jueves, 23 de mayo de 2013

Campos de Castilla como meditación de excursionista del 98 y noticias de nuestras lecturas.


Campos de Castilla, en su versión de 1912, se diseñó, como hemos dicho con parámetros ideológicos concretos: una meditación sobre los problemas de España a partir de la metáfora de Soria -en realidad, el Duero en su curva de ballesta soriana- como núcleo de ese corazón castellano que hizo a España. Es decir, que impulsó el motor del país que se construyó hacia la modernidad en el siglo XV.

En el poemario de 1912 Machado tiene mucho de sentido excursionista (el mismo Machado siempre pareció estar de paso en Soria, Baeza o Segovia). El excursionismo, como concepto, no es algo que se haya inventado recientemente. La Sociedad Española de Excursiones se fundó en 1893 y trató de fomentar el estudio del arte, la geografía y las costumbres de las provincias españolas. Recogía de forma sistemática el legado que los románticos habían iniciado, especialmente en revistas como el Semanario Pintoresco Español. Por todo el país se fundaron sociedades y grupos con similares objetivos. No era un turismo a la moderna, sino un verdadero espíritu de conocimiento científico que construyó una herramienta metodológica para contarnos España en un momento en el que se hacía evidente el tránsito hacia la modernidad.

Machado pasea por los alrededores de Soria con esa mirada del curioso excursionista que quiere comprender lo que ve. Imbuido como estaba por las ideas de su tiempo, quiere ir un poco más allá y comprender las razones espirituales de la decadencia española.

La vieja teoría de la Generación del 98 se sostiene, en la práctica, sobre la edición de 1912 de Campos de Castilla. Es aquí en donde se cumplen escrupulosamente las características marcadas para la generación que tanto gustaron, especialmente, a los jóvenes pensadores falangistas que les dieron la versión definitiva que heredaron nuestros planes de estudios franquistas y postfranquistas de Bachillero y Universidad y que hoy arrastran, lamentablemente, muchos profesores en sus explicaciones y varios manuales cómodamente escritos. En efecto, Machado medita con seriedad sobre los males de España y encuentra en la intrahistoria -permítaseme el concepto unamuniano en este contexto- y en la ruptura de la necesaria armonía entre paisaje y paisanaje -es decir, en la traición a la tradición- las claves del mal español que habían llevado al desastre del 98. De esta lectura es fácil desprender -es la lección final de La Tierra de Alvargonzález- que solo volviendo a la tradición espritual se podrá salir de la decadencia.

Sin embargo, hemos de descartar esta vieja teoría que tanto ha distorsionado la lectura limpia de muchos autores. Nada hay en la llamada Generación del 98 que se diferencie del Modernismo: en especial, esa visión espiritual del paisaje y de la historia permanente. Rubén Darío, antes que Machado, sería un buen ejemplo de todo esto.

Pero era el caso que por aquellos años Machado meditaba con esas claves de mirada al paisaje y en sus excursiones en torno a Soria todo está condicionado por ellas. Hasta que llega el amor y la muerte, que giran el poemario para contradecir a los noventayochistas y hacer más grande a Machado. De esto hablaremos en la próxima entrada.

Noticias de nuestras lecturas

Paco Cuesta comenta las claves que nos pueden ayudar a comprender las razones de La Tierra de Alvargonzález en el poemario. No os podéis perder esta entrada.

Gelu enlaza todo el material necesario para comenzar la lectura del poemario machadiano y hace su primera antología.

Pancho aborda Campos de Castilla y lo hace con los poemas de meditación filosófica en una de sus más importantes claves de comprensión.el patriotismo comprometido de Machado.

Luz del Olmo se inspira en la temática del sueño tal y como la trata Machado en el poemario. Y lo hace
 con acierto.

Mª Ángeles Merino comenta -e ilustra con tanto acierto que solo por esto merecería la pena visitar la entrada- la forma en la que Machado ve los casinos de provincias de aquel tiempo.

Kety Morales también se inspira en Machado para sus versos, cumpliéndole un merecido homenaje.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Fin de curso

Hoy he terminado las clases de este semestre. Todavía queda mucha tarea: entrega y corrección de trabajos, exámenes y revisiones de notas, reuniones y una ingente labor burocrática. Esta última parte ha crecido desmesuradamente en la tarea del docente universitario en España. En gran medida, por un exceso de reglamentos que implican procesos y plazos que buscaban garantizar la calidad de la docencia pero se han convertido, en la práctica, en un ruido de papeles sin sentido. Cosas que, cuando yo entré en la Universidad, hacía una sola persona con las suficientes garantías, ahora se han convertido en procesos en los que están implicados decenas durante semanas sin que el resultado apreciable sea mejor.

Pero, por suerte, la tarea principal, por muchos cambios que se produzcan en los planes de estudio y en los sistemas de tramitación, sigue siendo lo que pasa en el aula. Curiosamente es lo menos valorado en la trayectoria académica del docente universitario español. La calidad de la docencia se mide mal y se recompensa peor, hasta el punto de que muchos profesores universitarios buscan cumplir el expediente de las clases para dedicarse fundamentalmente a aquello que les permitirá un ascenso más rápido de categoría. Porque en España, el buen docente universitario no tiene más estímulo positivo que la recompensa del agradecimiento del alumno. De hecho, conozco grandes carreras universitarias construidas sobre la base de que la docencia se debe valorar a título de inventario. A mí no me importan estas opiniones. Sigo buscando la mejor forma de trasmitir lo que sé y de adaptarme a la realidad de cada grupo de alumnos. Cuando comencé a dar clase, en los años ochenta del pasado siglo, tenía la misma edad que mis alumnos. Hoy me separan de ellos casi tres décadas. He visto cambiar modas, costumbres y actitudes mentales. Pero no importa: lo esencial es lo mismo aunque las estrategias de aproximación y los ejemplos cambien. Hoy mismo he ejemplificado la revolución poética de Garcilaso de la Vega con el rap del siglo XX: cosa que ya había escrito antes en este mismo blog. Acercarles al conocimiento de aquello que me toca explicar.

