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lunes, 3 de noviembre de 2025

18ª Semana de Estudios Románticos. Dos vidas unidas: don Narciso Alonso Cortés y don José Zorrilla.

 


Desde hace unos años tomé el relevo en la dirección de las Semana de Estudios Románticos organizadas en la Casa de Zorrilla de Valladolid por la siempre recordada Ángela Hernández, que tanto hizo por la Casa Museo. Por esta razón, la Semana se encuadra dentro de las actividades de Valladolid Letraherido. En el presente año, tendrá lugar desde el martes 4 hasta el viernes 7 de noviembre. Alcanza ya dieciocho ediciones y, en esta ocasión, se dedica a la memoria de don Narciso Alonso Cortés con motivo de cumplirse los ciento cincuenta años de su nacimiento. En realidad, todo el presente año se dedica a la memoria del que fuera catedrático de lengua y literatura en el Instituto Zorrilla, prohombre de Valladolid, investigador de la historia de la ciudad, autor de algunos de los manuales más usados durante décadas por los estudiantes de bachillerato de toda España y muchas otras cosas más. 

Narciso Alonso Cortés dedicó gran parte de su vida y de sus investigaciones a la biografía y la obra de José Zorrilla. A él se deben los estudios más importantes que existen hoy en día (especialmente su Zorrilla: Su vida y sus obras) y la única edición moderna disponible de sus Obras completas. Aunque alguna de sus conclusiones han sido matizadas y ampliadas en investigaciones más concretas y parciales, la imagen que construyó de Zorrilla sigue siendo válida y es la que predomina hoy en día. Por otra parte, contribuyó a la adquisición de la casa natal del poeta por parte del Ayuntamiento de la ciudad con la finalidad de convertirla en Casa Museo. Aquella visión se haría posible y es la piedra fundacional de la Casa Museo Zorrilla de la actualidad. Todo un acierto.

El programa puede consultarse en la imagen inferior de esta entrada. El martes comenzaremos por la ya tradicional celebración de la ofrenda a los muertos según la costumbre mexicana, recordando la larga estancia de Zorrilla en México, gracias a la colaboración con la Asociación de Mexicanos en Castilla y León. El miércoles, el director del Archivo Municipal, Eduardo Pedruelo, nos hablará del vínculo de Narciso Alonso Cortés con la Casa Zorrilla. El jueves, tendremos un taller de máscaras a cargo de Laura Montes y la conferencia de José Luis González Subías sobre el rescate de varios manuscritos perdidos y textos olvidados. Finalmente, el jueves hablaré sobre qué Zorrilla construyó Narciso Alonso Cortés en sus trabajado sobre el poeta y terminaremos con la representación de varias escenas del Tenorio en el Jardín Romántico de la Casa de Zorrilla.

(Mi ocupación como coordinador de la Semana hasta el viernes me impedirá publicar nuevas entradas en este blog estos días, salvo la entrada del jueves correspondiente al Club de lectura, que dejaré programada.)




martes, 4 de diciembre de 2018

Un poema de amor o cómo hoy me reencuentro con Ildefonso Manuel Gil

 

Hoy, un impulso me ha llevado a la estantería en donde conservo, como un secreto placer, los libros de Halcón, la colección de poesía del Valladolid de la postguerra que compré en la venerable librería Relieve, con sacrificio económico, en mi época de estudiante universitario. Halcón nació como revista en la tertulia que sostenían Luis López Anglada y Manuel Alonso Alcalde en el desaparecido Café Bar y Restaurante Cantábrico (calle Santiago, esquina Plaza Mayor), a los que se sumó pronto Arcadio Pardo por iniciativa de Narciso Alonso Cortés, catedrático de lengua y literatura del Instituto Zorrilla en el que estudiaba. Cuatro nombres que asombran vistos dese hoy, a los que se incorporaron otro catedrático de literatura, Fernando González, purgado por el régimen de Franco por ser republicano, y Miguel Delibes, que se limitó a poner a disposición de la revista lanzada por sus amigos el recién obtenido carnet de prensa, precepto legal para que se pudiera publicar. Los trece números de la revista vieron la luz desde 1945 hasta 1949. Antonio Merino fue el autor del extraordinario dibujo del halcón que figuraba al frente de cada número. Este halcón se encontraba también en la portada de la colección de libros de poesía, que se publicó desde 1946 hasta 1950. Fueron un total de dieciocho títulos, todos ellos memorables, de autores como Rafael Montesinos, Luis López Anglada, Rafael Morales, Arcadio Pardo, Gabriel Celaya, Manuel Alonso Alcalde, Victoriano Crémer, etc. Solo la desidia que impera en las cuestiones culturales de este país puede haber hecho que muchos de ellos hayan caído en el olvido en las últimas décadas y que sean absolutos desconocidos para tantos poetas jóvenes actuales (tan viejos ya) que deberían sentirlos como afines en tantos sentidos. Muchos deberían hablar y escribir menos -o hacerlo con más humildad- y leer más: se sorprenderían de lo que es compromiso en tiempos difíciles y encontrarían en aquellos versos cosas cuyo hallazgo se adjudican por ignorancia. Incluso por las mismas calles que conocieron los promotores de Halcón. Cuánta soberbia hay en la ignorancia.

