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domingo, 4 de enero de 2026

Una forma de estar en el mundo

 


Lo profundo es el aire es un verso de Jorge Guillén tomado como tema en una serie de obras realizadas por el escultor Eduardo Chillida. En el verso de Guillén -que es toda una declaración poética y vital del poeta vallisoletano-, encontró el escultor una definición de su relación con la materia y el espacio. Las palabras se encuentran en el poema "Más allá" de Cántico. Con ellas, Guillén, declaraba su condición de ser individual conectado con la realidad que nos envuelve, que es quien nos crea de verdad, una forma de estar en el tiempo y en el espacio, algo que solo puede adquirirse con una plena conciencia de la existencia propia y de todo lo que nos rodea. La estrofa completa dice:

Soy, más, estoy. Respiro.
Lo profundo es el aire.
La realidad me inventa,
Soy su leyenda. ¡Salve!

Paso frecuentemente junto a la escultura que, con ese título, se inauguró en noviembre de 1982, coincidiendo con el nombramiento de Jorge Guillén como Hijo Predilecto de Valladolid (Guillén moriría en 1984 y por varias razones no estuvo presente en esos actos) y cada vez es mayor mi admiración por esta pieza y por la intervención en el espacio urbano que propició para albergarla: banco, árbol, piedras.

Tras la pieza, el muro de la capilla del antiguo Colegio de San Gregorio, hoy Museo Nacional de Escultura. El Colegio se fundó como estudios de Teología de los frailes dominicos. Allí fue donde se celebró la Junta de Valladolid (más conocida como Controversia de Valladolid) desde agosto de 1550 hasta mayo de 1551 en la que se cuestionó la manera en la que Castilla debía proseguir la colonización de América. Lo ocurrido allí esos días se basó en la polémica de los naturales y enfrentó las tesis del padre Bartolomé de las Casas y las de Juan Ginés de Sepúlveda, ambos en la mayor altura del humanismo europeo del momento, sobre los derechos naturales de los habitantes de las tierras recién descubiertas, la justicia de las causas para hacerles la guerra y sobre la legitimidad de la conquista.

El debate venía de lejos -no fue aquella Castilla tierra de un pensamiento único, como demuestra la rebelión de las Comunidades- y se había iniciado, al menos, en la Junta de Burgos de 1512, que dieron lugar a las famosas Leyes de Burgos de ese mismo año. Varios de los participantes eran discípulos directos del padre Francisco de Vitoria, también dominico y, sobre el resto, pesaban sus teorías, las más avanzadas de la época sobre el tema, que había expuesto en De indis, un tratado en el que afirmaba que los indígenas eran iguales en derechos a los peninsulares y eran dueños de sus personas, tierras y bienes. Aquel libro inspiró las Leyes de Indias y fue el germen de los derechos de gentes, es decir, de los derechos universales de los seres humanos. El padre Vitoria, que falleció pocos años antes de la Junta de Valladolid, era burgalés, estudió y se doctoró en París, regresó a Castilla para ser profesor del mencionado Colegio de San Gregorio hasta que en 1526 ganó la cátedra de Teología en la Universidad de Salamanca, dando lugar a la llamada Escuela de Salamanca, que tanto influyó para dejar atrás las creencias medievales y proponer una legislación revolucionaria basada en la libertad del ser humano y los derechos naturales. 

Francisco de Vitoria sentó las bases del Derecho Internacional moderno al pensar en un orden mundial que fuera más allá de los intereses y la fuerza de los estados. Su pensamiento propiciaba las relaciones internacionales basadas en la justicia y, sobre todo, en una ética que combatía la guerra por motivos de religión o la conquista por causas comerciales o expansión territorial.

Este año conmemoramos los quinientos años del inicio de la Escuela de Salamanca y no estaría de más reflexionar sobre todo esto en unos tiempos en los que parece que regresa el imperio de la fuerza.

(Hace tiempo escribí en este blog una serie de reflexiones con el título de Pensar el mundo a principios de siglo para intentar comprender los cambios que se estaban produciendo en nuestra época; cumplido ya un cuarto del siglo XXI, quizá sea momento de pensar las claves que van ganando para definir nuestro tiempo. Reuniré aquí varios textos bajo la etiqueta de Una forma de estar en el mundo.)

viernes, 18 de abril de 2014

García Márquez en el camino de Rubén Darío: la hispanidad como proyecto


En Literatura hispanoamericana, una de las asignaturas que imparto este semestre, tenía previsto culminar la materia con el comentario de Cien años de soledad de García Márquez. Más ahora, tras su fallecimiento.

