domingo, 30 de septiembre de 2007

Desde la Plaza de Vega.


El paseante se ha detenido en esta mañana de domingo junto a la vieja casa que mira al Arlanzón desde la burgalesa Plaza de Vega. Este lugar que pisa fue parte de la glera en la que acampara el Cid antes de iniciar su destierro, según la leyenda del Cantar:

Salió por la puerta y el Arlanzón pasaba
cabo esa villa en la glera posaba

Quizá el Cid esperara que el Rey le perdonara o que el pueblo burgalés se atreviera contra su monarca. Quizá aun está acampado aquí y aun lo espera.

Esta zona fue después rico viñedo que se trasformaría, con el crecimiento urbano, en lugar de comercio y residencia populosa. Era desde donde se miraba la silueta de la Catedral antes de cruzar el río por el Puente de Santa María. O, como en el caso de don Rodrigo -que no pudo ver las torres góticas-, desde donde se contemplaba la ciudad antes de partir. Por eso siempre presentó bullicio y tránsito, hasta hoy. Y emociones encontradas.

El fatigado caminante, que ha salido a recorrer la ribera a pie en este día ya otoñal, ha llegado frente a esta casa en ruinas, con las ventanas desojadas y las entrañas vaciadas. Y se queda contemplándola. Qué sentiría el Cid en su partida.

Cuáles son los sentimientos de este viajero de esta mañana tan larga, que tiene ganas ya de abrir aquella puerta, arrojarse sobre una silla como quien desecha un fardo y dejar que el tiempo, lentamente, vaya curando sus heridas después de tanto tiempo fuera de casa.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Acerolas.



La última vez que vi un acerolo fue en Mahallos. ¿Habrá cumplido su ciclo como anticipaban las ramas arqueadas por el peso?

Al final, no pude ir a coger su fruto como deseaba.

Hoy, al pasar por un puesto junto al mercado, he comprado un puñado de humildes acerolas.

Ammit



Ayer por la tarde tomé un largo café con Víctor Alonso, uno de los responsables del blog Nosolovito que, desde hoy, queda enlazado en mis blogs recomendados en la columna de la izquierda. Le esperé en el Café España de Valladolid, uno de mis lugares favoritos de encuentro, uno de los pocos espacios en los que poder escuchar hoy buena música en directo compartiendo mesa con los amigos.

Víctor tiene una energía desbordante, ilusión por lo que hace y la suficiente cordura en su juventud para saber cómo debe ir creciendo. Me gustan estos jóvenes que me recuerdan lo que fui y dejé de ser y en los que espero una renovación, por acumulación y calidad, de la cultura de nuestra época. Estuvimos hablando de muchas cosas pero, sobre todo, de su vocación por el cine y de su lucha constante con la incomprensión de los que deberían apoyarle.
Yo había visto Ammit en Internet, el corto que ha dirigido junto a David Tordable, que no pudo acudir a la cita, y le había pedido a Víctor que me facilitara una copia en DVD, que vende para financiar parte de su nuevo proyecto. Me la trajo, y en el estuche vienen dos discos. El primero con la película, el segundo con contenidos extras entre los que hay un divertidísimo trailer de una supuesta película sobre un pizzero asesino para cuyo disfrute debe verse primero el diario de rodaje y las tomas falsas, en las que aparece una escena finalmente desechada para el corto.
Ammit, que toma su título y parte de la caracterización del protagonista del dios egipcio con ese nombre, cuenta la historia de un asesino que se enfrenta a sus propias emociones en la soledad a la que le arrastra su oficio. Tiene todos los ingredientes de una buena historia: un excelente manejo del tiempo narrativo, la construcción de un personaje sólido, el retrato de la soledad y los sentimientos, etc. Y lo han hecho sin que, a pesar de los pocos minutos de duración, uno sienta la sensación de apresuramiento. Han sabido narrar una historia y sus pausas. Sabiamente no han querido contarlo todo, uno de los defectos que convierte en caóticos este tipo de proyectos, y han dejado el mundo del asesino indicado pero fuera del metraje sin afectar a su comprensión. En cuanto a la calidad técnica, han sacado el mejor partido de sus escasos medios. Este corto es bueno y puede apuntarse como maqueta de una gran película. Le recomendé a Víctor que guardasen el proyecto para cuando dispusieran de los medios suficientes de producción. Esto no quiere decir que el resultado no tenga consistencia en sí mismo, puesto que sí la tiene y se deja ver con interés, como se puede comprobar.
Quiero hacer especial mención del guión de Pablo Gutiérrez, que me ha parecido contenido y oportuno y con significativos guiños a los que gustan del cine negro y el cómic. La voz narrativa -que corresponde al protagonista- nos conduce a la comprensión de la personalidad del asesino.
Víctor, David y Pablo deben seguir creciendo. Ya tienen realidades y proyectos. El próximo lo tengo encima de la mesa, y me gusta: es un corto que sigue esa línea de la ciencia ficción clásica que no necesita de efectos especiales para desasosegarnos. Y cuentan con unos medios técnicos un poco mejores y un equipo de trabajo más nutrido.
No sé si tendrán la suerte que se merecen, pero quiero apuntar los nombres para seguir su trayectoria y apostar por ellos.

Premio-meme.


La red, en gran medida, es una corriente de emociones de todo tipo. Ya he hablado aquí de cómo me ha atraído la posibilidad de establecer comunicación con gente que, de otro modo, difícilmente conocería. En mi caso, esta gente se acumula a aquella con la que me relaciono a diario fuera de la pantalla del ordenador, no la sustituye. Y, además, desde hace un año he tenido la gran fortuna de citarme con varios de los blogueros con los que me escribo, darme la mano, charlar y encontrarme con gente muy interesante y afín. Y aun tengo pendientes varios encuentros que enriquecerán mi vida.
El caso es que Sonia San Román, a la que no conozco más que a través del ciberespacio pero que, estoy seguro, veré en la primera ocasión que se tercie, me concede un premio-meme, al que corresponde la chapita que encabeza este texto. Lo acepto y pongo en mi columna de la izquierda por lo que tiene de corriente emocional y de afinidad de pensamiento con esta escritora riojana que tan apasionadamente escribe, con las ansias de quien tiene mucho dentro. Gracias, Sonia.
Este premio tiene rebotica: se debe otorgar a cinco blogs que te hagan reflexionar sobre las cosas que escriben y poner, en el texto, un enlace al blog original que, con esta idea-meme querrá ser uno de los más citados, supongo.
En mi caso, tengo una gran dificultad: cualquiera de los que enlazo en la columna de la izquierda merecería este premio. A todos ellos los consulto a diario, aunque las fuentes de mi explorador se empeñen en decirme que no se han actualizado. Pero sé que comprenderán los no citados ahora lo que voy a hacer, puesto que saben mi opinión sobre ellos, que les trasmito en mis comentarios a sus entradas. Alguno, además, respirará con alivio al no verse en el premio-meme. Quiero citar hoy sólo a los que asistieron a la primera reunión de blogueros burgaleses por lo que aquello supuso para mí y mi toma de conciencia de las posibilidades de esta comunicación creativa. Por orden de llegada la reunión: Caminando en el desierto, Código de Barras / Burgos, Quinta essentia, A vista de cerdo y Blogófago. Se lo merecería igual Edu de Neoburgos, que también estuvo, que tan gentil es con nosotros con su lista de correo, su disposición a ayudar y sus ideas, pero, aunque muy útil y de consulta diaria, no es un blog. Y La Voz de Gamonal, tan oportuna siempre, si nos presentara pruebas de su presencia y de que en su largo camino no se perdió o confundió de lugar o de hora ;-).
Por mi parte estáis premiados siempre, sigáis o no las reglas de este premio-meme. Es sólo una oportunidad más para demostraros mi afecto.

