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domingo, 2 de agosto de 2026

Miles de flotadores hinchables y chanclas desparejadas

 


Admiramos el arte de embellecer las fachadas en ruina y las medianeras de los edificios. Hay grandes artistas que se han especializado en ello. En realidad, nos reconforta: da la impresión de que todo está bien terminado y de que el mundo no se nos cae a trozos.

Asisto al espectáculo de tantos que piensan que la mejor opción contra las víctimas es la violencia. Veo las imágenes de las decenas de miles de personas que han entrado en Ceuta desde Marruecos esta semana. No han ejercido la violencia: solo han pasado de un lado a otro de una frontera, muchos a nado. Son apenas cien metros y los que no sabían nadar han utilizado flotadores como los que usan los niños cuando aprenden a nadar en las piscinas o en las playas. Frente a la interesada desinformación de muchos, en las imágenes veo también mujeres -muy jóvenes muchas, apenas adolescentes- y niños. Los buzos han rescatado ya cien cadáveres, algunos de bebés. Se espera que el mar devuelva más en los próximos días. Gran parte de los que lo consiguieron entraban con lesiones provocadas por los golpes contra las rocas. Muchos llegaban al límite de sus fuerzas. Todavía falta por averiguar todas las causas que han provocado esta avalancha humana, pero veo dos por encima de cualquier otra: la desesperación y la esperanza. Posiblemente alimentadas por organizaciones criminales y los intereses políticos. Hay también responsabilidad por dejación o incompetencia. Muchos de los que veo en las imágenes parecen no comprender bien las consecuencias de todo, se les escapa el complejo entramado de las relaciones políticas y la geoestrategia. Me fijo en una pareja muy joven, quizá hermanos, quizá novios. Corren enlazados por las manos y sonríen porque piensan que han conseguido un primer hito de su meta. Veo también un joven mareado que recibe la ayuda de un guardia civil, otro que es apenas un niño al que abrazan dos militares para tranquilizarlo. Han entrado a miles, pero a las pocas horas la mayoría ha regresado a Marruecos porque nadie les ha dado agua ni comida -la ciudad estaba desbordada y no había ninguna posibilidad de atenderlos-. Necesitamos que dentro de unos días los entrevisten buenos periodistas -a los que regresaron, a los pocos que se queden, a los familiares de los fallecidos-, necesitamos leer esos reportajes para comprender las historias humanas que hay detrás de cada uno de ellos. En las imágenes yo veo víctimas. Víctimas de un mundo injusto y desigual en el que la voracidad de unos pocos fabrica carne de cañón. ¿Tantos años de espectáculo han anulado nuestra capacidad de compasión? La playa ha quedado llena de flotadores infantiles y chancletas desparejadas, documentación perdida, teléfonos móviles inservibles. Una inmensa piscina que nos retrata.

Nos desagregaron, nos enfrentaron, nos impusieron el miedo, nos llevaron a la ira. // Nos dejamos desagregar, nos dejamos enfrentar, nos dejamos imponer el miedo, nos dejamos conducir a la ira. ¿Cómo salimos de lo irracional?

En la Fastiginia, la inteligente obra que el portugués Tomé Pinheiro da Veiga escribió con motivo de su estancia en la corte de Valladolid en 1605, hay un episodio memorable. En él se describen los banquetes que el Duque de Lerma y el Condestable de Castilla, en beneficio de Felipe III, organizaron para agasajar a los miembros de la embajada inglesa que acudían a ratificar el tratado de paz con España y asistir al bautizo del futuro Felipe IV. Al frente de los 500 componentes de la embajada se encontraba el almirante de Inglaterra, el Conde de Nottingham. Aquella embajada dio pie a la falsa leyenda de que Shakespeare llegó a Valladolid por este motivo y conoció a Miguel de Cervantes, residente en la ciudad y que comenzaba a saborear el éxito de la reciente publicación de la primera parte del Quijote. Pinheiro da Veiga relata cómo eran aquellas lujosas comidas. Aparte de otros menores, se celebraron tres grandes banquetes: uno en el Palacio Real, otro en el Palacio de los Condes de Benavente (hoy Biblioteca Pública) y otro en las casas del Condestable de Castilla (hoy desaparecido). En este último, el 31 de mayo se celebró un banquete especialmente opulento con las puertas abiertas, permitiendo al pueblo entrar a mirar cómo comían aquellos caballeros y sus damas. La gran mayoría de los espectadores salieron admirados y comentaron durante mucho tiempo las excelencias de los platos, de las vajillas, los cubiertos y las copas, también las maneras de los comensales y los trajes de todos ellos y el lujo del palacio del Condestable. Cosas como estas mantenían el statu quo con gran eficacia. Hoy también nos invitan a mirar los banquetes de los poderosos y a celebrar sus éxitos como si fueran nuestros. Algunos, incluso, alaban la calidad de las migas que se caen de las mesas.