Me gusta estructurar mis asignaturas con un hilo argumental más allá de los temarios tradicionales que ahora pueden encontrarse con facilidad en manuales, monografías y otro tipo de materiales didácticos. En este caso he querido explicar la construcción del imaginario colectivo hispanoamericano a través de la literatura, lo que me llevaba desde los Diarios de Colón a Rubén Darío. Este poeta es la cristalización definitiva y prodigiosa de la explicación de una idea de lo americano y su puesta en valor para el siglo XX. A principios de aquel siglo, Darío encabeza y da forma a la corriente de pensamiento que reúne lo indígena con lo español, las creencias tradicionales de los pueblos precolombinos con la espiritualidad católica, lo antiguo americano y el substrato grecorromano del Mediterráneo. Todo ello sin renunciar a la modernidad que recorre Europa. Este sincretismo que se define entonces como hispanidad se hace bandera frente a lo anglosajón. En él los elementos no están subordinados sino que nutren por igual la sangre de Hispania fecunda que cantó Darío. La hispanidad tal y como nació no es un concepto peninsular sino que tiene un fuerte sentimiento americanista. Rubén Darío, como su creador vitalista, cantó con entusiasmo las bases que sostenían lo hispánico. A él se debe también la reconciliación de los intelectuales americanos con lo español puesto que todo el siglo XIX había buscado la culpabilización de todos los males de la sociedad americana a la herencia española. Fue grande Rubén Darío por muchas cosas, pero sobre todo por esta mirada integradora que logró fusionar en un proyecto de lo americano cosas que hasta ese momento se habían pensado irreconciliables. Harían bien algunos intelectuales en revisitar estas ideas.

Después de Darío, nadie como García Márquez en el mismo sentido. En él es muy notoria esta construcción del imaginario colectivo americano que comenzara a fabricar Cristóbal Colón en las páginas del Diario de su primer viaje trascrito por fray Bartolomé de las Casas . Sus famosas declaraciones en las que temía que España, al ingresar en la Unión Europea en 1986, se olvidara de América evidencian que García Márquez participaba de la misma corriente encabezada por Darío.

La obra del colombiano es una construcción de esa conciencia de la historia americana en la que se integran los mismos elementos de la hispanidad pero actualizados a las corrientes de pensamiento político de mediados del siglo XX. Culmina todo ello en Cien años de soledad: Macondo es el espacio simbólico en el que toda esa historia se hace presente. Pero donde mejor se ve esta cualidad es en el uso del lenguaje español que en García Márquez se hace castizo, americano, moderno y antiguo, todo ello a la vez, para dejarnos el testimonio de un idioma para todos los hispanohablantes. Es una obra maestra por muchas razones pero sobre todo porque en su lenguaje consigue unir de verdad ese proyecto de la hispanidad que latía en Darío. Es una de las obras  literarias que más han hecho por la unidad del idioma en el último siglo. Se puede afirmar, sin ningún género de dudas, que en los textos de García Márquez -mucho más que en laos de Vargas Llosa, otro de los grandes pero con un pensamiento más occidentalizador- el idioma español deja definitivamente de ser peninsular hasta para los más recalcitrantes academicistas para hacerse eso, español, en el sentido de hispánico. García Márquez merece pasar a la historia por muchas razones -es uno de los maestros más importantes del periodismo en lengua española, trabajó como pocos la frontera entre la realidad y la ficción, construyó prodigiosas historias de amor y tiempo, etc.- pero sobre todo porque en él se hace realidad el proyecto de ese concepto de lo hispánico tanto en la materia narrativa como en el idioma.

España, que está desorientada desde hace demasiado tiempo en lo económico, en la innovación industrial, en lo cultural, ha buscado con lógica una proyección europea pero lo ha hecho casi como expiación de un sentimiento de inferioridad y nunca ha llegado a presentarse en Europa como lo que debería ser, el puente de conexión con Hispanoamérica encabezando un proyecto común. Ha habido notables esfuerzos -las Cumbres Iberoamericanas, cada vez más descafeinadas; el certero proceder de la Real Academia Española al construir nuevos modelos de diccionarios, gramática y ortografía basados en lo hispánico y ya no en lo peninsular-, pero falta la construcción de un verdadero proyecto integrador. Para ello quizá deba asumir el concepto de hispanidad que está sobre todo en la obra de Darío y de García Márquez y no en la rancia celebración que nos dejó el franquismo.