prólogos y el Viaje del Parnaso). Los más divertidos para el público han sido los minutos dedicados a El hospital de los podridos (muy bien traído a las circunstancias actuales al contar con la colaboración de los espectadores que deben declarar con qué cosas se sienten podridos), Rinconete y Cortadillo y La gitanilla.

Todo el espectáculo tiene un ritmo adecuado -su hora y media se hace corta-, en el que alterna la música con la declamación y predomina el humor pero sin dejar nunca la crítica a la situación actual -referencias a la corrupción política, el 21 % de IVA, el escaso aprecio de los gobernantes y la sociedad española a la cultura, etc.-. Los elementos escenográficos y el tratamiento de la luz son funcionales y adecuados para las mutaciones continuas -la forma de construir el Guadalquivir con un barreño con ruedas es un chiste brillante. como el tratamiento del trono de Monipodio-, el vestuario perfecto a partir del negro básico, la música original, divertida y bien interpretada. Nada falla en este engranaje perfecto a medias entre lo juglaresco y Monty Python, con el que Ron Lalá consolida una forma propia que ojalá nos dé muchas más satisfacciones en el futuro. Todos los actores resultan acertados individualmente y como conjunto.

El público, que llenaba el Teatro Calderón, se lo pasó bien, colaboró con los actores y los recompensó con merecidos aplausos, puesto en pie.

Vayan a verla. Se divertirán de forma inteligente y comprenderán por qué hay que leer a Cervantes no como clásico sino como contemporáneo. Sobre todo ahora, que parece que la literatura de verdad, la que enseña a pensar por cuenta propia, no cabe en los programas educativos de ningún nivel de enseñanza.

lunes, 9 de mayo de 2016

La gitanilla de Miguel de Cervantes por la compañía de danza flamenca de Carmen Cortés


Estrenado el 3 de julio de 2015 en el Festival de Teatro Clásico de Almagro, no se puede decir que este espectáculo haya tenido mala fortuna dado el número de funciones que desde entonces ha tenido por todo el país. Carmen Cortés afrontó la adaptación a la danza de La gitanilla de Cervantes como un reto necesario de mirada a un clásico de cara al cuarto centenario de su muerte, que se conmemora en el presente año. Acompañada en la dirección escénica de José Maya, la coreografía y la dirección artística es de la propia Carmen Cortés. Yo he visto el montaje el pasado domingo día 8 de mayo en el Teatro Calderón, a pesar de que hace tiempo me prometí no volver a ese teatro en un domingo -por razones obvias- y preferir cualquier otro día de la semana.

En la adaptación de la novela cervantina nos proponen un juego inverso: Preciosa y Andrés recuerdan su historia de amor cuando son mayores. Este juego se objetiviza en la primera parte del espectáculo con un espejo y la alternancia en los papeles de los protagonistas de bailarines mayores y jóvenes. Precisamente en esta parte está lo mejor del espectáculo. Ver bailar a Carmen Cortés como una gitana vieja para dar paso a jóvenes bailarinas que usan otra técnica es asombrosamente certero tanto para entender a Preciosa como para percibir la posición central de Carmen Cortés en la danza española actual. Se construye, así, un personaje de Preciosa con facetas variadas que van desde la jovialidad a la tragedia y el desgarro. Carmen Cortés baila como debe hacerlo al construir ese personaje adecuándolo a sus condiciones y a su significado como bailaora y coreógrafa. Así, nos propone una lectura muy interesante que matiza y dialoga con Cervantes. Como en el cuadro inicial, cuando los bailarines se van girando para ponerse frente al público mientras se escuchan las frases iniciales de la narración de Cervantes, tan duras con los gitanos.

Si el espectáculo hubiera continuado la propuesta inicial de esos excelentes primeros minutos estaríamos hablando de un montaje inolvidable. En general, toda la primera parte -mientras está en escena el espejo- funciona y sorprende. Carmen Cortés no hace concesiones fáciles al espectador. Lleva La gitanilla hacia el baile y el cante flamenco y lo hace dialogar con algunas danzas propias de la escuela bolera y, al aparecer el bailarín Esteban Berlanga en el personaje de Andrés joven, con la danza clásica (que usa eficazmente para indicar la diferencia de estamento social). Todo funciona en esa primera parte (primeros bailarines, cuerpo de baile, propuesta escénica, músicos y cantaores) y me sorprendió mucho la frialdad del público de domingo vallisoletano. Ni la consabida seriedad del público de esta ciudad justificaba su falta de reacción.

