jueves, 26 de febrero de 2015

La vida en círculos de Entre visillos y noticias de nuestras lecturas.


A pesar de que entramos en la ciudad de provincias en la que se desarrolla Entre visillos en sus fiestas patronales, pronto veremos que debajo del ambiente festivo las personas se mueven en círculo. Durante la primera parte de la novela todas las conversaciones son sobre las mismas cosas, una y otra vez. Martín Gaite las aborda con una naturalidad estilística que consigue dar mayor realismo a esa sensación. Especialmente los jóvenes y, sobre todo, las mujeres, quedan atrapados en ese círculo de conversaciones, de actividades y de calles. Otra sensación que angustia más al lector -porque, además, responde a la realidad de ese mundo provinciano-: todo sucede, como dice el título, entre visillos. Es decir, todos están atentos a lo que hacen todos. Martín Gaite resalta las miradas que vigilan a los que bailan o a los que hablan con otras personas y también cómo llega a la intimidad de cualquier casa -incluso la que se halla cerrada por un luto- la noticia que más puede alterar la emoción de una joven que se ha sentido atraída por un recién llegado a la ciudad. El lector recibe la intensidad de ese círculo asfixiante y tiene la sensación de que si volviera al año siguiente a los espacios -públicos y privados- en donde trascurre la acción, poco o nada hubiera cambiado y las conversaciones serían iguales aunque los personajes cambiaran.

De ahí la fragilidad de aquellas vidas, especialmente las de las mujeres. Todo está supeditado a que alguien cruce el salón de baile para sacarte a bailar o que llegue la carta oportuna que te saque de la rutina y solucione tu vida o que alguien de fuera abra la posibilidad de que existe otro mundo más allá de los límites conocidos. Mientras tanto, sin que haya más tragedias que las normales de una vida de aquellos tiempos, la opresión del ambiente se cierra sobre la biografía de estos personajes.

Noticias de nuestras lecturas

Mª del Carmen Ugarte comenta con acierto lo que supone hablar de Madrid para los jóvenes de provincias de la España de los cincuenta tal y como percibimos en la novela de Martín Gaite.

Coro Entreaguas, a partir del personaje de Rosa, comenta de forma sutilmente iluminadora la situación de las pobres chicas malas que aparecen en Entre visillos.

Mª Ángeles Merino se centra en la aparición de Pablo Klein en la ciudad de provincias, su llegada en tren y su forma de hacernos ver que aquel no es su mundo... No os perdáis sus excelentes ilustraciones que ayudan a contextualizar la lectura.

Pancho nos hace entrar en tren en la ciudad, con todo lo que eso significa oportunamente. Y añade unas ilustraciones que contribuyen a que pongamos imagen a lo narrado en Entre visillos.

Gelu comienza sus aportaciones sobre Entre visillos con una entrada que puede servir de iniciación a la lectura y puesta en situación para extraer a partir de ella lo mejor de las páginas de la novela. No te la pierdas.

Paco Cuesta escribe una entrada que ayuda a comprender mucho de lo que ocurre en Entre visillos: las emociones a flor de piel de los jóvenes encerradas en una ciudad de provincias, esperando que algo pueda romper la dinámica. Más que recomendable.

Don Quijote, ballet, en este año quijotesco 
de nuestro Club de lectura



El viernes pasado celebramos una reunión extraordinaria de la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Burgos y el Club de lectura en el Museo del Libro Fadrique de Basilea de Burgos, que tan amablemente nos presta sus instalaciones para nuestras actividades. Con motivo de la celebración del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote de Cervantes, el Aula de Danza de la Asociación promovió la proyección del ballet Don QuijotePara la ocasión se eligió la coreografía del ballet que para el American Ballet Theatre preparó en 1980 Mikhail Baryshnikov a partir de las clásicas de Marius Petipa y Alexander Gorsky. El ballet fue analizado por María López, profesora de Danza Clásica del Conservatorio Superior de Danza de Madrid María de Ávila y yo hice una aproximación al tratamiento escénico de la obra de Cervantes. Fue un encuentro agradable y académico que sirvió para iniciar las actividades quijotescas que llevaremos a cabo en el presente año.