Hoy he cerrado las clases de las dos asignaturas que me correspondían en este semestre: Literatura y cine y la segunda parte de la Literatura del Barroco, partida, por necesidades académicas, en dos bloques: el primero, Góngora; el segundo, la prosa barroca, incluido el Quijote. Esta última asignatura les ha parecido más árida sobre todo porque han tenido que leer mucho. Es difícil acercar a Góngora a los jóvenes actuales -pero no mucho más que cuando me tocó a mí estudiarlo- y es difícil que comprendan la necesidad de leer el Quijote completo, aunque al final esto no lo ha cuestionado nadie.

Cuando uno cierra la puerta del aula el último día de clase siempre se queda con la sensación de que se han quedado cosas que decir, que algunas se podrían haber dicho de otra manera. Pero sobre todo, me quedo con la pregunta de si habré logrado trasmitirles lo esencial: la necesidad de acercarse a los textos, de perder el miedo a los clásicos, de que incluso aquellos que estén más alejados de sus gustos son necesarios para su formación académica y personal. Sin el conocimiento de los clásicos somos víctimas fáciles de las supercherías artísticas y de las estategias de comercialización. Y somos menos cultos y más fáciles de manejer por aquellos que quisieran que la cultura se redujera hasta su consideración como mero adorno o como un producto más del mercado financiero. Por eso mismo yo soy un gran defensor de que la cultura no debe servir para nada, debe ser inútil. Entiéndase bien: su valor está precisamente en que no podemos ponerle precio por mucho que nuestro gobierno se haya empeñado en perjudicarla con la última subida del IVA. El gran potencial de la cultura, su capacidad para trasformar el mundo, radica precisamente en esa inutilidad. Espero haberlo logrado.

martes, 21 de mayo de 2013

Diálogos de lo sagrado



Hay una predisposición en la historia del ser humano, en todas sus culturas, a relacionarse con lo sobrenatural. Hubo un momento, en el mito, en el que esta relación se trasformó en diálogo. Evidentemente, este diálogo no se establece en igualdad de condiciones: el ser humano se siente inferior frente a una fuerza que lo sobrepasa, que puede disponer de su vida o de su muerte (por capricho, por castigo, por premio). A veces, ni siquiera es un diálogo, sino un monólogo. En muchas religiones, el silencio del dios es una de sus características. Por eso aparecen elementos mediadores que intentan aliviarlo: demiurgos, semidioses, santos. En el cristianismo, a partir de la afirmación de la adoración mariana como una de las bases de la fe católica, este papel correspondió a la Virgen María, que ampara a los creyentes e intercede por ellos. El hecho de que el ser humano pase de ser mero objeto de las fuerzas de los dioses a establecer un diálogo con ellas a partir de ofrendas, oraciones o, como sucede en el cristianismo moderno, la interpelación directa a la divinidad, es un avance en la afirmación de su identidad, de la conciencia de ser. El ser humano cree que puede hacer que su dios le haga caso, bien a través de las ofrendas de otras vidas humanas, sacrificios de animales, oraciones, amuletos o comportamientos morales. Ese paso hizo crecer a la Humanidad aunque aún le subordinara a un poder sobrenatural: medirse con la divinidad y retratarla con imágenes alegóricas que la objetivaban para hacerla más cercana permitían, aunque parezca paradójico, crecer la dignidad del ser humano hasta que fue capaz de encontrarla en sí mismo sin necesidad de recurrir a elementos externos, cosa que ocurrió especialmente a partir del siglo XVIII. Este diálogo todavía es necesario para una gran parte de la población mundial, especialmente en tiempos en los que el ser humano está siendo sometido a convulsiones que parecen querer rebajar la dignidad del individuo y parecen socavados todos los elementos constitutivos de la modernidad.

En gran medida, este es el núcleo central de la exposición Diálogos de lo sagrado (Palacio de Villena del Museo de Escultura, Valladolid, hasta el 30 de junio) que contiene, a su vez, otra particularidad. La exposición se ha montado con piezas de varios museos de la ciudad. Esta proximidad -en la misma sala y visitando directamente los museos que se encuentran a pocos minutos unos de otros: Museo Nacional de Escultura, Museo Oriental, Fundación Jiménez-Arellano de la Universidad de Valladolid y Casa de la Indida- permite que veamos piezas procedentes de varias culturas y comparemos cómo en ellas se ha establecido este diálogo, sus similitudes y sus diferencias. Es interesante cotejarlas y sorprendente cómo en cada cultura se buscan soluciones iguales pero también diferentes a la misma necesidad de preguntas. Y también constatar la simbiosis que en ocasiones se produce entre ellas.

