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martes, 14 de octubre de 2008

La vida en el gueto


Hasta el siglo XX, la Historia era el relato de los grandes acontecimientos, de movimientos de masas o el nombre de los reyes y los generales. Cuando algún nombre se filtraba por las rendijas del sólido pavimento, como la hierba que agarra entre las placas de cemento, se le utilizaba como símbolo o leyenda: prototipo de algo que las grandes ideologías dictaminaban como correcto o incorrecto.

En Recuerdos enterrados, que se expone en la Sala de San Benito de Valladolid hasta el 16 de noviembre, ver las fotografías de Henryk Ross te enfrenta a la verdadera dimensión de la Historia: la gente que la padece, las vidas usadas como moneda de cambio, a las que les sobrevienen los acontecimientos y no pueden hacer más que pequeños gestos o ninguno más que dejarse llevar. Ross fue uno de los fotógrafos del Gueto de Lódz, una ficción de vida libre en medio de la demencia del nacionalsocialismo hitleriano.

Ross recibió el encargo del Consejo Hebreo de dicho Gueto de fotografiar los productos fabricados allí y su proceso de manufactura, con el intento ingenuo de convencer a las autoridades nazis de que Lódz era productivo y convenía mantenerlo.

Ross decidió fotografiar, también, la vida cotidiana de aquel gueto. En los últimos meses del gueto, se desencadenó la deportación y el asesinato masivo y el 97% de los habitantes del gueto murieron. En ese tiempo, Ross decidió enterrar los negativos de sus fotografías junto a muestras de los objetos fabricados. Fue de los pocos supervivientes y pudo volver a desenterrar aquellas imágenes. Parte de ellas, las más explícitas, sirvieron como elemento de prueba en juicios contra alguno de los criminales y como testimonio de la barbarie homicida.

Sin embargo, muchas tardaron en exhibirse: quizá porque se pensaban que no tenían valor como testimonio en los juicios, porque no probaban más que el ser humano es capaz de sobrevivir y crear relaciones y vida hasta en las peores situaciones; quizá porque había un velo de pudor en mostrar los rostros de tanta gente que murió poco tiempo después de ser tomadas; quizá porque hasta las víctimas pensaron que la Historia era otra cosa y sus imágenes tenían poca importancia.

Ésas son las que ahora se muestran.

He dedicado un largo tiempo a verlas. Jóvenes que intentan ser elegantes, parejas que se besan como siempre ha pasado, grupos que se divierten, niños que posan con una sonrisa, gente rebuscando cosas en el suelo.

Son retratos correctos, sin alardes técnicos ni condiciones de estudio. Por azar, las más artísticas son precisamente aquellas cuyos negativos sufrieron las malas condiciones en las que se conservaron y aparecen quemadas, fragmentadas: de pronto, entre la película destruida, surge un rostro que sonríe.

Gente normal que intenta hacer la vida que les dejan las alambradas y la obsesión enfermiza de algunos por dominar el mundo y hacer la Historia a su medida.

Cuando salí a la calle, di un largo paseo, sin hablar con nadie.