Hay en Antonio Machado un puñado de poemas a lo cotidiano, aparentemente poemas a lo que salga, que son de una enorme contribución a la poesía en español. Su primera función, claro, es la de descargar de retórica decimonónica al poema, de quitarle esa tendencia a la grandiosidad. No suele explicarse que muchas de las cosas que pasaron luego en la poesía parten de este camino. Machado toma una vieja tradición de poemas menores que otros poetas tenían como entretenimiento, pero él los publica codeándose con los otros, con los que todos pensamos que son poesía mayor, dándoles la misma importancia y es en esa posición cuando construye una nueva forma de decir. El mejor de esos poemas es "Poema de un día. Meditaciones rurales", publicado en la segunda edición de Campos de Castilla insertada en la primera de sus Poesía Completas (1917). Es una deliciosa lección poética ver cómo juega con el ritmo y la expresión y se atreve incluso con la rima facilona para alejar el poema de la expresión hueca (Libros nuevos. Abro uno / de Unamuno.). Recuerdo ahora "Las moscas" de la sección Humorismos, fantasías, apuntes de Soledades, galerías y otros poemas. Esas moscas de antes, de las que se quedaba uno mirando y perdía el hilo de la conversación, papando moscas. A Machado le sirven para unir la infancia con la madurez en un vuelo y, de paso, rasear el poema para que hable de nuestras cosas en palabras cotidianas.
Y he pensado que en las ciudades ya no hay moscas como antes. Sí unas más pequeñas, que se emboban emboban dando vueltas a la luz de la ventana abierta cuando comienza el calor y que aparecen muertas a la mañana siguiente en los perfiles de los marcos. De vez en cuando, algún moscón. Hace unos días vi un sírfido -reconozco que tuve que buscarlo en internet-, una graciosa mosca volucella zonaria. Imitan al avispón sin serlo para engañar a los depredadores. También vi una luciérnaga. Quiero decir, que hace mucho que no me quedo papando moscas y ni siquiera sé si se usa ya esta expresión. Que no sigo el vuelo de una mosca y quizá esto es preocupante. O bien he perdido la capacidad de aburrirme o la de no pensar en nada. No pensar en nada es la mejor forma de estar en el presente absoluto de las cosas durante unos minutos, mientras una mosca va y viene. Como aquellos veranos en los que daba tiempo a aburrirse porque nadie intentaba convencerte de un relato.

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