No puedo opinar lo mismo de la segunda parte del espectáculo. Hay un momento en el que la fuerza inicial del espectáculo se pierde. Lo que se nos quiere decir es confuso y a veces incomprensible. La mezcla de tipos de danza deja de funcionar como sí lo había hecho en la primera parte: uno no sabe bien a qué viene la jota, por ejemplo; la propuesta de danza contemporánea queda completamente desconectada del resto de lo que ocurre en escena y Esteban Berlanga hace lo que puede cuando hubiera sido más piadoso haberlo dejado en oscuro unos minutos; algunos miembros del cuerpo del baile se pasean sin sentido por el escenario. En un momento, se gira La gitanilla hacia unas Bodas de sangre, lo que no tiene ningún sentido leída la obra de Cervantes y vista la primera parte. El final del espectáculo es confuso y se tiene la impresión de que se termina en ese momento porque en algún momento hay que hacerlo (el montaje dura una hora y quince minutos y se hace largo).

Por otra parte, en la función a la que asistí el sonido falló estrepitosamente, cosa imperdonable en una compañía profesional y en un montaje de este tipo. Desde su malhadada restauración -que lo dejó bonito pero destrozó la acústica-, el Calderón supone un reto para los técnicos de sonido, cosa sabida en toda la profesión. Por eso es más inexplicable lo ocurrido, contando con que era la tercera función dada en este teatro. Los micrófonos de voz fallaron durante todo el espectáculo y en un momento dado -el que contiene gran parte de la filosofía del montaje- se hizo incomprensible el texto. Si el público había estado frío en la primera parte, a partir de ese momento hasta yo desconecté de lo que ocurría en escena durante unos minutos.

En definitiva, una primera parte excepcional de una propuesta original que se pierde en la segunda parte y que necesitaría repensarse con calma y reducir en su duración a menos de una hora.

martes, 22 de marzo de 2016

El juego y los títeres, exposición central de la Feria del libro antiguo y de ocasión de Valladolid


No puedo resisistirme a una Feria del libro antiguo y de ocasión. La de Valladolid, organizada por la Asociación de libreros de viejo y antiguo de Castilla y León, cumple 24 ediciones y abre las casetas al público hasta el 10 de abril. Me encontraréis por allí estos días, rebuscando entre los libros a la espera de hallar algún tesoro aunque cada vez son menos porque estos se guardan para otras ocasiones que no son las ferias, como todos los aficionados sabemos. Desde hace muchos años, en estas casetas lo que se pueden hallar son libros de ocasión, restos de ediciones, antiguas colecciones de quiosco, reproducciones pseudofacsimilares, etc. Nada de gran valor para coleccionistas y bibliófilos pero mucho para aquellos que buscan un determinado libro a buen precio o un título que se les pasó hace años.

Lo que no se debe perder ningún visitante de esta Feria situada en el Paseo Central del Campo Grande (que no en la Acera de Recoletos como dice erróneamente toda la publicidad) es la carpa dedicada al mundo de los títeres y la literatura infantil. Del 18 al 20 se dio en ella un Simposio sobre ese tema y hasta el domingo 10 de abril se celebran diferentes actuaciones de compañías de títeres y cuentacuentos.

En la carpa se ha instalado una recomendable exposición, El juego y los títeres. Papeles, libros y otros documentos sobre los títeres en España, comisariada por los Titiretos de Binéfar (sin duda, una de las compañías españolas más interesantes dedicada a este mundo), de los que proceden los fondos expuestos. No se centra la exposición en títeres profesionales sino en materiales domésticos, juegos infantiles, publicaciones (Pinocho, Pipo y Pipa, Macaco, etc.) y otros elementos que servían para que las familias se entretuvieran montando su propio espectáculo de títeres en casa: desde unos sonajeros hasta teatros de sombras o de papel y cartón con una calidad sorprendente. En las primeras décadas del siglo XX estuvo de moda esta afición a los títeres y el teatro doméstico, que despertaban la imaginación, divulgaban obras literarias y personajes (en la exposición hay una deliciosa escena de Sancho Panza como gobernador de la ínsula de Barataria), fomentaban la creatividad de los niños y, sobre todo, permitían una diversión para toda la familia o un grupo de amigos. Hubo un negocio editorial que fomentó esta diversión y surtía de personajes recortables, telones de escenario, teatros completos y libretos de historias pero no eliminó las variantes más económicas de los títeres elaborados por los padres o por los propios niños. No era una nonada: García Lorca se aficionó al teatro en estos teatritos y escribió varias obras para títeres que él mismo representaba para sus sobrinos; Francisco Nieva recuerda en sus memorias cómo se despertó al mundo del espectáculo teatral con estos mismos teatros caseros.

Una parte sustancial del recorrido de la exposición rinde homenaje al creador de Pinocho y Pipo y Pipa, el madrileño Salvador Bartolozzi, un artista injustamente caído en el olvido y que en los años veinte y treinta del siglo pasado fue muy popular y prolífico. Sus historias de Pinocho llegaron a sustituir en fama, iconografía y recuerdo a las del original de Carlo Collodi. Durante décadas, para los españoles Pinocho fue el Pinocho de Bartolozzi. Y no está mal elegido ese motivo central de la exposición. Como recordarán los vallisoletanos con cierta edad, los personajes de Bartolozzi eran las figuras centrales de lo que algunos consideran el primer parque temático infantil del que se tienen noticias. El parque del Poniente, construido en 1863, se reformó en 1933 para convertirlo en exclusivo recreo para los niños y en las entradas estuvieron las estatuas de personajes de los cuentos infantiles hasta que el vandalismo consiguió, a finales del siglo XX, que desaparecieran.

