martes, 31 de julio de 2007

Cultura del trampantojo.



[Trampantojo del Callejón de San Francisco, Valladolid. El fondo representa la acera opuesta de la Plaza Mayor, con el Convento de San Francisco, tal y como se vería si no se hubiera construido en él, para cegarlo, el incongruente edificio del Banco de Santander, un pastiche que debería demolerse, y si no hubiera desaparecido el Convento, claro.]


Esta sociedad no sabe lo que quiere. O lo sabe perfectamente. Ha convertido la cultura en algo ligero, que se pueda trasportar cómodamente. Y cuando se pone sublime, la reduce al espectáculo. No es la primera vez que sucede en la Historia. Cuando los monarcas entraban en las ciudades, estas se volcaban y endeudaban para organizarles grandes fiestas y engalanaban las fachadas o las ocultaban tras unas falsas. Construían arcos lujosos pero efímeros. Y el pueblo alababa lo bonito que había quedado todo mientras se rascaba sus miserias. Estas costumbres han llegado hasta nosotros y su tratamiento irónico ha dado lugar a obras maestras como Bienvenido Mr. Marshall. Pero ahora, con la rapidez de consumo que nos caracteriza y el escaso interés de las autoridades culturales competentes -a las que adulan con la cooperación ansiosa y el comportamiento cortesano más de un académico y el artista en busca de mecenezgo-, hay un desenfreno voraz y la cultura ha devenido espectáculo colectivo de fácil arquitectura y escasa mirada. La cultura se ha hecho, definitivamente, mercado subvencionable de cómoda moldura. Divierte, entretiene, pero oculta, tapa, engaña, disfraza. Se
muestra orgullosa de su condición de pasatiempo. A veces, y es hasta peor, pretende querer decir algo y no son más que banalidades. ¡Hay tantos ejemplos!
Pero si te acercas un poco, solo un poco, se ve el truco.
También hay aportaciones culturales de más calado, pero pasan tan de puntillas que...

lunes, 30 de julio de 2007

Espadaña con nido de cigüeña en fondo de montaña.

[ Paisaje desde Mahallos (Burgos), hacia Sordillos, con la Peña Amaya al fondo. Pulsa sobre la foto para ampliarla y ver los detalles.]


El río Brullés me trajo al Odra, que también nace en Peña Amaya y que desemboca, más allá, en mi ensoñado Pisuerga. La carretera termina en Mahallos, a un quilómetro de Sordillos. Es raro ver terminar una carretera en una zona que no es de montaña, pero en estos pequeños pueblos castellanos sucede. ¿Por qué venir donde la carretera acaba? ¿Qué buscan los ojos al final del camino?


Por la comarca, la cosecha va muy avanzada y en muchas zonas ni siquiera se ven ya las pacas esparcidas por el campo. Montones de grano de trigo y cebada reposan en naves y eras. Del cereal no se quejan los agricultores, así que supongo que ha ido bien, a pesar de la plaga de topillos. El camino ondea en suaves desniveles y, en los valles de los pequeños regatos, nos espera la grata sorpresa de los árboles alineados a lo largo del estrecho cauce. En sus proximidades se pueden plantar frutales y las ramas de los manzanos, ciruelos, perales, acerolos, nogales, se inclinan con una abundate carga. Me acuerdo, casi sin querer, de mi peral sabio, que ya tiene sus primeros frutos aun verdes pero que anuncian la carne jugosa de la maduración cercana.


Siempre me han sorprendido estos milagros verdes en mitad del amarillento estío de Castilla. En todos estos pueblos te cuentan historias relacionadas con este agua inesperada, sus fuentes, los regatos, los caños. O del miedo a que se sequen, como ocurrió a veces. Cuando no se roturaba el campo hasta la extenuación, las choperas y los encinares eran más extensos y el bosque se enseñoreaba de gran parte de estas tierras. Y, a su amparo, el lobo. El origen de algunas fuentes va más allá de la Historia y te remonta a tiempos míticos, y la vertiente dada por la inclinación del terreno me hace mirar de nuevo hacia la Peña, de la que viene un viento que alivia el calor que al fin se ha decidido a instalarse estos días en este extraño verano.


Desde aquí tengo como horizonte, de nuevo, ese peñasco del que te cuentan leyendas que uno no sabe si colocar en tiempos del César, de la mal llamada Reconquista o casi ayer, en esa dura postguerra franquista. Un poco a la izquierda, la silueta brumosa de los principales picos de la montaña palentina tan ilusoriamente cercana: el Espigüete, el Curavacas... Más cerca, sobresale la espadaña de la Iglesia de San Pedro, de Sordillos. Estas espadañas coronadas de nidos de cigüeñas, brotan de pronto en el horizonte y anuncian, al cansado viajero a pie de otros tiempos, que ya llega a casa. Al final del día, sin embargo, me alejo en
autómóvil de este emblema airoso, como han hecho, tantas veces, los que han nacido por estos pueblos hasta casi dejarlos desiertos de mirada y aliento.

viernes, 27 de julio de 2007

El emperador César Augusto en el Puente de Trisla.

