martes, 11 de septiembre de 2007

Oveja de salón.



Como ya hemos destruido el campo, ahora lo traemos a casa. Eso sí, higiénico, sin malos olores ni gastos en comida. Esta pobre oveja no tiene rebaño y mira, sorprendida, desde el escaparate, el raro pasear de los humanos. Creo que no nos comprende.


Apenas nos hemos quitado el pelo de la dehesa, quizá por eso proclamamos que el campo solo nos gusta urbanizado y con piscina o como domingueros de parrillada o para probar ese todoterreno con el que llevamos los niños al colegio y que apenas pisa la tierra. Peor aun, sólo la pisa para injuriarla, como esos quads con los que nos creemos inventar las sendas, que tanta historia tienen antes de que ni siquiera las soñemos. Conozco un caminante celtíbero , con el que tengo pendiente un esperado café, que se los topa indignado en su andar de mochila y pulmón.
Todavía no hemos aprendido a respetar lo que parece no ser de nadie. ¡Ancha es Castilla! Los pueblos que se vaciaron en los sesenta se llenan en los meses de verano de una algarabía destructiva que los toma como un parque temático en el que las antiguas leyes no escritas no existen. Para eso, cómprense una oveja de salón, aunque los mire, tierna, sin comprender sus acciones.

3 comentarios:

Pablo A. Fernández Magdaleno dijo...

Ocurre como con la novela morisca del XVI, que triunfó cuando las luchas de la Reconquista ya habían terminado. Nostalgias extrañas...
Un abrazo

Alatriste dijo...

Las modas vuelven sin duda, pero también es cierto que tan malo es sobreexplotar bosques y serranías de senderos y travesías; como abandonarlo completamente y no limpiarlo, de esa forma sabemos que también se potencian los incendios.

La oveja muy mona para los amantes de lo campestre.

Álvaro Fernández Magdaleno dijo...

Se han puesto de moda las casas rurales con quads o incluso bugis con rutas organizadas por el campo, las cosas del turismo rural.
Un abrazo.
Álvaro