Salí a recoger unos cantos rodados para poner en el fondo de las macetas nuevas. Aunque ahora ya no se lleva y hay quien dice que puede ser malo, yo lo sigo haciendo como me enseñaron porque me ha dado buen resultado. Hago unos pequeños agujeros en el fondo del tiesto, pongo un puñadito de cantos y echo un buen sustrato antes de colocar el cepellón. He tenido que cambiar algunas plantas que han sufrido en exceso el calor de este verano y que no he podido salvar (aún estoy preocupado por el durillo). Hay todo tipo de consejos: apretar la tierra o dejarla respirar, regar nada más replantar o no hacerlo, no plantar inmediatamente y dejar que la planta se acostumbre unos días a la luz del lugar, en el tiesto del vivero. A veces, una planta es como un buen cuadro. Un cuadro debemos dejarlo unos días apoyado en la pared en la que queremos colgarlo, o en una estantería, como si necesitara comprender su lugar. Aclimatarse.
Los cantos rodados están por todas partes, no dejo de vivir en un valle, pero a mí me gusta cogerlos más allá del límite de la ciudad, como si estuvieran menos contaminados por el asfalto y el tránsito de vehículos y personas. Cantos de las afueras, como yo no he dejado de serlo. En la Cañada las bandadas de niños utilizaban los cantos para practicar la puntería y derribar objetos o romper cristales en los edificios abandonados, para apedrearse, para cazar pajarillos o ratas, para espantar a los muchos perros callejeros de entonces. Había cantos por todas partes, no hacía falta buscarlos, solo agacharse a recogerlos. Debajo del asfalto, la tierra de esta ciudad está llena de cantos, por aquí no hay playas que podamos encontrar bajo de los adoquines. A veces, se encuentra un canto perfecto, liso y equilibrado, para arrojarlo al agua del río y que salte. Un canto que se ajusta exactamente a la palma de la mano y que da gusto acariciar, comprobar su lisura, tan pulido por el tiempo, porque en realidad no es el agua quien lo alisa, sino el tiempo. Como a nosotros.

6 comentarios:
Aún después de rodar y rodar encontramos utilidad a los cantos. Llega un momento en que se cansan de reposar en el suelo, esperan a un niño de los de antes que los haga rebotar en el agua, peor aún si son gamberrillos de los que organizaban "dreas" contra los del barrio de al lado. Ahora difícilmente terminan en manos de niños, no sabía lo de lios cantos en los tiestos, solo me preocupo de los agujeros, siempre se aprende. Larga vida a las plantas de tu salón, chupitos de oxígeno, los cantos al fondo.
Me admira que seas tan manitas. Larga vida a tu floresta particular.
Por cierto, me gusta que hayas usado el término canto, es así como aquí hemos nombrado siempre a piedras, guijarros o chinas. Las chinas o chinarros ya son diminutas, pero los cantos, ay, cuántos descalabros causaron en otro tiempo los cantos.
Acabo de ver pegado en la calle un cartel de Rara Avis, actividad en la que supongo que has intervenido. Voy a ver de qué va.
En efecto, Rara Avis está en el programa Valladolid Letraherido, que coordino.
Cantos de los de antes...
Me gusta llenar mis manos de tierra.
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