De mecenas, fundaciones y cultura filantrópica.

Me escribe un amigo, a partir de mi entrada de ayer, que echa de menos la función pública que cumplían, en otros tiempos, los mecenas. Le contesté que, en España, nunca ha habido demasiados y, sobre todo, que desde hace más de un siglo, excepto destacados ejemplos, se ha perdido la cultura del mecenenazgo para delegar esa función en el Estado de forma casi exclusiva. Y allí acudimos todos para conseguir la beca y la subvención. Y que la administración, por lo general, no nos pide más resultado justificativo que un informe banal escrito en un par de folios.
En el mundo anglosajón existe una especie de consenso por el cual la persona que se ha enriquecido gracias a una comunidad -con o sin su aprobación de los métodos empleados- devuelve parte de los beneficios con donaciones (hospitales, bibliotecas) y ayudas a los investigadores y artistas de esa misma comunidad. Y, además, le desgrava en su declaración fiscal.
Aquí, hace unos años, se copió el sistema de las donaciones y Fundaciones, pero se trivializó puesto que, en su mayoría, estas instituciones son un entramado administrativo y económico de difícil explicación y con escasos controles, subordinadas a los caprichos de quienes las dirigen. Por otra parte, la mayoría de las Fundaciones que conozco administran dinero que ya es público y no privado o que, según la ley, debe serlo para cumplir con aquello a lo que están obligadas las instituciones bancarias. Es muy pequeña la cantidad que aportan los benefactores individuales.
Si las fundaciones institucionales suelen ser la forma de canalizar el dinero ya público cuando no la gestión de la publicidad de los políticos, las personas que se han enriquecido lícitamente con su esfuerzo aquí suelen guardarse el dinero en el calcetín, a un tanto por ciento de revalorización elevado que supone un gran coste para la sociedad que ha contribuido a su enriquecimiento. De las formas ilícitas, por supuesto, aquí ni hablamos.

viernes, 28 de septiembre de 2007

La madre de los hombres buenos (sobre Caótica Ana, de Medem).



Soy un apasionado del cine de Julio Medem, de su mirada artística sobre las cosas, del pensamiento que nutre sus películas, de su tratamiento del silencio, de la pausa narrativa, del color y de la luz y, en especial, de la mujer (su misterio, su piel, el símbolo enigmático de su sexualidad). Desde Vacas (1992), todas sus obras encierran algo que avanza en el conocimiento de la esencia del ser humano: La ardilla roja (1993), Tierra (1995), Los amantes del círculo polar (1998), Lucía y el sexo (2000), La pelota vasca, la piel contra la piedra (2003) y Caótica Ana (2007). Tras su polémico acercamiento al conflicto vasco, vuelve ahora, en un camino que retoma el de Lucía, sobre el enigma de la mujer.

La película no está destinada al público que gusta del cine llamado comercial, puesto que es experimental, fragmentaria y voluntariamente confusa. No es una obra maestra: le falla el guión en demasiadas ocasiones y el mayor defecto argumental es que el final resulta demasiado fácil, no encaja bien estéticamente en el resto del film y resulta inocente para todo el planteamiento previo. Es uno de los males de nuestro cine. Y es una pena que estos fallos dejen sin redondear una película que tiene las virtudes de ésta.
En Caótica Ana, la protagonista descubre, a través de la hipnosis, que lleva dentro -o ha sido en vidas anteriores- las voces de mujeres de épocas pasadas que han tenido una existencia heroica y significativa para su comunidad y que termina siempre de manera trágica en plena juventud. Las historias que componen el caos de Ana están sólo apuntadas, excepto la más reciente, que es una de las pocas intervenciones valientes que tiene el cine español con respecto a la cuestión saharaui. Es una perspectiva de género de la Historia, en la que lo masculino representa el error y el horror frente al potencial salvador de lo femenino, truncado siempre por la violencia. Ana se convierte así en la madre de los hombres buenos, que volverá siempre a aparecer en la Historia a pesar de que reiteradamente se la asesine. No entiendo el final después de la elaboración de esta premisa.
Quizá Medem haya querido contar demasiadas cosas: la experiencia artística, el amor -en todos sus niveles, hasta el incestuoso-, el revisionismo de la Historia, la fábula de la reencarnación de la mujer-madre, la intervención norteamericana en Irak. Creo que le sobran minutos a esta interesante película, aun a costa de sacrificar apariciones de Charlotte Rampling -es muy artificiosa su presencia en los EE.UU.
En cambio, qué apasionante toda la reflexión a partir del arte, que se convierte en parte esencial de la película hasta que ésta se dispersa. La actividad de los artistas seleccionadas por una extraña mecenas no es un decorado ante el que trascurre el argumento sino que se integra en él. Todo subrayado por una excelente banda sonora.
Los actores, irregulares: Manuela Vellés alterna magníficas secuencias con otras en las que se limita a estar; Charlotte Rampling hubiera ganado más creyéndose el papel; de Bebe no sé qué decir; Asier Newman, correcto; Nicolás Cazalé está bien y sus ojos llenan la pantalla.
Una película que hay que ver, pero llenando mentalemente sus carencias para disfrutar de su propuesta.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Vertebración de la fachada.


