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miércoles, 11 de febrero de 2015

La lectura como defensa de nuestra conciencia como individuos


En los suplementos atrasados que leo estos días, Javier Cercas publicó dos excelentes artículos con temas en común: El impostor de El impostor (a partir de la impresión de su último libro sobre la historia de Enric Marco, quien fingiera durante años haber sido uno de los supervivientes españoles del campo de concentración nazi de Mauthasen) y El punto ciego. Ambos son textos de altura teórica que esclarecen la perspectiva como escritor de Cercas, su visión sobre la función de la novela como género y la no ficción en la literatura. De lo mejor que he leído últimamente a un escritor a la hora de reflexionar sobre su manera de entender la literatura y la necesidad de esta para ayudarnos a trazar el mapa del ser humano en el mundo. Invito a leerlos en los enlaces de Internet que he facilitado a quienes no los conozcan. Y tiene razón Cercas, la mejor literatura narrativa que he leído desde hacer un par de décadas es de este tipo: novelas que no buscan la ficción sino la indagación sobre un hecho a partir del cual nos interrogan sobre nuestra forma de estar en el mundo y que no dudan en utilizar y mezclar los formatos de la crónica periodística, la biografía o el ensayo. Un camino que se comenzara a mediados del siglo pasado desde el otro lado, desde el nuevo periodismo, que usó el modelo de la literatura ficcional de la narrativa para hacer periodismo y revitalizar la crónica, y que pronto se extendiera a la novela. Hace poco hemos leído en el Club de lectura que mantengo en este espacio un buen ejemplo de todo esto: La sonrisa robada de José Antonio Abella.

Por mucho que se anuncie con estrépito reiterado la muerte de la novela (hace unas décadas en curioso hermanamiento con ese peligroso final de la historia que algunos veían como el paraíso prometido que nos regalaba el liberalismo), esta sigue siendo necesaria. Sobre todo porque la novela es la forma más adecuada de contar la historia tanto del individuo como de sus relaciones con la colectividad desde que apareciera en el mundo la conciencia teórica del individuo y sus derechos y deberes ante la sociedad. Si se muriera de verdad la novela o esta se redujera a un mero entretenimiento como el que llena la mayor parte de los estantes de las librerías no especializadas, se debería a razones diferentes a las de su propio agotamiento como género. Si se muriera la novela o se la rebajara a la categoría de objeto desechable, estaríamos en un panorama preocupante, el de una sociedad que ha conseguido anular la conciencia individual o que la ha reducido tanto que ya solo habría campo en la narración para volver a la épica. Porque de la épica nació la novela para superarla precisamente por eso, porque alguien comenzó a cuestionar los modelos únicos de ser y más aún la novela moderna, que creara esa joya de la literatura universal que es el Lazarillo y que consiste precisamente en eso, en el cuestionamiento absoluto de una sociedad desde la conciencia de un individuo. Esto solo fue posible gracias también a un hecho perverso para los que quieren controlar la mente de los individuos: la lectura como placer solitario. Por eso los moralistas, los inquisidores y los censores no se cansaron de prevenir a la gente durante siglos de que leer a solas tenía consecuencias peligrosas y acusaron a la novela de inmoral y contraria a la sociedad, la persiguieron como género, prohibieron algunas de las mejores que se publicaron y censuraron párrafos completos de ellas. Digo esto por si todavía alguien duda de que la lectura es una de las herramientas que tenemos para defendernos como ciudadanos individuales frente a las tendencias del pensamiento único y que practicarla nos enriquece y nos prepara mejor para combatir las ganas que tienen algunos de que no pensemos en exceso por nuestra cuenta. Ser lector, por lo tanto, no es solo un pasatiempo sino un deber moral del individuo consciente.

sábado, 9 de febrero de 2013

La noche más oscura (Zero dark thirty)