Mª Ángeles Merino reseña el acto en una entrada en la que podéis encontrar fotografías y todos los detalles.

Y para recordarnos la lectura del Quijote que hicimos en este club, Luz del Olmo publica unos grabados quijotescos gracias a Miguel Vivanco, siempre tan atento con estas cosas.

Ya sabéis que recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis.

Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Para saber de mí, de Antonio del Camino


Antonio del Camino (Talavera de la Reina, 1955) ha labrado una trayectoria poética quizá no muy conocida por el público puesto que por diversas razones ha pasado épocas de relativo silencio en las que sus poemarios veían la luz en lo que él ha llamado ediciones de amigo, con pequeñas tiradas de confección artesanal que distribuía entre amigos. Por eso, aparte de figurar en diversas antologías, su libro más conocido es Del verbo y la penumbra con el que obtuvo el accésit del Premio Adonáis en 1984. Desde hace unos años mantiene un recomendable blog, Verbo y penumbra.

Reaparece ahora en una muy cuidada edición de la colección Libros del Consuelo (lf ediciones, 2015) con Para saber de mí. Su editor, Luis Felipe Comendador, es a la vez el autor de la ilustración de portada, que cobra todo el significado con la referida anécdota de las ediciones de amigo pero que, a la vez, interpreta con tino lo que significa este poemario. Para saber de mí es una reflexión sobre la esencia misma de la labor de escritura, de la confección de la obra -artesanal, diaria, llena de todos los ecos de la vida- que nos ayuda a comprender mejor al poeta pero que, sobre todo, es una forma de autoconocimiento del propio autor, que se explica a sí mismo en esa búsqueda de la expresión poética.

Es acertada esa idea de que la escritura nos explica y este es el eje del último poemario de Antonio del Camino, desde el Pórtico hasta la Anotación final. Escribir es parte del ejercicio diario de aprendizaje de uno mismo. El poema con el que se abre el libro, Tras un largo silencio, afirma ese voluntario caminar para saciar la sed de encontrar noticias de uno mismo, perdido en el tiempo anterior en el que se había olvidado "del balsámico azar de la escritura":

Hoy, sin embargo, mi caligrafía
insiste en adentrarse en los rincones
silentes de la sed. Así decido
traspasar el umbral de las palabras
y caminar, 
                 para saber de mí.

El resultado de esa indigación es el mismo poemario, que vemos construirse delante de nuestros ojos. Nos permite Antonio del Camino tener la sensación, como lectores, de asistir a todo ese proceso de búsqueda de uno mismo dividido en etapas -temáticas, más que cronológicas-: Vivir en las palabras (toda una proclama de intenciones este título), Al paso de los días (en el que el azar de lo cotidiano, la proximidad y constancia de los amigos, de los recuerdos familiares como el que dedica a su padre, permiten conjurar todos los tiempos en presente, melancolía y utopía unidas) e Invierno derrotado (dedicado a su compañera, Carmen, que es parte de ese descubrimiento de sí mismo a lo largo de los años y las palabras puesto que el amor aparece como una forma de apuntalamiento personal frente al tiempo y una razón de escritura: "En medio de la noche tú y la sed / sois todo cuanto tengo").

Para saber de mí trascurre sin sobresaltos ni trucos: no los busca el poeta. Aunque a veces puede aparecer un tono más ligero en poemas dedicados a circunstancias y amigos, todo el poemario tiene un cierto aire machadiano tanto en la intención como en la forma (Antonio del Camino domina la silva y el alejandrino con total naturalidad), que ayuda a la lectura, como si el poeta fuera contándonos de viva voz su descubrimiento sobre sí mismo que, por la universalidad de lo que cuenta -precisamente por ser su propia emoción ante el trascurrir del tiempo y el hallazgo de la forma poética para expresarlo-, también nos atañe personalmente puesto que su aprendizaje es también, en gran medida, el nuestro:

De entre todas las cosas que la vida me dio
me quedo con aquellas que no pueden comprarse:
el amor de los míos, la amistad prolongada
de quienes algún día solo fueron extraños,
la niebla entre los parques alimentando historias,
el alma del membrillo, el sabor de sus besos

Hay, como no podía ser de otra manera dado el tema, homenajes a los libros (Libros hospitalarios), a la poesía misma como forma de hallar las respuestas (Busco en las palabras / alguna salida), con la conciencia de que toda búsqueda es, en realidad, la conciencia de un fracaso que el poeta nos dice muy cerca de Bécquer:

Por un solo poema que salvase
mis palabras escritas a destiempo,
tanto verso vacío, tanta máscara
presente en los cuadernos;
por un solo poema que expresara
con precisión aquello que no entiendo,
no sé lo que daría.
                               Quizá todo
lo que cabe en el cofre del silencio.

Y al final se logra llegar a ese pacto personal a través de la escritura en la que todo se junta durante un momento. Un momento tan solo porque en el instante que se pone el punto final todo comienza de nuevo:

Hoy mi imagen coincide en el espejo
con la que el tiempo alienta y me arrebata.

Una oportuna vuelta de Antonio del Camino al público aficionado a la poesía, que tiene, además, una intención generosa puesto que una parte sustancial de la edición se dedica a los fines solidarios de SBQ.

martes, 24 de febrero de 2015

Casi mar el Guadiana



Esta tarde se ofrece, casi mar, el Guadiana. De Ayamonte a Vila Real de Santo António, en la raya desmelenada por el viento de este invierno aquí ya primavera decidida hacia el aroma del azahar cercano. Cruzar solo por cruzar y pasear las calles para tomar café y hablar de casi todo lo que importa, que es lo que por fortuna cabe en el metro cuadrado de una mesa. A veces los ríos son solo eso: sueños ligeros de lado a lado sobre los que tender hilos leves de sonrisas en la proa del barco que los cruza. De Ayamonte a Villa Real y pensar que uno ya no regresa de algunos sitios. Una media docena de lugares -no más, date razón a ti mismo- en los que todavía estás si cierras los ojos y te dejas acariciar por el viento y las palabras.

lunes, 23 de febrero de 2015

Los últimos setenta mil años


Una de las cosas que más me gusta del conjunto arquitectónico en bronce de Casto Solano situado cerca del Museo de la Evolución de Humana de Burgos es la ternura que se aprecia en la relación entre el homínido y su hijo. Ambos caminan juntos: el padre ha cerrado los ojos durante unos breves instantes, el niño los mantiene abiertos y mira hacia adelante. El padre puede estar cansado, abrumado por la responsabilidad, quizá piensa en qué comerán mañana o en buscar refugio para pasar la noche o en los miembros de la familia que ha perdido en los últimos días. Por mucho que insistamos en vivir el presente, ser padres nos saca del instante en el que nos hallamos para hacernos pensar en el futuro. No en el nuestro, sino en el de nuestros hijos. Para ellos hasta el peligro puede ser un juego.

Una de las teorías más apasionantes de nuestra evolución, aunque está puesta en cuestión, dice que tras la erupción del supervolcán de Toba (Indonesia) hace unos setenta mil años las condiciones climatológicas fueron tan adversas que la población de homínidos del mundo se redujo a unos dos mil individuos que vivían en un área no demasiado extensa de África. De esa manera, todos llevamos en nuestro pasado ese origen, el de aquellos cientos de parejas que sobrevivieron, y de ahí la escasa diversidad genética de nuestra especie.