La muestra tiene lagunas evidentes pero disculpables que proceden de su mismo diseño. No es ambiciosa y busca las piezas en los museos de la ciudad -todos ellos de indudable interés-, lo que limita la dimensión de lo exhibido y comparado aquí a los fondos con los que cuentan. Pero todo lo que se muestra se hace con indudable gusto, lo que permite un recorrido agradable en el que se une el interés artístico y la meditación sobre el fondo temático. Es un perfecto ejemplo de lo que puede hacerse en tiempos de crisis como los actuales: buscar en lo cercano la cooperación para ofrecer una nueva lectura de piezas ya visitadas o promover el deseo de visitar los museos que aquí colaboran. A veces no hay que ir demasiado lejos ni gastarse el dinero que se derrochaba en los tiempos de abundancia para hacer algo tan digno como esto.. Se acompaña de un video de indudable interés.

domingo, 19 de mayo de 2013

Vivian Maier. Street Photographer


He dejado pasar unos días para hacer esta reseña y la escribo aún sin saber bien cómo afrontarla. La Sala Municipal de Exposciones de San Benito de Valladolid -que es una de las mejores de España en cuanto a la programación de exposiciones de fotografía- ofrece una de las muestras más esperadas por los aficionados a la fotografía: Vivian Maier. Street Photographer (hasta el 8 de julio). Aquí hemos comentado en varias ocasiones los muchos problemas que tiene esta sala por la forma de iluminar y montar lo que se expone en ella, lo que provoca molestos reflejos en los que el visitante se ve a sí mismo y a la pared opuesta antes que lo enmarcado delante de sus ojos. Curiosamente, en esta muestra se ha reducido el problema hasta hacerlo casi inapreciable, lo que es de agradecer y espero que se continúe por este camino.

La conmoción que supuso el descubrimiento reciente del trabajo fotográfico de Vivian Maier y el impacto mediático y las polémicas suscitadas a partir de él han llenado cientos de páginas en la prensa de todo el mundo y, especialmente, en la especializada. Todo ello hace aún más necesario visitar esta exposición y habla bien del interés de los programadores de San Benito por ofrecer lo que está de actualidad.

Me he pensado la reseña durante una semana porque quería saber si yo mismo era víctima de la leyenda que se ha creado sobre Vivian Maier. Esta mujer fue una artista oculta toda su vida, según se nos cuenta. En el año 2007, John Maloof, en el curso de una investigación para un libro sobre Chicago, adquirió en una subasta de un guardamuebles un archivo fotográfico por 300 dólares sin saber muy bien qué contenía. La propietaria -ya muy mayor y enferma- había dejado de pagar el alquiler y el dueño del guardamuebles, en una acción tan típica de la vida norteamericana que incluso ha generado varios programas de televisión de éxito en los canales de cable, subastó lo que allí se había depositado. No tardó Maloof en darse cuenta de lo que había comprado pero cuando quiso ponerse en contacto con Maier, esta acababa de fallecer y comenzó a vender parte de lo que encontró a través de Internet. Los consejos de Allan Sekula, crítico e historiador de la fotografía norteamericana, le hicieron replantear esta opción y conservar íntegro su legado.

Maier será víctima siempre de esta leyenda para bien o para mal: se conservan más de 100.000 negativos, buena parte de ellos jamás revelados por la autora -ni siquiera los procesaba ella misma, sino que los entregaba en una tienda especializada como las que abundaban en todas las ciudades antes del predominio de lo digital- y algunas películas grabadas con un tomavistas común, una parte de todo el conjunto aún sin revelar; escondió siempre la dimensión de su afición y ni siquiera las familias para las que trabajaba como niñera supieron nunca de ella; fue una autodidacta aunque de joven tuvo contacto durante un tiempo con una fotógrafa profesional y se sabe que leía y compraba libros de fotografía; bien por dinero bien por una mera opción personal parece que se conformaba con tomar las imágenes y no necesitaba ni mostrarlas ni revelarlas como si el trabajo ya estuviera hecho solo con la mirada; murió pobre y en sus últimos años le pagaron el alquiler de su vivienda y las atenciones médicas finales algunas de las personas a las que había cuidado de niños; una parte de los negativos iban a ser arrojados a la basura tras  su muerte y se salvó en el último momento de este destino; su fallecimiento se produjo en 2009, solo dos días antes de que Maloof pudiera dar con ella.

Todo ello es atractivo y está tan bien contado que parece mentira: una niñera que durante décadas hace fotografías de calidad de forma obsesiva sin que nadie lo sepa y que tras su muerte se convierte en un nombre de referencia gracias a una necesaria e inteligente forma de divulgar su obra. Y por eso ha supuesto también una polémica tan interesante como su producción. Algunos expertos han querido reducir su interés. Es evidente que, en la forma en la que se ha presentado al mundo del arte, hay mucho de interesada comercialización del legado de Maier y para ello no se ha dudado en crear la leyenda de la niñera fotógrafa. Supongo que todo esto se irá aclarando con el tiempo, especialmente cuando se dé a conocer el resto de las imágenes y conozcamos algo más de la artista.

Incluso aunque quitáramos de los 100.000 negativos aquellos que llaman la atención hoy solo por la poderosa nostalgia que provocan las fotografías antiguas -especialmente en blanco y negro- que retratan tipos y ambientes de hace décadas, como sucede con muchas que todos consevamos en nuestras casas y que no tienen ningún valor artístico, lo que hace Maier tiene un enorme interés para la historia de la fotografía: por lo que experimenta como artista pero también por el significado que corrobora muchas de las teorías que subyacen en la base de la postmodernidad como etapa histórica y la definición del artista que aporta.

Por una parte, hay un grupo de fotografías en los que intenta copiar los cánones y las composiciones que pudo estudiar en las fotografías que vio en libros o exposiciones. Para mí, son las menos interesantes, aunque consiga copiar esas técnicas: suele ocurrir que los que pagan por asistir a un curso de fotografía jamás van más allá y reproducen mecánicamente las técnicas diseñadas por los maestros de la fotografía. Hay muchas personas que ganan dinero con cursos de fotografía que nunca enseñan a mirar de forma personal. Es un error: cualquier cosa que podamos hacer de esta manera siempre habrá otro que lo haga mejor, aunque solo sea porque cuenta con una cámara más cara o más habilidad para jugar con las luces o, ahora, con los programas que procesan la fotografía digital.

