viernes 3 de febrero de 2012
Callejón sin salida
Todo callejón sin salida tiene, al menos, una: la más evidente. Por eso mismo no solemos encontrarla.
jueves 2 de febrero de 2012
Bradomín desvelado y noticias de nuestras lecturas.
A estas alturas de las Sonatas, la personalidad del Marqués de Bradomín ya ha sido desvelada incluso para aquellos que aun conservaran por el protagonista cierta estima por la melancolía otoñal del primer relato. Gracias al orden de lectura que hacemos, el mismo en el que fueron publicadas, podemos aventurar que Valle quiso acentuar los aspectos negativos del personaje precisamente para violentar al lector: no es, sin duda, una lectura amable. Más hace un siglo. La mayor parte de los lectores no están acostumbrados a que el narrador y protagonista sea un malvado: hay, además, una voluntaria desarmonía con el lenguaje, tan lírico y musical. Esa voluntad de estilo sirve para resaltar la contradicción y provocar en el lector esa buscada sensación de incomodidad puesto que se halla apreciando algo que le horroriza. Si en la primera novela publicada aun no se manifiesta del todo y en la segunda solo lo adivinamos al final, cuando la Nina Chole queda a merced del Marqués, en esta tercera novela el lector ya no puede negarse la realidad: el Marqués es tremendamente cruel. Su acoso a María del Rosario provoca -indirectamente, eso es cierto-, la muerte de la hermana menor. No le salva ni siquiera que los otros personajes también tengan muchos puntos oscuros -Concha ocultaba hipócritamente su relación con Bradomín, la Niña Chole era una mezcla entre lo primitivo y lo refinado y se mostró despiadada en el barco, María del Rosario era un volcán que acallaba sus instintos-, puesto que estas mujeres, al fin y al cabo, eran víctimas de su situación: Concha había sido educada en un ambiente de hipocresía, la Niña Chole pertenecía a su padre y marido, María del Rosario era una pieza en el tablero de intereses de su madre. Bradomín no es víctima más que de sí mismo y sus impulsos. Y, por si fuera poco, huye al final de esta Sonata de primavera de forma más cobarde a como lo hiciera en la de otoño. Qué pocos autores pueden sostener esto sin la trabajada técnica del estilo de Valle.
Comenzamos, la próxima semana, con Sonata de invierno.
Comenzamos, la próxima semana, con Sonata de invierno.
Noticias de las Sonatas
Gelu comienza su selección de frases de Sonata de primavera por aquellas que caracterizan a los personajes que en ella van apareciendo. Una buena forma de aproximarse al texto, sin duda.
Paco Cuesta realiza un análisis profundo de las forma en la que Valle desvela los rincones más íntimos de los personajes en su magnífica entrada.
Luz del Olmo (Ele Bergón) publica un exacto comentario de Sonata de primavera: juego de seducción entre dos muertes...
Mª Ángeles Merino comenta e ilustra adecuadamente el final de Sonata de primavera y termina con la exacta pregunta que todos nos hacemos.
Pancho comenta -y desvela- el momento justo en el que el relato de Sonata de primavera se gira, desde la aparencia de armonía a los oscuros reinos de lo diabólico.
Paco Cuesta realiza un análisis profundo de las forma en la que Valle desvela los rincones más íntimos de los personajes en su magnífica entrada.
Luz del Olmo (Ele Bergón) publica un exacto comentario de Sonata de primavera: juego de seducción entre dos muertes...
Mª Ángeles Merino comenta e ilustra adecuadamente el final de Sonata de primavera y termina con la exacta pregunta que todos nos hacemos.
Pancho comenta -y desvela- el momento justo en el que el relato de Sonata de primavera se gira, desde la aparencia de armonía a los oscuros reinos de lo diabólico.
miércoles 1 de febrero de 2012
De la ley Calomarde a la ley Pidal y la (mala) suerte de la educación española
Estos días me encuentro estudiando algunas reformas del sistema universitario español del siglo XIX. En concreto, la Ley Calomarde (Plan literario de estudios y arreglo general de las Universidades del Reino, aprobada por Real Orden de 14 de octubre de 1824) que, aunque sufrió algunas reformas en 1836 y 1843, no vendría a ser sustituida hasta la Ley Pidal (Plan General de Estudios de 17 de septiembre de 1845). La Ley Calomarde tiene la peculiaridad de que regula el sistema universitario español cuando los jóvenes románticos se forman en él y viene a explicar tanto algunas cuestiones relativas a su formación y conocimientos generacionales como su planteamiento vital por reacción. Hay que explicar que la Ley Calomarde se debe al último período absolutista de Fernando VII conocido como la Década ominosa y que, por lo tanto, contiene mucho de esa ideología pero tuvo un curioso efecto benéfico inicial: regular de una forma más ajustada al siglo XIX la Universidad española que venía de unos tiempos de severa decadencia. De hecho, con ligeras reformas, los liberales la mantuvieron hasta 1845.