[Puente de Trisla sobre el Brullés, Sasamón]

En este lugar, en el que entran a cuchillo los vientos desde la Peña Amaya, es fácil imaginar la historia. Aquí se asentaron las legiones romanas que luchaban contra los cántabros. César Augusto, en persona, quiso saber cómo eran aquellos que se negaban a Roma. Hoy no queda casi nada del puente original. Lo que vemos es reconstrucción medieval, pero aun se adivinan las trazas romanas y, entre las hierbas, la calzada. Camino de Villasidro (Villa Exedra, la frontera romana en aquellos tiempos) dejamos atrás la imponente iglesia-catedral de Sasamón. Lo penoso es que este puente, que ha sobrevivido a tantos siglos, cada mes tiene menos piedras...
Es fácil imaginar por estas tierras al emperador, sentado en la ribera del Brullés, cerca de la vía que vertebraba su poder y permitía moverse a las tropas con rapidez. Con el cierzo en el rostro, se quedaría mirando la imponente mole de la Peña y se preguntaría quiénes eran aquellos hombres que preferían vivir allá arriba cuando él traía la civilización y el orden. A su espalda, la ciudad romana, Segisama, asentada sobre una loma y una de las más florecientes en aquella época en la zona, se ajetreaba en su vivir cotidiano, tan unido a las fuerzas militares.
Y Augusto seguía parado allí, frente a la Peña, hasta que se encogió de hombros porque, decididamente, un romano como él no podía comprender a aquellos bárbaros que defendían una vida tan poco adecuada para los nuevos tiempos. Los conquistaría, se dijo, y así llegarían a comprender las bondades del Imperio.
Hoy busco los rastros del César. En su lucha por la uniformidad, ¿había algo de espacio para la diferencia? La romanización no fue tan simple como nos explicaron de niños. El viento me hace preguntarme, tan lejos de Augusto, dónde están los límites: globalización, uniformidad, diversidad, integración, convivencia... ¿Los imperios de hoy no son como Roma? Y en esto, ¿qué papel nos queda a los bárbaros? Debo volver por estas tierras para seguir pensando.

jueves, 26 de julio de 2007

Generación erasmus.





El Programa Erasmus cumple veinte años.
A veces, en el batiburrillo de cosas que componen nuestra actualidad, dejamos pasar algunas como ésta sin un comentario.

Recuerdo cuando comenzaron a aparecer por las clases universitarias los primeros erasmus y cómo la mayor parte de los profesores los consideraron una molestia porque no se sabía muy bien qué hacer con ellos. No era culpa de unos ni de otros: el programa se había superpuesto a unos cauces administrativos que no estaban preparados para acogerlos. La mayoría optó por ignorarlos e incluso negarse a cumplimentarles los papeles que venían a aumentar el trabajo habitual del docente. Pronto fueron nuestros propios alumnos los que comenzaron a marcharse a otras universidades europeas y también a ellos se les ponían trabas porque algunos pensaban que se iban de vacaciones unos meses.

Las anécdotas que se contaban sobre los erasmus (muchas fiestas, poco estudio) no contribuyeron en nada a que se comprendiera en aquellos primeros años la grandeza y oportunidad de estre Programa. Incluso hoy, la leyenda negra del estudiante erasmus es muy fuerte. Hay películas que nos lo cuentan. Muchos no comprenden que estos jóvenes se comportan como deben comportarse con esa edad. Como nosotros cuando teníamos sus años, aunque fueran otros tiempos. Y que algunos aprovechan la oportunidad y otros no.

La realidad del erasmus que veo en mis clases es muy distinta a la leyenda. Socialmente, estos jóvenes extranjeros son más parecidos a sus compañeros españoles de lo que se cree. Académicamente, por una parte, se ha contribuido a que algunos de los mejores estudiantes conozcan otros países, otras gentes. Maduren fuera y comprendan que las fronteras deben estar sólo en los mapas, pero no entre las gentes. Aprenden, junto a otros jóvenes, otros métodos de trabajo, la importancia de la relación humana, la experiencia de estar a miles de quilómetros de su casa. Y eso, en un país como España en el que los hijos no se independizan hasta una edad tan avanzada, es muy importante.


Por otra parte, mis clases se han llenado de italianos, franceses, alemanes, polacos, que comparten pupitres con sus iguales españoles. Vencida la primera etapa de dificultad, que suele durar un par de semanas, y conseguido un punto de entendimiento entre formas de ser y de aprender diferentes, finalmente la riqueza última que se consigue es impagable. Además, la matrícula nacional en las carreras humanísticas ha descendido. Y emociona ver tres o cuatro horas a la semana, en el aula, jóvenes de tan diferentes nacionalidades con deseos de aprender la cultura española, las claves de su historia, de su arte, de su literatura, las raíces de la lengua... He tenido la suerte de tener en mis asignaturas de la Licenciatura muy buenos alumnos en los últimos años: españoles, alemanes, franceses, italianos. A ellos se suman los que proceden, a través de intercambios, de otros países. Gracias a ellos, a su constancia, a su trabajo, también a su juventud, sé que puedo estar tranquilo ante el futuro.

A veces algunas ideas nos mejoran. Como ésta.











miércoles, 25 de julio de 2007

Desahucio de palomas y fantasmas.


Cuando me di la vuelta, estaban tirando ya el edificio de las palomas. Los pájaros se posaban en las vigas desnudadas que sobresalían de las paredes como los huesos astillados de una herida. ¿Dónde han ido los ecos de las voces que descubrí un día, los pequeños dramas y los sueños que celosamente guardaban estos muros? ¿Qué parte de mi mirada, agarrada a los hierros de los balcones y los cristales rotos, se pierde ahora, para siempre? Donde acaben los despojos de esta casa, quizá, terminarán un día los restos deshilachados de mi memoria.

martes, 24 de julio de 2007

La peste entra por las ventanas.

