Ahora que ya es otoño, dime, ¿dónde pasarás el resto de tu vida?
Es extraño este otoño que no he visto venir hasta que no han llegado las grullas, distraído en mis cosas.
El Arlanzón llega a Burgos conservando mucho de su aire de montaña. Tan cerca está la Sierra de la Demanda que, cuando se nieva, podríamos tocarla. Y a poco muere en el Arlanza, camino del padre Pisuerga y el corazón del Duero. Lo tengo a un par de minutos de la Facultad y de camino a comer lo cruzo por el puente de Malatos. Es otoño ya y los árboles de la ribera lo exhiben. Hacen bien. En ellos el otoño es hermoso y cíclico. Me quedo un rato apoyado en el pretil de piedra, escuchando el rumor de las hojas. He quedado a comer en el barrio de San Pedro de la Fuente. Me acompaña ya mi propio otoño.

9 comentarios:
Un día sí y otro también pasó por ahí, es mi paseo, voy del Vena al Arlanzon, de puente a puente y el Malatos es para detenerse. El pequeño río burgalés no tiene apenas tiempo de la Demanda al Arlanza, pero sus orillas alimentan todo un bosque, una riqueza que nos identifica tanto como la catedral. Limpio y frondoso, lo conocí sucio y pelado, aquellos años del desarrollo salvaje. El otoño lo viste aún más guapo y ahí vamos con nuestro otoño encima, todavía el invierno...Incluso el invierno es hermoso en el Arlanzón, en nuestras cabezas...Y no es pasión de burgalesa.
El otoño siempre llega con sus ocres y sus sombras largas, todo es como una elegía otoñal de colores con experiencia.
Salud.
Me gusta tu otoño.
Hace tanto que no veo el Arlanzón, va a tener uno que programar un paseo hasta sus orillas capitalinas.
Gostei muito do texto e da foto.
O nosso próprio Outono , tens razão... ( nos meus 76 anos , já é Inverno ).
Amigo mio, besos.
Burgos en otoño es una maravilla, tiene tantos árboles y por todas partes, qué no me extraña esa parada que haces para escuchar el rumor de las hojas movidas al compás, de ese viento frío seco que hay en los muchos paseos de esta capital.
Besos
Gran foto, hermoso paisaje.
Saludos,
J.
Y como dice Claudio...llegó Noviembre que es el mes que más quiero
porque sé su secreto, porque me da más vida.
La calidad de su vida, que es su canción,
casi revelación,
y sus mañanas tan remediadoras,
su ternura codiciosa,
su entrañable soledad.
Y encontrar una calle en una boca,
una casa en un cuerpo mientras, tan caducas,
con esa melodía de la ambición perdida,
caen las castañas y las telarañas.
Estas castañas, de ocre amarillento,
seguras, entreabiertas, dándome libertad
junto al temblor en sombra de su cáscara.
Las telarañas, con su geometría
tan cautelosa y pegajosa, y
también con su silencio,
con su palpitación oscura
como la del coral o la más tierna
de la esponja, o la de la piña
abierta,
o la del corazón cuando late sin tiranía, cuando
resucita y se limpia.
Tras tanto tiempo sin amor, esta mañana
qué salvadora. Qué
luz tan íntima. Me entra y me da música
sin pausas
en el momento mismo en que te amo,
en que me entrego a ti con alegría,
trémulamente e impacientemente,
sin mirar a esa puerta donde llama el adiós.
Llegó otra vez noviembre. Lejos quedan los días
de los pequeños sueños, de los besos marchitos.
Tú eres el mes que quiero. Que no me deje a oscuras
tu codiciosa luz olvidadiza y cárdena
mientras llega el invierno.
Así veo tu comentario Pedro, con la melancolía con que ve Claudio Rodriguez el mes de Noviembre
Llevo muy mal el otoño... Aunque cada año intento recibirlo con mejor predisposición
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