En ámbitos no universitarios, la primera ley española que afrontó la regulación general de los estudios fue la Ley Moyano (1857), que se mantuvo, con modificaciones más o menos parciales, hasta la Ley de Villar Palasí (1970), más de 100 años. La estabilidad del sistema fue reforzada por la fecunda legislación que sobre esta materia se elaboró en la II República española.
La estabilidad de un sistema de educación y su consenso general ha provocado siempre beneficios para un país. El acuerdo entre los diferentes partidos políticos provoca inevitablemente que la educación sea vista como la fortaleza de un país y no como un problema estructural. Evidentemente, el sistema debe cambiarse cada cierto tiempo para adaptarlo a las nuevas realidades y demandas sociales, pero estas modificaciones no pueden ser abruptas, sin implicación de cada una de las partes implicadas en la educación y, sobre todo, sin una apuesta económica. Invertir en educación, como se sabe, es invertir en futuro. La mayoría de los cambios en la educación española -en todos sus niveles- se ha producido sin la suficiente formación del profesorado y el estímulo que debe favorecerse. Esto no puede hacerse de otra forma más que compensando con tiempo y dinero el esfuerzo, premiando los resultados y, por supuesto, con severos controles que corrijan los puntos débiles.
En los últimos tiempos, el profesorado español ha sufrido un constante cambio de legislación y de metodologías que afecta a la estructura misma de su profesión. No se le ha formado, no se le ha compensado, no se le ha apoyado. Todo lo contrario: se le ha congelado el sueldo cuando no se le ha bajado, se ha creado interesadamente una mala imagen social del profesor llamándolo vago e incumplidor, se le ha reducido su imagen ante la sociedad.
Desde la restauración de la democracia en España, cada legislación ha supuesto un cambio general del sistema educativo: los partidos políticos han sido incapaces de ponerse de acuerdo para establecer unas líneas generales de consenso.
Sucede ahora otro cambio más. Otro error más en el que no hay -ni se busca- consenso previo y toda la polémica se centra en aspectos ideológicos y no estructurales.
Pobre país este.
martes 31 de enero de 2012
Toda una vida
Hay música que se lleva tan dentro que, apenas intuida, nos empuja a tomar de la cintura a nuestra pareja y bailar sin tiempo, con el rostro junto a su rostro y sin palabras.
lunes 30 de enero de 2012
Tercer aniversario del Manifiesto por la Solidaridad
El viernes 30 de enero de 2009, después de varias semanas de preparación, debates y redacción colectiva, fuimos muchos los que nos sumamos a la publicación del Manifiesto por la Solidaridad, un texto que, por desgracia, sigue vigente. Incluso ahora, en medio de una crisis económica tan intensa. Por eso mismo, no podemos olvidar aquella iniciativa y debemos guardar la esperanza de que en un futuro próximo surta efecto nuestra reivindicación.
domingo 29 de enero de 2012
Cruces
Fin de semana en el que los amigos te salvan de una semana perra y retorcida. Se me había enredado entre los pies y casi me derriba.
viernes 27 de enero de 2012
jueves 26 de enero de 2012
La seducción y la palabra y noticias de nuestras lecturas.
El Marqués de Bradomín, además de su arrogancia física y el prestigio y atractivo que le da su posición aristocrática, no duda en usar la palabra como seducción. Esto es normal en el personaje literario del seductor y una de las claves que definen la esencia, por ejemplo, del Don Juan de Zorrilla. Sin embargo, el estilo de sus palabras es muy diferente al de Zorrilla: en este, la palabra era un torrente que atrapaba a la mujer a la que se dirigía en una red de la que difícilmente podía salir. El Marqués de Bradomín usa la palabra de forma diferente -no podía ser de otra manera, dado el estilo impresionista en el que están escritas las Sonatas- aunque con el mismo efecto. Es conciso y, en muchas ocasiones, demasiado directo y brutal, como si no tuviera tiempo. También hay que descontar la diferencia de género: el teatro romántico es, sobre todo, palabra; en la novela se puede -tal y como hace Valle- omitir palabras dichas para dejar solo las necesarias, pero esta selección es significativa siempre. Aunque en todas las novelitas de las Sonatas sucede lo mismo, será en la Sonata de primavera en donde veamos este proceder de forma más clara por comparación, incluso, con la obra de Zorrilla. Hay un momento, en el drama, en el que Don Juan ha derramado sobre Doña Inés, para seducirla -en un proceso en el que, curiosamente, acabará seducido y enamorado el mismo protagonista-, tantas palabras que la novicia no puede más que exclamar:
Callad, por Dios, ¡oh don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad, por compasión,
que oyéndoos me parece
que mi cerebro enloquece
y se arde mi corazón.