Puede no ser cierto, pero me gusta pensar, como en una película de tiempo acelerado, en la sucesión generación a generación desde aquellos dos mil individuos hasta nuestro presente. Somos la única especie que podemos trasmitir la conciencia del amor en un gesto como este de la fotografía. También somos la única especie que podemos trasmitir la conciencia del odio. Y en gran medida, la inclinación hacia uno u otro está en lo que vimos de niños cuando nuestros ojos aprendían a comprender el mundo. Y cada nueva generación debe decidir qué le importa más de todo esto, qué emoción quedará impresa en la piel de la palma de la mano de nuestro hijo: en eso no hemos cambiado en los últimos setenta mil años.

domingo, 22 de febrero de 2015

Escucharse por dentro


Defendía Antonio Machado -de cuyo fallecimiento en el exilio se cumplen hoy 76 años- hablar con uno mismo, que es uno de los retos más grandes que tenemos porque casi nadie atiende a esta conversación tan necesaria para la que no se nos preparara, sino todo lo contrario. Una de las condiciones más altas del ser humano es probarse que puede cerrar los ojos y escucharse por dentro. Quizá por eso en nuestro mundo hay tanto ruido, para que no nos oigamos. Algunos se niegan tanto a sí mismos que viven en la continua programación de su tiempo ante el pánico a quedarse un minuto consigo mismos. Es la peor forma de dejar de ser individuos para convertirnos en manada.

sábado, 21 de febrero de 2015

Alguien te contempla mientras pasas


Ver llover desde una cafetería tiene mucho de ejercicio melancólico. Contemplas a las personas que pasan por delante como si tuvieras que asignarles un destino. Asistes a fragmentos de vidas que huyen de la tormenta y se apresuran a resguardarse en un futuro que para ti no existe. Cuando escampa, apuras tu café, abonas la cuenta y sales a pisar nubes lentamente, en las avenidas invertidas por la lluvia. Alguien te contempla mientras pasas.

viernes, 20 de febrero de 2015

El río, hacia la mar cercana


Hay un momento en el que el río te arroja a la mar cercana. ¡A embarcar, con toda la decisión, en la proa de las cosas! Nada es nuevo pero todo merece ser descubierto. Con tu piel, con tus ojos, con tus dientes, como si nadie hubiera tocado antes, como si nadie hubiera visto antes, como si nadie hubiera mordido antes. Ya no me importa que me digan que nada sirve de nada ni que al pasar por las tabernas del puerto los que ni siquiera se hicieron nunca a la mar conspiren como si les debiera algo y vaticinen mi próximo naufragio. Donde no hay horizonte es en la amargura ni en el rencor del miedo. ¡Horizonte, horizonte siempre!

jueves, 19 de febrero de 2015

Sobre el inicio de Entre visillos de Carmen Martín Gaite, noticias de nuestras lecturas y actividad para mañana viernes.


Sutilmente, Carmen Martín Gaite nos introduce en la materia que quiere novelar desde dos focalizaciones diferentes. El lector encuentra en el primer capítulo a Natalia, joven de 16 años, perteneciente a una familia de la burguesía acomodada; en el segundo, a Pablo Klein, un profesor nuevo de alemán en el Instituto de la ciudad en la que se ambienta la narración. La empatía que desarrolle el lector con estos dos personajes influirá en el resto de la recepción del texto.

Nos encontramos en las fiestas de septiembre de una ciudad de provincias de la España franquista de los años cincuenta, en la que todo debe suceder de acuerdo con unas rigurosas convenciones sociales que marcan el destino de los individuos, sus ritmos vitales y sus preocupaciones. Es todo tan previsible y asentado -incluido el desarrollo de los festejos según el programa oficial- que nada debería sorprendernos, ni siquiera las conversaciones en las que un grupo de amigas se cuentan sus historias sentimentales. El ritmo es tan lento como el que marcan las horas de la actividad diaria. Eso sí, ya aparece en la distancia un elemento que puede desestabilizarlo todo: Madrid, sus novedades y su influencia como ciudad más abierta y moderna.

Pero ahí es donde interviene la autora: nos hace entrar en ese mundo desde el foco de dos personajes que no se ajustan, que no encajan bien en esos ritmos y que nos provocan la extrañeza suficiente para darnos cuenta de que esa sociedad que rige todo de forma tan rutinaria no acogerá nunca al diferente ni amparará la individualidad.