Quién nos iba a decir que el verdadero nombre de un dios sería finalmente IA y su libro sagrado un algoritmo.

sábado, 1 de agosto de 2026

Aún queda verano

 


Los humanos compartimos el 99.9% de los genes. No existen las razas. La única diferencia que existe entre nosotros es la de las oportunidades. El azar de haber nacido en un lugar o en otro, en una situación o en otra. Las diferencias de nuestra realidad socioeconómica y estructural condicionan nuestra pertenencia a una comunidad y a una clase social, la oportunidad de tener acceso a unos bienes, a una buena sanidad o a una educación adecuada, las circunstancias que pueden hacer posible que no sean otros los que nos inventen nuestra historia y nos fabriquen nuestro presente y nuestro futuro de acuerdo a ideologías o creencias que tienen su raíz en la diferencia y en el enfrentamiento. No hay nada en nosotros que nos haga superiores a otros seres humanos hasta el punto del enfrentamiento. La mayoría de los conflictos se deben al adoctrinamiento, a la construcción de enemigos exteriores para no ver a los verdaderos causantes del dolor verdadero de la humanidad: la desigualdad. Quienes dictan doctrina y consignas lo hacen por intereses que no son refugio de humanidad sino frío cálculo de poder y ambición que aumenta la desigualdad y concentra el poder con herramientas tan viejas como el mundo: la desinformación y el miedo. Es muy complicado ser un individuo en el sentido más elevado de este término, más aún un individuo consciente y solidario con los otros en mitad del ruido. Sobre todo en tiempos en los que han desatado las furias.

Miro atardecer estos días. Hoy ya no es tan visible el humo provocado por los incendios forestales cercanos. Ha caído el sol con una hermosísima gama de rojizos. En el cálculo astronómico, el 6 de agosto es el día central del verano por estas tierras. La primera mitad ha pasado demasiado rápido, ¿en qué he estado ocupado? Queda tiempo. Siempre hay tiempo para comenzar.

sábado, 25 de abril de 2026

El mundo, vidrio quebrado

 


Y ahora es la malva la que embellece las cunetas y los solares. Cinco pétalos abiertos al sol y al mundo, asilvestrados y orgullosos. Crecen sobre el olvido, sobre la tierra entera, en los lugares más humildes y abandonados. A un lado y otro del camino, sin preguntarnos de dónde venimos ni adónde vamos.

Ningún muro protege, todos encierran.

Con una ramita seca de una mata de tomillo, por el parque, apresuro el paso porque amenaza tormenta. Esta mañana el sol picaba como en esos veranos en los que el calor chupa la humedad de la tierra. No tardan en aparecer algunos relámpagos y unos truenos, poca agua, pero me pongo a resguardo debajo de una cornisa, junto a un grupo de jóvenes. Dicen que hay tardeo en Poniente. Se van abriendo las nubes. ¿Entonces?

¿De dónde venía yo antes de atajar por el parque? De mis soledades, me respondo, y no puedo dejar de sonreírme al citar a Lope de Vega. No me gusta especialmente este poema suyo, que me parece, como mucho de lo suyo, magníficamente escrito, pero escrito por alguien muy pagado de sí mismo, pero en él una gran verdad: No puede durar el mundo, / porque dicen, y lo creo, que suena a vidrio quebrado y que ha de romperse presto. El poema parece escrito a lo que saliere, pero cuando retomo el paso hacia mi casa, con la rama de tomillo en la mano, cada paso suena a vidrio quebrado. Esquinitas de cristales que hieren solo de verlas.

Es curioso cómo insisten los medios de comunicación en ese vidrio quebrado. La manera ya no es información, es provocar la alarma. Vivir en un estado de alarma continuo nos lleva al miedo, un temor constante de que ya nada tiene arreglo y el cielo se nos caerá encima, un miedo que no nos deja ver la belleza de la malva.

domingo, 5 de abril de 2026

En qué consistirá la realidad

 


Es fácil hacer que las fotografías antiguas cobren vida y que los personas retratadas se muevan. Es fácil crear imágenes fijas o en movimiento de escenas y personajes que nunca existieron. Al usuario normal ya le es difícil distinguir si aquello que ve o escucha sucedió. Es real, puesto que existe, es verdad según casi todas las acepciones del diccionario. Es fácil construir alguien que te sustituya virtualmente en el trabajo, que dé tus clases o entregue las tareas encargadas por el profesor, que negocie por ti, que esté en todas las partes a la vez, que se acuerde de los cumpleaños, que te sobreviva cuando fallezcas por esa condición que nos hace mortales por ahora y que siga hablando con tus hijos o tu pareja o dirigiendo tu empresa hasta que la tecnología en la que te basaste quede obsoleta. En las firmas de libros, muchos autores deberían ser ya sustituidos por el ingeniero que diseñó el programa que ha redactado su obra. Leeremos nuevos textos de Federico García Lorca o de Almudena Grandes, como veremos nuevas películas de los actores clásicos de la historia del cine. Y llegarán cuando ya no quede nadie que pueda distinguirlas, cuando nuestros deseos, nuestros recuerdos, nuestros miedos y nuestras esperanzas sean propiedad de grupos financieros y se adquieran en una máquina expendedora de un centro comercial.