España nació como concepto geográfico y administrativo. España, como idea, se edificó en los voluntariosos proyectos de unos pensadores visionarios que, con unos u otros fines, pusieron las bases ideológicas que empujaron finalmente a los Reyes a un mundo de alianzas y matrimonios que estabilizaran sus dinastías y su poder, en especial, para no desangrarse en guerras continuas y obtener las fuerzas suficientes para empresas mayores. Muchos de los humanistas vieron en ese concepto de España la oportunidad de construir un estado que evitara las miserias de lo que enseñaban las crónicas y se propulsara hacia la modernidad, la racionalidad y el fundamento legal. El último de esos sueños de modernidad fue el iberismo del siglo XIX, que continúa hasta hoy, como ha demostrado Saramago hace poco y en otras ocasiones. Los pueblos se sumaban a aquellas nuevas entidades a veces convencidos, a veces de perfil. Pero toda la construcción, tan frágil como nuestra historia plagada de guerras civiles y de banderías, sólo se sostiene con empeños comunes. La dificultad radica en que, en las escasas épocas en las que España ha vivido en democracia, se deben sanar las viejas heridas y al calor de los sentimientos más sencillos nacen políticos populistas que buscan, a través de discursos eficaces pero generalmente mentirosos, el beneficio electoral. La historia, que no es más que una narración de los hechos pasados, se reinventa: lo hizo Franco, que era un nacionalista; lo hacen los nacionalismos regionales y locales. Se cuenta, por ejemplo, que León está en la misma comunidad que Castilla porque nadie se ponía de acuerdo en el reparto de lo que se llamó Castilla la Vieja. El Bierzo reclama su identidad, con lógica también en este tipo de discurso. Y en los últimos días, en Barcelona, se ha aumentado el sentimiento de abandono del gobierno central porque no han funcionado los servicios públicos y al calor del discurso fácil el presidente del Barcelona quiere que su equipo siga jugando en la liga española pero exista una selección catalana puesto que sólo está dispuesto a asumir una parte del nacionalismo del que hace gala. Así, cada vez, el mapa es más pequeño siendo el mundo tan grande. Sin embargo, también la Historia nos enseña de estas tendencias que van y vienen y se mezclan con inereses económicos, fanatismos religiosos y ambiciones personales. Y de lo que cuesta restañar las heridas. ¿Pero dónde encontramos ahora un discurso superador de estas barreras que no caiga en el españolismo fácil y en la queja instrumentada o en el rechazo irracional de los sentimentos del otro? ¿Lo hay?
España, por su mismo origen y composición, es un país que para existir debe repensarse cada cierto tiempo. Debemos asumirnos en esta mezcla. Y eso no es malo. Sólo continuará adelante si encontramos un impulso que supere las inercias de disgregación y los intereses de los grupos políticos que quieren imponer las diferencias o que quieren anularlas a la fuerza.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

martes, 25 de septiembre de 2007

En el pasaje de la Flora (a la espera del infierno).


Entrar en el pasaje es certificar como notario la oportunidad del escenario elegido por parte de los alucinados expedicionarios de Óscar Esquivias en La ciudad del Gran Rey. A la espera de la novela que cierre el ciclo dantesco iniciado con Inquietud en el Paraíso y nos lleve hacia el interior de nuestro propio infierno, el paseante cree atisbar, en las ventanas, miradas suspicaces de gente a la que la realidad se le ha hecho extraña y que aun no ha descubierto la clave para aventurarse segura en la ciudad cambiante.


El balcón, que uno juraría soñado, parece descender hacia la sombra, desesperadamente huyendo de la luz de este mediodía que ya es de otoño. Qué extraño balcón. Qué extraño pasaje en el que desaguan todas las desorientaciones del paseante. No sé cómo he terminado hoy aquí, tampoco sé si he llegado a salir y aun estoy, agazapado en un rincón, a la espera de que reine la noche y mi sombra no me delate.
[En realidad, la perspectiva que yo quería retratar era ésta, pero ya lo hizo hace semanas Nacho Carreras, mejor que yo.]

lunes, 24 de septiembre de 2007

El rostro de la piedra.




Me interroga el rostro burlón de esta fachada.


Cuantas veces he pasado junto a esta inscripción no he sido consciente de que mi sombra ha borrado una letra, quizá una palabra. Hoy, en mi camino de regreso a casa, la he mirado atentamente por primera vez desde hace más de veinte años porque me he sorprendido y ya no reconozco nada de lo que vi en ella la primera vez. La inscripción, ahora, parece de arena, como si pudiera soplar débilmente y rasarla para reinventarla o, mejor, para hacerla lápida de mi propia existencia.


Con mi dedo, cubro el vacío y escribo: "Qué estúpido, qué estúpido, qué estúpido".


Y allí queda, mi perfil, para que se siga borrando con mi sombra.


domingo, 23 de septiembre de 2007

El tigre y la belleza.



Que no se me olvide que tengo que apuntar, en algún sitio, que la columna de hoy de Manuel Vicent es, como casi siempre, magnífica. En ella aparece un tigre que es y no el de Cortázar (desde él todos los tigres tienen inevitable apariencia onírica y parisina). Y la leyenda que construye sobre su piel habla de poética y vida. Qué lástima que su final esconda, aunque brillante, un truco porque a mí, a veces, la belleza se me ha venido, como un desgarro, enlodada y culpable.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Red de amigos y afinidades.

[ Ventana en Sasamón, Burgos, verano de 2007.]

Una de las cosas que todos nos encontramos en este mundo virtual es el cruce constante con la vida, lo que genera una ampliación del horizonte que hasta ahora no era fácil. Desde que abrí el blog he tenido la suerte de ampliar mi espacio al tratar y conocer a gente que difícilmente se hubiera cruzado en él y más según tengo de desorganizada mi vida. A los miembros de la Burgosfera con los que mantengo relación diaria (y en casos memorables encuentros ante un café o una cerveza), se han añadido muchos otros, de mis ciudades o de otras con los que he descubierto una red de afinidades en emociones, intereses y miradas. Llegas a un blog rebotando entre otros y te detienes a leer porque algo te llama la atención y decides volver a él o incorporarlo a las fuentes susbscritas en tu explorador. O llaman a tu puerta electrónica y hallas gente con la que quizá te has cruzado anónimamente en la calle y devuelves la visita y te recorre un calambrazo de complicidad y admiración.
En las últimas semanas, los recuerdos de Rioseco se me han sublevado del olvido gracias a toda una familia admirable: Diego, Álvaro y Pablo Fernández Magdaleno. De repente, necesito volver a aquella villa y conocerlos. A través de ellos caí en el blog del bejarano y apasionadamente escéptico y creativo Luis-Felipe Comendador. Y hace unos días llamó a mi ventana otro bejarano, Javier García Riobó, en cuyo fotoblog, de pronto, me reconozco. Ya lo he incorporado a mis blogs recomendados en la columna de la izquierda.
Llevo años fotografiando, ante la incomprensión y la sonrisa de muchos, puertas, ventanas y campo. En los últimos tiempos he encontrado que algunos sí lo entienden, como mi amigo celtíbero Caelio. Nunca he sido un buen fotógrafo y sólo lo hago por lo que me dicen esas imágenes. Tengo varias ventanas publicadas aquí en La Acequia. Ayer, Javier nos mostró una foto suya de un vano, no sé si ventana, que entra en diálogo conmigo. Y, de repente, comprendí, en parte, mi mirada observando la suya: en su imagen hay color y profundidad, como si se horadara el espacio con el objetivo de la cámara. Las mías, además de menos perfectas técnicamente, se me han revelado de colores de tierra y como decorados de vida preparados para la escena, melancólicos e interiores, restos de naufragios de la existencia. Aun no conozco a Javier, con el que, sin duda, tomaré un café en breve, pero esas ventanas tan cercanas en inicio nos señalan el ojo que las mira.
Y qué placer seguir creciendo cuando uno creía tener la vida cerrada.

viernes, 21 de septiembre de 2007

PETA y Alicia Silverstone vetadas


Bueno, no suelo hacerlo, pero... hoy no tengo fuelle para más.
La nueva campaña de PETA ha sido vetada en algunos sitios. Supongo que, en parte, lo buscaban para la publicidad de sus mensajes. Aquí va mi contribución. Enlace con el video aquí.
(Dedicado a los que dicen que me pongo demasiado serio y melancólico en el blog. Siento decepcionaros, pero, en contra de lo habitual en La Acequia, la foto de Alicia Silverstone no la hice yo: la tomo de la página de PETA.)

jueves, 20 de septiembre de 2007

El desgarro de la bestia.