(IV, 1)
En Sonata de primavera hay una escena similar. María Rosario, que tiene dentro de sí un mundo mucho más convulso que el doña Inés, le pide lo mismo al Marqués:
- ¡Callad...! ¡Callad, os lo suplico...!
Noticias de las Sonatas
Luz del Olmo se inspira en una frase de Sonata de primavera sobre la tristeza para componer un bellísimo poema.
Myriam demuestra cómo, a través del lenguaje, Valle resalta todo el mar oculto de lo que ocurre en verdad en el Palacio de la Sonata de primavera bajo una superficie de aparente y hermosa armonía...
Myriam demuestra cómo, a través del lenguaje, Valle resalta todo el mar oculto de lo que ocurre en verdad en el Palacio de la Sonata de primavera bajo una superficie de aparente y hermosa armonía...
Mª Ángeles Merino comenta el inicio de la Sonata de primavera a partir de la dualidad Eros-Tánatos y el juego que establece Valle entre estos dos elementos.
Pancho hace un magistral trabajo de resumen e ilustración de la Sonata de primavera y llega a un final que nos cuestiona, con las lágrimas de Bradomín, qué verdadero recuerdo del amor de María Rosario le acompañaba al final de su vida...
miércoles 25 de enero de 2012
Reflexiones sobre la cultura en la época de Internet. El autor y sus derechos (2)
Uno de los derechos del autor es a la conservación de la integridad de su obra a no ser que manifieste lo contrario. No se debe confundir este derecho con una de las cualidades de los productos culturales: toda obra inspira otra y cuanto mayor sea su influencia en la cultura posterior mayor suele ser su consideración. Como sabemos, dentro de una obra está toda la cultura anterior. Cuando no se respeta la integridad de una obra se la altera de tal manera que deberíamos ser conscientes de encontrarnos frente a una obra diferente que no puede atribuirse al autor original. Esto puede parecer poca cosa a muchos, pero es así como se ha adulterado ideológicamente gran parte de la cultura para hacerla conveniente. Si yo suprimo los pasajes inconvenientes del Quijote no leo a Cervantes sino a quien perpretra el cepillado del texto: sea para aproximarlo a los niños o para censurar pasajes contrarios a los gobernantes del momento. De hecho, una de las adulteraciones más frecuentes sucede cuando vamos a la representación de una obra del teatro clásico y vemos en letras grandes el nombre del autor y en pequeñas el del adaptador, cuando debería suceder a la inversa. Y esto -la adulteración del Quijote o de la representación de un texto clásico- es posible, entre otras cosas, porque a casi nadie le importa y a la mayoría les parece poca cosa. En el fondo, los que piensan estos se entregan a quienes les coartan la libertad.
El reconocimiento del derecho de autor avala la integridad de una obra de tal manera que enlaza con el derecho de quien la recibe a tener la seguridad de que esa obra no ha sido adulterada y está completa. A nadie le gustaría comprobar que su edición de una novela de un autor de moda -y más con los precios que tienen en el mundo hispano tanto en papel como en libro electrónico- no corresponde al original porque un editor pirata lo haya adulterado. En la cultura que no respeta el derecho de autor no existe esta seguridad. En la cultura del gratis total tampoco es posible.
Uno de los grandes problemas de Internet ha sido la dificultad para comprobar la certeza de los textos de los productos culturales que en ella circulan: tanto en la autoría como en la integridad. De hecho, Internet ha funcionado -y lo sigue haciendo-, aunque de forma masiva, como las viejas copias manuscritas de los textos o las impresiones fraudulentas. Con dos peculiaridades: en primer lugar, la cantidad; en segundo lugar, la ingenuidad del lector ante la letra impresa. Cuando apareció Internet, todos teníamos la conciencia de que las copias manuscritas podían alterar fácilmente el producto y que no eran fiables, pero muy pocos guardaban esta precaución ante lo impreso en un papel. Esta falta de vigilancia pasó directamente a lo que circulaba en Internet: desde bulos o rumores hasta versiones de textos clásicos o los últimos poemas de un autor. Quien copia un texto en Internet ejerce de editor y, por lo tanto, se hace responsable de él, pero esto es algo de lo que no es consciente la mayoría de las personas que leen ese texto.