Me detengo ante esta pared llena de fotografías de personas que no conozco. Niños, jóvenes cumpliendo el servicio militar, mujeres, grupos de escolares a la puerta del colegio rural, encajeras de un pueblo de sierra vestidas con todo el lujo porque les habían dicho que llegaba el fotógrafo, un campesino sorprendido por la cámara delante de un carro de heno, unos novios en el estudio de un fotógrafo, un severo fraile, una familia de comerciantes en un coche de caballos camino de una celebración. Solo tengo estas imágenes capturadas en un tiempo que ya pasó. ¿Qué fueron, qué hicieron, cómo continuó su vida? Esta fotografía del recluta captada por el minutero, ¿llegó a las manos de sus padres, de su novia? Esta niña fotografiada ya fallecida en el regazo de su hermano mayor, que mira serio al objetivo, alarmado por el fogonazo del magnesio; estos jovencísimos novios, que posan tímidos en la pradera del Carmen capturados durante la romería por el fotógrafo que se ganaba unas pesetas por imágenes; esta muchacha bien vestida que lleva a su perro de la correa sujetada por una mano delicada y bellísima; esta familia sentada sobre la hierba en la ribera del río en una tarde de verano.

Cuando se pueda inventar todo a gusto de cada uno y ya no se distinga lo que fue de lo que no fue porque toda la realidad, inventada o no, esté en un mismo plano. En qué consistirá la felicidad.

viernes, 3 de abril de 2026

Mil mandarinos florecidos

 


Y si miro hacia aquí, ¿cuáles son las raíces del odio? En mi niñez, en la ciudad se miraba mal a los que emigraron desde los pueblos: no eran de aquí. Vivían en barrios de obreros levantados de prisa, con las calles sin asfaltar, construían viviendas ilegales en los márgenes de las cañadas, en las cercanías de los canales, en los caminos de las afueras, vestían y hablaban diferente y saturaban los colegios públicos y el sistema sanitario, que no había previsto con tiempo su llegada. El urbanismo de las ciudades aún recuerda aquella costura mal zurcida. En el centro se los veía como gente sin educación que asaltaba los parques en los festivos e incomodaba en las calles y en los bares por su aspecto, sus gritos y su facilidad para tener hijos. Se les necesitaba para la modernización del país, pero molestaban si se hacían visibles. De los gitanos perduraba una extraña conciencia histórica de que venían de fuera, de tierras exóticas entonces, por mucho que llevaran en la península más de cinco siglos: Egipto, India, Rumanía, quién sabe, se decía. Se les acusaba de no adaptarse a las costumbres generales y sobre ellos se contaban historias que provocaban la risa y la indignación, también el miedo: se decía que sabían cómo pedir todo tipo de ayudas para no trabajar y que eran los primeros en conseguir las viviendas de promoción pública que, en pocos años, convertían en lugares sin ley. En sus barrios, se decía, tuvo origen el tráfico de droga que se convirtió en un problema nacional en los años ochenta del pasado siglo. Ahora son los inmigrantes de otros países los que vienen casi sin nada al calor de nuestro crecimiento económico y carencias demográficas y viven en aquellos barrios levantados hace unas décadas. Y seguimos así, sin darnos cuenta de que el verdadero problema es otro.

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En el siglo XXI desaparecerá la propiedad privada porque todo pertenecerá a muy pocos y el resto solo seremos usuarios de las propiedades ajenas. No tendremos un sistema estatal de propiedad, como algunas viejas utopías pasadas querían, sino grandes servidores de cosas que competirán entre sí o se aliarán según sus intereses. De súbditos a ciudadanos para terminar siendo clientes. Clientes también de emociones fabricadas. Ya está pasando y muchos de nosotros seremos la última memoria de lo que fue. Por eso mismo, a veces saco del cajón en donde las guardo las alianzas de boda de mis padres y las aprieto. Mi madre mandó achicar la de mi padre para llevarla junto a la suya.

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Las guerras modernas se parecen tanto a las guerras antiguas. Quizá la diferencia más notable es que ya no mueren generales ni reyes ni emperadores en el frente de batalla. Quizá la única diferencia.