No dejen de ver esta exposición. Pregunten por las visitas guiadas y gratuitas que realiza Isabel Benito. No se arrepentirán, aunque no vayan con niños.

Sobre los títeres en España recomiendo visitar los Documenta títeres y el clásico libro de J.E. Varey, Historia de los títeres en España (desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII) . Muy interesante la aportación de Federico Corriente recordando para España la herencia oriental en este tipo de espectáculos.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Dos ejemplos de teatro aficionado (sobre un montaje de El Lazarillo de Tormes de Fernando Fernán Gómez y otro de El pelícano de Strindberg)


Me gusta el teatro realizado por aficionados y lo respeto. Aficionados o semiprofesionales, que no viven de esta afición y que, al contrario, suele costarles dinero, mucho tiempo robado a la familia y otros placeres. Que un grupo de personas dedique varias horas a la semana para escenificar una obra me parece siempre elogiable sea cual sea el resultado final. Significa, en primer lugar, que tienen gran amor por el teatro. Los miembros de una compañía de aficionados son, primero y antes que nada, público de teatro. Estas formaciones han existido siempre en paralelo a las profesionales. En algunos momentos de la historia muy puntuales, en un sector de ellas se refugiaron las innovaciones y las tendencias más adecuadas que contribuyeron a la reforma del teatro oficial y comercial, como ocurrió en los años finales del franquismo en España. En algunos casos, las compañías de aficionados derivaron hacia la semiprofesonalización con unos niveles de calidad más elevados. Estas compañías son heterogéneas y en ellas encontramos desde meros aficionados con mucha voluntad hasta personas muy formadas pero que no han querido aventurarse por el mundo profesional o no han tenido la oportunidad o las condiciones.

De todas las formas, el hecho de pertenecer a una agrupación de aficionados con mejor o peor formación previa no debe eximir de la crítica, sobre todo cuando se cobra una entrada, aunque mínima, a los espectadores. Aficionado o no, en formación o no, alguien que se sitúa en un escenario tras haber cobrado una entrada debe respetar al público, dar lo mejor de sí mismo y presentarse con algo adecuado a sus fuerzas y medido en cuanto a la propuesta escénica. Ser aficionado no implica no estudiar qué se pretende con un montaje escénico.

En las semanas pasadas he tenido la ocasión de  presenciar dos montajes muy diferentes en el XIX Certamen nacional de teatro ciudad de Béjar (solo mencionar el número del certamen de este año nos habla del esfuerzo por dar continuidad a una buena idea, aunque no sea de los certámenes más antiguos) en el Teatro Cervantes de esa localidad, que, por cierto, necesita una mejora urgente en su climatización.

El día 20 de febrero asistí a la representación de El Lazarillo de Tormes por la compañía El Duende de Lerma (fundada en 2010 pero con larga experiencia teatral). Arriesgarse con el texto de Fernando Fernán Gómez que representa por toda España Rafael Álvarez El Brujo es un reto de importancia que ya asumieron también para La sombra del Tenorio. Su director y protagonista, Luis Miguel Orcajo, ha actuado sabiamente con este texto conociendo tanto sus condiciones como el circuito de representaciones que está a su alcance. En su versión y en su interpretación, se ha reducido el componente ácido de la obra y los elementos metateatrales y se ha jugado todo, con acierto e inteligencia, a una representación más popular y cercana al espectador, de carácter muy amable. Aunque debería moderar algo su movimiento en escena, sabe muy bien cómo ganarse al espectador de este tipo de funciones respetando el sentido de la obra y, por lo tanto, nada hay que reprocharle sino todo lo contario. Ha resultado premiado como el mejor actor principal, el segundo premio de dirección y el premio del público.

No sucede lo mismo con el montaje de El pelícano del sueco August Strindberg al que asistí el 27 de febrero. La propuesta del Teatro Arcón de Olid (fundada en 1996) no se sostiene en escena. El acierto o no de toda compañía teatral comienza por la elección del texto y Juan Casado, su director, ha estado del todo punto desacertado, dejando a la compañía a la deriva. Se notaba, en algunos actores, que la obra se les hacía más larga que al propio público. Como en la compañía hay personas muy formadas en el mundo teatral me permito recordarles que montar a Strindberg es un reto muy superior a las fuerzas demostradas. El drama de esta obra se da en los silencios y en los sobreentendidos y la representación debe ser de aquellas en las que aunque todo el mundo se esté cayendo nada parece suceder. Trasformar El pelícano en un mal dramón decimonónico no contribuye ni a la formación de los actores ni a fomentar el gusto por el teatro en los espectadores. Es devolver a Strindberg al lugar del que escapaba.