Es cierto que, en esta cuestión, se ha avanzado enormemente en los últimos años: el paso de la edición de una obra mediante su copia con un procesador de texto a la digitalización de la imagen es un avance extraordinario; la jerarquización de los sitios de internet para que se pueda distinguir entre los fiables de los que no lo son, otro; la posibilidad de cotejar unos con otros, una garantía. Pero todo esto exige un esfuerzo y, por lo tanto, dinero: no es gratis. Y una conciencia crítica por parte del receptor que aunque avanza, está muy lejos de ser general.
No sucede solo en la literatura: la adulteración de los productos audiovisuales es también frecuente en Internet. En especial a partir de la pobre calidad de la copia, lo que afecta también a los derechos del autor y del consumidor. Volvemos al mismo concepto: para que sea posible una copia de calidad debe defenderse el derecho de autor y eso no es posible en culturas en las que no se respeta ni en las que exigen el gratis total.
martes 24 de enero de 2012
Reflexiones sobre la cultura en la época de Internet. El autor y sus derechos (1)
Hay personas que piensan que el autor de un producto cultural y, por extensión, intelectual, no debe reclamar sus derechos sobre la obra creada sino cederla, graciosamente, al mundo. Curiosamente, no opinan lo mismo sobre el trabajo de un ingeniero o de un oficinista o el suyo propio. Así, si alguien inventa una máquina empaquetadora puede vivir de la patente de su producto, pero si alguien escribe una novela, no. Quiero pensar que no todos pensamos así y que la mayoría aceptamos que el autor de un producto cultural tiene el mismo derecho que el inventor de la máquina empaquetadora. Es decir, el derecho a cobrar por su obra o, si ese es su deseo, cederla gratis.
Hay personas que confunden este derecho del autor con la industria cultural y culpan al autor de que la obra sea excesivamente cara o no se pueda acceder a ella por las razones que sean. Este es un problema del que hablaremos otro día.
Por otra parte, muchos sostienen que la cultura debe ser gratis en todos los pasos del proceso -desde la producción hasta su consumo-, como un derecho democrático. No reclaman lo mismo para las cervezas o el jamón serrano o no lo reclaman de la misma manera, excepto aquellos que se marchan sin pagar del local en el que han consumido estos productos. Curiosamente, los propietarios cuentan con un tanto por ciento de clientes que no pagarán y cargan un porcentaje de sus consumiciones en la cerveza y el jamón serrano de aquellos que sí pagan. Muchos critican a los autores que reclaman subvenciones cuando la mayor subvención del mundo es no pagar por aquello que tiene un precio y que repercutirá en otros que terminan subvencionando al gorrón o en los presupuestos de la concejalía de cultura pagando la fiesta entre todos, incluidos los que no participan en ella. Es decir, como en la frase bíbilica, ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Pero esto es una parte del problema que también veremos otro día.
El autor tiene derechos sobre su obra: a que se respete su integridad o a cobrar por ella o no hacerlo si ese es su deseo, por ejemplo. En contra de los que piensan que esto es un privilegio, la historia nos enseña otra cosa: es uno de los primeros derechos democráticos que se establecen en el aspecto cultural con la implantación de las democracias liberales del XIX. No solo es un beneficio para el autor, sino también para el receptor. Con el establecimiento de los derechos de autor se dio un salto cualitativo. En primer lugar, los autores -escritores, pintores, músicos, etc.- rompían su dependencia del mecenazgo, es decir, su dependendencia de la Iglesia, del Estado o de las clases acomodadas. En segundo lugar, podían pensar en producir textos para un amplio sector de la población y vivir de este producto porque con la extensión de la industria cultural el público se fue ampliando y diversificando. Sin esta industria cultural la mayoría de la población jamás hubiera podido leer una novela de los mejores autores del siglo XIX o ver las obras de Velázquez en el Prado o sus reproducciones en revistas o libros, por ejemplo. Precisamente, la democratización en el acceso a la cultura -entiéndase que no hablo ahora de la cultura oral tradicional- se debió, entre otros factores, al establecimiento de los derechos de autor.