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Ayer me entretuve comiendo una mandarina. Quité la piel con lentitud, separé los gajos y los dispuse en círculo sobre un plato de postre para comerlos uno a uno. Recuerdo aún aquellas mandarinas de mi infancia, llenas de titos, que mi madre me daba para merendar en la calle. Eran más ácidas que las de ahora y algunas se pelaban muy mal y había que hincarles el diente. En cada gajo, uno, dos o tres titos, que los niños escupíamos trazando parábolas infinitas para que llegaran hasta nuestra vejez. Si no estuviera debajo del asfalto, en el suelo de mi infancia se levantarían ahora mil mandarinos florecidos de azahar con la carne de los recuerdos de la barriada.

jueves, 2 de abril de 2026

Si fuera que una abubilla

 


Desde hace un tiempo persigo más amaneceres. ¿Cómo eran los movimientos del sol que nos explicaron en la escuela? Hoy sé que esto que veo cada amanecer es aparente, provocado por el movimiento de la Tierra, por la inclinación del eje del planeta y la órbita elíptica, pero no le quita misterio. Nunca había prestado tanta atención como ahora, quizá es la certeza de que me quedan menos de los que me pasaron inadvertidos. A veces salgo a la terraza con la taza de desayuno en la mano, a nada, a ver amanecer. Hace nada, el sol me amanecía en el cerro y hoy ya está más al noreste y comenzará su camino de regreso al sureste a partir de San Juan. ¿Cuántos días así sobre la ciudad? Ni la Tierra ni el Sol están fijos, en su caminar hacia el verdadero tiempo que los hace y deshace.

Cuatro astronautas van ahora camino de la Luna en la nave Orion, dentro de la misión Artemis II. Artemisa/Diana fue una diosa muy popular en el mundo clásico. Era la divinidad de la caza y de la vida salvaje, hermana melliza de Apolo. Con el tiempo, Apolo sería el dios del Sol y Artemisa la diosa asociada a la Luna. En este viaje hay una mezcla, como en todo lo humano. Ahí van las ganas de aventuras, conocimiento, descubrimiento y perfeccionamiento técnico de esta curiosa especie que somos; ahí van también el ansia de dominio, la competencia entre países, los intereses comerciales y la necesidad de explotar todo lo que tenemos a nuestro alcance. El cohete más potente del mundo al servicio de la etapa de mayor desarrollo de la inteligencia humana mientras perviven los rasgos más sanguinarios y depredadores de lo que somos. Aquí abajo seguimos matándonos, permitiendo que los intereses más depredadores del mundo financiero controlen nuestras emociones y buscando cualquier grieta para demostrar nuestros sentimientos más despreciables. El ser humano capaz del prodigio y la ternura y de la violencia más extrema. Se nos olvida tan pronto todo lo conseguido.

A media mañana bajé a comprar miel de los montes Torozos que venden en la panadería del barrio. Miel de las colmenas de las ondulaciones del sur de Tierra de Campos, campos de encinas. En cada ocasión, cambio: miel de espliego, tomillo, encina. Se me está terminando el tarro de espliego y me he subido la miel de encina, más oscura. Al guardarla en la estantería he recordado los encinares desde el límite con Zamora hasta la misma ciudad de Palencia y su monte El Viejo, en donde colgamos hace tiempo la vieja estructura de un reloj de cuco con la esperanza de que se convirtiera en nido. Si fuera que una abubilla. 

lunes, 9 de marzo de 2026

La dificultad de los colores

 


En la cafetería, un grupo de hombres se queja porque ya no atienden en mesa. Cada vez peor, dicen. Uno del grupo se levanta a pedir en barra. No creo que vuelvan.

Estamos en una de esas épocas en las que todos los informativos comienzan con las noticias de las guerras. De las guerras que conocemos desde aquí, claro. Busco en el móvil noticias de cuándo fueron conscientes los europeos de que en 1914 se había declarado la Primera Guerra Mundial. Los historiadores parecen haber llegado al consenso de que comenzó el 28 de julio y en septiembre ya se hablaba de guerra mundial. No en todos los países. Muchos siguieron hablando durante un tiempo de la Gran Guerra o la Guerra Europea. Sin embargo, en el siglo XIX también se mencionaba el concepto de guerra mundial en ocasiones. Por el uso de la anterior, el término Segunda Guerra Mundial apareció pronto, casi al momento de que Alemania invadiera Polonia el 1 de septiembre de 1939. Pero todo es complejo: hay un consenso creciente de que se podría hablar de guerra mundial desde la Guerra Civil española de 1936. La Primera también vino precedida de enfrentamientos anteriores. Dejo el móvil, sorprendido de mi búsqueda. Fuera ha comenzado a llover, una lluvia débil, pero constante. Ver llover desde los cristales, mientras tomo con lentitud mi café, como si no quisiera ver vacía la taza.

