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jueves, 15 de noviembre de 2007

Frontera y paisaje.

[Paisaje de Castrojeriz, Burgos.]

Estos últimos días, en las entradas del blog, busco las fronteras: dentro, cerca, lejos. Las fronteras verdaderas no son las marcadas en los mapas, por las que tantos han muerto a veces sin saber bien por qué o por quién. Ésas que se llenan de banderas e himnos y peligrosos políticos populistas. Son más ciertas las fronteras que llevamos dentro y que nos da miedo cruzar por si nos hallamos en un país desconocido que nos desoriente o que nos horrorice de tan previsible. Hay vacíos interiores que nos roen como agujeros negros. También he descubierto fronteras en las cicatrices de los árboles o en los grandes clavos que remachan una puerta o en la incierta figura borrosa de un espejo.

Hay otra frontera al vacío que nos muestra la mirada: aquella cuyos límites no dominamos, en la que los edificios en los que nos cobijamos se terminan y quedamos al viento cruel del páramo o la incierta seguridad de un valle desarbolado.

Frente a este paisaje uno se siente desvalido y minúsculo, sin más sustento que el de sí mismo, tan pobre. Y cómo asusta esta condición del individuo desprovisto de los otros o de las circunstancias que distraigan del encuentro con su verdadera efigie en este paisaje de abismo en el que el cielo pesa más que la tierra, hacia el horizonte, de tan enorme.