[Uncastillo, Aragón]

En Uncastillo, cuando el cólera de los siglos XVIII y XIX, los habitantes encalaban los marcos de los vanos de las casas para evitar que la enfermedad entrara en ellas. Aparecen así los edificios con los ojos y las bocas pintadas mirándonos asombrados, mientras unos topes de madera, artesanales pero eficaces, impiden que la fábrica se venga abajo. En un ingenioso alarde de burla a la ley, que imponía impuestos por superficie medida al nivel del suelo y que obligaba a una distancia mínima en las calles que permitiera el paso a los carros de ruedas grandes, las fachadas se ensanchan en el primer piso y sobresalen de la planta baja en una arriesgada curvatura. Esa prominente barriga, que tira el peso hacia afuera, se contrarresta con el sistema de vigas que se ve en la imagen. Como si al coser, la costurera se hubiera dejado olvidada la aguja en la última puntada.
El inventor del sistema no ganó nunca un premio de arquitectura, pero solucionó un problema, a diferencia de nuestros premiados arquitectos de hoy, que los crean. La sabiduría popular que encaló puertas y ventanas sólo calmó la ansiedad y el miedo. ¿Qué encalamos hoy nosotros en nuestros miedos?
Arriba, en el voladizo, anidan los ruidosos vencejos y las golondrinas, como en la época del cólera. Igual que cuando el miedo hacía rostros de asombro en estas casas.

lunes, 23 de julio de 2007

La tierra.



Mi abuelo paterno tenía una huerta que lindaba con las tapias del cementerio. Hasta allí aun no llegaba la ciudad y el cementerio imponía silencio a los pocos que pasaban junto a él, camino siempre de otro lugar. En verano, cuando apuraba la luz del sol para trabajar mejor la tierra con el frescor del atardecer, sólo oía las chicharras que anunciaban ya el final de lo urbano. Hasta las noches de un verano. Mi padre aun recuerda aquellas en las que los disparos de madrugada anunciaban el hallazgo de los cadáveres aun calientes de los represaliados, puestos en fila frente a las tapias. No sé qué pensaría mi abuelo, al que apenas conocí, pero supongo que se agarraría con la mirada a los surcos de esa tierra para sobrevivir. A veces hay que agarrarse con mucha fiereza a la tierra y esperar de ella el renuevo vital de cada temporada.
Mi padre, siempre que ha tenido oportunidad, se ha hecho una pequeña huerta o un jardín que ha trabajado en los ratos libres. El olor de la hierbabuena, de las primeras rosas, de la tierra recién regada... Aun recuerdo el sabor de esa fruta y verdura y el esfuerzo metódico de mi padre al cultivarlas y regarlas. Y su amplia sonrisa cuando aparecía por casa con los primeros tomates, las primicias de las cebollas o unos cogollos de lechuga.
Este fin de semana he cogido entre mis manos, por primera vez desde hace veinte años, un azadón y, como si mis músculos renovaran este compromiso con la tierra, he ayudado a cavar un pequeño terreno, quizá buscando las razones de la mirada de aquel abuelo al que apenas conocí o el recuerdo de la espalda de mi padre, curvada al sol, trabajando la tierra.

viernes, 20 de julio de 2007

He castigado a mi Kandinsky o por qué prefiero una señora elegante ante una taza de café.


El meme que me remitió el Sr. K. y que cumplí ayer, me ha recordado otro iniciado por Blogófago a partir de mi idea de colgar un Kandinsky en la cabecera de mi cama.


Como estamos en verano y necesitamos refrescarnos y relajar la tensión de otras cosas que me enfadan mucho, os informo de que he decidido castigar a mi Kandinsky por cosas que yo me sé muy bien y que tienen que ver con su tendencia a descentrarse. Lo he cambiado de pared y de su origen horizontal se ha despeñado en vertical. Así quedará, cabeza abajo, hasta que me dé satisfacción plena. Allá Kandinsky con sus cosas.


En su lugar, he colocado una elegante y enigmática mujer sentada ante una taza de café. Espero dialogar con ella durante años, como me hubiera gustado tener alguna conversación con otra mujer de otro cuadro que siempre me ha fascinado.



Y, para que no diga el Sr. K., y en homenaje a su cumplimiento del meme-Kandinsky, en el salón he colgado un gran cuadro de un músico, que pide probarse en la orquesta de los suyos.


Y ya sabéis, este verano La Acequia descansa los fines de semana, así que no hagáis muchas trastadas hasta el lunes y sed prudentes con las ocho cosas que sabemos o no de vosotros.
[N.B.- Los cuadros no están torcidos, que los colgué con nivel: fue la perspectiva al hacer las fotos y mi pereza al no volver a hacerlas.]

jueves, 19 de julio de 2007

Las ocho cosas que unos saben y otros no (meme)

No sé si el lado sano o el insano de la cabeza del Sr. K. me remite un meme que a él le mandan de la dirección más común del mundo. Ya se sabe, esto de los memes es como lo de las cadenas, que si las rompes puedes atraer la ira del cielo. Y por si haberlas haylas, debe uno salir de la mejor manera del asunto que, en este caso, se complica puesto que hay que remitirlo a otras ocho víctimas. Como él ya se lo ha mandado a varios de la Burgosfera, no reincidiré en los aludidos, que son algunos de mis blogs favoritos. Eso sí, mis víctimas (y recupero el orden inicial de este meme) pueden remitírselo solo a una persona.

