Con una amiga comentaba días pasados si es mayor el el número de personas malas que el de las buenas. Entiéndase que sé que todos llevamos la maldad y la bondad dentro de nosotros y que no siempre obramos de acuerdo con nuestros principios y que a veces una misma acción puede ser interpretada de manera diferente según la perspectiva del que la valore. Pero yo, al menos, cuando sé que he obrado mal o contra mi natural pido disculpas e intento reparar el daño o, si no puedo hacerlo por la razón que sea, me voy a la cama con sensación agridulce y le doy vueltas a la cabeza.
No sé si son más las personas malas que las buenas pero estas hacen menos ruido que aquellas. Últimamente detecto en España el aumento de comportamientos que nacen del lado malo que todos llevamos dentro y de una mediocridad moral que cada vez campa más a sus anchas. Puede ser producto de que ya no se educa en valores como antes se hacía en las casas de cada uno, que la presión social ha saltado todas las barreras y los modelos que ofrece son los de los que han triunfado corrompiéndose, que los medios de comunicación han trastornado las cosas, pero percibo que las personas con buen natural parecen condenadas a sufrir diariamente la ridiculización, el silencio y hasta el acoso. Quizá porque me estoy haciendo mayor me noto más sensible a comportamientos que no son razonables, actitudes violentas, gestos innobles y rasgos de una bajeza moral que califican a quien las realiza. O le calificaría si la sociedad en la que viviéramos fuera diferente. Pero percibo que no hay reacción suficiente contra estos comportamientos, como si las personas temieran la respuesta del malvado, como si a casi nadie le importara mejorar la sociedad mientras lo que ve no le afecte directamente. Un error de interpretación, por supuesto. En una sociedad líquida como la que vivimos, en la que no hay principios ni valores generales, en la que el esfuerzo honesto y el trabajo digno no se valoran, predomina el tiburón social y a su lado un montón de esbirros y perros de presa que no dudarían en vender su alma al diablo.
Siempre han existido estos comportamientos, pero antes eran condenados por las normas sociales y debía hacerse de forma oculta lo que ahora se muestra sin tapujos. Incluso es recompensado lo que antes se convertía en diana de la sátira. En un mundo como el actual se premia al delator, al que va con el chisme contra otro al jefe esperando que se le recompense, al que reúne las alianzas del poder para acosar laboralmente a un compañero difamándolo, al que inventa cosas sin fundamento alguno, al que manda sin admitir críticas como si no tuviera que escuchar a nadie. Estos días, en el Club de lectura hemos leído El héroe discreto de Vargas Llosa. Una novela de tono menor en la que está bien retratado cómo todos podemos ser víctimas de la difamación en cualquier momento, vernos expuestos sin culpa y solo por defender nuestros derechos a la mordacidad social y que nuestro prestigio se tire por el suelo. Las víctimas estarán siempre solas y deberán rehacerse como puedan. Muchas no lo lograrán nunca. Los responsables de los ataques parecen salir siempre indemnes y no tener conciencia alguna.
Se castiga al que da su opinión libremente, al que se atreve a salir del redil marcado por la autoridad. Incluso en la función pública al funcionario que se atreve a salirse del paso marcado se le aísla. Por eso se intenta desfuncionarizar la administración, los hospitales, las universidades: un contratado siempre será más dócil y estará dispuesto a cualquier cosa. Sospecha siempre de aquel político que emprenda una campaña contra los funcionarios. Un terreno abonado para los mediocres morales y para los serviles.
No os fiéis nunca de las palabras pronunciadas sino de los hechos, conozco unos cuantos individuos a los que les encaja la definición de ni una mala palabra ni una buena acción, gente que dice que ve las cosas desde la lejanía y sin comprometerse pero en realidad toma nota para denunciarte en cuanto puede aunque para ello deba forzar la interpretación de tus actos. No importa. Para él solo rige una especie de rencor contra el mundo y la finalidad de aparentar fidelidad al jefe con mero afán de medro. Jefe al que traicionará en cuanto le venga bien, por supuesto.
Aumenta por estas tierras también la grosería. Yo mismo he tenido que activar la moderación de comentarios en este blog porque sufro el ataque insultante de alguien que no es capaz de comprender que el mundo no gira según sus intereses y su forma de entender la realidad y las cosas que suceden, que debe vivir su vida y dejar que los demás vivan la suya. Algunas cadenas de televisión se han especializado en bazofias que se han convertido en los programas más vistos de las últimas temporadas. Programas que deberían escandalizar a cualquier persona mínimante razonable y que defienda una educación social, una instrucción cívica. Programas en los que un grupo de personas sin nada que aportar se ocupan de hablar de cualquier cosa y de cotillear en las vidas ajenas mientras se amenazan los unos a los otros con querellas judiciales a voz en grito. Este es el modelo de comportamiento mayormente demandado por los españoles a la hora de sentarse a la televisión.
Hay una teoría que dice que es posible pesar un alma. Para ello se pesa un cuerpo antes y después de la muerte. Hay unos gramos de diferencia. Los científicos saben explicar que esto no es verdad con datos suficientemente sólidos. Pero si existiera el alma y esta fuera posible de pesar, ¿pesarían igual las almas buenas que las malas? ¿El peso total de las malas superaría al de las buenas? No es hora de teologías. Quiero ser ingenuo y pensar que hay más gente buena que mala pero estos hacen más ruido. Que si echáramos la red al azar en el mundo como los pescadores hacían antes en la mar siempre sería mayor el número de personas buenas que el de las malas. O de personas que tienden a la bondad.
De hecho, estos días he navegado en busca de personas buenas y las he encontrado. He hallado, gracias a la feliz iniciativa de SBQ, en Béjar, un buen puñado de personas que son capaces de quitarse de lo poco que tienen para dar a los necesitados en campañas de recaudación para fines sociales. También me he sentado unas alegres horas con amigos del Bachillerato ante la llamada de una compañera que presentaba un libro de poemas casi sin darse importancia a pesar de lo hermoso de sus escritos. Hoy mismo nos hemos reunido un grupo de antiguos compañeros de la Universidad de Valladolid para homenajear el recuerdo de un amigo bueno, Antonio Candau, fallecido recientemente. Nos unía el recuerdo de unos tiempos en los que juntos amábamos la literatura y el compañerismo y todo ello se plasmó en una revista en los años ochenta, Almueza, y en muchos recuerdos que nos acompañan desde hace treinta años. He compartido con ellos casi todo el día. Y he percibido la bondad, esa tendencia a la bondad que nos lleva a hacer bien las cosas y a proyectar cosas que sirvan para acoger a otros e impulsarlos en sus vidas. Buena gente.
Hay más gente buena que gente mala aunque en algunos lugares esto no lo parezca por el cruce de intereses. No hace falta que haga ruido la buena gente. Está ahí. Lo único que debe hacer es dejar solos a los malos para que se aturdan entre ellos pero ir separándolos para dejarlos en evidencia.


