Lo peor que le puede suceder a un ser humano es que no lo vean aquellos que no están en su misma situación. O que solo se acerquen a él para un safari fotográfico. No hay expresión más humillante que la de la pobreza digna, que se decía antes y que no tardaremos en volver a usar: pobre pero honrado, la limpieza de las casas pobres. Son expresiones que proponían como modelos a los pobres sumisos y personas de bien en toda la literatura y que se oponían a la algarabía de los revolucionarios. El pobre honrado era un modelo cívico mucho mejor que el burgués rico pero inmoral según las comedias de nuestro teatro del siglo XIX que pronto fueron imitadas por el cine popular. Y el burgués rico pero inmoral terminaba diciendo que sí, que el pobre era el ejemplo y se arrepentía y volvía a ser un hombre de bien como lo era aquel pobre honrado. Los catecismos cívicos mostraban a la mujer pobre el comportamiento que debía tener en casa y la sonrisa que debía exhibir siempre en su cara. La felicidad de los pobres, siempre se ha dicho: el dinero no da la felicidad. Será por eso que los ricos siempre están amargados y se muestran infelices. En una sutil ironía, Luis Buñuel hacía que los niños que asistían a la escuela rural en Las Hurdes. Tierra sin pan, escribieran al dictado del maestro Respetad lo bienes ajenos. Aquellos niños no tenían nada, varios acudían a clase descalzos, pero la educación les enseñaba que había que respetar los bienes que nunca serían suyos por mucho que se esforzaran en la vida. La estructura social que construye el neolilberalismo actual se parece a un sistema de castas porque hace de aquellos desfavorecidos una legión de invisibles que ni siquiera sirven ya a las élites extractivas. Si tienes la fortuna de nacer en las familias de clases dirigentes difícilmente te mezclarás con los invisibles porque no los verás o solo percibirás su presencia como molestia. Las señoras de postín tenían sus mercadillos o ponían un pobre en su mesa en Navidad porque era moda, siempre que el pobre no molestara, como en Plácido de Berlanga. En Metrópolis, de Fritz Lang así son presentados los invisibles en medio del paraíso incontaminado de la casta dirigente: como irrupción intranquilizadora.
A los invisibles solo los ven los invisibles o aquellos que están muy próximos a ellos porque les separa poca distancia y los temen o porque pueden caer y ser uno de ellos. También algunos individuos caritativos y otros que los usan como fuerza de choque ideológica. Pero para el resto de la población son invisibles: no pensamos en ellos y cuando pasamos junto a ellos los ignoramos. No vemos los cartones apilados en las esquinas o en los bancos de los parques con los que van a dormir esta noche; no los vemos hurgar en los contenedores de basura; no pasamos por los barrios en los que viven; no queremos saber nada de sus problemas salvo que nos afecten porque han decidido amotinarse.
De niño yo llevé también una hucha en el día del Dómund con la cara de un niño negro pero África era algo que estaba muy lejos. Ahora África salta las verjas erizadas de cuchillas que han puesto las autoridades españolas y vive en los barrios de mi ciudad. Pero no queremos verlo salvo que hable muy alto o juegue al baloncesto en la cancha del barrio y nos parezca que han echado de ellas a nuestros hijos. Antes nuestros pobres eran reconocibles: pobres de pedir. Recuerdo que a mi casa venía todos los meses un pobre con carnet de pobre expedido por el Ayuntamiento. Mi familia era humilde, pero no pobre: mi madre podía darle unas monedas o algo de comida. Ahora nuestros pobres se han vuelto invisibles: no queremos verlos, no están, no hablamos de ellos. Las escuelas de psicología barata insisten en que te ocupes de ti mismo y no quieras salvar al mundo. La solidaridad no debería confundirse nunca con la limosna. Echar una mano en el banco de alimentos te hace sentir útil pero no es justicia social. Por algo se empieza, en efecto, pero alguien debería dar dos pasos más allá.
La sociedad a la que vamos invisibiliza a aquellos que no tengan fortuna. No nos gusta hablar de esta realidad, no queremos que ocupe tiempo en los telediarios y preferimos convertirlo en un género televisivo de reportajes callejeros que los trasforma en tipos costumbristas y los despoja de su condición de individuos; no queremos que nadie nos recuerde que no vemos a esta gente porque queremos ser felices. Y su número será muy amplio. No es una hipótesis: en ese lugar ya se encuentran los países que nos han impuesto el modelo que tan fácilmente hemos comprado porque pensamos que siempre seríamos de aquellos seres humanos que tendrán de todo.
Pero aprende una ley básica de este modelo: si caes, serás invisible; si pierdes tu fortuna, serás invisible; si enfermas y debes hipotecarte para pagar las medicinas, serás invisible; si no consigues ser emprendedor y debes trabajar por cuenta ajena con salarios cada vez más bajos y sin convenios laborales que te amparen, serás invisible. Ocurrirá que te echarán la culpa: te dirán que eres responsable de tu situación a pesar de que trabajes y no llegues a fin de mes, de que no puedas pagar las facturas con tu salario, de que no tengas un seguro médico que complemente eficazmente una precaria sanidad pública, de que tus hijos no puedan aspirar a una educación que les saque de la invisibilidad. Porque los pobres de pedir no son invisibles: llaman a la puerta de tu casa para pedir comida, se agolpan en las puertas de las iglesias. Pero tú sí serás invisible. Y entonces te preguntarás cuándo alguien decretó que esta sociedad se basa en que un tanto por ciento de la población mundial o de tu país o de tu ciudad o de tu barrio sea invisible y deba sentirse culpable por ello porque el resto ha decidido que no es responsable de nada mientras pueda seguir lejos del margen. Porque aquí parece que sólo deben asumir su responsabilidad individual los invisibles.


