lunes, 27 de abril de 2026

Llueve sobre todos, pero no de la misma manera

 


Ya están los almendrucos muy avanzados. Juegan a esconderse entre las hojas, a punto de que los niños se suban a los árboles impacientes. Hace calor estos días, un calor inusual y anticipado que sabe a vacaciones escolares. Debajo de un almendro en flor me besaron. Desde la cuneta, apoyado en el árbol, veo unos corzos saltar entre el cereal aún bajo. Quizá una madre y una cría, que han bajado a beber al arroyo del Prado a pesar de que ya va avanzada la mañana. Desde el valle el páramo, arriba, aparenta cerros. Toda esta tierra es yeso y brilla como si en la tormenta de ayer hubiera llovido esquirlas de espejos. En las laderas descarnadas brillan  a cientos. Puñados de cristales de yeso aventados. Por uno de los caminos de concentración de la Tablada, un jinete trae al trote ligero un hermoso caballo tordo de raza española de gran alzada. Cuando ve venir un automóvil en sentido contrario (una nube de polvo lo anticipa), salta al campo de cereal y lo lleva un rato al galope. Debajo de un almendro en flor me besaron por primera vez. Volaban las hormigas aladas. Al llegar al puentecillo del arroyo, el jinete detiene el caballo y se queda un rato así, mirando hacia mí sin verme.

Estos días de abril hace mucho calor y por la tarde se forman tormentas, como antes ocurría en verano. Si ahora mismo levanto la mirada del ordenador veo por la ventana abierta, una nube negra que se avecina sobre la ciudad silenciada. Truena a lo lejos. Cuando comienza a llover, llueve sobre todos sin preguntarnos de dónde hemos venido. Un perro ladra en el parque, se escucha una sirena de bomberos. Llueve sobre todos, pero no de la misma manera. Llueve más sobre el que nada tiene, sobre el que camina por el mundo echado de su tierra.

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