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viernes, 8 de mayo de 2020

Un presente absoluto


Hoy he estado en Cuzco, en las Alpujarras y en Córdoba sin romper los preceptos sobre movilidad de las fases de apertura del confinamiento. 

He corregido el borrador de un trabajo fin de grado (TFG) de una alumna sobre el Inca Garcilaso de la Vega, uno de los personajes más interesantes de nuestra historia literaria y de la cultura hispánica en general. En realidad, ese fue el nombre que quiso darse para enlazar su ascendencia inca con la familia paterna, que enlazaba con una de las más importantes del reino de Castilla, porque él fue bautizado como Gómez Suárez de Figueroa. Nació en Cuzco en 1539, hijo natural de un capitán español caído en desgracia (Sebastián Garci Lasso de la Vega Vargas) y de una princesa inca (Isabel Chimpu Ocllo) y gran parte de su vida la dedicó a recuperar el buen nombre de su padre y conseguir así integrarse en la nueva sociedad que nacía tras el descubrimiento, conquista y colonización de América. Como mestizo, pero de clase alta por ambos lados, conoció lo mejor de una y otra cultura y quiso ponerlo de relieve en sus escritos, que abarcaron todos los terrenos de lo que se entendía entonces por literatura: la crónica con fuerte reivindicación personal y familiar (las crónicas de aquella época nunca pretendieron ser objetivas), la filología, la etnografía, etc. Militar y humanista -en él, como en tantos grandes nombres de su tiempo se unían las armas y las letras-, vivió en Perú y en la península ibérica, participó en el aplastamiento de la rebelión morisca de las Alpujarras y terminó dedicándose de foma casi exclusiva a la escritura, asentándose en Córdoba. Dejó abundante testimonio de sus intereses: una exitosa traducción de los Diálogos de amor de León Hebreo (1590); La Florida (1605), que da cuenta de la expedición de Hernando de Soto en aquel territorio; los Comentarios reales (1609), que contienen un relato de la historia y las costumbres del Perú basado en testimonios orales y personales, continuados por la Historia general del Perú (póstuma, 1617), que narra la conquista y colonización del imperio inca por los españoles, y algunos textos más, publicados mucho tiempo después de su fallecimiento, en los que ensalzaba su tronco familiar.

Por esas cosas de la vida, el Inca falleció casi al mismo tiempo que Cervantes (al que llegó a conocer en Montilla), aunque no se sabe con seguridad si el mismo día. Es tan apasionante su personalidad, que sirvió de referencia para la construcción del protagonista del drama romántico Don Álvaro o la fuerza del sino (1835) del Duque de Rivas. Aparte de lo cordobés que los unía, a Rivas le entusiasmó el carácter mestizo y complejo del Inca, su identidad conflictiva y su falta de asiento definitivo en los dos mundos a los que pertenecía. La forza del destino, versión operística de la obra, que hiciera Giuseppe Verdi a partir del libreto de Francesco Maria Piave, lanzó el personaje a la literatura universal.

Esta tarde he recibido el correo de Google Maps Timeline informándome sobre los lugares que he visitado en el mes de abril. Hay un presente espacio temporal absoluto en ese punto rojo del mapa centrado en esta casa de Béjar desde la que escribo ahora mismo. El algoritmo de Google y la geolocalización, ignoran que gracias a los libros he viajado por medio mundo, no sé si en el próximo resumen detectarán que hoy he estado en Cuzco, en las Alpujarras y en Córdoba.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un pingüino, Stefano Marcaccini y el Inca Garcilaso.


No todo iba a ser fácil: salí a buscar un pingüino con el calor que hace todavía por aquí y me costó encontrarlo. Cuando uno se echa a las calles sólo debe llevar los ojos abiertos y degustar lo que la vuelta de la esquina le depare.

Cada día tiene su afán, dice una amiga mía y bien dice. Por eso, después hay que dejarse guiar por las circunstancias. Cumplida la captura, mi amiga María me presentó, en un encuentro casual, a Stefano Marcaccini. Como buen científico (es un extraordinario químico italiano), es también un humanista.

Pronto la conversación derivó hacia una de sus últimas lecturas, la traducción italiana de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega. Me alegró la noticia: se ha traducido de nuevo al italiano un clásico español que ya apenas se lee en España. Comentamos las circunstancias que rodearon al Inca, la complejidad psicológica de un hombre que era un perfecto ejemplo de parte de la sociedad nacida tras el encuentro de los peninsulares con las poblaciones americanas. El Inca era hijo de un capitán español caído en desgracia y de una princesa inca: en su educación infantil recibió el cruce de ambas culturas, lo que se refleja en los Comentarios Reales. Y cuando llega a España su principal objetivo es rehacer el nombre de su padre y hacerse un hueco en la sociedad española.

Tuvo toda la grandeza de un mundo que se reinventaba y en el que cada uno debía buscar su propia historia, pero también todas sus contradicciones, como la participación en la represión de los moriscos de las Alpujarras. Como escritor fue extraordinario y merecería mejor fortuna editorial hoy. Eso sí, hay que advertir que en muchas de sus obras, incluidas los Comentarios Reales le conduce un afán reivindicativo de sí mismo y su familia, por lo que no hay que tomar como certezas todo lo que dice. Esta advertencia no es una crítica: en toda escritura con elementos autobiográficos pasa lo mismo.

Nunca sabe uno qué le depara un día. Salí a cazar un pingüino y conocí a un gran tipo con el que terminé hablando de un personaje extraordinario de la literatura española del siglo XVI tan atractivo que se encuentra debajo de la creación del carácter de Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas, obra maestra del romanticismo español. Debería salir más a buscar pingüinos. A ver si me vuelvo a encontrar con Stefano.