domingo, 16 de septiembre de 2007

Pereza, amor y cine europeo.


En el último momento, decidí no salir a la calle y pasar la velada en casa, ver el partido de semifinales del Campeonato europeo de baloncesto -cómo me gusta este grupo de jóvenes deportistas- y, con la ayuda de los canales de cable, pasar unas horas tranquilo, con un poco de queso, jamón y cerveza. A veces la pereza se adueña de mí por unas u otras circunstancias y me pongo a revisar películas viejas, hacer esas pequeñas chapuzas que todos dejamos para otros días o a ordenar papeles. Me gusta ir al cine y no sustituyo ese ritual por nada, pero durante algunas temporadas, a veces más largas de lo que hubiera querido, no he podido disfrutarlo. Intento llenar esos vacíos ahora. Me pasa también con los libros. En ocasiones por exceso de trabajo y en otras porque la vida te lleva por caminos que te desvían, dejo pasar novedades que recupero cuando ya nadie habla de ellas. A veces es mejor.

El éxito de los llamados chicos de oro se basa no sólo en la gran calidad como deportistas que tienen sino también en su compenetración como equipo. Es un grupo conjurado con el éxito con la sabia conducción de Pepu Hernández. Son un ejemplo de cómo soportar el éxito.

Después, tuve la suerte de ver dos más que interesantes películas que se me pasaron en su estreno y que plantean, desde diferentes perspectivas, la necesidad de amor y cambio que llevamos todos dentro. O por lo menos que yo siento que llevo dentro. Ambas películas cuentan como uno de sus valores con la extraordinaria ejecución por parte de los actores.


La primera es la muy premiada comedia francesa El gusto de los otros (Le Goût des autres, 2000), primera película dirigida por Agnès Jaoui cuyo éxito recuerdo, igual que dejé que pasara en la cartelera por esa tontería mía contra el cine francés -perdón, Teo, te doy la razón-, aunque por el año en el que se estrenó también tuviera otras razones. Cuenta la historia de un tosco empresario que, al enamorarse de una actriz y profesora de inglés, inicia una transformación en su vida. Entra, primero como un idiota del que se ríen, en un mundo artístico para el que parecía no estar preparado; intenta leer libros que no comprende sólo porque son los que le gustan a ella; mantiene conversaciones en las que deja en evidencia su zafiedad e inoportunidad; se afeita el bigote porque a ella no le atraen los hombres con bigote. Todos esos cambios le rehacen por dentro sin que él mismo pueda explicárselo muy bien: cae en la apatía en su empresa, compra cuadros o decide decorar la fachada de la fábrica, deja a su mujer, modifica su carácter. La actriz, que en un principio le rechaza, terminará sintiendo su ausencia cuando lo deje de ver y los otros le cuenten cosas de él con elogio. Alrededor de esta historia central se mueven otros personajes, todos sufrientes de amor en un grado o en otro: el chófer abandonado por su novia que encuentra refugio en la música; el guardaespaldas y la camarera (papel representado por la misma directora), que imposibilitan su apasionada relación por no querer dejar de ser ellos mismos. La película bien merece la pena, a pesar de varios fáciles trucos argumentales y lugares comunes.


La segunda, la británica La sabiduría de los cocodrilos (The Wisdom of Crocodiles - aka Immortality, 1998) de Po-Chih Leong, drama no sé si fantástico que ni siquiera recuerdo haber visto en la cartelera. Es la historia de un extraño vampiro que se nutre del amor que sienten por él las mujeres con las que se relaciona. No es un vampiro al uso: no hay colmillos, ni miedo a la luz del sol, ni a los espejos, ni trasformaciones en animales y sólo le sirve la sangre impregnada de amor. Cuando comete sus crímenes, que anota con precisión artística, regurgita una aguja de piedra, que colecciona con el nombre de la mujer. Su necesidad de amor y de dominio sobre las emociones es el centro de la historia, así como los sentimientos que despierta en ellas. Junto a él aparece un policía que investiga las muertes y que tiene también su propia historia de amor, rutinaria y correcta. Lo que menos me gusta de esta película es el último engaño del protagonista. Pero lo comprendo, porque la base que sustenta la idea central de la historia (como se ve en el título, que toma de una cita de Francis Bacon: "A causa de su sabiduría, el cocodrilo derrama lágrimas tras haber devorado") es que todos tenemos tres cerebros: de ser humano, de mamífero y de reptil. El protagonista necesita el amor no tanto para sobrevivir como para tener razón de ser. Sus víctimas lo necesitan también aunque de forma más humana y se transforman y embellecen cuando lo encuentran. Jude Law compone la figura de un vampiro de una forma en la que no recuerda en ningún momento una película de vampiros y nos permite pensar en la posibilidad de un desequilibrio psiquiátrico y físico que alejaría la película de lo fantástico.

La necesidad de amor nos cambia por dentro, el amor más aun. Cuando no lo tenemos y notamos el vacío físico del sentimiento. Cuando lo tenemos y se nos corresponde porque nos invaden sensaciones contrapuestas de exaltación y miedo. O cuando lo sentimos desgarrado en soledad.


4 comentarios:

Pilar dijo...

Pedro, a propósito del cine, me he metido en esta entrada. Desde luego, te has hecho famoso últimamente, antes no tenías apenas comentaristas.
Pues chico, que me ha encantado esta entrada.
Qué razón tienes en lo del cine y en lo de los libros. si es que no hay tiempo. A mi me pasa igual.
Pereza, pues no sé a qué llamas pereza, entiendo que la tarde fue fructífera.
Amor, pues qué razón tienes, qué necesario es y qué caminos a veces más vertiginosos y tortuosos tiene. A mí me parece fundamental sentirlo y además como tú dices: físicamente.
Un día quiero hacer una entrada sobre el amor, pero creo que todavía no estoy preparada. He hecho muchas locuras por esto y a veces prefiero dejarlas para mí.
Cine europeo, me encanta. Lo que no soy capaz es de bajarme de internet películas. Ver una película en el ordenador se me hace raro.
Algún día ya me dejarás alguna peli.
Un abrazote.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

PILAR: de nuevo, gracias por tomarte la molestia de comentar una entrada que ya tiene algunos meses. Curiosamente, el número de visitantes de La Acequia ya era parecido al de ahora, pero, en efecto, no tenía el mismo número de comentaristas.
Una larga tarde, tranquila, leyendo un libro o viendo una película tirado en el sofa... Un placer.
Saludos.

misticaluz dijo...

Hay que ir más al cine, pero a ver buen cine!


Me quedo con esta frase que es totalmente acertada y muy buena!

"La necesidad de amor nos cambia por dentro, el amor más aun. Cuando no lo tenemos y notamos el vacío físico del sentimiento. Cuando lo tenemos y se nos corresponde porque nos invaden sensaciones contrapuestas de exaltación y miedo. O cuando lo sentimos desgarrado en soledad."


Te dejo un relajante y cálido abrazo
Beatriz

Pedro Ojeda Escudero dijo...

BEATRIZ: Veamos cine, entonces. Un abrazo.