El motivo central del cartel -y de la excelente y recomendable obra- de Aullidos, del Teatro Corsario, desbordadamente barroco y vanguardista, centra la mirada del paseante. Hoy no hablaré del argumento de esta pieza de títeres para adultos, que tiene más que ver con otras leyendas, y haré de mirón indiscreto del cartel encolado en las paredes, que nos lleva al mundo más oculto en nuestro cerebro y juega con los mismos elementos que la vieja leyenda de la bella y la bestia tan maltratada por la corrección de los cuentos infantiles y el mundo de Disney. Con mejor tino se escondía, bajo piel humana, en la historia de Tarzán. Y en algunas de las versiones de King Kong, en las que la bestia es domesticada por la sexualidad de la mujer.
Porque hay dos direcciones en este miedo y en este instinto que estudia la antropología. En una, la mujer es destrozada por la pulsión sexual del monstruo. En otra, el deseo sexual de la bestia acaba haciéndolo esclavo de la atractiva hembra, que lo domina y ejerce un control sobre el animal que lo hace refinarse hasta el cortejo.
En las sociedades en las que el sexo se condena como pecaminoso, la mujer entregada a la bestia debe ser doncella y esperar al príncipe que venga a librarla del dragón. Las historias acaban tras la boda porque saben que después ya no hay príncipes ni princesas. O se modifican para simbolizar el triunfo de la fe sobre el paganismo, como en la leyenda de San Joge y el dragón. En esas mismas sociedades, el hombre debe luchar contra la bestia que se simboliza en el animal pero, en el fondo, va dentro de él y quiere desbordarlo.
El juego de seducción no es más que esta lucha de miedos y dominios que llevamos tan adentro, atados como estamos a nuestras herencias culturales.
Del amor y del cariño hablaremos otro día.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Nunca caminarás solo.


Caminando en el desierto es uno de los pocos blogs necesarios que conozco. Con animosa voluntad y sin perder la precisión, Fran lo mantiene y gracias a él, desde hace ya dos años, recibimos noticias sobre el pueblo saharaui. En su blog encontrarán, el curioso y el investigador, los enlaces necesarios, las noticias suficientes y los comentarios oportunos para hacerse una detallada idea de la realidad de esta cuestión. Y, además, nos hace grandes regalos con una humildad digna de elogio: divulgación de literatura y cultura saharaui, enlaces con excelentes blogs de fotógrafos y las noticias de esa apasionante revista llamada Shukran. En estos dos años he aprendido mucho con él y me ha regalado algunas palabras y conceptos que yo desconocía. Qué más se puede pedir.
Además, sabe tocarme las emociones más profundas. Ya ha colgado seis entradas referidas al español en el Sáhara y ahora nos pide iniciativas y colaboración y por eso pretendo difundir dentro de mi mundo académico su solicitud. Siempre me ha conmovido la firmeza de este pueblo en mantener la herencia cultural española y el conocimiento de la lengua a pesar de lo desastrosa que fue nuestra colonización, nuestra descolonización y la mayoría de los insuficientes programas de apoyo de los sucesivos Gobiernos. Son varios los ejemplos similares de pueblos, comunidades y diversos colectivos que nos dan lecciones de cómo se debe amar lo hispánico, a pesar de la desgana con la que siempre los hemos mirado los españoles. Pero el del pueblo saharaui...

martes, 18 de septiembre de 2007

Nuevo ciclo de vida.


Mi querido y humilde peral ha cumplido un nuevo ciclo de vida y se encuentra cargado de fruto. Hoy, al pasar junto a él, rocé su corteza con mis dedos, en una caricia respetuosa, y apoyé, un instante, mi frente en su tronco. Me encontraba fatigado de mí mismo y necesitaba sentir su pulso sabio. Quizá buscaba que me prestara un poco del aliento cotidiano que lo afirma. A veces los días se me hacen demasiado largos y solitarios.
Como sabéis, no es un árbol hermoso y la pasión por el cemento de este país le tiene herida la corteza sin dejar que sienta la misma tierra cálida de la que se alimentan sus raíces.
No sé lo que vivirá este árbol pero, mientras lo haga, sé que cumplirá, con constancia de realidad, cada año, su misión. En unos días, todas las peras habrán caído al suelo y comenzará la tarea de nuevo, con el tesón que lo alienta. A veces, como hoy, necesito de su abrazo para confirmar mi propia existencia.

lunes, 17 de septiembre de 2007

De miedos, democracia y listas negras.


Cuando era joven y mi contrato no estaba aun estabilizado, se me llamó a un despacho en el que, un conocido exégeta, me mostró un croquis en el que figuraba el espacio en el que acabábamos de tener una reunión con votación incluida en la que le iba, según parece, algo muy importante para él y de lo que yo, ahora, soy incapaz de acordarme. Se había cuidado de reflejar con exactitud los lugares que ocupamos los participantes en aquella reunión, con el nombre de cada uno. Además, junto al nombre había escrito lo que él pensaba que había votado la persona a la que correspondía. Quedaban tres lugares en blanco: uno era el mío.
Me vino a decir, más o menos y siempre con el dibujo a la vista, que sabía exactamente lo que había votado cada uno de los asistentes (tampoco era muy díficil) y que se le escapaba sólo lo que habían puesto en la papeleta aquellas tres personas. Supongo que decidió presionarme no tanto por mí, fácilmente prescindible en la siguiente promoción, como para averiguar lo que había votado algún otro. Tras acallar el escalofrío que sentí en la espalda, cogí un bolígrafo y plasmé sobre aquel papel, de forma tosca (nunca he sido un gran dibujante), mi voto: el icono de un gesto vulgar que se realiza con un dedo de la mano y que era suficientemente expresivo de lo que pensaba de aquella obligada votación por una nimiedad que él consideraba poco menos que punto crucial de su honor (en el fondo no era más que exhibición impúdica de su poder). Quizá, por la imperfección del dibujo, no logró captar el significado del mismo. Evidentemente, mi voto había sido el único nulo. Levanté la mirada del papel y le dije que aquello era lo que aproximadamente había votado, pero que no estaba seguro del acierto en la reproducción (la verdad es que me temblaba la mano). Y que mi voluntad era convertir intencionadamente aquel voto en nulo. No conté con el apoyo de casi ninguno de los otros participantes en la reunión, a pesar de que sus trabajos no estaban en juego. Algunos de ellos, con posterioridad, han querido, quién sabe por qué, olvidar todas aquellas cosas que pasaron en su día y confraternizar con el ínclito estratega. Allá cada uno con su conciencia.

