La Hispanidad, como concepto moderno, nació a principios del siglo XX. Por desgracia, sufrió, como tantas cosas, la apropiación idebida, localista y chata que llevó a cabo la dictadura de Franco y, durante un tiempo demasiado largo, hablar de Hispanidad era recordar un apolillado sueño imperial. En realidad, fue una idea surgida antes en Hispanoamérica que en España, elaborada por alguno de sus intelecturales más influyentes, entre los que brilló Rubén Darío porque supo dar en sus obras (sobre todo a partir de Cantos de vida y esperanza, poemario publicado en 1905) la forma definitiva a este pensamiento. No fue el único, puesto que en el empeño se unieron escritores y pensadores de uno u otro signo y de variadas procedencias. En una línea diferente podríamos señalar la labor de Eva Canel, interesante y casi olvidada escritora hispanocubana.
En Hispanoamérica, la entrada de los Estados Unidos en el panorama histórico con el conflicto bélico que terminó con la pérdida de las últimas posesiones del viejo Imperio español en 1898 fue vista, al principio, como una alianza natural. Tras casi un siglo de independencia de la Corona española, las nuevas repúblicas habían tomado caminos propios decididos por sus élites económicas y políticas locales. Sin embargo, un puñado significativo de intelectuales hispanoamericanos vieron pronto lo que significaba para sus países el protectorado norteamericano y en los primeros años del siglo XX, en la prensa, en ensayos y en el arte, pusieron el acento en el riesgo que suponía para la propia identidad la fuerza creciente de los Estados Unidos y sus redes comerciales y políticas. Para defenderse del neocolonialismo elaboraron el concepto de Hispanidad en el que ya no solo entraba la herencia de lo español. Integraron en él, a través de España, lo latino y el mundo clásico grecorromano pero también lo precolombino. Y avanzaron en la idea de la mezcla de culturas. La Hispanidad, en su creación, superaba con mucho a lo español: de aquí tomaban el idioma, la religión y una forma de mirar el mundo pero no se quedaban en lo peninsular para definirla. A este concepto de Hispanidad debemos que no haya habido una disgregación del idioma y la cultura en español más que a la labor eficaz de los gobiernos, que siempre han estado muy por debajo de lo exigible.
El mundo actual, un siglo después, nos vuelve a poner en el mismo debate. Algunos ven la crisis actual como una fase histórica más del choque que detectaron los intelectuales hispanoamericanos a principios del siglo XX. Un choque en el que se enfrentan dos concepciones del mundo. Por simplificar: la anglosajona y la mediterránea. También estamos en una fase definitiva del proceso de globalización que se aceleró desde la entrada de los Estados Unidos en el panorama histórico (por primera vez había una potencia no europea en un contexto mundial y no solo regional basando su fuerza sobre todo en el mundo de las finanzas más que en la invasión de territorios con la idea de anexionarlos) que supone, además, la pérdida de peso específico de Europa.
Los intelectuales hispanoamericanos de principios del siglo reaccionaron casi ingenuamente a la nueva realidad. En clave modernista buscaron en el espíritu de lo hispánico la solución ante un mundo que ya se movía por razones materiales. Hoy la situación es todavía más compleja y las soluciones menos simples. De hecho, los Estados Unidos, en breve, serán el primer país con habitantes cuya lengua materna sea el español. En los Estados Unidos, a diferencia de lo que ocurría hasta hace unas décadas, lo hispánico no queda ya reducido a ámbitos marginales. Los hablantes de español lo usan sin pudor en las calles y en los medios de comunicación. La literatura en español en los Estados Unidos ya no es chicana o spanglish y los políticos procuran aprender español para ganarse el voto de los que lo hablan.
