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sábado, 18 de abril de 2015

El mar lleno de peces


Con una amiga comentaba días pasados si es mayor el el número de personas malas que el de las buenas. Entiéndase que sé que todos llevamos la maldad y la bondad dentro de nosotros y que no siempre obramos de acuerdo con nuestros principios y que a veces una misma acción puede ser interpretada de manera diferente según la perspectiva del que la valore. Pero yo, al menos, cuando sé que he obrado mal o contra mi natural pido disculpas e intento reparar el daño o, si no puedo hacerlo por la razón que sea, me voy a la cama con sensación agridulce y le doy vueltas a la cabeza.

No sé si son más las personas malas que las buenas pero estas hacen menos ruido que aquellas. Últimamente detecto en España el aumento de comportamientos que nacen del lado malo que todos llevamos dentro y de una mediocridad moral que cada vez campa más a sus anchas. Puede ser producto de que ya no se educa en valores como antes se hacía en las casas de cada uno, que la presión social ha saltado todas las barreras y los modelos que ofrece son los de los que han triunfado corrompiéndose, que los medios de comunicación han trastornado las cosas, pero percibo que las personas con buen natural parecen condenadas a sufrir diariamente la ridiculización, el silencio y hasta el acoso. Quizá porque me estoy haciendo mayor me noto más sensible a comportamientos que no son razonables, actitudes violentas, gestos innobles y rasgos de una bajeza moral que califican a quien las realiza. O le calificaría si la sociedad en la que viviéramos fuera diferente. Pero percibo que no hay reacción suficiente contra estos comportamientos, como si las personas temieran la respuesta del malvado, como si a casi nadie le importara mejorar la sociedad mientras lo que ve no le afecte directamente. Un error de interpretación, por supuesto. En una sociedad líquida como la que vivimos, en la que no hay principios ni valores generales, en la que el esfuerzo honesto y el trabajo digno no se valoran, predomina el tiburón social y a su lado un montón de esbirros y perros de presa que no dudarían en vender su alma al diablo.

Siempre han existido estos comportamientos, pero antes eran condenados por las normas sociales y debía hacerse de forma oculta lo que ahora se muestra sin tapujos. Incluso es recompensado lo que antes se convertía en diana de la sátira. En un mundo como el actual se premia al delator, al que va con el chisme contra otro al jefe esperando que se le recompense, al que reúne las alianzas del poder para acosar laboralmente a un compañero difamándolo, al que inventa cosas sin fundamento alguno, al que manda sin admitir críticas como si no tuviera que escuchar a nadie. Estos días, en el Club de lectura hemos leído El héroe discreto de Vargas Llosa. Una novela de tono menor en la que está bien retratado cómo todos podemos ser víctimas de la difamación en cualquier momento, vernos expuestos sin culpa y solo por defender nuestros derechos a la mordacidad social y que nuestro prestigio se tire por el suelo. Las víctimas estarán siempre solas y deberán rehacerse como puedan. Muchas no lo lograrán nunca. Los responsables de los ataques parecen salir siempre indemnes y no tener conciencia alguna.

Se castiga al que da su opinión libremente, al que se atreve a salir del redil marcado por la autoridad. Incluso en la función pública al funcionario que se atreve a salirse del paso marcado se le aísla. Por eso se intenta desfuncionarizar la administración, los hospitales, las universidades: un contratado siempre será más dócil y estará dispuesto a cualquier cosa. Sospecha siempre de aquel político que emprenda una campaña contra los funcionarios. Un terreno abonado para los mediocres morales y para los serviles.

No os fiéis nunca de las palabras pronunciadas sino de los hechos, conozco unos cuantos individuos a los que les encaja la definición de ni una mala palabra ni una buena acción, gente que dice que ve las cosas desde la lejanía y sin comprometerse pero en realidad toma nota para denunciarte en cuanto puede aunque para ello deba forzar la interpretación de tus actos. No importa. Para él solo rige una especie de rencor contra el mundo y la finalidad de aparentar fidelidad al jefe con mero afán de medro. Jefe al que traicionará en cuanto le venga bien, por supuesto.