Esta mañana amaneció como si al mundo le costara cobrar los colores. Un blanco y negro que se fue alargando en los primeros minutos del día. A veces ocurre así, un día sin colores. Como aquella tormenta de 2019, en la que se unieron un frente que venía del norte y otro del sur -por aquí es extraño, casi siempre las lluvias vienen desde el oeste o suroeste: desde la raya portuguesa y más allá el Atlántico-. Al terminar, parecía que habían borrado los colores. Una lluvia arenosa había tapado las cosas.

martes, 3 de marzo de 2026

Escribir a mano

 


Se adelanta la floración del cardo en la cuneta. El mundo de los seres humanos se deshace y él nos ignora limitándose a ser. Esbelta, la flor, se ofrece a la mirada de quien pase y sea capaz de levantar la cabeza que lleva mirando su penar ensimismado. Quizá sea la hora de la flor del cardo, de que cada uno porte la belleza en las manos y la ofrezca de la misma manera, solo por ser.

Hoy se celebra el Día Internacional del Escritor. Más allá de la celebración: cuando todo sea Inteligencia Artificial, ¿qué libertad de expresión habrá en manos de algoritmos? Cuando todo lo decida un programa de generación artificial, ¿habrá posibilidad de que la creatividad humana se salga de lo que ha sido diseñado? Ahora mismo, cuando escribo, si me equivoco, el programa me lo indica con una línea roja, pero errar es humano. ¿Los libres del futuro volverán a escribir a mano?

lunes, 2 de marzo de 2026

Rostros en el agua

 


Primero quitaron el polvo gris de los derrumbes; luego los trozos de hormigón, chapas, ladrillos, muebles; encontraron cadáveres y los recogieron con cuidado en grandes bolsas blancas con cremallera. Siguieron excavando, capa a capa, hasta llegar al primer núcleo de Troya, los restos de una humilde choza de madera junto a un manantial ahora seco.

Lo más cerca que he estado del horizonte es aquel día, con las montañas llenas de nieve.

Hay rostros en el agua de este río que, al pulsarlos delicadamente con las yemas de los dedos, son espiral hacia ti mismo.

martes, 24 de febrero de 2026

Los cuatrocientos golpes

 


Ayer volví a ver Los cuatrocientos golpes de François Truffaut en pantalla grande después de muchos años, casi cuarenta. El Cine Club Casablanca de Valladolid, que conserva la costumbre de ver las películas en pantalla cinematográfica y versión original y comentarlas, me invitó a participar en su sesión "Mi película favorita". Acostumbrados, como estamos ahora, a los monitores de nuestros aparatos domésticos, por muy grandes que sean, volver a vivir el cine como experiencia comunitaria es más que saludable.

Hice una pequeña lista de películas para proponérselas a los organizadores, que sostienen con mucho trabajo y esfuerzo, este proyecto. A ellos les agradezco que hayan pensado en mí. Valladolid es una ciudad que cuida el buen cine y la SEMINCI ha sembrado muy buenos cinéfilos que necesitan compartirlo en un coloquio, que se continúa después en las cafeterías. Si hubiera hecho la lista hace cinco años o dentro de cinco años, no sé cuántos de los títulos serían iguales, como es lógico. Por eso mismo, me sorprendí no ver en ella algunos títulos que siempre había pronunciado como favoritos. Supongo que son los títulos que uno necesita volver a ver en un momento determinado por razones biográficas, estados de ánimo o coyuntura social. 

Entre los títulos había unos pocos que se estrenaron a finales de los cincuenta y en la década de los sesenta del pasado siglo. Y entre ellos, Los cuatrocientos golpes me ofrecía mucho de lo que yo necesito ahora. Todos sabemos lo que significó esta película para la historia del cine y para la carrera profesional de su director y cómo encabezó una corriente que buscaba películas menos correctas -temática y técnicamente- y más naturales y que, por eso mismo, causaron tanto impacto. También con un poso social más realista nacido de la experiencia biográfica. A finales de los cincuenta nacía una corriente cultural que terminó llamándose postmodernismo, una forma de mirar al mundo desde el individuo de una manera trasversal, alejada de los grandes principios ideológicos y creencias que lo trataban como una pieza más de las grandes propuestas de la modernidad que habían producido dos guerras mundiales y la amenaza de un mundo partido en bloques irreconciliables.

En Los cuatrocientos golpes hay una ficción institucional que ya no sirve: ni la educación, ni la familia, ni un aparato policial y judicial represor dan salida a los que ya no encajan en esas estructuras. Y lo que las mantienen lo hacen en gran medida desde la hipocresía o el temor al cambio. El protagonista, Antoine Doinel (lo sabemos, alter ego de Truffaut), es un adolescente de catorce años, hijo de una relación de su madre anterior al matrimonio. Su sueño es conocer el mar y vivir de forma libre en una sociedad que no se lo permite. Comete pequeñas trastadas que se van encadenando y creciendo en intensidad sin que él mismo sea muy consciente, hasta que termina en un centro de internamiento para menores. Nadie interviene a tiempo porque todos están muy ocupados en sus vidas y la estructura social solo está preparada para reprimir y no para ayudar. Es un mundo en trasformación radical, que viene de una postguerra y va hacia una sociedad de consumo y que se desentiende de los individuos que no aceptan las normas de juego aunque sea de forma hipócrita, como los padres de Doinel: en toda la película hay manifestaciones que lo afirman.

