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miércoles, 16 de enero de 2013

El orador o la mano o Ramón Gómez de la Serna en la Filmoteca Nacional

Desde el mes de diciembre pasado se puede acceder a través del portal de la Filmoteca Nacional  en la página de RTVE a parte de los archivos de esa institución. La noticia llega con una década de retraso, que es cuando debería haberse comenzado a facilitar en abierto los contenidos de la Filmoteca Nacional, institución que, sin duda, ha conocido tiempos mejores y no solo en la financiación sino, fundamentalmente, en conseguir aquellos fines para los que fue creada. Esta es una de esas cosas que lastran la divulgación del patrimonio cultural español. A estas alturas esto no debería ser noticia, sino hábito, pero como por algo se empieza, démoslo por bueno si en poco tiempo se llega donde se debería haber llegado hace años.

Entre lo que se ha puesto ya en abierto, se encuentra un video protagonizado por Ramón Gómez de la Serna que invito a ver. Ramón, el más genuino, original y constante vanguardista español, maestro del idioma y del humor, de la metáfora hecha bisutería de alto valor, fue muchas cosas. Entre ellas, un constante e inquieto experimentador de las nuevas tecnologías de su tiempo. Colaboraba y llevaba su propia progamación para Unión Radio desde su despacho cuando la radio aun estaba por saber qué quería ser. Y, de la misma manera, descubrió en el cinematógrafo una forma de comunicación eficaz. Tanto, que un cortometraje que se conserva con el título de El orador o la mano, rodado en 1928 en el Parque del Retiro de Madrid bajo la dirección de Feliciano M. Vítores, es el primer documento fílmico de un monólogo de humor, género tan de moda ahora. Puede verse en este enlace.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Medios seres




Ramón Gómez de la Serna quiso vernos como medios seres: complejos, complementarios, contradictorios, una dualidad del ser que lleva dentro más de lo que es en la piel y que nunca está completo del todo a no ser que se asuma, cuando es posible.

Quizá, la mejor forma de nuestro medio ser sea esta otra: no ser y ser. Y quién sabe cuándo somos más ciertos.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Acuse de recibo: El circo como inspiración


Hernando me remitió el catálogo Picasso y el circo (Barcelona, Museu Picasso, 2006), correspondiente a la exposición celebrada en el Museo Picasso desde el 15 de noviembre de 2006 hasta el 18 de febrero de 2007 y, con posterioridad, en la Fondation Pierre Gianadda. Aunque otros compromisos me han hecho posponer la reseña, la traigo ahora no tanto por la actualidad de la misma como por la reflexión que merece y el recuerdo que me suscita ante este mes de septiembre que, para mí, ha estado siempre relacionado con las ferias, las barracas y el circo.

El circo, como muchas otras formas de diversión pública urbana, nació a finales del siglo XVIII pero no se constituyó en algo que nos pueda parecer reconocible hoy hasta mediados del siglo XIX. Esto no quiere decir que no existieran espectáculos que hoy consideramos circenses antes que el circo: acróbatas, juglares, mimos, etc., aparecieron en todas las culturas y en todas las épocas.

Durante mucho tiempo, el circo no fue más que una diversión que consistía en ejercicios ecuestres y pantomimas, algunas de gran espectáculo. Otras atracciones que hoy relacionamos con el circo ocupaban calles, barracas, cafés o locales teatrales. Hacia mediados del siglo XIX aparecieron los espectáculos circenses tal y como los reconoceríamos hoy, en los que se sumaron muchos elementos, prioritariamente con animales exóticos. Pero también los ejercicios acrobáticos, gimnásticos y cómicos (el payaso era fundamentalmente un acróbata especializado en pantomimas y tardó en desarrollar números hablados).

Las demandas de comodidad y diversión de la sociedad decimonónica facilitaron la construcción de locales de madera y lona -el circo ambulante de carpa que tanto recordamos de nuestra infancia pertenece al siglo XX- y la progresiva diversificación y complejidad del espectáculo. Hacia finales del siglo XIX el circo atravesaba una primera edad dorada y no había ciudad grande que no tuviera uno o más locales, estables o de verano. Si en Madrid era famoso el Price, en la Barcelona en la que vivió el adolescente Picasso se encontraba el Tívoli (una de cuyas artistas fue su primera amante). Ambos recogían las experiencias de otras empresas que con mejor o peor fortuna habían funcionado a lo largo del siglo.