Reglas del meme:

- Debe confeccionarse un listado de ocho cosas que cada blogger cree desconocidas sobre su personalidad
- El blogger tiene el deber de escribir esas ocho cosas en su blog junto con las reglas del meme, como se puede apreciar por el encabezado de este listado.
- El blogger ha de rebotar el meme a otros ocho con un enlace a cada blog afectado. Asumo la modificación del Sr. K., que personaliza cada uno de los ocho puntos, en lugar de hacer un listado final. Para cerrar las heridas, si alguno de los afectados se ve aludido en otro blog con este meme, queda perdonado puesto que este asunto puede acabar volviéndote varias veces en las próximas semanas y, ahora que estamos de vacaciones, habría que dedicarse a tomar más el sol, aunque sea en la terraza de casa.


Cosas que unos saben y otros no:

1º.- Cuando comenzó La Acequia, no pretendía más que experimentar esta nueva forma de comunicación para poder analizarla mejor de cara a mis trabajos académicos. Lo que no sabía es que me fuera a enganchar de esta manera y a creer tanto en sus posibilidades. La primera vez que dejé un comentario en un blog fue en el de una persona a la que siempre he admirado y que veré en octubre.

2º.- El blog me ha servido tanto en los buenos como en los malos momentos. En él he buscado a veces quince minutos de paz en la vorágine de trabajo y papeleo que me asaltaba y amenazaba con derribar la puerta o un respiro en épocas malas. Por eso, no quiero olvidar a quien me ha sacado mi última sonrisa leyendo otro blog.

3º.- Como ya algunos conocen y otros no, mi oído pertenece a la clase ladrillo, incapacitado de todo punto para entender la música aunque disfrute de ella, por eso, y por la misma razón del punto anterior, tiene mérito que se me alegre una mañana con buen ritmo y eso he de agradecérselo a otra persona.


4º.- El blog lo he usado para colgar algunos textos de creación y experimentar, pero también para teorizar sobre cuestiones que creía importantes. Por eso, mi homenaje a quien lo hace mejor que yo y desde hace más tiempo. Como está de vacaciones, cuando vuelva se habrá pasado el tiempo del meme y no se verá obligado a continuarlo.

5º.- A veces he usado el blog para intervenir de forma tangencial en asuntos políticos a cara descubierta. Y creo que, en esto, hay otro que se merece mención especial porque lo hace muy bien. Como también está de vacaciones, le pasará como al anterior.

6º.- Navegando por estos mundos, uno encuentra gente muy activa y emprendedora, con fina escritura y así me metí en un blog del que no puedo salir.

7º.- Si no me hubiera decantado por la Filología, hubiera sido periodista. Eso lo tengo muy claro. Cuando me matriculé en la Universidad casi eché una moneda al aire, aunque estaba trucada porque en mi ciudad no se impartía Periodismo y no tenía posibilidades económicas para marchar a otra. Eso sí, en aquella época no existía lo que se llama periodismo ciudadano, que tan ejemplarmente cumplen los redactores de uno de mis blogs de cabecera.

8º.- Como el Sr. K., que se merece más que nadie este meme, me ha dejado sin tres de mis referencias favoritas (Blogófago, Caminando en el desierto y el Ucraniano), se lo remito a dos jovencitas inteligentes pero con la condición de que hagan, sin prisa puesto que están en edad de disfrutar más de la piscina que del ordenador, una entrada conjunta para que comprendan que se quieren más de lo que aparentan y que sólo se lo remitan a otro, ya aludido, que no estará en obligación de contestar. Considero que la complicidad entre hermanos es una de las cosas más importantes de esta vida.

Por hoy se han salvado uno y otro esforzados combatientes por esta tierra que tanto necesita de gente de su ardor. Incluso otro que ya está contando de manera inteligente cosas sobre sí mismo. Y mi favorita y encantadora luchadora por una ciudad para seres humanos. También una redacción en pleno, que hizo una secuencia de entradas de las más divertidas e inteligentes que he visto en los últimos tiempos.

miércoles, 18 de julio de 2007

Casa hundida.

[Casa hundida en Villamorón, Burgos]
En Villamorón, una parte de las casas abandonadas están hundidas. Un día, una gotera invernal agrietó el techo. Quizá los dueños volvieron en verano y vieron la mancha de humedad y no le dieron importancia o pensaron que ya se pasarían unas semanas después, antes de que llegaran las lluvias. Pero no se pasaron. Dos o tres años más tarde se cayó parte del tejado, con un estruendo que ya solo asustaría a las torcaces. Al año siguiente se vino abajo una de las paredes. Y el hundimiento continuó. La construcción, de adobe, que había resistido firme con el amor de los moradores, vuelve a la tierra. Con lentitud imparable, como son las cosas de estas tierras que han visto tantos siglos de historia.