Hoy, que el cine que llena las salas es tan perfecto técnicamente y tan previsible en las estructuras, Los cuatrocientos golpes sigue siendo una lección de cómo hacer películas magistrales de manera imperfecta y natural, es decir, humana. También de cómo interrogar a la sociedad. La mirada final del protagonista a la cámara no deja de apelarnos, de preguntarnos sobre nuestros principios y motivaciones. En nuestra época se han desatado los grandes intereses, que ya ni siquiera se toman la molestia de disfrazarse de ideologías y que no se paran a preocuparse de los que no se ajustan a ellos. Por todos los lugares se pide más represión, menos políticas sociales, mayor control de los desfavorecidos o de los inadaptados, para los que se piden medidas cada vez más duras. La mirada de Antoine Doinel nos vuelve a interrogar, sin duda.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Intemperie

 


Desde la ventanilla del tren, el mundo parece estar a la intemperie.

En la viñeta de El Roto de hoy en el periódico El País, un cliente sube a un taxi y el conductor le pregunta: Dígame, señor, ¿a dónde vamos? ¡Ni idea, nadie lo sabe!, responde. En los tiempos en los que nadie parece saber dónde vamos, la dirección única es la deriva. Mandan las corrientes, que suelen tener siempre la misma dirección.

Nevará y vendrá el silencio.

jueves, 2 de octubre de 2025

Ni cerrando los ojos

 


No nos caben los muertos en las manos, ni siquiera en los brazos, ni acarrearlos entre varios. No caben en los armarios, ni en los cajones, ni en las repisas de las despensas. No nos caben ya los muertos en los ojos, ni cerrándolos.

sábado, 16 de agosto de 2025

El monte incendiado

 


España y Portugal sufren una de las mayores oleadas de incendios forestales de su historia que coinciden con el intenso calor de  este agosto, como no se recuerda. El fuego ya ha entrado en uno de los espacios más intensamente grabados en mi memoria, el valle del Ambroz, y las columnas de humo se ven desde Béjar. En Puerto de Béjar han comenzado a caer pavesas. Si cierro los ojos puedo recorrer con la memoria muchos de los senderos ahora amenazados. Leo y escucho las soluciones fáciles de los oportunistas, circulan por las redes sociales y los teléfonos móviles imágenes falsas y bulos, como ha ocurrido en todas las desgracias naturales, epidemias y conflictos sociales de la última década. También muchos testimonios de los afectados, cuyo dolor e indignación debemos acoger (exijamos que, con ellos, las administraciones competentes cumplan su función). El comportamiento de las brigadas y voluntarios que combaten el fuego es heroico y va mucho más allá de su obligación. No hay solución fácil porque las causas son múltiples. La cuestión debe abordarse desde muchos ángulos y nos afecta a toda la sociedad. El campo que se incendia no es solo un lugar para hacerse fotografías para las redes sociales con los girasoles, la lavanda y los cerezos florecidos, ni un espacio para invadir y maltratar los fines de semana y las vacaciones, tampoco un espacio que pertenezca solo a los propietarios de los terrenos. Acoger ahora los discursos fáciles de algunos oportunistas sería irracional, pero este mundo se ha echado ya en manos de las vísceras cuando más hace falta la razón.

Javier Celán, gran artista de la fotografía y autor de películas en las que la imagen y la poesía se unen hasta hacerse la misma cosa, me entregó el otro día una copia de la fotografía de mi madre que habíamos usado para un cortometraje en el que he colaborado y que se estrenará en breve. Es un corto que tiene mucho que ver con este sentimiento doloroso que provocan los incendios en los bosques. En él el monte es parte de la experiencia del ser humano. Tiene razón Javier con sus metáforas visuales: el bosque es lo que nos hace humanos, en realidad, porque lo llevamos dentro. Nuestra relación con él nos define y de él nacen muchos de nuestros relatos ancestrales. Alejarnos del bosque nos hace menos humanos.

Hay algo que no queremos entender porque nos hemos desconectado de la naturaleza desde hace unas décadas. Cuando usamos el concepto de bosque primigenio, casi siempre erramos. Existen muy pocos bosques primarios en el mundo. La mayoría de las masas forestales que conocemos, incluso las más intrincadas y densas, son producto de la labor humana. Los bosques de castaños que se han quemado en las Médulas no han estado allí siempre, sino que fueron plantados, explotados y delimitados desde la romanización de la península (parece incorrecto pensar que el castaño no existía antes en España, pero no a ese nivel de explotación), como también son obra humana el Castañar de Béjar, las extensiones de fresnos, tan relacionados como la ganadería, o los grandes pinares de mi tierra. Los últimos descubrimientos han demostrado que gran parte de la selva amazónica es producto de la selección y trabajo de los seres humanos que la habitaron hace cientos de años. No cuidar estos bosques como debemos define nuestra época.