El fragmento del diario de Natalia con el comienza la novela es un arriesgado prodigio. Un prodigio técnico puesto que imita la escritura de una adolescente de la época hasta representarnos su forma de hablar y sus preocupaciones. Todo en estos párrafos es relevante: la sintaxis, la sensación que manifiesta Natalia de que la dejen no sentirse mayor, sus diferencias evidentes con los pensamientos de su amiga. Pero también un prodigio ideológico. Al arriesgarse con unas líneas tan evidentemente mal escritas, Martín Gaite nos lanza el reto de que nos pongamos en la mente de Natalia y en su diferencia individual que la enfrenta con la sociedad. En sí mismo, este fragmento explica todo el resto de la novela. No podía continuar narrando desde la voz de Natalia de forma más extensa por una lógica cuestión de estilo y por eso pasa a la tercera persona para contarnos lo que ocurre con Natalia y su firme propósito de ponerse de largo a pesar de su edad y para darnos cuenta, a la vez, de las preocupaciones de otras jóvenes de su clase social -sus hermanas, la amiga de estas.

En el segundo capítulo nos encontramos con la narración en primera persona de la llegada de Pablo a la ciudad. Pronto percibimos que se trata de un hombre extraño con respecto al resto de los viajeros del tren o a los personajes con los que se encuentra en su trayecto al Instituto. Esa extrañeza se concreta cuando sube al autobús que lo llevará desde la estación hasta el Instituto y no logra encajar físicamente dentro de él. Pablo parece un ser perdido, un personaje del que tardaremos en saber su nombre pero del que pronto percibimos que tampoco se adapta muy bien en aquel ambiente de la ciudad que le recibe en fiestas, con una procesión religiosa que corta el tráfico y sin habitación para pasar la noche.

Martín Gaite ha seleccionado ya a su lector imaginado, provocando que perciba las grietas de una sociedad en la que, evidentemente, no pasa nada porque nunca pasa nada.

Noticias de nuestras lecturas

Luz del Olmo nos regala un testimonio sobre la personalidad de Carmen Martín Gaite que refleja la forma de ser de la escritora que nos ocupa en estas semanas. Imprescindible.

Coro Entreaguas nos enfrenta acertadamente con la llegada un tanto misteriosa de Pablo Klein a la ciudad de provincias para dar clase en el Instituto: a destiempo, como fuera de toda circunstancia lógica.

Para su comentario de Entre visillos, Paco Cuesta parte de una premisa bien cierta: la novela como herramienta metodológica para comprender mejor las circunstancias sociales de la España del nacionalcatolicismo de los años cincuenta en provincias.

Mª Ángeles Merino nos sitúa con todo acierto para comenzar la novela: sociedad de la época, literatura y recuerdos personales de un tiempo en el que debías ajustarte escrupulosamente a lo que se esperaba de ti.

Pancho consigue saltar de siglo en siglo para alcanzarnos al comienzo del comentario de esta novela de Martín Gaite y situarnos en la técnica de arranque empleada con la autora para ganarse la complicidad del lector.

Ya sabéis que recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis.

Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

Ballet  Don Quijote de Minkus

Para celebrar el IV Centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote de Cervantes (1615-2015), la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Burgos y nuestro Club de lectura organizan, a lo largo del presente año, varios actos de los que iremos informando oportunamente, alguno de ellos en colaboración con el Museo del Libro Fadrique de Basilea.

Mañana viernes día 20 de febrero, organizado por el Aula de Danza de la Asociación y el Club de lectura, proyectaremos el ballet Don Quijote de Minkus, con los comentarios de María López, profesora de Danza Clásica del Conservatorio María de Ávila de Madrid. Yo haré una introducción sobre la condición escénica de la novela cervantina.