Desde pronto, el circo atrajo a escritores y artistas y esta atracción se tradujo en cientos de obras hasta nuestro tiempo. Picasso, en esto, no hizo más que recoger una tradición que tenía casi un siglo y llevarla hacia su estética. Frecuentó el Tívoli en Barcelona pero sobre todo el Medrano en París. Sin embargo, Picasso no se limitó a recoger la tradición en la representación del circo en la pintura, sino que la superó: a través de la introducción de los temas que le obsesionaban consiguió ir más allá de la representación romántica de la figura de los saltimbanquis o del atractivo juego con el movimiento elegante de trapecitas y domadoras. De hecho, Picasso, como maestro de vanguardia, arrancó la anécdota en su tratamiento de la temática circense y, en especial, todo lo que llevara hacia la sentimentalidad romántica.

No fue tanto su conocimiento directo del circo lo que llevó a la obra, como su simbolismo y el juego que le permitía establecer tanto con su propia obra como con la de otros artistas a los que admiraban. En efecto, en las obras en las que Picasso reflejó esta temática no se busca la realiad vista sino que se descubre una honda reflexión sobre el movimiento y la materia o la geometría, es decir, sobre la misma condición de la pintura. También una constante preocupación por el autorretrato en un simbolismo en el que el pintor puede ser un Arlequín, pero también un simio que acompaña a los saltimbanquis.

El mundo del circo -los saltimbanquis, la amazona, los personajes arlequinados- fue una constante de la pintura de Picasso, como en la de muchos de los autores de vanguardia de las primeras décadas del siglo XX, pero en pocos se llevó tan lejos la reflexión como en el malagueño.

En el circo hallaron en la vanguardia elementos con los que renovar el arte decimonónico a partir de un simbolismo de lo físico y del mecanicismo de los movimientos. En él bebieron, por ejemplo, todos los directores de escena renovadores del teatro (desde Artaud). En España, Ramón Gómez de la Serna, fue un admirador de los espectáculos circenses, tema al que dedicó una magnífica conferencia.

Desde hace unas décadas, el circo parece que ha dejado de ser un tema que apasione a escritores y pintores. Ni siquiera al cine le resulta atractivo ya. Por otra parte, el circo está en un proceso de trasformación muy interesante, pero no sé si resistirá a los nuevos tiempos. Desde luego, el circo que conocimos de niños, no.

lunes, 16 de febrero de 2009

Ramón y el microrrelato, con disolución de vanguardia


Ramón Gómez de la Serna es uno de esos autores que se han ido sin irse, que ya no están presentes en las lecturas habituales, de los que nadie compra en las librerías y de los que los jóvenes apenas conocen más que su nombre e ignoran la extensión y diversidad de su producción. A pesar de eso y de que aun hay cierto pudor a confesar que a uno le gusta su obra y la aprecia, Ramón ha ejercido una gran influencia en la literatura en español.

¿Estamos en condiciones de recuperar a Ramón? Recuperar es palabra que, en este caso, sobra. Sus textos están disponibles en papel, en ediciones críticas y populares, en Internet. No hace falta recuperar a Ramón sobre todo porque hay un tipo de autores que han entrado a saco en él desde siempre y en él se han inspirado, aunque no lo digan: Ramón es actual sobre todo en la obra de muchos que, sabiéndolo o no, lo imitan. Francisco Umbral, por ejemplo, lo reconocía, pero no otros, que prefieren adjudicar a autores ingleses o franceses lo que ven en Gómez de la Serna. Es un mal muy español éste, sobre todo si no nos quitamos los anteojos de mirar a los autores por su leyenda.

¿Podemos echar en cara a Ramón que no comprometiera su obra? Si lo hacemos (y tendríamos que matizar algunas cosas al respecto), que cada uno es libre de preferir un tipo de literatura u otra, que sea sin privarnos de la profundidad rebelde de su trabajo sobre la lengua poética.

El caso es que hoy, en clase, tocaba Ramón. Y les he avisado a mis alumnos de que quizá una sola greguería, su máxima creación pero no la única, podría explicar la esencia de la vanguardia como arte puro y deshumanizado: abstracción, juego, depuración, humor y metáfora.