Maier hace otro tipo de fotografía que hoy conserva toda su actualidad. Retrata con mirada propia lo que ocurre delante de sus ojos: la ciudad. Y lo hace fijándose en pequeños detalles que son los que dan de verdad vida e interés artístico a estas fotografías. Tomemos, como ejemplo, algunos de sus autorretratos: varios de ellos intentan jugar al autorretato de estudio y copia las ténicas que ha aprendido. Son buenos, pero no podrán competir nunca con los de los grandes fotógrafos que cuentan mejores medios para iluminar la escena o cámaras más potentes. Tienen el encanto de época y la habilidad de quien sabe imitar las técnicas. Sin embargo, hay otros, tomados en los reflejos de espejos o escaparates que le salen al paso en la calle, en los que la artista se integra en el mundo urbano que sucede a su alrededor: fotografías que hay que ver antes de tomarlas y que revelan una mirada propia. Ocurre lo mismo con las fotografías en los que toma fragmentos de la gente (no las personas completas) con la que se encuentra en la calle o parcelas de este mismo mundo urbano que suelen pasar desapercibidas al fotógrafo que busca la intensidad dramática o la visión profesonalizada y comercial. Es esta mirada la que hace a Maier una gran fotógrafa.

Y otra cuestión que hace que muchos profesionales desprecien a Maier: ella se dio cuenta del potencial que la tecnología pone al servicio de cualquiera con una cierta sensibilidad y de que la diferencia de calidad no está en las reglas de la fotografía o el precio de la cámara, sino en la mirada del fotógrafo.

Por otra parte, lo que me sigue intrigando es qué pasaba por la cabeza de esta mujer que tuvo la voluntad y la constancia de hacer decenas de miles de fotografías y guardarlas para sí misma. Si solo un diez por ciento de los negativos responden a la calidad de las que se muestran en esta exposición, ya tiene más obra que muchos fotógrafos de fama.

No se pierdan, tampoco, los videos en los que se muestran algunas de las películas que hizo con su tomavistas. Revelan una constante necesidad de experimentar con la imagen a la altura de lo que se hacía en los años sesenta y setenta con mucho cine experimental de vanguardia.

sábado, 18 de mayo de 2013

El mar es un estado de ánimo


Para los de tierra adentro hay un momento en el que el mar se nos hace necesidad imperiosa. En la meseta castellana, la primavera tomó estos días ceño de otoño y ha querido girar a invierno jugando al escondite. Pero da igual: el mar te nace dentro, de pronto. Hay un día -siempre domingo- en el que escuchas, en el momento de cerrar la puerta del sueño, el graznido de las gaviotas y al ventilar la casa todo huele a mar. Y este año me reclama con insitencia desde las cuatro esquinas del alma. En ese momento sabes que todo gira hacia el verano y que dan igual los pronósticos meteorológicos y los quilómetros que te separen de la costa. El mar es un estado de ánimo.

jueves, 16 de mayo de 2013

Campos de Castilla en 1912 y noticias de nuestras lecturas.


Los lectores de la primera edición de Campos de Castilla no leyeron el mismo libro que hoy tenemos en nuestras manos. En 1912 se cerraba con un secreto íntimo: la esperanza de que Leonor, la joven esposa del poeta, mejorara de su enfermedad, pero el poemario consiste en otra cosa, fundamentalmente en la idea filosófica inicial que lo impulsa.

Cuando el libro se publica, de nuevo, en la primera edición de sus Obras completas (1917) el poemario ha cambiado en el sentido en el que dijimos en la entrada anterior del Club de lectura, incorporando los nuevos poemas escritos tras la muerte de Leonor y su destino en Andalucía. Desde 1912 hasta 1917, además de todo lo comentado la semana pasada, había ocurrido otra cosa: Antonio Machado desarrolla algo esencial para la modernidad poética española. De la lectura que Rubén Darío había hecho de los poemas becquerianos, nos había llegado a la poesía española la necesidad de que un poemario tuviera unidad y no consistiera solo en una selección de los mejores poemas escritos en un tiempo determinado. Con las Obras completas de Machado se introduce el crecimiento de la obra en torno a la voz poética del autor con la fuerte exigencia de que tampoco sea solo una recopilación de la obra sino una ajustada visión de la obra propia a la altura de un estado concreto de la evolución poética de esa voz (de ahí que en cada edición de las Obras completas se modifiquen los textos). Por eso, cada libro incorporado a las Obras completas tiene una nueva vida, diferente a su edición suelta.

En 1912 los lectores tuvieron en su mano la relación que el poeta -que se nos presenta ideológica, moral y estéticamente en ese modélico autorretrato inicial para que conozcamos quien nos conduce a través de los versos- sostiene con el paisaje. Venía Machado de una poesía intimista y su estancia en Soria le asoma a un paisaje y unas gentes desconocidas que mira de forma curiosa porque quiere comprenderlos en su raíz más honda, preocupado como estaba por la reflexión filosófica sobre los males de España que habían iniciado los regeneracionistas a finales del siglo XIX de una manera positivista y que el modernismo trasformó en mirada espiritual.

Usa para ello esa mirada propia del modernismo: descubrir las claves esenciales del paisaje en las que hallar lo permanente de un pueblo, sus grandezas y sus miserias. De ahí el valor simbólico del paisaje y el uso de la mitología popular, la relación tradicional con la agriculta o la ganadería o el acercamiento al folklore. Llega a Soria en un momento de decadencia de aquella zona castellana, afectada por la emigración y el abandono de las tierras. Y pone el acento en lo que para él es la clave del problema: entre los castellanos presentes y la Castilla eterna hay una desconexión. Se ha roto el pacto de respeto que deben los habitantes al paisaje y han roto con las tradiciones, dejándose llevar por un espíritu de ruindad, miseria y cainismo. De ahí las imágenes constantes de estos poemas iniciales de Campos de Castilla y de La Tierra de Alvargonzález, el texto más largo del poemario, que resume su planteamiento ideológico inicial.