La noche más oscura (Zero dark thirty) aborda la década de investigaciones que concluyeron con la muerte de Osama Bin Laden el 2 de mayo de 2011 y que había comenzado tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 cometidos por la organización Al Qaeda. El guion de Mark Boal opta por centrar todo el interés narrativo en la evolución del personaje protagonista -y, de paso, regala un personaje de alta tensión a la actriz Jessica Chastain, que lo encarna excelentemente-, Maya, una agente de la CIA. Bin Laden queda como el fantasma que pareció ser: alguien a quien no vemos ni siquiera el día de su muerte, puesto que es Maya quien se nos muestra. Desde su llegada al terreno y toma de contacto con los métodos iniciales de investigación hasta que consigue el objetivo tras chocar con la burocracia pasa por varios estados de ánimo que le llevan a convertir la captura de Bin Laden en algo personal puesto que, finalmente, no solo trata de cumplir su labor como miembro de la CIA sino el final de una obsesión personal, como revela la última escena en la que su vida parece haberse quedado sin meta.

Kathryn Bigelow ha dirigido una película que voluntariamente se instala en la corriente de la no ficción, es decir, un tipo de arte que busca la proximidad del documento. No es algo nuevo. Desde el llamado Nuevo periodismo se ha ensayado esta frontera tanto de un lado como de otro de la línea. En los últimos años, la llamada literatura de no ficción ha cobrado un auge inusitado gracias a varias obras maestras del género (sin lugar a dudas, en español, La fiesta del chivo de Vargas Llosa, pero también varias obras de Javier Cercas como Soldados de Salamina o Anatomía de un instante) y ahora parece que le ha llegado el turno al cine. Esta modalidad no es tan nueva como parece pero sí llama la atención su crecimiento en los últimos tiempos, quizá porque se parte de la idea de que todos estamos ya tan saturados de información que somos capaces de extraer nuestras propias conclusiones, quizá también porque exista la idea de que el autor deba esconderse como opinante para convertirse tan solo en un experto que muestra lo que pasó para no interferir en la opinión del receptor. Un nuevo retorno al objetivismo realista.

Es interesante analizar cómo se resuelve en cada caso la contradicción que esconde la naturaleza del género de la no ficción y cómo oscila la balanza entre lo ficcional y lo documental en cada obra y si la idea del autor parte de uno o de otro lado.

En el guion de La noche más oscura se busca dar continuidad a todas las investigaciones que condujeron a la muerte de Bin Laden en la mirada de la agente Maya, desde su inexperiencia inicial hasta la obsesión final. Siguiéndola, se documentan las torturas que se usaron durante los primeros años y los medios tecnológicos y de investigación deductiva que predominaron al final, además de la exposición detalada de la forma en la que se llevó a cabo la misión con la que todo terminaba. Uno de los problemas de la pretendida objetividad documental es que la película puede entenderse bien como una defensa de las torturas iniciales bien como una crítica: ¿fueron o no necesarias para conducir al desenlace? Otro es que ignora todo lo anterior al 11 de septiembre de 2011, desde los contactos de Bin Laden con los EE.UU. o la protección que deparó la Casa Blanca a los talibanes en su guerra con la Unión Soviética, hasta el caldo de cultivo que supone mantener la situación social de Afganistán o las tensiones en el mundo árabe. Para una película que se pretende documental, dejar fuera del análisis una buena parte de lo que sostiene todo el conflicto, es una carencia notable.

La noche más oscura es una excelente película rodada con todos los medios necesarios que contribuyen a dar la impresión de estar en los lugares en lo que todo ocurrió y que documenta técnicamente muy bien la caza de Bin Laden por la inteligencia norteamericana. Consigue mantener el interés sobre unos hechos gracias, precisamente, a enfocarlo todo desde el personaje de la protagonista y un guion excelente y bien estructurado. Mantiene el ritmo en su largo metraje, aunque hubiera ganado si fuera algo más corta. Sin embargo, a mí me dejó la sensación de que jugaba demasiado con los trucos de guion: no tanto en lo que mostraba y que más ha llamado la atención del público y de la crítica -las torturas- sino en lo que no mostraba -las razones del conflicto-. Reduce así su interés documental: no es más que el retrato de un método de investigación y de acción de la inteligencia norteamericana a lo largo de diez años para conseguir cazar a su enemigo número uno del momento. Un derroche tecnico que, sin embargo, no contribuye a explicarnos la historia, como si para comprenderla nos bastara con mostrarnos la metodología de trabajo de los agentes de la CIA.

sábado, 25 de abril de 2009

Acuse de recibo: El laberinto secreto de La mansión del Indiano de Guatemala, de Andrés A. Rodríguez


El laberinto secreto de La mansión del Indiano de Guatemala no es un libro fácil de escribir. Su lectura, en cambio, atrapa desde la primera página y es difícil dejarla.