En el Museo del Libro Fadrique de Basilea de Burgos (Travesía del Mercado, 3, El Hondillo), a las 20:00 horas. Entrada libre hasta completar el aforo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Flores de almendro para la luz de primavera


Este año no quise esperar a que la primavera llegara a mi tierra. Era tanto el deseo de sentirla que busqué en el Sur los almendros en flor que todos los años publico en este blog para anunciar que la luz llega y todo comienza a oler a azahar y hierbabuena. Mientras tanto tú, aquí, te nos ibas: niño de luz y de sonrisas, sobrino mío, niño tierno, inteligente, pícaro, capaz de calmar un enredo o sentenciar con una frase la madurez que a los adultos nos falta tantas veces. Jamás te escuché una queja en los años de lucha y siempre animabas a todos y cumplías con disciplina alegre lo que los médicos mandaran. Recuerdo tu mirada cómplice con la mía, cómo sostenías mis juegos con las palabras. Siempre me llamabas por dos veces, tío, tío, antes de cualquier frase que comenzara una conversación. Por dos veces te llamo yo ahora, sobrino mío, sobrino, te hago entrega de estas flores de almendros que coseché en el Sur y que he traído hasta este valle nuestro aterido aún por el viento frío en el que tú ya no estás para que te acompañen ahora que ya para siempre serás luz de primavera para todos los que tuvimos la fortuna de haberte conocido.

viernes, 13 de febrero de 2015

Algunas noches rompen en espuma


Algunas noches rompen en espuma
- más allá, lo sabemos, hace frío-,
y todas las galernas se convierten
para lanzarse, amor, a pecho abierto,
por certeza de beso y mar de ojos,
en deriva feliz hasta tu cuerpo.


jueves, 12 de febrero de 2015

Sobre literatura femenina para comenzar Entre visillos de Carmen Martín Gaite y noticias de nuestras lecturas.


Con Entre visillos de Carmen Martín Gaite, el Premio Nadal puso definitivamente en 1957 un debate en la realidad cultural española: ¿existe una literatura femenina? ¿Existe una forma de narrar diferente cuando el autor es un hombre o cuando es una mujer?

El Premio había comenzado su andadura en 1944, con Nada de Carmen Laforet (que hemos leído también en este curso). En años sucesivos se otorgó a Viento del Norte de Elena Quiroga (1950), Nosotros, los Rivero de Dolores Medio (1952), Siempre en capilla de Lluïsa Forrellad (1953). En 1969 se dio a Primera memoria de Ana María Matute. Curiosamente, tras provocar ese debate, no se volvería a otorgar a una mujer hasta 1981 (Cantiga de Agüero de Carmen Gómez Ojea). También se haría esperar el premio para Azul de Rosa Regás (1994) y a partir de ese momento es más regular: Lucía Etxebarria por Beatriz y los cuerpos celestes (1998), Ángela Vallvey por Los estados carenciales (2002), Maruja Torres por Esperadme en el cielo (2009), Clara Sánchez por Lo que esconde tu nombre (2010), Alicia Giménez Bartlett por Donde nadie te encuentre (2011) y Carmen Amoraga por La vida era eso (2014). Curiosamente, entre los finalistas solo hay seis nombres de mujeres.

Hoy el tema ha dado lugar a cientos de artículos, debates académicos, declaraciones provocativas en uno u otro sentido e incluso a un cierto hartazgo a la hora de abordarlo. De hecho, lleva años sin aparecer en los medios de comunicación y la mayoría de los que hacen declaraciones en este sentido -hombre o mujer- niegan las diferencias. Pero en aquellos años el debate sí estuvo en primera línea y, sobre todo, debido los fallos del jurado del Premio Nadal desde su inicio hasta 1969. El concedido a Carmen Martín Gaite fue la confirmación de que algo estaba ocurriendo en este sentido.

La creencia de que haya formas de narrar (o escribir poesía o teatro) diferentes entre hombres y mujeres es eso desde el punto de vista teórico: una creencia, no una realidad. No hay forma de distinguir entre lo que escribe una mujer y un hombre. Ni siquiera por el género en el que se expresa el poeta o el narrador. De hecho, hay manifestaciones literarias puestas en boca de mujer cuya voz femenina está seriamente cuestionada (por ejemplo, las jarchas), de la misma manera que muchos escritos de la Pardo Bazán no responden a la visión femenina tal y como se suele hacer.