sábado, 9 de enero de 2016

Escena Abierta 2016


Desde hoy y hasta el próximo día 17 de enero se celebra en Burgos el Festival Escena Abierta organizado por el Instituto Municipal de Cultura y Turismo del Ayuntamiento de Burgos, la Universidad de Burgos y la Fundación Caja Burgos. Siempre he alabado este Festival y el año pasado lo puse como ejemplo de sentido común frente al derroche de tantos festivales de artes escénicas que perdieron el rumbo y en la época de crisis han tenido que echar el cierre o quedar en nada. Como dije, esto se debe sobre todo a la personalidad de quienes han estado en la organización que llega ya a su XVIII edición. Este año continúa con su planteamiento de obras que desarrollen propuestas imaginativas pero íntimas y próximas, alejadas de lo tecnológico entendido como forma de perder la capacidad de interrogación del ser humano. 

Sin restar un ápice de mi admiración por los coordinadores que mantienen este Festival en estos tiempos tan duros para la cultura, pienso que ha llegado el momento de replantearse los objetivos y de modificar algunas de las líneas. Sin perder las señas de identidad que siempre han caracterizado a Escena Abierta -la novedad, el pequeño formato, el riesgo en lo artístico pero el sentido común en el gasto, la dureza de las fechas elegidas dada la climatología burgalesa habitual a mediados de enero-, sería bueno no acomodarse y buscar un riesgo aún mayor en propuestas menos aceptadas en las programaciones de este tipo de festivales. Quizá debiera buscarse, en una parte de la programación, algo que inquietara más y que no diera la sensación de que todo ya está visto. Especialmente en estética pero también en cuanto a la recepción.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Los estudios de Arte Dramático en España


Esta mañana se ha defendido con feliz éxito en la Universidad de Burgos la Tesis Doctoral de Margarita del Hoyo Ventura sobre Lenguajes escénicos actuales sobre textos clásicos: Hamlet y la Europa del siglo XXI, que he dirigido. La Tesis propone una sólida metodología de análisis del hecho escénico y la aplica a la adaptación de los textos clásicos, en este caso, tres montajes de Hamlet dirigidos por Calixto Bieto, Thomas Ostermeier y Andriy Zholdak. Tres propuestas diferentes separadas unos pocos años pero que tienen en común la reflexión de estos directores sobre lo que puede aportar el drama de Shakespeare a la Europa contemporánea más allá del puro lenguaje teatral y su conversión a poéticas radicalmente actuales.

Como saben los más antiguos lectores de este blog, una de mis preocupaciones constantes -por profesión y por devoción- es la situación de los estudios de Arte Dramático en España. Salvo honrosas excepciones acometidas por algunos pioneros, estos estudios han estado alejados del mundo universitario. La mayoría de los estudios académicos sobre el teatro lo abordaban desde el punto de vista textual y filológico. No solían pasar del plano textual tampoco los estudios semióticos. Abordar así el estudio del arte dramático es insuficiente. De hecho, en monografías muy citadas sobre la historia del teatro español -algunas de ellos recientes-, la ignorancia de la condición espectacular del teatro llevaba a afirmaciones sorprendentes. Todavía hoy se habla, por ejemplo, de las escenificaciones del teatro de Lope de Vega sin mencionar que lo que se ha visto en escena no es el texto escrito por Lope de Vega sino otra cosa debida a los adaptadores, refundidores, directores de escena, etc. O se habla, con toda la naturalidad y sin matices, de un imposible: ver teatro barroco en un local construido en el siglo XIX. Falta en España una cultura de análisis del espectáculo, un desarrollo metodológico y un reaprovechamiento de todo ello para mejorar propuestas de los dramaturgistas y de los directores de escena. Y esto no solo en el ámbito académico sino también entre muchos de los profesionales que se dedican al teatro.

Por supuesto que todo esto está cambiando. La labor de formación de algunas Escuelas de Arte Dramático y un puñado de Tesis doctorales defendidas en los últimos tiempos abordan la cuestión desde perspectivas correctas. Pero aún nos queda mucho camino que recorrer para equipararnos a los países occidentales con los que tanto queremos compararnos. Las dificultades para el reconocimiento de los grados universitarios de Arte Dramático puestas por los equipos ministeriales de educación últimos, la incomprensible reticencia de algunas administraciones que no terminan de entender la urgente necesidad de introducir definitivamente estos estudios en el sistema universitario español, el desprecio con los que son tratados todavía por un buen sector académico y por otro no menos importante de profesionales son las causas.

En los últimos años se ha avanzado pero todavía queda un gran camino que recorrer para que sea normal lo que debe ser normal, es decir, que los estudios de arte dramático completen un abanico que vaya desde la mera afición hasta la profesionalidad y que se introduzcan de una manera evidente y no tangencial en todos los niveles de enseñanza y que en su fase superior puedan conducir a la obtención de títulos no equiparables a universitarios sino universitarios en todo su rigor. Con todas las consecuencias.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El conflicto del burlador


Como sabemos, el Don Juan Tenorio de José Zorrilla no es una obra para el día 1 de noviembre sino para el 2. No es para Todos los Santos sino para los Fieles Difuntos. No se comprende del todo si la cambiamos de tradición, aunque a nadie le importan ya estas cosas en una época en la que las tradiciones las llevamos a nuestro molino.