Viene esto a cuento de que, en los últimos días, en varios de los blogs que visito con frecuencia y que aquí quiero resumir en el de Luis-Felipe Comendador, se observa la fragilidad de la democracia cuando se deja todo en manos de un sistema de organización de los partidos en los que la mayor parte del ideario son estrategias publicitarias y luchas internas sin más sentido que la ambición de poder personal sin que brille más que la mediocridad general de los adversarios. En gran medida, las asambleas y las juntas de los partidos políticos se parecen demasiado a aquel despacho al que se me llamó a capítulo. No hay nada más plástico que la famosa frase de que quien se mueve no sale en la foto, acompañada de extrañas señales de unanimidad en la transmisión de los resultados internos a pesar de que la sangre, a veces, haya corrido a chorros y el orador chapotee en el charco. Y, por favor, en esto, no lean entrelíneas el anagrama de ningún partido concreto, puesto que el mal está muy extendido. Los ciudadanos hemos dejado de ejercer la democracia y sólo nos acordamos de ella en muy concretas circunstancias, así que la responsabilidad es nuestra.

Todos los días, en los despachos de los verdaderamente poderosos -o en los de aquellos que trabajan para ellos- se elaboran listas negras como aquella que yo vi dibujada: estos son mis enemigos, estos no me apoyaron en los momentos difíciles y les humillaré en cuanto me sea posible, estos son amigos de mis contrarios... Me he encontrado, en estos años de profesión en los que he organizado muchas actividades, demasiadas sugerencias (de personas que pensaban hacerme un bien) para la contratación o no de unos u otros escritores con lo que se agradaría a los gobiernos de turno y así facilitar o la subvención o la asistencia de las autoridades. En algunas ocasiones, si los que figuran en la lista son también poderosos, se intentará negociar con ellos o comprarlos o firmar pactos de no agresión o de duelos incruentos por lo fingidos y trucados. Hubo una época en España en la que los dos partidos más importantes se repartieron el gobierno por turnos fuera cual fuese la voluntad popular. Igual que hay corifeos y estómagos agradecidos dispuestos, aun en contra de los principios de los que hacen gala, a la antesala permanente del despacho cortesano para que se les reparta las migajas, uno sospecha de la existencia de misteriosas listas en las que figuran aquellos a los que no se debe contratar, no se debe reconocer el mérito o se debe echar a un lado. Listas no escritas e indemostrables, por supuesto. En el fondo, en este país aun permanece el mundo caciquil y provinciano cuando no los aires feudales del señor de horca y cuchillo. Y el poder tiene muchos niveles: el rasero del caínismo no distingue de clases ni oficios. A veces, incluso, las listas se agrandan por lo que suponen los segundones que le agradará al jefe cuando éste ni se ha manifestado.

La democracia sólo se puede ejercer sin la presión del miedo. Cuando en algunos países se crean estados anímicos de casi pánico se busca el control a través de la gestión del instinto de supervivencia. Cuando en una organización, sea la que sea, se mueve la silla del discrepante sólo porque no opina igual, se suele tomar como advertencia por los heterodoxos más interesados en sí mismos que en la pureza de la misma organización a la que dicen amar. Cuando en una pequeña localidad se señala con el dedo a alguien que se atreve a actuar contra el terror, se le amenaza en realidad con la marginación o algo peor.

Por eso hay que estar muy atento a las maniobras y consignas por las cuales se intenta controlar, dinamizar o desalentar el voto sea cual sea el ámbito del que hablemos. El voto, en todos sus niveles y expresiones, debe ser valioso y libre. A pesar de que caigamos en una lista negra. Una más.

domingo, 16 de septiembre de 2007

sin palabras


Pereza, amor y cine europeo.


En el último momento, decidí no salir a la calle y pasar la velada en casa, ver el partido de semifinales del Campeonato europeo de baloncesto -cómo me gusta este grupo de jóvenes deportistas- y, con la ayuda de los canales de cable, pasar unas horas tranquilo, con un poco de queso, jamón y cerveza. A veces la pereza se adueña de mí por unas u otras circunstancias y me pongo a revisar películas viejas, hacer esas pequeñas chapuzas que todos dejamos para otros días o a ordenar papeles. Me gusta ir al cine y no sustituyo ese ritual por nada, pero durante algunas temporadas, a veces más largas de lo que hubiera querido, no he podido disfrutarlo. Intento llenar esos vacíos ahora. Me pasa también con los libros. En ocasiones por exceso de trabajo y en otras porque la vida te lleva por caminos que te desvían, dejo pasar novedades que recupero cuando ya nadie habla de ellas. A veces es mejor.

El éxito de los llamados chicos de oro se basa no sólo en la gran calidad como deportistas que tienen sino también en su compenetración como equipo. Es un grupo conjurado con el éxito con la sabia conducción de Pepu Hernández. Son un ejemplo de cómo soportar el éxito.

Después, tuve la suerte de ver dos más que interesantes películas que se me pasaron en su estreno y que plantean, desde diferentes perspectivas, la necesidad de amor y cambio que llevamos todos dentro. O por lo menos que yo siento que llevo dentro. Ambas películas cuentan como uno de sus valores con la extraordinaria ejecución por parte de los actores.


La primera es la muy premiada comedia francesa El gusto de los otros (Le Goût des autres, 2000), primera película dirigida por Agnès Jaoui cuyo éxito recuerdo, igual que dejé que pasara en la cartelera por esa tontería mía contra el cine francés -perdón, Teo, te doy la razón-, aunque por el año en el que se estrenó también tuviera otras razones. Cuenta la historia de un tosco empresario que, al enamorarse de una actriz y profesora de inglés, inicia una transformación en su vida. Entra, primero como un idiota del que se ríen, en un mundo artístico para el que parecía no estar preparado; intenta leer libros que no comprende sólo porque son los que le gustan a ella; mantiene conversaciones en las que deja en evidencia su zafiedad e inoportunidad; se afeita el bigote porque a ella no le atraen los hombres con bigote. Todos esos cambios le rehacen por dentro sin que él mismo pueda explicárselo muy bien: cae en la apatía en su empresa, compra cuadros o decide decorar la fachada de la fábrica, deja a su mujer, modifica su carácter. La actriz, que en un principio le rechaza, terminará sintiendo su ausencia cuando lo deje de ver y los otros le cuenten cosas de él con elogio. Alrededor de esta historia central se mueven otros personajes, todos sufrientes de amor en un grado o en otro: el chófer abandonado por su novia que encuentra refugio en la música; el guardaespaldas y la camarera (papel representado por la misma directora), que imposibilitan su apasionada relación por no querer dejar de ser ellos mismos. La película bien merece la pena, a pesar de varios fáciles trucos argumentales y lugares comunes.