Y luego me he detenido en varias, porque las hay de diferentes tipos. Algunas no pasan del chiste -Ramón hoy sería un humorista brillante en el monólogo- (Aquel tipo tenía un tic, pero le faltaba un tac: por eso no era reloj); otras son esencia lírica y nos dan, en una línea, más poesía que en libros completos de otros autores (El beso es hambre de inmortalidad) o condensación inteligente de una reflexión poética (Los haikai son telegramas poéticos); las hay que juegan con la fonética (Roncar es tomar ruidosamente sopa de sueño), con la etimología falsa y soñada de la palabra, descoyuntada y trasformada en otra cosa (Tragaldabas: parece un tragón de aldabones); en ocasiones, el guiño se establece con la forma de una letra (La B es el ama de cría del alfabeto) o proviene de la sinestesia (Las flores que no huelen son flores mudas) o la imagen plástica, porque también sería un bloguero excelente (La morcilla es un chorizo lúgubre).

Pero quizá sea bueno recordar, ahora que tan de moda están los microrrelatos, que la reinvención del género (que no su invención, que viene de mucho antes) se encuentra en varios autores contemporáneos y, en especial, en dos: Juan Ramón Jiménez y Gómez de la Serna, pero que éste superó, con creces, al primero e influyó decisivamente en la formulación definitiva en el ámbito hispánico de la modalidad en Bioy Casares y Borges. Veamos dos, que podrían figurar en las mejores antologías:


Me comenzó a coser botones grandes para ojales chicos. Tuve que echarla.

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Se miraron de ventanilla a ventanilla en dos trenes que iban en dirección contraria, pero la fuerza del amor es tanta que de pronto los dos trenes comenzaron a correr en el mismo sentido.


De vez en cuando es bueno recordar que no hemos inventado la pólvora.

miércoles, 30 de abril de 2008

La generosidad (Miguel Vivanco).

Todos los blogs de temática burgalesa que llevan unos meses de circulación han recibido la generosa aportación de Miguel Vivanco en sus comentarios. A mí, además, me ha querido hacer un regalo que, supongo, por mis compromisos de estos días, no he podido recibir en mano. Así que, en uno de los sobres plastificados y reciclables de correo interno de mi Universidad, me he encontrado ayer, martes, el folleto de la exposición colectiva Paisajes Políglotas, que estos días se organiza en el burgalés Consulado del Mar y en la que participa. Como ya se ha informado de esta exposición en Blogochentaburgos y Burgostecarios, sólo me queda animar a todos los que pasen por esta ciudad hasta el 7 de mayo, que acudan a verla.

Yo tengo que agradecerle otro gesto generoso: en el mismo sobre encontraba una nota de su puño y letra en la que afirmaba: "El día del libro es cualquier día", en lo que tiene toda la razón. Y, para demostrarlo, la acompañaba de dos regalos que hablan de su agudeza: dos volúmenes cuya elección es soprendente y acertada. Se trata de Tertulia de Madrid, del mexicano Alfonso Reyes, en edición de la Espasa-Calpe Argentina (Buenos Aires, 1949). Y Lecturas españolas, de Azorín, en edición de Thomas Nelson and Sons (Edimburgo, s.a.).

Digo sorprendente porque ya no se leen, lamentablemente, estas obras. En la primera, Reyes colecciona trabajos suyos sobre Azorín, Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Galdós y Rubén Darío. Son artículos vividos, en los que se suma la experiencia personal con la finura en el análisis de la obra y estilo de estos autores. No es la filología que se hace ahora, pero quizá la que debamos hacer en el futuro.

En la segunda, que Azorín dedica a Larra, el escritor reúne artículos que reflexionan sobre el concepto de España (y de Castilla), el problema de España, como se decía, desde el siglo XVI hasta finales del XIX, porque estaba ya embarcado en la construcción de su concepto noventayochista de la historia cultural de su época. En este libro está el mejor Azorín. El final de su Epílogo en Castilla, fechado en Nebreda en marzo de 1912, le define (y nos define):

No saldrá España de su marasmo secular mientras no haya millares y millares de hombres ávidos de conocer y comprender.

Siento que el alicantino acertara.
Vivanco ha demostrado finura y olfato en el regalo. Me gustaría corresponderle. Vaya, desde aquí, hasta que pueda, mi abrazo.