Los difuntos de don Juan le son fieles, a su manera, por supuesto. Entre otras cosas, porque se han llevado las deudas pendientes al más allá: Don Gonzalo lo espera para hacer justicia a la antigua y doña Inés a la moderna. Aquel no admite que nadie pueda cambiar de verdad mientras que doña Inés confía en que la virtud del amor trasforme a don Juan. Zorrilla escribe todo el conflicto a partir de una visión teológica que nada tiene que ver con el mundo barroco, aunque inicialmente pueda parecerlo. Dios accede a la petición de doña Inés para esperar a su amado en su propia tumba convertida así en purgatorio, aunque se muestra un tanto escéptico sobre el final:

y Dios, al ver la ternura
con que te amaba mi afán,
me dijo: "Espera a don Juan
en tu misma sepultura.
Y pues quieres ser tan fiel
a un amor de Satanás,
con don Juan te salvarás,
o te perderás con él.
Por él vela; mas si cruel
te desprecia tu ternura,
y en su torpeza y locura
sigue con bárbaro afán,
llévese tu alma don Juan
de tu misma sepultura".

Curiosa forma de aplicar el libre albedrío pero ciertamente moderna puesto que nos deja el final abierto. En la obra habla aquí Dios en boca de doña Inés, que no lo interpreta sino que lo cita. Doña Inés lo arriesga todo no por su acción sino por la acción de otro y espera que valga la pureza de su amor para hacerlo cambiar. Hasta hace poco parecía ser esta la misión más alta que a la mujer le otorgaba la sociedad.

Ambos representan los dos lados de los fieles difuntos de don Juan que lo esperan en el panteón familiar y a los que cumple visita el burlador en una noche clara de verano a su regreso a Sevilla.

Cada uno tenemos nuestros fieles difuntos. Las cuentas que tienen pendientes con nosotros son, en realidad, las de nuestra propia conciencia. Don Juan, en el fondo, regresa cambiado y con cargo de conciencia aunque su decoro como personaje lo empuja para no reconocerlo hasta casi al final de la obra. El mejor acierto de Zorrilla es expresar cómo le pesa este personaje donjuanesco al mismo Don Juan. Y qué mal se ha llevado casi siempre a la escena porque muchos directores que han montado la obra pasan de puntillas sobre este aspecto tan crucial para comprender lo que ocurre en el drama, es decir, el conflicto interno del personaje protagonista, que no es una marioneta acartonada como suele representarse. Un punto de contrición bastará para salvarlo cuando su alma ya ni siquiera está en su cuerpo. No deberíamos esperar tanto para zanjar los ajustes con nuestra conciencia, pero allá cada uno, que en eso también va el libre albedrío.

viernes, 27 de marzo de 2015

Día Mundial del Teatro 2015


El director de escena polaco Krzysztof Warlikowski es el autor del mensaje con el que se celebra hoy el Día Mundial del Teatro. Citando unas palabras en la que Kafka abordaba su forma de entender la leyenda de Prometeo, defiende un teatro que parta de la verdad para adentrarse en lo inexplicable. Es decir, un arte para analizar la vida desde el realidad vital para comprender los misterios que se nos resisten.

El teatro está en la esencia del ser humano, en su constitución como individuo y en su agrupación como sociedad. Ha servido como rito con el que celebrar los misterios, como forma de aplacar la ira de los dioses, como método instintivo o consciente de aprendizaje, ha sido religioso y profano, humilde y grandioso. También ha sido usado para lo peor y para lo mejor: para adoctrinar y para liberar. Y para entretener, porque el ocio es algo que deberíamos poner siempre en valor.

No es imprescindible un Día Mundial del Teatro para que comprendamos su importancia, pero sí para reivindicarlo siempre como una de las manifestaciones artísticas más necesarias. No quiero convencer a nadie. Me limito aquí a expresar que algunos de los mejores momentos de mi vida los he pasado asistiendo a una representación teatral: en un local cerrado, en la calle, en un aula, en el juego de un niño que comienza a disfrutar de lo que significa la fantasía en una arriesgada frontera con la realidad.