Conozco al autor porque publica un excelente blog bajo el pseudónimo de Nome Andrés, Al otro lado de las palabras, en el que suma, por igual, unas extraordinarias fotografías con textos de una gran carga artística. Ahora usa de otro procedimiento que ha puesto Internet al alcance de todos para editar y publica El laberinto secreto en Bubok. Su primera novela, Espacios personales (Madú, 2005), era un apasionante retablo de la vida cotidiana a partir de un núcleo central al que se le suman narraciones con una mezcla de oralidad y literatura, llena de personajes con historia propia y un logrado mundo de autor.

Parte de Espacios personales continúa en El laberinto secreto y animo al lector a acercarse a ambas en este orden, aunque pueden ser leídas de forma independiente.

La historia de El laberinto secreto cuenta cómo su protagonista, peluquero de profesión y escritor de vocación, descubre que su novela Espacios personales ha sido plagiada por el ganador del Premio Costa Verde de Novela, al que él mismo se había presentado con Espacios personales. La novela ganadora, La mansión del Indiano de Guatemala de Plácido Miranda, comete el plagio con una técnica sutil, a caballo entre el enamoramiento por la obra ajena, la vanidad del escritor reconocido, el saqueo de un producto literario inédito y la intertextualidad. Hay quien dice que todo esto puede ser la definición más excata de la literatura. Y se es mejor lector cuanto más pistas del proceso se puedan desentrañar: todo crimen deja rastros.

Como el protagonista de El laberinto secreto no tiene más pruebas que el cotejo de ambos libros y el suyo es sólo un manuscrito, se lanza a una investigación minuciosa para desentrañar las claves técnicas del trabajo de Plácido Miranda que ponga de relieve las similitudes entre ambos textos.

En este sentido, El laberinto secreto es el producto de esa investigación y de los hechos cotidianos que acontecen al protagonista durante ella: metaliteratura y vida se entrelazan, con mucho humor y en un estilo de escritura que nos llega de forma directa a los lectores y que hace atractivo un tema que, de otra manera, sería muy árido y especializado.

Se mezclan ambos temas -el literario y el personal- de forma natural y necesaria. La novela, en su construcción más profunda, es un inteligente juego artístico: una novela que se escribe sobre cómo se hace una novela a partir de la investigación de otra novela que plagia un primer texto del narrador. No debe asustarse el lector: hasta este asunto tan técnico se cuenta como si se investigara un crimen -que, en el fondo, de eso se trata- y la trama nos engancha. Como le engancha al propio narrador, que no puede dejar de pensar en el asunto ni cuando su vehículo pasa la revisión de la ITV (muy acertado este capítulo y la ironía que contiene).

La habilidad de Andrés A. Rodríguez es conseguir que todo esto resulte atractivo al lector. Para ello, introduce la vida cotidiana del narrador y de unos personajes bien construidos: la mujer del protagonista, que convertirá el fracaso en triunfo en un final divertidísimo; la bibliotecaria que le ayuda en la investigación; la mujer del autor del plagio; Mariano José, un secundario que contiene las pistas de cómo leer El laberinto secreto, etc.

En efecto, El laberinto secreto es un libro difícil de escribir. Un libro sobre libros, sobre el lado oscuro de la literatura, la fama y los Premios literarios, sobre algo que ocurre con más frecuencia de la que los lectores piensan (hay mucha miseria en los trasteros de la literatura) y que puede leerse también como denuncia de un plagio pero que supera la mera denuncia de la forma más inteligente, con habilidad literaria: es difícil hacer buena literatura, más allá del ajuste personal de cuentas, con esta materia y El laberinto secreto lo es, como lo fue, en su día, El Premio de Manuel Vázquez Montalbán . Un libro que es, la historia de cómo se escribe un libro, como son la mayoría de las grandes novelas que se han escrito, desde El Quijote de Cervantes hasta Soldados de Salamina de Cercas. Pero que también es la historia de un laberinto interior, personal, del que sólo se puede salir a través de la escritura y de la vida.