Sin embargo, desde el punto de vista de la realidad social e histórica y de la oportunidad del planteamiento en algunos momentos concretos, no sucede así. En sociedades en los que los espacios públicos y las manifestaciones sociales se dividen tajantemente entre lo masculino y lo femenino, la aparición de la escritura realizada por mujeres aporta ángulos de visión a los que, por educación y costumbres sociales, no suele prestar atención el hombre. En algunos casos esto no es intencionado, sino producto de convenciones sociales, educación sentimental y roles tradicionales que no se cuestionan o no pueden cuestionarse y que en muchas ocasiones provocan formatos castradores a la hora de expresar las emociones o la ideología. Hasta el siglo XIX era frecuente que cuando una mujer escribía de temas tradicionalmente reservados en la sociedad para el hombre, se la denominara -como elogio- varona. No hay que decir que es un elogio que resta condición femenina a la escritora, por supuesto. Se era mucho más cruel con los hombres que escribían sobre las emociones de una manera convencionalmente femenina. Supóngase, además, el impacto de todo esto para la escritura de homosexuales o lesbianas que debieron durante siglos esconder su sexualidad y evitar ciertas maneras de escritura que pudieran significarlos.

En España se venía de una situación diferente Durante la II República, la igualdad de la mujer y el hombre en todos los campos había progresado mucho y en poco tiempo, aunque no se hubiera conseguido del todo en la práctica. En los años treinta apareció un nutrido grupo de científicas, profesionales de todo tipo y escritoras que ocuparon sin ningún rubor la primera fila de la cultura española. La Guerra civil y la dictadura de Franco terminó brutalmente con todo esto e implantó un modelo social en el que la mujer quedaba confinada a determinados espacios y su visibilidad cultural era muy difícil.

De ahí la trascendencia de que el Premio Nadal pusiera el acento, desde su primera convocatoria, en la literatura escrita por mujeres. Supongo que a estas alturas no seremos tan ingenuos de pensar que todo sucede de forma inocente. Aunque no se trate del Premio Planeta -el Nadal ha pasado recientemente a la órbita de Planeta y ha copiado los mismos modelos de actuación que la casa madre-, el Nadal optó por un tipo de literatura que apostaba por nombres nuevos y jóvenes y, especial y significativamente, por la literatura escrita por mujeres que planteaban precisamente eso, los problemas y circunstancias de las mujeres en la postguerra española. En la opción pesaría un poco de todo: innovación rupturista y valiente, cierta forma de oposición a la moralidad oficial del régimen, conciencia de que había que promocionar lo que en cultura estaban realizando las mujeres españolas cuya situación era peor para competir con lo que escribían los hombres y -por qué no- la búsqueda de un sector de público hasta entonces poco atendido por las editoriales de prestigio -el de la mujer que quiere leer novelas de calidad que le hablen de sus propios problemas y no reducirse a las novelas sentimentales de quiosco.

Con esto, el Premio Nadal no solo hacía justicia sino que promovía inteligentemente un tipo de escritura de mujeres novelistas que ponían encima de la mesa a través de sus obras una visión femenina que cuestionaba seriamente el papel reductor al que se la sometía sin que aparentemente fuera ese el objetivo de sus historias. La apuesta era inteligente: sin reivindicar directamente nada para no ofender al régimen, retratar la vida cotidiana desde la mirada de las mujeres que se veían constreñidas a unos espacios que, evidentemente, se les quedaban estrechos y así reivindicarse como mujeres y como escritoras en una época que las silenciaba si salían de su estrecho papel como esposas y madres. Y proponer unos textos que no eran solo de mujeres para mujeres sino de mujeres para la sociedad entera.

Noticias de nuestras lecturas


Mª Ángeles Merino nos da cuenta de cómo Rosita sigue asombrada de las novedades del tiempo. Pero me da a mí que esta mujer ya no puede volver al recato tradicional después de ver tanto ito...

Paco Cuesta cierra su comentario de los Usos amorosos abordando con todo acierto y vista uno de los núcleos de este ensayo: el uso de los términos. A través de la lengua se explican muchas cosas.