domingo, 1 de marzo de 2015

El grito en el cielo de La Zaranda


El pasado día 7 de febrero asistí, en el LAVA de Valladolid, a la representación de El grito en el cielo, la última propuesta de La Zaranda, teatro inestable de Andalucía la Baja cuyos componentes han querido dedicar al recientemente fallecido Juan Sánchez, mejor dicho, Juan de la Zaranda. La compañía, que va camino de cumplir cuarenta años (se fundó en 1978), ha consolidado un propio lenguaje estético que aún guarda mucho de lo que supuso el nacimiento del Teatro Independiente en España a finales del franquismo. Es reconocible esta fidelidad no negada a sus inicios, como es también reconocible la capacidad constante de experimentación a partir de esa esencia e impulso, que no traicionan. El teatro, para La Zaranda, es un camino de creación colectiva en la que también se integra al público, que siempre sale de sus espectáculos con el murmullo de las preguntas no respondidas al ser interpelado directamente por lo que ha visto en la función, una construcción en permanente provisionalidad -de ahí que conserven la calificación de inestable para su propia compañía-, tanto en su estética como en la fragmentariedad de sus obras, en la que no solo es lícito sino necesario jugar intertextualmente con sus propuestas anteriores porque todas ellas son parte de un mismo camino en el arte. De ahí que asistir a una obra de La Zaranda es asistir también, en buena medida, a todas las anteriores o, por lo menos, a buena parte de ellas. En esta ocasión, explícitamente, porque El grito en el cielo se propone hermanada a su obra anterior, El régimen del pienso, también comentada aquí y con ella comparte la visión del absurdo del mundo, la denuncia de la estructura kafkiana del poder y la sociedad, la necesidad del despertar individual y colectivo frente a lo establecido, la propuesta de una escenografía mínima y unos movimientos torpes de los personajes en su lucha con los objetos, un cierto sentido carnavalesco en el humor incluso en los momentos más trágicos, etc. Y el excepcional uso de la música (aquí, por ejemplo, sobrecoge el Tanhaüser deWagner pero también su mezcla con los mambos de Pérez Prado).

La obra nació como propuesta de Ensayo abierto el pasado mes de agosto en residencia artística en la Bienal de Venecia y fue estrenada el 8 de noviembre en el Temporada Alta Festival de Tardor de Catalunya. Desde entonces se encuentra en gira exitosa por toda España y en este mes de marzo recalará en el Teatro Principal de Burgos. A partir del texto inicial de Eusebio Calonge y la dirección escénica de Paco de la Zaranda cuenta con Gaspar Campuzano, Enrique Bustos y Francisco Sánchez, a los que se suman en esta ocasión Celia Bermejo y Iosune Onraita. Como es habitual en esta compañía, el intenso sentido colectivo del trabajo actoral impide resaltar a unos por encima de otros porque todos ellos responden escrupulosamente a lo buscado.

El grito en el cielo tiene mucho de auto sacramental, una sensación que se agudiza en el final abierto que puede interpretarse de varias maneras pero también como encuentro con una trascendencia más allá de la muerte a partir del despertar de la voluntad y un esfuerzo colectivo de búsqueda. De la misma manera este final podría interpretarse, con los mismos argumentos, como un autoengaño de trascendencia a partir de esa misma búsqueda colectiva. Porque lo importante de El grito en el cielo no es su final, por mucho que los espectadores busquen su propio sosiego o inquietud en él, sino todo lo que nos lleva a él. De hecho, el espectador sale con más preguntas que respuestas de esta función.

El grito en el cielo se ambienta en un geriátrico. Un grupo de ancianos espera la muerte entre terapias que los infantilizan intentando conservarlos activos y fármacos que calman sus dolores físicos y los anestesian de sus preocupaciones anímicas. Cada uno de ellos reacciona de una manera ante estas terapias pero cuando comienzan a cuestionarse su mansedumbre ante las mismas se despierta un sentido individual pero también colectivo de búsqueda de su voluntad a la hora de decidir ese último trayecto de sus biografías. Saltan, entonces, a una especie de rebeldía que consiste, precisamente, en huir de lo marcado por los protocolos médicos. Esta rebeldía viene subrayada por su forma de apropiarse del poema de Lorca con el que les habían propuesto un juego de memoria y que en la obra marca todo la oscuridad dramática de este trayecto y la intencionada ambigüedad del mensaje: "(Luchando bajo el peso de la sombra),/ un manantial cantaba./ Yo me acerqué para escuchar su canto,/ (pero mi corazón no entiende nada)./ Era un brotar de estrellas invisibles (...)". A partir de ese despertar de la voluntad propia solo cabe aceptar conscientemente la muerte como destino final inevitable pero el trayecto hasta ese momento último es lo que importa, cómo llevarlo a cabo, bien anestesiados por los protocolos sociales del geriátrico bien asumiendo los pasos que encaminan a los personajes hacia ese lugar del que habla el poema lorquiano: en eso, en definitiva, consiste la más alta esencia de la vida por mucho que nuestra sociedad haya alejado de sus preocupaciones habituales la muerte. Y la forma de escapar de estos personajes por el único lugar en el que su propia muerte es segura ayuda a dotar de sentido todo lo que aparecía inicialmente como fragmentario.

sábado, 7 de febrero de 2015

El Don Juan Tenorio de Blanca Portillo y Juan Mayorga


Continúa sus representaciones en el Teatro Pavón de Madrid la versión de Don Juan Tenorio de José Zorrilla realizada por Juan Mayorga y dirigida por Blanca Portillo que yo pude ver, en la semana de su estreno en el Teatro Calderón de Valladolid, el pasado 16 de noviembre.