martes, 17 de julio de 2007

La Plaza del Sobrado



Ahora que las instituciones implicadas se han puesto a la labor de urbanizar esta plaza, que se encuentra justo detrás del edificio que ocupa el Rectorado de la Universidad de Burgos, es hora de publicar esta foto. La plaza se encuentra en un estado de abandono notable y tiene cierto sabor rural. A ella se accede por un arco de interés que deberá ser restaurado. Aunque las noticias no lo aclaran suficientemente, espero que en los solares de estas casas que serán derribadas antes o después aparezcan edificios administrativos y dotacionales que sabrán respetar el entorno y recordar con elegancia el origen de este lugar. No podría concebir un uso privado ni edificios tan espantosos como los que están tapando el cercano Monasterio de las Huelgas. Hablo de un lugar que está en el Camino de Santiago, anexo al Hospital del Rey, en pleno corazón del Campus universitario. Es decir, un espacio que, si se arregla con cuidado, podrá ser mostrado como ejemplo de tratamiento de un rincón sereno a los peregrinos, profesores visitantes de la Universidad y estudiantes de todo el mundo. Y, si se aprovecha con acierto, puede convertirse en una zona con dedicación cultural. Hay lugares en los que no se puede cometer errores, y este es uno de ellos. Me horroriza la idea de perder esta plaza, con lo que puede tener de provechosa para la comunidad universitaria (y, por lo tanto, para toda la sociedad).
De todas las formas, ahora que comienzan las obras, quiero fijar aquí parte de su aspecto rural, con esos tractores viejos que yo he visto siempre aparcados en un rincón. En su estado actual nos habla de otras épocas, de un pasado que se ha agarrado hasta ahora a la fiereza del presente, resisistiéndose a desaparecer. Con todos sus problemas -el barro, en invierno, la hacía impracticable; por la noche, la oscuridad desaconsejaba pasar por ella-, la plaza tenía su encanto. Como su nombre: del Sobrado. Esta plaza podría ser el inicio de una novela biográfica, al estilo de la trilogía de La lucha por la vida de Pío Baroja o La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, en las que un chiquillo comienza a descubrir el mundo desde un pulmón pequeño y retirado para llegar tan lejos como su ambición le lleve y el sistema social se lo permita. Quizá algún día la escriba, quizá con estas líneas ya la comienzo.
Qué será de ella.

lunes, 16 de julio de 2007

La historia de Clara o la tendencia al serial lacrimógeno.



En mis paseos por la Historia de la literatura he podido comprobar que los géneros más atractivos para el gran público eran siempre los que hablaban de infortunios, desgracias y luchas contra el destino. Desde la tragedia griega. Aunque los máximos niveles de éxito en la recepción del texto se obtienen con gente normal que resiste con virtud todos los males para ser premiada al final: léase el Libro de Job. Luego, cada modalidad literaria, cada época, los recubría de técnica y retórica. A partir del siglo XVIII, y cuanto más se desarrollaba el mercado masivo de lo literario, aquello se convirtió en populismo y dio nombre, incluso, a alguna fórmula literaria como la comedia lacrimógena. Gran parte de la banalización de la sensibilidad romántica vino por ahí y terminó en la novela rosa de quiosco. Y luego, ya en el XIX, el descubrimiento de la comercialización a través del folletín lo inundó todo. Y en el teatro, grandes dramones o el melodrama ya amputado de música, en los que a los pobres infelices les pasaba de todo en dos horas.


En el fondo, todo aquello era una perversa utilización de la moralización que partía del buenismo: pobre pero honrado, se decía. Era una especie de bula para tener una recompensa en otra vida ya que en esta era imposible y una invitación a que el castigo o el premio fuera sobrenatural. A este mundo los buenos habían venido a llorar (se concibió el mundo como un valle de lágrimas) y sufrir. El espectáculo de las lágrimas ajenas, en la literatura o en la vida, consolaba y consuela de las propias. Nuestros padres lo vivieron en los seriales radiofónicos (recuerdo a mi madre, planchando, mientras oía Simplemente María). Hoy aquellos márgenes los ocupan series de televisión o programas en los que la gente va a exponer sus miserias delante de millones de espectadores.

Llevamos tan dentro esta cultura de la lágrima que, cuando se nos da la oportunidad de construir una vida de ficción, no renunciamos a caer en ella. Clara es un personaje nacido en dos programas de la Cadena Ser, Hoy por hoy y La ventana. Su historia se teje lentamente gracias a las sugerencias que dan los oyentes que llaman, aunque los redactores tienen un voto de calidad, como ellos lo llaman, para decidir entre las que les parecen mejor. En alguna ocasión ha servido para rechazar una línea argumental el hecho de que la propuesta daba pena a la locutora (así se cambió un retraso mental por la ceguera). Entre unos y otros, Clara, que hoy cumplía un año, ha resultado ser una niña mulata, hija de una sevillana y un subsahariano venido en patera (que ya tenía un hijo en su país) y ciega. Dos de los que han llamado han querido aliviar tanta pena y sufrimiento que se venía acumulando entre las sugerencias de los que han dado ideas hasta ahora (algunas de auténtica crueldad sádica). Y han salido por lugares comunes de esta vieja literatura de la lágrima: el primero hacía llegar en el día del cumpleaños de Clara la notificación de la administración por la que se le concedía una anhelada plaza en una guardería pública; la segunda, ha celebrado el primer año de la niña con un premio en el cupón de la ONCE. Los recursos del pobre: la subvención (antiguamente también la limosna de un bienientencionado protector) y la lotería. Sólo falta que, al final, el inmigrante ilegal acabe heredando una fortuna y resulte reconocido como hijo por un millonario norteamericano que, en un viaje a África conoció el amor de su vida del que una desgracia -una enfermedad, una guerra, un desastre natural- le separó sin que su búsqueda afanosa le permitiera reencontrar a aquella mujer.
De fondo, se oía la voz de uno de los invitados en el estudio, creo que guionista de cine, que reclamaba sufrimiento, porque sin drama no había interés en el conflicto.