La segunda, la británica La sabiduría de los cocodrilos (The Wisdom of Crocodiles - aka Immortality, 1998) de Po-Chih Leong, drama no sé si fantástico que ni siquiera recuerdo haber visto en la cartelera. Es la historia de un extraño vampiro que se nutre del amor que sienten por él las mujeres con las que se relaciona. No es un vampiro al uso: no hay colmillos, ni miedo a la luz del sol, ni a los espejos, ni trasformaciones en animales y sólo le sirve la sangre impregnada de amor. Cuando comete sus crímenes, que anota con precisión artística, regurgita una aguja de piedra, que colecciona con el nombre de la mujer. Su necesidad de amor y de dominio sobre las emociones es el centro de la historia, así como los sentimientos que despierta en ellas. Junto a él aparece un policía que investiga las muertes y que tiene también su propia historia de amor, rutinaria y correcta. Lo que menos me gusta de esta película es el último engaño del protagonista. Pero lo comprendo, porque la base que sustenta la idea central de la historia (como se ve en el título, que toma de una cita de Francis Bacon: "A causa de su sabiduría, el cocodrilo derrama lágrimas tras haber devorado") es que todos tenemos tres cerebros: de ser humano, de mamífero y de reptil. El protagonista necesita el amor no tanto para sobrevivir como para tener razón de ser. Sus víctimas lo necesitan también aunque de forma más humana y se transforman y embellecen cuando lo encuentran. Jude Law compone la figura de un vampiro de una forma en la que no recuerda en ningún momento una película de vampiros y nos permite pensar en la posibilidad de un desequilibrio psiquiátrico y físico que alejaría la película de lo fantástico.

La necesidad de amor nos cambia por dentro, el amor más aun. Cuando no lo tenemos y notamos el vacío físico del sentimiento. Cuando lo tenemos y se nos corresponde porque nos invaden sensaciones contrapuestas de exaltación y miedo. O cuando lo sentimos desgarrado en soledad.


sábado, 15 de septiembre de 2007

La emoción de lo cotidiano.

A vista de cerdo, blog que tengo siempre a mano, saca a debate los excesos de ciertas instalaciones artísticas. Aunque me sé todas las teorías, también sé las prácticas que acarrean -y la mercadería que se esconde tras ellas-. Es fácil llegar a la caricatura, pero, a veces, una buena exageración de los rasgos nos trae a la normalidad. De la misma manera que rechazar porque sí la esencialidad artística que nos aportó el siglo pasado no tiene ningún sentido.
Una línea del arte, desde principios del siglo XX, ha huido de la emotividad humana y con ello ha conseguido un nuevo lenguaje artístico que ha hecho evolucionar el arte y profundizar en su esencia aunque, por su misma definición, se aleje de la comprensión general -algún día hablaré de Ortega, hoy no toca-, pero, con el mismo salto, se ha llegado, a veces, al otro extremo porque, en gran medida, Ortega tenía razón en el carácter intranscendente y lúdico del nuevo arte de entonces: si extraemos un objeto artístico de su contexto y lo resituamos llegamos al urinario de Marcel Duchamp, pieza elegida como la obra más representativa del siglo XX. Por eso sé lo que digo cuando afirmo la excelencia de los autorretretes de mi admirado Sr. K.
Este es un debate artístico ya superado desde que el producto cultural, en su mayor parte, se ha hecho diseño técnico y hoy muchos que dicen no comprender este tipo de arte lo usan en los objetos más cotidianos o lo visten en sus camisetas. Me sorprende que aun mucha gente se enroque en uno de los dos lados en los que se dividió el arte en las prímeras décadas del siglo XX: arte nuevo vs. arte viejo.
Viene esto a cuento porque, después de leer el post de No soy Job, salí al balcón y mi vecina nos había regalado su propia instalación. Cada zapato tiene su historia y su argumento.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Sardinas.


Mis dos aceleradas amigas han decidido que necesitaba salir a la calle: se me estaba poniendo cara de pantalla de ordenador.

Palabra y recepción.



La atención que está dedicando el atractivo periódico burgalés La Palabra de Burgos al fenómeno de los blogs es digna de elogio. El responsable de este acercamiento es MacGregor, que, además, lleva sus artículos a su propio blog, Palabra de mac. Desde el juego de conceptos que muestra en el título, indica ya la inteligencia en sus análisis y en la selección de todo el material que cuelga en la red. Por otra parte, sus opiniones sobre los blogs burgaleses que está analizando coincide casi totalmente con la mía. Esta vez ha dedicado su tiempo a La Acequia. Y se lo agradezco.
Todo lo que uno escribe para publicar por cualquiera de los medios disponibles está sometido a la mirada del receptor. A pesar de que algunos escritores afirman escribir solo para sí mismos y que les importa muy poco el que está al otro lado de la comunicación, todos estamos sometidos a él hasta para existir. Es éste el que nos hace. Nada se da en la comunicación sin que alguien lo reciba. Y todo, en esta recepción, se da según éste. Es él quien tiene las claves, no quien produce el texto. Si eso era así en los medios de comunicación tradicionales, en este mundo virtual, en el que el receptor interactúa de forma inmediata con el texto, todavía se aumenta más el poder del receptor. La proximidad con el público y esa capacidad de interacción hace al mundo de los blogs todavía más dependientes de la parte final del proceso comunicativo. Hace unos años, cuando las primeras web o los primeros blogs, se tenía la incertidumbre de la permanencia en la red que ahora ha desaparecido: podemos encontrar, leer y comentar tanto un post colgado hace tres o cuatro años como el que se publicó ayer. Puedo comentar entradas de blogs que ya han dejado de ser actualizados hace un año y alguien me responde al día siguiente. En esto, también, el mundo de los blogs tiene una gran ventaja sobre los periódicos en papel puesto que las Hemerotecas suelen ser tumbas a las que solo vamos unos pocos investigadores. Seguro que si Fígaro viviera ahora sería un bloguero radical y apasionado.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Ahogo de luz.


Siento en las gárgolas vocación de oscuridad. Por eso, estas gárgolas del hermoso patio renacentista del Hospital del Rey de Burgos retuercen sus rostros, ahogadas por la luz del mediodía. Esperan con ansia las primeras sombras de la tarde para recobrar sus fauces nocturnas y vomitar por sus bocas sustancias viscosas que atrapan al desprevenido paseante. Hay quien piensa que de ellas copian su esquivo comportamiento los que diseñan las campañas de nuestros políticos. Nunca al sol, siempre secretos. El candidato, que no está hecho de piedra tan permanente como ellas, se expone al desgaste de la luz, mientras, ciego, lo guían desde las sombras. Quizá, alguno...


miércoles, 12 de septiembre de 2007

Montaña, esfuerzo y mirada.


Otra vez Peña Amaya como cálido reto. Subir a una montaña exige esfuerzo y conocimiento de uno mismo, cosas no tan frecuentes. Los pulmones se hinchan, las piernas pesan y a veces un latido en las sienes nos empuja al abandono. Pero Peña Amaya no es una ascensión exigente: es un esfuerzo, sobre todo, simbólico. Una vez arriba, respiramos hondo: nos encontramos rodeados de Historia, no de la que viene tan maltratada en nuestros libros, sino de la que nos dictan las piedras. Pero merece la pena porque aquí arriba, una vez cumplido el esfuerzo, sacas unas latas de cerveza de la mochila y las compartes con el amigo que ha llegado primero porque comenzó antes la ascensión y está más en forma. Antes de bajar juntos, hay que mirar el paisaje, para retenerlo. Y para contarlo.

martes, 11 de septiembre de 2007

Oveja de salón.