Con el Don Juan de Zorrilla, la obra de mayor éxito de público de la historia del teatro español, suele ocurrir que aquellos que la desprecian no pueden evitar quedar cautivados por su gran efecto escénico a poco que relajen la guardia. La larga lista de ataques contra el drama tiene como uno de sus primeros baluartes las palabras del propio autor, que llegó a escribir una versión como zarzuela para refutarlo, con música de Nicolás Manent (1877), habló y escribió sobre esto en varias ocasiones (especialmente en sus Recuerdos del tiempo viejo, unas deliciosas memorias de recomendable lectura), amenazó con redactar un libro entero sobre la cuestión (Don Juan Tenorio ante la conciencia de su autor) y dejó esbozadas dos recreaciones más (fragmentos de una novela, El Tenorio bordelés, y el inconcluso poema La leyenda de Don Juan Tenorio). Todos estos desencuentros han generado una voluminosa y apasionada bibliografía que suele olvidar la razón primera por la que Zorrilla atacara su producción: no cobraba los derechos de autor, lo que era esencial para alguien como Zorrilla, acuciado por la falta de recursos económicos en sus últimas décadas de vida. Tras el éxito regular en su estreno (1844), el drama cobró verdadera relevancia años después hasta convertirse en una obra de obligada representación en el mes de noviembre en casi todos los teatros españoles y muchos hispanoamericanos. Verlo representado año tras año llenando los locales, popularizando cada uno de los versos hasta el punto de que se los sabían de memoria incluso los que no iban al teatro, haciendo ganar dinero al propietario de los derechos de autor (que no los había adquirido precisamente baratos en los márgenes de la época) y a las compañías que la representaban, desesperó siempre a Zorrilla. Fue él el primero en indicar cada uno de sus defectos. Pero no le sirvió de nada: durante siglo y medio, el Don Juan Tenorio ha sido una obra de repertorio que ha llenado los teatros. Y aún sigue haciéndolo aunque su reposición ya no sea tan regular como hasta hace unas décadas. De hecho, permanece en la memoria colectiva del español y esto provoca, de vez en cuando, parodias, excelentes juegos intertextuales como La sombra del Tenorio de José Luis Alonso de Santos (1994), interesantes como el de Albert Boadella en Ensayando Don Juan (estrenado en febrero del año pasado) o reacciones como la de Mayorga y Portillo.

Blanca Portillo, una de las mejores actrices del panorama teatral español actual, ha manifestado en varias entrevistas previas al estreno (y también en el texto del programa de mano) su rechazo total al personaje de Don Juan y lo que significa. Ve en él un ejemplo de machismo, de abuso de poder de la clase social dirigente y una muestra de casi todo lo abominable del comportamiento humano. Y tiene toda la razón pero no dice nada original que no se haya repetido mil veces antes: de hecho, esa es la clave de este personaje no solo en el planteamiento de Zorrilla sino en todas las versiones anteriores de la leyenda del burlador. Pero lo que le subleva ideológicamente a Portillo -tampoco es nada original en este planteamiento- es que Zorrilla salve a su personaje al final de la obra y le permita aspirar a una boda eterna con doña Inés, que le ha estado esperando al pie de la sepultura. Recordemos que Zorrilla puede salvar a su personaje -en contra del burlador barroco- porque le concede ese punto de contrición que señala la fe católica. Para ello, ha preparado el enamoramiento de don Juan y ese sentimiento le impulsa a arrepentirse: don Juan deja de ser don Juan. En otras palabras, pasa de un amor pasional a otro matrimonial que le permite reunirse con doña Inés tras su muerte. Algunos investigadores han visto en este gesto del personaje de Zorrilla el final del romanticismo teatral español.

Es lícito sentir esa aversión por el personaje del don Juan, por supuesto. De hecho, la lucha de sentimientos y pensamientos contrarios que provoca en el espectador es uno de sus mejores efectos dramáticos de la leyenda que cada época ha solucionado de una manera. En El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina (o de quien fuera, porque su autoría está seriamente cuestionada), Don Juan es condenado a los infiernos por el rechazo de sus acciones en una interpretación contrarreformista. Sin embargo, ya no es tan evidente que sea condenado en No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague o Convidado de piedra, la versión de la leyenda que escribiera en el siglo XVIII Antonio de Zamora y que tuvo un largo recorrido sobre los escenarios españoles. Y desde entonces el abanico de posibilidades está completamente abierto.

Pero en donde fallan Portillo y Mayorga es en la manera de enfrentarse con ese reto para demostrar que el personaje no les gusta. Quizá deberían haber escrito su versión de la leyenda en vez de someter a tensión el texto de Zorrilla. Eso fue lo que hizo el propio Zorrilla, al que le encargaron para el teatro de la Cruz de Madrid una nueva versión de la obra de Tirso porque la refundición de la comedia de Zamora que se escenificaba por aquellos tiempos, de marcado carácter neoclásico, ya no encajaba con la nueva sensibilidad. Y en vez de entregar un arreglo, entregó una obra nueva.