Machado, además, toma una imagen construida tiempo atrás y que él eleva a la categoría definitiva por la fuerza poderosa de sus versos: el Duero, a su paso por Soria, es el corazón de Castilla y Castilla es el núcleo desde el que se construyera España. Es muy duro al describir esa ruptura de la armonía entre hombre y paisaje en la Castilla soriana. Esta dureza se marca aún más porque la voz poética toma distancia de lo que mira. Todo lo que ve en aquel paisaje es la clave para comprender los males que afectan a la nación.

En La Tierra de Alvargonzález da la solución a lo problemas: es el personaje del indiano que, tras conocer tierras lejanas, vuelve para recuperar el pacto con la tierra y las tradiciones. Es decir, regresar a la esencia espiritual que marca el paisaje sin desconocer lo que existe fuera de la propia tierra.


Noticias de nuestras lecturas

Paco Cuesta nos muestra cómo es caminar de la mano de Machado, con guiño cinematográfico incluido y valiente.

Kety nos regala, en verso, una semblanza completa de Machado que es toda una hermosa forma de comenzar a leerlo.

Ele Bergón se inspira en Machado para pasear los campos castellanos y después cantar a una olma muerta...

Gelu nos lleva por Campos de Castilla, antología de rimas y conclusiones que nos ponen ante el espejo del trato que se le ha dado a don Antonio.

Pancho nos ayuda a situar Campos de Castilla en el contexto vital de Machado y analiza el autorretrato que supone el prólogo en el que el poeta se presenta.

Mª Ángeles Merino escribe una entrada imprescindible dando cuenta de la exposición que conmemora el centenario de la publicación de Campos de Castilla. No os la podéis perder.

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Gelu enlaza Lorenzo Silva con Verónica Lake: aquí está el secreto.

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Pancho avanza hacia el final de Aurora roja y comenta con todo el acierto una las claves estructurales de la novela: el acto anarquista del teatro.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Dos años del Movimiento del 15 de mayo


Si recopiláramos las opiniones vertidas en los dos últimos dos años sobre el Movimiento 15 de mayo -el nombre con el que se conoce a lo ocurrido en la primavera española de 2011 y que aquí recogimos en una serie de entradas- en periódicos, televisiones, radios y redes sociales, nos encontraríamos que: no ha servido para nada; ha servido para movilizar a amplios sectores de la ciudadanía; ha tenido la simpatía de la mayoría de los españoles; es motejado con descalificaciones tanto por sectores de la izquierda como por sectores de la derecha; ha querido ser utilizado por partidos de la izquierda para ganarse a los que en él participaron; fue usado por la derecha para restar apoyos electorales al gobierno socialista de entonces, etc.

El error que cometen muchos analistas al abordar el Movimiento del 15 de mayo es metodológico: no fue un fin en sí mismo, no consistió en una revolución tradicional que provocara el cambio de un régimen, sino un síntoma. Muchos ciudadanos se echaron a la calle para reivindicar que se contara con ellos, pedir una democracia más participativa y menos encorsetada por las organizaciones que han protagonizado la española desde la Transición, reclamar que la clase política contara con el pueblo en más ocasiones que las campañas electorales. Por eso mismo, todavía hoy no tiene portavoces ni un pensamiento articulado en sí mismo, ni una proclama breve resumida en un manifiesto o en una lista electoral. No puede tenerlo porque en eso no consistía el Movimiento del 15 de mayo.

Sin embargo, su presencia como referente constante en los medios de comunicación, la conmemoración del aniversario, la forma en la que se intenta desentrañar qué fue -para comprenderlo, para asumirlo o para despreciarlo- y la huella que ha dejado en la memoria colectiva son indudables. Como es también indudable la huella que ha dejado en movimientos que, sin partir directamente de él, han recogido en gran medida sus estrategias de organización y reivindicación pero han buscado objetivos más concretos y, por eso mismo, han elaborado propuestas más concretas que han contado con una repercusión mediática eficaz. Las plataformas que han buscado estos objetivos más concretos tienen una organización más consistente y cuentan con portavoces más identificables, lo que les expone, también, a mayores críticas y ataques personales con la lógica de exposición para quienes no son activistas ni políticos profesionales.

A pesar de la lentitud en la reacción de las organizaciones políticas y sindicales nacidas en la Transición, no se puede negar que el Movimiento del 15 de mayo ha terminado afectándolas. Por una parte, el Movimiento, en sí mismo, era un serio cuestionamiento de unas organizaciones que parecen haberse desconectado de los ciudadanos y que llevan años criticándose entre ellas sin darse cuenta de que lo que se decían los unos a los otros los ciudadanos no tardarían en aplicarlo a todas en general; por otra, han tenido que reaccionar a las demandas concretas nacidas a partir de ese movimiento y de sus herederos, sin darles una satisfacción completa.

Que miles de ciudadanos, sin organización previa, sean capaces de echarse a la calle y plantear sus dudas en las plazas de forma tan eficaz y tan impactante -el 15 de mayo no hubiera sido posible sin la repercusión mediática generada a través de las redes sociales- y llamar la atención del mundo es una seria llamada de atención.