La mano me llevó hacia el número 9 de la colección, El corazón en los labios (1947), del zaragozano Ildefonso Manuel Gil (1912-2003), también represaliado por la dictadura franquista. Tuvo que marchar al exilio en 1960 y no regresó definitivamente hasta 1983. El libro se estructura en seis partes: Homenaje a los románticos (este largo poema ya había sido publicado en la revista Literatura, que dirigiera el propio poeta y al reproducirlo en el libro vuelve a dedicarlo, significativamente, "al gran poeta ausente", Juan Ramón Jiménez), Cinco poemas de amor (dedicados a su esposa, Pilar Carasol), Juegos (sobre la necesidad del juego en el ser humano y la retórica como juego poético), Presencia (a su madre muerta), La soledad esperanzada (dedicado a su amigo, Ricardo Gullón) y Silbo en silvas del terror (esta última compuesta por un solo poema, dedicado al poeta Fernando González, en el que recuerda la experiencia trágica de la prisión en el Seminario de Teruel y la muerte de los compañeros, del que hablaré otro día puesto que es uno de los poemas más valientes publicados en la primera postguerra: buscábamos la suerte / de retrasar un día nuestra muerte). 

La mano es sabia, claro, y me llevó hasta un poema de amor de los cinco que dedica a su esposa. ¿Cuánto hacía que no leía este poema?  ¿Veinte años? Qué sorpresa encontrarlo hoy, tan recién hecho. Qué hermosura más sencilla la de la pareja de amantes paseando en el pinar:

Caminaré a tu lado por la verde
vereda del deseo, entre los pinos
recién mojados por la suave lluvia
que cuelga de la tarde sus tapices
sutilmente tejidos de alegría.

   El monte nos dará sus claridades
bajo cuya verdad las cosas tienen
el gozo de sentirse entre sus límites
exactos y seguros.
                              Hondo aliento
de la vieja ternura de la sangre,
latiendo sobre un mundo sólo de ella,
que es todo para ella, razón última
de su existir sereno y luminoso.

Para después sorprender la armonía entre el ser humano y el paisaje:

   En el paisaje que la lluvia afina
hay un candor humano, una pureza
desprendida del hombre, abandonada,
sin que ellos lo supieran, por algunos
que durmieron su sueño sobre el césped
dejándose caer hacia la tierra,
cansados de sí mismos, traspasados
de un amor repentino por las cosas,
por el mundo de afuera, tan preciso.

Y la reacción de los amantes ante tanta belleza sencilla (Nuestros dedos / quieren coger un pájaro / una nube, responder al latido de una piedra, / descifrar el mensaje de la brisa.), para comprender que es imposible atraparla pero queda la llamada del deseo, el impulso para nuevas cosas:

Pájaro, piedra, nube, césped, brisa,
todo eso vive aparte de nosotros,
pero nos llama a abrirnos al deseo
con la misma pureza que la tierra
abre su entraña al beso de la lluvia.

El amor como salvación, como unión con la naturaleza del mundo abierto en herida trágica. Me quedaré un rato más entre las páginas de este libro, que hay que leer entero para comprender bien su ritmo y cada poema. Que venga la noche, mientras tanto.