
Ramón Gómez de la Serna es uno de esos autores que se han ido sin irse, que ya no están presentes en las lecturas habituales, de los que nadie compra en las librerías y de los que los jóvenes apenas conocen más que su nombre e ignoran la extensión y diversidad de su producción. A pesar de eso y de que aun hay cierto pudor a confesar que a uno le gusta
su obra y la aprecia, Ramón ha ejercido una gran influencia en la literatura en español.
¿Estamos en condiciones de recuperar a Ramón? Recuperar es palabra que, en este caso, sobra. Sus textos están disponibles en papel, en ediciones críticas y populares, en Internet. No hace falta recuperar a Ramón sobre todo porque hay un tipo de autores que han entrado a saco en él desde siempre y en él se han inspirado, aunque no lo digan: Ramón es actual sobre todo en la obra de muchos que, sabiéndolo o no, lo imitan.
Francisco Umbral, por ejemplo, lo reconocía, pero no otros, que prefieren adjudicar a autores ingleses o franceses lo que ven en Gómez de la Serna. Es un mal muy español éste, sobre todo si no nos quitamos los anteojos de mirar a los autores por su leyenda.
¿Podemos echar en cara a Ramón que no comprometiera su obra? Si lo hacemos (y tendríamos que matizar algunas cosas al respecto), que cada uno es libre de preferir un tipo de literatura u otra, que sea sin privarnos de la profundidad rebelde de su trabajo sobre la lengua poética.
El caso es que hoy, en clase, tocaba Ramón. Y les he avisado a mis alumnos de que quizá una sola greguería, su máxima creación pero no la única, podría explicar la esencia de la vanguardia como arte puro y deshumanizado: abstracción, juego, depuración, humor y metáfora.
Y luego me he detenido en varias, porque las hay de diferentes tipos. Algunas no pasan del chiste -Ramón hoy sería un humorista brillante en el monólogo- (Aquel tipo tenía un tic, pero le faltaba un tac: por eso no era reloj); otras son esencia lírica y nos dan, en una línea, más poesía que en libros completos de otros autores (El beso es hambre de inmortalidad) o condensación inteligente de una reflexión poética (Los haikai son telegramas poéticos); las hay que juegan con la fonética (Roncar es tomar ruidosamente sopa de sueño), con la etimología falsa y soñada de la palabra, descoyuntada y trasformada en otra cosa (Tragaldabas: parece un tragón de aldabones); en ocasiones, el guiño se establece con la forma de una letra (La B es el ama de cría del alfabeto) o proviene de la sinestesia (Las flores que no huelen son flores mudas) o la imagen plástica, porque también sería un bloguero excelente (La morcilla es un chorizo lúgubre).
Pero quizá sea bueno recordar, ahora que tan de moda están los
microrrelatos, que la reinvención del género (que no su invención, que viene de mucho antes) se encuentra en varios autores contemporáneos y, en especial, en dos:
Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna, pero que éste superó, con creces, al primero e influyó decisivamente en la formulación definitiva en el ámbito hispánico de la modalidad en
Bioy Casares y
Borges. Veamos dos, que podrían figurar en las mejores antologías:
Me comenzó a coser botones grandes para ojales chicos. Tuve que echarla.
--
Se miraron de ventanilla a ventanilla en dos trenes que iban en dirección contraria, pero la fuerza del amor es tanta que de pronto los dos trenes comenzaron a correr en el mismo sentido.
De vez en cuando es bueno recordar que no hemos inventado la pólvora.