Es un libro difícil de escribir pero cuya lectura atrapa por todos los niveles y temas entrelazados en su interior, por el tratamiento limpio de la narración y una voz narradora que es todo un acierto. Lo mejor del libro es, precisamente, esa voz del protagonista en primera persona.

jueves, 1 de mayo de 2008

Desocupado lector. (La construcción de una novela o cómo Cervantes nos engaña mostrándonos el truco.)

El Prólogo de la primera parte de El Quijote, que todo lector no advertido se salta porque así se acostumbra, contiene varias de las claves para comprender la profundidad, como novela, de la obra.
Podemos leer este libro de muchas formas, pero una de ellas es, sin duda, como una lección de novelar puesta en práctica, en vez de a través de un sesudo ensayo. Es tal la sabia condensación de cuestiones técnicas que encontramos en estas páginas preliminares, que aun me pregunto cómo se pudo afirmar la condición de Cervantes como autor con escasos conocimientos literarios. Si, además, pensamos en que están escritas de forma tan atractiva no hay más remedio que rendirse ante un hombre que, a tan avanzada edad para lo que se estilaba y tras tantos años como llevaba retirado de la primera línea editorial (desde la publicación de La Galatea en 1585 hasta la redacción de este Prólogo en 1604), juega con la literatura de tal manera que nos ofrece tan inteligente y arriesgada experimentación formal en lo tocante a la narrativa.
En el Prólogo encontramos varias cosas que quiero resaltaros:
1º.- La construcción de la figura del narrador (que continuará a lo largo de toda la obra, como veremos, al igual que en los prólogos de sus Novelas ejemplares y los Ocho comedias y entremeses nuevos, nunca representados). No es don Miguel quien nos cuenta la historia de Don Quijote, sino este personaje llamado Cervantes que encontramos aquí. Nuestro narrador será un personaje inseguro, que necesitará los consejos de un amigo puesto que él estaba dispuesto a sepultar la obra al no poder rematarla con un prólogo adecuado.
Más adelante, bien avanzada la narración, sabremos que ni siquiera es el verdadero autor de la obra, pues éste no es ni más ni menos que Cide Hamete Benengeli, un historiador arábigo (y, como tal, en el imaginario de la época, poco fiable). Como el narrador no conoce el árabe, tendrá que recurrir a un traductor (por lo tanto, también poco fiable, nada si le sumamos que es un morisco aljamiado). Este que creíamos autor, se convierte así en un mero adaptador literario de una crónica. Veremos, en la segunda parte, que aun se complica y cuestiona más todo el lío de narradores, hasta llegar a la conclusión de que el verdadero autor es uno de los encantadores que persiguen a Don Quijote. Por no recordar el cuestionamiento que se hará del autor de la otra segunda parte, la de Avellaneda
Es decir, el Prólogo nos avanza ya la figura de un narrador radicalmente moderno: no conoce todos los datos de sus personajes (y algunos de los que conoce, como el lugar de origen del héroe no nos lo facilita voluntariamente -de cuyo nombre no quiero acordarme), se muestra inseguro a la hora de escribir, trabaja sobre textos que no son suyos y que incluso no tiene completos. Es decir: es un narrador poco fiable, del que cabe desconfiar.
2º.- Por lógica, al construir de forma tan evidente la figura del narrador, se proyecta la del lector, desde el arranque: Desocupado lector. Toda la narración moderna se basa en un juego entre narrador y lector, sabiamente manejado aquí por Cervantes, en el que aquél adquiere una singularidad que no tenía antes y éste, también nuevo, es exigido por la obra a desentrañar todos los trucos, juegos intertextuales y malas jugadas del narrador. Bajar la guardia será disfrutar de la novela sólo en el nivel argumental -lo que es válido en sí mismo, por supuesto, pero no suficiente para comprenderla: de ahí la frustración de muchos lectores-. Cervantes, como partícipe de las técnicas artísticas del barroco, requiere pericia lectora para ser disfrutado plenamente, aunque una lectura de menor grado también pueda ser gozosa. Esto mismo lo encontraremos en artes no literarias: la música, la pintura, la arquitectura, el urbanismo, etc.
Además, con el epíteto Desocupado, nos da un testimonio del lector tipo de estas obras: es alguien a quien le sobra tiempo y tiene un tipo de vida que le permite dedicar unos minutos a la lectura a solas, en el silencio del gabinete.
3º.- Se ha insistido mucho en que Don Quijote es una parodia de las novelas de caballería. Y es verdad. Pero hay más: este prólogo es una parodia de prólogo, género de gran interés en la época en la que se escribió la novela. Con la irrupción del amigo y su conversación, Cervantes parodia los prólogos y preliminares a la moda, en especial los escritos por Lope de Vega. En un juego metaliterario, al decir que no sabe cómo hacer un prólogo vemos construirse delante de nosotros, como si asistiéramos al día a día del taller del escritor, el prólogo que no sabía escribirse (como, por ejemplo, hace Javier Cercas en la escritura de Soldados de Salamina, en juego cervantino). Burla burlando se ha terminado el prólogo con los suficientes argumentos para comprender que no sólo se parodia la narrativa de caballeros andantes, sino que el mismo libro es una parodia de los libros del momento: el prólogo es una parodia de prólogo, los versos preliminares son parodia de versos preliminares, la narración es una parodia de narración.
En el fondo, Cervantes, quien razonablemente puede dudar de si volverá a publicar nada en su vida (por sus años, por los muchos de silencio previo, por tantas circunstancias adversas de su vida), quiere dar lo mejor de sí mismo: un libro que sea un muestrario de todas las formas posibles de narración en el momento, pero giradas, con un sello personal, para permitirle introducir novedades en cada una de ellas: toca todas las posibilidades dejando en cada una de ellas la marca de su ingenio. Incluso en el Prólogo.
Esto ya va siendo largo. Espero vuestras aportaciones, preguntas, sugerencias, experiencias como lectores de esta novela, etc. (como comentarios a esta entrada o vía correo electrónico). El próximo jueves, cerraremos el comentario del Prólogo y veremos los versos preliminares. Vale.