El Movimiento del 15 de mayo no era un fin en sí mismo, en efecto, sino un síntoma de un descontento que no se ha reducido en la sociedad española, sino todo lo contrario. Desde entonces, han surgido varias plataformas reivindicativas con indudable éxito, colectivos de barrios que han mantenido la constancia reivindicativa. El bipartidismo tradicional en la España de la Transición -siempre matizado por los partidos nacionalistas- está seriamente cuestionado tanto por la derecha como por la izquierda del espectro político. Los partidos políticos están seriamente desorientados y solo responden a políticas tradicionales. Todo son síntomas de la misma enfermedad: el ciclo nacido de la Transición, que ha servido para el período más largo de paz y prosperidad democrática que ha conocido la historia de España, se termina y esta enfermedad no se remedia con cataplasmas ni dejando pasar el tiempo.

lunes, 13 de mayo de 2013

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años


El Quijote siempre sorprende. En cada nueva lectura: hay pasajes que yo juraría que no estaban ahí las veces anteriores que lo he leído, expresiones que algún editor juguetón o un duende de imprenta ha introducido la noche anterior en el volumen que abro por la mañana, emociones que los personajes han vivido de otra manera en los meses que hace desde la última vez leí este o aquel capítulo. Me ha ocurrido, de nuevo, esta mañana, cuando terminaba mis clases teóricas sobre la literatura barroca y me quedé colgando de una frase durante unos minutos. Y eso que el primer capítulo me lo sé de memoria, pero ahí estaba la frase: Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Cuántas veces la habré leído sin advertirla. Me dio la impresión de que don Miguel se había levantado antes que yo esta mañana -y mira que yo madrugo- para escribírmela, entre burlón y removedor de conciencia, y que se proyectara en la pantalla de clase tras encender el ordenador y el cañón.

En agosto de este año cumplo cincuenta años. Tengo, por lo tanto, la edad de Alonso Quijano, el hidalgo de ese pueblo manchego de cuyo nombre no le da la gana de acordarse al narrador ni al principio ni al final de la historia. Sé que los cincuenta años de los inicios del siglo XVII no se corresponden con los cincuenta años del comienzo del XXI, pero no importa. Importa lo que hay detrás de esa frase: aquel hidalgo se niega a aceptar el destino lógico de su vida: quedarse en su aldea, viviendo de las rentas, junto al ama y la sobrina y charlando a diario con el cura y el barbero mientras espera que pase la vida hasta la fecha de la muerte. Se niega a que las cosas sean como deben ser, como alguien ha dicho que deben ser. No es cierto que la realidad siempre termine imponiéndose. Sabemos que al final de la historia nadie podrá ser de nuevo el mismo que antes de conocer a don Quijote. Si conseguimos fabricar un objetivo vital con la suficiente fuerza para sacarnos de casa, para salir al camino y recorrer el mundo, el mundo terminará trasformándose. O no, pero lo habremos intentado: al menos Sancho habrá visto el mar en Barcelona.

domingo, 12 de mayo de 2013

Una maestra que lee al borde del abismo de la cultura


Hace unos días informé del estreno del documental Las maestras de la República. A pesar de que mi trabajo me impidió aceptar la invitación al acto, me ha llegado, como regalo inesperado, una copia de la excelente película -cuya programación se tiene prevista en toda España en actos similares y que aconsejo después abrir al público gratis en Internet por su interés documental y acertada perspectiva de memoria histórica de un tiempo que supuso un salto cualitativo para la educación pública en España- y una figura de una maestra que lee. Venía con condición: hacer una fotografía del lugar en el que se la colocara puesto que cada una de ellas es diferente. Aquí está la mía, leyendo al borde del abismo de la cultura, sobre una vieja colección de obras completas de diversos autores. Detrás de ella, un cuadro de Casilda García Archilla. La cultura es siempre un abismo. Muchos no se atreven a asomarse a ese precipicio, a otros ni siquiera se les da la oportunidad. En estos tiempos, en los que la cultura y la educación han sufrido brutalmente los embates de los recortes presupuestarios en España justificados por la crisis, asomarse a este abismo es una necesidad cívica. Curiosamente, los países que mejor han resisitido esta crisis y aquellos que superaron otras similares hace tiempo y que ahora encabezan los listados de excelencia incluso en los parámetros neoliberales son aquellos que supieron apostar por la educación y dotar de sueldos dignos y las mejores condiciones a los profesionales que se dedicaban a la enseñanza pública. Por algo será. Quizá debamos recordar los nombres de los que aquí no están tomando medidas similares para que quede constancia para las generaciones que sufran las consecuencias.

viernes, 10 de mayo de 2013

El precio de la ropa. Sobre la tragedia de Bangladesh


Hace unos meses, en la provincia de Valladolid se abrió al público una de las mayores superficies comerciales de España dedicada al comercio. Se vio como una gran oportunidad para superar la crisis económica y los comerciantes que en ella se instalaron anhelan mejorar las cifras de ventas que, a consecuencia de la situación, se han desplomado. Cuando el visitante de estas superficies entra en ella, está sometido a una inteligente política comercial diseñada para el consumo aunque no se lleve dinero encima. La mayoría de las tiendas pertencen al sector textil. Casi todas ellas venden productos fabricados en países que no tienen garantías suficientes para los obreros: los precios pueden ser competitivos porque allí no existen sindicatos, los salarios son mínimos, los jornadas de trabajo son abusivas, las condiciones de salud de las fábricas no pasarían ninguna de las inspecciones que exigimos para nuestros países, suelen contratar o subcontratar niños, los controles sobre los productos tóxicos empleados casi inexistentes, los locales que ocupan las fábricas no tienen planes de evacuación en caso de accidente y cuentan con graves defectos arquitectónicos que los convierten en ratoneras cuando ocurre una catástrofe.