Nunca saldremos de la lágrima.

viernes, 13 de julio de 2007

Sin palabras.

Sin palabras (hasta el lunes).
La foto corresponde a la peluquería de Uncastillo, Zaragoza.
El detalle del escalón de entrada, inigualable.
Ampliad la foto para ver el cartel de la peluquería y el nombre de la calle.

jueves, 12 de julio de 2007

La gárgola de Villamorón o ya han pasado diez años.


[gárgola de la iglesia de Santiago Apostol de Villamorón, Burgos]


Hace diez años volvía de Cáceres.

Había formado parte del Tribunal de la Tesis Doctoral, dirigida por Gregorio Torres Nebrera, de Manuel Simón Viola. En ella se estudiaba y editaba con mimo la obra poética del modernista extremeño Manuel Monterrey. Todo se había desarrollado con éxito para el doctorando. En el autobús de la línea regular en el que regresaba a casa, todos los viajeros íbamos en silencio, oyendo las últimas noticias sobre Miguel Ángel Blanco a través de los altavoces del vehículo.


Todo el mundo recuerda dónde estaba y más o menos lo que hacía en esas fechas en las que la sangre, como vómito negro, nos inundara los ojos. Otra vez. Pero de allí salieron un grito -¡Basta ya!- y unas manos blancas. Grito y manos blancas nacieron de gestos sencillos, de ciudadanos anónimos que obligaron a los políticos a fingir unidad y jugar, por un tiempo, con las normas que les marcó la sociedad y no con las estrategias de los diseñadores de las campañas electorales.


Han pasado diez años y hoy me encuentro en este pueblo semiabandonado de Castilla, Villamorón. Gran parte de las casas están hundidas y el adobe vuelve a la tierra de donde salió con la industria de los antiguos habitantes, cumpliendo su ciclo natural. La imponente iglesia, parte de un conjunto de edificios situados en la zona que Esquivias ha llamado El airoso gótico del páramo, se está resquebrajando y parece amenazar ruina a pesar de las obras de urgencia que se llevaron a cabo no hace mucho. En la fachada principal, esta gárgola extraña, digna de pesadillas góticas, muestra su boca y no sé si de ella saldrá el eco de aquellos gritos de hace diez años o alguna sustancia viscosa. Esta iglesia tiene más de 700 años. La gárgola ha visto pasar tantas nubes de tormenta que ya desconoce si podrá desaguar más veces el agua que vierte el tejado de este edificio agredido por el abandono.

miércoles, 11 de julio de 2007

Columnas que sujetan el aire.

En estas tierras nuestras, hay demasiadas columnas sólidas que no sujetan más que el aire. Enigma para hoy: ¿sólo somos administración o también tenemos proyectos para hacer algo nuevo en la Historia?



Esta columna del Hospital del Rey de Burgos siempre me ha planteado ese enigma. Sabéis que no soy partidario de ningún nacionalismo, que no soy localista, pero me quedo mirándola y me interrogo. ¿Qué nos dice ahora esta columna? Fuimos basamento, ahora sujetamos el aire. Quizá sea mejor así.

lunes, 9 de julio de 2007

Peña Amaya o la frontera de los vientos.



[parte de la Peña Amaya]




Durante unos días, he decidido perderme en busca del origen de los vientos que acuchillan estas tierras, en las que el verano parece ya haberse cansado o no haber venido. En la vega del Brullés, tan llena de historia, el viento venía a cuchillo y al levantar la mirada en la dirección de la que soplaba siempre me topaba con ese muro sólido de la Peña Amaya. Allí se acumulaban las nubes, a punto de desbordarse y rodar hacia la ruta romana de Sasamón. La existencia de los fuertes campamentos romanos cercanos se debe, precisamente, a los pueblos cántabros resistentes en estas alturas. Es fácil imaginar la dureza de estos hombres contemplando los restos de sus emplazamientos. Los legionarios romanos la mirarían desde la calzada que aun se ve cerca de Sasamón, temiéndola y deseándola, mientras a su lado el campesino de entonces, como el de ahora, controlaba la dirección de las tormentas.


La Peña es imponente y no necesita una gran preparación física para recorrerla, excepto en invierno. Otra cosa es comprender su magia. En ella mueren las montañas y la meseta triunfa en horizonte. Dice Navarro Villoslada, el creador literario de gran parte del imaginario colectivo vasco en el siglo XIX que Amaya, en vacuence, significa fin. Lo dice al comienzo de esa novela histórica de nervioso fuste y calado ideológico que nos ayudaría a comprender tantas cosas titulada Amaya o los vascos en el siglo VIII. Aunque, ya digo, debe tomarse como parte de una construcción cultural que los datos históricos contradicen. Vaya usted a saber la etimología. Hoy no me interesa este tema, sino el paisaje.


[paisaje desde la Peña]

Y Amaya es alfa y omega. Es el fin de la cordillera, allí muere la montaña y una forma de vida. Es el inicio de la meseta castellana y sus llanadas, allí nace el horizonte y otra vida. Es vigía y enigma. Ni subiendo a su punto más alto se puede estar seguro de dominarla.