Javier Celán me entregó la fotografía de mi madre envuelta cuidadosamente con un papel rojo. No me dijo qué era y al retirar el envoltorio y  ver el rostro de mi madre me conmoví tanto que tuve que tomar aliento. Hace unos días se cumplieron seis años desde que no puedo abrazarla como hacía en los últimos años de su vida, tan pequeñita y frágil, pero con esa entereza que le hizo superar todo (una infancia de la postguerra, el trabajo infantil, la pérdida de la primera hija, la privación de tanto para darnos todo a los hijos), excepto la muerte de mi padre. Protestaba mucho cuando la estrujaba, porque le quitaba el colorete o la despeinaba, pero aún conservo la dimensión exacta de su cuerpo en el abrazo que yo sostenía durante segundos hasta que conseguía que riera. Javier me entregó la imagen trabajada como una prueba de autor a partir de una vieja fotografía deteriorada que yo conservaba y que usamos en la película. Veo ahora a mi madre muy joven, bellísima, no permitiéndose sonreír del todo, como si anticipara algunas de las muchas tristezas que le iba a deparar la vida, como si supiera que la felicidad de los humildes siempre es castigada. La oreja izquierda despejada, de la que pende el único adorno que necesitaba. ¿Qué edad tendría entonces? Menos de veinte, calculo. Javier ha titulado la imagen La paloma de Santa Clara, como la conocían en el barrio vallisoletano en que naciera. Mi padre le llevaba seis años y, por entonces, lucía un bigotillo de artista de cine que le hacía muy atractivo. Una pareja muy guapa.

Tengo encogido el estómago. Gracias  al cortometraje de Javier Celán, la imagen de mi madre se instaló como un poema en los paisajes que tanto han significado en mi vida los últimos años, ahora amenazados por el fuego. Desde el otro día, me adentro en mi propio bosque, para escuchar el picapinos lejano y el rumor de los regatos que buscan el valle. Ojalá el incendio no llegue hasta la sierra de Béjar porque yo ya llevo un incendio dentro que tardaré mucho en apagar. No puedo despedirme de tantas cosas.

domingo, 27 de julio de 2025

lunes, 27 de enero de 2025

La lluvia, conflicto constante

 


Marca la lluvia
el conflicto constante
en el cristal.

Circunstancias del calendario. Hoy, decenas de miles de palestinos desplazados por la guerra en Gaza, regresan a su casa tras el alto el fuego: a pie, la mayoría. Quieren comprobar si aún tiene paredes. Muchos de ellos solo quieren reencontrarse con los seres queridos, de los que hace meses que no saben nada. Muchos habrán muerto, todos tendrán cicatrices. En realidad, no quieren regresar a su casa, sino al hogar. En la televisión, imágenes de la conmemoración de la liberación del campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz hace ochenta años. Se recuperan las imágenes de aquel crimen contra la humanidad que algunos quieren negar, como si no hubiera existido. Pocas cosas peores que ver al otro desprovisto de su condición humana.

Herminia es la profunda borrasca que nos azota estos días. Hace honor a la etimología de su nombre. Llueve y la lluvia deja rítmicas notas líquidas sobre el cristal de la ventana mientras escribo.


domingo, 12 de enero de 2025

El mundo sigue girando

 


Del amanecer al atardecer: un día, menos la noche. Hoy han sido espectaculares los dos por aquí. De fondo, el ruido de las motocicletas. Se celebra en la ciudad una de las concentraciones más importantes del invierno en Europa. Algunos vienen de tan lejos, que allí habrá amanecido a otra hora. El día lo hace el sol, ¿o cada uno?

En las noticias del mundo parecen vencer aquellos que no creen en la democracia. Los argumentos que se les oponen son fáciles de derrotar: a ellos no les sirven y basta. No se puede acordar nada con quienes no creen en el diálogo. Han conseguido ya controlar las emociones y entramos en una época en la que nada será cierto. No están locos, como piensas a veces cuando los ves gesticular en la pantalla del televisor o del móvil: tienen intereses. Al resto, nos toleran porque nos necesitan como disfraz, secuaz, paniaguado o cliente. Algunos les seguirán por las migajas. El neofeudalismo que parece venir tiene esto: de ciudadanos a vasallos que recuerdan vagamente que tuvieron derechos convertidos ahora en conceptos simulacro. ¿Los aplaudiremos para que nos protejan del conflicto que ellos mismos han creado?

El mundo sigue girando, ya lo ves, es su ley natural y para eso no nos necesita. Queda ladrar al atardecer. Y cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol, ¿te acordarás del que, un día, cansado, se puso a ladrar?


viernes, 3 de enero de 2025

Los clásicos


Ahora que todo el mundo sabe lo que debe hacer, me declaro ignorante. Es sorprendente cuántas personas conocen el secreto del éxito y se empeñan en darnos lecciones después de haber visto unos cuantos tutoriales sobre cualquier cosa y cuatro memes graciosos en las redes sociales tecnológicas. En todo.

