lunes, 26 de octubre de 2026

Flor seca del cardo

 


Cuando se seca, la flor del cardo es un ejemplo arquitectónico de cómo la vida deja un rastro. Frágil, temporal, hermoso. Antes se usaba para coagular la leche a falta de cuajo animal (es el secreto a voces de algunos quesos), para cardar la lana y otros tejidos, para la medicina tradicional. También como amuleto protector o como decoración. Hay que ver el cardo, quiero decir, hay que mirarlo en ese estado. Cuánta belleza.

¿Dónde escapar de la mala política? En lo más cercano. Pasar, de una vez, del otro al nosotros. Nosotros, los seres humanos. Ese momento de alumbramiento en el que descubrimos que el otro se parece tanto a nosotros.

En el café, una conversación en la mesa de al lado. Miran la televisión encendida con todos los altercados en las ciudades europeas de estos días y afirman que esto no ha pasado nunca, culpan de todo a los que no piensan como ellos, dos hombres y una mujer. Hablan desde el rencor, un rencor profundo que no tiene un origen concreto más que el miedo que les ha llovido como cae el agua en esas lluvias que parecen no mojar -voy ahí mismo, no necesito paraguas-, lluvia fina, hasta que cala.

Tiempos malos estos en los que se siembra la ira sin pensar que la cosecha solo puede ser terrible.

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