[Trampantojo del Callejón de San Francisco, Valladolid. El fondo representa la acera opuesta de la Plaza Mayor, con el Convento de San Francisco, tal y como se vería si no se hubiera construido en él, para cegarlo, el incongruente edificio del Banco de Santander, un pastiche que debería demolerse, y si no hubiera desaparecido el Convento, claro.]
Esta sociedad no sabe lo que quiere. O lo sabe perfectamente. Ha convertido la cultura en algo ligero, que se pueda trasportar cómodamente. Y cuando se pone sublime, la reduce al espectáculo. No es la primera vez que sucede en la Historia. Cuando los monarcas entraban en las ciudades, estas se volcaban y endeudaban para organizarles grandes fiestas y engalanaban las fachadas o las ocultaban tras unas falsas. Construían arcos lujosos pero efímeros. Y el pueblo alababa lo bonito que había quedado todo mientras se rascaba sus miserias. Estas costumbres han llegado hasta nosotros y su tratamiento irónico ha dado lugar a obras maestras como Bienvenido Mr. Marshall. Pero ahora, con la rapidez de consumo que nos caracteriza y el escaso interés de las autoridades culturales competentes -a las que adulan con la cooperación ansiosa y el comportamiento cortesano más de un académico y el artista en busca de mecenezgo-, hay un desenfreno voraz y la cultura ha devenido espectáculo colectivo de fácil arquitectura y escasa mirada. La cultura se ha hecho, definitivamente, mercado subvencionable de cómoda moldura. Divierte, entretiene, pero oculta, tapa, engaña, disfraza. Se
muestra orgullosa de su condición de pasatiempo. A veces, y es hasta peor, pretende querer decir algo y no son más que banalidades. ¡Hay tantos ejemplos!
Pero si te acercas un poco, solo un poco, se ve el truco.
También hay aportaciones culturales de más calado, pero pasan tan de puntillas que...