La exhibición de la fortuna siempre esconde carencias.

El Pijoaparte de Juan Marsé quería salirse de su esfera por el camino fácil. Hoy hubiera sido influyente y presumiría de haber minado criptomonedas antes que nadie. Su meta ya no sería llegar a los barrios ricos de Barcelona, sino a los Emiratos Árabes Unidos o a cualquier gran ciudad de negocios de Asia, pero allí seguirá siendo un hortera que se dirige, sobre todo, a los de su barrio, para mostrarles su nueva vida como impostor. Se lo notarán a poco que abra la boca. Acabará igual que el Pijoaparte porque nunca aceptará a una Salvadora como el Manuel de Baroja. En el fondo, su gran problema es que jamás leerá a Marsé.

La alternativa ya está escrita en los clásicos, pero quién los lee ahora.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Empalizadas

 


El viento no perdona y derriba los árboles envejecidos o enfermos o aquellos a los que las lluvias han removido la base de tierra en la que enraízan. Quedan erguidos los más jóvenes y sanos. Por ahora.

Hay quien quiere que entre los seres humanos suceda igual: dejar a la naturaleza seguir su curso y que sobrevivan solo los más fuertes. En las redes sociales tecnológicas, veo la moda extendida entre algunos influyentes de prepararse física y mentalmente como si mañana fuera a declararse una guerra. En realidad, para ellos ya se ha declarado. En su mente, estamos a un milímetro del caos y viven en una ficción permanente en la que se encuentran en el lado correcto y se preparan para protegerse a ellos y a sus familias: solo ellos saben cómo hacerlo y no necesitan a nadie más. En su fe no hay lugar para los débiles. Como mucho, se apoyan en un pequeño grupo como ellos, quizá para levantar la empalizada que proteja a su tribu. Los demás, dicen, estamos ciegos o somos perezosos, estúpidos o, sencillamente, nos beneficiamos de su trabajo como los parásitos. Es tan irracional su pensamiento, que asusta. No lo saben: ellos traen el conflicto que les devorará inevitablemente porque su debilidad está en el fanatismo de su pensamiento y en la propia creencia de su superioridad. La verdadera fuerza consiste en crear una vida en la que no se necesiten las empalizadas.

El pino caído sobre el cauce de la acequia, como un puente que invita a pasar al otro lado.


domingo, 6 de octubre de 2024

Hay que cultivar nuestro jardín

 


Il faut cultiver notre jardin. La frase, lo sabemos, es de la obra Cándido (1759) de Voltaire, en la que reacciona contra el optimismo de Leibniz. Se le ha dado muchas vueltas a su significado final y su carácter pesimista o egoísta. Ante la certeza de que no podemos cambiar el mundo y de las penalidades que en él nos ocurren, debemos trabajar nuestro pequeño pedazo de huerto y encontrar en esa labor la raíz de nuestra felicidad: no es el jardín quien da la felicidad, sino nuestro trabajo en él. Cualquier ideología o religión que quiera salvarnos de los otros producirá un dolor irreparable y la destrucción violenta. De la Guerra Fría que nos atenazó después de la Segunda Guerra Mundial se salió con una mirada trasversal en la que se buscó lo que nos une antes que lo que nos separa. A veces basta con compartir una viandas sobre una manta tendida en el suelo. En la segunda parte del Quijote, Sancho se encuentra con el morisco Ricote, que regresa oculto a su pueblo, del que tuvo que salir por el decreto de expulsión del Rey: en vez de denunciarlo a la autoridad, a lo que estaba obligado por la ley, ambos se tienden en el suelo y comen y beben juntos. ¿No sirve ya nada de esto? Pedimos que cambie la deriva violenta de nuestro mundo y somos incapaces de cambiar nuestra actitud ante los otros.

Qué hermosa esta rosa de hibisco, no sé bien si malvarrosa o peonía, que florece en octubre y asoma desde el jardín.

miércoles, 2 de octubre de 2024

Un campo de amapolas

 


En los sacrificios, la sangre se derrama del altar y hace charco en el suelo. El brazo del sacerdote se mancha hasta el codo. Desde allí caen las gotas al vacío.

Miro el valle desde aquí: se adivina buena sementera de odio.

Siempre he pensado en el campesino que ha labrado amorosamente su tierra, que asiste con sudor e incertidumbre al crecimiento del cereal, se alegra de cómo ondea aún verde en primavera y debe abandonarla cuando llega el ciclo implacable de la guerra.

¿Después de nuestra muerte, quedarán las banderas? ¿Quién depositará un puñado de tierra sobre nuestros cadáveres? ¿Dónde habrán quedado los dioses a los que rezamos?

El único consuelo es que llegará un tiempo en el que ya no estemos y todo quedará bajo un hermoso campo de amapolas.