La mayor parte de las tiendas del sector textil allí instaladas venden ropa y complementos de moda a los adolescentes, porque a los adolescentes occidentales se les ha convertido en consumidores voraces. La calidad de la ropa deja mucho que desear: pero es atractiva, está de moda y con el dinero que antes se empleaba en un pantalón se pueden comprar ahora cinco. Algo parecido ha sucedido también con la ropa de los adultos. Todo ello ha ocurrido mientras se ha desmantelado la industria textil nacional y los sastres de toda la vida se han jubilado sin renovación.

La fortuna española más elevada, según los listados publicados regularmente, pertenece a un empresario que se dedica a fabricar este tipo de ropa en este tipo de fábricas en esos países. Tiene, según parece, una de las mayores fortunas del mundo, la segunda, según alguas listas. Se le ha elogiado porque nunca se toma vacaciones y porque siempre está al frente de sus empresas y genera muchos puestos de trabajo. Todo ello es cierto. Hay quien defiende este tipo de negocios con argumentos clásicos: dan trabajo a mucha gente, promueven la industria de países pobres y la sostenibilidad de sus economías, facilitan el acceso masivo a precio mínimo a ropa que de otra manera no podríamos consumir, etc. Todos estos argumentos son muy frágiles: el trabajo que generan es endeble; los trabajadores de estas industrias son mano de obra cercana a la neoesclavitud y la instalación de estos negocios en esos países genera más corrupción que desarrollo, más desigualdad que oportunidades; los productos a los que accedemos son, casi siempre, una necesidad impuesta por el mercado y la moda más que una necesidad.

Todo ello tiene una base falsa: el consumo de este tipo de artículos no es desarrollo, no es riqueza y casi siempre es de una pésima calidad. Nos introduce de nuevo en la cultura del parque temático en la que parece que disfrutamos de una fiesta continua, una de las inmoralidades más sangrantes de nuestra sociedad.

Cuando el precio de nuestra ropa se cuenta en número de muertos como ha sucedido en Bangladesh, la columna del debe es tan grande que uno se pregunta si de verdad merece la pena pagarlo.

jueves, 9 de mayo de 2013

Propósito inicial de Campos de Castilla de Antonio Machado, balance final de La marca del meridiano de Lorenzo Silva y noticias de nuestras lecturas


Campos de Castilla de Antonio Machado -de cuya primera edición se cumplía el año pasado el primer centenario- supone uno de los avances más significativos en la construcción de una de las líneas poéticas de la modernidad española que más han perdurado. Este poemario, que iba a ser una cosa y terminó siendo otra tiene, precisamente en ese giro, la clave de muchas cosas que iremos desgranando en este mes que dedicaremos a su lectura.

Cuando Antonio Machado compone los poemas primeros de Campos de Castilla, cuando concibe el plan inicial del libro, está inmerso en las ideas que circulan en aquel momento en España. La evidente decadencia del país, su pérdida de peso en el contexto internacional y las manifestaciones de que el sistema creado por la Restauración borbónica era insuficiente están en la gestación inicial.

Machado, que va a Soria por motivos laborales (acaba de obtener la cátedra de francés y ocupa la vacante del instituto de Soria), profundiza en una de las ideas claves del modernismo: la mirada al paisaje como símbolo de la historia, de una historia en la que coinciden pasado, presente y futuro. Comprendiendo el paisaje y la relación que con él guarda el ser humano que lo habita, se hallarán, según piensan, las claves de lo que sucede, las razones de esa decadencia española y la forma de superarla. Unamuno lo había llamado intrahistoria y publicó en 1895 un ensayo fundamental que se convirtió en herramienta metadológica de todos: En torno al casticismo. Puede decirse que Campos de Castilla cerraba en poesía el ciclo que había abierto Unamuno en ese ensayo, aunque ambos libros tengan tonos y posiciones ideológicas -y, sobre todo, actitudes vitales- diferentes como diferentes eran ambos autores.

Pero entre 1895 y 1912 había ocurrido algo: Ortega y Gasset había regresado de Alemania y, a pesar de su juventud, consiguió un gran impacto en el pensamiento español por los años en los que Machado escribía Campos de Castilla. Gestaba Ortega su teoría sobre las generaciones como método de análisis histórico y polemizaba con Unamuno sobre la posición de España en Europa y la forma de modernizarla. De hecho, los famosos artículos de Azorín sobre la Generación del 98 -tan llenos de ese impacto que supuso en él el pensamiento de Ortega- se publican en el ABC en 1913. Campos de Castilla es, inicialmente, la aportación de Antonio Machado a este debate abierto sobre España desde unas décadas antes y que se había agudizado por aquellos años porque llegaba, pujante, una nueva generación, más moderna, más libre de trabas y que aspiraba, con ambición, a una modernización española basada en la introducción de los elementos nuevos que cambiaran sustancialmente lo que había predominado hasta ese momento en el país.

Pero la vida tiene sus propias reglas. Antonio Machado se enamora de Leonor y Leonor enferma y muere. Machado se va de Soria. Y el libro se trasforma y gira. Y Antonio Machado no renuncia a construir el poemario con ese material autobiográfico ni hace dos libros diferentes, como hubieran hecho otros: comprende que deben ser uno mismo, enlazado todo por el paisaje. La irrupción literaturizada de lo biográfico en el propósito filosófico inicial de Campos de Castilla lo ensancha por el lado de la intimidad de la voz poética. De esa tensión entre la reflexión histórica y el sentimiento biográfico, en la que triunfa finalmente la voz poética en su drama íntimo de la expresión del duelo a través del paisaje, nace una de las revoluciones más importantes de la poesía española.