Aumenta por estas tierras también la grosería. Yo mismo he tenido que activar la moderación de comentarios en este blog porque sufro el ataque insultante de alguien que no es capaz de comprender que el mundo no gira según sus intereses y su forma de entender la realidad y las cosas que suceden, que debe vivir su vida y dejar que los demás vivan la suya. Algunas cadenas de televisión se han especializado en bazofias que se han convertido en los programas más vistos de las últimas temporadas. Programas que deberían escandalizar a cualquier persona mínimante razonable y que defienda una educación social, una instrucción cívica. Programas en los que un grupo de personas sin nada que aportar se ocupan de hablar de cualquier cosa y de cotillear en las vidas ajenas mientras se amenazan los unos a los otros con querellas judiciales a voz en grito. Este es el modelo de comportamiento mayormente demandado por los españoles a la hora de sentarse a la televisión.

Hay una teoría que dice que es posible pesar un alma. Para ello se pesa un cuerpo antes y después de la muerte. Hay unos gramos de diferencia. Los científicos saben explicar que esto no es verdad con datos suficientemente sólidos. Pero si existiera el alma y esta fuera posible de pesar, ¿pesarían igual las almas buenas que las malas? ¿El peso total de las malas superaría al de las buenas? No es hora de teologías. Quiero ser ingenuo y pensar que hay más gente buena que mala pero estos hacen más ruido. Que si echáramos la red al azar en el mundo como los pescadores hacían antes en la mar siempre sería mayor el número de personas buenas que el de las malas. O de personas que tienden a la bondad.

De hecho, estos días he navegado en busca de personas buenas y las he encontrado. He hallado, gracias a la feliz iniciativa de SBQ, en Béjar, un buen puñado de personas que son capaces de quitarse de lo poco que tienen para dar a los necesitados en campañas de recaudación para fines sociales. También me he sentado unas alegres horas con amigos del Bachillerato ante la llamada de una compañera que presentaba un libro de poemas casi sin darse importancia a pesar de lo hermoso de sus escritos. Hoy mismo nos hemos reunido un grupo de antiguos compañeros de la Universidad de Valladolid para homenajear el recuerdo de un amigo bueno, Antonio Candau, fallecido recientemente. Nos unía el recuerdo de unos tiempos en los que juntos amábamos la literatura y el compañerismo y todo ello se plasmó en una revista en los años ochenta, Almueza, y en muchos recuerdos que nos acompañan desde hace treinta años. He compartido con ellos casi todo el día. Y he percibido la bondad, esa tendencia a la bondad que nos lleva a hacer bien las cosas y a proyectar cosas que sirvan para acoger a otros e impulsarlos en sus vidas. Buena gente.

Hay más gente buena que gente mala aunque en algunos lugares esto no lo parezca por el cruce de intereses. No hace falta que haga ruido la buena gente. Está ahí. Lo único que debe hacer es dejar solos a los malos para que se aturdan entre ellos pero ir separándolos para dejarlos en evidencia.