Pero no fue este el único beneficio. Sin los derechos de autor nada avalaba la integridad de una obra. Muchos pensarán que en los corrales de comedias barrocas se veían las obras de teatro de Lope: les sorprendería saber que lo que se escenificaba eran textos en los que buena parte no correspondía a Lope sino a muchas otras manos que habían intervenido en el proceso y que el mismo Lope de Vega hubo de reescribir muchos de sus textos para darlos a la imprenta de forma digna tras haber pasado por los escenarios. Uno de los grandes problemas que ha tenido la filología moderna es el establecimiento de los textos fiables de las obras tal y como salieron de la mano de sus autores. La corrupción de estos textos se debía especialmente a la falta de derechos de autor y a la consideración de la obra cultural como un bien mostrenco del que todos podían disponer a su antojo. Es la misma razón por la que cualquiera podía intervenir en una fachada con un alto valor artístico de la manera que le viniera en gana. Es decir, aquellos que amparándose hoy en la democratización de la cultura propugnan la erradicación de los derechos de autor -directamente o por las consecuencias que implica no respetarlo, que lo mismo da una cosa que la otra- dan un salto atrás en el tiempo y desean, sin saberlo, volver a uno en el que los productos culturales no eran fiables, dependían exclusivamente de las clases dirigentes y sus intenciones ideológicas y eran producidos por autores que tenían la consideración de súbditos y no de ciudadanos con derechos. Curiosamente, uno de los efectos que se puede producir al no respetar los derechos de autor con una falsa idea de lo democrático o de la aplicación hasta el absurdo del gratis total, es el regreso a tiempos en los que la cultura era un privilegio y no un derecho.
Esto no quiere decir que la gestión de esos derechos de autor no sea mejorable en el estado actual del desarrollo de las herramientas tecnológicas digitales e Internet, pero de esta cuestión hablaremos otro día, que esta entrada ya va siendo larga.
lunes 23 de enero de 2012
Abrazo
Uno se da cuenta de los riesgos que se corren al atracar para el casco de un barco cuando ve las rozaduras. Me miré la piel y vi las cicatrices, pero no sé cómo se puede abrazar de verdad sin rozarse.
domingo 22 de enero de 2012
Megaupload y tierras movedizas
No envidio a los que tienen tan clara su opinión en relación a la cuestión de Megaupload que tanto ha conmocionado el mundo de Internet estos días.
He sostenido en este blog muchas veces el derecho de los autores a vivir, si así lo quieren, de su producto intelectual y a esperar que las leyes amparen y protejan este derecho y considero esta parte del asunto como algo absolutamente innegociable como también es innegociable que aquellos que quieran regalar su producto puedan hacerlo; he temido las consecuencias culturales que puede tener el hecho de que los autores no puedan vivir de lo que hacen y de la falta de respeto a la obra cultural; he analizado la complejidad que todo el fenómeno de Internet ha introducido en estas cuestiones y cómo aun no podemos avanzar un resultado del nuevo panorama que surgirá, inevitablemente, de la red en muy poco tiempo; también he sostenido que la industria que mueve estos derechos de autor los ha esclavizado por una parte y por la otra los trata como los distribuidores a los productores de patatas o leche, es decir, les paga una miseria y se quedan con la parte sustancial de los beneficios -o se quedaban, antes de que Internet afectara tan drásticamente a la cuenta de resultados-; también he dicho que la mayor parte del problema de la piratería en Internet se debe a la falta de visión y a la estupidez de las grandes compañías poseedoras de estos productos intelectuales que ven en Internet, de forma ciega, un enemigo cuando deberían ser las primeras en explotar sus posibilidades facilitando el acceso a esos productos que con tanto celo guardan puesto que si ellos no lo hacen otros lo harán, lucrándose de aquello que han producido los autores sin pagarles ni siquiera la miseria que les abonan editores y distribuidores legales; he aludido a la ingenuidad de los receptores del todo gratis de Internet, que piensan que no pagan lo que sí pagan a otros -es decir, las compañías que les facilitan el acceso a la red- que se benefician económicamente con las descargas ilegales y a las que benefician en contra de a los autores de los productos (es decir, cuando me descargo sin pagar un producto no gratuito enriquezco a mi compañía de Internet y perjudico al autor); también me parece criticable la falta de mala conciencia de quien hace esto al final del recorrido, que piensa que sus acciones no perjudican a nadie y no le importa que el suministrador de acceso a Internet y los dueños de la página desde la que se descarga el producto se lucren de una propiedad que no les pertenece.
Los dueños de Megaupload no despiertan mi solidaridad, desde luego. Es más, ni siquiera como piratas informáticos, porque lo que se ha sabido de ellos me hace dudar de su honestidad e incluso de que tuvieran más código que el enriquecimiento a toda costa. Pero tampoco aquellos legisladores que aprovechan las presiones de la industria para legislar por encima de lo que debería ser una correcta defensa de la propiedad intelectual y pretenden controlar una red que debe ser un tejido por el que circulen de forma libre las ideas.
Por eso, digo, no envidio a los que tienen clara su posición en este asunto, sea cual sea.
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