Tengo que apuntar por aquí, en alguna parte, que debo volver a esta Peña para pensar estos límites, y comprenderlos para poder encontrar mejor los caminos y puertos que me hagan ir de un lado a otro y hallar el cauce de estos vientos que lo azotan todo.

viernes, 6 de julio de 2007

Trigal con nubes por si un día me pierdo.


[Paisaje cercano a Sasamón, Burgos.]
Qué paisaje abierto. Los ojos se alimentan de horizonte. Comprendo la belleza de los valles encajados entre grandes montañas, cortadas por un riachuelo con su lengua en un esfuerzo de millones de años. Como a todos, la contemplación del mar abierto me llena el cuerpo entero y castiga mi orgullo. Es más difícil querer esta Castilla, como la tan cercana Tierra de Campos. Grandes espacios abiertos con suaves ondulaciones limitadas -¡tan lejos!- por brumosas montañas. Andar esta tierra por los caminos de concentración y dejar vagar la mirada por el cereal a punto de la cosecha, pararse a ver las flores que revientan de colores puros: amarillos, morados, azules. De pronto, un río, un regato apenas, abre una vena verde que se pega a la arcilla seca. O la sorpresa, allá, más cerca de mi origen, de los Montes Torozos que estallan secretos en vida, agua y bosque.
Paseamos estos días por estos campos tan castigados por sus propios habitantes y que ahora oscilan entre el sol de julio y los tajos de viento frío que se le escapan a la Peña Amaya, desbordándola hasta nosotros.
A una plaga le sucede otra. Este año han llegado con virulencia los ratoncillos de campo, el anterior recuerdo los caminos llenos de saltamontes y viejas historias cuentan de insectos, incendios y pestes. Las rapaces vuelan en círculos sobre nosotros, a punto de lanzarse en verticales imposibles sobre los sembrados.
Hasta aquí me llega, de un amigo, la expresión exacta de un concepto al que yo no sabía dar nombre: Ubuntu, que Francisco explica como "una persona es una persona gracias a los demás". Gracias por este regalo. Hay palabras que te llegan, neologismos necesarios para caminar por este mundo de incertidumbres y lucha cotidiana. Aquí ha venido y aquí la deposito, en este lugar de tránsito por el que han pasado tantos en esta Historia hasta que los romanos le dieran al lugar nombre definitivo a partir de lo que les contaron los que aquí vivían y un celtíbero combativo, como si fuera el último orgullo de una estirpe, se acercara sin saber qué próximo a mí estaba. De aquí salí, hace unos días, empeñado por el instinto de la buena compañía, a tomar un café con otro amigo, que sabe apreciar lo bueno y comunicarlo. Y les he pedido a ellos y a la parte sana de un inteligente personaje al que no conozco todavía, junto a un justo que sabe mirar con certeza (y se lo pediré a un grupo de sabios notarios de la vida diaria), que me acompañen en una aventura en octubre. Hay todo un mundo que será invitado a estar con nosotros, pero no me dan las horas para enviar tanta carta, que llegarán por estas fechas sin que el orden de llegada signifique nada más que el hecho de estar desbordado de trabajo. Este paisaje tiene también espinas y no sé cómo llegar a alguno que debería estar entre nosotros y sin el que no estaremos completos.
-Ubuntu.
Ubuntu, una persona es sólo por las otras personas. Qué bella definición de estar en sociedad. Hoy también quiero serme persona por este paisaje. Buscadme aquí estos días, porque quiero pedir asilo a lo mejor que tengo: la media parte exacta de mi vida. Hasta el lunes.

jueves, 5 de julio de 2007

X Aniversario de la reapertura del Teatro Principal de Burgos o permítaseme ser un poco políticamente incorrecto.