martes, 17 de junio de 2014

Dónde estabas el día del fin del mundo, de Luis Ángel Lobato


Conocí a Luis Ángel Lobato (Medina de Rioseco, Valladolid, 1958) en los años ochenta en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, entonces en el edificio noble de esta Universidad. Él cursaba Filología Hispánica en una promoción anterior a la mía. Nos sirvió de enganche Ramiro F. Mayo. Durante un tiempo frecuentamos los mismos ambientes y con otros compañeros de estudios establecimos una tertulia literaria en algunos bares que hoy no pasarían una inspección sanitaria y llegamos a editar una revista literaria, Almueza. En aquel grupo también estaba Antonio Candau, recientemente fallecido en los Estados Unidos, en donde era profesor. Cuando terminamos la carrera perdimos el contacto físico aunque conservo alguna de las cartas que nos intercambiamos. Retomamos la amistad hace unos años, gracias a Diego Fernández Magdaleno, riosecano como él. Desde aquellos tiempos en los que lo conocí ha tenido clara su voz poética, que hace abstracción de lo vivido y que es a la vez -por eso mismo- íntimo y universal, una voz que trasforma en poesía casi de forma angustiosa el mundo, quizá para trazar un camino por el que atravesarlo, un mapa para comprenderlo o, al menos, tolerarlo. En 1992 publicó Galería de la fiebre, poemario al que siguieron Pabellones de invierno (1997), Regreso al tiempo (2003) y un extraordinario Lámparas (2010). En todos ellos el individuo se enfrenta a la soledad, a los efectos del desamor y a un mundo urbano en el que se muestra desorientado en busca de un hilo de sensaciones que lo hagan seguir adelante.

Publica ahora Dónde estabas el día del fin del mundo (Palencia, Cálamo, 2014), extraordinario título que me hubiera gustado poder robarle. Los veinticuatro poemas que componen el libro cuentan la historia del desamor que acompaña una biografía entera en medio de un paisaje invernal, un mundo devastado. No en vano una de las citas iniciales del volumen remite a La carretera de Cormac McCarthy, un libro cuya lectura le ha impactado al poeta tanto como para convertirse en una referencia implícita de un paisaje por el que se atraviesa tras una catástrofe que ha dejado al individuo en un tránsito continuo con pocos referentes a los que agarrarse salvo la memoria.

La primera mitad del poemario nace de experiencias vividas en un pasado al que se hace referencia explícita en lugares y años. Son retales de una vivencia que acompañan el presente de una manera que impacta al lector al dejarlo asistir a la objetivación presente de un recuerdo que ha atravesado el tiempo de forma dolorosa pero necesaria para la materia poética, de una memoria que viene a través del sueño para golpear al poeta en su presente: 

Anoche tuve el mismo sueño:
tú y yo nos besábamos
durante el nevado amanecer
del 6 de enero de 1984.

La forma de los poemas acompaña a los retazos traídos de forma tan convulsa al presente. En los versos reconocemos estructuras métricas pero combinadas de forma aparentemente anárquica para conseguir ese efecto de desasosiego que domina la mente del yo poético, como las referencias son a paisajes interiores, calles invernales y lugares en los que encontrar algo del calor necesario: 

Algo habita
en este bar cobrizo
con combustión de queroseno.

El recuerdo de lugares y fechas concretos se convierte en reflexión más interior en la segunda parte del poemario. Reflexión marcada también por la misma angustia que libera y estrangula y que permite caminar a pesar de la soledad y el recuerdo:

Pero a esta misma hora
te necesito. Contraigo
el síndrome
al borde de la carretera,
entre los ángulos inertes
de este crepúsculo fracturado.

Aún así el poeta se agarra a ese sentimiento amoroso porque es lo único que en verdad le conforma y le da razón de existencia, tal como se cierra en el último poema del libro con una serie de interrogaciones demoledoras:

¿Qué quedará de nosotros
cuando el amor se haya ido?
(...)
¿Qué será
de nuestra muerte cuando el amor
se haya ido?
¿Qué ensueños cultivaré
sobre los tejados azules
de la infancia?

Luis Ángel Lobato ha expresado en alta poesía ese sentimiento de desolación que se sufre cuando el desamor se ceba en nosotros y es el más fiel compañero de nuestra existencia.


Tomé la foto el pasado sábado día 14 de junio en la presentación del poemario 
en la librería A pie de página. De izquierda a derecha: 
Jesús Capa (que presentó el libro), Luis Ángel Lobato y Enrique Señorans (que sirvió de anfitrión).