Balance final de la lectura de La marca del meridiano




La marca del meridiano es la obra de un verdadero profesional de la escritura que ha sabido crear su público. El lector de esta obra encontrará las marcas tradicionales de la novela policiaca y la contextualización histórica en la España actual de una manera suficiente, enhebrada con facilidad pero sin que llegue, en ningún momento, a molestarle. La lectura se hace amena y rápida. El personaje protagonista -más aún si lo conoce de las novelas anteriores- tiene la suficiente humanidad como para que podamos empatizar con él -marcado aquí con el hecho de que cada vez nota más la edad y el esfuerzo físico que le supone su trabajo. No esconde nada: la corrupción policial, las desavenencias entre los diferentes cuerpos de seguridad, los problemas burocráticos, la presencia del mundo criminal en la vida cotidiana, los problemas políticos planteados por el nacionalismo catalán, etc. Nada está presentado con la suficiente hondura como para que moleste al lector medio que lee para entretenerse pero todo está presente para que no se eche en falta. No hay ningún experimento formal que aparte de la lectura al no avisado como tampoco hay caídas en el ritmo narrativo que aburran. Un término medio precisado en balanza. Silva consigue lo que busca: dar una novela más a su público.

Noticias de nuestras lecturas

Coincidiendo con nuestra lectura de Campos de Castilla, se ha inaugurado en el Monasterio de San Juan de Burgos hoy día 9 de mayo la exposición Campos de Castilla. Hoy es siempre todavía, que se había mostrado con anterioridad en Soria y Segovia para celebrar el centenario de la primera edición del poemario machadiano. Ha sido organizada por el Institituo Castellano y Leonés de la lengua en colaboración con la Institución Fernán González, depositaria de un imprescindible fondo machadiano.

Paco Cuesta comenta con acierto el poema inicial de Campos de Castilla -verdadero prólogo- de una forma inteligente y sutil, que os soprenderá.

Mª Ángeles Merino comienza presentandonos el autorretrato del autor de Campos de Castilla y comenta e ilustra el poema Campos de Soria, desde el ritmo hasta la ideología. Todo un magnífico arranque para 
centrar en el poemario.


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Pancho cierra su comentario de La marca del meridiano con una entrada sobre la acción final, que precipita el desenlace. No os perdáis su referencia cervantina, en la que da un verdadero pase de pecho... No es de extrañar que sus aportaciones hayan llamado la atención del mismo autor, Lorenzo Silva: aquí tenéis lo que dice.

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Pancho, en su lectura de Aurora roja, comenta ese estado crítico en el que comienzan a despertar ideas peligrosas sobre hombres mesiánicos que saquen a los países de los atolladeros...  Después,  llega al momento en el que Manuel, el protagonista de Aurora roja, opta por el eclecticismo en su posición ideológica y en su actitud vital. Baroja nos ha conducido certeramente hasta ese momento. No os perdáis ni las ilustraciones de esta entrada ni el video con el que termina. Excelente.

Os pido disculpas por el retraso en la publicación de esta entrada. Como sabéis los lectores habituales de La Acequia, he tenido circunstancias que me lo han impedido. Hemos fijado fecha definitiva para el cierre, por este curso, del Club de Lectura de La Acequia. Como recordaréis, en junio leeremos El hereje de Miguel Delibes. Con este motivo, nos veremos el sábado 13 de julio en Valladolid. Haremos la ruta teatralizada de El Hereje que se organiza en la ciduad por los lugares citados en la novela y tendremos una comida. Aquellos que queráis participar, escribidme un correo electrónico.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Programa de la Experiencia

Ayer terminé, por este curso, mis intervenciones en el Programa de la Experiencia de la Universidad de Burgos con una clase sobre la irrupción de Lope de Vega en los corrales de comedia españoles a finales del siglo XVI: les hablé de un joven sediento de triunfo literario, con una capacidad innata para conectar con un público amplio. También les hablé de la España de la época y de cómo el local teatral condiciona la obra que vemos en él como espectadores.

El proyecto, más conocido como la Universidad de la Experiencia, merece todos los elogios. Los mayores de 55 años pueden matricularse y seguir, de forma regulada, unos estudios de contenidos variados que les conducen a una graduación final con una formación amplia. Para algunos de los alumnos supone la primera experiencia universitaria, para otros el regreso a las aulas tras muchos años de vida profesional. No todos están jubilados, pero la mayoría de ellos ya no está en el mundo laboral. Iba a decir que no están activos, pero he corregido inmediatamente la palabra: estos alumnos del Programa de la Experiencia son los alumnos más activos que he tenido nunca (y soy profesor desde los años ochenta). He tenido la suerte desde hace años de participar en el Programa como profesor de Literatura en materias obligatorias y optativas y puedo asegurar que nunca he necesitado motivarlos. Se encuentran en el aula sin la urgencia de obtener un título para encontrar un trabajo: van porque quieren aprender, porque quieren conocer más, porque quieren replantearse lo que ya estudiaron hace décadas. También porque quieren conocer personas diferentes, participar en las excursiones, leer lo que los profesores les recomendamos y acudir a las exposiciones que les comentamos. El Programa, como tantas cosas en España, ha sufrido los recortes y ahora recae en el pago de las matrículas la mayor parte de la financiación. Y allí están. Han retraído de las pensiones -o de los sueldos en los casos en los que aún están trabajando- el dinero para matricularse: seguro que alguno de ellos se ha privado de los cafés en los bares de sus barrios para tomárselos en las cafeterías universitarias -más baratas- o se ha privado de los pocos caprichos que podían permitirse para acudir a las aulas universitarias. Y no faltan a clase y no protestan cuando el profesor se pasa de la hora y sigue explicando para terminar el tema. Durante estos años he visto a muchos de ellos crecer tanto intelectualmente que lamento que en sus tiempos no hubieran tenido la oportunidad que ahora les brinda la vida. Además, a mí, por lo menos, me hacen mejorar cada día como profesor solo con mirar sus caras cuando les hablo en clase.