lunes, 1 de octubre de 2007

Comentario sin imágenes de dos fotografías.

Este fin de semana he visto dos imágenes de la antigua Birmania. En una de ellas, un fotógrafo japonés, tumbado en el suelo, boca arriba, toma fotografías con su cámara de un grupo de manifestantes, contrarios a la política del gobierno dictatorial de su país, mientras son reprimidos por las fuerzas policiales. Un joven soldado, armado con un fusil, lo mira mientras corre también hacia los manifestantes. En la segunda, el fotógrafo yace moribundo o ya muerto tras haber recibido un disparo. El soldado le da la espalda y sigue corriendo hacia los manifestantes, como si ésa fuera su condena.
Un hecho similar, falso o inventado por el protagonista, construyó la imagen del falangista Sánchez Mazas en la Guerra Civil española y construye el inteligente núcleo desde el que se escribe la obra maestra de Javier Cercas, Soldados de Salamina. En esa ocasión, el miliciano que apuntaba miró a los ojos de su víctima y decidió no disparar y salvarle la vida. Javier Cercas, con inteligencia, no nos dice la razón de ese acto, a pesar de que la búsqueda de una explicación es, en gran medida, la novela. Sánchez Mazas creó o agrandó y utilizó este hecho crucial de su vida en beneficio propio.
No sé si el soldado que disparó miró a los ojos del fotógrafo, no sé lo que pensaron los dos protagonistas de la imagen.
La brutalidad de la instrucción despersonalizadora nos vacía por dentro y nos conduce a la realización mecánica de las acciones mil veces ensayadas en los ejercicios. Es muy difícil salirse de ese camino. Así ha funcionado, en gran medida, la Historia de nuestro mundo: es muy difícil ser individuo. Aun no hemos aprendido.