He bajado hasta el río. La luz de esta tarde de otoño doraba las piedras. En el descenso, sentía una ansiedad en el pecho. ¿Y si el río ya no estuviera, si yo no llegara a él, perdido en el laberinto implacable de los pozos? En el puente vi que el sol se iba ya y la ciudad contenía la respiración en ese momento frágil del atardecer en que todo se decide. Una balanza fiera que decide el día. ¿Si será el último, el que asolará la vida en estas calles? En la ribera del río, un gran cormorán agitaba sus alas para secarlas en este último sol del día. Magnífico, su pulso era el ritmo de las cosas, ajeno a la hora decisiva. Vivía sin temor junto a las aguas del gran Duero, confiaba sin más en el segundo presente. Aquí y allá, síntomas, huellas del futuro. La tarde ha sido plácida. En el aire, hacia la noche, hay un amoroso aroma de vida.