Como ya hemos destruido el campo, ahora lo traemos a casa. Eso sí, higiénico, sin malos olores ni gastos en comida. Esta pobre oveja no tiene rebaño y mira, sorprendida, desde el escaparate, el raro pasear de los humanos. Creo que no nos comprende.


Apenas nos hemos quitado el pelo de la dehesa, quizá por eso proclamamos que el campo solo nos gusta urbanizado y con piscina o como domingueros de parrillada o para probar ese todoterreno con el que llevamos los niños al colegio y que apenas pisa la tierra. Peor aun, sólo la pisa para injuriarla, como esos quads con los que nos creemos inventar las sendas, que tanta historia tienen antes de que ni siquiera las soñemos. Conozco un caminante celtíbero , con el que tengo pendiente un esperado café, que se los topa indignado en su andar de mochila y pulmón.
Todavía no hemos aprendido a respetar lo que parece no ser de nadie. ¡Ancha es Castilla! Los pueblos que se vaciaron en los sesenta se llenan en los meses de verano de una algarabía destructiva que los toma como un parque temático en el que las antiguas leyes no escritas no existen. Para eso, cómprense una oveja de salón, aunque los mire, tierna, sin comprender sus acciones.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Almoneda electoral.


Comienza el curso electoral.
Compra-venta de voluntades.

Sea listo:
aguante hasta que el precio le convenza.
¿Tendrá que hablar La Acequia esta vez de política?

domingo, 9 de septiembre de 2007

Ferias.

Durante casi toda mi infancia me acerqué andando a la parada del autocar del colegio. El camino era de unos diez minutos que yo podía convertir en más de media hora. Aquella Cañada Real que me conducía a La Rubia se hacía tan larga como la imaginación de cada día o el peso de la cartera escolar. Era un espacio abierto que durante un mes al año se convertía, de forma casi mágica para mis ojos, en el Real de la Feria. Me parecía que, en una noche, crecía una ciudad entera llena de colores, olores y sonidos. Durante años atravesé, en la mañana ya fría y húmeda de finales de septiembre, la Feria cerrada. Si aun no habían pasado los barrenderos, pisaba sobre los cartones de las tómbolas, los restos de la comida de la noche anterior. Si prestaba la suficiente atención, el esfuerzo se veía premiado con el hallazgo de unas pocas monedas perdidas.
Cuando fui creciendo, la Feria perdió la magia pero ganó cierto aire perverso. La pista de coches de choque era el lugar de encuentro de las pandillas del barrio. Alguna mirada fugaz se cruzaba con las chicas. El feriante siempre tuvo una fama que a los chavales nos atraía en parte, porque era jugar con lo prohíbido. Creo haber contado ya cómo echábamos una mano en la descarga de aquellos camiones, en la limpieza de las atracciones o en las tareas más rudimentarias del montaje y se nos premiaba con un puñado de fichas o una moneda de cinco duros que no llegaba para los gastos de la primera tarde de ferias.
Creo que, como todos los jóvenes de mi edad, probé allí mis primeros perritos calientes con mostaza y ese misterioso tomate que venía de lejos y no sabía como el de casa, las manzanas caramelizadas, el algodón dulce, las porciones de coco tan extrañas antes en Castilla. Allí también probé, mucho antes de lo que hoy se permite, el vino dulce de las casetas de Aragón, con barquillo.
Hay sensaciones encontradas en la emoción de las Ferias. Hace unos días recordé la película dirigida por el escritor Ray Loriga, La pistola de mi hermano, basada en su propia novela. Quizá los minutos que a mí más me desasosegaron fueron los que transcurren en unas ferias, en los que se resalta la belleza de los fugitivos que viven una aventura que les llevará a la desgracia pero que les valdrá una vida completa, frente a la fealdad de los que viven en el lugar, anhelantes de un sueño al que no se atreven.

Las ferias, a primera hora de la mañana, cerradas aun, tienen un punto de tristeza.




sábado, 8 de septiembre de 2007

El azar y la muerte.


No creo en el azar más que como probabilidad matemática. Ahora bien, qué es lo que provoca que yo pasara cinco minutos después de que se cayera aquella cornisa. Mi mala memoria: antes hube de volver a casa porque me había olvidado la carta que debía enviar de forma urgente. No creo en el azar como predestinación, sino como sorteo ciego en el que los números deciden si debo ponerme en el lugar de los afortunados o no.
No creo que sea el destino el que hiciera que estos 10 inmigrantes murieran a veinte metros de una playa de las Canarias, que estuvieran tan ateridos por la humedad, tan atemorizados por el miedo, que no pudieran salvar esa pequeña trampa de dos metros de profundidad en el mar. Tenían un estadístico tanto por ciento de probabilidades de que su barca se perdiera en el océano, de que la avistara un barco de salvamiento, de morir deshidratados, de que el patrón fuera inexperto, de que se equivocaran en el lugar de desembarco, de llegar con bien a tierra. Todos tenemos un número de probabilidades de tener éxito en nuestros empeños: creo que ellos lo tenían muy bajo sólo por el azar del nacimiento. Y perdieron la vida y la esperanza. A la distancia de un par de brazadas de sus jóvenes brazos, de una patada dada en el fondo que permita salir a respirar el aire frío de la madrugada. Se han reunido con cientos de otros que les precedieron, con su mismo tanto por ciento de probabilidades. A veinte metros de la playa y dos metros de profundidad.

Acuse de recibo de dos reediciones del mundo del teatro.



He recibido por correo un voluminoso sobre que escondía la feliz sorpresa de dos oportunas reediciones de los Cuadernos de Teatro Clásico que edita la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Los Cuadernos se han convertido en una de las publicaciones más importantes para el análisis del mundo del teatro clásico español, que aúna la investigación académica sobre el tema y la utilidad para los profesionales, aunque se incline más a aquella. A estas alturas, simplemente, ya no se entiende tanto estudio sobre cualquier aspecto del mundo teatral que no reúna los dos mundos, hasta hace unas décadas antagónicos.


El primer volumen reeditado es el 6, publicado inicialmente en 1991. Dirigido por José María Díez Borque, incluye artículos sobre los Teatros del Siglo de Oro: Corrales y coliseos en la Península Ibérica.


El segundo corresponde al doble número 13-14, cuya primera edición es de 2000. Lo dirige Mercedes de los Reyes Peña y aborda el estudio de un campo escasamente documentado en España: El vestuario en el teatro español del Siglo de Oro.


Aparte de que ya va siendo hora de desterrar el uso del término -y el concepto, claro- de Siglo de Oro -obsérvese que, mientras Díez Borque opta por el plural, Reyes Peña lo hace por el singular-, nada más que objetar. Dos volúmenes absolutamente imprescindibles, tanto para los que quieren comprender cómo era aquel teatro como para los que quieren montar aquellas obras desde las claves del teatro actual (también es hora de que se abandone la creencia de que lo que vemos sobre nuestros teatros es a Lope, a Calderón, etc., pero eso lo dejo para mejor ocasión). Corran a comprarlos o a leerlos en las Bibliotecas públicas.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Cajón de sastre. Unas (pocas) noticias locales.