Pancho lleva a feliz término su locura de contarnos una locura sin término. De hecho, el loco acabó en el manicomio. No Pancho, sino este Quijote apócrifo, claro. Aunque prometía continuación...

Ya sabéis que recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis.

Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

miércoles, 11 de febrero de 2015

La lectura como defensa de nuestra conciencia como individuos


En los suplementos atrasados que leo estos días, Javier Cercas publicó dos excelentes artículos con temas en común: El impostor de El impostor (a partir de la impresión de su último libro sobre la historia de Enric Marco, quien fingiera durante años haber sido uno de los supervivientes españoles del campo de concentración nazi de Mauthasen) y El punto ciego. Ambos son textos de altura teórica que esclarecen la perspectiva como escritor de Cercas, su visión sobre la función de la novela como género y la no ficción en la literatura. De lo mejor que he leído últimamente a un escritor a la hora de reflexionar sobre su manera de entender la literatura y la necesidad de esta para ayudarnos a trazar el mapa del ser humano en el mundo. Invito a leerlos en los enlaces de Internet que he facilitado a quienes no los conozcan. Y tiene razón Cercas, la mejor literatura narrativa que he leído desde hacer un par de décadas es de este tipo: novelas que no buscan la ficción sino la indagación sobre un hecho a partir del cual nos interrogan sobre nuestra forma de estar en el mundo y que no dudan en utilizar y mezclar los formatos de la crónica periodística, la biografía o el ensayo. Un camino que se comenzara a mediados del siglo pasado desde el otro lado, desde el nuevo periodismo, que usó el modelo de la literatura ficcional de la narrativa para hacer periodismo y revitalizar la crónica, y que pronto se extendiera a la novela. Hace poco hemos leído en el Club de lectura que mantengo en este espacio un buen ejemplo de todo esto: La sonrisa robada de José Antonio Abella.

Por mucho que se anuncie con estrépito reiterado la muerte de la novela (hace unas décadas en curioso hermanamiento con ese peligroso final de la historia que algunos veían como el paraíso prometido que nos regalaba el liberalismo), esta sigue siendo necesaria. Sobre todo porque la novela es la forma más adecuada de contar la historia tanto del individuo como de sus relaciones con la colectividad desde que apareciera en el mundo la conciencia teórica del individuo y sus derechos y deberes ante la sociedad. Si se muriera de verdad la novela o esta se redujera a un mero entretenimiento como el que llena la mayor parte de los estantes de las librerías no especializadas, se debería a razones diferentes a las de su propio agotamiento como género. Si se muriera la novela o se la rebajara a la categoría de objeto desechable, estaríamos en un panorama preocupante, el de una sociedad que ha conseguido anular la conciencia individual o que la ha reducido tanto que ya solo habría campo en la narración para volver a la épica. Porque de la épica nació la novela para superarla precisamente por eso, porque alguien comenzó a cuestionar los modelos únicos de ser y más aún la novela moderna, que creara esa joya de la literatura universal que es el Lazarillo y que consiste precisamente en eso, en el cuestionamiento absoluto de una sociedad desde la conciencia de un individuo. Esto solo fue posible gracias también a un hecho perverso para los que quieren controlar la mente de los individuos: la lectura como placer solitario. Por eso los moralistas, los inquisidores y los censores no se cansaron de prevenir a la gente durante siglos de que leer a solas tenía consecuencias peligrosas y acusaron a la novela de inmoral y contraria a la sociedad, la persiguieron como género, prohibieron algunas de las mejores que se publicaron y censuraron párrafos completos de ellas. Digo esto por si todavía alguien duda de que la lectura es una de las herramientas que tenemos para defendernos como ciudadanos individuales frente a las tendencias del pensamiento único y que practicarla nos enriquece y nos prepara mejor para combatir las ganas que tienen algunos de que no pensemos en exceso por nuestra cuenta. Ser lector, por lo tanto, no es solo un pasatiempo sino un deber moral del individuo consciente.