Mayorga y Portillo no han mejorado el texto de Zorrilla sino todo lo contrario. Consiguen, eso sí, fomentar los aspectos indeseables del personaje y no dejarle ni un rasgo positivo. Para ello, destruyen algunos de los hilos esenciales del drama, hasta con cierta saña. Pondré solo algunos ejemplos. 

El primero, la relación con su padre, esencial en el drama y planteada por eso mismo como punto de partida por Zorrilla. Don Diego nos aparece en esta versión de Mayorga y Portillo como un mafioso que somete a su hijo a maltrato físico y mental. Los golpes que le propina en escena son el ejemplo perfecto de cómo se ha obrado en esta versión: ni encajan en la obra de Zorrilla ni encajan, tal y como nos aparecen, en la propia esencia del conflicto de esta versión. Son, cuanto menos, innecesarios. Con ellos se destruye y hace inexplicable uno de los motores internos del personaje de Don Juan (las causas verdaderas e inmotivadas de la rebeldía frente a su padre y el dolor intenso de este ante el comportamiento malvado del hijo) y se destruye el personaje de Don Diego.

Para evitar darle la oportunidad de salvación desmontan también dos motivos del protagonista. El primero de ellos, el enamoramiento de doña Inés, que queda reducido a un mero apasionamiento físico por la belleza y pureza de la adolescente. El segundo de ellos, todo lo que sostiene la segunda parte -lo que ya es destruir-. A partir de la escena del panteón en la que un Don Juan maduro dialoga con el Escultor asistimos a una relectura completa de la leyenda, que pasa de ser teológico-fantástica a realista. Para ello recurren de forma excesivamente fácil a explicar todas las apariciones fantasmales por la borrachera de Don Juan. Todo sucede en la cabeza del protagonista, que está ebrio.

Hay cosas aprovechables de la propuesta de Mayorga que contienen relecturas interesantes de algunos momentos claves de la obra. Por ejemplo, es la primera vez que veo en escena una Doña Inés cuyo comportamiento inicial se ajusta a lo que es: una adolescente. También es interesante -aunque sea un recurso manido tomado de la influencia del cine en el teatro- el juego escénico de la lectura de la carta que el seductor dirige a la joven. Entre las cosas interesantes de este montaje se encuentra un juego escenográfico entre la monumentalidad y la funcionalidad de los escasos elementos escénicos, aunque no siempre está bien resuelto.

Pero son muchos más los defectos de este montaje que no solo van contra el texto de Zorrilla destruyendo su hilazón interna y afectando seriamente a la sonoridad de sus versos y el ritmo de toda la obra sino que tampoco consiguen hacer una propuesta sostenible. Por ejemplo, son innecesarios, inexplicables y malos los momentos musicales que sirven para distraer al espectador durante las mutaciones, también son irrelevantes los facilones gags de humor que se salpican a lo largo de la obra (la puerta de la celda de doña Inés que quiere señalar innecesariamente -porque tampoco resulta gracioso- la teatralidad de lo que se ve, como la ruptura de la ilusión escénica que lleva a cabo el personaje de Don Juan, etc.). Pero donde se llega a bajar la calidad de forma alarmante es en toda la segunda parte de la obra. Dada la intención de convertir en realista una obra fantástica, Portillo obliga a los actores que representan a los fantasmas de las víctimas de Don Juan a una actuación tan plana que resulta insoportable. Los movimientos en escena de estos fantasmas son impropios de una representación profesional. Los actores se resienten de ello. Los veteranos echan mano de oficio y salen como pueden del pozo en el que les ha metido la directora salvando los muebles (por ejemplo, Juan Manuel Lara, Don Gonzalo), pero Ariana Martínez (Doña Inés) queda en evidencia durante toda esta segunda parte y lo que parecía prometer como actriz en la primera se esfuma. José Luis García-Pérez (Don Juan) mantiene bien el personaje en la propuesta de este montaje, en algunos momentos con brillantez, pero la apuesta realista de la segunda parte también le pasa factura: son demasiados minutos borracho.

Algunos actores están siempre fuera de papel y uno de ellos (Buttarelli) es un ejemplo, en este montaje, de cómo no se encaja nunca en una representación profesional. Sin embargo, el montaje casi merece la pena para ver la excepcional actuación de Beatriz Argüello (Brígida), espléndida en todo momento sosteniendo una interesante mirada a su personaje que lo hace lleno de matices que lo enriquecen siempre.

En definitiva, un montaje contra Don Juan que consigue destruir la obra de Zorrilla sin construir una propuesta mejor en su lugar. Ha contado con una excelente taquilla tanto en Valladolid como en Madrid -casi lleno diario- y, curiosamente, lo que más gusta es lo que procede de la fuerza del texto original con una gota anecdótica sobre cómo nos cae mal un seductor que nos cae bien. Es decir, lo que ha estado siempre en la leyenda del burlador.