Hoy me pierdo con pesar el nuevo montaje de la compañía Morfeo teatro que se estrenará en el Teatro Principal de Burgos: De burladores y burlados. Se trata de una propuesta escénica sobre entremeses barrocos. La compañía, instalada en Burgos desde el año 2005, ha conseguido una experiencia y calidad en el tratamiento de los textos y el mundo clásicos que la hacen recomendable. Ya se ha paseado con acierto por casi todos los festivales especializados en teatro clásico. Seguro que su director, Francisco Negro, al que me presentó mi compañero Antonio Álvarez Tejedor hace un par de años, no defrauda. La continuidad de la compañía contribuye al acrecentamiento de una riqueza en la región cuyo buque insignia es el Teatro Corsario.

El Diario de Burgos trae hoy en portada la noticia de que éste ha sido el verano más frío de los últimos 15 años y está entre los de temperaturas más bajas desde 1970. No sé, a mí me ha parecido que todavía no ha venido el verano. Pero quizá es que me hago mayor: también me pareció muy corto el invierno.

Ayer conocí a E. de Trupitomanias, con lo que los encuentros de bloggers en la ciudad parece que siguen descontrolándose, como documenta Blogófago. No sé si habrá que pedir a las fuerzas vivas que intervengan, porque podría desencadenarse la epidemia. Hablamos de todo, como corresponde. Me pareció, como su blog, una persona creativa, vital y con ganas de disfrutar de la vida. Los blogs en los que participa me han arrancado más de una sonrisa, me parecen imaginativos y siempre son agradables a la vista y al oído.
No sé al resto, pero a mí el blog me da satisfacciones: por una parte me ha permitido conocer desde dentro un tipo de comunicación creativa que se ha extendido por todo el mundo como un fenómeno socio-cultural; además, me ha ayudado a retomar una faceta mía que se estaba durmiendo demasiado, la de la escritura no académica; por último, he podido conocer a gente muy activa, con un sentido oportuno de la intervención en la vida pública y ganas de hacer cosas que no hubiera podido conocer de otra manera. Ya tengo otra cita bloggera para la próxima semana que espero con muchas ganas sellar con una amistad personal. Y me gustaría volver a Rioseco de la mano de unos nuevos amigos, toda una extraordinaria familia.
He colgado, en mi espacio virtual, una página con las referencias a nombres de escritores, gente del teatro, del cine, de la música, de las artes plásticas, etc., de La Acequia. Facilito, con eso, mejor que con las etiquetas que se ven en la columna de la izquierda, una consulta rápida. Espero que sea útil. Yo mismo comenzaba a no poder encontrar las cosas.
Y, en la ciudad en la que nací, son las fiestas. Así que llevaré a mi hija a las barracas. Volveré a demostrar mi poca habilidad con la carabina (el miércoles pasado contaba a mi sorprendida hija cómo, cuando yo era niño, casi todos mis compañeros de pandilla tenían carabinas para disparar perdigones a los pájaros y cómo podías encontrar pajaritos fritos como tapa en los bares -Qué brutos erais antes, papá -Ya ves, Elena, otros tiempos), a que me sacudan como una estera en algunas atracciones y a oler a fritos y churros. Ya no se anuncian, en las tómbolas, las muñecas peponas como antes pero aun se ven las mismas tácticas para atraer a la gente. Luces, ruido, polvo, gritos. Aun así, se me dibujará una traicionera sonrisa en la cara y miraré la de mi hija. No sé si he contado ya que, de niño, debía atravesar las ferias cerradas, en las mañanas de septiembre, para ir al colegio...

jueves, 6 de septiembre de 2007

Que el humo no salga por la chimenea.




Si se quema la casa, que el humo no salga por la chimenea.


Hay familias en las que todo se tiene que lavar dentro de la casa. No hablo ya del sentido de decoro y dignidad ni del necesario celo de la intimidad bien entendida frente a la venta impune de los trapos sucios exhibidos en el mercado de la plaza. Me refiero a esas familias en las que la endogamia es de la peor clase que hay: la moral. Con ella se ejerce un control sobre todos los miembros, sobre todo el clan, que llegan incluso a la negación de la evidencia. ¡Cuánto maltrato se oculta en estas familias! Si alguien es golpeado se le hace creer que exagera, si se abusa de uno de sus miembros es que se habrá interpretado mal, si otro quiere volverse contra la dictadura de las reglas se le hace pensar que está loco o que es extravagante. Todo es controlado, se miente, se hurga en los cerebros de los miembros de la tribu para no dejarlos respirar el aire libre, se aísla al díscolo hasta hacerlo inexistente. La individualidad es condenada. Y cómo pesa el sentido de la culpa en los controlados.


A veces esa familia es una comunidad entera y deviene en secta. A veces es una empresa o una organización y se anula la capacidad de los que en ella trabajan o se agrupan, que quedan subordinados a los dones del jefe. A veces esa familia es un país y se llega a la dictadura.


Yo siempre he creído en otras cosas. Por eso, todas las mañanas, ventilo bien mi casa.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

En el Delta del río Ebro. (Final.)

La vocación y destino del Ebro hace feraz esta plataforma que los siglos han construido para que nos asomemos al mar. Hay una explosión de muelle verdor en estas tierras que nos conducen al final del camino. Los hombres han aclimatado aquí el arroz y el limo acumulado premia el esfuerzo.


En Riumar casi se ha protegido la playa por entero de la colonización del ladrillo y por un momento creemos volver a décadas atrás, cuando todo era más asumible y la diversión no se había convertido en un parque temático organizado. Las duchas y los aseos están fuera, a más de cien metros de las dunas y las conchas se clavan en los pies acostumbrados a la arena limpiada por medios mecánicos de otros lugares. Aquí el viento ya no es de tierra sino de mar, de mar adentro, como corresponde a este pecho que nos regala el río sobre el agua.
Pero no es aquí donde me traía el viaje y por eso me embarco para navegar por los últimos quilómetros del Ebro y durante el breve viaje puedo ver las lagunas y los caprichos que por obra del tiempo, de la naturaleza y del hombre han ido cambiando este paraje vivo y en tránsito. El Delta, Deltebre, no es estático, sino mudable. Quizá mañana ya no lo encontremos y no podamos asistir a esta entrega del río en su final anunciado.
Allí, allí: aquellas olas y bancos de arena indican la auténtica desembocadura de esta lengua dulce sobre el colchón salado del mar.

Ése es el final de mi camino.

Juan Ramón Jiménez, en el Diario de un poeta reciencasado (1916) encontró el mar para descubrir su nueva voz poética y señalar el camino a una línea de la vanguardia lírica española que tanto personalizó en sí mismo.


Yo no aspiro a tanto: solo el mar, el mar solo. Y contemplarlo, en ese eterno conocerse y desconocerse que decía el poeta, para darme cuenta de por qué he llegado ante él, como el agua de este río que se entrega, pacífica y fértil, al mar. Pero yo, ¿desde dónde he venido y cuál ha sido mi caminar auténtico?