Se conmemora el X Aniversario de la Reapertura del Teatro Principal de Burgos, con una buena programación. Ahora bien, los comentarios vertidos en torno a esta efeméride me dejan un tanto perplejo. Todo el mundo que se ha manifestado, sin objeciones que yo haya podido constatar, se ha congratulado por la recuperación de este edificio. Algunos se han entusiasmado. Nadie parece recordar las quejas continuas que se oyen en la ciudad: dificultades para conseguir entradas, problemas para poder ver correctamente el escenario desde todas las localidades, poco número de representaciones de los montajes de interés, etc. Hay quejas que no corresponden exactamente a la gestión del Teatro Principal. Conozco a varias de las personas que se encargan de ella y sé de su buen hacer, de su profesionalidad y de su entrega. Algunos de esos gestores podrían, sin duda, contratarse en los mejores teatros europeos. Pero, y aquí comienzo a ser políticamente incorrecto, topan con varias de las inercias que la programación cultural española tiene planteada.
Hablaré en general, para que nadie se ofenda, porque no quiero ofender, sino plantear un debate sobre una cuestión de la que algo sé: demasiadas presiones de todo tipo, representaciones escasas por las que ni las compañías ni los programadores se arriesgan a jugársela económicamente con lo que se fomenta la cultura de la subvención, excesiva dependencia de los circuitos teatrales, poco apoyo a la gestión cultural en comparación con otros ámbitos ciudadanos, etc.
Pero el principal problema sucedió cuando alguien convenció a la ciudad de que había que apostar por la recuperación de este edificio como teatro. Sé que algún lector habrá torcido el gesto y seguirá pensando que la mejor forma de rehabilitar el Teatro Principal era para dar espectáculos teatrales. Sí y no.
La reapertura del Teatro Principal como teatro se entiende sólo como conciliación de la memoria histórica y estética de la ciudad, no como dotación cultural adecuada para el siglo XXI. Un teatro decimonónico condiciona los espectáculos que se pueden dar en él y la forma de asistir al teatro. La recuperación de un teatro del siglo XIX como teatro debería desaconsejarse en toda ciudad que tenga sólo ese local teatral para la gran escena. De rehabilitarse en las mejores condiciones lo que tendremos es un buen teatro del siglo XIX... en el siglo XXI.
Si en aquellos años se hubiera hecho caso a los pocos que dijeron que se debería haber construido un gran teatro moderno en otro lugar, apto para cualquier tipo de espectáculo, técnicamente impecable y con una programación completa en todos los sentidos, hoy tendríamos un espacio teatral del siglo XXI y un magnífico edificio -el del Teatro Principal- que podría ser una señorial sede de la gestión cultural municipal, una biblioteca maravillosa, una sala de exposiciones, un museo envidiable, o una excelente sede central de alguna Caja de Ahorros, yo qué sé. A no ser que se hubiera conseguido el dinero para los dos locales teatrales y fomentar la cultura con la creación de un público suficiente para ambos o atraer ese público con una buena programación.
Ahora tenemos un teatro del siglo XIX, con problemas gestionados con la mejor voluntad posible, que impide una programación completa. Dentro de unos meses, un Auditorio. ¿Tendremos un teatro del siglo XXI?
Quizá los gestores de Burgos 2016 , a los que tanto animo, me sorprendan y lo incluyan en su ambicioso proyecto. Pero si lo hacen así, por favor, que se asesoren adecuadamente, que se vea y se oiga desde todas las butacas, que el nuevo local sea apto para las necesidades del teatro moderno, que tenga una puerta de descarga amplia y accesible, espacios para teatro de cámara, locales para ensayo, buenos vestuarios... y que no reciban la obra antes de tiempo porque se acerquen unas elecciones.

miércoles, 4 de julio de 2007

Diente de león metálico.

La carretera entre Uncastillo y Sos nos enfrenta a este monstruo metálico. Ante él pienso en una garra métalica de la naturaleza a la que tanto hemos agredido y recuerdo la delicada estructura de un diente de león. ¿Serán dientes metálicos que se han incrustrado en esta dura tierra? Cuando se acabe el petróleo que sustenta nuestra forma de vida, estos molinos quizá no sean suficientes y descubramos que también han servido para favorecer un nuevo tipo de especulación. No lo sé, no sé nada de esto. Quizá sean gigantes hasta que topemos con ellos y nos descalabren.

martes, 3 de julio de 2007

Vocación de viento.

[Diente de león, cerca de Sasamón, Burgos]

Esta tierra es dura y caliza. Sobre ella han muerto generaciones de seres humanos sin dejarnos, casi, testimonio. He visto las noticias en televisión y las guerras siguen, los asesinatos continúan. El poder del más fuerte ha ampliado su gama de colores, con deriva a los tonos oscuros.
He salido a pasear el campo, que espera la cosecha. Una víbora salió al camino, y la dejé volver a la cuneta. Cuando alcé la vista, el horizonte abierto me ofrecía cielo, y destino.
A veces dan ganas de que alguien nos coja por el tallo y sople delicadamente sobre nosotros, para dejarnos ir con el viento, como este diente de león, que se deshace y dispersa.

lunes, 2 de julio de 2007

Retrato de ventana con reja y planta.


[Uncastillo, Aragón]
-¿Por qué no centras la fotografía?
-Verás, las vidas no están centradas. Cuando pasé por allí, un niño llamaba a gritos, desde la calle, a su madre para que le sacara a la puerta de la vivienda un juguete electrónico y la madre, en la confusión del eco interior de esa vieja vivienda, le respondía que entrara él a por la máquina. Me giré y, justo enfrente, esa ventana de tosca rejería me hablaba de otra época, con otros niños y otras madres. Pero la vida nunca es exacta, y esa ventana se ha ido desplazando del objetivo de mi cámara en los segundos en los que tardé en hacer la foto.
-Pero podrías hacerlo con el ordenador.
-Quién sabe cuántos años o siglos le ha costado a esa ventana poder moverse unos centímetros, no seré yo ahora quien la centre. En ese gesto quizá está la soledad del último habitante de esa casa, o su avaricia. O el sufrimiento. No puedo yo, ahora, cambiarlo sin más.
-Así la foto no te saldrá perfecta.
-La vida no es perfecta, en realidad es tan leve que casi no se percibe. Está llena de grietas y miedos. Y entre los secretos de la piedra, brota, casi a escondidas, una pequeña planta.

domingo, 1 de julio de 2007

Profundidad.

[Hospital del Rey, Burgos.]
Hacia dentro sólo está el abismo. He vivido tantas veces esa negra tentación del vacío que me sé de memoria todos sus recovecos. A veces es necesario, como una pausa en medio de la algarabía. Pero ensimismarse sólo debe ser el primer acto de un salto largo, como el nadador que se lanza a una breve carrera sobre el trampolín para arrojarse al agua. Lo dijo el poeta, la profundidad la da la dimensión del aire, no la materia sólida. Como la goma de los viejos tirachinas, la necesidad de encogerse nos debe lanzar hacia la profundidad de la vida y de las cosas.